Lecturas Para Minutos, 1 — Hermann Hesse

Hermann Hesse destilado en su esencia. Libro que en aquellos años sirvió a muchos de nosotros no solo de compañía, sino también de orientación e inspiración.

Hermann Hesse tituló Lektüre für Minuten un impreso privado con el que pretendía aliviar un tanto su obligación de responder a numerosas felicitaciones, cartas y regalos. Se trataba de una recopilación de 39 pensamientos extraídos de los libros de Hesse y anotados por un lector. La existencia de este impreso fue el estímulo y la legitimación ulterior de la presente edición ampliada.
En principio no se pensó en un libro de esta índole. Todas las citas acumuladas aquí formaban parte de una recopilación de material en la que se recogían expresiones características o dignas de tener en cuenta y que llamaron la atención al preparar la edición de las obras completas de Hesse y al estudiar su obra póstuma, con más de 3.000 recensiones, cientos de fascículos e incontables cartas. Fue la reacción de la prensa de habla alemana ante el sobrecogedor renacimiento de Hesse en los Estados Unidos lo que nos mostró la necesidad de publicar una selección de este material.
Esta recopilación resume en sus 550 citas, ordenadas por temas, la esencia del pensamiento de las obras de Hesse. Al hacer la primera lectura nos sorprendió la continuidad que revelaban estos pensamientos expresados en lugares muy diferentes y durante etapas y circunstancias de la vida muy distintas. Incluso allí donde se contradicen, no son contradicciones del autor, sino polaridades del problema visto por el temperamento de Hesse.

En todo el mundo los políticos son muy partidarios de la revolución, de la razón y de deponer las armas, pero ¡sólo tratándose del enemigo, no de uno mismo!

Dos son las enfermedades del espíritu a las que debemos, en mi opinión, la situación actual de la humanidad: los delirios de grandeza de la técnica y los del nacionalismo. Ellos dan al mundo su fisonomía y su conciencia de sí mismo, ellos nos han deparado dos tierras junto con sus consecuencias y, hasta que se desfoguen, harán madurar todavía otras consecuencias parecidas.
La oposición a ambas enfermedades del mundo es hoy en día la tarea y la justificación más importantes del espíritu sobre la tierra. Al servicio de esta oposición he estado durante toda mi vida, una gota de agua en la inmensidad del mar.

No disuado a nadie de que se integre en un partido, pero a todos les digo que si lo hacen a edad demasiado temprana corren el peligro de vender su propio juicio a cambio de la ventaja de estar rodeados de camaradas, pero también —y eso se lo digo a mis propios hijos— que pertenecer a un partido y a un programa no debe ser un juego, sino que ha de tener validez completa: que el que es partidario de la revolución no sólo tiene que entregarse cuerpo y alma, sino también estar dispuesto y ser capaz de matar y de usar la ametralladora y el gas.

Tienes razón al decir que estamos indefensos ante el Estado y poderes semejantes. Pero, según mi opinión, estás completamente equivocado cuando de ello concluyes que deberíamos responder defendiéndonos «sin escrúpulos». Precisamente eso es lo que no debemos hacer: quejarnos del mundo porque no tiene escrúpulos y actuar de la misma manera. Precisamente ése es nuestro privilegio y nuestra nobleza, que tenemos escrúpulos, que no pensamos que todo está permitido, que además no colaboramos odiando, matando y haciendo toda clase de bajezas.
El gesto grosero «me cago en todo» no lo habéis inventado vosotros los primeros. Ha aparecido más de cien veces en la historia; cabe soportarlo, cabe comprenderlo como reacción de gentes débiles y mal educadas frente a un abuso cruel, pero aprobarlo y tenerlo por correcto, eso no se puede.

El poeta no es ni superior ni inferior al ministro, al ingeniero, al orador, pero es algo completamente distinto de ellos. Un hacha es un hacha y con ella se puede cortar leña o también cabezas. Pero un barómetro o un reloj sirven para otros fines y, cuando con ellos se cortar leña o cabezas, se rompen sin que nadie saque provecho.

Cada hombre es el centro del mundo, alrededor de cada uno parece girar voluntariamente, y cada hombre y cada día de su vida es el punto final y la culminación de la Historia: tras él, los siglos y los pueblos están hundidos y marchitados, y ante él no hay nada, sólo el momento, todo el gigantesco aparato de la Historia parece estar al servicio del apogeo del presente. El hombre primitivo considera como una amenaza cualquier cosa que perturbe este sentimiento de ser el centro, de estar en la orilla mientras los otros son arrastrados por la corriente, se niega a que le despierten y le enseñen, le parece odioso y hostil el despertar y el verse rozado por la realidad y se aparta con instinto amargado de aquéllos a los que ve acometidos por el estado de alerta, de los visionarios, problemáticos, genios, profetas, posesos.

Las más de las veces el miedo a la locura no es otra cosa que miedo a la vida, a las exigencias de nuestro desarrollo y de nuestros instintos. Entre la ingenua vida de los instintos y aquello que conscientemente quisiéramos y pretendemos ser hay un abismo, un abismo que no se puede salvar, pero por encima del cual sí se puede saltar una y otra vez, cien veces; cada vez hace falta ánimo, y antes del salto nos acomete cierto miedo.

El destino sólo se puede superar por comprensión.

Hay quienes se consideran perfectos, pero es sólo porque exigen menos de sí mismos.

Todo intento de tomar en serio la cultura, el espíritu y sus exigencias y de vivir de acuerdo con ellos conduce inevitablemente a la desesperación. La salvación procede entonces del reconocimiento de que hemos objetivado demasiado las experiencias y circunstancias subjetivas. Estas experiencias de ser redimido no aseguran, claro está, contra nuevas desesperaciones. Pero fomentan la creencia de que cada una de estas puede ser superada desde nuestro interior.

Matamos cuando cerramos los ojos ante la pobreza, la miseria y la infamia. Matamos cuando por comodidad contemplamos indiferentes muchas instituciones muertas en la sociedad, el Estado, la escuela, la religión, y las aprobamos hipócritamente, en lugar de volverles la espalda decididamente. De igual modo que para el socialismo consecuente la propiedad privada es un robo, para el creyente cabal de nuestra especie toda falta de reconocimiento de lo que es vida, toda dureza toda indiferencia, todo desprecio no es otra cosa que matar. No sólo se puede matar lo presente, sino también lo futuro.

Nunca he esperado mucho de la educación; quiero decir que siempre he dudado de que al hombre se le pueda modificar o mejorar de algún modo por medio de la educación. En cambio, siempre tuve cierta confianza en el suave poder de persuasión de la belleza, del arte, de la poesía; a mí mismo, esa mi juventud, me formó más y me despertó con mayor fuerza la curiosidad hacia el mundo espiritual ese poder que todos los «métodos de educación» oficiales o privados.

Toda espiritualidad y toda cultura tiene dos misiones: dar seguridad e impulso a los numerosos, consolarlos, someter sus vidas a un sentido; y luego, la segunda, más misteriosa y no menos importante: permitir que los escasos, los grandes espíritus del mañana, se desarrollen, prestarles protección y cuidado en sus comienzos, darles aire para respirar.

Cualquier religión es aproximadamente tan buena como las demás. No hay ninguna en la que no se pueda llegar a ser un sabio, ni ninguna que no pueda ser practicada como la idolatría más tonta. Pero en las religiones se ha acumulado casi todo el saber real de la humanidad, sobre todo en las mitologías. Toda mitología es «errónea» cuando la contemplamos desde otro punto de vista que no sea el de la piedad; pero cada una de ellas es una llave para el corazón del mundo. Cada una sabe de los caminos que sirven para hacer de la idolatría al yo un servicio religioso.

Exigimos que la vida tenga sentido, pero tiene exactamente el sentido que nosotros somos capaces de darle. Como el individuo no es capaz de hacerlo sino de modo imperfecto, se ha intentado encontrar una respuesta consoladora en las religiones y en las filosofías.
Todas las respuestas conducen a lo mismo: la vida adquiere su sentido solo a través del amor. Es decir cuánto más capaces somos de amar y de entregarnos, tanto más sentido adquiere nuestra vida.

La Navidad es un compendio, un depósito venenoso de todos los sentimentalismos y engaños burgueses; pretexto para desaforadas orgías de la industria y del comercio; gran artículo de lujo de los grandes almacenes; huele a latón barnizado; a hojas de abeto y gramófono; a recadistas y carteros agotados, que maldicen por lo bajo; a embarazosa solemnidad en salones burgueses, bajo el árbol engalanado; a suplementos en los diarios y actividad publicitaria; a mil cosas, en fin, que me resultan profundamente odiosas y contrarias y que me parecerían mucho más indiferentes y ridículas si no abusaran tan horriblemente del nombre del Salvador y del recuerdo de nuestros años más tiernos.

Claridad y verdad son palabras que a menudo oímos nombrar juntas como si significaran lo mismo. ¡Y, sin embargo, nombran cosas tan distintas! ¡Raras, muy raras veces es clara la verdad, y más raro aún es que la claridad sea verdad! La verdad es casi siempre complicada, oscura y equívoca; cada palabra, y especialmente la palabra «clara», la violenta. La «claridad» es siempre violencia; es un intento violento de simplificar lo multiforme, de hacer que lo natural parezca inteligible; más aún, razonable. La claridad es la virtud de las sentencias. Las sentencias son bellas, valiosas; son pedagógicas, ingeniosas, instructivas, pero verdad no son nunca. Pues de cada sentencia también su contrario es verdadero.

Los libros no están ahí para hacer aún menos independientes a las personas dependientes, y tampoco para proporcionar una vida ficticia y barata a las personas incapacitadas para la vida. Todo lo contrario: los libros sólo tienen valor cuando conducen a la vida y la sirven y le son útiles, y cada hora de lectura que no produce al lector una chispa de fuerza, un presagio de rejuvenecimiento, un aliento de nueva frescura, es tiempo desperdiciado.

El aburrimiento es algo que no conoce la naturaleza; es un invento de los habitantes de la ciudad.

El genio, allí donde surge, o acaba estrangulado por lo que le rodean o es él quien les tiraniza a ellos; le aclaman unánimemente como la flor de la humanidad y, sin embargo, provoca en todas partes miseria y confusión, aparece siempre aislado, condenado a la soledad, no es hereditario y presenta siempre cierta tendencia a abandonarse a sí mismo.

Para vivir la felicidad es necesario ante todo desligarse del tiempo y, con ello, tanto del temor como de la esperanza, pero la mayoría de los hombres pierden esa capacidad con los años.

Todo aquello en lo que ponemos amor es algo que supravaloramos y por eso de vez en cuando exige también contradicción y crítica, porque vivo y valioso sólo lo es el amor, no el objeto en el que lo colocamos.

Ante la pérdida de una persona querida nuestra primera respuesta, la más natural, es el dolor y el lamento. Nos ayudan durante las primeras horas de duelo y desgracia, pero no son suficientes para unirnos con el muerto. Esto lo consigue, en el nivel primitivo, el culto a los muertos: sacrificios, ornamentos fúnebres, monumentos, flores. En nuestro nivel, en cambio, el sacrificio mortuorio debe llevarse a cabo dentro de nuestra propia alma, por medio de la evocación del recuerdo exacto, por la reconstrucción en nuestro interior de la persona amada. Si lo conseguimos, el muerto sigue a nuestro lado, su imagen está salvada y nos ayuda a hacer fructífero el dolor.

No necesito ningún arma contra la muerte, porque muerte no existe. Pero sí hay una: el miedo ante la muerte. Ésa se puede curar.

En el camino entre el joven y el hombre hay dos momentos principales: la interiorización y concienciación del propio yo, y en segundo lugar la ordenación de ese yo en la comunidad. Cuanto más sencillo y despreocupado es el joven, menos fatigas le causarán ambas tareas. A las naturalezas más diferenciadas y más dotadas les resulta algo más difícil, y más aún a aquéllas a las que no les muestra el camino su propio talento especial. Pero cada vida es una empresa arriesgada, y siempre hay que buscar un nuevo equilibrio entre las dotes e instintos personales y las exigencias sociales; pero nunca sin sacrificios, nunca sin cometer errores. Tampoco nosotros, los viejos, en apariencia bien anclados y seguros, estamos a salvo de las dudas y de las equivocaciones, sino en medio de ellas.

El envejecimiento es un proceso natural; el hombre de 65 o 75 años, cuando no desea ser más joven, es tan sano y normal como el de 30 o de 50. Pero, por desgracia, no siempre se está de acuerdo con la propia edad; a menudo nos adelantamos a ella, o bien —cosa más frecuente— nos quedamos rezagados; y entonces la consciencia y el sentimiento vital están menos maduros que el cuerpo, se revuelven contra los fenómenos naturales de este último y exigen de sí mismos algo que no pueden dar.

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