El Acoso Moral — Marie-France Hirigoyen / Stalking the Soul: Emotional Abuse and the Erosion of Identity by Marie-France Hirigoyen

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Con el subtítulo de “el maltrato psicológico en la vida cotidiana”, me parece un magnífico libro de ferviente actualidad y donde nuestros gestores públicos no están concienciados en muchos de sus ámbitos.Yo he sido víctima del “mobbing” y sinceramente es un estupendo libro , de comprensión fácil y con numerosos ejemplos de maltrato psicológico. Sirve para entender el perfil del acosador y al mismo tiempo te muestra cómo han de actuar las víctimas frente a tanta perversión.

A lo largo de la vida, mantenemos relaciones estimulantes que nos incitan a dar lo mejor de nosotros mismos, pero también mantenemos relaciones que nos desgastan y que pueden terminar por destrozarnos. Mediante un proceso de acoso moral, o de maltrato psicológico, un individuo puede conseguir hacer pedazos a otro. El ensañamiento puede conducir incluso a un verdadero asesinato psíquico. Todos hemos sido testigos de ataques perversos en uno u otro nivel, ya sea en la pareja, en la familia, en la empresa, o en la vida política y social. Sin embargo, parece como si nuestra sociedad no percibiera esa forma de violencia.
La perversión fascina, seduce y da miedo. A veces, envidiamos a los individuos perversos, pues imaginamos que son portadores de una fuerza superior que les permite ser siempre ganadores. Efectivamente, saben manipular de un modo natural, lo cual parece una buena baza en el mundo de los negocios o de la política. También los tememos, pues sabemos instintivamente que es mejor estar con ellos que contra ellos. Es la ley del más fuerte. El más admirado es aquel que sabe disfrutar más y sufrir menos.

Los pequeños actos perversos son tan cotidianos que parecen normales. Empiezan con una sencilla falta de respeto, con una mentira o con manipulación. Pero sólo los encontramos insoportables si nos afectan directamente. Luego, si el grupo social en el que aparecen no reacciona, estos actos se transforman progresivamente en verdaderas conductas perversas que tienen graves consecuencias para la salud psicológica de las víctimas. Al no tener la seguridad de que serán comprendidas, las víctimas callan y sufren en silencio.
Esta destrucción moral existe desde siempre, tanto en las familias, en las que se mantiene oculta, como en la empresa, donde las víctimas, en épocas de pleno empleo, se acomodaban a ella porque tenían la posibilidad de marcharse. Hoy en día, las víctimas se aferran desesperadamente a su lugar de trabajo en detrimento de su salud física y psíquica. Algunas de ellas se han rebelado y, en algunos casos, han iniciado pleitos; el fenómeno está invadiendo los medios de comunicación y la sociedad se hace preguntas.

A menudo se niega o se quita importancia a la violencia perversa en la pareja, y se la reduce a una mera relación de dominación. Una de las simplificaciones psicoanalíticas consiste en hacer de la víctima el cómplice o incluso el responsable del intercambio perverso. Esto supone negar la dimensión de la influencia, o el dominio, que la paraliza y que le impide defenderse, y supone negar la violencia de los ataques y la gravedad de la repercusión psicológica del acoso que se ejerce sobre ella. Las agresiones son sutiles, no dejan un rastro tangible y los testigos tienden a interpretarlas como simples aspectos de una relación conflictiva o apasionada entre dos personas de carácter, cuando, en realidad, constituyen un intento violento, y a veces exitoso, de destrucción moral e incluso física.
Esto es lo que los norteamericanos llaman stalking, es decir, acoso. El acoso concierne a antiguos amantes o cónyuges que no quieren soltar su presa e invaden a su «ex» con su presencia: lo esperan a la salida de su trabajo, lo llaman por teléfono de día y de noche, y profieren amenazas directas o indirectas contra él.
En Norteamérica, algunos Estados se han tomado en serio el stalking y han previsto protective orders (órdenes de protección civil) del mismo modo que para las violencias conyugales directas, pues ha quedado establecido que este acoso, a poco que la víctima reaccione, puede conducir a violencias físicas.
Sea quien fuere quien tome la iniciativa de la separación, los divorcios en los que participa un perverso narcisista son casi siempre violentos y pleitistas. Los perversos mantienen el vínculo mediante las cartas certificadas, los abogados y la justicia.

La convención internacional de los derechos del niño considera como maltrato psicológico a los niños:
—la violencia verbal,
—los comportamientos sádicos y despreciativos,
—la repulsa afectiva,
—las exigencias excesivas o desproporcionadas en relación con la edad del niño,
—las consignas e inyecciones educativas contradictorias o imposibles.
Esta violencia, que nunca es anodina, puede ser indirecta y afectar a los niños sólo de rebote o por salpicadura, o bien puede apuntar directamente a un niño al que intenta eliminar.
Los niños que son víctimas de agresiones perversas no tienen otra salida que los mecanismos de separación protectora, y son portadores de un núcleo psíquico muerto. Todo lo que no metabolizaron durante su infancia se reproduce en la edad adulta a través de acciones que se perpetúan.
Aun cuando todos los niños maltratados no se conviertan en padres que maltratan a sus hijos, se crea una espiral de destrucción. Cada uno de nosotros puede llegar a volcar su propia violencia interior sobre otra persona.

En el ámbito empresarial, la violencia y el acoso nacen del encuentro entre el ansia de poder y la perversidad. Las grandes perversiones destructivas son menos frecuentes, pero las pequeñas perversiones cotidianas se consideran triviales.
En el mundo del trabajo, en las universidades y en las instituciones, los procedimientos de acoso están mucho más estereotipados que en la esfera privada. Sin embargo, no por ello son menos destructivos, aun cuando las víctimas estén menos expuestas a sus efectos en la medida en que, para sobrevivir, eligen marcharse en la mayoría de los casos (baja por enfermedad o dimisión).
Por acoso en el lugar de trabajo hay que entender cualquier manifestación de una conducta abusiva y, especialmente, los comportamientos, palabras, actos, gestos y escritos que puedan atentar contra la personalidad, la dignidad o la integridad física o psíquica de un individuo, o que puedan poner en peligro su empleo, o degradar el clima de trabajo.
Aunque el acoso en el trabajo sea un fenómeno tan viejo como el mismo trabajo, hasta principios de la década de los noventa no se lo ha identificado como un fenómeno que no sólo destruye el ambiente de trabajo y disminuye la productividad, sino que también favorece el absentismo, ya que produce desgaste psicológico. Este fenómeno se ha estudiado esencialmente en los países anglosajones y en los países nórdicos, en donde ha sido calificado de mobbing —
Esta guerra psicológica en el lugar de trabajo incluye dos fenómenos:
—el abuso de poder, que los asalariados no siempre aceptan, y al que pueden desenmascarar con rapidez,
—la manipulación perversa, que engaña con insidias y causa muchos más estragos.
El acoso nace de forma anodina y se propaga insidiosamente. Al principio, las personas acosadas no quieren sentirse ofendidas y no se toman en serio las indirectas y las vejaciones. Luego, los ataques se multiplican. Durante un largo período y con regularidad. La víctima es acorralada, se la coloca en una posición de inferioridad y se la somete a maniobras hostiles y degradantes.
Las víctimas no son holgazanas, sino todo lo contrario. A menudo son personas escrupulosas que manifiestan un «presentismo patológico». Los asalariados perfeccionistas, muy centrados en su trabajo, desean ser impecables. Se quedan hasta muy tarde en la oficina, no dudan en acudir a trabajar durante el fin de semana y no faltan ni siquiera cuando están enfermos. Los norteamericanos utilizan el término workaholic (adicto al trabajo) para señalar claramente que se trata de una forma de dependencia. Esta última está ligada a una predisposición del carácter de la víctima, pero, sobre todo, es una consecuencia del dominio que la empresa ejerce sobre sus asalariados.
Existen varias maneras de deshacerse de un empleado molesto al que no se le puede reprochar nada:
—se reestructura su departamento de forma que su puesto de trabajo quede suprimido: se le despide con una indemnización económica;
—se le asigna una tarea difícil y se investigan sus puntos débiles hasta que incurre en una falta grave que pueda constituir un motivo de despido;
—se le maltrata psicológicamente con el objetivo de hundirlo y de forzar su dimisión.

El dominio se puede descomponer en tres grandes aspectos:
—una acción de apropiación mediante desposeimiento del otro;
—una acción de dominación que mantiene al otro en un estado de sumisión y dependencia;
—una acción de discriminación que pretende marcar al otro.
Es innegable que el dominio trae consigo un componente destructivo, ya que neutraliza el deseo del otro y anula toda su especificidad. La víctima pierde poco a poco su resistencia y tiene cada vez menos posibilidades de oponerse. Pierde toda opción de criticar. En cuanto se vuelve incapaz de reaccionar y queda literalmente «anonadada», se convierte en una cómplice de lo que la oprime. En ningún caso se trata de un consentimiento por su parte, sino de que ha quedado cosificada, se ha vuelto incapaz de tener un pensamiento propio y sólo puede pensar igual que su agresor. Ya no se puede decir que la víctima sea «el otro»: ya no es más que un alter ego de su agresor. Padece sin consentir, e incluso sin participar.
La estrategia perversa no aspira a destruir al otro inmediatamente; prefiere someterlo poco a poco y mantenerlo a disposición.
¿Por qué una víctima es la elegida?
Porque estaba ahí y porque, de un modo u otro, se ha vuelto molesta. Para el agresor, ella no tiene nada especial. Es un objeto intercambiable que estaba ahí en el mal o el buen momento, y que ha cometido la torpeza de dejarse seducir —y, a veces, de ser demasiado lúcida—. Para el perverso, ella sólo tiene interés cuando se muestra utilizable y cuando acepta la seducción. En cuanto se sustrae a su dominio o no tiene nada que ofrecer, se convierte en un objeto de odio.
Al no ser más que un objeto, importa poco quién sea ella. Sin embargo, el agresor evita a las personas que pueden ponerlo en peligro. Así, evita cuidadosamente enfrentarse con otros perversos narcisistas, o con paranoicos, pues son demasiado cercanos. Cuando los perversos y los paranoicos se asocian, su efecto destructor sobre la víctima designada se multiplica. Esto se puede comprobar especialmente en los grupos y en las empresas.

La cuestión del poder atañe a toda la sociedad. En todas las épocas ha habido seres carentes de escrúpulos, calculadores y manipuladores, y para los que el fin justifica los medios. Sin embargo, la multiplicación actual de los actos de perversidad en las familias y en las empresas es un indicador del individualismo que domina en nuestra sociedad. En un sistema que funciona según la ley del más fuerte, o del más malicioso, los perversos son los amos. Cuando el éxito es el valor principal, la honradez parece una debilidad.
La corrupción se ha convertido en una moneda corriente. Ahora bien, basta con que un grupo, una empresa o un gobierno cuenten con uno o con varios individuos perversos para que todo el sistema se vuelva perverso. Si esta perversión no se denuncia, se extiende subterráneamente mediante la intimidación, el miedo y la manipulación. Efectivamente, para atar psicológicamente a un individuo, basta con inducirlo a la mentira o a ciertos compromisos para convertirlo en cómplice del proceso perverso. Sin ir más lejos, ésta es la base del funcionamiento de la mafia o de los regímenes totalitarios. Tanto en las familias como en las empresas y los Estados, los perversos narcisistas se las arreglan para atribuir a los demás los desastres que provocan, se presentan luego como salvadores y se hacen así con el poder. En lo sucesivo, para mantenerse en él, les basta con no tener escrúpulos.

¿Cómo restablecer el respeto entre los individuos? ¿Qué límites debemos poner a nuestra tolerancia? Si los individuos no pueden detener por sí mismos estos procesos destructivos, la sociedad deberá intervenir y establecer una legislación.

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With the subtitle of “psychological abuse in everyday life”, I think it is a magnificent book of fervent current affairs and where our public managers are not aware of many of its areas. I have been a victim of “mobbing” and sincerely it is a great book , easy to understand and with numerous examples of psychological abuse. It serves to understand the profile of the harasser and at the same time shows you how the victims must act in the face of such perversion.

Throughout life, we maintain stimulating relationships that encourage us to give the best of ourselves, but we also maintain relationships that wear us out and that can end up destroying us. Through a process of moral harassment, or psychological abuse, an individual can get to pieces to another. The cruelty can even lead to a true psychic murder. We have all witnessed perverse attacks at one level or another, whether in the couple, in the family, in the company, or in political and social life. However, it seems as if our society does not perceive this form of violence.
Perversion fascinates, seduces and scares. Sometimes, we envy perverse individuals, because we imagine that they are bearers of a superior force that allows them to always be winners. Indeed, they know how to manipulate in a natural way, which seems a good asset in the world of business or politics. We also fear them, because we know instinctively that it is better to be with them than against them. It is the law of the strongest. The most admired is one who knows how to enjoy more and suffer less.

Small perverse acts are so ordinary that they seem normal. They start with a simple lack of respect, with a lie or with manipulation. But we only find them unbearable if they affect us directly. Then, if the social group in which they appear does not react, these acts are progressively transformed into true perverse behaviors that have serious consequences for the psychological health of the victims. When they are not sure that they will be understood, the victims are silent and suffer in silence.
This moral destruction has always existed, both in the families, in which it remains hidden, and in the company, where the victims, in times of full employment, accommodated themselves to it because they had the possibility of leaving. Today, victims cling desperately to their workplace to the detriment of their physical and mental health. Some of them have rebelled and, in some cases, have initiated lawsuits; the phenomenon is invading the media and society is asking questions.

Often the perverse violence in the couple is denied or diminished, and reduced to a mere relationship of domination. One of the psychoanalytic simplifications is to make the victim the accomplice or even the perpetrator of the perverse exchange. This means denying the dimension of influence, or dominance, which paralyzes her and prevents her from defending herself, and means denying the violence of the attacks and the seriousness of the psychological repercussion of the harassment that is exerted on her. Assaults are subtle, do not leave a tangible trace and witnesses tend to interpret them as mere aspects of a conflicting or passionate relationship between two people of character, when, in reality, they constitute a violent, and sometimes successful, attempt at moral destruction and even physical.
This is what the Americans call stalking, that is, harassment. The harassment concerns former lovers or spouses who do not want to let go of their prey and invade their “ex” with their presence: they wait for him to leave their work, call him by phone day and night, and make direct or indirect threats. against him.
In North America, some States have taken stalking seriously and have provided protective orders (civil protection orders) in the same way as for direct marital violence, since it has been established that this harassment, as soon as the victim reacts, can lead to physical violence.
Whoever takes the initiative for separation, divorces involving a perverse narcissist are almost always violent and litigious. The perverse maintain the link through certified letters, lawyers and justice.

The international convention on the rights of the child considers children as psychological abuse:
-the verbal violence,
-the sadistic and contemptuous behavior,
-the affective repulsion,
-excessive or disproportionate demands in relation to the age of the child,
-contradictory or impossible educational slogans and injections.
This violence, which is never anodyne, can be indirect and affect children only rebound or splash, or can directly target a child who is trying to eliminate.
Children who are victims of perverse attacks have no other way out than the mechanisms of protective separation, and are carriers of a dead psychic nucleus. Everything that they did not metabolize during their childhood reproduces in adulthood through actions that are perpetuated.
Even when all abused children do not become parents who mistreat their children, a spiral of destruction is created. Each one of us can get to overturn his own inner violence on another person.

In the business world, violence and harassment arise from the encounter between the craving for power and perversity. Great destructive perversions are less frequent, but small everyday perversions are considered trivial.
In the world of work, in universities and in institutions, harassment procedures are much more stereotyped than in the private sphere. However, they are not less destructive, even when the victims are less exposed to its effects insofar as, in order to survive, they choose to leave in most cases (sick leave or resignation).
Harassment in the workplace must be understood as any manifestation of abusive behavior and, especially, behavior, words, acts, gestures and writings that may attempt against the personality, dignity or physical or mental integrity of an individual, or that could endanger their employment, or degrade the work climate.
Although harassment at work is a phenomenon as old as the work itself, until the early nineties it has not been identified as a phenomenon that not only destroys the work environment and decreases productivity, but also favors the absenteeism, since it produces psychological wear. This phenomenon has been studied essentially in the Anglo-Saxon countries and in the Nordic countries, where it has been described as mobbing –
This psychological warfare in the workplace includes two phenomena:
-the abuse of power, which wage-earners do not always accept, and which they can quickly unmask,
-perverse manipulation, which deceives with snares and causes many more havoc.
Harassment is born anonymously and spreads insidiously. At first, people who are harassed do not want to be offended and do not take the hints and humiliations seriously. Then, the attacks multiply. For a long period and regularly. The victim is cornered, placed in a position of inferiority and subjected to hostile and degrading maneuvers.
The victims are not lazy, but quite the opposite. They are often scrupulous people who manifest a “pathological presentism.” The perfectionist employees, very focused on their work, want to be impeccable. They stay late at the office, do not hesitate to go to work during the weekend and do not miss even when they are sick. Americans use the term workaholic (workaholic) to clearly indicate that it is a form of dependence. The latter is linked to a predisposition of the character of the victim, but, above all, it is a consequence of the domain that the company exercises over its employees.
There are several ways to get rid of an annoying employee who can not be reproached for anything:
-your department is restructured so that your job is eliminated: you are dismissed with financial compensation;
– a difficult task is assigned to him and his weak points are investigated until he incurs a serious offense that may constitute grounds for dismissal;
– He is psychologically mistreated with the aim of sinking him and forcing his resignation.

The domain can be broken down into three main aspects:
-a appropriation action by dispossession of the other;
-a domination action that keeps the other in a state of submission and dependence;
-a discrimination action that aims to mark the other.
It is undeniable that the domain brings with it a destructive component, since it neutralizes the desire of the other and cancels all its specificity. The victim loses his resistance little by little and has less and less possibilities of opposing himself. He loses all choice to criticize. As soon as she becomes incapable of reacting and is literally “stunned”, she becomes an accomplice of what oppresses her. In no case is it a consent on his part, but that has been reified, has become unable to have a thought of his own and can only think as his attacker. One can no longer say that the victim is “the other”: he is no more than an alter ego of his aggressor. He suffers without consent, and even without participating.
The perverse strategy does not aspire to destroy the other immediately; He prefers to submit it little by little and keep it available.
Why is a victim the chosen one?
Because it was there and because, in one way or another, it has become annoying. For the aggressor, she has nothing special. It is an interchangeable object that was there in the bad or the good time, and that has committed the awkwardness of letting itself be seduced -and, sometimes, of being too lucid-. For the perverse, she only has interest when she appears usable and when she accepts seduction. As soon as he subtracts from his domain or has nothing to offer, he becomes an object of hatred.
Being nothing more than an object, it matters little who she is. However, the aggressor avoids people who may endanger him. Thus, carefully avoid confronting other perverse narcissists, or paranoid, because they are too close. When the perverse and the paranoid are associated, their destructive effect on the designated victim multiplies. This can be seen especially in groups and companies.

The question of power concerns the whole society. In all times there have been beings devoid of scruples, calculators and manipulators, and for which the end justifies the means. However, the current multiplication of acts of perversity in families and companies is an indicator of the individualism that dominates our society. In a system that works according to the law of the strongest, or the most malicious, the perverse are the masters. When success is the main value, honesty seems a weakness.
Corruption has become a common currency. Now, it is enough for a group, a company or a government to have one or several perverse individuals so that the whole system becomes perverse. If this perversion is not reported, it is spread underground through intimidation, fear and manipulation. Indeed, to tie an individual psychologically, it is enough to induce him to lie or certain commitments to turn him into an accomplice of the evil process. Without going any further, this is the basis of the functioning of the Mafia or totalitarian regimes. In the families as well as in the companies and the States, the perverse narcissists manage to attribute to others the disasters they provoke, they present themselves as saviors and thus become empowered. Henceforth, to remain in it, it is enough for you not to have scruples.

How to restore respect between individuals? What limits should we put to our tolerance? If individuals can not stop these destructive processes by themselves, society must intervene and establish legislation.

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