Banca Catalana: Más Que Un Banco, Más Que Una Crisis — Francesc Baiges & Enric González & Jaume Reixach

Este es un interesante libro sobre el escándalo de Banca Catalana en la década de los 80 y me gusta porque me parece de los libros de investigación más imparciales sobre el asunto, lo cual dicho sea de paso es de agradecer además de bastante didáctico.

A Florenci Pujol y David Tennembaum, la idea del hijo del primero de adquirir un banco les pareció que les abriría las puertas a nuevos caminos por los que emprender excelentes negocios. Pero el promotor de la idea, Jordi Pujol, un joven escasamente conocido, iba a erigirse en el auténtico impulsor de la compra y transformación de la Banca Dorca. Era el único hijo del «Pujolet de la Bolsa» —como llamaban a Florenci Pujol en el mundo bursátil—, un muchacho profundamente obsesionado por Catalunya y de carácter introvertido e idealista, muy distinto del temperamento pragmático, bromista y un tanto frívolo de su padre.
Jordi Pujol, licenciado en Medicina, creía que «la inexistencia de la banca catalana es, sin duda, una de las causas del retroceso económico y una causa importante del malestar (…). Catalunya vivirá siempre a precario en el orden económico mientras no se resuelva este problema. Vivirá siempre con el peligro de colonización, con el peligro de ver caer sus mejores creaciones industriales y comerciales en manos extranjeras».
La conjunción de intereses paterno-filiales con los de Tennembaum iban a permitir a Jordi Pujol hacer realidad su gran sueño: poseer un banco para ponerlo al servicio de Catalunya. Él pondría las ideas y el empuje. Su padre y el socio judío, el dinero.
Pero había que moverse rápido. Las dos piezas más a tiro eran dos pequeñas bancas gerundenses de carácter local, la de Salvador Carrera Fillet, de Ribes de Fresser, y la de Dorca, de Olot. Aún no se había liberalizado el sistema bancario y no se podían registrar nuevas empresas, por lo que la única vía para entrar en el sector era la adquisición de algún banco ya en marcha. La familia Dorca ponía menos trabas a sacarse de encima su banco que los Carrera, y a ella se dedicarían todos los esfuerzos del grupo Pujol.
Tennembaum no figuraría nunca públicamente en su vinculación a Banca Catalana, pese a ser uno de los más destacados accionistas en todo momento.
Florenci Pujol presidía por aquel entonces los «Laboratorios Martín Cuatrecasas», aventura en la que también le acompañaba otro de sus amigos de la Bolsa, Josep Maria Bellido, y en la que estaría igualmente Moisés David Tennembaum como vocal a partir de 1962. En dicha empresa participarían algunas de las personas que desempeñaron también cargos en Banca Catalana, como Antoni Rossell Ballester, Salvador Casanovas Martí o Ferran Ariño Barberà. El propio Jordi Pujol fue durante años consejero delegado de la entidad —su dimisión se produciría en 1977— desarrollando una gestión positiva en su conjunto. Su padre, que había perdido varios millones en los laboratorios, se mostraba reacio a hacer nuevas inversiones en los mismos, pero Jordi Pujol supo insistir lo suficiente para obtener las 50.000 pesetas que aquél le negaba para la promoción de un nuevo producto —el «Neobacitrin»— que resultó un éxito considerable. Con todo, la empresa que atraía más a Jordi Pujol seguía siendo y siempre sería el banco.
Se deduce fácilmente que Jordi Pujol no tenía ningún problema para controlar todos y cada uno de los movimientos de una entidad que le había costado cuantiosos esfuerzos configurar y que consideraba como propia.
El 21 de julio, el consejo de administración de la Banca Dorca ponía en circulación cuatrocientas nuevas acciones, de las que ochenta fueron para Cabana, setenta y cuatro para Maria Soley, cincuenta y ocho para Ruth Kischner, cuarenta para Francesc Veciana, treinta para Jaume Carner y veintiocho para Jordi Pujol. Las ochocientas acciones de Banca Dorca significaban ya un capital de cuatro millones de pesetas. Todo iba de mil maravillas para los nuevos administradores cuando se produjo un hecho que puso negros nubarrones en el horizonte de la banca: Jordi Pujol fue detenido el 22 de mayo de 1960, a raíz de un incidente acaecido en el Palacio de la Música de Barcelona.

El incidente, trascendental para la evolución del catalanismo político de la época, se produjo cuando parte del público entonó el Cant a la senyera (canto a la bandera catalana) en un acto al que asistían destacadas autoridades franquistas. La conflictiva canción debía ser interpretada aquel día en el «Palau» pero la censura la suprimió a última hora. Pujol no estaba presente cuando sucedieron los hechos, pero fue considerado uno de los organizadores de la acción. El período carcelario explotó su sentimiento catalanista.
Para muchos antifranquistas y catalanistas de la época, Jordi Pujol era un hombre muy a tener en cuenta porque «movía» dinero, porque podía financiar muchas empresas que no hubieran obtenido ni una peseta de los canales bancarios «normales». Cuando alguien, durante la dictadura, pedía dinero a Pujol, no pensaba de dónde salía el dinero. Jordi Pujol tenía un banco y, por tanto, se daba por supuesto que contaba con mecanismos financieros suficientes. Podía suponerse que Pujol dedicaba el dinero que ganaba personalmente a fomentar actividades culturales políticas y sindicales en favor de la democracia y las libertades de Catalunya. Podía suponerse también que Banca Catalana disponía de fondos especialmente destinados a estas actividades, aunque esto último nunca se reflejó en ninguna de las contabilidades.
Con su mecenazgo y patrocinio de actividades catalanistas, Jordi Pujol supo convertirse en algo parecido ya a un presidente de la Generalitat cuando el franquismo estaba todavía plenamente vigente. Jaume Carner, en cambio, fue otro importante mecenas que alcanzó, debido a esa labor, la más absoluta de las ruinas.
Una de las personas que más directamente colaboró con Jordi Pujol en la tarea subvencionadora llegó a Barcelona en 1965, procedente de Montevideo. Se llamaba Joan García Grau, un hombre de izquierdas que había sido delegado de Omnium Cultural en Uruguay y que estaba emparentado con el socio profesional del secretario de la asociación, Joan Bautista Cendrós, quien le propuso un empleo en Banca Catalana.

Banca Catalana no tenía vocación de pequeña banca familiar. Ambicionaba mucho más que una existencia plácida, monótona y gris como la que había llevado Banca Dorca. Quería saltar pronto a la primera línea de la banca española, competir con los «grandes», granjearse su respeto. Quería ser un instrumento básico y esencial de la reconstrucción de la Catalunya que soñaba Pujol. Aquellos primeros años de oscuridad y dificultades, superados a fuerza de ánimo y sacrificando horas al sueño, tenían que pasar pronto al olvido. Aquellos jóvenes nacionalistas, respaldados ya por varios prestigiosos y acaudalados ciudadanos catalanes, tenían prisa por realizar sus objetivos.
Pero no se podía progresar hasta codearse con los «grandes» por la vía del crecimiento bancario común. No había tiempo ni dinero para poner en marcha la lentísima maquinaria financiera de un banco grande y antiguo. No era posible sentarse y esperar cincuenta o cien años que removieran poco a poco la inicial pequeña masa de créditos y depósitos hasta que se hiciera respetable.
Era necesario adoptar un estilo más agresivo, más eficaz. Había que integrarse en el tejido social catalán de forma rápida.
Cuando los responsables del banco se plantearon el objetivo de abrir una sucursal en Madrid, Jordi Pujol gestionó una entrevista con el entonces ministro de Hacienda, Alberto Monreal Luque, para «allanar» las suspicacias. En aquellos momentos, el banco tenía el pasivo suficiente para obtener una sucursal en Madrid, tal como lo había conseguido la Banca March. El hoy presidente de la Generalitat se sirvió de los oficios del economista catalán Fabià Estapé, que en aquella época trabajaba en la Comisaría del Plan de Desarrollo bajo los auspicios de Laureano López Rodó, para organizar la entrevista. La intención de Jordi Pujol era conseguir del Ministerio de Hacienda «el mismo trato que se da a los demás bancos» y para ello basó su estrategia en demostrar que Banca Catalana no era diferente a las restantes entidades bancarias del país.
En la memoria de Banca Catalana correspondiente al año 1971 se leía lo siguiente: «En el curso del pasado ejercicio ha cesado don José Andreu Abelló, quien venía desempeñando eficazmente el cargo de consejero desde su nombramiento en 1964. Las cualidades humanas y los conocimientos técnicos de don José Andreu han sido dos de las características más acusadas en el ejercicio de sus funciones». Aunque a Andreu le hubiese gustado que en la Junta General de Accionistas se hubiesen explicado las verdaderas causas de su dimisión, es comprensible que se mantuviesen en secreto las razones de tan turbio asunto.
En cuanto a la apertura de la oficina en la capital del Estado, la memoria de 1973 la explica en los siguientes términos: «Su concesión estaba supeditada a unas normas legales y al mismo tiempo a una política de expansión, señalada por nosotros mismos, en la que se pretendía la instalación en Madrid cuando el banco tuviera ya detrás suyo el volumen de depósitos y la organización necesaria para poder ofrecer un servicio simplemente a la altura. Política propia y posibilidades legales coincidieron el año 1973».

En 1964 el proyecto de un banco industrial catalán tenía ya un amplio eco entre la clase empresarial. Ese año, Jordi Pujol, en su condición de «hombre fuerte» de Banca Catalana, convocó una cena en casa del arquitecto Oriol Bohigas. Los asistentes a la reunión, además de Pujol y Bohigas, fueron tres «sabios» bancarios que junto a Josep Lluís Sureda eran los más prestigiosos del Principado: Fabià Estapé, Joan Sardà Dexeus (ambos artífices del Plan de Estabilización) y Manuel Ortínez, delegado en Catalunya del Banco de Bilbao. Jordi Pujol expuso aquella noche sus proyectos en torno a un futuro banco que debía ser un «Instituto Nacional de Industria de Catalunya». Es decir, «más que un banco».
No fue Pujol, sin embargo, quien puso en práctica la idea. Sus posibilidades económicas eran aún pequeñas para proyectos tan vastos. Banca Catalana estaba aún muy lejos de los grandes bancos. Fue Manuel Ortínez, uno de los asistentes a aquella cena, quien se vio con fuerzas para acometer la creación de aquel banco industrial tan demandado por los hombres de negocios catalanes.
Los grandes esfuerzos, estratégicos y financieros, derrochados por Banca Catalana para hacerse con el control del BIC resultaron un tanto baldíos al introducirse en la normativa legal una nueva modificación, que otorgaba a la banca comercial bastantes de las posibilidades financieras reservadas hasta entonces a la banca exclusivamente industrial.
El modelo económico que Pujol deseaba para Catalunya se basaba en una cierta autosuficiencia del país. Quería que Catalunya, en materia industrial, tuviera un poco de todo, aunque ello comportara sostener o potenciar industrias pesadas en mala situación geográfica y poco competitiva. En lo que algunos economistas denominan «modelo Gadaffi», se apoyó sin discriminación a toda suerte de sectores empresariales, por variopintos que fueran. La frase «es nuestra gente» sonó más que nunca como razón de créditos y ayudas que ningún técnico veía mínimamente razonables.

Banca Catalana mantenía contactos más o menos estrechos con la Banque Dreyfuss francesa y con el Eximbank, un pequeño banco dedicado a la importación y la exportación radicado en Washington, gracias al cual se pretendían obtener a largo plazo ventajas financieras para la importación de bienes de equipo desde los Estados Unidos. Asimismo, el Banco Industrial de Catalunya participaba, con 500 acciones de mil marcos cada una, en la Banque de l’Union Européenne. La inversión en pesetas no superaba, en realidad, los quince millones. También tenía un ínfimo 0,002 por ciento del capital de la Banca Agrícola y Comercial de Andorra.
Banca Catalana lucía con orgullo el distintivo de primera entidad española que se había afiliado a la red de tarjetas de crédito «Master Charge», aunque luego sería aventajada por muchos otros bancos a la hora de suscribir relaciones con «Visa». Banca Catalana gozaba de títulos honoríficos (y no demasiado prácticos) como la Medalla de Oro ad honorem del «Gold Mercury International Award» por los esfuerzos realizados en favor de la cooperación económica europea, y el premio a la Exportación concedido en 1975 por la Cámara de Comercio e Industria de Barcelona, entonces presidida por Andreu Ribera Rovira, destacado dirigente del grupo.
Cuba acude en ocasiones al mercado internacional para captar fondos, pero la comunidad capitalista no ve con simpatías ni confianza el régimen de Fidel Castro. Banca Catalana, sin embargo, llegó a aportar 672 millones de pesetas a un crédito sindicado para Cuba. Fue el propio Francesc Cabana, en virtud de sus lazos de amistad con varios cubanos, quien propició esta inversión.
La vocación latinoamericana, perfectamente reflejada en el ranking de riesgos exteriores, supuso un nuevo problema para Banca Catalana cuando, a principios de los años ochenta, el cono sur americano hizo, prácticamente en bloque, una auténtica suspensión de pagos. De los dos hombres enviados en 1981 a México, Zapater y Planas Cerdà, el segundo se quedó allí a la espera de que Catalana superara su crisis. Pero la expansión por Latinoamérica quedó en proyecto. También los créditos en dólares, al dispararse la cotización de dicha moneda, ahogaron muchas empresas de Catalana. Ni París, ni Londres, ni México D.F. existen ya como oficinas de representación y Nueva York, donde el personal ha sido drásticamente reducido, es la única oficina que sigue en funcionamiento.

Desde finales de 1980, y durante más de seis meses, el Banco de España realizó una minuciosa inspección en Banca Catalana. La duración de la misma confirmó en muchos sectores financieros las dudas sobre la solvencia de la entidad bancaria. Al término de la inspección, los rumores de crisis corrían paralelos a los esfuerzos que en Banca Catalana se efectuaban para evitar el desastre. Todo aquello se desarrollaba, sin embargo, en un círculo muy restringido y los rumores no alcanzaban todavía a los depositantes y clientes de Catalana.
Pero el 11 de junio de 1982, el resumen económico del Boletín Confidencial de la agencia Europa Press remitió a sus asociados una breve nota de apenas cinco líneas. Su título horrorizó a los dirigentes de Banca Catalana:

ULTIMA HORA: ES INMINENTE LA SUSPENSIÓN DE PAGOS DE UNA ENTIDAD CREDITICIA.
El escueto texto decía: «Según rumores insistentes que circularon ayer por la tarde en ciertos ambientes financieros, se piensa que es inminente la presentación de suspensión de pagos de una importante entidad crediticia catalana.

El conocimiento público de que el estado de Catalana era todavía más preocupante que lo temido en un principio retrajo nuevamente depósitos, invirtiéndose la dinámica que desde julio se había conseguido recuperándose en verano 6.000 millones retirados tras la «bomba» de junio. Aunque no se afirmaba de forma explícita, todo parecía indicar que no había solución que no pasara por el ingreso del grupo en el Fondo de Garantía de Depósitos, extremo que se quería evitar a cualquier precio desde Catalana.
La entrada de Juan Antonio Ruiz de Alda, como presidente que era del Fondo de Garantía de Depósitos, levantó las quejas de algunos miembros del consejo de administración, que valoraron muy negativamente que por primera vez en la historia del banco, una persona no catalana —un vasco en este caso—
En el anexo III, los auditores reflejaban el decalaje que, en su opinión, existía entre las cifras presentadas por el banco y la realidad contable tras los ajustes y reclasificaciones elaborados estimativamente. Mientras los directivos de Catalana situaban el activo en 509.109,3 millones, la auditoría de «Price Waterhouse» consideraba que estaba hinchado en más de 50.000 millones y cifraba su valor en 452.400,4 millones. El déficit patrimonial o agujero quedaba establecido, concretamente, en 52.575,7 millones de pesetas. Era una cantidad importante, pero las cifras que se barajarían poco después, en el último momento de la crisis, serían mucho más altas.
La factura por la reparación del banco también fue altísima: el Estado, bien a través del Fondo, bien a través del Banco de España, tuvo que desembolsar 275.713 millones. Pero esa cantidad —y eso ha inducido a muchos errores, incluso entre la clase política más directamente ligada al tema— no era a fondo perdido. En puridad, solamente 8.000 millones fueron entregados por el Fondo para asumir pérdidas, sin posibilidades de recuperación. El Banco de España concedió préstamos por un total de 125.000 millones, pero recuperables en ocho años y al 8 por ciento de interés. Había otra partida de recuperación más dudosa: los más de 90.000 millones dedicados por el Fondo a comprar activos o participaciones industriales, muchos de ellos de difícil rentabilización o venta. Algunos, sin embargo, pudieron ser devueltos al sector privado y con ello el Fondo recuperó una parte de lo gastado. Se estima, en general, que la crisis de Banca Catalana habrá costado cuando termine el proceso de saneamiento un mínimo de 100.000 millones de pesetas.

La «cabeza» del grupo de fundaciones, la Fundación Catalana, fue la receptora del importante paquete de acciones que ostentaba en propiedad Jordi Pujol, según la versión del propio presidente de la Fundación, Francesc Cabana. Pujol cedió de forma prácticamente gratuita sus acciones dos años antes de la crisis, según Cabana, o meses antes de la crisis, según la explicación ante el Parlamento catalán del conseller de Economía, Josep María Cullell.
Diversos rumores han circulado por los mentideros políticos. Incluso circuló en medios restringidos la fotocopia de un presunto documento notarial, según el cual Jordi Pujol habría vendido sus acciones a la aún nonata Fundación Catalana, a través de Antoni Forrellad, por un total de 600 millones de pesetas. Hay que añadir que, en su declaración de bienes al Parlamento de Catalunya, en la primavera de 1980, Jordi Pujol consignó poseer acciones de Banca Catalana por valor de 600 millones de pesetas. Por otro lado, bajo los designios del Banco de Vizcaya, hoy no quedan en Banca Catalana acciones de Jordi Pujol, aunque sí algunas de sus familiares más directos.
De lo que sí se enteraron todos los accionistas fue de la evaporación fulminante de los 5.700 millones de pesetas que eran el capital social de Banca Catalana el 17 de noviembre de 1982. Si las cifras de Boyer no mienten, en la junta de ese día el capital presente en representación de los antiguos administradores era de unos 1.300 millones de pesetas. ¿La pérdida de esa fortuna es ya suficiente castigo para los equivocados gestores de Catalana?, podría preguntarse. Establecer los cálculos sobre esa base es equívoco. Hay que tener en cuenta que lo que para algunos son fortunas inmensas, para otros son simples limosnas. Además, en los buenos tiempos, el Banco había dado unos réditos extraordinarios. El propio Joan Rosell Molins, antes de abandonar Banca Catalana, elaboró un informe para la nueva dirección del Banco de Vizcaya en el que se minimizaban las quejas posibles de muchos accionistas al afirmarse que la debacle económica final venía contrarrestada con creces en sus casos por los beneficios precedentes.
La venta de los derechos de compra en las ampliaciones de capital dieron beneficios cuantiosísimos a todos los afectados hasta que Francisco Fernández Ordóñez, desde su Ministerio de Hacienda, entorpeció un negocio que era el más fácilmente comparable al dicho de atar los perros con longanizas.
La que sí sufrió mucho con la bancarrota del Banco fue Ruth Kischner, la esposa de Moisés David Tennembaum, que a la muerte de éste tuvo que pagar una fuerte suma de alrededor de 50 millones de pesetas por los derechos herenciales generados en su mayor parte por la abultada cantidad de acciones que poseía en Banca Catalana. Para hacer efectiva esa cifra, Ruth Kischner pidió un crédito a la propia Banca. No haría mucho que habría pagado los 50 millones que le requirió Hacienda cuando su fortuna en Banca Catalana se evaporó como el sueño de una noche de verano (esta vez en noviembre).
Al final, el Banco de Vizcaya sólo se quedaría con dos de las personas presentes en la lista de los veinticinco que componían la querella presentada por el Fiscal General del Estado.

Los imputados por el fraude:
Jaume Carner Suñol
Francesc Cabana Vancells
Raimon Carrasco Azemar
Jordi Pujol Soley
Joan Martí Mercadal
Andreu Ribera Rovira
Martí Rosell Barbé
Olegari Soldevila Godó
Josep Lluís Vilaseca Guasch
Manuel Ingla Torra
Delfí Mateu Sayas
Francesc Constans Ros
Esteve Renom Pulit
Joan Casablancas Bertrán
Salvador Casanovas Martí
Joan Baptista Cendrós Carbonell
Joan Millet Tusell
Ramon Miquel Ballart
Lluís Montserrat Navarro
Antoni Moragas Gallisà
Víctor Sagi Casamitjana
Ferran Aleu Pascual
Antoni Armengol Arna
Pere Messeguer Miranda
Ramón Monforte Navalón
Se acusaba a todos ellos de apropiación indebida en los distintos grados de autor material, colaborador necesario o cómplice, por su actuación en el consejo de administración de Banca Catalana entre 1974 y 1977. Fuera del reducido mundo de la Fiscalía no se conocía, sin embargo, aquella bomba. La campaña electoral se cerró por parte socialista con una intervención del vicepresidente del Gobierno, Alfonso Guerra, quien afirmó con su habitual virulencia que Jordi Pujol había escapado «por los pelos» de la querella, ya que sus presuntos delitos habían prescrito. Pero Pujol desconfiaba, y se puso en contacto con Antoni Gutiérrez, secretario general de los comunistas catalanes. Gutiérrez, pese a su amistad y su proximidad ideológica con los fiscales, no sabía gran cosa. Sólo pudo garantizar a Jordi Pujol que los comunistas no utilizarían el «affaire» para atacarle en sus mítines.
La brillante victoria electoral de Jordi Pujol resultó empañada por la espada de Damocles que suponía la querella. Sólo el propio Pujol, sin embargo, debía tener presente el problema aquella noche. Militantes y simpatizantes de Convergència i Unió, la candidatura triunfante, se lanzaron a una celebración callejera exultante durante la cual Marta Ferrusola, la esposa de Pujol, llegó a ser vitoreada con gritos de «eso es una mujer». Jordi Pujol recordó en esos instantes, probablemente, el informe del Banco de España de noviembre de 1983 que Felipe González le hizo llevar personalmente por un funcionario de la Moncloa, Angel Platón, dos días después de la entrevista que ambos mantuvieron en Madrid. Pujol sería exculpado.

A principios de 1983 Banca Catalana habrá alcanzado la normalidad política y económica y, sobre esta base, empezar una nueva etapa. El esfuerzo gerencial que queda aún por realizar será importante, pero de aquí a dos o tres años este esfuerzo y todos los demás serán perfectamente compensados por el grado de solidez y rentabilidad que Banca Catalana tendrá que haber alcanzado. Finalmente, y para acabar, permítanme, señores accionistas, que en nombre de los señores Robles y Palacios, que en estos días me ayudan y acompañan en Banca Catalana, y en el mío propio, me despida de todos ustedes.
Una vez suscrita la nueva ampliación de capital, este grupo de Administradores habrá acabado su misión como tal en Banca Catalana. Sin ningún tipo de duda, nos entristecerá dejar una institución que, si bien por poco tiempo, hemos vivido con mucha intensidad, pero esperamos tener la compensación de haber ayudado un poco al relanzamiento, por todos deseado, de Banca Catalana.

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