Ocaso Y Caída De Prácticamente Casi Todo El Mundo — Will Cuppy

He aquí un libro excéntrico y agudo, una invitación a recorrer una galería de retratos, ordenados cronológica y espacialmente, que nos acerca a personajes que hicieron historia en épocas muy diversas: desde el lejano Egipto hasta la “cercana” época del descubrimiento y conquista de América. Guiados por un autor documentado y escéptico, mundano y terriblemente irónico, veremos cómo la grandeza histórica generalmente atribuida a estos personajes queda hecha añicos. Will Cuppy los somete a un escrutinio que revela las miserias humanas de figuras de la talla de Pericles, Carlomagno o Luis XIV entre otras muchas.
Ocaso y caída de prácticamente todo el mundo es una aguda revisión de la historia de Occidente a través de aquellos personajes que la hicieron posible.

A mí el libro me encantó, no es un manual de historia, son historias reales pero sacando algunos de los aspectos más divertidos y anecdóticos de ellas. Se lee fácil, te diviertes, te saca un montón de carcajadas y además… hasta aprendes historia. Recomendadísimo.
Decirle “Infantil” a Will Cuppy es como llamarle “pueril” a Groucho Marx o “adolescente” a Woody Allen.
Se trata de una parodia del “Decline and fall…” de Gibbon, pero no sólo del Imperio Romano, sino de “prácticamente todo el mundo”, lo que ya da pistas sobre la carga irónica.
O sea, no es ningún “acercamiento histórico”, sino una visión humorística (por cierto, excelentemente documentada. Los datos que se ofrecen no son falsos ni uno solo) de figuras egregias de la historia.
¿Y a qué viene el término despectivo “Yanqui”? Groucho Marx, Woody Allen, Mark Twain, Damon Runyon, Dorothy Parker, Anita Loos… no eran “yanquis”, sino norteamericanos, como Will Cuppy. Y Humoristas, como Will Cuppy.
Y sí, efectivamente, “tiene momentos divertidos”. Muchísimos. Y desternillantes. Es uno de los grandes libros de humor de la historia.

A Egipto se le ha llamado El Regalo del Nilo. Una vez al año, el río se desborda y deposita una capa de rica tierra de aluvión en el suelo reseco. Después, retrocede y pronto toda la campiña, hasta donde alcanza la vista, está cubierta de egiptólogos.
Desde los tiempos más remotos, Egipto se ha dividido en dos partes: el Alto Egipto y el Bajo Egipto. El Bajo Egipto es el situado en la parte superior del mapa, o sea que hay que viajar hacia el sur para encontrar el Alto Egipto. Esto es absolutamente correcto para los habitantes del lugar porque el Nilo nace en el sur y cuando se va río arriba, como es natural, se va hacia el sur hasta llegar al Alto Egipto, mientras que el Bajo Egipto queda en el norte.
Algunos egipcios eran más brillantes que otros. Inventaron la red mosquitera, la astrología y un calendario que no salió bien, pues el día de Año Nuevo cayó en cuatro de julio. Creían que el sol navegaba todo el día en un bote alrededor de Egipto y que un cerdo se comía la luna cada dos semanas.
Como es natural, un pueblo así deseaba dejar constancia de sus ideas, para que otros pudieran cometer los mismos errores. Sus jeroglíficos, o escritura con figuras, consistían en lechuzas, canarios, serpientes y entrañas de despertadores.
La civilización propiamente dicha es lo que tenemos hoy en día, pero es agradable saber que, hace más de cincuenta siglos, en un pequeño país situado a miles de kilómetros de Nueva York, empezaban a ser más o menos como nosotros. Algunas autoridades creen que los sumerios se civilizaron antes que los egipcios. Yo no lo creo. Tengo la sensación de que los sumerios pasarán al olvido.

A Pericles le llamaban el Olímpico por su sabiduría y elocuencia. También le llamaban Cabeza de Escila, o Cabeza de Cono, porque tenía la cabeza parecida a una escila o cebolla albarrana, un vegetal en forma de cono que se encuentra en aquellos lares. Los comediantes griegos hacían muchas bromas sobre la forma inusual de la cabeza de Pericles. Fue el único estadista al que jamás vieron sin sombrero.
Por parte de su madre Agarista, Pericles pertenecía a los Alcmeónidas, una rica y aristocrática familia que ya había producido varios estadistas. Se sospechaba que los Alcmeónidas vendieron Atenas a los persas, y habían cogido a varios de ellos por soborno y corrupción. Pero se las habían apañado para borrarlo casi todo, ya que los otros atenienses estaban demasiado ocupados borrando sus cosas para prestar atención a los demás.
Durante los últimos días de Pericles, los ciudadanos eliminaron a la mayoría de genios. Expulsaron de la ciudad al inofensivo y viejo Anaxágoras y encarcelaron a Fidias, que murió poco después. Dejaron vivir a Sócrates hasta después de la guerra. Supongo que los atenienses no eran más que gente.
Aspasia no llegó lejos con su movimiento en favor de los derechos de la mujer. Sin embargo, con el tiempo se permitió a las mujeres comer a la mesa familiar aunque hubiera invitados. Más adelante aún, se les permitió cocinar la comida y fregar los platos después.
Aspasia probablemente tenía sus defectos, pero amaba mucho a Pericles. No le importaba que tuviera la cabeza en forma de cono. Después de su muerte, fue compañera de Disides, tratante de ovejas. Tampoco parecía importarle.

A Felipe II de España se le ha llamado el primer rey moderno porque sufría de arterioesclerosis. Se hizo famoso por no divertirse nunca. Él creía que divertirse era una pérdida de tiempo, así que se pasaba doce horas diarias en su despacho, escribiendo memorándums en trocitos de papel.
Felipe II era hijo del emperador Carlos V e Isabel de Portugal. A Carlos V le gustaba mucho el pescado. Abdicó en 1556 y se retiró a Extremadura, donde comía cantidades enormes de anchoas en conserva, tartas de anguila, tortillas de sardina y pescado fresco.
En su época, Carlos V era el gobernante más poderoso de la tierra. Poseía casi toda Europa y gran parte de América; sin embargo, nadie ha podido entusiasmarse nunca por él. Para la mayoría no es más que un anciano al que le gustaba mucho el pescado.
Murió en 1558, dejando veinte relojes, catorce cojines de plumas, treinta y siete almohadas, una cajita para llevar piel de limón en conserva o calabaza confitada, cuatro piedras de bezoar para curar la peste, seis mulas, un pequeño caballo tuerto, veintisiete pares de gafas, algunos botones viejos y a Felipe II.

Los reyes y reinas y gente así se divierten más de lo que uno imagina. Tienen muchas cosas en la cabeza, por emplear una expresión conveniente —en realidad, más de lo que se diría posible—, pero de todos modos consiguen divertirse. Poseen la feliz facultad de dejar la mente en blanco cada vez que lo desean, y siempre lo hacen antes de empezar a divertirse.
La diversión real no siempre es, desde luego, del mejor tipo, como lo define George Meredith en An Essay on Comedy and the Uses of the Comic Spirit. No está en contra, pues una gran cantidad de la mejor diversión no es muy divertida. ¿Se había fijado usted en eso?
Por lo que yo deduzco, la realeza posee sus propias nociones de lo que constituye el ingenio y humor, cuáles de los viejos chistes son los más desternillantes y cómo pasárselo bomba en general. No se muere por disfrutar de la diversión del mejor tipo como hacemos nosotros. Ellos quieren acción, y como pueden permitírselo, no veo que George Meredith sea muy estimulante.
Aunque parece mentira, los reyes son tipos que están en sus momentos más alegres.

Las fresas ocupan un lugar prominente en la lista de provisiones de la realeza británica, como debía ser en toda dinastía bien regulada. La reina Victoria era una aficionada a las fresas de primer orden. En 1875 dijo a alguien que las fresas no eran tan buenas como cuando era niña. Declaró asimismo que las violetas no tenían un perfume tan dulce, y ella lo atribuía a los perversos jardineros, «que no saben captar los perfumes dulces y sacrificarían todo atractivo de este tipo por el tamaño y el color». También dijo que habían estropeado las fresas por las mismas causas. Puede que en eso tuviera razón, ya que las ancianas de hoy en día afirman lo mismo.
La reina Victoria no tenía pasiones gastronómicas, salvo para las fresas y los espárragos. Sería justo señalar que durante su reinado de sesenta y cuatro años comía un poco de todo.
Los primeros Jorges venían directos de los Hanover —la cuna de las salchichas, casi se diría— y trajeron consigo interminables ristras de Leberwurst, Blutwursty otras Würste y Saucischen de muchos tipos y condiciones, incluidas, que yo sepa, la salchicha de Frankfurt original; por no mencionar la Schweinskopf Specksuppe, arenques en escabeches varios y delicias surtidas.
Aparte de las salchichas, los primeros tres Jorges no aportaron gran cosa al arte culinario. Sin embargo, Jorge I murió de indigestión aguda, después de darse un atracón de melones mientras iba camino de Hanover. No estaba acostumbrado a los melones. La comida favorita de Jorge III era el cordero frío y la ensalada, los huevos de chorlito, los guisantes estofados y la tarta de cerezas.
El corpulento tío de Victoria, Jorge IV, era amante del pollo, que es también un buen gusto para un hombre a cuyo cargo se encontraban los fundamentos de Gran Bretaña.
Eduardo II cayó en desgracia en una ocasión, antes de perder su trono, por la col, precisamente. «Se le acusa —señala un viejo relato— de haber celebrado una fiesta en el Támesis en una barcaza de leña y de comprar coles a los jardineros de las orillas del río para hacer su sopa». No fueron tanto las coles como su manera frívola y poco regia de obtenerlas. Enrique II, un poco antes de esa época, era impopular porque, después de gastarse todo su dinero en ropa para su coronación, en 1236, él y su reina tuvieron que conseguir la comida de sus súbditos, que se esperaba que les dieran ricos regalos por el honor de visitarles a la hora de comer. Los gorrones reales comían todo lo que les daban y les gustaba, o eso se supone.
Todos hemos oído contar que Enrique VIII, para no ser superado por Guillermo el Conquistador, regaló una casa de campo a un cocinero por inventar una nueva salsa para pudín. Yo prefiero la versión que la convierte en una salsa para marsopas a la barbacoa, en parte porque la historia tiene más sentido.
María, la reina de Escocia, odiaba el haggis. Lo encontraba tan atroz que decía que jamás, bajo ningún concepto, por la buena fama de su reino, debía tomarse fuera de Escocia. Durante siglos después, los obedientes escoceses, cuando llevaban haggis a los mercados ingleses, arrojaban un pellizco del comestible al río, en gesto de destrucción simbólica o ceremonial sin poner en peligro las ventas.
Esta reina, como se había educado en el extranjero, estaba cautivada por la cuisine francesa, igual que Carlos II, el más interesante de sus descendientes.
Una de las cenas de Luis XIV, típica de las comidas que se zampaba todas las noches antes de retirarse, consistía en cuatro platos de sopas diferentes, un faisán entero, una perdiz, un gran plato de ensalada, una ración enorme de cordero, dos buenas lonchas de jamón, una fuente entera de repostería francesa, una montañita de otros dulces, cantidades de fruta y, muy probablemente, cualquier cosita que viera por allí. Después, se retiraba tambaleante a su dormitorio, donde habían dejado un tentempié frío por si tuviera hambre. Y se preguntaba por qué sufría pesadillas. No se preocupe por toda esa sopa, pues es probable que sólo una parte de ella llegara a su objetivo. Luis siempre derramaba las cosas.
Aunque era glotón, Luis XV poseía una vena de genio que le permitía romper la coronilla de un huevo pasado por agua de un solo golpe de tenedor.
En Rusia, es probable que Pedro se llevara a un centenar o más de amigos cuando cenaba fuera. Su apetito, salvo por la bebida, no era nada fabuloso. Sus biógrafos hablan de caviar, arenque crudo, sopa de col agria, sopa de remolacha, lechón relleno de trigo sarraceno, pastel de pescado, pepinos en salazón, ostras, sardinetas, patas de pato en aderezo agrio, tarta de zanahorias, cerezas, guisantes, naranjas dulces, manzanas, peras y agua anisada (Kümmel). Asimismo, vodka, kvass, cerveza, muchos tipos de vino y más brandy. Muchas de las fantásticas crueldades de Pedro se produjeron cuando no era él mismo, por decirlo de una manera suave.
Catalina la Grande mantenía bajos los gastos de su mesa, pero sufragaba enormes facturas de comestibles para sus amantes. Su plato favorito era buey hervido con pepinos en salazón; sus bebidas eran agua con jarabe de grosella y cinco tazas de café diarias, preparadas con una libra entera de café.
Las tartas de anguila, cosa extraña, aceleraron el fin de Carlos V, rey de España y emperador del Sacro Imperio Romano, que falleció en 1558 después de muchos años de darse los atracones más espectaculares jamás presenciados en Europa. Víctima de la gota y la indigestión desde su primera juventud, siguió comiendo hasta el final, prefiriendo —como Federico el Grande— lo que fuera peor para su caso; y esto a pesar del hecho de que hacía mucho tiempo que había perdido el sentido del gusto. El pescado siempre le ponía enfermo, pero eso no le impedía comerlo. Las tartas de anguila le causaban cólicos, así que pedía otra, y otra aún. Un día se comió su última tarta de anguila. Querer es poder.

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