Los Últimos Españoles De Mathausen — Carlos Hernández De Miguel / The Last Spaniards In Mathausen by Carlos Hernández De Miguel

Esta obra combina unos capítulos de ensayo histórico con relatos basados en la experiencia de los supervivientes. Se lee fácil y ofrece una visión global de cómo funcionaban los campos de concentración, al tiempo que extiende la responsabilidad de los que sucedió mucho más allá del regimen nazi. Recomendable para interesados en la temática, puede resultar aburrido para el resto.

El recorrido histórico que hace Carlos Hernández de esos 6 años (39–45) te acerca al sufrimiento extremo de quienes lo pasaron, pero también nos deja increíbles muestras de humanidad y de solidaridad entre los españoles que allí estuvieron.
El relato minucioso de los campos, los barracones, la cantera, los kapos, los campos de mujeres, hacen del libro una lectura intensa, seria y profunda sobre el tema.
El autor no se queda en historias personales y trata de hacer entender otras implicaciones económicas, políticas de las que no se suele hablar en estos libres, y que ayudan a entender la magnitud de lo que ocurrió y las causas de por qué no se solucionó con anterioridad.
Tampoco deja de lado el papel de los aliados en los momentos de la liberación y de los soviéticos en los meses posteriores. Por supuesto deja constancia, incluso documental, del comportamiento del régimen franquista y todos los movimientos durante muchos años orientados a su olvido, negación y consentimiento de lo que les pasó.
No se puede olvidar el pasado, para que no vuelva a repetirse. Sin duda es una novela que se puede leer pero tampoco me parece de las mejores aunque interesante.

La vida de Virgilio es la historia de la deportación española. El camino que condujo a algo más de 9.000 hombres y mujeres hasta los campos de la muerte comenzó en los pueblos, las ciudades, los campos y las montañas de España. Cada uno con sus propias singularidades, los futuros deportados eran personas muy comprometidas políticamente, como lo fue la mayoría de su generación. Campesinos, pastores, zapateros y también profesores, artistas y profesionales ilustrados: todos ellos habían visto en la joven República la respuesta a muchos de sus sueños de libertad e igualdad. Esa fue la razón por la que el 18 de julio de 1936 no dudaron en tomar las armas para hacer frente a la rebelión de una parte del Ejército, comandada por el general Franco.
La presencia de españoles en los campos de concentración nazis no se puede entender sin analizar el comportamiento de nuestro vecino del norte. Francia jugó un papel decisivo desde el origen de toda la historia, en julio de 1936, hasta su triste desenlace. La nación de la «Libertad, igualdad y fraternidad» jugó, paradójicamente, a favor de Franco durante buena parte de la guerra, después maltrató al medio millón de refugiados republicanos y, finalmente, colaboró con Hitler en la deportación de miles de ellos. Esta actitud no fue compartida por un amplio porcentaje de la población gala, pero sí contó con el apoyo de los sectores más poderosos de su sociedad.
La Francia de mediados de los años 30 sufría las convulsiones políticas, económicas y sociales que azotaban al resto de Europa. El país, que vivía una profunda crisis económica, se encontraba dividido entre quienes temían al comunismo y los que alertaban sobre el creciente auge del fascismo. Cuando Franco levantó a parte del Ejército para acabar con la joven democracia española, todo apuntaba a que el recién elegido Gobierno francés se pondría decididamente del lado de la República. En las elecciones celebradas en mayo de 1936, el triunfo había una coalición llamada, al igual que en España, Frente Popular. Sin embargo, la variopinta composición de ese conglomerado de formaciones políticas que aglutinaba a partidos ideológicamente contrapuestos como el Socialista, el Comunista o el Radical de tendencia conservadora, hizo naufragar su proyecto desde el primer momento. Sus peleas internas fueron constantes y marcaron el breve mandato del primer ministro socialista Léon Blum.
Tras el inicio del golpe de Estado en España, Blum anunció su apoyo a la República y su intención de venderle armamento. Las presiones de sus compañeros de coalición, de la oposición derechista y del Reino Unido le llevaron a dar marcha atrás en su decisión.

La actitud de Daladier en esos días de febrero de 1939: «La evacuación de los republicanos españoles de Cataluña no se denominó “la retirada” por casualidad. Retirada es un término militar, una estrategia para poder continuar luchando. Y eso es lo que querían hacer, retirarse a Francia para volver a combatir a España. Ya lo habían hecho en el 37 cuando las tropas franquistas conquistaron el norte peninsular y tuvieron que huir a Francia para después regresar a Cataluña. Pero, esta vez, las autoridades francesas se lo impidieron. Por eso separaron a las familias cuando llegaron a la frontera. Por un lado los heridos, las mujeres, los viejos y los niños; por el otro los hombres de más de 15 o 16 años. Todos los que podían y querían regresar a España fueron encerrados en los campos, tras las alambradas y vigilados estrechamente por soldados senegaleses. Impidieron que esa juventud pudiera seguir luchando. Paralelamente, la III República francesa se apresuró a reconocer al Gobierno de Franco y le entregó los vehículos y las armas de los combatientes republicanos. También se negó a permitir que el Gobierno democrático español dispusiera del oro que el Banco de España tenía en Mont de Marsan.

El llamado «convoy de los 927» fue un caso excepcional en la historia de la deportación española al tratarse del único en el que se transportó a familias enteras con ancianos, mujeres y niños. En el resto de los convoyes viajaron, entre agosto de 1940 y mediados de 1942, grupos de hombres. Se trataba de aquellos miles de republicanos capturados por los alemanes durante la ocupación de Francia, que habían permanecido confinados hasta entonces en los campos de prisioneros de guerra. Un número inferior, pero que también se cuenta por millares, de españoles y españolas miembros de la Resistencia, llegaría a los campos entre 1943 y el final de la guerra. El viaje de todos ellos fue, si cabe, aún más dramático que el que sufrieron los pasajeros de Angulema. Las condiciones que padecieron, durante días, en el interior de los vagones provocaron numerosísimas muertes.
El martirio comenzaba en el mismo momento de embarcar.
Los españoles que pasaron por los campos, de los que hay constancia documental, ascienden a 9.328. De ellos murieron 5.185, sobrevivieron 3.809 y constan como desaparecidos 334. Estos datos representan una tasa de mortalidad del 59%. Ese índice general se eleva hasta el 64% cuando nos fijamos en las cifras de Mauthausen: 7.532 hombres, mujeres y niños internados en el campo central o en algunos de sus subcampos, de los que murieron 4.816.

¿Es posible que Franco no conociera la existencia de los campos de concentración nazis y lo que en ellos ocurría? ¿Resulta factible que Alemania enviara a miles de prisioneros españoles a Mauthausen sin el consentimiento de Madrid? ¿Pudo ignorar el Gobierno español que el Reich perseguía y exterminaba masivamente a millones de judíos, gitanos, homosexuales y disidentes políticos? La documentación existente demuestra que la respuesta es la misma para las tres preguntas: no, no y no.
El régimen franquista hizo un seguimiento constante de la suerte que corrían tanto los «rojos» que se encontraban exiliados en Francia como los miles de judíos sefardíes que eran perseguidos en toda Europa. Los servicios de seguridad español y alemán mantuvieron un intercambio de información constante y colaboraron en diversos países para perseguir a disidentes políticos. En España, la Gestapo actuó con total impunidad, mientras que en Francia colaboró con la policía franquista en la búsqueda y captura de los dirigentes republicanos que permanecían allí refugiados. La estrategia represiva y los objetivos a eliminar fueron compartidos por ambos regímenes.

1941 y 1942 fueron los «años de plomo» en Mauthausen y Gusen. El 90% de los españoles que perdieron la vida en estos campos lo hicieron durante este bienio negro. Como explica el historiador Benito Bermejo, «la mayoría de ellos sucumbió bajo un triángulo formado por la falta de alimentos, la ausencia de higiene y el esfuerzo físico». Todo ello, eso sí, acompañado de un amplio repertorio de métodos de exterminio y de torturas.
El castigo más frecuente y el que primero sufrieron los republicanos fue el azotamiento público. Los reos, apoyados en un reclinatorio diseñado especialmente para tal fin, se bajaban los pantalones y, dependiendo de la gravedad de la falta cometida, recibían 25, 50 y hasta 75 latigazos en las nalgas. Josep Figueras lo padeció en varias ocasiones: «Te pegaban por cualquier cosa. Te daban con una goma en el culo y tenías que ir contando los golpes en voz alta y en alemán hasta llegar al 25. Si te descontabas, te equivocabas o te perdías, volvían a empezar. Nunca olvidaré cómo se decían los números en alemán».
La esterilización forzosa de personas que padecieran: «1. Deficiencia mental congénita; 2. Esquizofrenia; 3. Depresión maniaca; 4. Epilepsia hereditaria; 5. Baile de San Vito hereditario (enfermedad de Huntington); 6. Ceguera hereditaria; 7. Sordera hereditaria; 8. Serias deformidades físicas hereditarias. Además, cualquiera que sufra alcoholismo crónico puede ser esterilizado».
Se abrieron por todo el país dos centenares de cortes eugenésicas para estudiar y aprobar las operaciones de esterilización. Los médicos y enfermeros fueron obligados a denunciar ante las autoridades a aquellos pacientes afectados por la ley. Durante el primer año de su entrada en vigor las cortes eugenésicas ordenaron la esterilización de 62.463 personas. Diez años después, tras la finalización de la guerra, las víctimas sometidas a este tipo de prácticas ascendían a cerca de 300.000. Hitler no fue, en cualquier caso, el ideólogo de las leyes eugenésicas. La inspiración le había llegado desde la orilla oeste del océano Atlántico. A comienzos de los años 30, la mitad de los Estados Unidos contaba con una legislación que autorizaba la esterilización forzosa de discapacitados, delincuentes sexuales y enfermos mentales.

Los últimos días de cautiverio en Mauthausen fueron inquietantes y extraños. La campana que anunciaba el comienzo de la jornada dejó de sonar. Manuel Alfonso fue de los pocos que siguió acudiendo a su puesto de trabajo: «Nos quedábamos más tiempo en la cama pero seguíamos trabajando. Yo no sé cuándo dejaron de hacerlo los demás. Nosotros, los que estábamos en la oficina de arquitectos seguimos yendo hasta el último momento. Estábamos mejor allí. Yo me dedicaba a hacer dibujos para mí. Un día, el oficial SS que estaba al mando me mandó hacer un paquete con las cosas de valor para llevárselas a su casa».
Según el testimonio del español Ramón Bargueño, un amplio grupo de oficiales celebró una fiesta de despedida la noche del 2 de mayo. Al día siguiente los SS comenzaron a marcharse. Querían que la derrota final les sorprendiera en el frente y, de esta manera, que los aliados les identificaran como combatientes y no como guardianes de los campos de la muerte. Los oficiales de mayor rango sabían que su futuro era mucho más complicado. Algunos huyeron vestidos de paisano, mientras que otros lucieron orgullosos sus mejores galas hasta el último momento.
La liberación no fue fruto de una planificada operación de rescate, sino un hecho casual y fortuito. El sargento Albert J. Kosiek dirigía uno de los pelotones de reconocimiento de la 11 División Acorazada del Ejército norteamericano, conocida con el sobrenombre de Thunderbolt. El pelotón estaba formado por 23 hombres que se repartían entre cuatro jeeps y tres vehículos blindados. La misión que se les había asignado en esa mañana del 5 de mayo de 1945 era reconocer el estado de un puente ubicado en la zona de St. Georgen.

Los cuarenta años que duró la dictadura franquista hizo que, en su patria, los deportados españoles fueran simples fantasmas. Su existencia no constaba en los libros ni era mencionada por los medios de comunicación. Los historiadores del régimen demostraron una gran habilidad e imaginación para reescribir los hechos ocurridos a partir de 1931. Durante décadas los libros de texto de las escuelas enseñaban que la República solo era «una España mal gobernada, en la que todos los días había tiros por las calles y se quemaban las iglesias». Como es lógico, ante esa terrible situación: «El general Franco se sublevó con el ejército y después de tres años de guerra logró vencer a los enemigos de nuestra patria». Después de tan rotundo éxito, «los españoles nombraron a Franco Jefe o Caudillo y desde el año 1936 gobierna a España».
En las populares enciclopedias, el apoyo del régimen franquista a Hitler durante la Guerra Mundial, División Azul incluida, pasó a ser una hábil estrategia del «Caudillo» para evitar que nuestro país entrara en la contienda. Los maquis solo fueron salteadores de caminos en una España próspera en la que jamás hubo fusilamientos masivos, campos de concentración, niños robados y, mucho menos, decenas de miles de personas enterradas en las cunetas. Si bien el derroche de cinismo e inventiva parecían no tener fin, no hubo manipulación posible capaz de explicar las razones por las que más de 9.000 españoles acabaron recluidos en los campos de concentración nazis. No eran muchos, así que lo mejor fue ignorar su existencia.
La muerte del dictador y la reinstauración de la democracia no vinieron acompañadas de la imprescindible revisión histórica y de la reparación a las víctimas.

España sigue sin tener una política de Memoria. La famosa Ley de Memoria está muerta. Es muy limitada y ni siquiera se ha llegado a aplicar. Hay un dato que no podemos pasar por alto y que es muy relevante. España, con los gobiernos del PP y del PSOE, se ha comportado como un delincuente internacional. Se han desobedecido las leyes internacionales. La legislación obliga, por ejemplo, a abrir las fosas comunes y recuperar los cuerpos de los desaparecidos. Pero España no cumple y sigue permitiendo que, como mínimo, 136.000 desaparecidos yazcan como perros bajo toneladas de tierra».
Eduardo Escot quiere remarcar cuál es su mayor deseo: «Debe quedar claro en el futuro y en la historia que los fascistas mandados por Franco hicieron una cosa injusta. Declararon la guerra a España entera y a la democracia entera». Ese es el único reconocimiento que pide Escot. Por lo demás se siente recompensado con el caluroso homenaje que le brindó, hace unos años, su amado pueblo de Olvera. A falta de respuestas a nivel estatal, algunos municipios y Comunidades Autónomas, generalmente gobernados por la izquierda, sí han rendido tributo a los deportados.
En el caso de España y de Francia, la lucha contra el olvido corre a cargo de las Asociaciones de Memoria Histórica y, muy especialmente, de las dos «amicales» de Mauthausen en las que se agrupan los pocos deportados que siguen con vida, sus familiares y amigos. Tras la liberación, la mayoría de los españoles se unió a los deportados franceses para constituir la «Amicale de Mauthausen» de París. A través de una suscripción popular consiguió los fondos para levantar en 1962, frente a la puerta principal de Mauthausen, el monumento que recuerda a los españoles deportados en el campo. Precisamente ese año, se creó de forma clandestina en España la Amical de Mauthausen y otros campos y de todas las víctimas del nazismo de España. Durante los duros años del franquismo estas dos organizaciones, junto a las dos asociaciones políticas de los deportados, la FEDIP y la FNDIRP, fueron las únicas voces de las víctimas del nazismo. Hoy, las dos «amicales» trabajan coordinadas desde Francia y España por mantener viva su memoria. Buena parte de su tarea se centra en informar y concienciar a las nuevas generaciones de europeos.
La Amical española solo cuenta con el apoyo institucional, ya sea moral o económico, de un reducido grupo de ayuntamientos catalanes: Barcelona, Santa Coloma de Gramenet, Vilafranca del Penedès, Vilanova i la Geltrú, Sant Celoni y Manresa. La falta de ayudas la suple con el trabajo de sus socios y voluntarios.

This work combines some chapters of historical essay with stories based on the experience of the survivors. It reads easily and offers a global view of how concentration camps functioned, while extending the responsibility of those who happened far beyond the Nazi regime. Recommended for those interested in the subject, it can be boring for the rest.

The historical journey made by Carlos Hernández of those 6 years (39-45) brings you closer to the extreme suffering of those who passed it, but it also leaves us incredible signs of humanity and solidarity among the Spaniards who were there.
The detailed account of the fields, the barracks, the quarry, the kapos, the women’s camps, make the book an intense, serious and profound reading on the subject.
The author does not remain in personal stories and tries to make understand other economic implications, policies that are not usually talked about in these free, and that help to understand the magnitude of what happened and the reasons why it was not solved with anteriority.
Nor does it leave aside the role of the allies in the moments of liberation and of the Soviets in the following months. Of course it leaves evidence, even documentary, of the behavior of the Franco regime and all movements for many years aimed at their oblivion, denial and consent of what happened to them.
You can not forget the past, so that it does not happen again. Without a doubt it is a novel that can be read but it also does not seem to me to be the best, although interesting.

The life of Virgilio is the history of the Spanish deportation. The road that led to more than 9,000 men and women to the death camps began in the towns, cities, fields and mountains of Spain. Each one with their own singularities, the future deportees were politically very committed people, as was the majority of their generation. Peasants, shepherds, shoemakers and also teachers, artists and enlightened professionals: all of them had seen in the young Republic the answer to many of their dreams of freedom and equality. That was the reason why on July 18, 1936, they did not hesitate to take up arms to face the rebellion of a part of the Army, commanded by General Franco.
The presence of Spaniards in the Nazi concentration camps can not be understood without analyzing the behavior of our northern neighbor. France played a decisive role from the origin of all history, in July 1936, to its sad outcome. The nation of “Liberty, equality and fraternity” played, paradoxically, in favor of Franco during a good part of the war, then he mistreated the half million republican refugees and, finally, collaborated with Hitler in the deportation of thousands of them. This attitude was not shared by a large percentage of the Gallic population, but it did have the support of the most powerful sectors of their society.
The France of the mid-30s suffered the political, economic and social convulsions that hit the rest of Europe. The country, which was experiencing a deep economic crisis, was divided between those who feared communism and those who warned about the growing rise of fascism. When Franco raised part of the army to put an end to the young Spanish democracy, everything pointed to the fact that the newly elected French Government would be decidedly on the side of the Republic. In the elections held in May 1936, the triumph was a coalition called, as in Spain, Popular Front. However, the varied composition of that conglomerate of political formations that united ideologically opposed parties like the Socialist, the Communist or the Radical of conservative tendency, made shipwreck his project from the first moment. Their internal fights were constant and marked the brief mandate of the socialist prime minister Léon Blum.
After the start of the coup in Spain, Blum announced his support for the Republic and his intention to sell arms. The pressures of his coalition partners, the right-wing opposition and the United Kingdom led him to back down on his decision.

The attitude of Daladier in those days of February of 1939: “The evacuation of the Spanish republicans of Catalonia was not denominated” the retreat “by chance. Withdrawal is a military term, a strategy to continue fighting. And that’s what they wanted to do, retire to France to fight Spain again. They had already done so in 1937 when the Francoist troops conquered the north of the peninsula and had to flee to France before returning to Catalonia. But, this time, the French authorities prevented it. That’s why they separated the families when they arrived at the border. On the one hand the wounded, the women, the old and the children; on the other, men over 15 or 16 years old. All those who could and wanted to return to Spain were locked in the fields, behind the wire fences and watched closely by Senegalese soldiers. They prevented that youth from continuing to fight. At the same time, the Third French Republic hastened to recognize Franco’s government and handed over the vehicles and weapons of the republican fighters. He also refused to allow the Spanish democratic government to dispose of the gold that the Bank of Spain had in Mont de Marsan.

The so-called “927 convoy” was an exceptional case in the history of Spanish deportation, as it was the only one in which entire families were transported with the elderly, women and children. In the rest of the convoys, groups of men traveled between August 1940 and mid-1942. These were the thousands of republicans captured by the Germans during the occupation of France, who had remained confined until then in the prisoner of war camps. A smaller number, but also counted by thousands, of Spaniards and Spanish members of the Resistance, would reach the camps between 1943 and the end of the war. The trip of all of them was, if possible, even more dramatic than that suffered by the passengers of Angouleme. The conditions that suffered, for days, inside the wagons caused many deaths.
Martyrdom began at the moment of embarking.
Spaniards who passed through the fields, of which there is documentary evidence, amount to 9,328. Of these, 5,185 died, 3,809 survived and 334 disappeared. These data represent a mortality rate of 59%. This general index rises to 64% when we look at the Mauthausen figures: 7,532 men, women and children interned in the central camp or in some of its subfields, of which 4,816 died.

Is it possible that Franco did not know about the existence of the Nazi concentration camps and what happened there? Is it feasible for Germany to send thousands of Spanish prisoners to Mauthausen without the consent of Madrid? Could the Spanish government ignore that the Reich persecuted and massively exterminated millions of Jews, gypsies, homosexuals and political dissidents? The existing documentation shows that the answer is the same for the three questions: no, no and no.
The Franco regime constantly monitored the fate of both the “reds” who were exiled in France and the thousands of Sephardic Jews who were persecuted throughout Europe. The Spanish and German security services maintained a constant exchange of information and collaborated in various countries to persecute political dissidents. In Spain, the Gestapo acted with total impunity, while in France it collaborated with the Francoist police in the search and capture of the republican leaders who remained refugees there. The repressive strategy and the objectives to be eliminated were shared by both regimes.

1941 and 1942 were the “years of lead” in Mauthausen and Gusen. 90% of Spaniards who lost their lives in these fields did so during this black biennium. As the historian Benito Bermejo explains, “most of them succumbed under a triangle formed by lack of food, lack of hygiene and physical effort.” All this, yes, accompanied by a wide repertoire of methods of extermination and torture.
The most frequent punishment and the one that the Republicans first suffered was public flogging. The prisoners, supported by a specially designed knee-chair, would lower their trousers and, depending on the seriousness of the offense committed, would receive 25, 50 and even 75 lashes in the buttocks. Josep Figueras suffered it several times: “They beat you for anything. They gave you a rubber band in the ass and you had to count the blows out loud and in German until you got to 25. If you figured out, you were wrong or you got lost, they started over. I will never forget how the numbers were said in German. ”
Forcible sterilization of people who suffered: «1. Congenital mental deficiency; 2. Schizophrenia; 3. Manic depression; 4. Hereditary epilepsy; 5. Dance of San Vito hereditary (Huntington’s disease); 6. Hereditary blindness; 7. Hereditary deafness; 8. Serious hereditary physical deformities. In addition, anyone suffering from chronic alcoholism can be sterilized. ”
Two hundred eugenic courts were opened throughout the country to study and approve sterilization operations. The doctors and nurses were forced to report to the authorities those patients affected by the law. During the first year of its entry into force the eugenic courts ordered the sterilization of 62,463 people. Ten years later, after the end of the war, the victims subjected to this type of practices amounted to about 300,000. Hitler was not, in any case, the ideologist of eugenic laws. Inspiration had come from the western shore of the Atlantic Ocean. In the early 1930s, half of the United States had legislation authorizing the forced sterilization of the disabled, sex offenders and the mentally ill.

The last days of captivity in Mauthausen were disturbing and strange. The bell announcing the beginning of the day stopped ringing. Manuel Alfonso was one of the few who continued to go to his job: “We stayed longer in bed but we continued working. I do not know when others stopped doing it. We, the ones who were in the architects’ office, keep going until the last moment. We were better there. I used to make drawings for me. One day, the SS officer in charge commanded me to make a package with the valuables to take home. ”
According to the testimony of Spaniard Ramón Bargueño, a large group of officers held a farewell party on the night of May 2. The next day the SS began to leave. They wanted the final defeat to surprise them on the front and, in this way, for the allies to identify them as combatants and not as guardians of the death camps. Senior officials knew that their future was much more complicated. Some fled in civilian clothes, while others proudly wore their best clothes until the last moment.
The liberation was not the result of a planned rescue operation, but a casual and fortuitous event. Sergeant Albert J. Kosiek led one of the reconnaissance platoons of the 11th Armored Division of the US Army, known by the nickname Thunderbolt. The squad was made up of 23 men divided between four jeeps and three armored vehicles. The mission assigned to them on that morning of May 5, 1945 was to recognize the state of a bridge located in the St. Georgen area.

The forty years that the Franco dictatorship lasted made that, in their homeland, the Spanish deportees were mere ghosts. Its existence did not appear in the books or was mentioned by the media. The historians of the regime demonstrated a great ability and imagination to rewrite the events that occurred after 1931. For decades textbooks in schools taught that the Republic was only “a badly governed Spain, in which every day there were shots by the streets and churches were burned ». As is logical, faced with this terrible situation: “General Franco revolted with the army and after three years of war managed to defeat the enemies of our country.” After such a resounding success, “the Spaniards named Franco Jefe or Caudillo and from 1936 he governs Spain.”
In the popular encyclopedias, the support of the Franco regime to Hitler during the World War, including Blue Division, became a clever strategy of the “Caudillo” to prevent our country from entering the contest. The maquis were only highway robbers in a prosperous Spain where there were never mass executions, concentration camps, stolen children and, much less, tens of thousands of people buried in the ditches. Although the waste of cynicism and inventiveness seemed to have no end, there was no possible manipulation capable of explaining the reasons why more than 9,000 Spaniards ended up being held in the Nazi concentration camps. There were not many, so it was best to ignore their existence.
The death of the dictator and the restoration of democracy were not accompanied by the essential historical review and reparation to the victims.

Spain still does not have a Memory policy. The famous Memory Law is dead. It is very limited and has not even been applied. There is a fact that we can not ignore and that is very relevant. Spain, with the governments of the PP and the PSOE, has behaved like an international criminal. International laws have been disobeyed. The legislation obliges, for example, to open the common graves and recover the bodies of the disappeared. But Spain does not comply and continues to allow, at least, 136,000 disappeared to lie like dogs under tons of land ».
Eduardo Escot wants to emphasize what is his greatest wish: “It must be clear in the future and in history that the fascists sent by Franco did an unfair thing. They declared war on the whole of Spain and on the entire democracy. ” That is the only recognition that Escot asks. For the rest he feels rewarded with the warm tribute that gave him, a few years ago, his beloved town of Olvera. In the absence of answers at the state level, some municipalities and Autonomous Communities, generally governed by the left, have paid tribute to the deportees.
In the case of Spain and France, the struggle against oblivion is carried out by the Associations of Historical Memory and, especially, by the two “amicals” of Mauthausen, in which the few deportees who are still alive are grouped. family and friends. After the liberation, the majority of the Spaniards joined the French deportees to form the “Amicale de Mauthausen” in Paris. Through a popular subscription he secured the funds to raise in 1962, in front of the main gate of Mauthausen, the monument that remembers the Spaniards deported in the countryside. Precisely that year, the Amical de Mauthausen and other camps and all the victims of Nazism in Spain were clandestinely created in Spain. During the hard years of the Franco regime, these two organizations, together with the two political associations of the deportees, FEDIP and FNDIRP, were the only voices of the victims of Nazism. Today, the two “friends” work coordinated from France and Spain to keep their memory alive. A large part of its task is focused on informing and raising awareness among the new generations of Europeans.
The Spanish Amical only has the institutional support, either moral or economic, of a small group of Catalan municipalities: Barcelona, ​​Santa Coloma de Gramenet, Vilafranca del Penedes, Vilanova i la Geltru, Sant Celoni and Manresa. The lack of aid supplements it with the work of its partners and volunteers.

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