Las Utopías Pendientes — Xosé M. Núñez Seixas

El libro empieza con una historia del mundo desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta nuestros días y, a continuación, se analizan los retos que aún tenemos pendientes tras el fin de la Guerra Fría y que van a marcar nuestro futuro (la igualdad de género, los nacionalismos, las economías emergentes, las organizaciones supranacionales, las ONGs, etc.). Es esta segunda parte la que me ha parecido más interesante, ya que analiza de forma global fenómenos que estamos acostumbrados a contemplar de forma local.

En la Europa de los años sesenta surgió una nueva generación de activistas en el seno de los distintos nacionalismos subestatales. Orientados hacia la izquierda socialista o socialdemócrata, durante esa década se asistió a una paulatina recuperación del voto nacionalista en Flandes, así como a un moderado crecimiento de los sufragios obtenidos por los nacionalistas galeses y escoceses, que en el caso de los segundos se disparó hasta el 30 por ciento en 1974. En el interior de España, surgían en el País Vasco, Galicia y Cataluña nuevos grupos que se inspiraban en parte en los postulados de la nueva izquierda y en los ecos de los movimientos de liberación nacional que provenían de Asia, África y Latinoamérica.
El recambio generacional se unía al peculiar viaje de ida y vuelta de la idea nacional desde Europa a las colonias y viceversa, y al influjo posterior del mayo parisino de 1968 en la reformulación de algunas reivindicaciones territoriales. También se sumaba la cierta crisis de identidad nacional que sufrieron varios de los Estados europeos una vez perdida la mayor parte de su imperio ultramarino, que también dio lugar a ajustes económicos (como en Gran Bretaña, Francia y Bélgica), así como la nueva legitimidad y visibilidad internacional que cobró el derecho de autodeterminación, al ser reconocido por la resolución 1541 (XV) de la Asamblea General de la ONU en diciembre de 1960, a propuesta de los Estados africanos y asiáticos recién admitidos.
Las influencias extraeuropeas también podían venir de los Estados Unidos. En Irlanda del Norte, donde la población católica —alrededor de un tercio del total— era discriminada de facto por el sistema electoral, la provisión de puestos en la Administración y las oportunidades educativas y de movilidad social, la demanda de equiparación de oportunidades fue abanderada en parte por una clase media emergente que se inspiró en el movimiento afroamericano por los derechos civiles. La violenta respuesta de los unionistas protestantes, que formaron cuerpos paramilitares, y la espiral de represalias que fue protagonizada por el IRA y otras facciones, además de por el ejército británico desplegado desde 1969 en la zona, acabó por generar un conflicto étnico prolongado que se cobró un total de 3568 víctimas hasta 2001. Fue una verdadera guerra, en la que más de la mitad de los muertos fueron civiles, a menudo objeto de represalias aleatorias.
Conflictos violentos de naturaleza etnonacional, caracterizados en este caso por una mayor asimetría en el número de víctimas, surgieron también en Córcega, donde los nacionalistas corsos se dividieron en varias facciones que practicaron un terrorismo orientado principalmente a destruir símbolos de la presencia del Estado francés, y se produjo una imbricación entre prácticas mafiosas tradicionales y actividad terrorista con fines políticos. Finalmente, en el País Vasco, la adopción de la lucha armada como estrategia de oposición a la dictadura por parte de la organización ETA, fundada en 1959, a partir de 1968 sufrió un proceso de radicalización acumulativa que le llevó a dar muerte a 44 personas hasta la muerte del general Franco, y a más de 800 personas entre 1976 y 2010, mientras que el número de activistas de ETA muertos se ha situado en un centenar.

-En primer lugar, la crisis de legitimidad relativa de las identidades de los Estados-nación de la posguerra. En algunos casos era una crisis postimperial. En otros, como el de Alemania, el debate se centraba desde la década de 1980 en la necesidad de construir una identidad nacional positiva y legitimada históricamente, de la que los ciudadanos se pudiesen sentir orgullosos y no lastrada de modo permanente por los fantasmas del pasado totalitario. En otros más, como España, se añadía una deslegitimación del nacionalismo de Estado provocada por su apropiación simbólica y discursiva en la práctica, y, hasta 1975, por un sistema dictatorial.
-En segundo lugar, la acomodación al proyecto de unificación económica y política continental que suponían, primero, la CEE y después la UE, que ponía en cuestión algunos de los postulados clásicos de la soberanía nacional, al plantear la cesión progresiva de parcelas de la misma en materia económica y social.
-En tercer lugar, el desafío planteado por la progresiva conversión de buena parte de las sociedades del capitalismo avanzado en sociedades multiculturales, gracias al impacto de la inmigración de otros países de Europa (fundamentalmente, de la Europa meridional y oriental) en Europa central y occidental.
Ante las incertidumbres del futuro, volver a la nación tradicional y su marco de certezas heredado constituía y constituye un refugio seguro para muchos habitantes de Europa. El auge de partidos xenófobos en Francia desde los años ochenta del siglo XX (el Frente Nacional), en Bélgica (combinados con radicalismo nacionalista flamenco en el auge del Vlaams Blok) en la década siguiente, o en el Reino Unido, Holanda, Dinamarca o Finlandia, bajo fórmulas diversas, durante los años sucesivos, mostraba los límites de la capacidad de integración de los Estados nacionales clásicos. Asimismo, era muestra de la nostalgia de muchos europeos hacia un pasado en el que la homogeneidad cultural dentro de las fronteras de la nación, y la continuidad sin grandes cambios de un vago conjunto de valores identificados con la «cultura europea» o el «Occidente cristiano» se antojaba un objetivo posible y armónico.

A finales de enero de 2015, tras ganar por margen suficiente las elecciones legislativas en Grecia, la coalición de izquierda radical Syriza, erigida en gran esperanza del retorno a la socialdemocracia clásica en la eurozona, anunciaba la constitución de su gabinete ministerial. La sorpresa entre la izquierda europea fue, sin embargo, mayúscula y la decepción inmediata: ni una sola mujer figuraba entre los ministros, y el porcentaje femenino entre los viceministros y secretarios de Estado era inferior al 15 por ciento. En el programa de la formación apenas figuraban cuestiones como la violencia de género o la conciliación de la vida familiar y profesional de la mujer.
No obstante, entrado el siglo XXI, las cosas habían cambiado de modo sustancial: la igualdad ante la ley a todos los efectos, y la plena participación política y en la vida pública de la mitad de la humanidad, tradicionalmente excluida de ella hasta mediados del siglo XX, ha sido aceptada como un índice de normalidad y de desarrollo humano. Lo mismo se aplica a la presencia femenina en prácticamente todos los ámbitos de actividad laboral, el protagonismo público de las mujeres y su capacidad de decisión sobre su propia vida.
El avance se ha concentrado, sobre todo, en el período posterior a la II Guerra Mundial. Ha sido desigual según las áreas geográficas y culturales, las confesiones religiosas y los niveles de desarrollo socioeconómico imperantes en cada región del planeta. También ha estado sujeto a bruscas alteraciones a lo largo de la segunda mitad del siglo XX, y aun en el siglo XXI. Las mujeres musulmanas de la mundana Kabul o de regiones de Irak y Jordania fueron obligadas a perder derechos de un día para otro, cuando tomaron el poder los fundamentalistas islámicos; y en países de mayoría católica las mujeres también vieron cuestionados derechos adquiridos, como el de la libre interrupción del embarazo, cuando grupos ultraconservadores y confesionales impusieron sus criterios.

Al principio, el plástico fue equiparado al progreso: ligero, barato y maleable en sus aplicaciones, resistente y duradero. La acumulación de residuos creció exponencialmente, y empezó a provocar la alarma mundial cuando el explorador noruego Thor Heyerdahl comparó en 1971 el océano Atlántico con un gigantesco vertedero de plástico, tras haberlo cruzado en un bote de papiro. Pocos años después, investigadores norteamericanos confirmaban sus observaciones. Los restos de plástico se han introducido incluso en la cadena alimentaria de muchas especies marinas. Algunas balsas de desechos plásticos surcan los océanos en formaciones compactas de cientos de kilómetros cuadrados, como la «isla de basura» existente en el Pacífico Norte, y la más reducida del Atlántico Norte, a las que se suman otras en los distintos mares.
Desde entonces, y también gracias a la presión del movimiento ecologista en la esfera política y publicística, ha aumentado la concienciación mundial sobre el problema del reciclaje del plástico. La adopción de una política medioambiental por parte de los Estados desarrollados y países en vías de desarrollo desde principios de los años setenta, a partir del ejemplo de la Agencia de Protección Medioambiental norteamericana (1970), y la profusión subsiguiente de medidas reguladoras para el control de residuos, la limitación de emisiones y un largo etcétera, contribuyó decisivamente a ello. Así se ha generado a fines del siglo XX una «cultura medioambiental» global, extendida a buena parte de los países del mundo.
La temperatura media del planeta por efecto del calentamiento global se ha incrementado en 0,8 grados centígrados en el último siglo. El ritmo se aceleró de forma sustancial desde 1975. A partir de entonces, cada década ha sido más cálida que la anterior, con una concentración más intensa en los polos, y menos notoria en los trópicos. Los océanos también se han calentado: sus aguas, hasta una profundidad de 3000 metros, han absorbido desde 1950 hasta catorce veces más energía que las masas continentales. Como consecuencia, el nivel del mar se ha incrementado hasta quince centímetros a lo largo del siglo XX; y se ha intensificado el ritmo de fusión de las masas de hielo polares, en particular en Groenlandia y en el Ártico, donde la disminución de la superficie ocupada por el hielo ha alcanzado proporciones alarmantes. El proceso de fusión en la Antártida es menos intenso, aunque en 2009 la rotura de la gigantesca barrera de hielo Wilkins, que liberó al mar una masa helada equivalente a la provincia de Sevilla, causó alarma mundial. Bajo el hielo del Ártico existe una gran cantidad de metano, gas invernadero que al liberarse hacia la atmósfera retroalimenta, además, el cambio climático.
Los «sumideros de carbono» naturales del dióxido de carbono, esto es, el suelo, los bosques, los océanos y las montañas, actúan mediante procesos naturales de «secuestro del carbono», el más importante de los cuales es la fotosíntesis. Los océanos, en particular, absorben buena parte de las emisiones de CO2 —entre un 25 y un 30 por ciento del total—, pero con ello su acidez ha aumentado, lo que repercute directamente en su biodiversidad.
Un indicador fiel del cambio climático es igualmente la progresiva fusión de los glaciares, cuyo ritmo de retroceso se ha cuadruplicado desde 1996. Además de amenazar la belleza de algunos paisajes naturales, el fenómeno podría tener consecuencias catastróficas en el caso de que, si la temperatura media del planeta continúa aumentando, desapareciesen los glaciares del Himalaya y sus macizos montañosos adyacentes.

La globalización de las comunicaciones, los transportes y los intercambios financieros y comerciales, acompañada de la revolución tecnológica y la desregulación de la economía, también daba lugar a nuevas amenazas, a menudo inconcretas y persistentes, en el estado «líquido» de la modernidad que definió el sociólogo polaco Zygmunt Bauman. Entre esas nuevas amenazas se contarían el calentamiento global…

-La crisis económica mundial, con origen en el estallido en el otoño de 2007 de la burbuja financiera provocada por la expansión de las hipotecas subprime en EE. UU., y contagiada a Europa y a los países desarrollados a partir del año siguiente, posee una duración suficiente como para ser considerada algo más que una oscilación cíclica y más o menos localizada, y tiene visos de ser comparable a otras grandes crisis económicas del siglo XX, en particular la que comenzó a finales del XIX y, el paralelo más cercano, la Gran Depresión de 1929. Sus raíces se sitúan en las contradicciones generadas por la desregulación financiera que fue iniciada ya en los ochenta, y gozó de amplio respaldo en las instancias decisorias del FMI, influyentes economistas y medios de comunicación. El mercado debía sustituir como agente regulador al Estado, por ser los actores racionales, asignar los recursos de forma eficiente y autorregularse. La veloz circulación del capital financiero, que supera a la de los bienes y servicios, actuó en EE. UU., Japón y buena parte de Europa occidental como efecto multiplicador de las políticas de crédito barato, especulación bursátil, productos financieros derivados y su inversión en activos inmobiliarios…
-El hecho de contar con el paraguas de la UE y la moneda común ha actuado en Europa como amortiguador de una caída en picado. No se han devaluado bruscamente monedas nacionales, no se han registrado retiradas masivas de depósitos, ni se han desabastecido supermercados.
-Los resultados de las recetas empleadas en el «mundo desarrollado» a mediados de la segunda década del siglo XXI no son muy esperanzadores. Aunque se ha retornado, técnicamente hablando, al crecimiento económico, este es solamente tenue, y sigue la tónica iniciada desde 1973: cada etapa de expansión en Europa y Norteamérica es más débil que la anterior. La crisis se ha cobrado millones de parados en Europa del sur y occidental, ha afectado a los ahorros y la calidad de la vida de las clases medias y de los trabajadores, y ha empeorado sus expectativas.
-El desmantelamiento de los controles financieros, y la mayor capacidad de las élites sociales para evadir impuestos o, simplemente, buscar subterfugios para no pagarlos mediante diversas estrategias, ha provocado un incremento de la polarización social. En buena parte de Europa, en EE. UU. y en el mundo, los ricos son cada vez más ricos, y las rentas del trabajo son cada vez más desiguales, mientras que los pobres lo son cada vez más. La polarización social no ayuda a la construcción de un nuevo consenso keynesiano, y la utopía de la igualdad de oportunidades se desvanece progresivamente, fruto igualmente del predominio del individualismo sobre los valores sociales y del mercado frente a la comunidad. Lo que también se ha reflejado desde finales del siglo XX en el cambio progresivo de las relaciones de trabajo en el capitalismo avanzado y la sociedad de la información.
-Las sociedades en crisis se han vuelto menos solidarias, sobre todo con los de fuera. La predisposición a aceptar inmigrantes extraeuropeos, por ejemplo, se ha reducido y los brotes de xenofobia se han multiplicado en distintas formas: como añoranza del Estado nacional fuerte y encerrado en su especificidad (Gran Bretaña), como rechazo del refugiado político y del inmigrante, etiquetado como portador de religiones y valores ajenos a la civilización occidental (Francia, Alemania), o como agresividad neonazi.
-La lección más amarga de la crisis económica del siglo XXI ha sido la quiebra de un modelo de expectativas generacionales que parecía orientarse de manera indefinida hacia una mejora progresiva de las condiciones de vida.
En Europa, la crisis ha supuesto un empeoramiento de las condiciones de vida y las expectativas de mejora de millones de personas. Mas, en un contexto global, el panorama en el siglo XXI es matizable. La crisis afecta a una parte del mundo, pero no a todo él. Millones de personas han salido de la miseria y engrosado las filas de la clase media desde Brasil a China, pasando por la India, y viven en sistemas políticos más democráticos o menos represivos que en el pasado. Su prosperidad económica y social está cada vez más ligada a la del antiguo primer mundo: si esos mercados fallan, las industrias europeas y norteamericanas sufren pérdidas. La deslocalización de empresas del primer mundo en Asia, como antes había tenido lugar en Europa meridional, oriental o Latinoamérica, ha generado numerosos casos de explotación de mano de obra mal pagada o una vuelta al trabajo infantil; pero también ha dejado algunos beneficios en esos países.
Además, miles de inmigrantes africanos continúan intentando entrar en Europa de manera ilegal. Si hay un continente olvidado y en permanente decadencia, a pesar del desembarco económico chino desde principios de siglo, ese es África.

Las izquierdas reformistas europeas y americanas se han enfrentado a menudo a la imposibilidad de combatirlo (capitalismo y la lógica de mercado). Y los antiguos o supuestos radicales de izquierda contemporáneos, sean altermundistas o poscomunistas, proponen en el fondo una vuelta al pasado: a la utopía por un tiempo cumplida de los treinta gloriosos y el Estado del Bienestar keynesiano. Por tanto, una vuelta al pasado, para reconstruir la utopía del futuro, aunque sus instrumentos tecnológicos sean otros, y su dimensión global. En definitiva, un retorno a una utopía pendiente.

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