La Traición De La Libertad (Seis Enemigos De La Libertad Humana) — Isaiah Berlin / Freedom and Its Betrayal: Six Enemies of Human Liberty by Isaiah Berlin

Este es un magnífico libro sobre las conversaciones del autor en la BBC. Los seis pensadores fueron hostiles a la libertad, sus doctrinas fueron (en ciertos aspectos obvios) una contradicción directa de ella, y su influencia sobre la humanidad no sólo en el siglo XIX sino particularmente en el XX.

Lo único que los hombres desean es el placer, y lo único que desean evitar es el dolor. La búsqueda del placer y la evitación del dolor son los únicos motivos que en realidad mueven a los hombres, así como se dice que la gravitación y otros principios físicos actúan sobre los cuerpos inanimados. Por fin hemos descubierto el principio central. Si deseáis saber qué es lo que causa que los seres humanos sean como son, que hace que sus caracteres sean lo que son, que hace que sus actos sean lo que son, que es responsable de sus amores y de sus odios, de sus pasiones y de sus ideas, de sus esperanzas y de sus temores, es esta búsqueda consciente o inconsciente del placer y de evitación del dolor.
Este descubrimiento emocionó mucho a Helvétius, porque creyó que realmente le había dado la clave de toda la vida social. No sólo daba la explicación de por qué los hombres se comportan como lo hacen, sino que también pareció dar la respuesta a la pregunta: “¿Cuáles son los fines propios del hombre?” Pues si los hombres son capaces de desear tan sólo el placer y evitar el dolor, absurdo resulta sugerir que deban desear algo distinto de lo que pueden desear.
“¿Por qué no son felices los hombres? ¿Por qué hay en la tierra tanta miseria, injusticia, incompetencia, ineficacia, brutalidad, tiranía, etcétera?” La respuesta es que los hombres no han sabido cómo obtener el placer, cómo evitar el dolor. No lo han sabido porque han sido ignorantes y porque han sido atemorizados. Han sido ignorantes y atemorizados porque los hombres no son buenos y sabios por naturaleza, y sus gobernantes, en el pasado, han tenido buen cuidado de que el numeroso rebaño de hombres a quienes gobernaban se mantuviera en una ignorancia artificial del buen funcionamiento de la naturaleza. Este es un caso deliberado de trapacería de parte de los gobernantes, de parte de los reyes, soldados y sacerdotes y otras autoridades a quienes las personas ilustradas del siglo XVIII tan enérgicamente condenaron. Los gobernantes tienen un interés en mantener a sus súbditos en tinieblas, porque de otra manera sería sumamente fácil exponer la injusticia.
Helvétius sostendría que todo lo que un ser humano necesite por naturaleza deberá serle dado por un Estado benévolo en que el legislador sea la principal fuerza motora, para él, la persistencia de unos derechos que son absolutos, que nada puede abolir, que están allí, les guste o no a los demás, que los haga felices o no, son, simplemente, otros tantos vestigios irracionales.
Esto es exactamente lo que después diría Bentham.

Rousseau no está a favor del sentimiento desenfrenado. Por el contrario, dice —y se apoya en una gran tradición filosófica— que los sentimientos separan a las personas, mientras que la razón las une. Los sentimientos a las sensaciones son subjetivos, individuales, varían de una persona a otra, de un país a otro, de un clima a otro, mientras que sólo la razón es una misma, en todos los hombres, y sólo ella es siempre correcta. De modo que esa célebre distinción, según la cual Rousseau es el profeta del sentimiento contra el frío racionalismo, es indudablemente falaz, como puede comprobarse en sus escritos.
Existen, según Rousseau, ciertas preguntas acerca de la moral y la política, acerca de cómo vivir, qué hacer, a quién obedecer, que han recibido muchas respuestas contradictorias por la acumulación de sentimientos humanos, prejuicios, supersticiones desencadenadas por varios factores causales —naturales— que han hecho que los hombres, a lo largo de los siglos, digan ora esto, ora lo otro. Pero si queremos encontrar verdaderas respuestas a estas preguntas, entonces ésta no es la manera de hacerlo. Debemos plantear las preguntas en términos tales que tengan respuesta, y eso puede hacerse sólo por medio de la razón.
Un hombre es alguien responsable de sus actos: capaz de hacer el bien y el mal, capaz de seguir el camino recto o el torcido. Si no es libre, esta distinción pierde todo sentido. Si un hombre no es libre, si un hombre no es responsable de lo que hace, si un hombre no hace lo que hace porque desee hacerlo, porque ésta es su meta humana y personal, porque de esta manera logra algo que él y no otro desea en ese momento… si no hace eso, no es, en absoluto, un ser humano, pues no tiene entonces responsabilidad. El concepto mismo de responsabilidad moral, que para Rousseau es la esencia del hombre, casi más que su razón, depende del hecho de que un hombre pueda elegir, elegir entre alternativas, elegir libremente entre ellas, sin ninguna coacción.
Si un hombre es coaccionado por alguien más, por un tirano o aun por circunstancias materiales, entonces es absurdo decir que él elige; para Rousseau, se convierte en una cosa, en un objeto de la naturaleza, en algo a lo que no se puede exigir responsabilidad.
Si un hombre sabe lo que lo dejará satisfecho, entonces está dotado de razón y la razón le da la respuesta a esta pregunta: “¿Qué debo buscar para que yo —para que mi naturaleza— quede plenamente satisfecho?” Lo que es cierto para un hombre racional será cierto para otros hombres racionales, así como, en el caso de las ciencias, lo que un científico descubre que es cierto será aceptado por otros científicos; de modo que si se ha llegado a la conclusión mediante un método válido basado en premisas auténticas, utilizando las reglas correctas, se puede estar seguro de que otras personas, si son racionales, llegarán a la misma solución; o, a la inversa, si alguien se siente seguro de la racionalidad de su pensamiento, pero otros llegan a una solución diferente, sólo esto muestra que no es posible que fueran racionales; y se puede, con toda tranquilidad, pasar por alto sus conclusiones.
La naturaleza es una armonía, entonces cualquier cosa que satisfaga a un hombre racional debe ser de tal índole que sea compatible, sea como fuere, con cualquier cosa que satisfaga a otro hombre racional. Rousseau sostiene que lo único necesario es que los hombres no busquen el tipo de fines que entran en conflicto con los fines de otros. ¿Por qué tienden hoy a buscar tales fines? Porque están corrompidos, porque no son racionales, porque no son naturales.

Fichte no dejaba de decir que la libertad era el único tema que en realidad le preocupaba: “Mi sistema, de principio a fin, es simplemente un análisis del concepto de libertad… ningún otro ingrediente entra en él”. Luego advierte al lector —y le advierte muy claramente—, insistiendo en que su doctrina es muy oscura y que los hombres ordinarios no comprenderán su lenguaje; que se necesita un acto especial de transformación o conversión o iluminación antes de poder comprender bien el significado más profundo de su inspirada locución.
Para los hombres [declara Fichte] de educación ordinaria, nuestra teoría filosófica deberá ser absolutamente ininteligible, pues el objeto de que habla no existe para ellos; no poseen esa facultad especial para la cual, y sólo para la cual, tiene existencia este objeto. Es como si alguien estuviese hablando a ciegos de nacimiento; a hombres que sólo por el tacto conocen las cosas y sus relaciones, y se les hablara acerca de los colores y las relaciones de colores.

Los seguidores de Hegel afirman que mientras que antes veían las cosas sólo desde el exterior, ahora las ven desde el interior. Mientras que antes veían tan sólo la superficie externa, la cáscara, ahora ven la esencia interior, el propósito interno, el fin esencial hacia el cual tienden las cosas. Poseen una visión “interna” opuesta a una “externa”, y esta diferencia entre lo externo y lo interno es vital para la comprensión de todo el sistema.
La historia es una gran marcha objetiva y cataclísmica, y quienes no la obedecen son borrados por ella. Pero ¿por qué hemos de condonar todas esas crueldades? ¿Por qué el simple hecho de que una cosa haya ocurrido del modo en que ocurrió la justifica automáticamente? ¿Estamos nosotros tanto en contra de los vencidos, de las víctimas de la historia, contra Don Quijote? ¿Contra quienes son aplastados por las ruedas del progreso? ¿Consideramos perverso de parte de Don Quijote que haya protestado contra la vulgaridad, la mezquindad, la inmoralidad, la insignificancia de los hechos, y que haya intentado, aunque absurdamente, levantar un ideal más noble? Hegel no ataca este problema. Para él, las visiones de los mártires no sólo son patéticos… El proceso universal es la encarnación de la razón —y cuando dice encarnación lo dice en el sentido literal— y oponerse a él es algo inmoral. Por consiguiente, Hegel desprecia a los utilitarios, a los sentimentales, a los confundidos y benévolos filántropos, a los que desean que la gente sea más feliz, los que se retuercen las manos cuando presencian las grandes tragedias, las revoluciones, las cámaras de gas, el aterrador sufrimiento por el que pasa la humanidad. Para Hegel, estas personas no sólo están lamentablemente ciegas ante el avance de la historia, sino que son positivamente inmorales porque tratan de resistir a lo que es objetivamente bueno enfrentándolo contra su bien subjetivo; y el bien subjetivo es como las matemáticas subjetivas, es un absurdo disparate. Puede obstruir el proceso durante un tiempo, pero acabará por ser derrotado y pulverizado.
Tan sólo el poder es lo que celebra Hegel en su oscura y semipoética prosa.
El verdadero error de Hegel fue suponer que todo el universo —absolutamente todo— era una especie de obra de arte, la cual se estaba creando a sí misma y, por consiguiente, que este tipo de terminología semibiológica, semimusical, era la que mejor la describía. Como resultado, impuso a la humanidad una gran cantidad de ideas erróneas. Por ejemplo: que los valores eran idénticos a los hechos y que lo que era bueno era lo que triunfaba, lo cual todas las personas con sensibilidad moral, mucho antes y después de su época, han rechazado, y lo han rechazado con razón. Su gran crimen fue haber creado una enorme mitología en que el Estado es una persona, y la historia es una persona, y hay una sola pauta que tan sólo la visión metafísica.

A Saint-Simon le obsesionó la idea de que era el gran Mesías nuevo, que al fin había llegado a salvar al mundo, y vivió en una época en que muchos tenían esa impresión particular. Nunca hubo un periodo que pudiera compararse con el final del siglo XVIII y el principio del XIX en la extraordinaria densidad de sus Mesías megalómanos. En ese periodo, todo el mundo parecía pensar que al fin había recibido ese poder único de penetración y de imaginación que estaba destinado a curar todos los males humanos.
Saint-Simon no sólo es el padre de los escritos históricos; al menos en Francia y, puede decirse, en toda la Europa occidental. También es el padre de lo que deseo llamar la interpretación tecnológica de la historia. Esto no es exactamente lo mismo que la interpretación materialista de la historia, que asociamos con el nombre de Marx, sino que se encuentra en sus raíces, y en ciertos aspectos es una visión mucho más original y sostenible. Saint-Simon es el primero en definir las clases en el sentido moderno, como entidades sociales económicas, dependientes de manera directa del progreso de la tecnología: el avance de la maquinaria, el adelanto de los modos en que la gente obtiene, distribuye y consume los productos. En resumen, Saint-Simon es el primero en llamar seriamente la atención hacia los factores económicos en la historia. Más aún, cada vez que se habla de una sociedad planeada, de una economía planeada, de una tecnocracia, de la necesidad de lo que los franceses llaman dirigisme, anti-laissez-faire.
Saint-Simon es uno de los más empecinados atacantes de tales lemas del siglo XVIII, como libertad civil, derechos humanos, derechos naturales, democracia, laissez-faire, individualismo o nacionalismo. Los ataca porque es el primero que ve —como los pensadores del siglo XVIII nunca vieron claramente— la incompatibilidad que existe entre la idea de que los sabios deben dirigir la sociedad y la idea de que el pueblo debe gobernarse a sí mismo; en suma, la incompatibilidad que hay entre una sociedad que es dirigida por un grupo de sabios, únicos que saben hacia cuál meta avanzar y cómo hacer que la humanidad avance hacia ella, y el concepto de que es mejor gobernarse a sí mismo, incluso que ser bien gobernado. Desde luego, él está en favor del buen gobierno. Pero tiene perfecta conciencia de que esto significa la imposibilidad del autogobierno.
¿Cuáles son los propósitos de la sociedad? Bueno, dice Saint-Simon, se nos dice que es el bien común, pero esto resulta muy vago. El propósito de la sociedad es el autodesarrollo, el propósito de la sociedad es: “La mejor aplicación, con objeto de satisfacer las necesidades humanas, del conocimiento adquirido por las ciencias, en las artes y en los oficios, la diseminación de este conocimiento y el desarrollo de la máxima acumulación de sus frutos, es decir, en la combinación más útil de todas las actividades separadas, en la esfera de las ciencias, las artes y los oficios”.
Saint-Simon no creía en las revoluciones, porque había visto una. Creía en los poderes de persuasión. Pero la revolución no tiene que ser el medio. Lo que más profundamente le preocupaba era que la humanidad misma debiera obtener, al fin, la satisfacción de sus deseos.

La doctrina fundamental de Maistre es ésta: la naturaleza tiene colmillos y garras, tintos en sangre, es un vasto escenario de matanza y destrucción. Los hombres del siglo XVIII se volvieron a la metafísica, a la lógica y hasta a la geometría para descubrir cómo era la naturaleza. Ésas no son las fuentes de nuestro conocimiento de ella. Si desean hablar acerca de la naturaleza, que lo hagan en serio. Hablan de utilizar la observación como arma, valiéndose de nuestros ojos, no aceptando muchas verdades dogmáticas simplemente porque muchos predicadores nos han hablado acerca de ellas. Muy bien, entonces, hay que tomarles la palabra. Contemplemos lo que ocurre a nuestro alrededor, dice Maistre; no leamos libros, miremos la naturaleza, mirémonos a nosotros mismos, estudiemos la historia, sí, y la zoología. Estas son las que nos guiarán a la naturaleza.
El hombre nace para amar. Es tierno, amable y bueno. ¿De dónde sale su furia divina? ¿Es la tierra laque pide sangre? Quisiéramos saber, dice Maistre, por qué las tropas en combate nunca, o muy raras veces, se rebelan contra las instrucciones de sus comandantes, que les ordenan exterminar a otros inocentes.
El hombre es vicioso, maligno, cobarde y malo. Lo que dice la Iglesia romana, lo que dice el cristianismo, acerca de la culpa original, del pecado original, es la visión psicológica más profunda en la naturaleza humana. Si se les deja solos a sus propios recursos, los seres humanos se desgarrarán mutuamente. Aquí, Maistre se opone por completo a su época: considera que los seres humanos, a menos que se les pongan grilletes y se les someta por medio de la disciplina más rígida posible, probablemente se destruirán unos a otros. Maistre cree que la naturaleza humana tiende, fundamentalmente, a autoaniquilarse, y necesita ser sometida y controlada. Lo único en que se puede confiar, lo único de que se puede depender no es creación del hombre, pues si es creación del hombre, igualmente puede ser deshecha por el hombre.
Maistre es el poder. Según él, el poder es divino. Es la fuente de toda vida, de toda acción. Es el factor supremo en el desarrollo de la humanidad, y todo el que sepa cómo ejercerlo adquiere el derecho de emplearlo. Por ello, es el instrumento elegido de Dios, en ese momento particular, para cumplir con su misterioso propósito. Reconocer el poder donde en realidad se encuentra —en instituciones antiguas, establecidas, socialmente creadas, y no hechas por la mano del hombre— es visión y sabiduría políticas y morales. Toda usurpación debe caer, a la postre, porque se burla de las leyes divinas del universo. Por tanto, el poder permanente sólo reside en el que es instrumento de dichas leyes. Resistir al poder es pueril y criminal, es una locura dirigida contra el futuro humano.
Lo que hizo tan fascinante a Maistre para los miembros de su propia generación fue que los obligó a contemplar el lado turbio de las cosas. Los sacó, por la fuerza, de su blando optimismo; de la psicología mecánica; de todos los tersos ideales del siglo XVIII, que habían sufrido tan abrumador desastre en la Revolución francesa. Al término de los periodos positivistas y optimistas de construcción humana, en que los hombres se levantan y dicen que están a punto de curar todos los males del mundo mediante alguna solución económica o social, que después no funciona, siempre hay una tendencia a la reacción de parte de la gente ordinaria, harta de tanto falso optimismo, de tanto pragmatismo, de tanto idealismo positivo, que quedan desacreditados simplemente al ser punzada la burbuja.

This is a great book about the author’s conversations on the BBC. The six thinkers were hostile to freedom, their doctrines were (in some obvious ways) a direct contradiction of it, and their influence on humanity not only in the nineteenth century but particularly in the twentieth.

The only thing that men want is pleasure, and the only thing they want to avoid is pain. The search for pleasure and the avoidance of pain are the only reasons that actually move men, just as it is said that gravitation and other physical principles act on inanimate bodies. We have finally discovered the central principle. If you want to know what it is that causes human beings to be what they are, what makes their characters what they are, what makes their actions what they are, what is responsible for their loves and their hatreds, their passions and of his ideas, his hopes and his fears, is this conscious or unconscious search for pleasure and avoidance of pain.
This discovery moved Helvétius a lot, because he believed that it had really given him the key to all social life. Not only did he give the explanation of why men behave as they do, but he also seemed to give the answer to the question: “What are the proper ends of man?” For if men are able to desire only pleasure and avoiding pain, it is absurd to suggest that they should desire something other than what they may desire.
“Why are not men happy? Why is there so much misery on the earth, injustice, incompetence, inefficiency, brutality, tyranny, etc.? The answer is that men have not known how to get pleasure, how to avoid pain. They have not known because they have been ignorant and because they have been frightened. They have been ignorant and frightened because men are not good and wise by nature, and their rulers, in the past, have taken good care that the numerous flock of men they governed were kept in an artificial ignorance of the proper functioning of nature. . This is a deliberate case of chicanery on the part of the rulers, on the part of the kings, soldiers and priests and other authorities whom the enlightened people of the eighteenth century so strongly condemned. The rulers have an interest in keeping their subjects in darkness, because otherwise it would be extremely easy to expose injustice.
Helvétius would argue that everything a human being needs by nature should be given by a benevolent State in which the legislator is the main driving force, for him, the persistence of rights that are absolute, that nothing can abolish, that are there, Whether others like it or not, whether it makes them happy or not, they are simply other irrational traces.
This is exactly what Bentham would say next.

Rousseau is not in favor of unrestrained feeling. On the contrary, he says – and relies on a great philosophical tradition – that feelings separate people, while reason unites them. Feelings to sensations are subjective, individual, vary from one person to another, from one country to another, from one climate to another, while only the reason is the same, in all men, and only it is always correct. So that famous distinction, according to which Rousseau is the prophet of feeling against cold rationalism, is undoubtedly fallacious, as can be seen in his writings.
There are, according to Rousseau, certain questions about morality and politics, about how to live, what to do, who to obey, that have received many contradictory responses by the accumulation of human feelings, prejudices, superstitions unleashed by various causal factors -natural – that have caused men, throughout the centuries, to say this, now the other. But if we want to find true answers to these questions, then this is not the way to do it. We must ask the questions in terms that have an answer, and that can be done only by reason.
A man is someone responsible for his actions: capable of doing good and evil, capable of following the straight or crooked path. If it is not free, this distinction loses all meaning. If a man is not free, if a man is not responsible for what he does, if a man does not do what he does because he wants to do it, because this is his human and personal goal, because in this way he achieves something that he and not another he wants at that moment … if he does not do that, he is not, at all, a human being, because he has no responsibility at that time. The very concept of moral responsibility, which for Rousseau is the essence of man, almost more than his reason, depends on the fact that a man can choose, choose between alternatives, choose freely among them, without any coercion.
If a man is coerced by someone else, by a tyrant or even by material circumstances, then it is absurd to say that he chooses; for Rousseau, it becomes a thing, an object of nature, something to which responsibility can not be demanded.
If a man knows what will satisfy him, then he is endowed with reason and reason gives him the answer to this question: “What should I look for so that I -for my nature- be fully satisfied?” What is true for a rational man will be true for other rational men, just as, in the case of the sciences, what a scientist discovers to be true will be accepted by other scientists; so that if the conclusion has been reached by a valid method based on authentic premises, using the correct rules, you can be sure that other people, if they are rational, will arrive at the same solution; or, conversely, if someone feels certain of the rationality of their thinking, but others arrive at a different solution, only this shows that it is not possible for them to be rational; and you can, quite calmly, ignore your conclusions.
Nature is a harmony, so anything that satisfies a rational man must be of such a nature that it is compatible, whatever it may be, with anything that satisfies another rational man. Rousseau argues that the only thing necessary is for men not to seek the kind of ends that conflict with the ends of others. Why do you tend today to seek such ends? Because they are corrupt, because they are not rational, because they are not natural.

Fichte kept saying that freedom was the only issue that really worried him: “My system, from beginning to end, is simply an analysis of the concept of freedom … no other ingredient enters it”. Then he warns the reader-and warns him very clearly-insisting that his doctrine is very obscure and that ordinary men will not understand his language; that you need a special act of transformation or conversion or enlightenment before you can fully understand the deeper meaning of your inspired speech.
For men [declares Fichte] of ordinary education, our philosophical theory must be absolutely unintelligible, since the object of which he speaks does not exist for them; they do not possess that special faculty for which, and only for which, this object exists. It’s as if someone is talking blind from birth; to men who only by touch know things and their relationships, and talk about colors and color relations.

The followers of Hegel affirm that whereas previously they saw the things only from the outside, now they see them from the interior. Whereas before you saw only the outer surface, the shell, you now see the inner essence, the internal purpose, the essential purpose toward which things tend. They have an “internal” vision opposed to an “external” one, and this difference between the external and the internal is vital for the understanding of the whole system.
History is a great objective and cataclysmic march, and those who do not obey it are erased by it. But why should we forgive all these cruelties? Why the simple fact that something has happened in the way it happened automatically justifies it? Are we so against the vanquished, the victims of history, against Don Quixote? Against those who are crushed by the wheels of progress? Do we consider perverse on Don Quixote’s part that he has protested against vulgarity, pettiness, immorality, the insignificance of facts, and that he has tried, albeit absurdly, to raise a nobler ideal? Hegel does not attack this problem. For him, the visions of the martyrs are not only pathetic … The universal process is the embodiment of reason – and when he says incarnation he says it in the literal sense – and to oppose it is something immoral. Consequently, Hegel despises the utilitarian, the sentimental, the confused and benevolent philanthropists, those who want people to be happier, those who wring their hands when they witness the great tragedies, the revolutions, the gas chambers , the terrifying suffering through which humanity passes. For Hegel, these people are not only unfortunately blind to the advance of history, but they are positively immoral because they try to resist what is objectively good against their subjective good; and the subjective good is like subjective mathematics, it is absurd nonsense. It can obstruct the process for a while, but it will end up being defeated and pulverized.
Only power is what Hegel celebrates in his obscure and semi-poetic prose.
Hegel’s real mistake was to assume that the entire universe – absolutely everything – was a kind of work of art, which was creating itself and, therefore, that this kind of semibiological, semimusical terminology was the best I described. As a result, he imposed a lot of misconceptions on humanity. For example: that the values ​​were identical to the facts and that what was good was what triumphed, which all people with moral sensibility, long before and after their time, have rejected, and have rejected it with reason. His great crime was to have created a huge mythology in which the State is a person, and history is a person, and there is only one guideline that only the metaphysical vision.

Saint-Simon was obsessed with the idea that he was the great new Messiah, who had finally come to save the world, and lived in a time when many had that particular impression. There was never a period that could be compared to the end of the eighteenth century and the beginning of the nineteenth century in the extraordinary density of its megalomaniac Messiahs. In that period, everyone seemed to think that he had finally received that unique power of penetration and imagination that was destined to cure all human ills.
Saint-Simon is not only the father of historical writings; at least in France and, it may be said, in all of Western Europe. He is also the father of what I want to call the technological interpretation of history. This is not exactly the same as the materialist interpretation of history, which we associate with Marx’s name, but it is rooted in it, and in certain respects it is a much more original and sustainable vision. Saint-Simon is the first to define classes in the modern sense, as social economic entities, directly dependent on the progress of technology: the advancement of machinery, the advancement of the ways in which people obtain, distribute and consume the products. In short, Saint-Simon is the first to seriously call attention to economic factors in history. Moreover, every time there is talk of a planned society, a planned economy, a technocracy, the need for what the French call dirigisme, anti-laissez-faire.
Saint-Simon is one of the most stubborn attackers of such slogans of the eighteenth century, such as civil liberty, human rights, natural rights, democracy, laissez-faire, individualism or nationalism. He attacks them because he is the first to see – as the eighteenth-century thinkers never saw clearly – the incompatibility that exists between the idea that the wise should lead society and the idea that the people should govern themselves; in short, the incompatibility that exists between a society that is directed by a group of wise people, only ones that know which goal to advance and how to make humanity advance towards it, and the concept that it is better to govern oneself, even that be well governed. Of course, he is in favor of good government. But he is perfectly aware that this means the impossibility of self-government.
What are the purposes of society? Well, says Saint-Simon, we are told that it is the common good, but this is very vague. The purpose of society is self-development, the purpose of society is: “The best application, in order to satisfy human needs, the knowledge acquired by the sciences, in the arts and crafts, the dissemination of this knowledge and the development of the maximum accumulation of its fruits, that is, in the most useful combination of all the separate activities, in the sphere of sciences, arts and crafts “.
Saint-Simon did not believe in revolutions, because he had seen one. He believed in the powers of persuasion. But the revolution does not have to be the means. What worried him most deeply was that humanity itself must obtain, at last, the satisfaction of its desires.

The fundamental doctrine of Maistre is this: nature has fangs and claws, red in blood, it is a vast scene of slaughter and destruction. The men of the eighteenth century turned to metaphysics, logic and even geometry to discover what nature was like. Those are not the sources of our knowledge of her. If you want to talk about nature, let them do it seriously. They talk about using observation as a weapon, using our eyes, not accepting many dogmatic truths simply because many preachers have told us about them. Very well, then, you have to take them at your word. Let’s contemplate what happens around us, says Maistre; do not read books, look at nature, look at ourselves, study history, yes, and zoology. These are the ones that will guide us to nature.
Man is born to love. He is tender, kind and good. Where does his divine fury come from? Is the earth laque asking for blood? We would like to know, says Maistre, why the troops in combat never, or very rarely, rebel against the instructions of their commanders, who order them to exterminate other innocents.
Man is vicious, malignant, cowardly and evil. What the Roman Church says, what Christianity says, about original guilt, original sin, is the deepest psychological view in human nature. If they are left alone to their own resources, human beings will tear each other apart. Here, Maistre is completely opposed to her time: she considers that human beings, unless they are shackled and subjected to the most rigid discipline possible, will probably destroy each other. Maistre believes that human nature tends, fundamentally, to self-annihilate, and needs to be subdued and controlled. The only thing that can be trusted, the only thing that can be depended on is not the creation of man, because if it is man’s creation, it can also be undone by man.
Maistre is the power. According to him, power is divine. It is the source of all life, of all action. It is the supreme factor in the development of humanity, and anyone who knows how to exercise it acquires the right to use it. Therefore, it is the chosen instrument of God, at that particular moment, to fulfill its mysterious purpose. Recognizing the power where it really is – in ancient institutions, established, socially created, and not made by the hand of man – is political and moral vision and wisdom. All usurpation must fall, ultimately, because it mocks the divine laws of the universe. Therefore, the permanent power only resides in the one that is an instrument of said laws. Resisting power is childish and criminal, it is madness directed against the human future.
What made Maistre so fascinating to members of his own generation was that he forced them to contemplate the murky side of things. He pulled them out, by force, from his soft optimism; of mechanical psychology; of all the smooth ideals of the eighteenth century, which had suffered such an overwhelming disaster in the French Revolution. At the end of positivist and optimistic periods of human construction, in which men get up and say they are about to cure all the ills of the world through some economic or social solution, which then does not work, there is always a tendency to reaction on the part of ordinary people, fed up with so much false optimism, with so much pragmatism, with so much positive idealism, that they are discredited simply by being punctured by the bubble.

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