La Traición De La Libertad (Seis Enemigos De La Libertad Humana) — Isaiah Berlin

Este es un magnífico libro sobre las conversaciones del autor en la BBC. Los seis pensadores fueron hostiles a la libertad, sus doctrinas fueron (en ciertos aspectos obvios) una contradicción directa de ella, y su influencia sobre la humanidad no sólo en el siglo XIX sino particularmente en el XX.

Lo único que los hombres desean es el placer, y lo único que desean evitar es el dolor. La búsqueda del placer y la evitación del dolor son los únicos motivos que en realidad mueven a los hombres, así como se dice que la gravitación y otros principios físicos actúan sobre los cuerpos inanimados. Por fin hemos descubierto el principio central. Si deseáis saber qué es lo que causa que los seres humanos sean como son, que hace que sus caracteres sean lo que son, que hace que sus actos sean lo que son, que es responsable de sus amores y de sus odios, de sus pasiones y de sus ideas, de sus esperanzas y de sus temores, es esta búsqueda consciente o inconsciente del placer y de evitación del dolor.
Este descubrimiento emocionó mucho a Helvétius, porque creyó que realmente le había dado la clave de toda la vida social. No sólo daba la explicación de por qué los hombres se comportan como lo hacen, sino que también pareció dar la respuesta a la pregunta: “¿Cuáles son los fines propios del hombre?” Pues si los hombres son capaces de desear tan sólo el placer y evitar el dolor, absurdo resulta sugerir que deban desear algo distinto de lo que pueden desear.
“¿Por qué no son felices los hombres? ¿Por qué hay en la tierra tanta miseria, injusticia, incompetencia, ineficacia, brutalidad, tiranía, etcétera?” La respuesta es que los hombres no han sabido cómo obtener el placer, cómo evitar el dolor. No lo han sabido porque han sido ignorantes y porque han sido atemorizados. Han sido ignorantes y atemorizados porque los hombres no son buenos y sabios por naturaleza, y sus gobernantes, en el pasado, han tenido buen cuidado de que el numeroso rebaño de hombres a quienes gobernaban se mantuviera en una ignorancia artificial del buen funcionamiento de la naturaleza. Este es un caso deliberado de trapacería de parte de los gobernantes, de parte de los reyes, soldados y sacerdotes y otras autoridades a quienes las personas ilustradas del siglo XVIII tan enérgicamente condenaron. Los gobernantes tienen un interés en mantener a sus súbditos en tinieblas, porque de otra manera sería sumamente fácil exponer la injusticia.
Helvétius sostendría que todo lo que un ser humano necesite por naturaleza deberá serle dado por un Estado benévolo en que el legislador sea la principal fuerza motora, para él, la persistencia de unos derechos que son absolutos, que nada puede abolir, que están allí, les guste o no a los demás, que los haga felices o no, son, simplemente, otros tantos vestigios irracionales.
Esto es exactamente lo que después diría Bentham.

Rousseau no está a favor del sentimiento desenfrenado. Por el contrario, dice —y se apoya en una gran tradición filosófica— que los sentimientos separan a las personas, mientras que la razón las une. Los sentimientos a las sensaciones son subjetivos, individuales, varían de una persona a otra, de un país a otro, de un clima a otro, mientras que sólo la razón es una misma, en todos los hombres, y sólo ella es siempre correcta. De modo que esa célebre distinción, según la cual Rousseau es el profeta del sentimiento contra el frío racionalismo, es indudablemente falaz, como puede comprobarse en sus escritos.
Existen, según Rousseau, ciertas preguntas acerca de la moral y la política, acerca de cómo vivir, qué hacer, a quién obedecer, que han recibido muchas respuestas contradictorias por la acumulación de sentimientos humanos, prejuicios, supersticiones desencadenadas por varios factores causales —naturales— que han hecho que los hombres, a lo largo de los siglos, digan ora esto, ora lo otro. Pero si queremos encontrar verdaderas respuestas a estas preguntas, entonces ésta no es la manera de hacerlo. Debemos plantear las preguntas en términos tales que tengan respuesta, y eso puede hacerse sólo por medio de la razón.
Un hombre es alguien responsable de sus actos: capaz de hacer el bien y el mal, capaz de seguir el camino recto o el torcido. Si no es libre, esta distinción pierde todo sentido. Si un hombre no es libre, si un hombre no es responsable de lo que hace, si un hombre no hace lo que hace porque desee hacerlo, porque ésta es su meta humana y personal, porque de esta manera logra algo que él y no otro desea en ese momento… si no hace eso, no es, en absoluto, un ser humano, pues no tiene entonces responsabilidad. El concepto mismo de responsabilidad moral, que para Rousseau es la esencia del hombre, casi más que su razón, depende del hecho de que un hombre pueda elegir, elegir entre alternativas, elegir libremente entre ellas, sin ninguna coacción.
Si un hombre es coaccionado por alguien más, por un tirano o aun por circunstancias materiales, entonces es absurdo decir que él elige; para Rousseau, se convierte en una cosa, en un objeto de la naturaleza, en algo a lo que no se puede exigir responsabilidad.
Si un hombre sabe lo que lo dejará satisfecho, entonces está dotado de razón y la razón le da la respuesta a esta pregunta: “¿Qué debo buscar para que yo —para que mi naturaleza— quede plenamente satisfecho?” Lo que es cierto para un hombre racional será cierto para otros hombres racionales, así como, en el caso de las ciencias, lo que un científico descubre que es cierto será aceptado por otros científicos; de modo que si se ha llegado a la conclusión mediante un método válido basado en premisas auténticas, utilizando las reglas correctas, se puede estar seguro de que otras personas, si son racionales, llegarán a la misma solución; o, a la inversa, si alguien se siente seguro de la racionalidad de su pensamiento, pero otros llegan a una solución diferente, sólo esto muestra que no es posible que fueran racionales; y se puede, con toda tranquilidad, pasar por alto sus conclusiones.
La naturaleza es una armonía, entonces cualquier cosa que satisfaga a un hombre racional debe ser de tal índole que sea compatible, sea como fuere, con cualquier cosa que satisfaga a otro hombre racional. Rousseau sostiene que lo único necesario es que los hombres no busquen el tipo de fines que entran en conflicto con los fines de otros. ¿Por qué tienden hoy a buscar tales fines? Porque están corrompidos, porque no son racionales, porque no son naturales.

Fichte no dejaba de decir que la libertad era el único tema que en realidad le preocupaba: “Mi sistema, de principio a fin, es simplemente un análisis del concepto de libertad… ningún otro ingrediente entra en él”. Luego advierte al lector —y le advierte muy claramente—, insistiendo en que su doctrina es muy oscura y que los hombres ordinarios no comprenderán su lenguaje; que se necesita un acto especial de transformación o conversión o iluminación antes de poder comprender bien el significado más profundo de su inspirada locución.
Para los hombres [declara Fichte] de educación ordinaria, nuestra teoría filosófica deberá ser absolutamente ininteligible, pues el objeto de que habla no existe para ellos; no poseen esa facultad especial para la cual, y sólo para la cual, tiene existencia este objeto. Es como si alguien estuviese hablando a ciegos de nacimiento; a hombres que sólo por el tacto conocen las cosas y sus relaciones, y se les hablara acerca de los colores y las relaciones de colores.

Los seguidores de Hegel afirman que mientras que antes veían las cosas sólo desde el exterior, ahora las ven desde el interior. Mientras que antes veían tan sólo la superficie externa, la cáscara, ahora ven la esencia interior, el propósito interno, el fin esencial hacia el cual tienden las cosas. Poseen una visión “interna” opuesta a una “externa”, y esta diferencia entre lo externo y lo interno es vital para la comprensión de todo el sistema.
La historia es una gran marcha objetiva y cataclísmica, y quienes no la obedecen son borrados por ella. Pero ¿por qué hemos de condonar todas esas crueldades? ¿Por qué el simple hecho de que una cosa haya ocurrido del modo en que ocurrió la justifica automáticamente? ¿Estamos nosotros tanto en contra de los vencidos, de las víctimas de la historia, contra Don Quijote? ¿Contra quienes son aplastados por las ruedas del progreso? ¿Consideramos perverso de parte de Don Quijote que haya protestado contra la vulgaridad, la mezquindad, la inmoralidad, la insignificancia de los hechos, y que haya intentado, aunque absurdamente, levantar un ideal más noble? Hegel no ataca este problema. Para él, las visiones de los mártires no sólo son patéticos… El proceso universal es la encarnación de la razón —y cuando dice encarnación lo dice en el sentido literal— y oponerse a él es algo inmoral. Por consiguiente, Hegel desprecia a los utilitarios, a los sentimentales, a los confundidos y benévolos filántropos, a los que desean que la gente sea más feliz, los que se retuercen las manos cuando presencian las grandes tragedias, las revoluciones, las cámaras de gas, el aterrador sufrimiento por el que pasa la humanidad. Para Hegel, estas personas no sólo están lamentablemente ciegas ante el avance de la historia, sino que son positivamente inmorales porque tratan de resistir a lo que es objetivamente bueno enfrentándolo contra su bien subjetivo; y el bien subjetivo es como las matemáticas subjetivas, es un absurdo disparate. Puede obstruir el proceso durante un tiempo, pero acabará por ser derrotado y pulverizado.
Tan sólo el poder es lo que celebra Hegel en su oscura y semipoética prosa.
El verdadero error de Hegel fue suponer que todo el universo —absolutamente todo— era una especie de obra de arte, la cual se estaba creando a sí misma y, por consiguiente, que este tipo de terminología semibiológica, semimusical, era la que mejor la describía. Como resultado, impuso a la humanidad una gran cantidad de ideas erróneas. Por ejemplo: que los valores eran idénticos a los hechos y que lo que era bueno era lo que triunfaba, lo cual todas las personas con sensibilidad moral, mucho antes y después de su época, han rechazado, y lo han rechazado con razón. Su gran crimen fue haber creado una enorme mitología en que el Estado es una persona, y la historia es una persona, y hay una sola pauta que tan sólo la visión metafísica.

A Saint-Simon le obsesionó la idea de que era el gran Mesías nuevo, que al fin había llegado a salvar al mundo, y vivió en una época en que muchos tenían esa impresión particular. Nunca hubo un periodo que pudiera compararse con el final del siglo XVIII y el principio del XIX en la extraordinaria densidad de sus Mesías megalómanos. En ese periodo, todo el mundo parecía pensar que al fin había recibido ese poder único de penetración y de imaginación que estaba destinado a curar todos los males humanos.
Saint-Simon no sólo es el padre de los escritos históricos; al menos en Francia y, puede decirse, en toda la Europa occidental. También es el padre de lo que deseo llamar la interpretación tecnológica de la historia. Esto no es exactamente lo mismo que la interpretación materialista de la historia, que asociamos con el nombre de Marx, sino que se encuentra en sus raíces, y en ciertos aspectos es una visión mucho más original y sostenible. Saint-Simon es el primero en definir las clases en el sentido moderno, como entidades sociales económicas, dependientes de manera directa del progreso de la tecnología: el avance de la maquinaria, el adelanto de los modos en que la gente obtiene, distribuye y consume los productos. En resumen, Saint-Simon es el primero en llamar seriamente la atención hacia los factores económicos en la historia. Más aún, cada vez que se habla de una sociedad planeada, de una economía planeada, de una tecnocracia, de la necesidad de lo que los franceses llaman dirigisme, anti-laissez-faire.
Saint-Simon es uno de los más empecinados atacantes de tales lemas del siglo XVIII, como libertad civil, derechos humanos, derechos naturales, democracia, laissez-faire, individualismo o nacionalismo. Los ataca porque es el primero que ve —como los pensadores del siglo XVIII nunca vieron claramente— la incompatibilidad que existe entre la idea de que los sabios deben dirigir la sociedad y la idea de que el pueblo debe gobernarse a sí mismo; en suma, la incompatibilidad que hay entre una sociedad que es dirigida por un grupo de sabios, únicos que saben hacia cuál meta avanzar y cómo hacer que la humanidad avance hacia ella, y el concepto de que es mejor gobernarse a sí mismo, incluso que ser bien gobernado. Desde luego, él está en favor del buen gobierno. Pero tiene perfecta conciencia de que esto significa la imposibilidad del autogobierno.
¿Cuáles son los propósitos de la sociedad? Bueno, dice Saint-Simon, se nos dice que es el bien común, pero esto resulta muy vago. El propósito de la sociedad es el autodesarrollo, el propósito de la sociedad es: “La mejor aplicación, con objeto de satisfacer las necesidades humanas, del conocimiento adquirido por las ciencias, en las artes y en los oficios, la diseminación de este conocimiento y el desarrollo de la máxima acumulación de sus frutos, es decir, en la combinación más útil de todas las actividades separadas, en la esfera de las ciencias, las artes y los oficios”.
Saint-Simon no creía en las revoluciones, porque había visto una. Creía en los poderes de persuasión. Pero la revolución no tiene que ser el medio. Lo que más profundamente le preocupaba era que la humanidad misma debiera obtener, al fin, la satisfacción de sus deseos.

La doctrina fundamental de Maistre es ésta: la naturaleza tiene colmillos y garras, tintos en sangre, es un vasto escenario de matanza y destrucción. Los hombres del siglo XVIII se volvieron a la metafísica, a la lógica y hasta a la geometría para descubrir cómo era la naturaleza. Ésas no son las fuentes de nuestro conocimiento de ella. Si desean hablar acerca de la naturaleza, que lo hagan en serio. Hablan de utilizar la observación como arma, valiéndose de nuestros ojos, no aceptando muchas verdades dogmáticas simplemente porque muchos predicadores nos han hablado acerca de ellas. Muy bien, entonces, hay que tomarles la palabra. Contemplemos lo que ocurre a nuestro alrededor, dice Maistre; no leamos libros, miremos la naturaleza, mirémonos a nosotros mismos, estudiemos la historia, sí, y la zoología. Estas son las que nos guiarán a la naturaleza.
El hombre nace para amar. Es tierno, amable y bueno. ¿De dónde sale su furia divina? ¿Es la tierra laque pide sangre? Quisiéramos saber, dice Maistre, por qué las tropas en combate nunca, o muy raras veces, se rebelan contra las instrucciones de sus comandantes, que les ordenan exterminar a otros inocentes.
El hombre es vicioso, maligno, cobarde y malo. Lo que dice la Iglesia romana, lo que dice el cristianismo, acerca de la culpa original, del pecado original, es la visión psicológica más profunda en la naturaleza humana. Si se les deja solos a sus propios recursos, los seres humanos se desgarrarán mutuamente. Aquí, Maistre se opone por completo a su época: considera que los seres humanos, a menos que se les pongan grilletes y se les someta por medio de la disciplina más rígida posible, probablemente se destruirán unos a otros. Maistre cree que la naturaleza humana tiende, fundamentalmente, a autoaniquilarse, y necesita ser sometida y controlada. Lo único en que se puede confiar, lo único de que se puede depender no es creación del hombre, pues si es creación del hombre, igualmente puede ser deshecha por el hombre.
Maistre es el poder. Según él, el poder es divino. Es la fuente de toda vida, de toda acción. Es el factor supremo en el desarrollo de la humanidad, y todo el que sepa cómo ejercerlo adquiere el derecho de emplearlo. Por ello, es el instrumento elegido de Dios, en ese momento particular, para cumplir con su misterioso propósito. Reconocer el poder donde en realidad se encuentra —en instituciones antiguas, establecidas, socialmente creadas, y no hechas por la mano del hombre— es visión y sabiduría políticas y morales. Toda usurpación debe caer, a la postre, porque se burla de las leyes divinas del universo. Por tanto, el poder permanente sólo reside en el que es instrumento de dichas leyes. Resistir al poder es pueril y criminal, es una locura dirigida contra el futuro humano.
Lo que hizo tan fascinante a Maistre para los miembros de su propia generación fue que los obligó a contemplar el lado turbio de las cosas. Los sacó, por la fuerza, de su blando optimismo; de la psicología mecánica; de todos los tersos ideales del siglo XVIII, que habían sufrido tan abrumador desastre en la Revolución francesa. Al término de los periodos positivistas y optimistas de construcción humana, en que los hombres se levantan y dicen que están a punto de curar todos los males del mundo mediante alguna solución económica o social, que después no funciona, siempre hay una tendencia a la reacción de parte de la gente ordinaria, harta de tanto falso optimismo, de tanto pragmatismo, de tanto idealismo positivo, que quedan desacreditados simplemente al ser punzada la burbuja.

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