Toda La Verdad Sobre Las Mentiras — José Antonio Palomares / All The Truth About Lies by José Antonio Palomares

Abrir este libro es como sumergirse de lleno en aquella infancia de los años 80 llena de chupachups Kojak, cuando uno era feliz porque daban Comando G en la tele o no te habían sacado al encerado para preguntarte por la lista de afluentes.
En Toda la verdad sobre las mentiras asistimos al momento en el que un niño empieza a descubrir que no todo lo que pasa en su familia es perfecto, que sus padres tienen muchas cosas que ocultar. El momento en el que, en definitiva, empieza a dejar de ser un niño.
Y se narra con de una manera tierna, conmovedora, que mezcla momentos divertidísimos en los que no puedes evitar reír con otros en los que se te encoge el corazón. Se le coge enseguida cariño a ese niño protagonista que nos relata de una manera ingenua todo lo que le sucede, quizá porque el autor ha logrado que uno se vea reflejado en las cosas que le pasan. A veces me parecía al leerlo que el autor no se había inventado nada sino que de alguna manera había logrado averiguar lo que pasaba en mi propia casa.
Como el autor explica en los agradecimientos finales, el germen de esta novela está en su anterior libro de relatos “Cómo se hace una pastilla de jabón”. Los principales personajes y tramas de esos relatos están aquí corregidos, aumentados y mejorados, muy mejorados. Vamos, como Clint Eastwood haciendo “Sin Perdón” después de “El Jinete Pálido”.

Los 80, ese territorio mítico para los que fuimos baby-boomers de los 70. La novela nos cuenta las aventuras y desventuras de una familia de clase media de la época (sí, aquello era clase media aunque ahora no queramos ya acordarnos, quizás porque nos da vergüenza) narradas por el hijo mayor. De casas en las que nunca se tiraba nada, se zurcían calcetines, se remendaban las carteras del cole y se utilizaban yogurteras. De vacaciones en el pueblo porque ir a la playa era sólo para los ricos. De la peonza y de partidas de canicas (no vas a leer nada más trepidante este año que la partida de canicas contra el pringao del Espagueti), de la primera chica que te hace tilín y de ése mejor amigo del que te conoces hasta su color favorito. De donuts de azúcar en el recreo (el dónut de azúcar de Panrico es nuestra magdalena de Proust. No, mejor el de chocolate. No, el de azúcar. Bueno, los dos), de vídeos Betamax, del “Un, dos, tres”… La lista de referencias y guiños es interminable, pero el autor consigue encajar todo sin abrumar, sin amontonar detalles porque sí, sino siempre porque le van bien en ese momento al relato.
Pero es sobre todo el relato del fin de la infancia. De ese año, de esos momentos, en que sigues todavía haciendo cosas de niño (las chapas, ver Willy Fog…) pero en el que, horror, empiezas a entender a los mayores y sus mentiras. Esos momentos en que escuchas a hurtadillas sus conversaciones y empiezas a encajar las piezas. Porque sí, tú también cuentas de vez en cuando alguna mentira, engañas a mamá con las vueltas de la compra, tiras la merienda a escondidas porque el foigrás está asqueroso… pero esto es distinto. “Cómo ¿Los mayores también? Así que cuando mamá le decía a tía… y cuando papá volvía tarde… y cuando el abuelo no dejaba que le ayudáramos…era eso?” Pues sí, eso eran mentiras y escondían verdades horribles, decepciones y tristezas varias. Y duele, duele mucho descubrirlo. Pero, ay, eso es hacerse mayor.
Nostalgia de la buena, sin baboseos, ñoñerías, y sin eso tan rancio de “cualquier tiempo pasado fue mejor”. No, no va de eso. Va de mirar atrás con cariño aquello que fuimos y que nos acompaña todavía hoy (para bien).
Si viviste esos años, la novela es, sencillamente imprescindible (si no se te escapa una lagrimita en algunos momentos, es que no tienes corazón, sabandija asquerosa).

Una historia de una familia, el padre encuentra un trabajo de taxista, sorprende a su mujer con una sorpresa tapándola los ojos con una televisión en color, la tía Ana enamorada de Sean Connery, la idílica Silvia Novoa, el fiel escudero que es chispa y como sorpresas las que depara el padre taxista, los mitos caen y todo entre nostalgia, mucha… A disfrutar esta obra.

Opening this book is like immersing yourself fully in that childhood of the 80s full of Kojak chupachups, when one was happy because they gave Comando G on TV or they had not taken you to the polish to ask you about the list of tributaries.
In All the truth about the lies we witness the moment in which a child begins to discover that not everything that happens in his family is perfect, that his parents have many things to hide. The moment in which, in short, begins to stop being a child.
And it is narrated in a tender, moving way, that mixes hilarious moments in which you can not help laughing with others in which your heart shrinks. You immediately take a liking to that child protagonist who tells us in a naive way everything that happens to him, maybe because the author has managed to get reflected in the things that happen to him. Sometimes it seemed to me when I read it that the author had not invented anything, but had somehow managed to find out what was happening in my own home.
As the author explains in the final acknowledgments, the germ of this novel is in his previous book of stories “How a soap is made”. The main characters and plots of these stories are here corrected, augmented and improved, much improved. Come on, like Clint Eastwood doing “No Pardon” after “The Pale Horseman”.

The 80s, that mythical territory for which we were baby-boomers of the 70s. The novel tells us the adventures and misadventures of a middle-class family of the time (yes, that was middle class but now we do not want to remember, maybe because we are ashamed) narrated by the eldest son. From houses where nothing was ever thrown away, socks were sewed, school bags were patched and yogurt makers were used. On vacation in the village because going to the beach was only for the rich. Of the top and pieces of marbles (you will not read anything more exciting this year than the game of marbles against the Spaghetti pringao), the first girl that makes you dinky and that best friend you know of until his color Favourite. Of sugar donuts at recess (Panrico’s sugar donut is our Proust muffin, No, better than chocolate, No, sugar, well, both), from Betamax videos, from “One, two, three” “… The list of references and winks is endless, but the author manages to fit everything without overwhelming, without piling up details just because, but always because the story is going well at that moment.
But it is above all the story of the end of childhood. Of that year, of those moments, in which you are still doing things as a child (the plates, see Willy Fog …) but in which, horror, you begin to understand the elders and their lies. Those moments when you eavesdrop on their conversations and start to fit the pieces. Because yes, you also occasionally tell a lie, cheat Mom with the shopping spins, throw the snack away because the foigrás is disgusting … but this is different. “How do the older ones, too? So when mom told her aunt … and when dad was late … and when grandpa would not let her help … was that it?” Yes, they were lies and hid horrible truths, disappointments and various sorrows. And it hurts, it hurts a lot to find out. But, alas, that’s getting bigger.
Nostalgia for the good, without slobbering, banter, and without that so stale of “any past time was better”. No, it’s not about that. It’s about looking back fondly on what we were and that still accompanies us today (for good).
If you lived those years, the novel is, simply essential (if you do not miss a tear in some moments, is that you have no heart, disgusting filth).

A story of a family, the father finds a job as a taxi driver, surprises his wife with a surprise by covering his eyes with a color television, Aunt Ana in love with Sean Connery, the idyllic Silvia Novoa, the faithful squire who is sparkle and As surprises the father taxi driver, the myths fall and everything between nostalgia, a lot … To enjoy this work.

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