Adiós Shangai (trilogía judía II) — Angel Wagenstein

Shanghai 1941, ciudad cosmopolita, llena de contrastes exóticos donde la riqueza y la miseria conviven en distante armonía, donde al lado de las elegantes Concesiones Internacionales habitan miles de chinos en condiciones de extrema pobreza y en medio de toda esta vorágine urbana está Hongkou, barrio convertido en gueto para más de treinta mil judíos alemanes que cada día, en condiciones de hacinamiento e insalubridad despiertan a una realidad incierta. El matrimonio de Theodor y Elisabeth Weiss, el carterista Schlomo Finkelstein, la actríz-secretaria Hilde Braum y el rabino Leo Levin son algunos de los que por culpa de las Leyes de Núremberg se ha visto privados de sus derechos y profesiones viendose obligados a emigrar y buscar refugio en esta ciudad bajo control nipón. En medio del caos de la gran urbe y la no menos caótica situación política que obliga a las naciones a forma bloques beligerantes, el cerco se va estrechando para los judíos, la larga sombra de la esvástica llega al Extremo Oriente, la cuenta atrás para la supervivencia a comenzado.
Novela histórica muy bien escrita, llena de diálogos y descripciones que nos lleva a este caítulo casi olvidado de la diáspora cuando más de cuarenta mil judíos buscaron refugio en el Extremo Oriente durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1941). Una trama que saltando de personaje en personaje, nos lleva a sus orígenes, vidas y destinos de una forma que atrapa al lector hasta el final.
Si El pentateuco de Isaac nos contaba la odisea, la travesía por la vida de una persona en un mundo terrible entre dos guerras y varios totalitarismos, aquí tenemos un drama coral que nos da aventura, emoción, reflexión, tristeza y alguna gotita, no muchas, de esperanza.
Todo con una banda sonora como la de la filarmónica / sinfónica de Dresden o Philadelphia…

Shanghai renacía de sus cenizas y ruinas.
Esta vez, las monjas en el puerto no tocaban valses: los bombardeos habían hecho volar por los aires la mitad de sus instrumentos. Ahora nuevas partituras estaban posadas y chillando sobre los hilos del telégrafo, sobre los árboles a lo largo de la orilla del río, o picoteaban a los pies de quienes subían por la escala de acceso al barco. Por lo demás, aunque estuvieran intactos, no hubieran servido. Esto quería decir la madre Antonia cuando refunfuñó con enfado: «¡Intentad soplar un trombón mientras estáis llorando, a ver si os resulta!».
Como en la vida de la humanidad ante una caída no queda otra de intentar levantarse…

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