Los Últimos Españoles De Mathausen — Carlos Hernández De Miguel

Esta obra combina unos capítulos de ensayo histórico con relatos basados en la experiencia de los supervivientes. Se lee fácil y ofrece una visión global de cómo funcionaban los campos de concentración, al tiempo que extiende la responsabilidad de los que sucedió mucho más allá del regimen nazi. Recomendable para interesados en la temática, puede resultar aburrido para el resto.

El recorrido histórico que hace Carlos Hernández de esos 6 años (39–45) te acerca al sufrimiento extremo de quienes lo pasaron, pero también nos deja increíbles muestras de humanidad y de solidaridad entre los españoles que allí estuvieron.
El relato minucioso de los campos, los barracones, la cantera, los kapos, los campos de mujeres, hacen del libro una lectura intensa, seria y profunda sobre el tema.
El autor no se queda en historias personales y trata de hacer entender otras implicaciones económicas, políticas de las que no se suele hablar en estos libres, y que ayudan a entender la magnitud de lo que ocurrió y las causas de por qué no se solucionó con anterioridad.
Tampoco deja de lado el papel de los aliados en los momentos de la liberación y de los soviéticos en los meses posteriores. Por supuesto deja constancia, incluso documental, del comportamiento del régimen franquista y todos los movimientos durante muchos años orientados a su olvido, negación y consentimiento de lo que les pasó.
No se puede olvidar el pasado, para que no vuelva a repetirse. Sin duda es una novela que se puede leer pero tampoco me parece de las mejores aunque interesante.

La vida de Virgilio es la historia de la deportación española. El camino que condujo a algo más de 9.000 hombres y mujeres hasta los campos de la muerte comenzó en los pueblos, las ciudades, los campos y las montañas de España. Cada uno con sus propias singularidades, los futuros deportados eran personas muy comprometidas políticamente, como lo fue la mayoría de su generación. Campesinos, pastores, zapateros y también profesores, artistas y profesionales ilustrados: todos ellos habían visto en la joven República la respuesta a muchos de sus sueños de libertad e igualdad. Esa fue la razón por la que el 18 de julio de 1936 no dudaron en tomar las armas para hacer frente a la rebelión de una parte del Ejército, comandada por el general Franco.
La presencia de españoles en los campos de concentración nazis no se puede entender sin analizar el comportamiento de nuestro vecino del norte. Francia jugó un papel decisivo desde el origen de toda la historia, en julio de 1936, hasta su triste desenlace. La nación de la «Libertad, igualdad y fraternidad» jugó, paradójicamente, a favor de Franco durante buena parte de la guerra, después maltrató al medio millón de refugiados republicanos y, finalmente, colaboró con Hitler en la deportación de miles de ellos. Esta actitud no fue compartida por un amplio porcentaje de la población gala, pero sí contó con el apoyo de los sectores más poderosos de su sociedad.
La Francia de mediados de los años 30 sufría las convulsiones políticas, económicas y sociales que azotaban al resto de Europa. El país, que vivía una profunda crisis económica, se encontraba dividido entre quienes temían al comunismo y los que alertaban sobre el creciente auge del fascismo. Cuando Franco levantó a parte del Ejército para acabar con la joven democracia española, todo apuntaba a que el recién elegido Gobierno francés se pondría decididamente del lado de la República. En las elecciones celebradas en mayo de 1936, el triunfo había una coalición llamada, al igual que en España, Frente Popular. Sin embargo, la variopinta composición de ese conglomerado de formaciones políticas que aglutinaba a partidos ideológicamente contrapuestos como el Socialista, el Comunista o el Radical de tendencia conservadora, hizo naufragar su proyecto desde el primer momento. Sus peleas internas fueron constantes y marcaron el breve mandato del primer ministro socialista Léon Blum.
Tras el inicio del golpe de Estado en España, Blum anunció su apoyo a la República y su intención de venderle armamento. Las presiones de sus compañeros de coalición, de la oposición derechista y del Reino Unido le llevaron a dar marcha atrás en su decisión.

La actitud de Daladier en esos días de febrero de 1939: «La evacuación de los republicanos españoles de Cataluña no se denominó “la retirada” por casualidad. Retirada es un término militar, una estrategia para poder continuar luchando. Y eso es lo que querían hacer, retirarse a Francia para volver a combatir a España. Ya lo habían hecho en el 37 cuando las tropas franquistas conquistaron el norte peninsular y tuvieron que huir a Francia para después regresar a Cataluña. Pero, esta vez, las autoridades francesas se lo impidieron. Por eso separaron a las familias cuando llegaron a la frontera. Por un lado los heridos, las mujeres, los viejos y los niños; por el otro los hombres de más de 15 o 16 años. Todos los que podían y querían regresar a España fueron encerrados en los campos, tras las alambradas y vigilados estrechamente por soldados senegaleses. Impidieron que esa juventud pudiera seguir luchando. Paralelamente, la III República francesa se apresuró a reconocer al Gobierno de Franco y le entregó los vehículos y las armas de los combatientes republicanos. También se negó a permitir que el Gobierno democrático español dispusiera del oro que el Banco de España tenía en Mont de Marsan.

El llamado «convoy de los 927» fue un caso excepcional en la historia de la deportación española al tratarse del único en el que se transportó a familias enteras con ancianos, mujeres y niños. En el resto de los convoyes viajaron, entre agosto de 1940 y mediados de 1942, grupos de hombres. Se trataba de aquellos miles de republicanos capturados por los alemanes durante la ocupación de Francia, que habían permanecido confinados hasta entonces en los campos de prisioneros de guerra. Un número inferior, pero que también se cuenta por millares, de españoles y españolas miembros de la Resistencia, llegaría a los campos entre 1943 y el final de la guerra. El viaje de todos ellos fue, si cabe, aún más dramático que el que sufrieron los pasajeros de Angulema. Las condiciones que padecieron, durante días, en el interior de los vagones provocaron numerosísimas muertes.
El martirio comenzaba en el mismo momento de embarcar.
Los españoles que pasaron por los campos, de los que hay constancia documental, ascienden a 9.328. De ellos murieron 5.185, sobrevivieron 3.809 y constan como desaparecidos 334. Estos datos representan una tasa de mortalidad del 59%. Ese índice general se eleva hasta el 64% cuando nos fijamos en las cifras de Mauthausen: 7.532 hombres, mujeres y niños internados en el campo central o en algunos de sus subcampos, de los que murieron 4.816.

¿Es posible que Franco no conociera la existencia de los campos de concentración nazis y lo que en ellos ocurría? ¿Resulta factible que Alemania enviara a miles de prisioneros españoles a Mauthausen sin el consentimiento de Madrid? ¿Pudo ignorar el Gobierno español que el Reich perseguía y exterminaba masivamente a millones de judíos, gitanos, homosexuales y disidentes políticos? La documentación existente demuestra que la respuesta es la misma para las tres preguntas: no, no y no.
El régimen franquista hizo un seguimiento constante de la suerte que corrían tanto los «rojos» que se encontraban exiliados en Francia como los miles de judíos sefardíes que eran perseguidos en toda Europa. Los servicios de seguridad español y alemán mantuvieron un intercambio de información constante y colaboraron en diversos países para perseguir a disidentes políticos. En España, la Gestapo actuó con total impunidad, mientras que en Francia colaboró con la policía franquista en la búsqueda y captura de los dirigentes republicanos que permanecían allí refugiados. La estrategia represiva y los objetivos a eliminar fueron compartidos por ambos regímenes.

1941 y 1942 fueron los «años de plomo» en Mauthausen y Gusen. El 90% de los españoles que perdieron la vida en estos campos lo hicieron durante este bienio negro. Como explica el historiador Benito Bermejo, «la mayoría de ellos sucumbió bajo un triángulo formado por la falta de alimentos, la ausencia de higiene y el esfuerzo físico». Todo ello, eso sí, acompañado de un amplio repertorio de métodos de exterminio y de torturas.
El castigo más frecuente y el que primero sufrieron los republicanos fue el azotamiento público. Los reos, apoyados en un reclinatorio diseñado especialmente para tal fin, se bajaban los pantalones y, dependiendo de la gravedad de la falta cometida, recibían 25, 50 y hasta 75 latigazos en las nalgas. Josep Figueras lo padeció en varias ocasiones: «Te pegaban por cualquier cosa. Te daban con una goma en el culo y tenías que ir contando los golpes en voz alta y en alemán hasta llegar al 25. Si te descontabas, te equivocabas o te perdías, volvían a empezar. Nunca olvidaré cómo se decían los números en alemán».
La esterilización forzosa de personas que padecieran: «1. Deficiencia mental congénita; 2. Esquizofrenia; 3. Depresión maniaca; 4. Epilepsia hereditaria; 5. Baile de San Vito hereditario (enfermedad de Huntington); 6. Ceguera hereditaria; 7. Sordera hereditaria; 8. Serias deformidades físicas hereditarias. Además, cualquiera que sufra alcoholismo crónico puede ser esterilizado».184
Se abrieron por todo el país dos centenares de cortes eugenésicas para estudiar y aprobar las operaciones de esterilización. Los médicos y enfermeros fueron obligados a denunciar ante las autoridades a aquellos pacientes afectados por la ley. Durante el primer año de su entrada en vigor las cortes eugenésicas ordenaron la esterilización de 62.463 personas. Diez años después, tras la finalización de la guerra, las víctimas sometidas a este tipo de prácticas ascendían a cerca de 300.000. Hitler no fue, en cualquier caso, el ideólogo de las leyes eugenésicas. La inspiración le había llegado desde la orilla oeste del océano Atlántico. A comienzos de los años 30, la mitad de los Estados Unidos contaba con una legislación que autorizaba la esterilización forzosa de discapacitados, delincuentes sexuales y enfermos mentales.

Los últimos días de cautiverio en Mauthausen fueron inquietantes y extraños. La campana que anunciaba el comienzo de la jornada dejó de sonar. Manuel Alfonso fue de los pocos que siguió acudiendo a su puesto de trabajo: «Nos quedábamos más tiempo en la cama pero seguíamos trabajando. Yo no sé cuándo dejaron de hacerlo los demás. Nosotros, los que estábamos en la oficina de arquitectos seguimos yendo hasta el último momento. Estábamos mejor allí. Yo me dedicaba a hacer dibujos para mí. Un día, el oficial SS que estaba al mando me mandó hacer un paquete con las cosas de valor para llevárselas a su casa».
Según el testimonio del español Ramón Bargueño, un amplio grupo de oficiales celebró una fiesta de despedida la noche del 2 de mayo. Al día siguiente los SS comenzaron a marcharse. Querían que la derrota final les sorprendiera en el frente y, de esta manera, que los aliados les identificaran como combatientes y no como guardianes de los campos de la muerte. Los oficiales de mayor rango sabían que su futuro era mucho más complicado. Algunos huyeron vestidos de paisano, mientras que otros lucieron orgullosos sus mejores galas hasta el último momento.
La liberación no fue fruto de una planificada operación de rescate, sino un hecho casual y fortuito. El sargento Albert J. Kosiek dirigía uno de los pelotones de reconocimiento de la 11 División Acorazada del Ejército norteamericano, conocida con el sobrenombre de Thunderbolt. El pelotón estaba formado por 23 hombres que se repartían entre cuatro jeeps y tres vehículos blindados. La misión que se les había asignado en esa mañana del 5 de mayo de 1945 era reconocer el estado de un puente ubicado en la zona de St. Georgen.

Los cuarenta años que duró la dictadura franquista hizo que, en su patria, los deportados españoles fueran simples fantasmas. Su existencia no constaba en los libros ni era mencionada por los medios de comunicación. Los historiadores del régimen demostraron una gran habilidad e imaginación para reescribir los hechos ocurridos a partir de 1931. Durante décadas los libros de texto de las escuelas enseñaban que la República solo era «una España mal gobernada, en la que todos los días había tiros por las calles y se quemaban las iglesias». Como es lógico, ante esa terrible situación: «El general Franco se sublevó con el ejército y después de tres años de guerra logró vencer a los enemigos de nuestra patria». Después de tan rotundo éxito, «los españoles nombraron a Franco Jefe o Caudillo y desde el año 1936 gobierna a España».
En las populares enciclopedias, el apoyo del régimen franquista a Hitler durante la Guerra Mundial, División Azul incluida, pasó a ser una hábil estrategia del «Caudillo» para evitar que nuestro país entrara en la contienda. Los maquis solo fueron salteadores de caminos en una España próspera en la que jamás hubo fusilamientos masivos, campos de concentración, niños robados y, mucho menos, decenas de miles de personas enterradas en las cunetas. Si bien el derroche de cinismo e inventiva parecían no tener fin, no hubo manipulación posible capaz de explicar las razones por las que más de 9.000 españoles acabaron recluidos en los campos de concentración nazis. No eran muchos, así que lo mejor fue ignorar su existencia.
La muerte del dictador y la reinstauración de la democracia no vinieron acompañadas de la imprescindible revisión histórica y de la reparación a las víctimas.

España sigue sin tener una política de Memoria. La famosa Ley de Memoria está muerta. Es muy limitada y ni siquiera se ha llegado a aplicar. Hay un dato que no podemos pasar por alto y que es muy relevante. España, con los gobiernos del PP y del PSOE, se ha comportado como un delincuente internacional. Se han desobedecido las leyes internacionales. La legislación obliga, por ejemplo, a abrir las fosas comunes y recuperar los cuerpos de los desaparecidos. Pero España no cumple y sigue permitiendo que, como mínimo, 136.000 desaparecidos yazcan como perros bajo toneladas de tierra».
Eduardo Escot quiere remarcar cuál es su mayor deseo: «Debe quedar claro en el futuro y en la historia que los fascistas mandados por Franco hicieron una cosa injusta. Declararon la guerra a España entera y a la democracia entera». Ese es el único reconocimiento que pide Escot. Por lo demás se siente recompensado con el caluroso homenaje que le brindó, hace unos años, su amado pueblo de Olvera. A falta de respuestas a nivel estatal, algunos municipios y Comunidades Autónomas, generalmente gobernados por la izquierda, sí han rendido tributo a los deportados.
En el caso de España y de Francia, la lucha contra el olvido corre a cargo de las Asociaciones de Memoria Histórica y, muy especialmente, de las dos «amicales» de Mauthausen en las que se agrupan los pocos deportados que siguen con vida, sus familiares y amigos. Tras la liberación, la mayoría de los españoles se unió a los deportados franceses para constituir la «Amicale de Mauthausen» de París. A través de una suscripción popular consiguió los fondos para levantar en 1962, frente a la puerta principal de Mauthausen, el monumento que recuerda a los españoles deportados en el campo. Precisamente ese año, se creó de forma clandestina en España la Amical de Mauthausen y otros campos y de todas las víctimas del nazismo de España. Durante los duros años del franquismo estas dos organizaciones, junto a las dos asociaciones políticas de los deportados, la FEDIP y la FNDIRP, fueron las únicas voces de las víctimas del nazismo. Hoy, las dos «amicales» trabajan coordinadas desde Francia y España por mantener viva su memoria. Buena parte de su tarea se centra en informar y concienciar a las nuevas generaciones de europeos.
La Amical española solo cuenta con el apoyo institucional, ya sea moral o económico, de un reducido grupo de ayuntamientos catalanes: Barcelona, Santa Coloma de Gramenet, Vilafranca del Penedès, Vilanova i la Geltrú, Sant Celoni y Manresa. La falta de ayudas la suple con el trabajo de sus socios y voluntarios.

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