El Sexo Inútil (Viaje En Torno A La Mujer) — Oriana Fallaci

Este breve libro que tuvo bastante éxito cuando se publicó, nos habla de lo que representan las mujeres a través del mundo y culturas principalmente de Asia y ese sin duda es su atractivo como la autora sabía hacer.
La primera impresión que una mujer occidental recibe a su llegada a países rigurosamente musulmanes es, como en el Pakistán, la de ser la única mujer superviviente de un diluvio universal donde se han ahogado todas las mujeres del mundo.
No ves ni una mujer en el autobús que te lleva a las ocho de la noche desde el aeropuerto al hotel. No ves ni una mujer en el vestíbulo del hotel, ni por las escaleras, ni en el ascensor, ni por el corredor que conduce a la habitación.
Quien cuida de la limpieza de la habitación es un hombre. Quien plancha los trajes y pega los botones es un hombre. Quien te sirve en el restaurante es un hombre. La voz que contesta desde la central telefónica es la de un hombre. En suma: no encuentras una mujer a menos que se te ocurra salir a la calle.
Por la calle las mujeres caminan dentro de la prisión del purda…

—Me han hablado mucho —le dije— de las indias como símbolo de sumisión y obediencia, sin parangón con las demás mujeres de otros países, sobre todo por su gran fortaleza en aceptar las cosas justas o injustas.
La Rajkumari me dio un capirotazo en la nariz y exclamó:
—¡Ah, no, querida! No espere que yo le hable de esas tonterías. La India ha cambiado y sus mujeres ya no son como creéis en Europa. No lo son por lo menos desde hace treinta años, desde la revolución de Gandhi. Usted debe de saber lo que hicieron en mil novecientos treinta las indias de Gandhi, ¿verdad? Porque si lo ignora, no puede escribir sobre este país.
Las leyes que, gracias a ellas, han modificado el rostro de la India: el Hindu Marriage Act (Ley del matrimonio hindú), promulgada en 1955, que prohíbe la poligamia; el Widow Remarriage Act (Ley sobre el casamiento en segundas nupcias de las viudas), promulgada en 1956, que permite a las viudas contraer nuevo matrimonio; el Child Marriage Restraint Act (Ley prohibitiva de matrimonios infantiles), que prohíbe a los padres concertar el matrimonio de sus hijos cuando éstos son niños todavía. En época no muy lejana las niñas eran desposadas a los cinco o seis años; en la actualidad no pueden casarse antes de haber cumplido los quince.
—El sari es una simple tira de tela falta de forma; por tanto corresponde a quien lo viste el dársela.
—El sari no es sexual —indicó Leela Shukla—; pero estéticamente es el vestido más bello del mundo, y hasta el más lógico.
—Lógico, no. Ni siquiera cómodo —repuse yo para provocarla—. Yo he intentado vestir el quimono, y resulta fácil y cómodo. He intentado vestir el sarong, y es fácil y cómodo. Pero para vestir el sari he precisado ayuda, y cuando he probado a caminar tropiezo continuamente. El sari es un traje de gala, no un vestido de trabajo.
—¡Jamás había oído que para trabajar se requiriese uniforme! —exclamó Anjani Mehta, enojada.
—No se trata de uniforme —replicó Jamila, conciliadora—. Mi amiga tiene razón. El sari no es nada cómodo. Yo, por ejemplo, cuando tengo que conducir el coche o jugar a baloncesto me siento incómoda.
—Entonces ¿por qué lo llevan siempre? —pregunté—. También a mí me gusta el sari más que cualquier otro vestido; pero para montar en bicicleta, como se ve cada día por las calles de Delhi, me parece bastante incongruente. Todas las mujeres del mundo adoptan los vestidos europeos; hasta las japonesas visten a la europea. El pobre de la india es la hambruna.

—Quien crea que en la China actual está de moda el amor libre se equivoca. Los chinos de esta generación, y sobre todo las chinas, sienten verdadero terror por el pecado carnal y el erotismo. La clausura de los cuarenta mil prostíbulos no fue debida únicamente a razones sociales y económicas: fue determinada principalmente por razones morales. Hoy día no existe en China relación amorosa que no haya sido sancionada por el matrimonio. Un hombre y una mujer que pretendan vivir juntos sin estar casados se exponen a que todo el mundo los señale como pecadores despreciables. El adulterio constituye una de las culpas más graves. Los divorcios son raros y muy difíciles de obtener. Para conseguirlos no basta el adulterio. El Estado proclama la unidad familiar y la devoción filial, que constituyen una de las principales enseñanzas de las madres a sus hijos. Las chinas modernas son tan puritanas que hasta han moralizado la palabra «amor». Antes, en vez de decir «marido» o «mujer», se decía Nui Jan: la persona de casa.

Las japonesas en quimono son bellas como Tokio de noche. Pero con el traje sastre aparecen tan feas como Tokio de día. Y hablan, demasiado: como los cláxones que resuenan estridentes por las calles asfaltadas.
«El vestido europeo incita a la charlatanería —escribió un día al periódico Asahi la anciana señora Akiko Yamada—. Es preciso restablecer la melancolía del quimono. No se puede ser una buena okamisan con las piernas desnudas».
Okamisan significa en japonés «diosa de la casa».
Los maridos de la Nippon Keisai Kai, asociación fundada en 1956 con la finalidad de exigir a las esposas el antiguo respeto, claman: «Hoy día para vivir como una okamisan es preciso tener el valor de un kamikaze».
Ya no se llama kamikaze a los pilotos suicidas de la última guerra. Ahora se designa así a los taxistas que se lanzan al tráfico infernal de Tokio invocando la ayuda de Buda.
Contrariamente a la mujer china, la japonesa no fue jamás puritana, esclava de tabúes sensuales. La costumbre de efectuar el baño desnudos en la misma piscina, hombres y mujeres, jóvenes y viejos, es centenaria: en contraste absoluto con la usanza china de esconder el cuerpo a cualquiera que no sea el propio marido.
El precepto de dar a luz todos los hijos que sea posible jamás fue un precepto religioso, sino una exigencia social, dictada por el sueño ambicioso de regir el mundo.
Así es que las mujeres japonesas no se opusieron en absoluto a la nueva campaña, que además les hacía sentir la exquisita emoción de ser árbitras de un problema nacional. No hubo necesidad de comicios, como en la India. Y en 1957 el gobierno podía afirmar con orgullo que el porcentaje de decesos estaba a la par con el de nacimientos: cada veinticinco segundos nacía en Japón un niño, pero cada veinticuatro segundos había una defunción.

Las estadísticas afirman que en Norteamérica las probabilidades que tiene un hombre de vivir después de cumplir los cuarenta años es menor que en cualquier otro país; después de los cincuenta quedan reducidas a la mínima expresión: el veinticuatro por ciento si se compara con el hombre italiano, el cincuenta y cinco por ciento en relación con el hombre sueco. Y debo advertir que estas estadísticas hacen caso omiso del número de hombres muertos en guerra. Han sido tomadas en tiempo de paz: cuando ya había acabado la guerra de Corea.
Por eso Norteamérica está llena de viudas. Existen actualmente nueve millones de viudas contra un millón y medio de viudos. Las encontráis desparramadas por todo el mundo: en Italia, en París, en la Costa Azul, en Miami, en Oriente, como la viuda de Baltimore que deseaba un autógrafo de la maharaní en el Rambagh Palace de Jaipur. Pero no os conmueven como las viudas indias: no son tan desgraciadas. De ordinario son alegres, ricas, porque heredaron los ahorros del difunto marido, y saben disfrutar de la vida: como asesinos en libertad.

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