Lecturas Para Minutos, 2 — Hermann Hesse

La favorable acogida, inesperadamente entusiasta y amistosa, que ha hallado entre los lectores la antología de Hermann Hesse Lecturas para minutos expresión quintaesenciada de su pensamiento y experiencia, nos ha movido a confeccionar un segundo tomo con el nuevo material descubierto en nuestra labor editora de los últimos tres años.
También esta vez han sido principalmente las cartas de Hermann Hesse las que han ofrecido el más variado muestrario de textos lacónicos e incisivos. Numerosos extractos de artículos sueltos, de crítica y ensayo, diseminados en diarios y revistas y no recogidas hasta ahora en forma de libro, así como algunas adiciones de las novelas y cuentos de Hesse considerados en la primera parte de Lecturas para minutos, vienen a completar este volumen.

Al estadista que todavía hoy hace política internacional a base de programas inspirados en un estrecho nacionalismo, que aún no ha escuchado la voz de la humanidad, debíamos plantarle en la calle antes de que por su estulticia siga la sangría de millones.

Todo el mundo es militante y está en pie de guerra, dispuesto a encarcelar o matar al adversario. Basta que alguien hable de espíritu de conciliación, tolerancia y fraternidad para tener en contra todos los frentes, desde el capitalismo americano a Stalin, desde el cura protestante al cura católico. No es nada nuevo.

Cultivar el miedo a la guerra es un viejo ardid de gentes para las que la guerra significa un buen negocio.

La guerra la hacen gentes a las que es indiferente la vida de los demás. Hacen sus guerras con los bienes, la sangre y la vida de otros, y les importa un bledo lo que nosotros pensemos y lo que tengamos que sufrir.

El europeo se ha comportado siempre frente al mundo más o menos, como los prusianos frente a Europa: ha sido el prusiano del mundo.

En nuestro tiempo, la idea de que Europa como futura unidad ideal pueda significar algo así como una etapa previa para una humanidad unificada es rechazada enérgicamente, al igual que todo cosmopolitismo, y queda relegada al reino de los sueños poéticos. Estoy de acuerdo pero yo creo en muchos de los sueños poéticos, y la idea de la unión de toda la humanidad no la considero en absoluto un bello sueño de ciertos nobles espíritus como Goethe, Herder o Schiller, sino una vivencia del alma y, por tanto, lo más real que puede darse. Esta idea e incluso el fundamento de todo nuestro sentir y pensar religioso. Toda religión superior y dinámica, toda cosmovisión artística y creadora tiene como uno de sus principios fundamentales la creencia en la dignidad y el destino espiritual del hombre.

Considero ilícito el uso de la violencia en cualquier circunstancia, aunque sea a favor del «bien».

El bando que dispone de los cañones nunca tiene razón.

Lo blando es más fuerte que lo duro, el agua más fuerte que la roca, el amor más fuerte que la violencia.

Democracia o monarquía, estado federal o federación de estados, nos da igual, pues buscamos sólo el cómo, no el qué. Y si un loco perpetra con toda el alma la más descabellada fechoría, nos resulta más simpático que todos esos profesores que posiblemente se pasen ahora al nuevo régimen con la misma ductilidad con que antes se había doblegado ante los príncipes y los altares. Somos ciegos seguidores de una «inversión de todos los valores»…pero esta inversión ha de tener lugar en nuestro propio corazón.

Que la paz es mejor que la guerra y la reconstrucción mejor que el rearme, y que un Estado federal según el modelo suizo podría alumbrar una Europa pacífica… sobre todos estos puntos estoy de acuerdo no sólo con usted, sino con la mayoría de los actuales estadistas. Pero ni los gobernantes, ni usted, ni yo tenemos la menor idea de cómo pueden realizarse estos deseos, es decir, cómo convencer o forzar a los pueblos para llevar a cabo lo bueno y deseable. Lo que usted dice: «Si un estadista poseyera el genio capaz de combinar el espíritu del Agnus Dei, de Beethoven, con las necesidades de la política», es como si alguien dijera: bastaría con elevar la temperatura del Polo Norte en 25 grados y rebajarla otros tantos en el Ecuador para prestar un gran beneficio a la humanidad. En mi larga vida me he tenido que ocupar con gentes que en cartas privadas a políticos y personajes importantes tratan de influir sobre la marcha del mundo. Todos saben exactamente lo que es preciso hacer, pero nadie sabe el cómo, y todos se lavan las manos diciendo que descargan la responsabilidad por la no adopción de medidas.

Yo no sé si el mundo ha mejorado, si no ha sido siempre igual de bueno e igual de malo. Lo que si sé es que si el mundo ha mejorado gracias a los hombres, si gracias a los hombres se ha hecho más rico, más vital, más alegre, más arriesgado, más divertido, no se debe a los reformadores, sino a los auténticos «egoístas», que no conocen un norte ni se proponen metas, que se contentan con vivir y ser ellos mismos.

El dinero, el negocio, la máquina y el Estado son las formas en que se aparece el diablo en nuestro tiempo. Todo eso nos echa a perder el comer y el respirar, el sueño y los sueños. Pero algunos deben aguantar y no rendirse; de lo contrario nuestro tiempo no dejará nada en herencia a la posteridad.

Es peligroso someter la vida instintiva, demasiado unilateralmente, al dominio del espíritu, enemigo de los instintos, pues toda porción de nuestra vida instintiva cuya sublimación no se logre del todo, trae por la vía de la represión graves sufrimientos.

Retorna todo lo no se ha sufrido y solucionado hasta el final.

A mi juicio, la vía para salir de nuestras enfermedades culturales no debe ser una «vuelta a la naturaleza», sino la adaptación cada vez más delicada a lo cultural; a mí no me va, en el fondo, eso de huir a los bosques, por mucho que el romántico que hay en mí lo pueda desear.

La mayor parte de las profesiones, y de modo particular las más «elevadas», especulan en su actual organización con los instintos de egoísmo, cobardía y comodidad del hombre. Al hombre le cuesta poco hacer la vista gorda, agachar la cabeza, seguir la pauta marcada por el señor presidente: y le cuesta muchísimo asumir y amar el trabajo y la responsabilidad.

Vuestro futuro y vuestro arduo y peligroso camino es éste: madurar y encontrar a Dios en vosotros mismos… Siempre habéis buscado a Dios, mas nunca en vosotros mismos. No está en otro sitio. No hay otro Dios que el que está en vosotros.

Los ejercicios espirituales, las meditaciones, llevan en etapas progresivas a la meta del conocimiento. Este se funda con el desenmascaramiento del yo como una ilusión; luego, en lugar de la conciencia del yo aparece la conciencia total, y el alma liberada pasa de la individualización y el extravío al Todo (nirvana).

Allí donde las oposiciones se diluyen está el nirvana.

Yo considero la confusión entre la tarea interna y la tarea externa, entre el alma y la política, como una de las cosas más trágicas de la historia, justo porque no creo en un reino de Dios que esté fuera de donde Jesús lo mostró a sus discípulos: en nosotros mismos.

La vida tiene todo el sentido que nosotros queramos dar. La Biblia y el dogma y todas las filosofías buscan sólo ese sentido. La naturaleza, la planta y el animal no necesitan encontrar un sentido, pues no conocen el pensamiento ni el pecado, viven en ingenuidad e inocencia. Los hombres somos menos que los animales si pretendemos vivir sin sentido. La vida cobra sentido cuando nos esforzamos en superar la tendencia ingenua al placer egoísta y nos comprometemos en un servicio. Si tomamos en este servicio, el «sentido» viene por sí solo.

Lo que usted llama progreso, y en general toda la historia espiritual de la humanidad, no se produce en la masa sino en la pequeña minoría de personas que tienen «buena voluntad». Siempre ha sido así. Siempre que esta pequeña minoría alcanza algún poder, surge por un momento lo divino en la tierra: religión, cultura. Y nuestro cometido no es adoctrinar al mundo incorregible, sino formar esta minoría y no dejar que el pequeño y amenazado reino de Dios se extinga.

La ciencia de la literatura se me ha representado siempre como asunto de pandectas polvorientas, como mundo umbrátil, apolillamiento de museo y a veces hurto en cadáveres. En ella, una especie de sectarios transcribieron opiniones de sectarios fallecidos, para futuros sectarios. Y cuando pugnaban entre sí, se trataba siempre de peleas entre sectas, al margen de esta realidad que para mi significa la literatura. Estimo que la literatura no se puede tomar como un manjar a punto, aderezado por otros sino que cada cual debe conquistar trozo a trozo. Es preciso leer los libros antiguos, y uno mismo ha de formar sus juicios.
La auténtica creación siempre encontrará lectores mientras tenga contenido las verdades y las situaciones básicas del hombre —y lo muerto, muerto está—. Es decir, si yo admito la ciencia de la literatura, es sólo como historia de las ideas y en sus componentes sociológicas: en la medida que nos aclara ciertas circunstancias sociales que permiten entender una determinada época de la literatura.

El «lector individual» es, por lo general, más pobre de léxico, pero mucho más inteligente, que esa opinión pública formada por un estamento de intelectuales sin sustancia y que, afortunadamente, no es tan poderosa como parece creer.

Nuestra alma posee en sí un arte mágico en el que podemos confiar, ella busca el Todo y aspira a llenar toda laguna, a suplir todo fallo. Tiende a compensar cada incapacidad con un elevado rendimiento en otra esfera y arranca los sonidos más delicados, más hondos, más dulces en la persona más sensible, más débil, más infeliz, para encomiar la vida, para decir sí, para alabar a Dios.

El sentido y la esencia no están detrás de las cosas; están en ellas, en cada cosa.

La poesía del viajar consiste en incorporar nuevas experiencias, en incrementar nuestra comprensión de la unidad en la variedad, en reencontrar viejas verdades y bajo circunstancias totalmente distintas.

Las «neurosis» pueden ser enfermedades y lo son en la mayoría de los casos, pero la actual neurosis del literato puede ser, en el fondo, síntoma de salud: la única reacción posible de temperamentos espirituales ante una época que sólo sabe de dinero y número, y nada del alma.

Los artistas e intelectuales somos todos, hoy día, neurasténicos…; o, más bien, no es que tengamos propiamente «nervios débiles», sino normales, pues los nervios son para hacer posibles las sensaciones, y los artistas con nuestros nervios de fina vibración no nos consideramos enfermos, sino que tenemos por degenerado al hombre de negocios, técnico o deportista actual, capaz de sentirse bien en medio de una ciudad con su ruido, su desolación y todo su espantoso trajín de feria.

El profeta es un enfermo que ha perdido el saludable y benéfico instinto de conservación, prototipo de todas las virtudes burguesas.

El genio viene al mundo en medio de una vida para la que él será luz y aspiración, pero que al mismo tiempo debe extinguirse en él.

Los premios y distinciones no son, desde el punto de vista del receptor, una alegría, una fiesta o un merecimiento. Forman parte del complicado fenómeno, hecho en gran parte de malentendidos, que se llama celebridad, y deben aceptarse como lo que son: intentos por parte del elemento oficial de defenderse de su perplejidad ante la labor no oficial. Es, de una y otra parte, un gesto simbólico, un acto de cortesía y buenos modales.

Con la fama ocurre como con el alud, cuyos efectos padece al máximo quien cae bajo él.

Hay personas que viven de agitar el incensario y otras que viven de destruir monumentos. Nosotros no debemos tomar en serio ninguna de las dos especies de caradura.

Ganarse el pan con la pluma es más difícil que cualquier otra cosa, y echa a perder el talento, caso de existir.

La felicidad es un cómo, no un qué; un talento, no un objeto.

Sólo hay felicidad si nada exigimos del mañana y aceptamos del hoy, con gratitud, lo que nos trae. La hora mágica llega siempre.

Poder rebajarse por un momento, poder sacrificar años por la sonrisa de una mujer: eso es felicidad.

La felicidad nada tiene que ver con la ratio ni con la moral, es por esencia algo mágico, perteneciente a una etapa humana ancestral, infantil. La criatura feliz, regalada por las hadas, mimada por los dioses, no es un objeto para el análisis racional, es un símbolo y está más allá de lo personal y lo histórico. Hay, con todo, personas privilegiadas cuya vida es inconcebible sin «felicidad», aunque ésta sólo consista en que entre ellas y sus tareas se da una perfecta armonización en lo histórico y biográfico, en no haber nacido demasiado pronto ni demasiado tarde.

El hombre exige perentoriamente la felicidad y, sin embargo, no la soporta mucho tiempo.

Usted podrá tener siempre todo aquello que se puede comprar con dinero, pero estará condenado a ver cómo precisamente lo mejor, lo más bello, lo más apetecible no se puede comprar con dinero. Lo mejor, lo más bello, lo más apetecible del mundo sólo puede pagarse con la propia alma, lo mismo que el amor no puede comprarse, y si alguien posee un alma no pura, no capaz del bien o al menos de creer en el bien, tampoco poseerá sensibilidad suficiente para lo mejor y más noble, y tendrá que contentarse para siempre con la imagen empequeñecida, ajada, borrosa, del mundo que sus pensamientos, para propia tortura y pobreza, se han forjado.

Envejecer de un modo humano y mantener la actitud o la sabiduría que corresponde a nuestra edad es un arte difícil; por lo general, nuestra alma se adelanta o se retrasa en relación al cuerpo, y a corregir estas diferencias contribuyen esas sacudidas del sentimiento vital íntimo, esos estremecimientos en las raíces que nos sobrecogen en los trances de la vida y en las enfermedades. A mí me parece que frente a tales situaciones debemos sentimos pequeños, al modo como los niños recurren al llanto y a la debilidad como el mejor medio para recuperar el equilibrio después de haber sufrido un contratiempo.

Madurar para el sufrimiento y la muerte, es la tarea de la vejez. Entusiasmarse, vibrar, excitarse, es el talante de la juventud. Una y otra pueden estimarse mutuamente y hacer amistad, pero hablan lenguajes diferentes.

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