La Tabla Rasa (La Negación Moderna De La Condición Humana) — Steven Pinker / The Blank Slate: The Modern Denial of Human Nature by Steven Pinker

El autor considera que la línea predominante del pensamiento en los círculos intelectuales, científicos y artísticos durante el pasado siglo, se sostiene en tres apriorismos. En primer lugar, lo que denomina la tabla rasa o, lo que es lo mismo, la negación de la naturaleza humana. El hombre al nacer es una hoja de papel en blanco, un ser infinitamente maleable y plástico al que irá poco a poco definiendo su entorno lingüístico y cultural. No hay nada preestablecido para este homínido sin par salvo una tendencia natural a la bondad, que define el segundo de los dogmas, el mito del buen salvaje. En estado natural, primitivo, el hombre es bueno y pacífico. La trinidad se completa con el fantasma de la máquina, alegoría con la que Pinker alude a la concepción dual del ser humano. Existe algo más allá de nuestro cerebro que se ha denominado de muchas formas diferentes, alma, conciencia, Yo. Hay un conductor, un auriga que conduce este carro de carne y hueso.
El largo ensayo, está dedicado a desmontar estos tres supuestos a la luz de los avances de la biología y la neurociencia pero Pinker no se conforma con esto, sino que analiza igualmente las repercusiones que la refutación de estos mitos tiene sobre la justicia, la educación o la política.
¿Cambiaría algo si llegáramos a la conclusión de que somos máquinas de carne y hueso sometidas como el resto de los mamíferos a la selección natural? ¿Qué ocurre entonces con el libre albedrío? ¿Es peor el determinismo genético que el determinismo medioambiental? ¿Cómo ha actuado la selección natural sobre el comportamiento específicamente humano en lo referente al amor o a las relaciones familiares?
A todas estas preguntas intenta dar respuesta Steven Pinker en este ambiciosísimo ensayo que ensambla aspectos científicos filosóficos y políticos con la pretensión última de proporcionar una visión nueva y sorprendente del hombre.
Se esté o no de acuerdo con el autor es justo reconocer sus logros; el libro es extraordinario, está al alcance del lector no especializado y no es exagerado concluir, con la perspectiva que el tiempo otorga, que es uno de los libros más influyentes y que más debates ha generado en este siglo recién estrenado.

-La negativa a reconocer la naturaleza humana es como la vergüenza que el sexo producía en la sociedad victoriana, y aún peor: distorsiona la ciencia y el estudio, el discurso público y la vida cotidiana. Afirman los lógicos que una sola contradicción puede corromper todo un conjunto de afirmaciones y con ello hacer que se extiendan las falsedades. El dogma de la inexistencia de la naturaleza humana, vistas las pruebas científicas y del sentido común que avalan su existencia, no es más que una de esas influencias perniciosas.
En primer lugar, la doctrina que sostiene que la mente es una tabla rasa ha deformado la investigación sobre el ser humano y, con ello, las decisiones públicas y privadas que se guían por tales estudios.
-El tabú sobre la naturaleza humana no sólo ha puesto anteojeras a los estudiosos, sino que ha convertido cualquier conversación que verse sobre ella en una herejía que se debe erradicar. Muchos autores sienten tantos deseos de desacreditar toda insinuación al respecto de una constitución humana innata que arrojan por la borda la lógica y el respeto. Distinciones elementales —«algunos» frente a «todos», «probable» frente a «siempre», «es» frente a «debe de ser»— se desechan de forma impaciente para presentar la naturaleza humana como una doctrina extremista. El análisis de las ideas se suele sustituir por la difamación política y el ataque personal. Este emponzoñamiento del clima intelectual nos ha dejado inermes para analizar los arduos temas referentes a la naturaleza humana, a medida que los descubrimientos científicos los convierten en más acuciantes.
La negación de la naturaleza humana se ha extendido más allá del ámbito académico y ha llevado a una desconexión entre la vida intelectual y el sentido común.
-La negación de la naturaleza humana no sólo ha enrarecido el mundo de la crítica y de los intelectuales, sino que también ha perjudicado la vida de las personas corrientes. La teoría de que los hijos pueden ser moldeados por sus padres como se moldea la arcilla ha propiciado unos regímenes educativos artificiales y, a veces, crueles. Ha distorsionado las posibilidades con que cuentan las madres cuando tratan de equilibrar su vida, y han multiplicado la ansiedad de aquellos progenitores cuyos hijos no se han convertido en lo que esperaban. La creencia de que los gustos humanos no son más que preferencias culturales reversibles ha llevado a los planificadores sociales a impedir que la gente disfrute de la ornamentación, de la luz natural y de la escala humana, y ha forzado a millones de personas a vivir en grises cajas de cemento. La idea romántica de que todo mal es un producto de la sociedad ha justificado la puesta en libertad de psicópatas peligrosos que de inmediato asesinaron a personas inocentes. Y la convicción de que ciertos proyectos masivos de ingeniería social podrían remodelar la humanidad ha llevado a algunas de las mayores atrocidades de la historia.

“Tabla rasa» es una traducción impropia de Tabula rasa, una expresión latina que significa literalmente «tablilla raspada». Su uso en el sentido que aquí le damos se atribuye comúnmente al filósofo John Locke (1632-1704), aunque en realidad éste empleó una imagen diferente. Éste es el conocido pasaje del Ensayo sobre el entendimiento humano:

Supongamos que la mente es, como decimos, un papel en blanco, vacío de cualquier carácter, sin ninguna idea. ¿Cómo se rellena? ¿De dónde le llega toda esa enorme provisión que la fantasía desbordada y sin límites del hombre ha pintado sobre ella con una variedad casi infinita? ¿De dónde proceden todos los materiales de la razón y el conocimiento? Para responder con una sola palabra, de la EXPERIENCIA.

La preponderancia de la violencia en el tipo de entornos en que evolucionamos no significa que nuestra especie tenga ansias de muerte, una sed innata de sangre ni un imperativo territorial. Existen buenas razones evolutivas para que los miembros de una especie inteligente intenten vivir en paz. Muchas simulaciones por ordenador y muchos modelos matemáticos han demostrado que la cooperación es rentable desde el punto de vista evolutivo, siempre y cuando los cooperantes dispongan de unos cerebros con la combinación correcta de facultades cognitivas y emocionales. De modo que si el conflicto es un universal humano, también lo es la resolución de conflictos. Todos los pueblos, junto a los móviles repugnantes y salvajes, muestran toda una serie de otros móviles más amables y agradables: un sentido de la ética, la justicia y la comunidad, una capacidad para prever las consecuencias de una determinada actuación y un amor por los hijos, los cónyuges y los amigos…

El primer paso para conectar la cultura con las ciencias de la naturaleza humana es reconocer que aquélla, pese a toda su importancia, no es ningún miasma que penetre en las personas a través de la piel. La cultura descansa en una circuitería neuronal que realiza la proeza que llamamos «aprender». Esos circuitos no hacen de nosotros unos imitadores indiscriminados, sino que tenemos que trabajar con una sorprendente sorprendente sutileza para hacer posible la transmisión de la cultura. Por esta razón, centrarse en las facultades innatas de la mente no es una alternativa a centrarse en el aprendizaje, la cultura y la socialización, sino más bien un intento de explicar cómo funcionan.
La neurociencia está demostrando que la arquitectura básica del cerebro se desarrolla bajo control genético. Pese a la importancia del aprendizaje y de la plasticidad, los sistemas cerebrales muestran signos de una especialización innata y no se pueden sustituir entre sí de forma arbitraria.

La cuestión no es si cada vez se va a explicar mejor la naturaleza humana con las ciencias de la mente, el cerebro, los genes y la evolución, sino qué vamos a hacer con estos conocimientos. ¿Cuáles son de hecho las implicaciones para nuestra idea de igualdad, progreso, responsabilidad y el valor de la persona? Quienes desde la izquierda y desde la derecha se oponen a las ciencias de la naturaleza humana tienen razón en una cosa: se trata de cuestiones vitales. Lo cual es mayor motivo para que se afronten no con miedo y recelo, sino con la razón.
Los individuos, los sexos, las clases y las razas podrían distinguirse innatamente en sus talentos, sus capacidades, sus destrezas, sus intereses y sus inclinaciones. Y esto, se piensa, podría conducir a tres males.
El primero es el prejuicio: si los grupos de personas son biológicamente distintos, podría ser racional la discriminación de los miembros de algunos grupos. El segundo es el darvinismo social: si las diferencias en la condición de los individuos —sus ingresos, su estatus y su índice de delincuencia, por ejemplo— proceden de su constitución innata, las diferencias no se podrán achacar a la discriminación, lo cual facilita que se culpe a la víctima y se tolere la desigualdad. El tercero es la eugenesia: si las personas difieren biológicamente de una forma que las otras personas valoran o desprecian, éstas se verían impulsadas a intervenir biológicamente para mejorar la sociedad —fomentando o dificultando las decisiones de las personas de tener hijos, arrebatándoles tal decisión o simplemente aniquilándolas sin más—. Los nazis llevaron a cabo la «solución final» porque pensaban que los judíos y otros grupos étnicos eran biológicamente inferiores.

El feminismo, lejos de necesitar una tabla rasa, necesita todo lo contrario: una concepción clara de la naturaleza humana. Una de las causas feministas más acuciantes de hoy es la situación de las mujeres del mundo en vías de desarrollo. En muchos lugares se abortan selectivamente los fetos femeninos, se mata a las niñas recién nacidas, se malnutre a las hijas y se les priva de la escuela, se practica la ablación a las adolescentes, a las jóvenes se les cubre de la cabeza a los pies, se lapida a las adúlteras y se espera de las viudas que se inmolen en la pira de sus difuntos maridos. El clima relativista de muchos círculos académicos no permite que se critiquen estos horrores porque son prácticas de otras culturas, y las culturas son unos superorganismos que, como las personas, tienen unos derechos inalienables. Para escapar de esta trampa, la filósofa feminista Martha Nussbaum invoca «las capacidades funcionales centrales» que todos los seres humanos tienen derecho a ejercer, como la integridad física, la libertad de conciencia y la participación política.
La naturaleza humana ofrece un patrón con el que identificar el sufrimiento en cualquier miembro de nuestra especie.
La existencia de la naturaleza humana no es una doctrina reaccionaria que nos condene a la opresión, la violencia y la codicia eternas. Evidentemente debemos intentar reducir la conducta perniciosa, del mismo modo que tratamos de reducir calamidades como el hambre, la enfermedad y las catástrofes. Pero para luchar contra estas desgracias no negamos los hechos molestos de la naturaleza, sino que enfrentamos a algunos de ellos contra otros. Para que los esfuerzos por conseguir el cambio social sean efectivos, deben identificar los recursos morales y cognitivos que hacen que determinados tipos de cambio sean posibles. Y para que los esfuerzos sean humanos, han de reconocer los placeres y las penurias universales que hacen que algunos tipos de cambio sean deseables.

El problema del libre albedrío, sólo haber demostrado que no necesitamos solucionarlo para preservar la responsabilidad personal ante la comprensión cada vez mayor de las causas de la conducta. Tampoco digo que la disuasión sea la única forma de estimular la virtud, sólo que deberíamos considerarla el ingrediente activo que hace que merezca la pena mantener la responsabilidad. Y sobre todo, confío en que habré disipado dos falacias que han hecho que las ciencias de la naturaleza hayan sembrado un miedo innecesario. La primera falacia es que las explicaciones biológicas corroen la responsabilidad como no lo hacen las explicaciones medioambientales. La segunda falacia es que las explicaciones causales (tanto biológicas como medioambientales) corroen la responsabilidad como no lo hace una creencia en una voluntad o un alma no causados.
• Es una mala idea afirmar que la discriminación está mal sólo porque los rasgos de todas las personas sean indistinguibles.
• Es una mala idea afirmar que la violencia y la explotación están mal sólo porque las personas no sientan una inclinación natural hacia ellas.
• Es una mala idea afirmar que las personas son responsables de sus actos sólo porque las causas de esos actos sean misteriosas.
• Y es una mala idea afirmar que nuestros motivos carecen de sentido en un sentido personal sólo porque sean inexplicables en un sentido biológico.

El primer paso para entender la violencia es dejar de lado el rechazo que sentimos por ella, y hacerlo durante el tiempo suficiente para examinar por qué, desde el punto de vista personal o evolutivo, a veces la violencia puede resultar rentable. Para ello es necesario invertir la formulación del problema: no por qué se produce la violencia, sino por qué se evita. Al fin y al cabo, la moral no entró en el universo con el Big Bang para luego invadirlo como si fuera una radiación de fondo. La descubrieron nuestros ancestros después de miles de millones de años del proceso moralmente indiferente conocido como selección natural.
Las ciencias de la naturaleza humana pueden fortalecer los intereses de las mujeres al separar esas pistas falsas de las metas realmente importantes. El feminismo como movimiento a favor de la igualdad política y social es importante, no así el feminismo como camarilla académica entregada a doctrinas excéntricas sobre la naturaleza humana. Eliminar la discriminación contra las mujeres es importante, no así pensar que mujeres y hombres nacen con unas mentes indistinguibles. La libertad de decisión es importante, no así asegurar que las mujeres constituyan exactamente el 50% en todas las profesiones. Y eliminar las agresiones sexuales es importante, pero no así defender la teoría de que los violadores desempeñan su papel en una vasta conspiración masculina.

La Tabla Rasa tenía, y tiene, un lado oscuro. El vacío que postulaba en la naturaleza humana lo llenaron con avidez los regímenes totalitarios, y nada hizo para evitar sus genocidios. Pervierte la enseñanza, la educación y las artes, y las convierte en formas de ingeniería social. Atormenta a las madres que trabajan fuera de casa y a los padres cuyos hijos no son como ellos quisieran que fueran. Amenaza con proscribir la investigación médica que podría aliviar el sufrimiento humano. Su corolario, el Buen Salvaje, invita a desdeñar los principios de la democracia y de «un gobierno de las leyes y no de los hombres». Nos impide ver nuestras deficiencias cognitivas y morales. Y en cuestiones de política ha antepuesto dogmas ñoños a la búsqueda de soluciones viables.
La Tabla Rasa no es un ideal que todos debiéramos rogar que fuera verdad. Muy al contrario, es una abstracción contraria a la vida y antihumana que niega nuestra humanidad común, nuestros intereses inherentes y nuestras preferencias individuales. Aunque pretende festejar nuestro potencial, hace todo lo contrario, porque nuestro potencial procede de la interacción de unas facultades maravillosamente complejas, y no de una oquedad pasiva ni de una tablilla vacía.
Con independencia de sus efectos buenos y malos, la Tabla Rasa es una hipótesis empírica sobre el funcionamiento del cerebro que se ha de evaluar desde la perspectiva de si es o no es verdadera.

Quien controla el pasado controla el futuro; quien controla el presente controla el pasado», O’Brien replica:
Crees que la realidad es algo objetivo, externo, que existe por derecho propio. Crees también que la naturaleza de la realidad se demuestra por sí misma. Cuando te engañas a ti mismo pensando que ves algo, das por cierto que todos los demás están viendo lo mismo que tú. Pero te aseguro, Winston, que la realidad no es externa. La realidad existe en la mente humana y en ningún otro sitio. No en la mente individual, que puede cometer errores y que, en todo caso, perece pronto. Sólo la mente del Partido, que es colectiva e inmoral puede captar la realidad.

The author considers that the predominant line of thought in the intellectual, scientific and artistic circles during the past century, is sustained in three a prioriisms. In the first place, what he calls the tabula rasa or, what is the same, the negation of human nature. The man at birth is a blank sheet of paper, an infinitely malleable and plastic being who will gradually define their linguistic and cultural environment. There is nothing pre-established for this unpaired hominid except for a natural tendency to kindness, which defines the second of the dogmas, the myth of the good savage. In a natural, primitive state, man is good and peaceful. The trinity is completed with the ghost of the machine, allegory with which Pinker alludes to the dual conception of the human being. There is something beyond our brain that has been called in many different ways, soul, consciousness, I. There is a driver, a charioteer who drives this car of flesh and blood.
The long essay, is devoted to dismantling these three assumptions in light of the advances of biology and neuroscience but Pinker is not satisfied with this, but also analyzes the repercussions that the refutation of these myths has on justice, education or the policy.
Would anything change if we came to the conclusion that we are machines of flesh and blood subjected like the rest of mammals to natural selection? What happens then with free will? Is genetic determinism worse than environmental determinism? How has natural selection acted on specifically human behavior in relation to love or family relationships?
To all these questions Steven Pinker tries to answer in this ambitious essay that assembles philosophical and political scientific aspects with the ultimate pretense of providing a new and surprising vision of man.
Whether or not you agree with the author is fair to acknowledge his achievements; the book is extraordinary, it is within the reach of the non-specialized reader and it is not an exaggeration to conclude, with the perspective that time gives, which is one of the most influential books and one that has generated the most debates in this new century.

-The refusal to recognize human nature is like the shame that sex produced in Victorian society, and even worse: it distorts science and study, public discourse and everyday life. Logicians say that a single contradiction can corrupt a whole set of statements and thereby spread the falsehoods. The dogma of the nonexistence of human nature, seen the scientific evidence and the common sense that endorse its existence, is not more than one of those pernicious influences.
In the first place, the doctrine that holds that the mind is a clean slate has distorted the research on the human being and, with it, the public and private decisions that are guided by such studies.
– The taboo on the human nature not only has put blinders to the students, but it has turned any conversation that to see on her into a heresy that must be eradicated. Many authors are so desirous of discrediting any suggestion of an innate human constitution that they throw away logic and respect. Elemental distinctions – “some” versus “all”, “probable” versus “always”, “is” versus “must be” – are eagerly dismissed to present human nature as an extremist doctrine. The analysis of ideas is usually replaced by political defamation and personal attack. This poisoning of the intellectual climate has left us unarmed to analyze the arduous issues related to human nature, as scientific discoveries make them more pressing.
The denial of human nature has extended beyond the academic sphere and has led to a disconnection between intellectual life and common sense.
-The denial of human nature has not only rarefied the world of criticism and intellectuals, but has also harmed the lives of ordinary people. The theory that children can be molded by their parents as clay is molded has led to artificial and, at times, cruel educational regimes. It has distorted the possibilities available to mothers when they try to balance their lives, and have multiplied the anxiety of those parents whose children have not become what they expected. The belief that human tastes are nothing more than reversible cultural preferences has led social planners to prevent people from enjoying ornamentation, natural light and human scale, and has forced millions of people to live in gray cement boxes. The romantic idea that all evil is a product of society has justified the release of dangerous psychopaths who immediately murdered innocent people. And the conviction that certain massive social engineering projects could reshape humanity has led to some of the greatest atrocities in history.

“Blank Slate” is an improper translation of Tabula rasa, a Latin expression that literally means “scraped tablet”. Its use in the sense that we give here is commonly attributed to the philosopher John Locke (1632-1704), although in reality he used a different image. This is the well-known passage of the Essay on human understanding:

Let us suppose that the mind is, as we say, a blank paper, empty of any character, without any idea. How is it filled? Where does all this enormous supply that the boundless and boundless fantasy of man has painted over her with an almost infinite variety come from? Where do all the materials of reason and knowledge come from? To respond with a single word, of EXPERIENCE.

The preponderance of violence in the type of environments in which we evolve does not mean that our species has the desire for death, an innate blood thirst, or a territorial imperative. There are good evolutionary reasons for members of an intelligent species to try to live in peace. Many computer simulations and many mathematical models have shown that cooperation is profitable from the evolutionary point of view, as long as donors have brains with the right combination of cognitive and emotional faculties. So if the conflict is a human universal, so is the resolution of conflicts. All the peoples, together with the disgusting and savage mobiles, show a whole series of other more friendly and pleasant motives: a sense of ethics, justice and community, a capacity to foresee the consequences of a certain action and a love for the children, the spouses and the friends …

The first step in connecting culture with the sciences of human nature is to recognize that culture, despite all its importance, is not a miasma that penetrates people through the skin. The culture rests on a neuronal circuitry that performs the feat we call “learning”. These circuits do not make us indiscriminate imitators, but we have to work with surprising surprising subtlety to make the transmission of culture possible. For this reason, focusing on the innate faculties of the mind is not an alternative to focusing on learning, culture and socialization, but rather an attempt to explain how they work.
Neuroscience is demonstrating that the basic architecture of the brain is developed under genetic control. Despite the importance of learning and plasticity, brain systems show signs of innate specialization and can not be substituted arbitrarily.

The question is not whether each time we will explain better the human nature with the sciences of the mind, the brain, the genes and the evolution, but what we are going to do with this knowledge. What are in fact the implications for our idea of ​​equality, progress, responsibility and the value of the person? Those who oppose the sciences of human nature from the left and from the right are right about one thing: they are vital questions. Which is more reason to be faced not with fear and suspicion, but with reason.
Individuals, sexes, classes and races could be distinguished innately in their talents, their abilities, their skills, their interests and their inclinations. And this, it is thought, could lead to three evils.
The first is prejudice: if groups of people are biologically distinct, discrimination by members of some groups may be rational. The second is social Darwinism: if differences in the condition of individuals-their income, their status and their crime rate, for example-come from their innate constitution, the differences can not be attributed to discrimination, which facilitates that the victim be blamed and inequality tolerated. The third is eugenics: if people differ biologically in a way that other people value or despise, they would be driven to intervene biologically to improve society – promoting or making difficult the decisions of people to have children, snatching such decision or simply annihilating them without more. The Nazis carried out the “final solution” because they thought Jews and other ethnic groups were biologically inferior.

Feminism, far from needing a clean slate, needs the opposite: a clear conception of human nature. One of the most pressing feminist causes of today is the situation of women in the developing world. In many places, female fetuses are selectively aborted, newborn girls are killed, daughters are malnourished and deprived of school, ablation is practiced for adolescents, young women are covered from head to toe. feet, it is stoned to the adulteresses and it is expected of the widows who immolate themselves in the pyre of their deceased husbands. The relativistic climate of many academic circles does not allow these horrors to be criticized because they are practices of other cultures, and cultures are superorganisms that, like people, have inalienable rights. To escape this trap, the feminist philosopher Martha Nussbaum invokes “the central functional capacities” that all human beings have the right to exercise, such as physical integrity, freedom of conscience and political participation.
Human nature offers a pattern with which to identify suffering in any member of our species.
The existence of human nature is not a reactionary doctrine that condemns us to eternal oppression, violence and greed. Obviously we must try to reduce pernicious behavior, just as we try to reduce calamities such as hunger, disease and catastrophes. But to fight against these misfortunes we do not deny the annoying facts of nature, but we confront some of them against others. For efforts to achieve social change to be effective, they must identify the moral and cognitive resources that make certain types of change possible. And for the efforts to be human, they must recognize the universal pleasures and hardships that make some types of change desirable.

The problem of free will, only to have shown that we do not need to solve it to preserve personal responsibility in the face of the growing understanding of the causes of behavior. Nor do I say that deterrence is the only way to encourage virtue, only that we should consider it the active ingredient that makes it worthwhile to maintain responsibility. And above all, I trust that I will have dispelled two fallacies that have caused the natural sciences to have spread unnecessary fear. The first fallacy is that biological explanations corrode responsibility as environmental explanations do not. The second fallacy is that causal explanations (both biological and environmental) corrode responsibility as a belief in a will or soul does not cause.
• It is a bad idea to say that discrimination is wrong only because the traits of all people are indistinguishable.
• It is a bad idea to say that violence and exploitation are wrong only because people do not feel a natural inclination towards them.
• It is a bad idea to say that people are responsible for their actions only because the causes of those acts are mysterious.
• And it is a bad idea to say that our motives are meaningless in a personal sense just because they are inexplicable in a biological sense.

The first step in understanding violence is to put aside the rejection we feel for it, and to do so long enough to examine why, from a personal or evolutionary point of view, violence can sometimes be profitable. For this it is necessary to invert the formulation of the problem: not why violence occurs, but why it is avoided. After all, morality did not enter the universe with the Big Bang and then invade it as if it were a background radiation. Our ancestors discovered it after billions of years of the morally indifferent process known as natural selection.
The sciences of human nature can strengthen the interests of women by separating those false clues from the really important goals. Feminism as a movement in favor of political and social equality is important, but not feminism as an academic clique given over to eccentric doctrines about human nature. Eliminating discrimination against women is important, not thinking that women and men are born with indistinguishable minds. The freedom of decision is important, not to ensure that women constitute exactly 50% in all professions. And eliminating sexual assault is important, but not defending the theory that rapists play their part in a vast male conspiracy.

The Blank Slate had, and has, a dark side. The vacuum he postulated in human nature was avidly filled by totalitarian regimes, and he did nothing to avoid his genocides. It perverts education, education and the arts, and converts them into forms of social engineering. It torments mothers who work outside the home and parents whose children are not as they would like them to be. Threatens to outlaw medical research that could alleviate human suffering. Its corollary, the Good Savage, invites us to disdain the principles of democracy and “a government of laws and not of men.” It prevents us from seeing our cognitive and moral deficiencies. And in matters of politics, he has put forward dogmatic dogmas to the search for viable solutions.
The Blank Slate is not an ideal that we should all beg to be true. On the contrary, it is an anti-human and anti-human abstraction that denies our common humanity, our inherent interests and our individual preferences. Although it pretends to celebrate our potential, it does the opposite, because our potential comes from the interaction of wonderfully complex faculties, and not from a passive hollow or an empty tablet.
Regardless of its good and bad effects, the Rasa Table is an empirical hypothesis about the functioning of the brain that has to be evaluated from the perspective of whether or not it is true.

Who controls the past controls the future; who controls the present controls the past », O’Brien replies:
You believe that reality is something objective, external, that exists in its own right. You also believe that the nature of reality proves itself. When you deceive yourself thinking that you see something, you take for granted that everyone else is seeing the same thing as you. But I assure you, Winston, that reality is not external. Reality exists in the human mind and nowhere else. Not in the individual mind, which can make mistakes and, in any case, perish soon. Only the mind of the Party, which is collective and immoral, can grasp reality.

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