Banca Catalana: Más Que Un Banco, Más Que Una Crisis — Francesc Baiges & Enric González & Jaume Reixach / Banca Catalana: More Than A Bank, More Than A Crisis by Francesc Baiges & Enric González & Jaume Reixach (spanish book edition)

Este es un interesante libro sobre el escándalo de Banca Catalana en la década de los 80 y me gusta porque me parece de los libros de investigación más imparciales sobre el asunto, lo cual dicho sea de paso es de agradecer además de bastante didáctico.

A Florenci Pujol y David Tennembaum, la idea del hijo del primero de adquirir un banco les pareció que les abriría las puertas a nuevos caminos por los que emprender excelentes negocios. Pero el promotor de la idea, Jordi Pujol, un joven escasamente conocido, iba a erigirse en el auténtico impulsor de la compra y transformación de la Banca Dorca. Era el único hijo del «Pujolet de la Bolsa» —como llamaban a Florenci Pujol en el mundo bursátil—, un muchacho profundamente obsesionado por Catalunya y de carácter introvertido e idealista, muy distinto del temperamento pragmático, bromista y un tanto frívolo de su padre.
Jordi Pujol, licenciado en Medicina, creía que «la inexistencia de la banca catalana es, sin duda, una de las causas del retroceso económico y una causa importante del malestar (…). Catalunya vivirá siempre a precario en el orden económico mientras no se resuelva este problema. Vivirá siempre con el peligro de colonización, con el peligro de ver caer sus mejores creaciones industriales y comerciales en manos extranjeras».
La conjunción de intereses paterno-filiales con los de Tennembaum iban a permitir a Jordi Pujol hacer realidad su gran sueño: poseer un banco para ponerlo al servicio de Catalunya. Él pondría las ideas y el empuje. Su padre y el socio judío, el dinero.
Pero había que moverse rápido. Las dos piezas más a tiro eran dos pequeñas bancas gerundenses de carácter local, la de Salvador Carrera Fillet, de Ribes de Fresser, y la de Dorca, de Olot. Aún no se había liberalizado el sistema bancario y no se podían registrar nuevas empresas, por lo que la única vía para entrar en el sector era la adquisición de algún banco ya en marcha. La familia Dorca ponía menos trabas a sacarse de encima su banco que los Carrera, y a ella se dedicarían todos los esfuerzos del grupo Pujol.
Tennembaum no figuraría nunca públicamente en su vinculación a Banca Catalana, pese a ser uno de los más destacados accionistas en todo momento.
Florenci Pujol presidía por aquel entonces los «Laboratorios Martín Cuatrecasas», aventura en la que también le acompañaba otro de sus amigos de la Bolsa, Josep Maria Bellido, y en la que estaría igualmente Moisés David Tennembaum como vocal a partir de 1962. En dicha empresa participarían algunas de las personas que desempeñaron también cargos en Banca Catalana, como Antoni Rossell Ballester, Salvador Casanovas Martí o Ferran Ariño Barberà. El propio Jordi Pujol fue durante años consejero delegado de la entidad —su dimisión se produciría en 1977— desarrollando una gestión positiva en su conjunto. Su padre, que había perdido varios millones en los laboratorios, se mostraba reacio a hacer nuevas inversiones en los mismos, pero Jordi Pujol supo insistir lo suficiente para obtener las 50.000 pesetas que aquél le negaba para la promoción de un nuevo producto —el «Neobacitrin»— que resultó un éxito considerable. Con todo, la empresa que atraía más a Jordi Pujol seguía siendo y siempre sería el banco.
Se deduce fácilmente que Jordi Pujol no tenía ningún problema para controlar todos y cada uno de los movimientos de una entidad que le había costado cuantiosos esfuerzos configurar y que consideraba como propia.
El 21 de julio, el consejo de administración de la Banca Dorca ponía en circulación cuatrocientas nuevas acciones, de las que ochenta fueron para Cabana, setenta y cuatro para Maria Soley, cincuenta y ocho para Ruth Kischner, cuarenta para Francesc Veciana, treinta para Jaume Carner y veintiocho para Jordi Pujol. Las ochocientas acciones de Banca Dorca significaban ya un capital de cuatro millones de pesetas. Todo iba de mil maravillas para los nuevos administradores cuando se produjo un hecho que puso negros nubarrones en el horizonte de la banca: Jordi Pujol fue detenido el 22 de mayo de 1960, a raíz de un incidente acaecido en el Palacio de la Música de Barcelona.

El incidente, trascendental para la evolución del catalanismo político de la época, se produjo cuando parte del público entonó el Cant a la senyera (canto a la bandera catalana) en un acto al que asistían destacadas autoridades franquistas. La conflictiva canción debía ser interpretada aquel día en el «Palau» pero la censura la suprimió a última hora. Pujol no estaba presente cuando sucedieron los hechos, pero fue considerado uno de los organizadores de la acción. El período carcelario explotó su sentimiento catalanista.
Para muchos antifranquistas y catalanistas de la época, Jordi Pujol era un hombre muy a tener en cuenta porque «movía» dinero, porque podía financiar muchas empresas que no hubieran obtenido ni una peseta de los canales bancarios «normales». Cuando alguien, durante la dictadura, pedía dinero a Pujol, no pensaba de dónde salía el dinero. Jordi Pujol tenía un banco y, por tanto, se daba por supuesto que contaba con mecanismos financieros suficientes. Podía suponerse que Pujol dedicaba el dinero que ganaba personalmente a fomentar actividades culturales políticas y sindicales en favor de la democracia y las libertades de Catalunya. Podía suponerse también que Banca Catalana disponía de fondos especialmente destinados a estas actividades, aunque esto último nunca se reflejó en ninguna de las contabilidades.
Con su mecenazgo y patrocinio de actividades catalanistas, Jordi Pujol supo convertirse en algo parecido ya a un presidente de la Generalitat cuando el franquismo estaba todavía plenamente vigente. Jaume Carner, en cambio, fue otro importante mecenas que alcanzó, debido a esa labor, la más absoluta de las ruinas.
Una de las personas que más directamente colaboró con Jordi Pujol en la tarea subvencionadora llegó a Barcelona en 1965, procedente de Montevideo. Se llamaba Joan García Grau, un hombre de izquierdas que había sido delegado de Omnium Cultural en Uruguay y que estaba emparentado con el socio profesional del secretario de la asociación, Joan Bautista Cendrós, quien le propuso un empleo en Banca Catalana.

Banca Catalana no tenía vocación de pequeña banca familiar. Ambicionaba mucho más que una existencia plácida, monótona y gris como la que había llevado Banca Dorca. Quería saltar pronto a la primera línea de la banca española, competir con los «grandes», granjearse su respeto. Quería ser un instrumento básico y esencial de la reconstrucción de la Catalunya que soñaba Pujol. Aquellos primeros años de oscuridad y dificultades, superados a fuerza de ánimo y sacrificando horas al sueño, tenían que pasar pronto al olvido. Aquellos jóvenes nacionalistas, respaldados ya por varios prestigiosos y acaudalados ciudadanos catalanes, tenían prisa por realizar sus objetivos.
Pero no se podía progresar hasta codearse con los «grandes» por la vía del crecimiento bancario común. No había tiempo ni dinero para poner en marcha la lentísima maquinaria financiera de un banco grande y antiguo. No era posible sentarse y esperar cincuenta o cien años que removieran poco a poco la inicial pequeña masa de créditos y depósitos hasta que se hiciera respetable.
Era necesario adoptar un estilo más agresivo, más eficaz. Había que integrarse en el tejido social catalán de forma rápida.
Cuando los responsables del banco se plantearon el objetivo de abrir una sucursal en Madrid, Jordi Pujol gestionó una entrevista con el entonces ministro de Hacienda, Alberto Monreal Luque, para «allanar» las suspicacias. En aquellos momentos, el banco tenía el pasivo suficiente para obtener una sucursal en Madrid, tal como lo había conseguido la Banca March. El hoy presidente de la Generalitat se sirvió de los oficios del economista catalán Fabià Estapé, que en aquella época trabajaba en la Comisaría del Plan de Desarrollo bajo los auspicios de Laureano López Rodó, para organizar la entrevista. La intención de Jordi Pujol era conseguir del Ministerio de Hacienda «el mismo trato que se da a los demás bancos» y para ello basó su estrategia en demostrar que Banca Catalana no era diferente a las restantes entidades bancarias del país.
En la memoria de Banca Catalana correspondiente al año 1971 se leía lo siguiente: «En el curso del pasado ejercicio ha cesado don José Andreu Abelló, quien venía desempeñando eficazmente el cargo de consejero desde su nombramiento en 1964. Las cualidades humanas y los conocimientos técnicos de don José Andreu han sido dos de las características más acusadas en el ejercicio de sus funciones». Aunque a Andreu le hubiese gustado que en la Junta General de Accionistas se hubiesen explicado las verdaderas causas de su dimisión, es comprensible que se mantuviesen en secreto las razones de tan turbio asunto.
En cuanto a la apertura de la oficina en la capital del Estado, la memoria de 1973 la explica en los siguientes términos: «Su concesión estaba supeditada a unas normas legales y al mismo tiempo a una política de expansión, señalada por nosotros mismos, en la que se pretendía la instalación en Madrid cuando el banco tuviera ya detrás suyo el volumen de depósitos y la organización necesaria para poder ofrecer un servicio simplemente a la altura. Política propia y posibilidades legales coincidieron el año 1973».

En 1964 el proyecto de un banco industrial catalán tenía ya un amplio eco entre la clase empresarial. Ese año, Jordi Pujol, en su condición de «hombre fuerte» de Banca Catalana, convocó una cena en casa del arquitecto Oriol Bohigas. Los asistentes a la reunión, además de Pujol y Bohigas, fueron tres «sabios» bancarios que junto a Josep Lluís Sureda eran los más prestigiosos del Principado: Fabià Estapé, Joan Sardà Dexeus (ambos artífices del Plan de Estabilización) y Manuel Ortínez, delegado en Catalunya del Banco de Bilbao. Jordi Pujol expuso aquella noche sus proyectos en torno a un futuro banco que debía ser un «Instituto Nacional de Industria de Catalunya». Es decir, «más que un banco».
No fue Pujol, sin embargo, quien puso en práctica la idea. Sus posibilidades económicas eran aún pequeñas para proyectos tan vastos. Banca Catalana estaba aún muy lejos de los grandes bancos. Fue Manuel Ortínez, uno de los asistentes a aquella cena, quien se vio con fuerzas para acometer la creación de aquel banco industrial tan demandado por los hombres de negocios catalanes.
Los grandes esfuerzos, estratégicos y financieros, derrochados por Banca Catalana para hacerse con el control del BIC resultaron un tanto baldíos al introducirse en la normativa legal una nueva modificación, que otorgaba a la banca comercial bastantes de las posibilidades financieras reservadas hasta entonces a la banca exclusivamente industrial.
El modelo económico que Pujol deseaba para Catalunya se basaba en una cierta autosuficiencia del país. Quería que Catalunya, en materia industrial, tuviera un poco de todo, aunque ello comportara sostener o potenciar industrias pesadas en mala situación geográfica y poco competitiva. En lo que algunos economistas denominan «modelo Gadaffi», se apoyó sin discriminación a toda suerte de sectores empresariales, por variopintos que fueran. La frase «es nuestra gente» sonó más que nunca como razón de créditos y ayudas que ningún técnico veía mínimamente razonables.

Banca Catalana mantenía contactos más o menos estrechos con la Banque Dreyfuss francesa y con el Eximbank, un pequeño banco dedicado a la importación y la exportación radicado en Washington, gracias al cual se pretendían obtener a largo plazo ventajas financieras para la importación de bienes de equipo desde los Estados Unidos. Asimismo, el Banco Industrial de Catalunya participaba, con 500 acciones de mil marcos cada una, en la Banque de l’Union Européenne. La inversión en pesetas no superaba, en realidad, los quince millones. También tenía un ínfimo 0,002 por ciento del capital de la Banca Agrícola y Comercial de Andorra.
Banca Catalana lucía con orgullo el distintivo de primera entidad española que se había afiliado a la red de tarjetas de crédito «Master Charge», aunque luego sería aventajada por muchos otros bancos a la hora de suscribir relaciones con «Visa». Banca Catalana gozaba de títulos honoríficos (y no demasiado prácticos) como la Medalla de Oro ad honorem del «Gold Mercury International Award» por los esfuerzos realizados en favor de la cooperación económica europea, y el premio a la Exportación concedido en 1975 por la Cámara de Comercio e Industria de Barcelona, entonces presidida por Andreu Ribera Rovira, destacado dirigente del grupo.
Cuba acude en ocasiones al mercado internacional para captar fondos, pero la comunidad capitalista no ve con simpatías ni confianza el régimen de Fidel Castro. Banca Catalana, sin embargo, llegó a aportar 672 millones de pesetas a un crédito sindicado para Cuba. Fue el propio Francesc Cabana, en virtud de sus lazos de amistad con varios cubanos, quien propició esta inversión.
La vocación latinoamericana, perfectamente reflejada en el ranking de riesgos exteriores, supuso un nuevo problema para Banca Catalana cuando, a principios de los años ochenta, el cono sur americano hizo, prácticamente en bloque, una auténtica suspensión de pagos. De los dos hombres enviados en 1981 a México, Zapater y Planas Cerdà, el segundo se quedó allí a la espera de que Catalana superara su crisis. Pero la expansión por Latinoamérica quedó en proyecto. También los créditos en dólares, al dispararse la cotización de dicha moneda, ahogaron muchas empresas de Catalana. Ni París, ni Londres, ni México D.F. existen ya como oficinas de representación y Nueva York, donde el personal ha sido drásticamente reducido, es la única oficina que sigue en funcionamiento.

Desde finales de 1980, y durante más de seis meses, el Banco de España realizó una minuciosa inspección en Banca Catalana. La duración de la misma confirmó en muchos sectores financieros las dudas sobre la solvencia de la entidad bancaria. Al término de la inspección, los rumores de crisis corrían paralelos a los esfuerzos que en Banca Catalana se efectuaban para evitar el desastre. Todo aquello se desarrollaba, sin embargo, en un círculo muy restringido y los rumores no alcanzaban todavía a los depositantes y clientes de Catalana.
Pero el 11 de junio de 1982, el resumen económico del Boletín Confidencial de la agencia Europa Press remitió a sus asociados una breve nota de apenas cinco líneas. Su título horrorizó a los dirigentes de Banca Catalana:

ULTIMA HORA: ES INMINENTE LA SUSPENSIÓN DE PAGOS DE UNA ENTIDAD CREDITICIA.
El escueto texto decía: «Según rumores insistentes que circularon ayer por la tarde en ciertos ambientes financieros, se piensa que es inminente la presentación de suspensión de pagos de una importante entidad crediticia catalana.

El conocimiento público de que el estado de Catalana era todavía más preocupante que lo temido en un principio retrajo nuevamente depósitos, invirtiéndose la dinámica que desde julio se había conseguido recuperándose en verano 6.000 millones retirados tras la «bomba» de junio. Aunque no se afirmaba de forma explícita, todo parecía indicar que no había solución que no pasara por el ingreso del grupo en el Fondo de Garantía de Depósitos, extremo que se quería evitar a cualquier precio desde Catalana.
La entrada de Juan Antonio Ruiz de Alda, como presidente que era del Fondo de Garantía de Depósitos, levantó las quejas de algunos miembros del consejo de administración, que valoraron muy negativamente que por primera vez en la historia del banco, una persona no catalana —un vasco en este caso—
En el anexo III, los auditores reflejaban el decalaje que, en su opinión, existía entre las cifras presentadas por el banco y la realidad contable tras los ajustes y reclasificaciones elaborados estimativamente. Mientras los directivos de Catalana situaban el activo en 509.109,3 millones, la auditoría de «Price Waterhouse» consideraba que estaba hinchado en más de 50.000 millones y cifraba su valor en 452.400,4 millones. El déficit patrimonial o agujero quedaba establecido, concretamente, en 52.575,7 millones de pesetas. Era una cantidad importante, pero las cifras que se barajarían poco después, en el último momento de la crisis, serían mucho más altas.
La factura por la reparación del banco también fue altísima: el Estado, bien a través del Fondo, bien a través del Banco de España, tuvo que desembolsar 275.713 millones. Pero esa cantidad —y eso ha inducido a muchos errores, incluso entre la clase política más directamente ligada al tema— no era a fondo perdido. En puridad, solamente 8.000 millones fueron entregados por el Fondo para asumir pérdidas, sin posibilidades de recuperación. El Banco de España concedió préstamos por un total de 125.000 millones, pero recuperables en ocho años y al 8 por ciento de interés. Había otra partida de recuperación más dudosa: los más de 90.000 millones dedicados por el Fondo a comprar activos o participaciones industriales, muchos de ellos de difícil rentabilización o venta. Algunos, sin embargo, pudieron ser devueltos al sector privado y con ello el Fondo recuperó una parte de lo gastado. Se estima, en general, que la crisis de Banca Catalana habrá costado cuando termine el proceso de saneamiento un mínimo de 100.000 millones de pesetas.

La «cabeza» del grupo de fundaciones, la Fundación Catalana, fue la receptora del importante paquete de acciones que ostentaba en propiedad Jordi Pujol, según la versión del propio presidente de la Fundación, Francesc Cabana. Pujol cedió de forma prácticamente gratuita sus acciones dos años antes de la crisis, según Cabana, o meses antes de la crisis, según la explicación ante el Parlamento catalán del conseller de Economía, Josep María Cullell.
Diversos rumores han circulado por los mentideros políticos. Incluso circuló en medios restringidos la fotocopia de un presunto documento notarial, según el cual Jordi Pujol habría vendido sus acciones a la aún nonata Fundación Catalana, a través de Antoni Forrellad, por un total de 600 millones de pesetas. Hay que añadir que, en su declaración de bienes al Parlamento de Catalunya, en la primavera de 1980, Jordi Pujol consignó poseer acciones de Banca Catalana por valor de 600 millones de pesetas. Por otro lado, bajo los designios del Banco de Vizcaya, hoy no quedan en Banca Catalana acciones de Jordi Pujol, aunque sí algunas de sus familiares más directos.
De lo que sí se enteraron todos los accionistas fue de la evaporación fulminante de los 5.700 millones de pesetas que eran el capital social de Banca Catalana el 17 de noviembre de 1982. Si las cifras de Boyer no mienten, en la junta de ese día el capital presente en representación de los antiguos administradores era de unos 1.300 millones de pesetas. ¿La pérdida de esa fortuna es ya suficiente castigo para los equivocados gestores de Catalana?, podría preguntarse. Establecer los cálculos sobre esa base es equívoco. Hay que tener en cuenta que lo que para algunos son fortunas inmensas, para otros son simples limosnas. Además, en los buenos tiempos, el Banco había dado unos réditos extraordinarios. El propio Joan Rosell Molins, antes de abandonar Banca Catalana, elaboró un informe para la nueva dirección del Banco de Vizcaya en el que se minimizaban las quejas posibles de muchos accionistas al afirmarse que la debacle económica final venía contrarrestada con creces en sus casos por los beneficios precedentes.
La venta de los derechos de compra en las ampliaciones de capital dieron beneficios cuantiosísimos a todos los afectados hasta que Francisco Fernández Ordóñez, desde su Ministerio de Hacienda, entorpeció un negocio que era el más fácilmente comparable al dicho de atar los perros con longanizas.
La que sí sufrió mucho con la bancarrota del Banco fue Ruth Kischner, la esposa de Moisés David Tennembaum, que a la muerte de éste tuvo que pagar una fuerte suma de alrededor de 50 millones de pesetas por los derechos herenciales generados en su mayor parte por la abultada cantidad de acciones que poseía en Banca Catalana. Para hacer efectiva esa cifra, Ruth Kischner pidió un crédito a la propia Banca. No haría mucho que habría pagado los 50 millones que le requirió Hacienda cuando su fortuna en Banca Catalana se evaporó como el sueño de una noche de verano (esta vez en noviembre).
Al final, el Banco de Vizcaya sólo se quedaría con dos de las personas presentes en la lista de los veinticinco que componían la querella presentada por el Fiscal General del Estado.

Los imputados por el fraude:
Jaume Carner Suñol
Francesc Cabana Vancells
Raimon Carrasco Azemar
Jordi Pujol Soley
Joan Martí Mercadal
Andreu Ribera Rovira
Martí Rosell Barbé
Olegari Soldevila Godó
Josep Lluís Vilaseca Guasch
Manuel Ingla Torra
Delfí Mateu Sayas
Francesc Constans Ros
Esteve Renom Pulit
Joan Casablancas Bertrán
Salvador Casanovas Martí
Joan Baptista Cendrós Carbonell
Joan Millet Tusell
Ramon Miquel Ballart
Lluís Montserrat Navarro
Antoni Moragas Gallisà
Víctor Sagi Casamitjana
Ferran Aleu Pascual
Antoni Armengol Arna
Pere Messeguer Miranda
Ramón Monforte Navalón
Se acusaba a todos ellos de apropiación indebida en los distintos grados de autor material, colaborador necesario o cómplice, por su actuación en el consejo de administración de Banca Catalana entre 1974 y 1977. Fuera del reducido mundo de la Fiscalía no se conocía, sin embargo, aquella bomba. La campaña electoral se cerró por parte socialista con una intervención del vicepresidente del Gobierno, Alfonso Guerra, quien afirmó con su habitual virulencia que Jordi Pujol había escapado «por los pelos» de la querella, ya que sus presuntos delitos habían prescrito. Pero Pujol desconfiaba, y se puso en contacto con Antoni Gutiérrez, secretario general de los comunistas catalanes. Gutiérrez, pese a su amistad y su proximidad ideológica con los fiscales, no sabía gran cosa. Sólo pudo garantizar a Jordi Pujol que los comunistas no utilizarían el «affaire» para atacarle en sus mítines.
La brillante victoria electoral de Jordi Pujol resultó empañada por la espada de Damocles que suponía la querella. Sólo el propio Pujol, sin embargo, debía tener presente el problema aquella noche. Militantes y simpatizantes de Convergència i Unió, la candidatura triunfante, se lanzaron a una celebración callejera exultante durante la cual Marta Ferrusola, la esposa de Pujol, llegó a ser vitoreada con gritos de «eso es una mujer». Jordi Pujol recordó en esos instantes, probablemente, el informe del Banco de España de noviembre de 1983 que Felipe González le hizo llevar personalmente por un funcionario de la Moncloa, Angel Platón, dos días después de la entrevista que ambos mantuvieron en Madrid. Pujol sería exculpado.

A principios de 1983 Banca Catalana habrá alcanzado la normalidad política y económica y, sobre esta base, empezar una nueva etapa. El esfuerzo gerencial que queda aún por realizar será importante, pero de aquí a dos o tres años este esfuerzo y todos los demás serán perfectamente compensados por el grado de solidez y rentabilidad que Banca Catalana tendrá que haber alcanzado. Finalmente, y para acabar, permítanme, señores accionistas, que en nombre de los señores Robles y Palacios, que en estos días me ayudan y acompañan en Banca Catalana, y en el mío propio, me despida de todos ustedes.
Una vez suscrita la nueva ampliación de capital, este grupo de Administradores habrá acabado su misión como tal en Banca Catalana. Sin ningún tipo de duda, nos entristecerá dejar una institución que, si bien por poco tiempo, hemos vivido con mucha intensidad, pero esperamos tener la compensación de haber ayudado un poco al relanzamiento, por todos deseado, de Banca Catalana.

This is an interesting book about the scandal of Banca Catalana in the 80s and I like it because it seems to me of the most impartial research books on the subject, which, incidentally, is also very educational.

To Florenci Pujol and David Tennembaum, the idea of ​​the son of the first to acquire a bank seemed to open the doors to new roads for which to undertake excellent business. But the promoter of the idea, Jordi Pujol, a young man scarcely known, was going to become the authentic promoter of the purchase and transformation of the Dorca Bank. He was the only son of the “Pujolet de la Bolsa” -as Florenci Pujol was called in the stock market world-, a boy deeply obsessed by Catalonia and of an introverted and idealistic character, very different from the pragmatic, joker and somewhat frivolous temperament of his father .
Jordi Pujol, a graduate in Medicine, believed that “the inexistence of Catalan banking is, without doubt, one of the causes of the economic decline and an important cause of discomfort (…). Catalonia will always live precariously in the economic order as long as this problem is not solved. He will always live with the danger of colonization, with the danger of seeing his best industrial and commercial creations fall into foreign hands. ”
The conjunction of father-daughter interests with those of Tennembaum was going to allow Jordi Pujol to realize his great dream: to have a bank to put it at the service of Catalonia. He would put the ideas and the push. His father and the Jewish partner, the money.
But you had to move fast. The two pieces more to shot were two small benches of local character, that of Salvador Carrera Fillet, of Ribes de Fresser, and that of Dorca, of Olot. The banking system had not yet been liberalized and new companies could not be registered, so the only way to enter the sector was to acquire a bank already in operation. The Dorca family had fewer obstacles to get rid of her bank than the Carrera brothers, and all the efforts of the Pujol group would be dedicated to her.
Tennembaum would never appear publicly in its relationship with Banca Catalana, despite being one of the most prominent shareholders at all times.
Florenci Pujol presided at that time the “Laboratorios Martín Cuatrecasas”, an adventure in which he was also accompanied by another of his friends from the Stock Exchange, Josep Maria Bellido, and in which Moisés David Tennembaum would also be a member from 1962 onwards. company would participate some of the people who also held positions in Banca Catalana, such as Antoni Rossell Ballester, Salvador Casanovas Martí or Ferran Ariño Barberà. Jordi Pujol himself was the CEO of the entity for years – his resignation would take place in 1977 – developing a positive management as a whole. His father, who had lost several million in the laboratories, was reluctant to make new investments in them, but Jordi Pujol knew enough to get the 50,000 pesetas that he refused for the promotion of a new product – the “Neobacitrin” »- which was a considerable success. All in all, the company that attracted Jordi Pujol the most was still and always would be the bank.
It is easy to deduce that Jordi Pujol did not have any problem to control each and every one of the movements of an entity that had cost him a lot of effort to configure and that he considered as his own.
On July 21, the board of directors of Banca Dorca put into circulation four hundred new shares, of which eighty were for Cabana, seventy-four for Maria Soley, fifty-eight for Ruth Kischner, forty for Francesc Veciana, thirty for Jaume Carner and twenty-eight for Jordi Pujol. The eight hundred shares of Banca Dorca already meant a capital of four million pesetas. Everything was wonderful for the new administrators when there was an event that put black clouds on the horizon of the bank: Jordi Pujol was arrested on May 22, 1960, following an incident at the Palacio de la Música in Barcelona .

The incident, transcendental for the evolution of the political catalanismo of the time, took place when part of the public intoned the Cant to the senyera (song to the Catalan flag) in an act that attended outstanding franquistas authorities. The conflictive song had to be interpreted that day in the “Palau” but the censorship suppressed it at the last minute. Pujol was not present when the events took place, but he was considered one of the organizers of the action. The prison period exploded his Catalanist sentiment.
For many anti-Francoists and Catalanists of the time, Jordi Pujol was a man to be taken into account because he “moved” money, because he could finance many companies that had not obtained a penny from the “normal” banking channels. When someone, during the dictatorship, asked Pujol for money, he did not think about where the money came from. Jordi Pujol had a bank and, therefore, it was assumed that he had sufficient financial mechanisms. It could be assumed that Pujol dedicated the money he personally earned to promoting political and union cultural activities in favor of democracy and the freedoms of Catalonia. It could also be assumed that Banca Catalana had funds specially allocated to these activities, although the latter was never reflected in any of the accounts.
With his patronage and patronage of Catalan activities, Jordi Pujol knew how to become something similar to a president of the Generalitat when the Franco regime was still fully in force. Jaume Carner, on the other hand, was another important patron who reached, due to this work, the most absolute of the ruins.
One of the people who most directly collaborated with Jordi Pujol in the subsidizing task arrived in Barcelona in 1965, coming from Montevideo. His name was Joan Garcia Grau, a man of the left who had been a delegate of Omnium Cultural in Uruguay and who was related to the professional partner of the association’s secretary, Joan Bautista Cendrós, who proposed him a job at Banca Catalana.

Banca Catalana did not have the vocation of a small family bank. He was much more ambitious than a placid, monotonous, gray existence like the one Banca Dorca had brought. I wanted to jump quickly to the front line of Spanish banking, compete with the “big”, earn their respect. I wanted to be a basic and essential instrument of the reconstruction of Catalonia that Pujol dreamed. Those first years of darkness and difficulties, overcome by force of mind and sacrificing hours to sleep, had to pass quickly to oblivion. Those young nationalists, already supported by several prestigious and wealthy Catalans, were in a hurry to achieve their goals.
But progress could not be made until it rubbed shoulders with the “big ones” by way of common banking growth. There was no time or money to start up the very slow financial machinery of a big old bank. It was not possible to sit down and wait fifty or a hundred years to gradually remove the initial small mass of credits and deposits until it became respectable.
It was necessary to adopt a more aggressive, more effective style. It had to be integrated into the Catalan social fabric quickly.
When the managers of the bank raised the objective of opening a branch in Madrid, Jordi Pujol managed an interview with the then Minister of Finance, Alberto Monreal Luque, to “level out” the suspicions. At that time, the bank had sufficient liabilities to obtain a branch in Madrid, as Banca March had achieved. The current president of the Generalitat took advantage of the jobs of the Catalan economist Fabià Estapé, who at that time worked at the Comisaría del Plan de Desarrollo under the auspices of Laureano López Rodó, to organize the interview. The intention of Jordi Pujol was to obtain from the Ministry of Finance “the same treatment that is given to the other banks” and for this he based his strategy on demonstrating that Banca Catalana was not different from the other banking entities in the country.
In the report of Banca Catalana for the year 1971, the following was read: “In the course of last year, Mr. José Andreu Abelló, who had been effectively serving as a director since his appointment in 1964, has ceased. Human qualities and technical knowledge of Don José Andreu have been two of the most pronounced characteristics in the exercise of his functions ». Although Andreu would have liked to have explained the true causes of his resignation at the General Shareholders’ Meeting, it is understandable that the reasons for this murky affair were kept secret.
Regarding the opening of the office in the capital of the State, the memory of 1973 explains it in the following terms: “Its concession was subject to legal norms and at the same time to a policy of expansion, indicated by ourselves, in the one that was intended for the installation in Madrid when the bank already had behind it the volume of deposits and the necessary organization to be able to offer a service simply to the height. Own policy and legal possibilities coincided with the year 1973 ».

In 1964 the project of a Catalan industrial bank already had a wide echo among the business class. That year, Jordi Pujol, in his capacity as “strong man” of Banca Catalana, called a dinner at the home of architect Oriol Bohigas. Attendees at the meeting, in addition to Pujol and Bohigas, were three banking “wise” who together with Josep Lluís Sureda were the most prestigious of the Principality: Fabià Estapé, Joan Sardà Dexeus (both architects of the Stabilization Plan) and Manuel Ortínez, delegate in Catalunya of the Bank of Bilbao. Jordi Pujol exhibited that night his projects around a future bank that had to be a “National Institute of Industry of Catalonia”. That is, “more than a bank”.
It was not Pujol, however, who put the idea into practice. Their economic possibilities were still small for such vast projects. Banca Catalana was still very far from the big banks. It was Manuel Ortínez, one of the assistants to that dinner, who saw himself with the strength to undertake the creation of that industrial bank so demanded by the Catalan businessmen.
The great efforts, strategic and financial, wasted by Banca Catalana to take control of the BIC were somewhat baldíos to introduce into the legal regulations a new amendment, which gave commercial banks enough of the financial possibilities reserved until then to the banking exclusively industrial.
The economic model that Pujol wanted for Catalonia was based on a certain self-sufficiency of the country. I wanted Catalonia, in industrial matters, to have a little of everything, even if it meant supporting or boosting heavy industries in a bad geographical situation and not very competitive. In what some economists call the “Gadaffi model”, all kinds of business sectors were supported without discrimination, no matter how varied they might be. The phrase “is our people” sounded more than ever as a reason for credits and aid that no technician saw as minimally reasonable.

Banca Catalana maintained more or less close contacts with the French Banque Dreyfuss and with the Eximbank, a small bank dedicated to import and export based in Washington, thanks to which it was intended to obtain long-term financial advantages for the importation of capital goods. from the United States. Likewise, Banco Industrial de Catalunya participated, with 500 shares of one thousand marks each, in the Banque de l’Union Européenne. The investment in pesetas did not exceed, in reality, the fifteen million. It also had a negligible 0.002 percent of the capital of the Agricultural and Commercial Bank of Andorra.
Banca Catalana proudly wore the insignia of the first Spanish entity that had affiliated with the network of credit cards «Master Charge», although later it would be outnumbered by many other banks when signing relationships with «Visa». Banca Catalana enjoyed honorary titles (and not too practical) such as the Gold Medal ad honorem of the “Gold Mercury International Award” for the efforts made in favor of European economic cooperation, and the Export Award granted in 1975 by the Chamber of Commerce and Industry of Barcelona, ​​then chaired by Andreu Ribera Rovira, outstanding leader of the group.
Cuba sometimes goes to the international market to raise funds, but the capitalist community does not see the regime of Fidel Castro with any sympathy or confidence. Banca Catalana, however, managed to contribute 672 million pesetas to a syndicated loan for Cuba. It was Francesc Cabana himself, by virtue of his ties of friendship with several Cubans, who propitiated this investment.
The Latin American vocation, perfectly reflected in the ranking of external risks, was a new problem for the Catalan Bank when, at the beginning of the 1980s, the South American Cone practically blockaded an authentic suspension of payments. Of the two men sent in 1981 to Mexico, Zapater and Planas Cerdà, the second stayed there waiting for Catalana to overcome its crisis. But the expansion in Latin America was planned. Also the credits in dollars, when the quotation of that currency skyrocketed, drowned many Catalan companies. Neither Paris, nor London, nor Mexico D.F. they already exist as representative offices and New York, where the staff has been drastically reduced, is the only office that remains in operation.

Since the end of 1980, and for more than six months, the Bank of Spain carried out a thorough inspection in Banca Catalana. The duration of the same confirmed in many financial sectors doubts about the solvency of the bank. At the end of the inspection, the rumors of crises ran parallel to the efforts made at Banca Catalana to avoid disaster. All that was developing, however, in a very restricted circle and the rumors did not yet reach the depositors and customers of Catalana.
But on June 11, 1982, the economic summary of the Confidential Bulletin of the Europa Press agency sent its members a brief note of just five lines. Its title horrified the leaders of Banca Catalana:

LAST MINUTE: THE SUSPENSION OF PAYMENTS FROM A CREDIT INSTITUTION IS IMMINENT.
The short text read: “According to persistent rumors that circulated yesterday afternoon in certain financial environments, it is thought that the presentation of suspension of payments by an important Catalan credit institution is imminent.

The public knowledge that the state of Catalana was even more worrisome than the feared at first retracted deposits again, reversing the dynamics that since July had been achieved by recovering in summer 6,000 million withdrawn after the “bomb” in June. Although it was not stated explicitly, everything seemed to indicate that there was no solution that did not go through the group’s entry into the Deposit Guarantee Fund, an end that they wanted to avoid at any price from Catalana.
The entry of Juan Antonio Ruiz de Alda, as president of the Deposit Guarantee Fund, raised the complaints of some members of the board of directors, who valued very negatively that for the first time in the history of the bank, a non-Catalan person – a Basque in this case-
In Annex III, the auditors reflected the deviation that, in their opinion, existed between the figures presented by the bank and the accounting reality after the adjustments and reclassifications estimated. While the directors of Catalana placed the asset at 509,109.3 million, the audit of “Price Waterhouse” considered that it was inflated by more than 50,000 million and estimated its value at 452,400.4 million. The patrimonial deficit or hole was established, concretely, in 52,575,7 million pesetas. It was an important amount, but the figures that would be considered shortly after, at the last moment of the crisis, would be much higher.
The bill for the repair of the bank was also very high: the State, either through the Fund or through the Bank of Spain, had to pay out 275,713 million. But that amount – and that has led to many errors, even among the political class most directly linked to the issue – was not completely lost. Purely, only 8,000 million were delivered by the Fund to take losses, with no chance of recovery. The Bank of Spain granted loans for a total of 125,000 million, but recoverable in eight years and 8 percent interest. There was another more doubtful recovery item: the more than 90,000 million dedicated by the Fund to buy industrial assets or participations, many of them of difficult profitability or sale. Some, however, could be returned to the private sector and with this the Fund recovered a part of what was spent. It is estimated, in general, that the crisis of Banca Catalana will have cost when the sanitation process finishes a minimum of 100,000 million pesetas.

The “head” of the group of foundations, the Catalan Foundation, was the recipient of the important package of actions owned by Jordi Pujol, according to the version of the president of the Foundation, Francesc Cabana. Pujol gave up his actions practically free of charge two years before the crisis, according to Cabana, or months before the crisis, according to the explanation before the Catalan Parliament of the Minister of Economy, Josep María Cullell.
Various rumors have circulated in the political gossip. Even circulated in restricted media photocopy of a presumed notarial document, according to which Jordi Pujol would have sold his shares to the still nonata Catalan Foundation, through Antoni Forrellad, for a total of 600 million pesetas. It should be added that, in his declaration of assets to the Parliament of Catalonia, in the spring of 1980, Jordi Pujol consigned possession of shares of Catalan Banking worth 600 million pesetas. On the other hand, under the designs of the Bank of Vizcaya, today there are no shares of Jordi Pujol in the Catalan Bank, although some of their most direct relatives do.
What all the shareholders did know was the explosive evaporation of the 5,700 million pesetas that were the capital stock of Banca Catalana on November 17, 1982. If Boyer’s figures do not lie, at the meeting that day the Capital present on behalf of the former administrators was about 1,300 million pesetas. Is the loss of that fortune already enough punishment for the wrong managers of Catalana ?, you might ask. Establishing the calculations on that basis is misleading. We must bear in mind that what for some are immense fortunes, for others are simple alms. In addition, in good times, the Bank had given extraordinary revenues. Joan Rosell Molins himself, before leaving Banca Catalana, prepared a report for the new management of Banco de Vizcaya in which the possible complaints of many shareholders were minimized when it was affirmed that the final economic debacle was more than offset in their cases by the previous benefits.
The sale of the purchase rights in the capital increases gave very large profits to all those affected until Francisco Fernández Ordóñez, from his Ministry of Finance, hindered a business that was the most easily comparable to the saying of tying dogs with sausages.
The one that did suffer a lot with the Bank’s bankruptcy was Ruth Kischner, the wife of Moisés David Tennembaum, who upon his death had to pay a large sum of around 50 million pesetas for the inheritance rights generated for the most part by the bulky amount of shares he owned in Banca Catalana. To make this figure effective, Ruth Kischner asked for a loan from the bank itself. It would not do much that would have paid the 50 million that the Treasury required when his fortune in Banca Catalana evaporated like a summer night’s dream (this time in November).
In the end, the Bank of Vizcaya would only stay with two of the people present in the list of the twenty-five who made up the complaint filed by the State Attorney General.

Those charged with fraud:
Jaume Carner Suñol
Francesc Cabana Vancells
Raimon Carrasco Azemar
Jordi Pujol Soley
Joan Martí Mercadal
Andreu Ribera Rovira
Martí Rosell Barbé
Olegari Soldevila Godó
Josep Lluís Vilaseca Guasch
Manuel Ingla Torra
Delfí Mateu Sayas
Francesc Constans Ros
Esteve Renom Pulit
Joan Casablancas Bertrán
Salvador Casanovas Martí
Joan Baptista Cendrós Carbonell
Joan Millet Tusell
Ramon Miquel Ballart
Lluís Montserrat Navarro
Antoni Moragas Gallisà
Víctor Sagi Casamitjana
Ferran Aleu Pascual
Antoni Armengol Arna
Pere Messeguer Miranda
Ramón Monforte Navalón
All of them were accused of misappropriation in the different degrees of material author, necessary collaborator or accomplice, for their actions in the board of directors of Banca Catalana between 1974 and 1977. Outside the small world of the Prosecutor’s Office, it was not known, however , that bomb. The election campaign was closed by a socialist party with the intervention of the Vice President of the Government, Alfonso Guerra, who stated with his usual virulence that Jordi Pujol had escaped “by the hair” of the lawsuit, since his alleged crimes had been prescribed. But Pujol distrusted, and got in touch with Antoni Gutiérrez, general secretary of the Catalan communists. Gutiérrez, despite his friendship and his ideological proximity to prosecutors, did not know much. He could only guarantee Jordi Pujol that the Communists would not use the “affaire” to attack him at his rallies.
The brilliant electoral victory of Jordi Pujol was marred by the sword of Damocles that supposed the quarrel. Only Pujol himself, however, had to keep the problem in mind that night. Militants and supporters of Convergència i Unió, the triumphant candidacy, launched into an exultant street celebration during which Marta Ferrusola, Pujol’s wife, came to be cheered with cries of “that’s a woman.” Jordi Pujol recalled in those moments, probably, the report of the Bank of Spain of November of 1983 that Felipe González made him carry personally by an official of the Moncloa, Angel Platon, two days after the interview that both kept in Madrid. Pujol would be exculpated.

At the beginning of 1983, Banca Catalana will have reached political and economic normality and, on this basis, begin a new stage. The management effort that remains to be done will be important, but in two or three years this effort and all others will be perfectly compensated by the degree of solidity and profitability that Banca Catalana will have to have achieved. Finally, and finally, allow me, sirs shareholders, that in the name of Mr. Robles and Palacios, who in these days help and accompany me in Banca Catalana, and in my own, I said goodbye to all of you.
Once the new capital increase is subscribed, this group of Administrators will have completed their mission as such in Banca Catalana. Without any doubt, we will be saddened to leave an institution that, although for a short time, we have lived with great intensity, but we hope to have the compensation of having helped a little to the re-launch, by all wished, of Catalan Bank.

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