El Diablo En La Ciudad Blanca — Erik Larson / The Devil in the White City: Murder, Magic, and Madness at the Fair That Changed America by Erik Larson

Totalmente recomendable, una novela impactante desde el principio que te atrapa y te seduce. Imprescindible como las obras del autor.
Daniel Hudson Burnham, un arquitecto de prestigio, había recibido el encargo de dirigir la construcción de todos los edificios de la Feria Universal de Chicago, que abriría sus puertas en 1893; Henry H. Holmes era médico, y decidió aplicar sus conocimientos de la manera más cruel. Mientras Burnham levantaba a ritmo endiablado las paredes de unos palacios espectaculares, Holmes erigió su propia mansión al lado mismo del recinto ferial, y en los sótanos de la casa mandó construir unas salas de tortura equipadas con mesas de disección, cámaras de gas y hornos crematorios. Ahí un sinfín de mujeres jóvenes, seducidas por los dulces modales del médico, encontrarían el dolor y la muerte…
Lo que parece la trama de una novela de horror fue a finales del siglo XIX una realidad que conmovió a un país entero, y que tuvo como testigos de excepción a hombres tan dispares como Buffalo Bill, Theodore Dreiser y Thomas Edison.

Chicago se hacía más grande, más alta y más rica, pero también más sucia, oscura y peligrosa. Las miasmas del carbón ennegrecían sus calles, y a veces reducían la visibilidad a una sola manzana, sobre todo en invierno, cuando las calderas funcionaban a tope. El incesante paso de los trenes, tranvías, trolebuses y coches de caballos (surreys, landós, victorias, cupés, faetones y coches fúnebres, todos con ruedas tachonadas de hierro que atronaban el pavimento como martillos circulares) era el causante de un fragor que no se mitigaba hasta la medianoche. Por eso en las noches de verano, con las ventanas abiertas, la situación era casi insoportable. En los barrios pobres, la basura se acumulaba en los callejones, rebosando de enormes cubos convertidos en verdaderos banquetes para las ratas y las moscas azules (millones de moscas, miles de millones). Nadie recogía a los perros, gatos o caballos muertos, que en enero quedaban congelados en posturas descorazonadoras, y en agosto se hinchaban hasta explotar. Muchos acababan en el río Chicago, a lo largo del cual se asentaba la principal arteria comercial de la urbe. Cuando llovía con fuerza, el ímpetu del río expulsaba el agua sucia al lago Michigan hasta las torres que señalizaban las tomas de agua potable de la ciudad. Bajo la lluvia, las calles —sin asfaltar— supuraban una pestilente mezcla de estiércol de caballo, barro y basura que brotaba entre los bloques de granito como pus de una herida. Chicago impresionaba a los visitantes en la misma medida en que les aterrorizaba.
Las obras del Auditorium empezaron el 1 de junio de 1887. El resultado fue un complejo de gran opulencia, por aquel entonces el mayor edificio privado del país. El teatro tenía capacidad para cuatro mil espectadores, mil doscientos más que el Metropolitan Opera House de Nueva York. Tenía además un sistema de aire acondicionado basado en el paso del aire por hielo. El resto del edificio se componía de oficinas, una inmensa sala de banquetes y un hotel de lujo con cuatrocientas habitaciones. Un visitante alemán recordó que el simple gesto de accionar un interruptor eléctrico situado junto a la cama le permitía pedir toallas, papel de cartas, agua fría, prensa, whisky o un limpiabotas. Se convirtió en el edificio más famoso de Chicago, objeto de toda clase de fastos en su inauguración, a la que acudió el mismísimo presidente de Estados Unidos, Benjamin Harrison.

A principios de enero de 1893 llegó el frío, y ya no se marchó. La temperatura cayó hasta veinte grados bajo cero. En sus paseos matinales, Burnham encontraba un mundo duro y sin color, un paisaje puntuado por montones de estiércol de caballo. En las orillas de la Isla del Bosque, más de medio metro de hielo aprisionaba en crueles contorsiones a los juncos y las juncias de Olmsted. Burnham vio que la parte paisajística acumulaba un gran retraso, y precisamente cuando el representante de Olmsted en Chicago, Harry Codman, con quien todos contaban, estaba en el hospital convaleciente de una operación. Su enfermedad recurrente había resultado ser una apendicitis. La operación se había hecho con éter y había salido bien, pero la recuperación de Codman sería lenta, y solo faltaban cuatro meses para la inauguración.
El frío glacial agravaba el riesgo de incendios. Por sí solos, los fuegos necesarios —las salamandras y los infiernillos de los estañeros— ya habían provocado varias decenas de pequeños incendios fáciles de apagar, pero el frío hacía temer lo peor, porque congelaba las tuberías de agua y las bocas de riego y hacía que los trabajadores infringieran la prohibición de Burnham de encender luego al aire libre. Los hombres de la Guardia Colombina vigilaban con más celo que nunca. Eran los que más frío pasaban, haciendo guardias las veinticuatro horas del día en lo más remoto del parque, donde no había ningún refugio. «El invierno de 1892-1893 siempre estará presente en la memoria de los que formaron parte de la guardia durante ese período».
Los plazos ya no se podían cambiar. Había demasiados compromisos como para pensar en prórrogas. La ceremonia de inauguración estaba programada definitivamente para el lunes por la mañana. Se abriría con un desfile desde el Loop a Jackson Park encabezado por el presidente de Estados Unidos, Grover Cleveland. Ya estaban llegando infinidad de trenes con estadistas, príncipes y magnates de todo el mundo. El presidente Cleveland llegó acompañado por el vicepresidente y un séquito de altos funcionarios, senadores y militares de alta graduación…
Era un espectáculo penoso, pero también desconcertante. Los festejos de la inauguración estaban programados para la mañana siguiente, y sin embargo todo estaba lleno de escombros y en un estado que Stead describió como «flagrantemente inconcluso».

El optimismo duró veinticuatro horas.
El martes 2 de mayo solo visitaron Jackson Park diez mil personas. A ese ritmo, la exposición tenía garantizado su lugar entre los grandes fracasos de la historia. Los borregueros amarillos viajaban casi vacíos, al igual que los vagones del Alley L que circulaban por la calle Sesenta y tres; y si alguien tenía la esperanza de que fuese una simple anomalía, la perdió al día siguiente, cuando los factores que estaban dejando tan maltrecha la economía del país cuajaron en una jornada de pánico en Wall Street que hizo caer en picado los precios de las acciones. Era el preludio de una semana de noticias cada vez más inquietantes.
La noche del jueves 5 de mayo, la directiva de la National Cordage Company, un trust que controlaba el ochenta por ciento de la producción de cuerdas del país, se declaró en suspensión de pagos.
Burnham apostaba por un remedio rápido al malestar económico del país, pero la situación se obstinaba en desmentir sus esperanzas. Los bancos seguían quebrando, los despidos se multiplicaban, la producción industrial caía en picado y las huelgas eran cada vez más conflictivas. El 5 de junio, ocho bancos de Chicago sufrieron una retirada masiva de depósitos por parte de una clientela preocupada.

Entre la inauguración y la clausura, el hospital registró 11.602 ingresos, sesenta y cuatro al día, por una serie de heridas y dolencias de las que cabe inferir que los padecimientos más banales no han cambiado mucho con el paso de las épocas. He aquí una parte de la lista:
820 casos de diarrea,
154 de estreñimiento,
21 de hemorroides,
434 de indigestión,
365 de cuerpos extraños en los ojos,
364 de intenso dolor de cabeza,
594 episodios de desmayo, síncope y agotamiento,
1 caso de flatulencia extrema, y
169 de dolor intensísimo de muelas.
No faltaron visitantes como Paderewski, Eloudini, Tesla, Edison, Scott Joplin, Clarence Darrow, el futuro presidente Woodrow Wilson —por aquel entonces profesor en Princeton— y la feminista Susan B. Anthony…

Durante el mes de octubre, la exposición conoció un gran aumento de público. La gente empezaba a darse cuenta de que quedaba poco tiempo para visitar la Ciudad Blanca. El 22 de octubre, el número de visitantes de pago ascendió a 138.011, y dos días después ya eran 244.127. En la rueda de Ferris se subían ya unas veinte mil personas diarias, un ochenta por ciento más que a principios de mes. Todos esperaban que la tendencia al aumento de público se mantuviese y que la afluencia a la ceremonia de clausura del 30 de octubre superase el récord establecido por el día de Chicago.
Con ese objetivo, Frank Millet concibió una celebración que duraría todo el día, con música, discursos, pirotecnia y el desembarco del mismísimo «Colón» desde las reproducciones a tamaño natural de la Pinta, la Niña y la Santa María, construidas en España para la exposición.
El asesinato de Harrison fue como un pesado telón que hubiese caído sobre la ciudad. Marcó un antes y un después. Casi todo era silencio, cuando en otras circunstancias la prensa de Chicago se habría prodigado en artículos sobre las repercusiones de la exposición. Jackson Park tuvo un día de apertura extraoficial, el 31 de octubre, que fue aprovechado por muchos para hacer su última visita al recinto como quien presenta sus respetos a un pariente que acaba de morir. Una mujer dijo llorando a la columnista Teresa Dean: «Nunca, en toda mi vida, había vivido una despedida tan triste».

La exposición demostró ser incapaz de mantener a raya a la Ciudad Negra por mucho tiempo. La clausura oficial hizo que miles de trabajadores engrosaran las huestes cada vez más nutridas de los parados, y los grandes palacios abandonados se convirtieron en albergues de indigentes. «Los pobres habían salido flacos y hambrientos del terrible invierno que siguió a la exposición mundial —escribió el novelista Robert Herrick en The Web of Life—. La pródiga ciudad se había empleado a fondo en la hermosa iniciativa y, tras mostrar al mundo lo mejor de sus tuerzas, se había venido abajo… El enorme vestido le iba grande a la ciudad, cuyo encogimiento se apreciaba en miles de comercios, hoteles y bloques de viviendas vacíos. Decenas de millares de seres humanos, que el reclamo de salarios fuera de lo normal había atraído a la ciudad en fiestas, se habían visto abandonados a su suerte, sin comida ni derecho a refugiarse en unos edificios donde no vivía nadie.» Lo desgarrador era el contraste. «¡Qué espectáculo! —escribía Ray Stannard Baker en su American Chronicle—. ¡Qué descalabro humano tras la magnificencia y prodigalidad de la exposición mundial, cuyas puertas acababan de cerrarse! De un mes a otro, se bajaba de cimas de esplendor, orgullo y exaltación a simas de des gracia, sufrimiento, hambre y frío.»
El 12 de septiembre de 1895, un gran jurado de Filadelfia decidió procesar a Holmes por el asesinato de Benjamin Pitezel. Solo presentaron pruebas dos testigos: L. G. Fouse, presidente de Fidelity Mutual Life, y el detective Frank Geyer. Holmes insistía en que los asesinos de los niños eran Minnie Williams y el misterioso Hatch, pero no logró convencer a otros grandes jurados de Indianápolis y Toronto. El de Indianápolis le acusó del asesinato de Howard Pitezel, y el de Toronto de los de Alice y Nellie. Si no era condenado por el de Filadelfia, quedaban dos oportunidades; en caso contrario, las otras acusaciones serían papel mojado, ya que, teniendo en cuenta las características del asesinato de Pitezel, la condena de Filadelfia se traduciría sin la menor duda en una sentencia de muerte.
En espera de la ejecución, Holmes elaboró una larga confesión —la tercera— en la que reconocía haber matado a veintisiete personas. Al igual que en los dos casos anteriores, se trataba de una mezcla de verdades y mentiras. Resultó, por ejemplo, que algunas de las personas a quienes decía haber asesinado estaban vivas. Nunca sabremos el número exacto de sus víctimas, pero no puede ser inferior a nueve: Julia y Pearl Conner, Emeline Cigrand, las hermanas Williams, Pitezel y sus hijos. Por otro lado, nadie dudaba de que eran muchas más. Algunos cálculos elevaron la cifra hasta doscientos, aunque parece poco verosímil, incluso para alguien de la voracidad criminal de Holmes. El detective Geyer estaba convencido de que, si la agencia Pinkerton no hubiera organizado su detención en Boston, Holmes habría matado al resto de la familia Pitezel: «Es tan evidente que pensaba asesinar a la señora Pitezel, a Dessie y a Wharton, el bebé, que no admite la menor discusión».
A partir de ese momento empezaron a producirse extraños sucesos que daban tintes de verosimilitud a la identificación de Holmes con el diablo. El detective Geyer cayó gravemente enfermo. El director de la cárcel de Moyamensing se suicidó. El presidente del jurado murió electrocutado en un extraño accidente. El sacerdote que había administrado los últimos sacramentos a Holmes apareció muerto a pocos metros de su iglesia en circunstancias poco claras. El padre de Emeline Cigrand sufrió grotescas quemaduras por la explosión de una caldera. Por último, la oficina del fiscal del distrito, George Graham, fue destruida por un incendio; lo único que quedó intacto fue una fotografía de Holmes.

Totally recommended, a shocking novel from the beginning that catches you and seduces you. Essential as the author’s works.
Daniel Hudson Burnham, a prestigious architect, had been commissioned to direct the construction of all the buildings of the Chicago Universal Fair, which would open in 1893; Henry H. Holmes was a doctor, and decided to apply his knowledge in the most cruel way. While Burnham raised the walls of spectacular palaces at a frenzied pace, Holmes erected his own mansion next to the fairgrounds, and in the cellars of the house he ordered to build torture rooms equipped with dissection tables, gas chambers and crematoria . There, countless young women, seduced by the doctor’s sweet manners, would find pain and death …
What looks like the plot of a horror novel was at the end of the 19th century a reality that shook an entire country, and that had as exceptional witnesses men as diverse as Buffalo Bill, Theodore Dreiser and Thomas Edison.

Chicago was getting bigger, taller and richer, but also dirtier, darker and more dangerous. The miasmas of the coal blackened its streets, and sometimes reduced the visibility to a single block, especially in winter, when the boilers were running at full speed. The incessant passage of trains, trams, trolleybuses and horse-drawn carriages (surreys, landós, victories, coupes, phaetons and hearse, all with wheels studded with iron that thundered the pavement like circular hammers) was the cause of a noise that did not it was mitigated until midnight. That’s why on summer nights, with the windows open, the situation was almost unbearable. In the poor neighborhoods, garbage accumulated in the alleys, overflowing with huge cubes converted into real banquets for rats and blue flies (millions of flies, billions). Nobody picked up dead dogs, cats or horses, which in January were frozen in disheartening postures, and in August they swelled up to explode. Many ended up in the Chicago River, along which the main commercial artery of the city settled. When it rained hard, the impetus of the river expelled the dirty water to Lake Michigan to the towers that signaled drinking water intakes in the city. In the rain, the streets, unpaved, oozed a pestilent mixture of horse manure, mud, and garbage that poured between the granite blocks like pus from a wound. Chicago impressed visitors to the same extent that it terrified them.
The works of the Auditorium began on June 1, 1887. The result was a complex of great opulence, at that time the largest private building in the country. The theater had capacity for four thousand spectators, one thousand two hundred more than the Metropolitan Opera House in New York. It also had an air conditioning system based on the passage of air through ice. The rest of the building consisted of offices, an immense banquet room and a luxury hotel with four hundred rooms. A German visitor recalled that the simple gesture of operating an electric switch located next to the bed allowed him to ask for towels, writing paper, cold water, newspapers, whiskey or a shoeshine. It became the most famous building in Chicago, the object of all kinds of celebrations at its inauguration, which was attended by the very president of the United States, Benjamin Harrison.

At the beginning of January 1893 the cold arrived, and he did not leave. The temperature dropped to twenty degrees below zero. In his morning walks, Burnham found a hard world without color, a landscape punctuated by piles of horse manure. On the shores of Isla del Bosque, more than half a meter of ice imprisoned the rushes and sedges of Olmsted in cruel contortions. Burnham saw that the landscape part was very late, and precisely when Olmsted’s representative in Chicago, Harry Codman, with whom everyone counted, was in the convalescent hospital of an operation. His recurrent illness had turned out to be an appendicitis. The operation had been done with ether and had gone well, but the recovery of Codman would be slow, and only four months before the inauguration.
The glacial cold aggravated the risk of fires. By themselves, the necessary fires-the salamanders and the tin hearths-had already caused dozens of small, easy-to-extinguish fires, but the cold made one fear the worst, because it froze the water pipes and the hydrants and that the workers violated Burnham’s ban on lighting then outdoors. The men of the Colombian Guard watched with more zeal than ever. They were the ones that were the coldest, doing guards twenty-four hours a day in the most remote part of the park, where there was no shelter. “The winter of 1892-1893 will always be present in the memory of those who were part of the guard during that period.”
The deadlines could no longer be changed. There were too many commitments to think about extensions. The opening ceremony was definitely scheduled for Monday morning. It would open with a parade from the Loop to Jackson Park headed by the president of the United States, Grover Cleveland. Many trains were already arriving with statesmen, princes and magnates from all over the world. President Cleveland arrived accompanied by the vice president and a retinue of high-ranking officials, senators and military …
It was a painful show, but also disconcerting. The inauguration celebrations were scheduled for the next morning, and yet everything was full of rubble and in a state that Stead described as “flagrantly inconclusive.”

The optimism lasted twenty-four hours.
On Tuesday, May 2, only ten thousand people visited Jackson Park. At that rate, the exhibition was guaranteed its place among the great failures of history. The yellow sheepmen traveled almost empty, like the wagons of the Alley L that circulated on Sixty-third Street; and if anyone had the hope that it was a simple anomaly, he lost it the next day, when the factors that were leaving the country’s economy in such a bad shape set in a day of panic on Wall Street that plummeted stock prices. . It was the prelude to a week of increasingly disturbing news.
On the night of Thursday, May 5, the directive of the National Cordage Company, a trust that controlled eighty percent of the country’s string production, was declared in suspension of payments.
Burnham was betting on a quick remedy to the economic malaise of the country, but the situation was obstinate in denying his hopes. Banks continued to fail, layoffs multiplied, industrial production plummeted and strikes were increasingly conflicting. On June 5, eight Chicago banks suffered a massive withdrawal of deposits from a concerned clientele.

Between the inauguration and the closure, the hospital recorded 11,602 admissions, sixty-four a day, for a series of wounds and ailments from which it can be inferred that the most banal sufferings have not changed much with the passage of time. Here is a part of the list:
820 cases of diarrhea,
154 of constipation,
21 of hemorrhoids,
434 of indigestion,
365 of strange bodies in the eyes,
364 of intense headache,
594 episodes of fainting, syncope and exhaustion,
1 case of extreme flatulence, and
169 of intense pain of molars.
There were visitors such as Paderewski, Eloudini, Tesla, Edison, Scott Joplin, Clarence Darrow, the future president Woodrow Wilson – at that time a professor at Princeton – and the feminist Susan B. Anthony …

During the month of October, the exhibition saw a large increase in the public. People were beginning to realize that there was little time left to visit the White City. On October 22, the number of paid visitors amounted to 138,011, and two days later it was already 244,127. At the Ferris wheel there were already about twenty thousand people a day, eighty percent more than at the beginning of the month. Everyone expected that the trend of audience growth would continue and that the influx to the closing ceremony on October 30 would surpass the record set by Chicago Day.
With that objective, Frank Millet conceived a celebration that would last all day, with music, speeches, pyrotechnics and the disembarkation of the “Colón” himself from the life-size reproductions of the Pinta, la Niña and Santa María, built in Spain to The exhibition.
The murder of Harrison was like a heavy curtain that had fallen on the city. He marked a before and an after. Almost everything was silent, when in other circumstances the Chicago press would have lavished articles on the repercussions of the exhibition. Jackson Park had an unofficial opening day, October 31, which was used by many to make his last visit to the site as one who pays his respects to a relative who has just died. One woman said to columnist Teresa Dean, crying: “Never, in my whole life, had I experienced such a sad farewell.”

The exhibition proved incapable of keeping the Black City at bay for long. The official closure caused thousands of workers to swell the increasingly large numbers of the unemployed, and the great abandoned palaces became indigent shelters. “The poor had left skinny and hungry from the terrible winter that followed the world exhibition,” wrote the novelist Robert Herrick in The Web of Life. The prodigal city had been thoroughly employed in the beautiful initiative and, after showing the world the best of its strengths, had collapsed … The huge dress was great to the city, whose shrinkage was appreciated in thousands of shops, hotels and empty housing blocks. Tens of thousands of human beings, that the demand for unusual salaries had attracted the city at parties, had been abandoned to their fate, without food or the right to take refuge in buildings where no one lived. “The heartrending was the contrast. “What a show! Wrote Ray Stannard Baker in his American Chronicle. What a human disaster after the magnificence and prodigality of the world exhibition, whose doors had just closed! From one month to the next, he descended from peaks of splendor, pride and exaltation to chasms of grace, suffering, hunger and cold. ”
On September 12, 1895, a Philadelphia grand jury decided to prosecute Holmes for the murder of Benjamin Pitezel. Only two witnesses presented evidence: L. G. Fouse, president of Fidelity Mutual Life, and detective Frank Geyer. Holmes insisted that the killers of the children were Minnie Williams and the mysterious Hatch, but failed to convince other grand juries of Indianapolis and Toronto. The Indianapolis accused him of the murder of Howard Pitezel, and the Toronto of Alice and Nellie. If he was not condemned by the one in Philadelphia, there were two opportunities left; otherwise, the other accusations would be a dead letter, since, given the characteristics of Pitezel’s murder, Philadelphia’s conviction would be translated without a doubt into a death sentence.
While awaiting execution, Holmes drew up a long confession – the third – in which he acknowledged killing twenty-seven people. As in the two previous cases, it was a mixture of truths and lies. It turned out, for example, that some of the people he claimed to have killed were alive. We will never know the exact number of its victims, but it can not be less than nine: Julia and Pearl Conner, Emeline Cigrand, the Williams sisters, Pitezel and their children. On the other hand, nobody doubted that there were many more. Some calculations raised the figure to two hundred, although it seems unlikely, even for someone of Holmes’s criminal voracity. Detective Geyer was convinced that, if the Pinkerton agency had not organized his arrest in Boston, Holmes would have killed the rest of the Pitezel family: “It is so obvious that he planned to kill Mrs. Pitezel, Dessie and Wharton, the baby, that does not admit the slightest discussion ».
From that moment on, strange events began to take place, which gave evidence of Holmes’ identification with the devil. Detective Geyer fell seriously ill. The director of the Moyamensing prison committed suicide. The president of the jury was electrocuted in a strange accident. The priest who had administered the last sacraments to Holmes appeared dead a few meters from his church in unclear circumstances. Emeline Cigrand’s father suffered grotesque burns from the explosion of a boiler. Lastly, the district attorney’s office, George Graham, was destroyed by fire; The only thing that remained intact was a photograph of Holmes.

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