A Través Del Islam — Ibn Battūta

Este es un libro magnífico de viajes de antaño sobre el norte de África la actual Mauritania y donde la apertura de los sentidos es visible a través de las páginas, de los mejores libros de viajes. (s.XIV). Y un auténtico tratado de viajes y social que se debe leer.
(Abu Abd Allah Muhammas Ibn Battuta; Tánger, 1304 – Fez, 1368 o 1377) Viajero y geógrafo árabe. Fue el más importante de los viajeros musulmanes en la Edad Media, famoso por escribir el libro Rihläh (Viajes), en el año 1355, donde plasmó con todo lujo de detalles las experiencias vividas a lo largo de los más de 120.000 kilómetros que recorrió desde el año 1325 a 1355.

En Alejandría. Entre las maravillas de esta ciudad se cuenta la sobrecogedora columna de mármol que hay extramuros. Se la conoce por Columna de los Pilares y está en medio de un palmeral. Se percibe destacándose de las palmeras por su altura. Es un solo bloque bien tallado que se yergue sobre basas cuadradas de piedra semejantes a inmensos poyos de modo que se ignora cómo la colocaron allí ni es seguro quién la puso. Dice Ibn Ŷuzayy: «Me contó uno de mis maestros, gran viajero, que cierto arquero alejandrino ascendió hasta la cúspide de la columna portando su arco y aljaba y allá quedó; de suerte que corrió la voz y se congregó la multitud para contemplarle siendo grande el asombro que ocasionara, pues las gentes desconocían cómo subiera.
De lo acontecido en la ciudad de Alejandría el año 727 (1326-7 de J. C.] nos llegó noticia en La Meca y es lo siguiente: Acaeció una disputa entre los musulmanes y los comerciantes cristianos siendo valí de Alejandría un hombre conocido por al-Karakī que vino en salvaguardar a los cristianos y mandó presentarse a los musulmanes entre los dos baluartes de la puerta de la ciudad e hizo cerrar los batientes tras ellos para castigarlos. Esto no fue del agrado de la gente por parecerles desmedido, así pues, rompieron la hoja y se revolvieron contra la residencia del gobernador, que se fortificó para defenderse de ellos, mientras los combatía desde lo alto y enviaba palomas mensajeras con la noticia a al-Malik an-Nāṣir. Este remitió a un emir llamado al-Ŷamālī. Luego, le hizo seguir por otro conocido por Ṭawgān, hombre orgulloso y cruel, de cuya fe religiosa había dudas pues se decía que adoraba al sol. De este modo, entraron en Alejandría, apresaron a los más principales de sus habitantes y a los mercaderes cabecillas —como los hijos de al-Kūbak y otros más— y les arrancaron muchos dineros.
El Nilo aventaja a los ríos todos de la Tierra en dulzura y sabor, en la anchurosidad de su curso y en provecho para los ribereños, pues ciudades y aldeas en sus orillas se alinean sin tregua y no hay parejo en los países habitados. No se conoce un río del que se cultive tanto como del Nilo, ni en el mundo existe otro al que se llame «mar».

Gaza, primera población siria viniendo de Egipto. Es una plaza amplia, muy poblada y de hermosos mercados. Hay numerosas mezquitas, pero carece de murallas. Anteriormente hubo una bonita mezquita aljama. La que hay ahora fue erigida por el emir al-Ŷāwilī. Se trata de una edificación elegante, perfecta de factura y con un almimbar de mármol blanco. El juez de Gaza es Badr ad-Dīn aṣ-Ṣaljatī al-Ḥawrānī y su maestro ‘Alam ad-Dīn b. Sālim. La familia Banū Sālim es muy principal en la ciudad: entre sus miembros se cuenta el cadí de Jerusalén.
Más adelante viajé desde Gaza a la ciudad de Hebrón, pequeña pero importante, brillante de luces, de hermosa vista, maravillosa por dentro. Se halla en la hoz de un valle y tiene una mezquita perfectamente construida, elegante de ejecución, de gran belleza y altura, labrada en roca de cantería.
(La mezquita santa). Es una de las más maravillosas mezquitas, de belleza inigualable. Se afirma que no hay en la tierra toda una mezquita más grande. De oriente a occidente mide setecientos cincuenta y dos codos de largo, en codos mālikīes. Su anchura es, de sur a norte, cuatrocientos treinta y cinco codos. Dispone de numerosas puertas en tres flancos, en cuanto al cuarto, es decir, el de la alquibla, no le conozco sino una única puerta que es por la que entra el imán. El templo todo es un espacio abierto, sin techo, a excepción de la parte de la mezquita de al-Aqṣà que está cubierta con techos.

La ciudad digna de confianza, La Meca —Dios el Altísimo la honre— y nos encaminamos al santuario divino, habitáculo de su amigo Abraham y lugar en que comenzó su misión Mahoma [Mubammad] el Elegido. Entramos en el noble templo —al que cualquiera que acceda está en seguro— por la puerta de los Banū Šayba y contemplamos la sacrosanta Ka‘ba, cuya grandeza Dios acreciente. Es como una novia resplandeciente sobre un trono majestuoso, meciéndose en los mantos de su belleza, envuelta en los peregrinos del Señor, es el paso hacia el Edén. Hicimos las circunvoluciones de la llegada, abrazamos la Bendita Piedra, rezamos dos rak‘as en el maqām [estación] de Abraham y nos asimos a los velos de la Ka‘ba, junto al Multazam, sitio entre la puerta y la Piedra Negra, donde son acogidas las plegarias. Bebimos agua de la fuente Zamzam y al hacerlo se comprueba su excelencia ya expresada por el Profeta.

El betel [tanbūl] es un arbusto que se planta como las parras de la vid, haciendo un tinglado con cañas como en los emparrados, o bien plantándolo junto a los cocoteros, de modo que trepa por ellos, al igual que las vides y los pimenteros. El betel no da fruto, pues lo que se procura de él son las hojas, semejantes a las del albohol; se recogen todos los días y la parte mejor es la que está amarilla. Los hindúes tienen el betel en gran estima; cuando un hombre va a casa de un amigo y éste le da cinco hojas de betel, es como si_le hubiera dado el mundo entero, sobre todo si se trata de un emir o persona principal. Ofrecer estas hojas les parece más importante y mayor muestra de generosidad que regalar oro y plata. Usan estas hojas del siguiente modo: cogen antes nueces de areca, que se parecen a la nuez moscada, las machacan en pequeños trozos, se lo ponen en la boca y lo mascan; de seguida cogen las hojas de betel, ponen encima un poco de cal de conchas y lo mascan con las nueces de areca. Tienen la propiedad de perfumar el aliento, haciendo desaparecer los olores de la boca, ayudar a digerir la comida e impedir que haga daño el agua bebida en ayunas: comer estas hojas produce alegría y ayuda en el coito.
El coco [nārŷīl] es la llamada nuez de la India, fruto de un árbol singular por su aspecto y características; el cocotero se parece a la palmera: la única diferencia que hay entre ambos es que los frutos de aquél son nueces y los de ésta, dátiles. La nuez del cocotero se asemeja a la cabeza de un hombre, pues tiene algo así como ojos y boca. Cuando está verde, lo de dentro se parece al cerebro humano y además tiene alrededor fibras que son como cabellos.

La pesquería de perlas está entre Sirāf y al-Baḥrayn, en una bahía de aguas quietas que parece un gran río. En los meses de abril y mayo se llegan aquí muchas barcas, con pescadores de perlas y mercaderes de Fārs, al-Baḥrayn y al-Quṭayf. Cuando el pescador quiere bucear, se cubre el rostro con una careta de concha de gaylam, que es la tortuga, y hace también de esta misma concha una cosa que parecen pinzas, para apretarse las narices; luego se ata una cuerda en la cintura y se sumerge. Algunos aguantan más que otros bajo el agua; los hay que pueden estar una y dos horas, o aún más. Al llegar el pescador al fondo del mar, encuentra las conchas agarradas a la arena, entre pequeñas piedras, y las arranca con la mano o las separa con un cuchillo que lleva dispuesto para ello; a continuación, las mete en un morral que tiene colgado al cuello y, cuando le falta la respiración, tira de la cuerda para que el hombre que sujeta el cabo en la superficie lo sienta y le suba a la barca. Le cogen entonces el morral, abren las conchas y encuentran dentro trozos de carne, que despegan con un cuchillo: estos trozos, al ponerse en contacto con el aire, se endurecen y convierten en perlas. Las juntan todas, pequeñas y grandes, y el sultán se queda con la quinta parte, mientras los mercaderes que permanecen en las barcas compran el resto. La mayor parte de estos comerciantes son acreedores de los pescadores, de modo que cogen las perlas por el total de la deuda o a cuenta de ella.

La ciudad de Amāṣiya [Amasya], grande y hermosa, con ríos, huertos, árboles y muchos frutos. En los ríos hay norias para regar los jardines y acarrear el agua a las casas. Tiene zocos espaciosos y anchas calles; está, como las anteriores, en los dominios del rey del Iraq. Cerca de aquí está el pueblo de Sūnusà, también del soberano iraquí, donde viven los descendientes del santo Abū-l-‘Abbās Aḥmad ar-Rifa‘ī; el jeque ‘Izz ad-Dīn, que es ahora el superior de la rábida de ar-Riwāq y heredero de la almofalla de rezos de ar-Rifā‘ī, y sus hermanos, los jeques ‘Alī, Ibrāhīm y Yaḥyà, hijos todos ellos del jeque Aḥmad Kūŷuk, que quiere decir el Pequeño Aḥmad. Este Aḥmad Kūŷuk era hijo de Tāŷ ad-Dīn ar-Rifā‘ī. Nos alojamos en su zagüía y vimos que eran superiores al resto de los mortales.

Constantinopla es grande en extremo y está dividida en dos partes por un gran río, donde hay pleamar y bajamar como en el río de Salé, ciudad del Magreb[334]. Antaño había un puente de fábrica sobre este río, pero fue destruido y ahora se cruza en barca. Esta ría se llama Absumī [act. llamada Haliç]. Una de las dos partes de la ciudad se llama Iṣṭanbūl [Estambul] y está en la orilla oriental del río; aquí habitan el sultán, los grandes del Reino y el resto de la población bizantina. Sus calles y zocos son anchos y están enlosados; la gente de cada oficio tiene en ellos un sitio aparte, sin mezclarse con los demás. Todos los zocos tienen puertas, que se cierran por la noche. La mayor parte de los artesanos y vendedores son mujeres. Esta parte de la ciudad está al pie de un monte que se mete unas nueve millas en el mar, y que tiene otro tanto de anchura, o aún más; en lo alto de este monte están una pequeña ciudadela y el alcázar del sultán. Las murallas dan la vuelta a la montaña, de modo que la ciudad es inexpugnable, pues nadie puede subir por la parte del mar. Dentro del recinto hay unas trece aldeas muy pobladas y la catedral se encuentra en medio de este lado de la ciudad.
La otra parte de Constantinopla se llama Galaṭa y está en la margen izquierda del río; se parece a Ribāṭ al-Fatḥ [Rabat] por su proximidad al agua. Aquí habitan en particular cristianos francos [ifranŷ], que son de varios sitios: genoveses, venecianos, romanos y gente de Francia. Están bajo la autoridad del rey de Constantinopla, que nombra almocadén a uno que ellos eligen y que llaman qumis [comes, conde]; rinden tributos al rey todos los años, pero a veces se rebelan contra él, que les declara la guerra hasta que el Papa restablece la paz entre ellos. Son todos comerciantes y su puerto es de los más grandes que hay.

El melón de Juwārizm no tiene igual en ningún país del mundo, si exceptuamos el de Bujārā. El de Iṣfāhān le sigue en calidad. La cáscara del primero es verde y su interior rojo; el sabor es muy dulce, aunque la carne sea dura. Lo curioso es que lo cortan en rajas para secarlo al sol y después lo ponen en unos cestos —como hacemos nosotros con los higos secos y los de Málaga— para transportarlo desde Juwārizm hasta los confines de la India y China. No hay, entre todos los frutos secos, ninguno con un sabor tan agradable. Durante mi estancia en Delhí, en la India, siempre que llegaba algún viajero mandaba a alguien que me comprara rajas de melón. El rey de la India, cuando traía de estos melones, me enviaba, pues conocía mi debilidad por ellos. Este príncipe acostumbra ofrecer a los extranjeros como presente frutos de su país y así obsequiarles.

Después de cruzar el río del Sind, conocido por Banŷ Āb [Punyab], entramos en una algaida de cañizares con la intención de tomar una senda que había en su mitad. Un rinoceronte apareció ante nosotros. Su aspecto era el siguiente: de color negro, con un gran corpachón, la cabeza de buen tamaño y desproporcionada.
Por eso dice el proverbio: «El rinoceronte, cabeza sin tronco». Es menor que el elefante pero su cabeza es más grande, con mucho. Tiene entre los ojos un solo cuerno de una longitud aproximada de tres codos y una anchura de un palmo. Cuando nos salió al paso en el cañizar, uno de los jinetes le atajó en su marcha y el animal corneó al caballo atravesándole el anca y derribándole; después se refugió en la algaida y no pudimos hacernos con él. Tuve ocasión de ver por segunda vez un rinoceronte en este viaje, después de la oración del ‘asr, mientras pacía. Cuando nos aproximamos, huyó. Y vi otro estando con el rey de la India: penetramos en un cañizal, el sultán iba sobre un elefante y nosotros cabalgábamos también en otro de estos animales…

Las gallinas y gallos de China son grandísimos, mayores que nuestros gansos. Y los huevos también aventajan a los de nuestras ocas. Por contra, allí el ganso es pequeño. Compramos una gallina y quisimos cocinarla, pero su carne no cabía en una sola olla por lo que hubimos de ponerla en dos. El gallo alcanza el tamaño del avestruz y si se le caen las plumas queda como una masa bermeja. La primera vez que vi un gallo chino fue en la ciudad de Kawlam y pensé que era un avestruz, de lo que tuve gran sorpresa. Su dueño me dijo: «En el país de China los hay mayores».

La edificación de la Mezquita Nueva en la ciudad blanca [Fez], sede de su preclaro reino, mezquita que se distingue por su belleza, construcción perfecta, luminosidad y peregrina disposición; la construcción de la Madrasa Mayor en el lugar conocido por «el Alcázar» cerca de la alcazaba de Fez, sin igual en el mundo poblado en punto a extensión, belleza, grandiosidad, cantidad de agua y buen emplazamiento, hasta el extremo de que yo no he visto entre las escuelas de Siria, Egipto, Iraq y Jurāsān algo que se le parezca; haber erigido la Zagüía Mayor, junto a la Alberca de los garbanzos, extramuros de la ciudad blanca, que tampoco tiene rival por el maravilloso lugar en que se halla y por su preciosa ejecución. La más bella zagüía que yo vi en el Mašriq [oriente árabe] es la de Siryāquṣ [Siryāqūs], construida por al-Malik an-Nāṣir, pero ésta de Fez le aventaja en hermosura, perfección y buena construcción. Que Dios asista y socorra a nuestro señor en sus nobles designios, premie sus descollantes méritos, alargue sus días en bien del Islam y los musulmanes y conceda la victoria a sus estandartes y enseñas triunfales.

Llegué al país de al-Andalus —al que Dios guarde— donde la soldada es copiosa para sus habitantes y donde se atesoran los premios para residentes o viajeros.
Acababa de fallecer el tirano de los cristianos, Adfūnus [Alfonso XI], que pusiera cerco a la «Montaña» [Gibraltar] por espacio de diez meses, pues tenía el designio de apoderarse de las tierras que aún eran musulmanas en al-Andalus, pero Dios se lo llevó cuando no tenía cuenta de tal cosa y pereció de la peste a la que temía como nadie.
La primera ciudad andaluza que conocí fue la «Montaña de la Conquista» [Gibraltar], donde me entrevisté con su jatib, el distinguido Abū Zakariyyā’ Yaḥyà b. aṣ-Ṣirāŷ el Rondeño y con el cadí ‘Ῑsà al-Barbarī a cuya hospitalidad me acogí y con quien di la vuelta a la montaña pudiendo contemplar las magníficas fortificaciones, bastimentos y pertrechos.
Desde Gibraltar me trasladé a la ciudad de Ronda, que entre las plazas fuertes del Islam es una de las mejor situadas y defendidas. Era su alcaide por entonces el jeque Abū r-Rabī‘ Sulaymān b. Dāwūd al-‘Askarī y su juez mi primo por lado paterno el alfaquí Abū l-Qāsim M. b. Yaḥyā b. Baṭṭuṭa. Allá me entrevisté con el jurisconsulto, cadí y literato Abū l-Ḥaŷŷāŷ Yūsuf b. Mūsà al-Muntašāqarī[399] que me albergó en su residencia. También conocí al predicador, el piadoso y distinguido Ḥaŷŷ, Abū Isḥāq Ibrāhīm, conocido por Šandaruj que más adelante falleciera en la ciudad de Salé, en Marruecos. Y allá entablé relación con un grupo de hombres piadosos, entre ellos ‘Abdallāh aṣ-Ṣaffār [el Latonero] y otros más.
Permanecí en Ronda cinco días y luego me encaminé a Marbella. El camino entre ambas es muy áspero y tortuoso. Marbella es un pueblecito hermoso y fértil. En él encontré una tropa de jinetes que se dirigían hacia Málaga y tuve intención de ponerme en marcha en su compañía, pero Dios el Altísimo me protegió con su favor porque salieron antes que yo, siendo apresados en el camino.
Desde allá me trasladé a Vélez, que está a veinticuatro millas. Esta es una bella ciudad, con una portentosa mezquita. En el lugar se dan las uvas, frutas e higos igual que en Málaga. Seguimos viaje hasta Alhama, pequeña población que dispone de una mezquita maravillosamente emplazada y muy bien construida. Existen allí unas burgas de agua caliente, orilla de su río, a una milla de distancia, más o menos, del pueblo, con aposentos separados para el baño de hombres y mujeres.
Después continué la marcha hasta Granada, capital del país de al-Andalus, novia de sus ciudades. Sus alrededores no tienen igual entre las comarcas de la tierra toda, abarcando una extensión de cuarenta millas, cruzada por el famoso río Genil y por otros muchos cauces más. Huertos, jardines, pastos, quintas y viñas abrazan a la ciudad por todas partes.
Entre sus parajes más hermosos se cuenta la «Fuente de las lágrimas» un monte donde hay huertas y jardines, sin parecido alguno posible.

Guarde Dios a Granada, reposo
y solaz del triste, albergue del exiliado.
Se apenaba mi amigo al ver
los pastos helados por la nieve:
pero es baluarte a cuyos defensores
Dios socorre, sin que haya
mejor boca que la fresca».

Una vez llegados al canal contemplé cerca de la ribera dieciséis bestias, de naturaleza enorme, que me dejaron asombrado y pensé que se trataría de elefantes, los cuales abundan por allá, pero luego vi cómo entraban en el río y dije a Abū Bakr b. Ya‘qūb: «¿Qué animales son éstos?». Él me respondió: «Se trata de caballos de mar [sic] que salieron a pacer a tierra». Son más gruesos que los caballos, tienen crines y cola y las cabezas semejantes a las de los equinos, pero las patas se parecen a las del elefante. En otra ocasión pude ver a estos animales, cuando navegamos por el Nilo [sic] desde Tombuctú [Tumbuktu] hasta Kaw-Kaw [Gao]: nadaban en el agua, levantaban las cabezas y resoplaban, hasta el punto de que los remeros se asustaron y se acercaron a la orilla para no terminar hundiéndose. Por allá usan de una treta ingeniosa para cazarlos: disponen garrochas agujereadas por cuyos huecos se pasan sólidas cuerdas y con ellas golpean al hipopótamo. Si el golpe coincide con la pata o el cuello, lo enlazan y arrastran tirando de la soga hasta que llega a tierra, donde lo matan y comen su carne. A lo largo de la ribera hay muchos huesos de hipopótamo.

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