El Misterio De La Creación Artística — Stefan Zweig / The Mystery of Artistic Creation by Stefan Zweig

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Simplemente excepcional, no me canso de leerlo. Es un pequeño tesoro el libro, trata de explicar lo que siente el artista al crear su obra, y que realmente no tiene explicacion, porque el artista al estar trabajando se sumerge en otro mundo, y al salir de el, la mayoria de las veces se pregunta como el pudo escribi, pintar, esculpir algo…. que al desaparecer su momento de inspiracion solo puede asombrase de que esa obra haya salido de el.

Un milagro, nos es dado en una esfera sola: en la del arte. Les consta a todos que año tras año se escriben y publican diez mil, veinte mil, cincuenta mil libros, se pintan cientos de miles de cuadros y se componen cientos de miles de compases de música. Pero esa producción inmensa de libros, cuadros y música no nos impresiona mayormente. Nos resulta tan natural que los autores escriban libros, como que luego los encuadernen y los libreros, por último, los vendan. Es éste un proceso de producción regular como el hornear pan, el hacer zapatos y el tejer medias. El milagro sólo comienza para nosotros cuando un libro único entre esos diez mil, veinte mil, cincuenta mil, cien mil, cuando uno solo de esos cuadros incontables sobrevive, gracias a su entelequia, a nuestro tiempo y a muchos tiempos más. En este caso, y sólo en éste, nos apercibimos, llenos de veneración profunda.
¿Podemos imaginarnos lo que ha acontecido en el alma de un Shakespeare, de un Cervantes, de un Rembrandt, mientras creaban sus obras imperecederas? A ello puedo contestar rotundamente «No, es imposible. No podemos imaginárnoslo». La concepción de un artista es un proceso interior. Tiene lugar en el espacio aislado e impenetrable de su cerebro, de su cuerpo. La creación artística es un acto sobrenatural en una esfera espiritual que se sustrae a toda observación. Tan imposible nos resulta explicar el elemento prístino de la fuerza creadora, como en el fondo nos es imposible decir qué es la electricidad o la fuerza de gravitación o la energía magnética. Todo cuanto podemos hacer se reduce a comprobar ciertas leyes y formas en que se manifiesta aquella ignota fuerza elemental. Por eso no quiero despertar en ustedes esperanzas demasiado grandes. Prefiero decirles desde el comienzo: Toda nuestra fantasía y toda nuestra lógica no pueden facilitarnos sino una idea insuficiente del origen de una obra de arte. No nos es dado descifrar éste, el misterio más luminoso de la humanidad; acaso no podamos más que comprobar su sombra terrenal.

El artista no es capaz de observar su propia mentalidad mientras trabaja, como no es capaz de mirarse por encima de su propio hombro mientras escribe. Para volver, pues, a nuestra comparación criminológica, el artista se parece más al culpable de un crimen pasional, es decir a aquel tipo de asesino que comete su acción en un arrebato de ciego apasionamiento.
En realidad, los dos estados suelen estar mezclados misteriosamente en el artista. No basta que el artista esté inspirado para que produzca. Debe, además, trabajar y trabajar para llevar esa inspiración a la forma perfecta. La fórmula verdadera de la creación artística no es, pues, inspiración o trabajo, sino inspiración más trabajo, exaltación más paciencia, deleite creador más tormento creador.
Convencido de que ningún deleite artístico puede ser perfecto mientras sólo sea pasivo. Nunca comprenderemos una obra con sólo mirarla. Donde no preguntamos, nada aprendemos, y donde no buscamos, no encontramos nada. Ninguna obra de arte se manifiesta a primera vista en toda su grandeza y profundidad. No sólo quieren ser admiradas, sino también comprendidas. Cada obra de arte quiere ser conquistada, como una mujer, antes de ser amada.

La devota admiración de lo perfecto tiene sus grados, el consuelo de lo perfecto su sublimación. Porque en todo caso el sentido claro y alerta puede encontrar lógico que la plenitud de la perfección se logre por un hombre, por un artista experimentado y maduro, como suma final y compensación de incontables años de crear. Pero siempre resulta un verdadero milagro, algo divinamente inconcebible, si lo perfecto es don de un joven, sin presciencia, educado solamente por su propia genialidad. En todos los tiempos y en todos los pueblos se consideró a estos jóvenes como la única prueba valedera de que lo poético procede de los dioses, de que la suprema labor de las artes nunca puede ser conquista y elaboración, sino sólo gracia de las alturas.

Simply exceptional, I never tire of reading it. The book is a small treasure, it tries to explain what the artist feels when creating his work, and that really does not have an explanation, because the artist, while working, immerses himself in another world, and when he leaves it, most of the time he wonders how he could write, paint, sculpt something … that when his moment of inspiration disappears he can only be amazed that this work has come out of him.

A miracle is given to us in a single sphere: in art. Everybody knows that year after year ten thousand, twenty thousand, fifty thousand books are written and published, hundreds of thousands of paintings are painted and hundreds of thousands of music bars are composed. But that immense production of books, paintings and music does not impress us much. We find it so natural that authors write books, then bind them and booksellers, finally, sell them. This is a regular production process such as baking bread, making shoes and knitting stockings. The miracle only begins for us when a single book among those ten thousand, twenty thousand, fifty thousand, one hundred thousand, when one of those countless paintings survives, thanks to its entelechy, to our time and many more times. In this case, and only in this one, we apperceive ourselves, full of profound veneration.
Can we imagine what has happened in the soul of a Shakespeare, of a Cervantes, of a Rembrandt, while they created their imperishable works? To this I can answer flatly «No, it’s impossible. We can not imagine it ». The conception of an artist is an internal process. It takes place in the isolated and impenetrable space of your brain, of your body. Artistic creation is a supernatural act in a spiritual sphere that evades all observation. It is impossible for us to explain the pristine element of the creative force, as it is impossible to say at the bottom what is electricity or the force of gravitation or magnetic energy. Everything we can do is reduced to checking certain laws and ways in which that unknown elemental force is manifested. That is why I do not want to awaken in you too great hopes. I prefer to tell you from the beginning: All our fantasy and all our logic can not provide us but an insufficient idea of ​​the origin of a work of art. We can not decipher this, the most luminous mystery of humanity; perhaps we can not but check his earthly shadow.

The artist is not able to observe his own mentality while working, as he is not able to look over his own shoulder as he writes. To return, then, to our criminological comparison, the artist is more like the guilty of a crime of passion, that is to say to that type of murderer who commits his action in a fit of blind passion.
In reality, the two states are often mixed mysteriously in the artist. It is not enough that the artist is inspired to produce. He must also work and work to bring that inspiration to the perfect form. The true formula of artistic creation is not, therefore, inspiration or work, but inspiration more work, exaltation more patience, creative delight more creative torment.
Convinced that no artistic delight can be perfect while only being passive. We will never understand a work just by looking at it. Where we do not ask, we learn nothing, and where we do not search, we do not find anything. No work of art manifests at first glance in all its greatness and depth. They not only want to be admired, but also understood. Each work of art wants to be conquered, like a woman, before being loved.

The devout admiration of the perfect has its degrees, the consolation of the perfect its sublimation. Because in any case the clear and alert sense can find logical that the fullness of perfection is achieved by a man, by an experienced and mature artist, as the final sum and compensation of countless years of creation. But it is always a true miracle, something divinely inconceivable, if the perfect is the gift of a young man, without prescience, educated only by his own genius. In all times and in all the towns these young people were considered as the only valid proof that the poetic comes from the gods, that the supreme work of the arts can never be conquest and elaboration, but only grace of the heights.

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