Las Utopías Pendientes — Xosé M. Núñez Seixas / The Pending Utopias by Xosé M. Núñez Seixas (spanish book edition)

El libro empieza con una historia del mundo desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días y, a continuación, se analizan los retos que aún tenemos pendientes tras el fin de la Guerra Fría y que van a marcar nuestro futuro (la igualdad de género, los nacionalismos, las economías emergentes, las organizaciones supranacionales, las ONGs, etc.). Es esta segunda parte la que me ha parecido más interesante, ya que analiza de forma global fenómenos que estamos acostumbrados a contemplar de forma local.

En la Europa de los años sesenta surgió una nueva generación de activistas en el seno de los distintos nacionalismos subestatales. Orientados hacia la izquierda socialista o socialdemócrata, durante esa década se asistió a una paulatina recuperación del voto nacionalista en Flandes, así como a un moderado crecimiento de los sufragios obtenidos por los nacionalistas galeses y escoceses, que en el caso de los segundos se disparó hasta el 30 por ciento en 1974. En el interior de España, surgían en el País Vasco, Galicia y Cataluña nuevos grupos que se inspiraban en parte en los postulados de la nueva izquierda y en los ecos de los movimientos de liberación nacional que provenían de Asia, África y Latinoamérica.
El recambio generacional se unía al peculiar viaje de ida y vuelta de la idea nacional desde Europa a las colonias y viceversa, y al influjo posterior del mayo parisino de 1968 en la reformulación de algunas reivindicaciones territoriales. También se sumaba la cierta crisis de identidad nacional que sufrieron varios de los Estados europeos una vez perdida la mayor parte de su imperio ultramarino, que también dio lugar a ajustes económicos (como en Gran Bretaña, Francia y Bélgica), así como la nueva legitimidad y visibilidad internacional que cobró el derecho de autodeterminación, al ser reconocido por la resolución 1541 (XV) de la Asamblea General de la ONU en diciembre de 1960, a propuesta de los Estados africanos y asiáticos recién admitidos.
Las influencias extraeuropeas también podían venir de los Estados Unidos. En Irlanda del Norte, donde la población católica —alrededor de un tercio del total— era discriminada de facto por el sistema electoral, la provisión de puestos en la Administración y las oportunidades educativas y de movilidad social, la demanda de equiparación de oportunidades fue abanderada en parte por una clase media emergente que se inspiró en el movimiento afroamericano por los derechos civiles. La violenta respuesta de los unionistas protestantes, que formaron cuerpos paramilitares, y la espiral de represalias que fue protagonizada por el IRA y otras facciones, además de por el ejército británico desplegado desde 1969 en la zona, acabó por generar un conflicto étnico prolongado que se cobró un total de 3568 víctimas hasta 2001. Fue una verdadera guerra, en la que más de la mitad de los muertos fueron civiles, a menudo objeto de represalias aleatorias.
Conflictos violentos de naturaleza etnonacional, caracterizados en este caso por una mayor asimetría en el número de víctimas, surgieron también en Córcega, donde los nacionalistas corsos se dividieron en varias facciones que practicaron un terrorismo orientado principalmente a destruir símbolos de la presencia del Estado francés, y se produjo una imbricación entre prácticas mafiosas tradicionales y actividad terrorista con fines políticos. Finalmente, en el País Vasco, la adopción de la lucha armada como estrategia de oposición a la dictadura por parte de la organización ETA, fundada en 1959, a partir de 1968 sufrió un proceso de radicalización acumulativa que le llevó a dar muerte a 44 personas hasta la muerte del general Franco, y a más de 800 personas entre 1976 y 2010, mientras que el número de activistas de ETA muertos se ha situado en un centenar.

-En primer lugar, la crisis de legitimidad relativa de las identidades de los Estados-nación de la posguerra. En algunos casos era una crisis postimperial. En otros, como el de Alemania, el debate se centraba desde la década de 1980 en la necesidad de construir una identidad nacional positiva y legitimada históricamente, de la que los ciudadanos se pudiesen sentir orgullosos y no lastrada de modo permanente por los fantasmas del pasado totalitario. En otros más, como España, se añadía una deslegitimación del nacionalismo de Estado provocada por su apropiación simbólica y discursiva en la práctica, y, hasta 1975, por un sistema dictatorial.
-En segundo lugar, la acomodación al proyecto de unificación económica y política continental que suponían, primero, la CEE y después la UE, que ponía en cuestión algunos de los postulados clásicos de la soberanía nacional, al plantear la cesión progresiva de parcelas de la misma en materia económica y social.
-En tercer lugar, el desafío planteado por la progresiva conversión de buena parte de las sociedades del capitalismo avanzado en sociedades multiculturales, gracias al impacto de la inmigración de otros países de Europa (fundamentalmente, de la Europa meridional y oriental) en Europa central y occidental.
Ante las incertidumbres del futuro, volver a la nación tradicional y su marco de certezas heredado constituía y constituye un refugio seguro para muchos habitantes de Europa. El auge de partidos xenófobos en Francia desde los años ochenta del siglo XX (el Frente Nacional), en Bélgica (combinados con radicalismo nacionalista flamenco en el auge del Vlaams Blok) en la década siguiente, o en el Reino Unido, Holanda, Dinamarca o Finlandia, bajo fórmulas diversas, durante los años sucesivos, mostraba los límites de la capacidad de integración de los Estados nacionales clásicos. Asimismo, era muestra de la nostalgia de muchos europeos hacia un pasado en el que la homogeneidad cultural dentro de las fronteras de la nación, y la continuidad sin grandes cambios de un vago conjunto de valores identificados con la «cultura europea» o el «Occidente cristiano» se antojaba un objetivo posible y armónico.

A finales de enero de 2015, tras ganar por margen suficiente las elecciones legislativas en Grecia, la coalición de izquierda radical Syriza, erigida en gran esperanza del retorno a la socialdemocracia clásica en la eurozona, anunciaba la constitución de su gabinete ministerial. La sorpresa entre la izquierda europea fue, sin embargo, mayúscula y la decepción inmediata: ni una sola mujer figuraba entre los ministros, y el porcentaje femenino entre los viceministros y secretarios de Estado era inferior al 15 por ciento. En el programa de la formación apenas figuraban cuestiones como la violencia de género o la conciliación de la vida familiar y profesional de la mujer.
No obstante, entrado el siglo XXI, las cosas habían cambiado de modo sustancial: la igualdad ante la ley a todos los efectos, y la plena participación política y en la vida pública de la mitad de la humanidad, tradicionalmente excluida de ella hasta mediados del siglo XX, ha sido aceptada como un índice de normalidad y de desarrollo humano. Lo mismo se aplica a la presencia femenina en prácticamente todos los ámbitos de actividad laboral, el protagonismo público de las mujeres y su capacidad de decisión sobre su propia vida.
El avance se ha concentrado, sobre todo, en el período posterior a la II Guerra Mundial. Ha sido desigual según las áreas geográficas y culturales, las confesiones religiosas y los niveles de desarrollo socioeconómico imperantes en cada región del planeta. También ha estado sujeto a bruscas alteraciones a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, y aun en el siglo XXI. Las mujeres musulmanas de la mundana Kabul o de regiones de Irak y Jordania fueron obligadas a perder derechos de un día para otro, cuando tomaron el poder los fundamentalistas islámicos; y en países de mayoría católica las mujeres también vieron cuestionados derechos adquiridos, como el de la libre interrupción del embarazo, cuando grupos ultraconservadores y confesionales impusieron sus criterios.

Al principio, el plástico fue equiparado al progreso: ligero, barato y maleable en sus aplicaciones, resistente y duradero. La acumulación de residuos creció exponencialmente, y empezó a provocar la alarma mundial cuando el explorador noruego Thor Heyerdahl comparó en 1971 el océano Atlántico con un gigantesco vertedero de plástico, tras haberlo cruzado en un bote de papiro. Pocos años después, investigadores norteamericanos confirmaban sus observaciones. Los restos de plástico se han introducido incluso en la cadena alimentaria de muchas especies marinas. Algunas balsas de desechos plásticos surcan los océanos en formaciones compactas de cientos de kilómetros cuadrados, como la «isla de basura» existente en el Pacífico Norte, y la más reducida del Atlántico Norte, a las que se suman otras en los distintos mares.
Desde entonces, y también gracias a la presión del movimiento ecologista en la esfera política y publicística, ha aumentado la concienciación mundial sobre el problema del reciclaje del plástico. La adopción de una política medioambiental por parte de los Estados desarrollados y países en vías de desarrollo desde principios de los años setenta, a partir del ejemplo de la Agencia de Protección Medioambiental norteamericana (1970), y la profusión subsiguiente de medidas reguladoras para el control de residuos, la limitación de emisiones y un largo etcétera, contribuyó decisivamente a ello. Así se ha generado a fines del siglo XX una «cultura medioambiental» global, extendida a buena parte de los países del mundo.
La temperatura media del planeta por efecto del calentamiento global se ha incrementado en 0,8 grados centígrados en el último siglo. El ritmo se aceleró de forma sustancial desde 1975. A partir de entonces, cada década ha sido más cálida que la anterior, con una concentración más intensa en los polos, y menos notoria en los trópicos. Los océanos también se han calentado: sus aguas, hasta una profundidad de 3000 metros, han absorbido desde 1950 hasta catorce veces más energía que las masas continentales. Como consecuencia, el nivel del mar se ha incrementado hasta quince centímetros a lo largo del siglo XX; y se ha intensificado el ritmo de fusión de las masas de hielo polares, en particular en Groenlandia y en el Ártico, donde la disminución de la superficie ocupada por el hielo ha alcanzado proporciones alarmantes. El proceso de fusión en la Antártida es menos intenso, aunque en 2009 la rotura de la gigantesca barrera de hielo Wilkins, que liberó al mar una masa helada equivalente a la provincia de Sevilla, causó alarma mundial. Bajo el hielo del Ártico existe una gran cantidad de metano, gas invernadero que al liberarse hacia la atmósfera retroalimenta, además, el cambio climático.
Los «sumideros de carbono» naturales del dióxido de carbono, esto es, el suelo, los bosques, los océanos y las montañas, actúan mediante procesos naturales de «secuestro del carbono», el más importante de los cuales es la fotosíntesis. Los océanos, en particular, absorben buena parte de las emisiones de CO2 —entre un 25 y un 30 por ciento del total—, pero con ello su acidez ha aumentado, lo que repercute directamente en su biodiversidad.
Un indicador fiel del cambio climático es igualmente la progresiva fusión de los glaciares, cuyo ritmo de retroceso se ha cuadruplicado desde 1996. Además de amenazar la belleza de algunos paisajes naturales, el fenómeno podría tener consecuencias catastróficas en el caso de que, si la temperatura media del planeta continúa aumentando, desapareciesen los glaciares del Himalaya y sus macizos montañosos adyacentes.

La globalización de las comunicaciones, los transportes y los intercambios financieros y comerciales, acompañada de la revolución tecnológica y la desregulación de la economía, también daba lugar a nuevas amenazas, a menudo inconcretas y persistentes, en el estado «líquido» de la modernidad que definió el sociólogo polaco Zygmunt Bauman. Entre esas nuevas amenazas se contarían el calentamiento global…

-La crisis económica mundial, con origen en el estallido en el otoño de 2007 de la burbuja financiera provocada por la expansión de las hipotecas subprime en EE. UU., y contagiada a Europa y a los países desarrollados a partir del año siguiente, posee una duración suficiente como para ser considerada algo más que una oscilación cíclica y más o menos localizada, y tiene visos de ser comparable a otras grandes crisis económicas del siglo XX, en particular la que comenzó a finales del XIX y, el paralelo más cercano, la Gran Depresión de 1929. Sus raíces se sitúan en las contradicciones generadas por la desregulación financiera que fue iniciada ya en los ochenta, y gozó de amplio respaldo en las instancias decisorias del FMI, influyentes economistas y medios de comunicación. El mercado debía sustituir como agente regulador al Estado, por ser los actores racionales, asignar los recursos de forma eficiente y autorregularse. La veloz circulación del capital financiero, que supera a la de los bienes y servicios, actuó en EE. UU., Japón y buena parte de Europa occidental como efecto multiplicador de las políticas de crédito barato, especulación bursátil, productos financieros derivados y su inversión en activos inmobiliarios…
-El hecho de contar con el paraguas de la UE y la moneda común ha actuado en Europa como amortiguador de una caída en picado. No se han devaluado bruscamente monedas nacionales, no se han registrado retiradas masivas de depósitos, ni se han desabastecido supermercados.
-Los resultados de las recetas empleadas en el «mundo desarrollado» a mediados de la segunda década del siglo XXI no son muy esperanzadores. Aunque se ha retornado, técnicamente hablando, al crecimiento económico, este es solamente tenue, y sigue la tónica iniciada desde 1973: cada etapa de expansión en Europa y Norteamérica es más débil que la anterior. La crisis se ha cobrado millones de parados en Europa del sur y occidental, ha afectado a los ahorros y la calidad de la vida de las clases medias y de los trabajadores, y ha empeorado sus expectativas.
-El desmantelamiento de los controles financieros, y la mayor capacidad de las élites sociales para evadir impuestos o, simplemente, buscar subterfugios para no pagarlos mediante diversas estrategias, ha provocado un incremento de la polarización social. En buena parte de Europa, en EE. UU. y en el mundo, los ricos son cada vez más ricos, y las rentas del trabajo son cada vez más desiguales, mientras que los pobres lo son cada vez más. La polarización social no ayuda a la construcción de un nuevo consenso keynesiano, y la utopía de la igualdad de oportunidades se desvanece progresivamente, fruto igualmente del predominio del individualismo sobre los valores sociales y del mercado frente a la comunidad. Lo que también se ha reflejado desde finales del siglo XX en el cambio progresivo de las relaciones de trabajo en el capitalismo avanzado y la sociedad de la información.
-Las sociedades en crisis se han vuelto menos solidarias, sobre todo con los de fuera. La predisposición a aceptar inmigrantes extraeuropeos, por ejemplo, se ha reducido y los brotes de xenofobia se han multiplicado en distintas formas: como añoranza del Estado nacional fuerte y encerrado en su especificidad (Gran Bretaña), como rechazo del refugiado político y del inmigrante, etiquetado como portador de religiones y valores ajenos a la civilización occidental (Francia, Alemania), o como agresividad neonazi.
-La lección más amarga de la crisis económica del siglo XXI ha sido la quiebra de un modelo de expectativas generacionales que parecía orientarse de manera indefinida hacia una mejora progresiva de las condiciones de vida.
En Europa, la crisis ha supuesto un empeoramiento de las condiciones de vida y las expectativas de mejora de millones de personas. Mas, en un contexto global, el panorama en el siglo XXI es matizable. La crisis afecta a una parte del mundo, pero no a todo él. Millones de personas han salido de la miseria y engrosado las filas de la clase media desde Brasil a China, pasando por la India, y viven en sistemas políticos más democráticos o menos represivos que en el pasado. Su prosperidad económica y social está cada vez más ligada a la del antiguo primer mundo: si esos mercados fallan, las industrias europeas y norteamericanas sufren pérdidas. La deslocalización de empresas del primer mundo en Asia, como antes había tenido lugar en Europa meridional, oriental o Latinoamérica, ha generado numerosos casos de explotación de mano de obra mal pagada o una vuelta al trabajo infantil; pero también ha dejado algunos beneficios en esos países.
Además, miles de inmigrantes africanos continúan intentando entrar en Europa de manera ilegal. Si hay un continente olvidado y en permanente decadencia, a pesar del desembarco económico chino desde principios de siglo, ese es África.

Las izquierdas reformistas europeas y americanas se han enfrentado a menudo a la imposibilidad de combatirlo (capitalismo y la lógica de mercado). Y los antiguos o supuestos radicales de izquierda contemporáneos, sean altermundistas o poscomunistas, proponen en el fondo una vuelta al pasado: a la utopía por un tiempo cumplida de los treinta gloriosos y el Estado del Bienestar keynesiano. Por tanto, una vuelta al pasado, para reconstruir la utopía del futuro, aunque sus instrumentos tecnológicos sean otros, y su dimensión global. En definitiva, un retorno a una utopía pendiente.

The book begins with a history of the world from the end of the Second World War until today, and then discusses the challenges that we still have pending after the end of the Cold War and that will mark our future (equality of gender, nationalisms, emerging economies, supranational organizations, NGOs, etc.). It is this second part that I found most interesting, since it analyzes globally phenomena that we are accustomed to contemplate locally.

In the Europe of the sixties, a new generation of activists emerged within the different sub-national nationalisms. Oriented towards the socialist or social democratic left, during that decade there was a gradual recovery of the nationalist vote in Flanders, as well as a moderate growth of the suffrages obtained by the Welsh and Scottish nationalists, which in the case of the latter skyrocketed 30 percent in 1974. In the interior of Spain, new groups arose in the Basque Country, Galicia and Catalonia that were inspired in part by the postulates of the new left and in the echoes of the national liberation movements that came from Asia , Africa and Latin America.
The generational change was linked to the peculiar round trip of the national idea from Europe to the colonies and vice versa, and to the subsequent influx of Parisian May 1968 in the reformulation of some territorial claims. There was also a certain crisis of national identity suffered by several of the European states once they lost most of their overseas empire, which also led to economic adjustments (as in Britain, France and Belgium), as well as the new legitimacy and international visibility that claimed the right to self-determination, as it was recognized by resolution 1541 (XV) of the UN General Assembly in December 1960, at the proposal of newly admitted African and Asian States.
Extra-European influences could also come from the United States. In Northern Ireland, where the Catholic population – about a third of the total – was discriminated de facto by the electoral system, the provision of posts in the Administration and educational opportunities and social mobility, the demand for equalization of opportunities was standard-bearer partly because of an emerging middle class that was inspired by the African-American civil rights movement. The violent response of the Protestant unionists, who formed paramilitary bodies, and the spiral of reprisals that was carried out by the IRA and other factions, in addition to the British army deployed since 1969 in the area, ended up generating a prolonged ethnic conflict that It claimed a total of 3568 victims until 2001. It was a real war, in which more than half of the dead were civilians, often the target of random reprisals.
Violent conflicts of an ethnonational nature, characterized in this case by a greater asymmetry in the number of victims, also arose in Corsica, where the Corsican nationalists were divided into several factions that practiced a terrorism oriented mainly to destroy symbols of the presence of the French State, and there was an overlap between traditional mafia practices and terrorist activity for political purposes. Finally, in the Basque Country, the adoption of the armed struggle as a strategy of opposition to the dictatorship by the ETA organization, founded in 1959, since 1968 underwent a process of cumulative radicalization that led to the death of 44 people until the death of General Franco, and more than 800 people between 1976 and 2010, while the number of dead ETA activists has reached a hundred.

-In the first place, the crisis of relative legitimacy of the identities of the nation-states of the postwar period. In some cases it was a post-imperial crisis. In others, such as the one in Germany, the debate centered since the 1980s on the need to build a positive and historically legitimated national identity, which citizens could feel proud of and not permanently weighed by the ghosts of the past totalitarian. In others, such as Spain, there was added a delegitimization of state nationalism provoked by its symbolic and discursive appropriation in practice, and, until 1975, by a dictatorial system.
-In the second place, the accommodation to the project of economic and political continental unification that was supposed, first, the EEC and then the EU, which put in question some of the classic postulates of national sovereignty, by proposing the progressive transfer of plots of land. same in economic and social matters.
-Finally, the challenge posed by the progressive conversion of many of the societies of advanced capitalism into multicultural societies, thanks to the impact of immigration from other European countries (mainly from southern and eastern Europe) in central Europe and western.
Faced with the uncertainties of the future, returning to the traditional nation and its inherited framework of certainties constituted and constitutes a safe haven for many inhabitants of Europe. The rise of xenophobic parties in France since the eighties of the twentieth century (the National Front), in Belgium (combined with Flemish nationalist radicalism in the Vlaams Blok boom) in the following decade, or in the United Kingdom, the Netherlands, Denmark or Finland, under various formulas, during the following years, showed the limits of the integration capacity of the classic national States. It was also a sign of nostalgia for many Europeans towards a past in which cultural homogeneity within the borders of the nation, and continuity without major changes of a vague set of values ​​identified with the “European culture” or the “West” Christian »seemed like a possible and harmonious goal.

At the end of January 2015, after gaining by enough margin the legislative elections in Greece, the radical leftist coalition Syriza, erected in great hope of the return to classical social democracy in the eurozone, announced the constitution of its ministerial cabinet. The surprise among the European left was, however, capitalized and the immediate disappointment: not a single woman was among the ministers, and the female percentage among the deputy ministers and secretaries of state was less than 15 percent. In the program of the training as soon as they appeared questions as the violence of sort or the conciliation of the family and professional life of the woman.
However, in the 21st century, things had changed substantially: equality before the law for all purposes, and full political participation and public life of half of humanity, traditionally excluded from it until the middle of the Twentieth century, has been accepted as an index of normality and human development. The same applies to the presence of women in practically all areas of work, the public role of women and their ability to make decisions about their own lives.
The advance has been concentrated, above all, in the post-World War II period. It has been unequal according to the geographic and cultural areas, the religious confessions and the socio-economic development levels prevailing in each region of the planet. It has also been subject to abrupt alterations throughout the second half of the 20th century, and even in the 21st century. The Muslim women of the mundane Kabul or regions of Iraq and Jordan were forced to lose rights overnight, when the Islamic fundamentalists seized power; and in countries with a Catholic majority, women also saw questioned acquired rights, such as the free interruption of pregnancy, when ultraconservative and confessional groups imposed their criteria.

At the beginning, the plastic was equated to progress: light, cheap and malleable in its applications, resistant and durable. The accumulation of waste grew exponentially, and began to cause worldwide alarm when the Norwegian explorer Thor Heyerdahl compared the Atlantic Ocean in 1971 with a gigantic plastic dump, after crossing it in a papyrus boat. A few years later, American researchers confirmed their observations. The remains of plastic have been introduced even into the food chain of many marine species. Some rafts of plastic waste cross the oceans in compact formations of hundreds of square kilometers, as the “island of garbage” existing in the North Pacific, and the smallest of the North Atlantic, to which others are added in the different seas.
Since then, and also thanks to the pressure of the environmental movement in the political and public sphere, the world’s awareness of the problem of plastic recycling has increased. The adoption of an environmental policy by developed and developing countries since the early 1970s, based on the example of the North American Environmental Protection Agency (1970), and the subsequent profusion of regulatory measures for control waste, limiting emissions and a long etcetera, contributed decisively to this. This has generated a global “environmental culture” at the end of the 20th century, extended to a large part of the countries of the world.
The average temperature of the planet due to global warming has increased by 0.8 degrees centigrade in the last century. The pace has accelerated substantially since 1975. Since then, each decade has been warmer than the previous one, with a more intense concentration at the poles, and less noticeable in the tropics. The oceans have also warmed up: their waters, up to a depth of 3000 meters, have absorbed from 1950 up to fourteen times more energy than the continental masses. As a consequence, the sea level has increased up to fifteen centimeters throughout the 20th century; and the rate of melting of polar ice masses has intensified, particularly in Greenland and the Arctic, where the decrease in surface area occupied by ice has reached alarming proportions. The melting process in Antarctica is less intense, although in 2009 the break of the giant Wilkins ice barrier, which released an ice mass equivalent to the province of Seville, caused worldwide alarm. Under the ice of the Arctic there is a large amount of methane, a greenhouse gas that, when released into the atmosphere, also feeds back climate change.
The natural “carbon sinks” of carbon dioxide, that is, soil, forests, oceans and mountains, act through natural processes of “carbon sequestration”, the most important of which is photosynthesis. The oceans, in particular, absorb a good part of the CO2 emissions – between 25 and 30 percent of the total – but with this their acidity has increased, which has a direct impact on their biodiversity.
A faithful indicator of climate change is also the progressive melting of glaciers, whose rate of decline has quadrupled since 1996. In addition to threatening the beauty of some natural landscapes, the phenomenon could have catastrophic consequences in the event that, if the temperature As the planet continues to increase, the glaciers of the Himalayas and their adjacent mountain ranges disappear.

The globalization of communications, transport and financial and commercial exchanges, accompanied by the technological revolution and the deregulation of the economy, also gave rise to new threats, often vague and persistent, in the “liquid” state of modernity. defined the Polish sociologist Zygmunt Bauman. Among these new threats would be global warming …

-The world economic crisis, with origin in the outbreak in the fall of 2007 of the financial bubble caused by the expansion of subprime mortgages in the US. UU., And infected to Europe and the developed countries as of the following year, has a sufficient duration to be considered something more than a cyclical and more or less localized oscillation, and it has a tendency to be comparable to other great economic crises of the century. XX, particularly the one that began in the late nineteenth century and, the closest parallel, the Great Depression of 1929. Its roots lie in the contradictions generated by the financial deregulation that began in the eighties, and enjoyed broad support in the decision-makers of the IMF, influential economists and the media. The market had to substitute the State as the regulating agent, as the rational actors, allocate resources efficiently and self-regulate. The fast circulation of financial capital, which exceeds that of goods and services, acted in the USA. UU., Japan and much of Western Europe as a multiplier effect of the policies of cheap credit, stock market speculation, derivative financial products and their investment in real estate assets …
-The fact of having the umbrella of the EU and the common currency has acted in Europe as a shock absorber of a plummeting fall. There have been no sharp devaluations of national currencies, no massive withdrawals of deposits, nor supermarkets have been depleted.
-The results of the recipes used in the “developed world” in the middle of the second decade of the 21st century are not very encouraging. Although it has returned, technically speaking, to economic growth, this is only tenuous, and follows the trend started since 1973: each stage of expansion in Europe and North America is weaker than the previous one. The crisis has claimed millions of unemployed in southern and western Europe, has affected the savings and quality of life of the middle classes and workers, and has worsened their expectations.
-The dismantling of financial controls, and the greater capacity of social elites to evade taxes or, simply, seek subterfuges to avoid paying them through various strategies, has led to an increase in social polarization. In a good part of Europe, in the USA. UU and in the world, the rich are getting richer, and the incomes of labor are increasingly unequal, while the poor are becoming increasingly unequal. Social polarization does not help in the construction of a new Keynesian consensus, and the utopia of equality of opportunities gradually fades, as does the predominance of individualism over social values ​​and the market in front of the community. What has also been reflected since the late twentieth century in the progressive change of labor relations in advanced capitalism and the information society.
– Societies in crisis have become less supportive, especially with those from outside. The predisposition to accept extra-European immigrants, for example, has been reduced and the outbreaks of xenophobia have multiplied in different ways: as a longing for the strong national state and locked in its specificity (Great Britain), as a refusal of the political and immigrant refugees, labeled as a carrier of religions and values ​​alien to Western civilization (France, Germany), or as neo-Nazi aggression.
-The most bitter lesson of the economic crisis of the 21st century has been the failure of a model of generational expectations that seemed to be oriented indefinitely towards a progressive improvement of living conditions.
In Europe, the crisis has meant a worsening of living conditions and the expectations of improvement of millions of people. But, in a global context, the panorama in the 21st century is nuanced. The crisis affects a part of the world, but not all of it. Millions of people have emerged from poverty and swelled the ranks of the middle class from Brazil to China, through India, and live in more democratic or less repressive political systems than in the past. Its economic and social prosperity is increasingly linked to that of the old world: if those markets fail, European and North American industries suffer losses. The relocation of first world companies in Asia, as before had taken place in southern, eastern or Latin America, has generated numerous cases of exploitation of poorly paid labor or a return to child labor; but it has also left some benefits in those countries.
In addition, thousands of African immigrants continue to try to enter Europe illegally. If there is a continent forgotten and in permanent decline, despite the Chinese economic landing since the beginning of the century, that is Africa.

The European and American reformist lefts have often faced the impossibility of fighting it (capitalism and market logic). And the old or supposed contemporary radical left, whether altermundist or post-communist, basically propose a return to the past: the utopia for a time fulfilled by the glorious thirty and the Keynesian Welfare State. Therefore, a return to the past, to reconstruct the utopia of the future, although its technological instruments are others, and its global dimension. In short, a return to a pending utopia.

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