En El Jardín De Las Bestias — Erik Larson / In the Garden of Beasts: Love, Terror, and an American Family in Hitler’s Berlin by Erik Larson

Se trata de un ameno ensayo sobre la vida del primer embajador (Dodd), y su familia, que tuvieron los Estados Unidos en la Alemania de Hitler. El embajador no pertenecía a la carrera diplomática, sino que era profesor de historia, y ante la falta de otros candidatos al puesto, Roosevelt lo designa para ese cargo en Berlín. El embajador Dodd acude allí con su mujer y sus dos hijos veinteañeros.
El autor nos va narrando las peripecias del nombramiento, del viaje, de las aficiones, gustos y aspiraciones del embajador, así como sus relaciones con la cúpula nazi, y con el mismo Hitler.
Aunque el libro propone describir la vida cotidiana de toda la familia en el Berlín de inicios de los años 30, lo cierto es que realmente solo nos habla de las cuitas del embajador y de su hija de 24 años. La esposa y el otro hijo, de 28, solo son citados de pasada por el autor, como si no existieran. Ahora bien, de la hija nos cuenta todos sus amoríos, amistades, citas y relaciones, muy pródigas, incluso entre la cúpula nazi.
Eso se debe a que tanto el embajador como su hija escribieron memorias contando su vida, y el autor ha entrado a saco en ellas, mientras que sospecho que la esposa y el hijo varón no dejaron testimonio escrito de sus vivencias. De ese modo se nota que el libro cojea un poco, porque de dos miembros de la familia sabemos mucho y de los otros dos, nada.
A lo largo de las páginas del libro nos vamos enterando de cómo era la vida de la cúpula nazi y de la vida en Alemania de esa época, así como las dificultades que tiene el cargo, ante los nazis, y la integridad moral del embajador, que siendo un hombre de la calle, supo salir moralmente airoso del berenjenal en el que le metieron.

El libro se lee muy rápido como los libros del autor y comienza con la visita de un cirujano a la embajada estadounidense de Berlín donde fue víctima de latigazos…
La queja más importante de Dodd sobre las fiestas diplomáticas que celebraban otras embajadas era el dinero que despilfarraban en el proceso, incluso los países asolados por la Depresión.
«Para ilustrarlo», escribió al secretario Hull, «la última noche fuimos a cenar a las 8:30 a la casa del ministro belga, de 53 habitaciones (su país se supone que no es capaz de asumir sus obligaciones legales)». Dos criados con uniforme se ocuparon de su coche. «En la escalera había cuatro lacayos, vestidos al estilo de los sirvientes de Luis XIV. Otros tres sirvientes con bombachos se hicieron cargo de los abrigos. Veintinueve personas se sentaron a cenar en un comedor decorado más lujosamente que ninguna sala de la Casa Blanca que haya visto yo. Cuatro camareros uniformados nos sirvieron ocho platos en bandejas y vajilla de plata. Acompañaban a cada plato tres copas de vino, y cuando nos levantamos al final, observé que muchas de las copas estaban medio llenas de vino, que se desperdiciaba. La gente de aquella fiesta fue bastante agradable, pero no hubo conversación de valor alguno en mi parte de la mesa (eso mismo lo he observado en fiestas más concurridas). Tampoco hubo charla alguna seria, informativa ni ingeniosa siquiera después de la cena.» Martha asistió también, y explicaba que «todas las mujeres iban cubiertas de diamantes u otras piedras preciosas… nunca había visto un despliegue tal de lujo y riqueza».
La vida amorosa de Martha (hija) dio un vuelco cuando le presentaron a Rudolf Diels, el joven jefe de la Gestapo. Este se movía con facilidad y confianza, y a diferencia de Putzi Hanfstaengl, que invadía una habitación, él entraba discretamente, deslizándose como una niebla malévola. Su llegada a cualquier fiesta, escribía ella, «creaba un nerviosismo y una tensión que ningún otro hombre podía crear, aun entre aquellas personas que desconocían su identidad».

La normalidad superficial de Alemania también ocultaba el creciente conflicto entre Hitler y Röhm. Dodd y otros que habían pasado un tiempo en Alemania sabían muy bien que Hitler estaba decidido a aumentar el tamaño del ejército regular, el Reichswehr, a pesar de las prohibiciones explícitas del Tratado de versalles, y el capitán Röhm de las SA quería que cualquier incremento incluyese la incorporación de unidades enteras de las SA, como parte de su campaña para conseguir más control del ejército de la nación. El ministro de Defensa Blomberg y los generales de mayor rango del ejército odiaban a Röhm y despreciaban a sus toscas legiones de Tropas de Asalto con sus camisas pardas. Göring odiaba a Röhm también, y veía sus ansias de poder como una amenaza para el control del propio Göring de la nueva fuerza aérea de Alemania, su mayor orgullo y satisfacción, que se estaba reconstruyendo discreta pero enérgicamente.
Lo que no quedaba claro era dónde se situaba Hitler exactamente. En diciembre de 1933, Hitler convirtió a Röhm en miembro de su gabinete. El día de Año Nuevo, envió a Röhm un cordial saludo, publicado en la prensa, en el cual alababa a su aliado por haber formado una legión de una manera tan efectiva. «Debes saber que estoy muy agradecido al destino que me ha permitido llamar a un hombre como tú amigo y camarada de armas.

Martha se consumía por Boris. Su amante francés, Armand Berard, que se encontraba confinado a un segundo plano, sufría. Diels también quedó en segundo plano, aunque seguía siendo compañero frecuente.
A principios de enero, Boris dispuso una cita con Martha que resultó ser uno de los encuentros románticos más inusuales que ella había tenido jamás, aunque no tuvo advertencia alguna de lo que iba a ocurrir, aparte del ruego de Boris de que llevase su vestido favorito, uno de seda dorada sin hombros, con un escote muy revelador y ceñido por la cintura. Ella se puso también un collar de ámbar y un prendido con unas gardenias que le había regalado Boris.
Fritz, el mayordomo, saludó a Boris en la puerta principal, pero antes de que pudiera anunciar la presencia del ruso, Boris subió a saltos la escalera hacia el piso principal. Demasiados amores tenía Martha y Boris sería un agente del futuro KGB. (NKVD).
Dodd no se enteró del cataclismo que se estaba desarrollando en otras partes de la ciudad hasta el sábado por la tarde, cuando él y su mujer se sentaron a comer en su jardín. Casi en el mismo momento apareció su hijo Bill, que acababa de volver de su paseo. Parecía alterado. Les informó de que se habían cerrado una serie de calles, incluyendo Unter den Linden, en el corazón del distrito gubernamental, y que estaban siendo patrulladas por batallones de las SS fuertemente armados. Había oído también que los arrestos se habían hecho en el cuartel general de las SA, situado sólo a unas pocas manzanas de su casa.
Inmediatamente, Dodd y su esposa experimentaron una gran ansiedad por Martha, que había salido a pasar el día con Boris Winogradov. A pesar de su posición diplomática, Boris era un hombre a quien los nazis, incluso en tiempos de normalidad, podía esperarse que consideraran un enemigo del Estado.

La purga de Hitler se conocería posteriormente como «la noche de los cuchillos largos», y a su debido tiempo se consideraría uno de los episodios más importantes de su ascenso, el primer acto de la gran tragedia de la contemporización. Al principio, sin embargo, no se comprendió su importancia. Ningún gobierno retiró a su embajador ni emitió una protesta; el pueblo no se alzó, rebelde.
La reacción más satisfactoria de un funcionario público en Estados Unidos provino del general Hugh Johnson, jefe de la Administración para la Recuperación Nacional, que por aquel entonces se había hecho famoso por sus destemplados discursos sobre una amplia gama de temas. (Cuando tuvo lugar una huelga general en San Francisco, en julio, liderada por un estibador que había emigrado de Australia)
En Alemania, observaba Dodd, nadie pegaba nunca a un perro, y como consecuencia, los perros nunca tenían miedo cuando estaban con los hombres, y siempre estaban gordos y obviamente bien cuidados. «Sólo los caballos parecen igual de felices, no los niños, ni los jóvenes», escribió. «A menudo me paro, cuando voy paseando a mi oficina, y les dirijo unas palabras a un par de hermosos caballos que esperan mientras descargan su carro. Están tan limpios y gordos y felices que uno siente que casi se van a echar a hablar.» Llamaba a esta sensación «felicidad equina», y había notado el mismo fenómeno en Núremberg y Dresde. En parte, ya lo sabía, su felicidad se debía a la ley alemana, que prohibía la crueldad con los animales y castigaba a los infractores con la prisión, y ahí Dodd encontraba la más profunda de las ironías. «En una época en la que se mataba a cientos de hombres sin juicio ni prueba alguna de culpabilidad, y en la cual la población literalmente temblaba de miedo, los animales tenían garantizados unos derechos que ni hombres ni mujeres podían soñar con tener.»
Y añadía: «¡Uno casi deseaba ser un caballo!».

El 13 de enero de 1938, en una cena en su honor en el Waldorf Astoria de Nueva York, Dodd declaraba: «La humanidad está en grave peligro, pero los gobiernos democráticos parecen no saber qué hacer. Si no hacen nada, la civilización occidental, la libertad religiosa, personal y económica están en grave peligro». Sus observaciones suscitaron una inmediata protesta por parte de Alemania, a la cual el secretario Hull respondió que Dodd ahora era un ciudadano privado, y que podía decir lo que le apeteciese. Primero, sin embargo, hubo un cierto debate entre los funcionarios del Departamento de Estado sobre si el departamento debería o no disculparse con una declaración en el sentido de «siempre lamentamos cualquier cosa que pueda crear resentimiento en el extranjero».
Acabo sus días en una granja de Virginia y atropello a una niña negra pero Dodd resultó ser exactamente lo que quería Roosevelt, un faro solitario de libertad y esperanza americanas en una tierra cada vez más oscura.
Martha siguió flirteando en secreto con la inteligencia soviética. Su nombre en clave era «Liza», pero todo parece indicar más melodramatismo que una realidad apoyada por los datos. Su carrera como espía parece que consistió sobre todo en palabras y posibilidades, aunque es cierto que la perspectiva de una participación menos vaporosa mantuvo interesados a los funcionarios soviéticos. Un telegrama secreto desde Moscú a Nueva York, en enero de 1942, decía que Martha era «un mujer con talento, lista y educada»…
Martha empezó a escribirse con Bassett, su primer marido (el primero de sus tres grandes amores), y pronto establecieron una correspondencia como si volvieran a tener veinte años, analizando su antiguo romance para intentar averiguar qué era lo que había fallado. Bassett confesaba que él había destruido todas las cartas de amor que ella le envió, al darse cuenta de que «aunque hubiese pasado el tiempo, no podía soportar leerlas, y mucho menos que otras personas las compartieran, después de que yo me hubiese ido».
Martha, sin embargo, había conservado las de él. «¡Qué cartas de amor!», escribió.
«Una cosa es segura», decía ella en una carta de noviembre de 1971, cuando tenía sesenta y tres años. «De haber seguido juntos, habríamos tenido una vida muy vital, variada y apasionante… Me pregunto si habrías sido feliz con una mujer tan poco convencional como soy y como ya era entonces.
Stern (marido de Martha) murió en 1986. Martha se quedó en Praga aunque, como escribió a sus amigos: «En ningún sitio podría sentirme más solitaria que aquí, ahora».
Ella murió en 1990 a la edad de ochenta y dos años, no precisamente como una heroína, pero sí como una mujer de principios que nunca desfalleció en su creencia de que había hecho lo correcto al ayudar a los soviéticos contra los nazis, en una época en la que la mayoría del mundo se sentía poco inclinado a hacer nada. Ella murió aún bailando al borde del peligro: una extraña ave en el exilio, prometedora, coqueta.

En una de las transcripciones hacía referencia a una conversación durante una cena en octubre de 1941 en Wolfsschanze, o la Guarida del Lobo, el reducto de Hitler en Prusia oriental. Salió el tema de Martha Dodd.
Hitler, que una vez le besó la mano, dijo: «Y pensar que no había nadie en todo ese ministerio que pudiera echarle las garras a la hija del antiguo embajador norteamericano, Dodd… y sin embargo, no era difícil acercarse a ella. Ese era su trabajo, y tenían que haberlo hecho. En resumen, tenían que haber sometido a la chica… En los viejos tiempos, cuando queríamos asediar a un industrial, le atacábamos a través de sus hijos. El viejo Dodd, que era un imbécil, lo podríamos haber sujetado a través de su hija».

It is an entertaining essay on the life of the first ambassador (Dodd), and his family, which the United States had in Hitler’s Germany. The ambassador did not belong to the diplomatic career, but was a professor of history, and in the absence of other candidates for the position, Roosevelt appointed him to that position in Berlin. Ambassador Dodd goes there with his wife and two sons in their twenties.
The author tells us about the vicissitudes of the appointment, the trip, the hobbies, tastes and aspirations of the ambassador, as well as his relations with the Nazi leadership, and with Hitler himself.
Although the book proposes to describe the daily life of the whole family in Berlin at the beginning of the 30s, the truth is that it really only tells us about the troubles of the ambassador and his 24-year-old daughter. The wife and the other son, aged 28, are only mentioned in passing by the author, as if they did not exist. Now, the daughter tells us all their love affairs, friendships, appointments and relationships, very lavish, even among the Nazi leadership.
This is because both the ambassador and his daughter wrote memoirs about his life, and the author has entered into them, while I suspect that the wife and the son did not leave written testimony of their experiences. In this way it is noticeable that the book is a bit lame, because of two members of the family we know a lot and of the other two, nothing.
Throughout the pages of the book we are learning about the life of the Nazi leadership and the life in Germany of that time, as well as the difficulties that the position has, before the Nazis, and the moral integrity of the ambassador, that being a man of the street, he knew how to leave morally graceful of the berenjenal in which they put him.

The book is read very fast as the author’s books and begins with the visit of a surgeon to the US embassy in Berlin where he was whipped …
Dodd’s most important complaint about the diplomatic holidays celebrated by other embassies was the money that was squandered in the process, even in the Depression-ravaged countries.
“To illustrate,” he wrote to Secretary Hull, “on the last night we went to dinner at 8:30 at the home of the Belgian minister of 53 rooms (his country is not supposed to be able to assume its legal obligations).” Two servants in uniform took care of their car. “On the staircase were four footmen, dressed in the style of the servants of Louis XIV. Three other servants with bloomers took over the coats. Twenty-nine people sat down to dinner in a dining room decorated more luxuriously than any room in the White House that I had seen. Four uniformed waiters served us eight plates in trays and silverware. Three glasses of wine accompanied each dish, and when we got up at the end, I noticed that many of the glasses were half full of wine, which was wasted. The people of that party were quite pleasant, but there was no conversation of any value in my part of the table (that same thing I have observed at busy parties). There was also no serious, informative, or witty talk even after dinner. “Martha also attended, explaining that” all the women were covered in diamonds or other precious stones … I had never seen such a display of luxury and wealth. ”
The love life of Martha (daughter) turned upside down when they introduced him to Rudolf Diels, the young Gestapo chief. He moved with ease and confidence, and unlike Putzi Hanfstaengl, who invaded a room, he entered discreetly, gliding like a malevolent mist. Her arrival at any party, she wrote, “created a nervousness and a tension that no other man could create, even among those people who did not know their identity.”

The superficiality of Germany also hid the growing conflict between Hitler and Röhm. Dodd and others who had spent time in Germany knew very well that Hitler was determined to increase the size of the regular army, the Reichswehr, despite the explicit prohibitions of the Treaty of Versailles, and Captain Röhm of the SA wanted any increase Include the incorporation of entire units of the SA, as part of their campaign to get more control of the nation’s army. Defense Minister Blomberg and the army’s senior generals hated Röhm and despised their rough Legions of Assault Troops in their brown shirts. Göring hated Röhm too, and saw his lust for power as a threat to Göring’s own control of Germany’s new air force, his greatest pride and satisfaction, which was being reconstructed discreetly but energetically.
What was not clear was exactly where Hitler stood. In December 1933, Hitler made Röhm a member of his cabinet. On New Year’s Day, he sent Röhm a cordial greeting, published in the press, in which he praised his ally for having formed a legion in such an effective manner. “You must know that I am very grateful to the fate that allowed me to call a man like you friend and comrade-in-arms.

Martha was consumed by Boris. His French lover, Armand Berard, who was confined to the background, suffered. Diels was also in the background, although he was still a frequent companion.
At the beginning of January, Boris arranged an appointment with Martha that turned out to be one of the most unusual romantic encounters she had ever had, although she had no warning of what was going to happen, apart from Boris’s request that she wear her favorite dress , one of golden silk without shoulders, with a very revealing neckline and cinched at the waist. She also put on an amber necklace and a garment with gardenias that Boris had given her.
Fritz, the butler, greeted Boris at the front door, but before he could announce the presence of the Russian, Boris hopped up the stairs to the main floor. Too many loves had Martha and Boris would be an agent of the future KGB. (NKVD).
Dodd did not hear about the cataclysm that was unfolding in other parts of the city until Saturday afternoon, when he and his wife sat down to eat in their garden. Almost at the same moment his son Bill appeared, who had just returned from his walk. He seemed upset. He informed them that a series of streets had been closed, including Unter den Linden, in the heart of the governmental district, and that they were being patrolled by heavily armed SS battalions. He had also heard that the arrests had been made at SA headquarters, located only a few blocks from his house.
Immediately, Dodd and his wife experienced great anxiety for Martha, who had gone out to spend the day with Boris Winogradov. Despite his diplomatic position, Boris was a man whom the Nazis, even in normal times, could be expected to consider an enemy of the state.

Hitler’s purge would later be known as “the night of the long knives,” and in due time would be considered one of the most important episodes of his ascent, the first act of the great tragedy of temporization. At first, however, its importance was not understood. No government withdrew its ambassador or issued a protest; the town did not rise, rebel.
The most satisfactory reaction of a public official in the United States came from General Hugh Johnson, head of the Administration for National Recovery, who by then had become famous for his harsh speeches on a wide range of subjects. (When a general strike took place in San Francisco, in July, led by a stevedore who had emigrated from Australia)
In Germany, Dodd observed, nobody ever hit a dog, and as a consequence, dogs were never afraid when they were with men, and they were always fat and obviously well cared for. “Only horses seem equally happy, not children, nor young people,” he wrote. “I often stop, when I’m walking to my office, and I address a few words to a couple of beautiful horses waiting while they unload their car. They are so clean and fat and happy that one feels they are almost going to talk. “He called this feeling” equine happiness, “and he had noticed the same phenomenon in Nuremberg and Dresden. In part, he already knew, his happiness was due to German law, which forbade cruelty to animals and punished offenders with prison, and there Dodd found the deepest of ironies. “At a time when hundreds of men were killed without trial or any evidence of guilt, and in which the population literally trembled with fear, the animals were guaranteed rights that neither men nor women could dream of having.”
And he added: “You almost wanted to be a horse!”

On January 13, 1938, at a dinner in his honor at the Waldorf Astoria in New York, Dodd declared: “Humanity is in grave danger, but democratic governments do not seem to know what to do. If they do nothing, Western civilization, religious, personal and economic freedom are in grave danger. ” His remarks provoked an immediate protest from Germany, to which Secretary Hull replied that Dodd was now a private citizen, and that he could say whatever he wanted. First, however, there was some debate among State Department officials about whether or not the department should apologize to a statement that “we always regret anything that might create resentment abroad.”
I ended his days on a Virginia farm and ran over a black girl but Dodd turned out to be exactly what Roosevelt wanted, a lone beacon of American freedom and hope in a darker land.
Martha continued to secretly flirt with Soviet intelligence. Its code name was “Liza”, but everything seems to indicate more melodramatism than a reality supported by data. His career as a spy seems to have consisted mostly of words and possibilities, although it is true that the prospect of a less steamy participation kept Soviet officials interested. A secret telegram from Moscow to New York, in January 1942, said that Martha was “a talented, clever and educated woman” …
Martha began to write with Bassett, her first husband (the first of her three great loves), and soon they established a correspondence as if they were twenty years old, analyzing their old romance to try to find out what was wrong. Bassett confessed that he had destroyed all the love letters she sent him, realizing that “although time had passed, I could not bear to read them, much less other people share them, after I had left” .
Martha, however, had retained his. “What love letters!” He wrote.
“One thing is for sure,” she said in a letter of November 1971, when she was sixty-three years old. “If we had stayed together, we would have had a very vital, varied and exciting life … I wonder if you would have been happy with a woman as unconventional as I am and as I was then.
Stern (Martha’s husband) died in 1986. Martha stayed in Prague although, as she wrote to her friends: “Nowhere could I feel more lonely than here, now».
She died in 1990 at the age of eighty-two, not exactly as a heroine, but as a principled woman who never faltered in her belief that she had done the right thing by helping the Soviets against the Nazis, at one time in which most of the world felt little inclined to do anything. She died still dancing on the edge of danger: a strange bird in exile, promising, flirtatious.

In one of the transcriptions he referred to a conversation during a dinner in October 1941 in Wolfsschanze, or the Wolf’s Den, Hitler’s redoubt in East Prussia. The subject of Martha Dodd came out.
Hitler, who once kissed his hand, said: “And to think that there was no one in all that ministry that could throw the claws on the daughter of the former American ambassador, Dodd … and yet, it was not difficult to approach her. That was his job, and they should have done it. In short, they had to have subdued the girl … In the old days, when we wanted to besiege an industrialist, we attacked him through his children. Old Dodd, who was an imbecile, we could have held him through his daughter. “

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