La Leyenda Negra Y La Verdad Histórica — Julián Juderías

Magnífico libro sobre el debate de ¿Qué es, a todo esto, la leyenda negra? ¿Qué es lo que puede calificarse de este modo tratándose de España?. Libro imprescindible para muchos españoles, que aún persisten en la autoflagelación masoquista de considerarse una nación maldita e impresentable. Este libro les hará ver que las cualidades españolas son mucho más positivas e importantes de lo que ellos se creen. Y demuestra por qué. Libro que contrasta la historia de España con la de otras naciones europeas: colonización, quema de brujas, persecuciones y matanzas religiosas, formas de gobierno, etc. Muy interesante e instructivo, hace justicia a España.

Por leyenda negra entendemos el ambiente creado por los fantásticos relatos que acerca de nuestra Patria han visto la luz pública en casi todos los países; las descripciones grotescas que se han hecho siempre del carácter de los españoles como individuos y como colectividad; la negación, o por lo menos, la ignorancia sistemática de cuanto nos es favorable y honroso en las diversas manifestaciones de la cultura y del arte; las acusaciones que en todo tiempo se han lanzado contra España fundándose para ello en hechos exagerados, mal interpretados o falsos en su totalidad, y finalmente, la afirmación, contenida en libros al parecer respetables y verídicos y muchas veces reproducida, comentada y ampliada en la Prensa extranjera, de que nuestra Patria constituye, desde el punto de vista de la tolerancia, de la cultura y del progreso político, una excepción lamentable dentro del grupo de las naciones europeas. En una palabra, entendemos por leyenda negra, la leyenda de la España inquisitorial, ignorante, fanática, incapaz de figurar entre los pueblos cultos lo mismo ahora que antes, dispuesta siempre a las represiones violentas; enemiga del progreso y de las innovaciones.

Dos elementos principales: la omisión y la exageración. Entendámonos; omisión de lo que puede favorecernos y exageración de cuanto puede perjudicarnos. La prueba es fácil. En la mayoría de los libros extranjeros que tratan de literatura, de arte, de filosofía, de ciencias económicas, de legislación o de cualquier otra materia, rara vez se ve mencionado el nombre de España o reseñada su actividad, a no ser para ponerla como ejemplo de atraso, para decir que su fanatismo religioso le impidió pensar, o para aludir a su afición por los espectáculos crueles, natural atavismo, aseguran, de quienes en otro tiempo se solazaron con las hogueras de la Inquisición. Tan cierto es esto, que en las obras más famosas que han visto la luz pública en Europa acerca de arte, de literatura y de ciencia, obras enciclopédicas y magistrales, la labor de España se reseña a la ligera.

La leyenda creada hace tres siglos por Guillermo de Orange, corregida y aumentada por nuestros enemigos políticos y religiosos y exagerada más tarde por el desdén que inspiró a todos nuestra lamentable decadencia, perdura en la mente de nuestros contemporáneos. Y como la vida moderna, con sus apremios, no permite dedicar tiempo a estudios eruditos ni a investigaciones personales, predomina y se impone el criterio de las obras de vulgarización —más o menos inspirado en esa leyenda— y da lugar, de cuando en cuando, a movimientos de opinión tan molestos y vergonzosos para España como aquellos de que fueron teatro las grandes capitales de Europa en fecha no muy lejana todavía.

Dos aspectos, igualmente curiosos y dignos de estudio, ofrece la leyenda negra: el aspecto social, es decir, el referente al carácter y a las costumbres de los españoles, y el aspecto político, o sea el relativo a la acción de España, a las consecuencias de esta acción y a su reflejo en la vida actual del pueblo español.
No podemos quejarnos, pues, de la leyenda antiespañola. Esta no desaparecerá mientras no nos corrijamos de esos defectos. Sólo se borrará de la memoria de las gentes cuando renazca en nosotros la esperanza de un porvenir mejor, esperanza fundada en el estudio de lo propio y en la conciencia de las propias fuerzas; no en libros extranjeros ni en serviles imitaciones de lo extraño, sino en nosotros mismos, en el tesoro de tradiciones y de energías que nuestros antepasados nos legaron, y cuando creyendo que fuimos, creamos también que podemos volver a ser.
España fue y —lo que es peor aún— tiene que seguir siendo supersticiosa y fanática, sanguinaria e inculta, porque así lo han decretado los grandes maestros del pensamiento: Guizot, según el cual, podría escribirse la Historia de la civilización prescindiendo de nuestra Patria, o Niebuhr, a cuyo parecer ni siquiera tuvimos capitanes, como no hayan sido de bandoleros. Este es, por desgracia, el criterio que en punto a nuestra Historia predomina en los libros, en las revistas y en los periódicos de la Europa consciente.

La intolerancia, no solamente es un fenómeno que se ha dado en todas partes y que en todas partes se da, sino que ofrece los mismos caracteres y produce las mismas persecuciones cualquiera que sea la vestimenta con que se disfrace, el color de esta vestimenta y la finalidad que se le atribuya. Lo mismo da que el católico persiga al protestante, como que el protestante persiga al católico y ambos a los judíos, y tanto monta que la persecución se realice en defensa de un ideal religioso como en defensa de un ideal racionalista. Los medios son los mismos, los vejámenes iguales, e idénticos los resultados. No vamos a hacer la historia de la intolerancia, que, según Julio Simón, es la Historia del mundo.
La superioridad de España no obedecía exclusivamente al poder político, a la excelencia de sus soldados ni a la habilidad de sus embajadores, sino que se fundaba, como se funda hoy la de las grandes potencias, la de Alemania, por ejemplo, en la cultura, es decir, en la fecundidad de sus literatos, de sus artistas, de sus teólogos, de sus filósofos y de sus hombres de ciencia. A la enorme actividad política correspondía, como no podía menos de ocurrir, una enorme actividad en la esfera intelectual, porque el engrandecimiento de los países y sus diversas manifestaciones llegan siempre al mismo nivel.

Fuimos, sí, un país intolerante y fanático en una época en que todos los pueblos de Europa eran intolerantes y fanáticos; quemamos herejes cuando los quemaban en Francia, cuando en Alemania se perseguían unos a otros en nombre de la libertad de conciencia, cuando Lutero azuzaba a los nobles contra los campesinos sublevados, cuando Calvino denunciaba a Servet a la Inquisición católica de Vienne y luego le quemaba por hereje; quemamos a las brujas cuando todos sin excepción creían en los sortilegios y maleficios, desde Lutero hasta Felipe II; prohibimos la lectura de ciertos libros cuando la Sorbona y el Parlamento de París nos daban el ejemplo quemando solemnemente por mano del verdugo las obras de Lutero y los libros de Mariana; impusimos nuestro criterio a sangre y fuego cuando no se conocían otros procedimientos para la dominación, y colonizamos nuestras posesiones con más miramientos que los anglosajones las suyas. A la tétrica figura legendaria de Felipe II, el demonio del Mediodía, opongamos las figuras verdaderamente repulsivas de Enrique VIII, verdugo de sus mujeres; de Isabel, que mandó ejecutar a María Estuardo y persiguió ferozmente a sus adversarios; de Enrique IV, que abandonó sus creencias para ser Rey de Francia; de Enrique III, que mandó asesinar a Guisa y compartió el poder con sus miñones; de Francisco I, que perseguía unas veces a los protestantes y otras se aliaba con Solimán para combatir a los cristianos, o de los Príncipes alemanes de los siglos XVI y XVII, tiranuelos y sanguijuelas de sus súbditos.
La nación que cerró el camino a los árabes; que salvó a la cristiandad en Lepanto; que descubrió un Nuevo Mundo y llevó a él nuestra civilización; que formó y organizó la bella infantería, que sólo pudimos vencer imitando sus Ordenanzas; que creó en el arte una pintura del realismo más poderoso; en teología, un misticismo que elevó las almas a prodigiosa altura; en las letras, una novela social, el Quijote, cuyo alcance filosófico iguala, si no supera, al encanto de la invención y del estilo; la nación que supo dar al sentimiento del honor su expresión más refinada y soberbia, merece, a no dudarlo, que se la tenga en cierta estima y que se intente estudiarla seriamente, sin necio entusiasmo y sin injustas prevenciones…

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