Sobre La Estupidez — Robert Musil / The Man without Qualities by Robert Musil

Este es un interesante ensayo sobre este austriaco que llegó a ser un ermitaño sin conocer de el durante mucho tiempo, sin embargo me parece más que interesante.
¿Qué es realmente la estupidez? ¿Quién es realmente estúpido? Siete años antes de esta conferencia, Robert Musil había escrito ya: «Si la estupidez no se pareciera tan perfectamente al progreso, al talento, o al mejoramiento, nadie querría ser estúpido». Entonces podrías preguntarte: ¿Quién se ha creído que es este Musil para hablar de la estupidez? Esta pregunta es estúpida, como lo demuestra Musil: se considera que, para hablar de la estupidez, hay que ser inteligente; se considera que hacer gala de inteligencia es un signo de estupidez; se considera, pues, más prudente no mostrarse inteligente, o sea, mostrarse estúpido. Esta prudencia, evidentemente pesimista, le recuerda a Musil aquella otra, más desastrosa, del más débil que, siendo el más sabio, evita mostrar su sabiduría: ¡ésta podría amenazar la vida del más fuerte! Pero escribe Musil: «El que está en el poder se irrita menos cuando los débiles no pueden que cuando no quieren». Por lo tanto, ser estúpido para no mostrarse inteligente, actitud que se considera estúpida, acaba por reducir al hombre a la «desesperación, o sea, a un estado de debilidad».

Una prueba del dominio vergonzoso y aplastante que la estupidez ejerce sobre nosotros muchos la dan al mostrarse, amigable y conspirativamente sorprendidos, cuando se enteran de que alguien, en quien tenían puesta su confianza, tiene intención de evocar el nombre de ese monstruo. No sólo he tenido esa experiencia, sino que además he podido comprobar muy pronto su validez histórica.
La estupidez elimina cualquier sospecha: «desarma», como se dice todavía hoy. Y huellas de esa astucia, de esa estupidez astuta, las encontramos todavía en el hecho de que las fuerzas están tan desigualmente distribuidas que el más débil busca su salvación en fingirse más estúpido de lo que es; se encuentran, por ejemplo, en la proverbial astucia cotidiana, también en las relaciones entre la servidumbre y los propietarios del lenguaje culto, en la relación del soldado con el superior, del escolar con el maestro y del niño con los padres.

Se procura, como es sabido, evitar el comportamiento vanidoso, no porque pueda ser estúpido, sino esencialmente también en este caso, porque es una perturbación del buen comportamiento: «quien se alaba se ensucia», dice un viejo proverbio, y significa que la jactancia, el hablar mucho de sí mismo y alabarse, se considera no sólo imprudente, sino también indecente. Si no me equivoco, las leyes del buen comportamiento que no se ven afectadas forman parte de los multiformes mandatos de reserva y distanciamiento destinados a no provocar conflictos con la presunción, presuponiendo siempre que no es menor en el prójimo que en nosotros mismos. Dichos mandatos de distanciamiento prohíben incluso el uso de palabras sinceras, regulan las formas del saludo y de la alocución.

En la vida, se suele entender por estúpido alguien que «es algo débil de cerebro». Pero, existen también las más variadas aberraciones intelectuales y psíquicas, por las que incluso una inteligencia indemne desde el nacimiento puede verse tan impedida, obstaculizada y confusa, que se vea reducida a una condición en la que el lenguaje tenga a su disposición una vez más sólo la palabra estupidez. Por tanto, dicha palabra incluye dos tipos en el fondo bastante diferentes: una estupidez simple y honesta y otra que, un poco paradójicamente, es señal de inteligencia también. La primera se debe más que nada a una debilidad de la razón, la otra más bien a una razón que es un poco débil respecto a otra cosa, y esta última es, con mucho, la más peligrosa.
La estupidez «inteligente», en cambio, no se encuentra tanto en contraste con el intelecto cuanto con el pensamiento e incluso con el sentimiento (siempre que no se entienda por ello sólo una mezcla de estados sentimentales). Como los pensamientos y los sentimientos se mueven juntos, pero también porque en ellos se expresa el mismo individuo, algunos conceptos como anchura, estrechez, agilidad, simplicidad, fidelidad se pueden aplicar tanto al pensamiento como al sentimiento; y aunque la conexión que resulta no sea del todo clara, basta, en cualquier caso, para poder decir que la razón forma parte también del sentimiento, y que nuestros sentimientos están en relación con la inteligencia y con la estupidez. Contra esa estupidez hay que actuar con el ejemplo y con la crítica.
Ocasionalmente todos nosotros somos estúpidos: y debemos actuar a veces como ciegos o semiciegos; si no fuese así, el mundo se cerraría; y, si alguien pretendiese deducir de los peligros de la estupidez la regla: «¡Abstente de juzgar y de decidir en todo lo que no comprendas completamente!», permaneceríamos inertes. Pero esta situación, de que actualmente se habla tanto, es análoga a otra, conocida desde hace mucho, en el ámbito del intelecto. Como, de hecho, nuestro saber y nuestra capacidad son incompletas, en todas las ciencias nos vemos obligados a emitir juicios aventurados, pero, esforzándonos, hemos aprendido a reducir dicho error a límites conocidos y dentro de los cuales pueda corregirse. Nada impide trasladar ese juicio y esa acción, exactos y llenos de orgullo y de humildad a un tiempo, a otros campos de nuestra existencia: y yo creo que el principio: «¡Actúa bien, cuando puedas, y mal, cuando debas, y, entretanto, ten conciencia de los límites de error de tu obrar!» nos conduciría ya a la mitad del camino para la creación de una vida llena de perspectivas positivas.

This is an interesting essay about this Austrian who became a hermit without knowing him for a long time, however it seems more than interesting.
What is stupidity really? Who is really stupid? Seven years before this conference, Robert Musil had already written: “If stupidity did not look so perfectly like progress, talent, or improvement, nobody would want to be stupid.” Then you could ask yourself: Who has believed that this Musil is to talk about stupidity? This question is stupid, as Musil demonstrates: it is considered that, to speak of stupidity, one must be intelligent; it is considered that showing intelligence is a sign of stupidity; it is considered, then, more prudent not to be intelligent, that is, to be stupid. This prudence, evidently pessimistic, reminds Musil of another, more disastrous one, of the weakest who, being the wisest, avoids showing his wisdom: this could threaten the life of the strongest! But Musil writes: “The one in power is less irritated when the weak can not when they do not want to.” Therefore, being stupid so as not to be intelligent, an attitude that is considered stupid, ends up reducing man to “despair, that is, to a state of weakness”.

A proof of the shameful and overwhelming mastery that stupidity exerts on us, many give it when they show themselves, friendly and conspiratorially surprised, when they learn that someone, in whom they had placed their trust, intends to evoke the name of that monster. Not only have I had that experience, but I have also been able to verify very soon its historical validity.
Stupidity removes any suspicion: “disarm,” as they say today. And traces of that cunning, of that cunning stupidity, we still find in the fact that the forces are so unequally distributed that the weaker seeks his salvation in pretending to be more stupid than he is; they are found, for example, in the proverbial daily cunning, also in the relations between the servitude and the owners of the learned language, in the relation of the soldier with the superior, of the scholar with the teacher and of the child with the parents.

It is tried, as is known, to avoid vain behavior, not because it can be stupid, but essentially also in this case, because it is a disturbance of good behavior: “who praises himself gets dirty,” says an old proverb, and means that the Boasting, talking a lot about oneself and praising oneself, is considered not only imprudent, but also indecent. If I am not mistaken, the laws of good behavior that are not affected are part of the multiform reserve and distancing mandates designed not to cause conflicts with the presumption, always presupposing that it is not less in our neighbor than in ourselves. These distancing commands prohibit even the use of sincere words, regulate the forms of greeting and speech.

In life, it is often understood as stupid someone who “is a weak brain”. But there are also the most varied intellectual and psychic aberrations, by which even an intelligence undamaged from birth can be so impeded, hindered and confused, that it be reduced to a condition in which the language has at its disposal once again just the word stupidity. Therefore, this word includes two types in the background quite different: a simple and honest stupidity and another that, a bit paradoxically, is a sign of intelligence too. The first is due more than anything to a weakness of reason, the other rather to a reason that is a little weak with respect to something else, and the latter is by far the most dangerous.
The “intelligent” stupidity, on the other hand, is not so much in contrast to the intellect as to the thought and even the feeling (as long as it is not understood by it only a mixture of sentimental states). As thoughts and feelings move together, but also because they express the same individual, some concepts such as width, narrowness, agility, simplicity, fidelity can be applied to both thought and feeling; and although the connection that results is not entirely clear, it is enough, in any case, to be able to say that reason is also part of the feeling, and that our feelings are related to intelligence and stupidity. Against that stupidity you have to act with example and with criticism.
Occasionally all of us are stupid: and we must act sometimes as blind or semi-blind; if it were not like that, the world would close; and, if someone tried to deduce from the dangers of stupidity the rule: “Refrain from judging and deciding on everything you do not fully understand!”, we would remain inert. But this situation, which is currently being talked about so much, is analogous to another, which has been known for a long time, in the field of the intellect. As, in fact, our knowledge and capacity are incomplete, in all sciences we are forced to make risky judgments, but, striving, we have learned to reduce this error to known limits and within which it can be corrected. Nothing prevents us from transferring that judgment and action, exact and full of pride and humility at the same time, to other fields of our existence: and I believe that the principle: “Act well, when you can, and badly, when you should, and , in the meantime, be aware of the limits of error of your actions! “would lead us halfway to the creation of a life full of positive perspectives.

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