Historias Épicas De La Medicina — Eduardo Monteverde

Este libro deja una sensación agridulce. Cuando se acaba de leer este libro, lo primero que se pregunta uno es, ¿Dónde estaba el editor?, el autor sin lugar a dudas tiene una amplia cultura, no solo del tema especifico que trata sino mucho mas (mitología, antropología, historia, etc.) el problema es que el libro no tiene un hilo conductor, carece de foco, es una serie de datos inconexos, algunos interesantes, otros no. Un buen editor se lo hubiera hecho notar al autor, evitando que parece ser divagara Aunque acabado es un libro interesante y por encima de la media.

El origen de la medicina griega u occidental está enraizado en la religión y la magia. La ciencia, de la que carecían los griegos o bordeaba en los límites de la razón, es una disciplina contemporánea que sistematiza en niveles precisos. La ciencia en Grecia era una riña entre la razón y la experiencia de lo inmediato bajo las Moiras, hilanderas del destino. En esa madeja actuaba el iatros paliando el dolor o rematando a los mortales con el pharmakón, invocando a la dinastía de Asclepio sin que mucho pudieran hacer aquellos que eran héroes en la unidad del médico y el enfermo. El racionalismo no llegó al Peloponeso sino hasta el siglo V, un pequeño capullo en medio de la superstición y la muerte. Un sistema social basado en la desigualdad, en los extremos: de la aristocracia a los esclavos y del Olimpo a los infiernos. En esta tarea se debatían los médicos, tan heroicos como lo eran los enfermos, entre el castigo y la gloria, dualidades como la epifanía y la ruina.
La iniciación no era una novedad. El gnosticismo es sincrético, y el cristianismo lo será aún más. Es una gran fusión en la que domina la filosofía griega, tanto la de Platón como la de los misterios órficos, solo para iniciados, al igual que los gnósticos. En una de las versiones de Orfeo, Zeus aparece como un creador del mundo a partir del aliento, y Orfeo compara a las Moiras con el pneuma. En la gran síntesis que logra el cristianismo se funden los alientos de todos los dioses en el Espíritu Santo, un espíritu para los legos, el pueblo sin educación. El clero se reserva para sí los cultos que dan un sentido más mundano al pneuma, sobre todo en lo que atañe a la enfermedad. En este sector religioso, lo más ilustre del clero, hay médicos y será también un cuerpo de iniciados, con el pneuma como un principio natural. Iniciados como lo fue la secta hipocrática que dicta en una de sus reglas: «Las cosas consagradas solo se revelan a los hombres consagrados; se halla vedado revelárselas a los profanos, mientras no se hallen iniciados en los misterios del saber».

Las creencias populares, que alguna vez fueron consideradas ciencia, continúan en los cimientos de la sociedad, del arte y la literatura. Aún se escuchan en la epopeya de la medicina los llantos y la risa. La risa contenida De los Santos varones y monjas. Porque la risa muestra al verdadero gesto que se disfraza tras el escándalo.
Para los griegos el ágape era una de las formas de amor que, a diferencia del deseo o del amor erótico, el de la amistad y el familiar, era una virtud que se daba sin esperar nada a cambio. Para los cristianos se tornó en el sacrificio de la eucaristía, la acción de gracias en la que se comía la carne y la sangre de Cristo en el pan, la hostia y el vino. El pan ácimo, sin levadura, se recomendaba como dieta, y el vino como cataplasma contra dolores e infecciones, al igual que los grecorromanos. Cuando había, el ágape incluía higos. Desde los tiempos de Asiria, se veneraba a la higuera. En Judea y Galilea sus hojas eran, como las del olivo, un símbolo de tranquilidad, si no es que de paz. Al higo se le atribuían propiedades para los males digestivos, dolores o constipación, al igual que para tratar la tos. Como alimento, es un derivado de las costumbres médicas de Mesopotamia. Los chamanes que leían el hígado de los gansos para descifrar el futuro y conjurar enfermedades enfermaban a las aves embutiéndoles higos hasta atrofiarles el hígado. La costumbre pasó a Grecia, más tarde a Roma. La moda fue tal que al hígado se le llamó iecur ficatum, hígado alimentado con higos.
Los monjes cristianos tenían otra forma de ejercer el poder. Solo había un médico: Jesús, el más poderoso, el invencible. No obstante, requería ayudantes conforme crecía la grey de los fieles católicos. Así los mártires y santos, algunos ya mencionados, surgieron para proteger cada parte del cuerpo, animales o casas y aun para dar vida a las plantas o a las espadas. Nada más para los dientes hay 19 santos; destaca la desdentada santa Apolonia…
Todos los santos se relacionan con las enfermedades medievales por haberlas padecido, curado o conjurado. Es el principio de la magia empática o la magia por analogía. Si una semilla tiene forma de ojo, puede curar el mal de ojo, al igual que si alguien mira de mala manera. Este encantamiento ocurre en todas las culturas. Los bárbaros lo llevaron a Roma, lo mezclaron con hechizos locales y bizantinos, leyendas que se habían vuelto usos y costumbres, como las de los lobos. Una loba amamantó a Rémulo y Remo al pie de una higuera. Wulfila —que quiere decir ‘pequeño lobo’ en germano— convirtió a los godos al arrianismo, la forma cristiana que predominaba en Roma en el siglo IV. Este hombre, godo de origen, se convirtió durante sus viajes a Bizancio. Fue uno de los pioneros en la catequesis de los bárbaros y el inventor de la escritura gótica en la traducción de la Biblia griega. La conversión de los bárbaros fue sanguinaria y veloz: un par de siglos bastaron para que el catolicismo fuera la devoción filtrada de las tantas sectas cristianas y otras tantas religiones.

La medicina entra en la Edad Media en una suerte de vuelcos que giran más en lo barroco que en la línea de lo gótico, que señala la salida del Medioevo. La krasis y la diskrasias eran términos médicos que el gran sintetizador Clemente usa para meter al orden a las múltiples tendencias culturales del cristianismo temprano. Es el salvoconducto hacia la nueva era con sellos de toda suerte de supersticiones, filosofías racionales e irracionalidad. Para llegar a la sinkrasis de la medicina, faltarían siglos.

El rito de la limpieza de sangre, esto es, no tener antecedentes árabes o judíos, era un requisito para ser médico, abogado o teólogo. España se aisló, pero no todo estaba perdido. En la Escuela de Traductores de Toledo, hubo eruditos que se encargaron de divulgar los conocimientos grecolatinos, árabes y judíos, de llevar y extender los conocimientos de la época reunidos en Toledo y otras ciudades españolas reconquistadas, más allá de ambos lados de los Pirineos, hasta Inglaterra por el Canal de la Mancha. Así lo hizo el escocés Miguel de Escoto, magister de Oxford y consultor de Federico II, emperador del Sacro Imperio Romano.
La conversión de los anglosajones en protestantes fue otra vía no sólo para dispersar el conocimiento, sino también para aprovechar las debilidades del catolicismo con su fortaleza inquisitorial y en provecho de la creación de un imperio propio: el inglés, seguido del francés. En estos países no era necesaria la limpieza de sangre para acceder a los «misterios de la naturaleza» y descifrarlos. Aun los plebeyos podían ser médicos.

Hans Krebs y su exploración en el universo de las moléculas tiende un puente entre la realidad y la literatura. Huela recordar una anécdota del físico Richard Feynman. Un reportero le dice que por su mente calculadora no puede encontrar la belleza en una flor. Para entenderla, agrega, tiene que despedazarla hasta el universo atómico. El sabio le replica que además de lo hermoso, comprende la estética; que es capaz de imaginar las células y el metabolismo en la estructura interna y en la totalidad. Puede reducirla a escalas mínimas y expandirla a la inmensidad. Conoce la longitud de onda de los colores que lo hacen vibrar de emoción al ritmo de la respiración en las entrañas de la flor.
Hans Krebs abrió el ciclo de la respiración en un entorno en el que se trató de cerrarlo en el patíbulo de la asfixia.

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