Historia De Un Despropósito — Joaquín Leguina / Story Of A Nonsense by Joaquín Leguina (spanish book edition)

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Con el subtítulo de Zapatero, el gran organizador de derrotas, sin duda este libro es interesante en cuanto
el autor proporciona una serie de claves para interpretar las grandes equivocaciones del presidente Zapatero, que nos han llevado a una situación complicada y de la que costará salir indemne. Además lo hace desde un juicio equilibrado, con críticas a «unos y otros», aunque se centre más -lógicamente- en el objeto del libro. Un socialista, al fin, que se olvida de los clichés y se centra en lo que es mejor para el país, sin temer por ello ser tachado de políticamente incorrecto.

El PSOE se presentó a las elecciones de 1996 en malas condiciones anímicas y políticas. A la división interna entre «renovadores» y «guerristas» —un contencioso nunca resuelto— se unía el paso a través de un auténtico viacrucis mediático-judicial, el cual ocupó la última legislatura de Felipe González (1993-1996). En esa legislatura, se mezclaron los más variados escándalos, desde los GAL hasta la huida, caza y captura de Luis Roldán —el director de la Guardia Civil, que había acumulado un notable patrimonio personal a base de trapacerías— pasando por Filesa y todo un rosario de financiaciones ilegales del partido. Todo esto fue utilizado como munición por el PP en aquella larga «carga de la brigada ligera» cuyo eslogan pretendía resumir en tres palabras la acción de Gobierno de los socialistas: «Paro, despilfarro y corrupción».
De «derrota dulce» la calificó Alfonso Guerra, pero se equivocaba. Aquella derrota representó el final político de una generación a la que por edad, por ideas y por experiencias vitales pertenezco. Pero no fui capaz entonces de percibir que aquello era el final… Por eso erré el camino. Fui de los que pensaron que bastaría con un descanso para tomar impulso, dejar arreglados los contenciosos internos y volver a la brecha con nuevos bríos y posibilidades de victoria.

Tres decisiones significativas tomadas en la oposición y que más tarde, cuando Zapatero llegó al Gobierno, tendrían consecuencias «estratégicas» en el campo territorial y también en el de la política antiterrorista. Denominaré a esas decisiones por el nombre del lugar en el que se materializaron: Cataluña, Euskadi y Madrid.

-Cataluña
En marzo de 2003, ocho meses antes de las elecciones catalanas, Pascual Maragall presentó un documento titulado Bases para la elaboración del Estatuto de Cataluña, haciendo del nuevo Estatuto (que, por cierto, nadie reclamaba salvo él) el centro de su oferta programática, lo cual planteó la necesidad de encajar aquel discurso catalanista en el del PSOE. A tal fin se reunieron en Madrid José Bono, Manuel Chaves, Pascual Maragall, Juan Carlos Rodríguez Ibarra y José Luis Rodríguez Zapatero. Durante aquella cena, la conversación giró en torno a cómo era posible avanzar en la descentralización del Estado de las Autonomías, es decir, hasta dónde podían ser admitidas por el PSOE las aspiraciones de Maragall sin sobrepasar el marco constitucional. Zapatero estuvo muy interesado en alcanzar un acuerdo.
Con Montilla de presidente, tras encabezar en 2006 la lista del PSC por Barcelona. Montilla había pactado en secreto y sin consultar con Zapatero continuar con el tripartito si sacaban entre los tres grupos un diputado más que CiU. El PSC perdió en aquellas elecciones 236.000 votos y cinco diputados respecto a 2003, pero pudo formar otro gobierno tripartito.

-Euskadi
La desconfianza de ZP hacia Redondo no era nueva, ya la había mostrado desde el inicio de su mandato, por ejemplo, yendo a visitar al lendakari Ibarretxe sin comunicárselo a Nicolás. Incluso después de que Redondo dimitiera como secretario general de los socialistas vascos, y dado que muchos militantes le pedían en público que no se fuera, «la mano que aprieta», es decir, José Blanco, había puesto en marcha la máquina de picar carne amagando con sacar a relucir cuestiones personales o filtrando maldades a la prensa. Así se hizo pública una reunión que los Redondo (padre e hijo), junto con Enrique Múgica, habían tenido con Aznar en La Moncloa. Un juego miserable que tan «agradable» hace la convivencia dentro de los partidos. A todo ello se unía la idea que siempre tuvo ZP de no querer saber nada con el PP, prefiriendo siempre otros compañeros de baile, aunque fueran enemigos del Estado, como lo son los nacionalistas.
Fuera como fuera, Redondo dimitió en diciembre de 2001 de todos sus cargos políticos y regresó a la vida civil.

-Madrid
El secretario general de Madrid era entonces Rafael Simancas, que le había ganado el último congreso al candidato propuesto por José Blanco. Con reticencia, sí, pero el mando de la calle Ferraz le dejó encabezar la lista de la comunidad. Sin embargo, la ejecutiva federal impuso a Trinidad Jiménez, paradigma de los nuevos valores y gran esperanza blanca del renovado socialismo, como cabeza de lista a la alcaldía de la capital.
Antes de que Jiménez encabezara la lista de la villa de Madrid, Rafael Simancas había encargado una encuesta para testar varios nombres como posibles aspirantes a la alcaldía de Madrid, entre ellos el de Javier Solana, además de Trinidad Jiménez y dos más.
¿Por qué no quiso Zapatero que Solana encabezara la lista municipal? Las hipótesis son dos, y ambas bastantes miserables: porque Solana era —en términos de Juan Carlos Rodríguez Ibarra— del «antiguo testamento», o por temor a que el futuro alcalde pudiera hacerle sombra.
Por su parte, José Blanco se ocupó de meter a gente de su confianza en las listas y, por supuesto, en la de la Asamblea de Madrid. Simancas se tragó esa píldora que a la postre resultaría venenosa.
Los amigos madrileños de José Blanco eran un grupo autodenominado Renovadores por la Base (ya escribí antes sobre ellos), que operaba en Madrid desde hacía tiempo chalaneando con sus votos sindicados, apoyando ora a uno, ora a otro, pero siempre al mejor postor, introduciendo así un virus fenicio que no había existido antes en la Federación Socialista Madrileña. Virus que pronto infectaría a todo el partido en Madrid.

Conviene recordarlo ahora: la de partidos fue una ley necesaria y fue impulsada por Zapatero. Es bueno recordarlo porque más tarde, cuando creyó que él era el destinado a traer «la paz», las prisas le llevaron a repudiar una de las mejores cosas que había hecho, y la había hecho desde la oposición.
Como producto de los equilibrios territoriales entraron en el Gobierno Magdalena Álvarez (Fomento) y Carmen Calvo (Cultura), propuestas por Manuel Chaves, que, al parecer, se había cansado de sus peleas en el Consejo de Gobierno de la Junta de Andalucía y se deshacía de ellas por el viejo procedimiento de la patada p’arriba.
Fruto también de esos equilibrios, entró en el Gobierno José Montilla (Industria), que en 2006 fue sustituido por otro exalcalde catalán, Joan Clos. Por impulso extremeño, entró María Antonia Trujillo (Vivienda); por el lado gallego, y de la mano de José Blanco, se hizo cargo de Agricultura y Pesca la discreta Elena Espinosa. En tanto que zapateristas puros, entraron José Antonio Alonso (Interior), un juez de León, amigo personal de Zapatero, que en su acción política dejaría un recuerdo de buen hacer y discreción, y Jesús Caldera (Trabajo), que impulsaría el «gran proyecto», la ley de dependencia, y que durante un tiempo quiso ser —y no pudo— el contrapeso «social» a los «liberales» que, según él, se ocupaban en el Gobierno de la economía. También en esa categoría de zapaterista entró en el Gobierno Jordi Sevilla (Administraciones Públicas), que había prometido enseñarle economía a Zapatero «en 2 tardes con micrófono abierto…

Muchas de las ideas o prejuicios que Zapatero expresó, una vez que estuvo en el Gobierno, pertenecen a lo que se conoce como corrección política. Es esta una corriente de pensamiento de origen norteamericano que había alcanzado «su mármol y su día» bastantes años atrás en los Estados Unidos. Una «corrección política» que apostó desde su inicio a favor de las «discriminaciones positivas» a través de las cuotas y otros mecanismos.
La discriminación positiva iba dirigida en los Estados Unidos a favor de «las minorías injustamente marginadas», y muy particularmente a favor de los afroamericanos. Pronto se comprobó que las discriminaciones positivas aplicadas a favor de los afroamericanos, por ejemplo, en la selección de alumnos a la hora de su admisión en las universidades, no provocaban graves daños a los alumnos blancos, pero sí a los alumnos de origen asiático, que solían —y suelen— tener las mejores notas en aquel país.
Zapatero, muy influido por los intereses y reivindicaciones de algunas minorías, como la de los homosexuales, se propuso abordar en el plano legal —ya lo introdujo en el programa— parte de sus reivindicaciones, entre las que había algunas muy justificadas. Estoy pensando, por ejemplo, en el matrimonio entre personas del mismo sexo (ley aprobada en junio de 2005). Nada tuve que oponer y voté a favor de aquella iniciativa legislativa con total convencimiento. Sin embargo, aquí y acullá, en este o en aquel detalle, quedó impreso ese toque «políticamente correcto» que, bajo la apariencia de radicalismo, pone el sello corporativo de algún lobby, aunque sea un lobby «benefactor».
En efecto, el nuevo feminismo que creció y se expresó bajo el manto protector del zapaterismo tenía, como Jano, dos caras: la del radicalismo y la del «lobby de mujeres»; esta segunda faz, más práctica y utilitaria, había nacido en Europa a impulsos de mujeres dedicadas a la política en los países de la Unión Europea. Ambas caras, radicalismo y «lobbysmo», convivieron dentro del zapaterismo con éxito notable.
El impulso que abrió la puerta a esta ley se debió a las familias de los represaliados por el franquismo durante y después de la guerra civil. No se necesitaba ninguna ley para dar cuenta justa y cabal de aquellas más que justificadas demandas, pero la ley 52/2007, que no acabó con los problemas reales, sí sirvió para remover de forma inconveniente el rescoldo de la tragedia (1936-1939). También se aprovechó esa ley para poner en solfa la Transición y a sus protagonistas, que, según los antifranquistas sobrevenidos, no habían sido capaces de pasarle la cuenta a la dictadura por sus fechorías (la carga principal se llevó a cabo contra la ley de amnistía del 17 de octubre de 1977).
Dos objetivos que Zapatero vio con buenos ojos y que provocaron un agrio debate del cual el presidente del Gobierno pensó que podía sacar provecho. Al fin y al cabo, era buena ocasión para «marcar la diferencia» con el PP (¿no eran «los herederos del franquismo»?) y también con quienes protagonizaron la Transición (unos blandos a quienes había que desmitificar.
Zapatero en vísperas de un mitin durante el cual quería anunciar un nuevo «regalo». Alguien, al parecer Miguel Sebastián, le sugirió que una buena medida pronatalista sería darle a cada mujer una cantidad cada vez que trajera al mundo un niño. Así nació el cheque bebé (2500 euros por cada nacimiento).
Cuando oí a Zapatero anunciar aquel regalo «demográfico», le pregunté —una vez más— al ministro de Trabajo (que se sentaba delante de mí en el hemiciclo) de dónde había salido la propuesta. Él negó que fuera suya y, cuando le dije que cualquier demógrafo desaconsejaría una cosa así para incentivar la natalidad, Jesús Caldera sonrió y se encogió de hombros.
El cheque bebé, cuyo coste anual no diferiría mucho de los 700 millones de euros, desapareció de los presupuestos cuando en mayo de 2010 Zapatero se dio al fin cuenta de que el déficit público no era ninguna broma.
Rodríguez Zapatero no inventó el mangoneo político, pero se subió al carro con entusiasmo, de la mano, eso sí, de sus asesores más directos, que dieron siempre la impresión de esconderse tras la figura del presidente del Gobierno para emprender, generalmente en beneficio propio, peligrosas aventuras, ya fuera con la concesión de alguna cadena de televisión, ya fuera en otras operaciones, que, vistas en conjunto, constituyeron un cúmulo de despropósitos.
Llamo política de mangoneo a toda intervención opaca desde el poder para forzar a que se tomen decisiones en el ámbito de la vida social (judicatura, empresariado…) sin que el Gobierno tenga competencias legalmente regladas para ello. El rey del mangoneo fue en España José María Aznar, que sustituyó el preexistente sector público empresarial por un sector privado progubernamental. Vamos, que puso al frente de las empresas públicas (Telefónica, Altadis, Repsol, Argentaria, Endesa…) a sus amigos.

Durante gran parte del «reinado» de Zapatero, Cebrián se aguantó las ganas de meterle algún rejón. Pero en cuanto ZP entró en barrena, sacó la faca, y el lunes 18 de julio de 2011 El País lanzó una andanada (dos cañonazos) desde el editorial, con arranque en primera, y desde «La cuarta página» en un artículo firmado por el consejero delegado, es decir, por Juan Luis Cebrián. Las dos descargas debieron dejar patidifusos a los habitantes (y habitantas) del palacete de la Moncloa, al comprobar que la última puñalada siempre proviene de la daga de Marco Bruto.
El editorial («Final de ciclo») y el artículo («Esta insoportable levedad») no tenían desperdicio.

Los tres años largos que transcurrieron entre las elecciones de 2008 y las municipales de mayo de 2011 fueron muy malos para la lírica zapateril, aunque el presidente del Gobierno, en un alarde de fantasiosa ensoñación, se empeñara, por ejemplo, en negar la crisis (palabra que, a una orden suya, los socialistas sacaron del diccionario).
Empeñado en «el proceso de paz», convencido, quizá, de que pasaría a la historia como «el pacificador de Euskadi», durante su última legislatura Zapatero escenificó un auténtico baile de disfraces, con la ayuda impagable del Tribunal Constitucional y de su presidente, Pascual Sala, quien acabó legalizando a los proetarras y asistiendo a su entrada triunfal, primero en los municipios vascos y más tarde en el Parlamento de Vitoria.
Ya lo relaté antes: Zapatero se arriesgó mucho en el diálogo con ETA antes de que los terroristas dinamitaran en diciembre de 2006 la T4 de Barajas. Fue a partir de aquella barbaridad cuando los batasunos organizaron una partida de ajedrez en dos tiempos (primero Sortu, luego Bildu), consiguiendo que los políticos españoles y los medios de comunicación no hablaran de otra cosa durante meses. Sin embargo, el Estado español vio legitimadas sus armas legales contra el terrorismo cuando el 30 de junio de 2009 una sentencia del Tribunal de Estrasburgo torpedeó la línea de flotación de los proetarras y también castigó a los del PNV, que habían recurrido a la justicia europea para que la ley de partidos quedase eliminada.

El viacrucis del PSOE hacia la derrota en las generales tuvo una estación intermedia: las elecciones autonómicas y municipales del 22 de mayo de 2011, en las cuales la caída del PSOE fue general. Aquella deriva se llevó por delante a muchos alcaldes, concejales y presidentes autonómicos socialistas que ninguna responsabilidad tenían en el desastre zapateril.
Engañaron, porque los dirigentes del PP sabían perfectamente lo que estaba pasando y las dificultades en las que estaba el país, empezando por el sistema financiero y siguiendo por el sistema fiscal, y durante la campaña ocultaron esa realidad. Se llegó a prometer (González Pons) la creación de tres millones de empleos. Un engaño que poco después el PP pagaría caro en términos de crédito social y también electoral.
Como en ella era habitual, la noche del 20 de noviembre de 2011 la dirección del PSOE no asumió responsabilidad alguna (no hubo dimisiones) en el catastrófico resultado de las elecciones generales celebradas ese día. Se pasó del 43,9.% al 28,7.% de los votos emitidos y se perdieron, respecto a 2008, 4.350.000 electores y 59 diputados. La comisión ejecutiva despachó aquellas pérdidas millonarias de electores con «explicaciones» tan apresuradas como ramplonas: «No hemos sabido explicar bien las medidas que el Gobierno se ha visto obligado a tomar a partir de mayo de 2010» o «El PP apenas ha recogido votos que fueron socialistas en 2008».

Tras la derrota de noviembre (2011), la decencia política y un mínimo instinto colectivo de supervivencia hubieran aconsejado: 1) Que Zapatero dimitiera la noche de la derrota para dar paso a una gestora elegida por el comité federal. 2) Que esta gestora, primero, convocara sin prisas un congreso extraordinario con un solo punto en el orden del día: «Debate y aprobación de la ponencia política» y, más adelante, esa misma gestora convocara un congreso donde se elegiría la comisión ejecutiva y el secretario general.
Pero los zapateristas prefirieron poner el carro delante de los bueyes…

La corrupción y la crisis, con el consiguiente aplastamiento económico de las capas medias, tenían que producir, como así ha sido, una radicalización de posiciones políticas e ideológicas. Un desfogue en la calle y también la consiguiente descalificación de las élites, empezando por la élite política. Ese desprecio por las élites, como era lógico, pronto derivó hacia las instituciones, desde el Parlamento («No nos representan») hasta la Corona (con Urdangarin al frente), y con ese impulso aparecieron «las soluciones», de suerte que hoy en España cada ciudadano ha sacado del cajón de su mesilla de noche una reforma constitucional, su personal «enmienda a la totalidad» de la democracia existente. Parecería que cada vez hay menos «integrados» y más «apocalípticos», por usar los términos de Umberto Eco. De repente hay que reformarlo todo y tirar el agua sucia y poco importa que el bebé vaya dentro.
Tampoco el pasado ha quedado exento de la crítica. Me refiero a las abundantes diatribas contra quienes hicieron la Transición, «unos cobardes que no se atrevieron a poner en su sitio a los franquistas y que además construyeron un Estado inviable».
La palabra decencia se usa en España mucho menos que antes. Parecería que ese término de tan arraigada nobleza se ha tornado obsoleto. Lo que sí se usa y en abundancia es su antónimo, indecencia, y muchas veces aplicada a los políticos. Sin embargo, la decencia es un término que debería casar bien con la actividad política y con el talante, las formas y el discurso de quienes se dedican al noble arte de llevar en sus manos «la cosa pública».
Pero entremos en el oscuro mundo de la indecencia que lleva el feo nombre de corrupción política. Algo que no es nuevo en España y tampoco exclusivo de nuestro país.
El qué hacer y el cómo hacerlo deben quedar en manos de los políticos, pero se trata de prohibir, clara y terminantemente, que ningún político pueda intervenir jamás ni directa ni indirectamente en la decisión de quién hace la obra, da el servicio o toma la concesión. El quién ha de quedar en manos de comisiones ad hoc compuestas por funcionarios de carrera. Y punto.
¿Evitará eso la corrupción? Quizá no del todo, porque siempre que existan seres humanos —y los funcionarios lo son— existirán tentaciones y algunos caerán en ellas, pero la corrupción se alejará de la política, porque ya se sabe que quien evita la tentación evita el pecado y, precisamente, por ahí hay que cortar este nudo gordiano.

El federalismo puede ser un concepto impreciso, pero no sirve para cualquier roto o para cualquier descosido. No puede servir, por ejemplo, como comodín con el que salir del paso de la grave crisis política, social e institucional en la que nos ha metido a todos el nacionalismo catalán.
La participación real en los asuntos públicos, que tiene su expresión más cabal en unas elecciones generales, encuentra en el voto, así depositado, una insuficiente expresión. La democracia exige ya otras participaciones. Por otra parte, la democracia interna exigida por la Constitución a los partidos es una caricatura que es admitida y tolerada como algo inexorable.
Aquellos que en el año 2000 se hicieron con los mandos del PSOE para «renovarlo» bajo la consigna de «juventud, primavera de la vida» nos han dejado en herencia un largo invierno del que tendremos que salir cambiando de caballo. De no hacerlo, seguiremos a la intemperie y tiritando.

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With the subtitle of Zapatero, the great organizer of defeats, this book is undoubtedly interesting as far as
the author provides a series of keys to interpret the great mistakes of President Zapatero, which have led to a complicated situation and from which it will cost to emerge unscathed. It also does so from a balanced judgment, with criticism of «each other», although it focuses more-logically-on the object of the book. A socialist, at the end, who forgets the clichés and focuses on what is best for the country, without fearing for being labeled as politically incorrect.

The PSOE was presented to the 1996 elections in poor political and political conditions. The internal division between «renovators» and «guerristas» -an unresolved dispute-was joined by an authentic media-judicial viacrucis, which occupied the last legislature of Felipe González (1993-1996). In that legislature, mixed the most varied scandals, from the GAL to the escape, hunting and capture of Luis Roldán – the director of the Civil Guard, who had accumulated a remarkable personal heritage based on trappings – through Filesa and a whole rosary of illegal financing of the party. All this was used as ammunition by the PP in that long «load of the light brigade» whose slogan was intended to summarize in three words the action of the Socialists’ government: «Unemployment, waste and corruption.»
Alfonso Guerra called it «sweet defeat,» but he was wrong. That defeat represented the political end of a generation that by age, ideas and life experiences belong. But I was not able then to perceive that this was the end … That’s why I wandered the way. I was one of those who thought that a break would suffice to gain momentum, to settle the internal disputes and to return to the breach with new vigor and possibilities of victory.

Three significant decisions taken in the opposition and that later, when Zapatero arrived at the Government, would have «strategic» consequences in the territorial field and also in the one of the antiterrorist policy. I will name those decisions by the name of the place in which they materialized: Catalonia, Euskadi and Madrid.

-Catalonia
In March 2003, eight months before the Catalan elections, Pascual Maragall presented a document entitled Bases for the preparation of the Statute of Catalonia, making the new Statute (which, incidentally, nobody claimed but him) the center of its programmatic offer, which raised the need to fit that Catalanist discourse into that of the PSOE. To this end, José Bono, Manuel Chaves, Pascual Maragall, Juan Carlos Rodríguez Ibarra and José Luis Rodríguez Zapatero met in Madrid. During that dinner, the conversation revolved around how it was possible to advance in the decentralization of the Autonomous State, that is, to what extent the aspirations of Maragall could be admitted by the PSOE without exceeding the constitutional framework. Zapatero was very interested in reaching an agreement.
With Montilla as president, after heading in 2006 the PSC list for Barcelona. Montilla had agreed in secret and without consulting Zapatero continue with the tripartite if they drew between the three groups a deputy rather than CiU. The PSC lost in those elections 236,000 votes and five deputies with respect to 2003, but could form another tripartite government.

-Euskadi
ZP’s distrust of Redondo was not new, he had shown it since the beginning of his term, for example, going to visit the Ibarretxe Lendakari without telling Nicolás. Even after Redondo resigned as general secretary of the Basque Socialists, and since many militants were asking him in public not to leave, «the hand that squeezes», that is, José Blanco, had started the meat grinder threatening to bring up personal issues or filtering evils to the press. Thus a meeting was made public that the Redondo (father and son), along with Enrique Múgica, had had with Aznar in La Moncloa. A miserable game that so «pleasant» makes the coexistence within the parties. To all this was joined the idea that ZP always had not want to know anything with the PP, always preferring other dance partners, even if they were enemies of the State, as are the nationalists.
Anyway, Redondo resigned in December 2001 from all his political positions and returned to civilian life.

-Madrid
The general secretary of Madrid was then Rafael Simancas, who had won the last congress to the candidate proposed by José Blanco. With reluctance, yes, but the command of Ferraz Street let him lead the list of the community. However, the federal executive imposed on Trinidad Jiménez, paradigm of the new values ​​and great white hope of renewed socialism, as head of list to the mayor’s office of the capital.
Before Jiménez headed the list of the town of Madrid, Rafael Simancas had commissioned a survey to test several names as possible candidates for mayor of Madrid, including Javier Solana, Trinidad Jiménez and two others.
Why did not Zapatero want Solana to head the municipal list? The hypotheses are two, and both are quite miserable: because Solana was -in Juan Carlos Rodríguez Ibarra’s terms- of the «old testament», or because he feared that the future mayor could overshadow him.
For his part, José Blanco took care to put people he trusted in the lists and, of course, in the Assembly of Madrid. Simancas swallowed that pill that would turn out to be poisonous.
José Blanco’s friends in Madrid were a group calling themselves Renovadores por la Base (I already wrote about them before), which had been operating in Madrid for a long time, chalaneando with their syndicated votes, supporting one now, another, but always the highest bidder, thus introducing a Phoenician virus that had not existed before in the Madrilenian Socialist Federation. Virus that would soon infect the whole party in Madrid.

It is convenient to remember now: the one of parties was a necessary law and was impelled by Zapatero. It is good to remember him because later, when he thought he was destined to bring «peace,» the rush led him to repudiate one of the best things he had done, and he had done it from the opposition.
As a result of territorial balances, Magdalena Álvarez (Fomento) and Carmen Calvo (Culture) joined the government, proposed by Manuel Chaves, who apparently had grown weary of his fights in the Governing Council of the Junta de Andalucía and He got rid of them by the old procedure of the p’arriba kick.
Fruit of these balances, José Montilla (Industry) joined the Government, which in 2006 was replaced by another Catalan ex-mayor, Joan Clos. Extremadura impulse, María Antonia Trujillo (Housing); on the Galician side, and by the hand of José Blanco, the discreet Elena Espinosa took charge of Agriculture and Fisheries. As a pure shoemaker, José Antonio Alonso (Interior), a judge from León, a personal friend of Zapatero, who in his political action would leave a memory of good work and discretion, and Jesús Caldera (Labor), who would promote the «great project «, the law of dependency, and that for a time wanted to be -and could not- the» social «counterweight to the» liberals «who, according to him, were engaged in the government of the economy. Also in that category of shoemaker Jordi Sevilla entered the Government (Public Administration), which had promised to teach Zapatero economy «in 2 afternoons with open microphone …

Many of the ideas or prejudices that Zapatero expressed, once he was in the government, belong to what is known as political correctness. This is a current of thought of North American origin that had reached «its marble and its day» many years ago in the United States. A «political correctness» that bet from the beginning in favor of «positive discriminations» through quotas and other mechanisms.
Positive discrimination was directed in the United States in favor of «unjustly marginalized minorities,» and very particularly in favor of African-Americans. It soon became clear that the positive discrimination applied to African-Americans, for example, in the selection of students at the time of admission to universities, did not cause serious harm to white students, but to students of Asian origin, They used to -and usually- have the best grades in that country.
Zapatero, very influenced by the interests and claims of some minorities, like that of homosexuals, proposed to address on the legal level – and introduced it in the program – part of their claims, among which there were some very justified. I am thinking, for example, of marriage between people of the same sex (law passed in June 2005). I had nothing to oppose and I voted in favor of that legislative initiative with total conviction. However, here and there, in this or in that detail, was printed that «politically correct» touch that, under the appearance of radicalism, puts the corporate seal of a lobby, even if it is a «benefactor» lobby.
Indeed, the new feminism that grew and expressed itself under the protective mantle of shoemaking had, like Janus, two faces: that of radicalism and that of the «women’s lobby»; this second face, more practical and utilitarian, had been born in Europe to the impulses of women dedicated to politics in the countries of the European Union. Both faces, radicalism and «lobbysmo», coexisted within zapaterismo with remarkable success.
The impulse that opened the door to this law was due to the families of the repressed by the Franco regime during and after the civil war. No law was needed to give a fair and full account of those more than justified demands, but Law 52/2007, which did not end the real problems, did serve to remove inconveniently the embers of the tragedy (1936-1939) . This law was also used to put the Transition and its protagonists to the test, which, according to the anti-Francoists, had not been able to pass the bill on to the dictatorship for their misdeeds (the main charge was carried out against the amnesty law of the October 17, 1977).
Two objectives that Zapatero saw with good eyes and that provoked a bitter debate of which the Prime Minister thought he could take advantage. After all, it was a good occasion to «make a difference» with the PP (were not they «the heirs of Francoism»?) And also with those who carried out the Transition (some soft ones who had to be demystified.
Zapatero on the eve of a rally during which he wanted to announce a new «gift». Someone, apparently Miguel Sebastián, suggested to him that a good pro-natalist measure would be to give each woman an amount each time she brought a child to the world. This is how the baby check was born (2,500 euros for each birth).
When I heard Zapatero announce that «demographic» gift, I asked – once again – the Minister of Labor (who sat before me in the floor) where the proposal had come from. He denied that it was his and, when I told him that any demographer would advise against such a thing to encourage birth, Jesus Caldera smiled and shrugged.
The baby check, whose annual cost would not differ much from the 700 million euros, disappeared from the budget when in May 2010 Zapatero finally realized that the public deficit was no joke.
Rodríguez Zapatero did not invent the political maneuver, but he jumped on the bandwagon with enthusiasm, hand in hand, though, from his most direct advisors, who always gave the impression of hiding behind the figure of the President of the Government to undertake, generally for their own benefit , dangerous adventures, either with the concession of some television network, or in other operations, which, seen as a whole, constituted a cluster of nonsense.
I call politics of manipulation to any opaque intervention from the power to force to make decisions in the field of social life (judiciary, business …) without the Government has legally regulated powers for it. The king of the mangoneo was in Spain José María Aznar, who replaced the preexisting public business sector with a pro-government private sector. Come on, he put at the head of public companies (Telefónica, Altadis, Repsol, Argentaria, Endesa …) to his friends.

During much of the «reign» of Zapatero, Cebrián could not wait to get some rejón. But as soon as ZP went into a swoop, he pulled out the faca, and on Monday, July 18, 2011, El País launched a broadside (two guns) from the editorial, with a first start, and from «The fourth page» in an article signed by the CEO, that is, by Juan Luis Cebrián. The two discharges had to leave patidifusos to the inhabitants (and habitantas) of the palace of the Moncloa, when verifying that the last stab always comes from the dagger of Marco Bruto.
The editorial («End of cycle») and the article («This unbearable lightness») were not wasted.

The three long years that elapsed between the elections of 2008 and the municipal elections of May 2011 were very bad for the Zapateril lyric, although the President of the Government, in a show of fancy reverie, insisted, for example, in denying the crisis ( word that, at an order of his, the Socialists took out of the dictionary).
Engaged in «the peace process», convinced, perhaps, that he would go down in history as «the peacemaker of Euskadi», during his last term Zapatero staged an authentic costume ball, with the invaluable help of the Constitutional Court and its president , Pascual Sala, who ended up legalizing the proetarras and attending their triumphal entry, first in the Basque municipalities and later in the Parliament of Vitoria.
I already told you before: Zapatero took a lot of risk in the dialogue with ETA before the terrorists dynamite in December 2006 the T4 of Barajas. It was from that barbarity when the Batasuna organized a game of chess in two times (first Sortu, then Bildu), getting the Spanish politicians and the media did not talk about anything else for months. However, the Spanish State legitimized its legal weapons against terrorism when on June 30, 2009 a judgment of the Strasbourg Court torpedoed the waterline of the proetarras and also punished those of the PNV, who had resorted to European justice so that the law of parties was eliminated.

The PSOE’s viacrucis towards defeat in the general elections had an intermediate station: the regional and municipal elections of May 22, 2011, in which the fall of the PSOE was general. That drift was carried forward to many mayors, councilors and socialist autonomous presidents who had no responsibility in the disaster from prime minister Zapatero
They deceived, because the leaders of the PP knew perfectly what was happening and the difficulties in which the country was, beginning with the financial system and following the fiscal system, and during the campaign they hid that reality. It was promised (González Pons) the creation of three million jobs. A deception that shortly after the PP would pay dearly in terms of social and electoral credit.
As usual, on the night of November 20, 2011 the PSOE leadership assumed no responsibility (there were no resignations) in the catastrophic result of the general elections held that day. It went from 43.9% to 28.7% of the votes cast and were lost, compared to 2008, 4,350,000 voters and 59 deputies. The executive commission dispatched those millionaire losses of voters with «explanations» as hasty as gruff: «We have not been able to explain well the measures that the Government has been forced to take from May 2010» or «The PP has just collected votes who were socialists in 2008 ».

After the defeat in November (2011), political decency and a minimum collective instinct of survival would have advised: 1) That Zapatero resigned the night of the defeat to give way to a manager elected by the federal committee. 2) That this manager, first, convene unhurriedly an extraordinary congress with a single point on the agenda: «Debate and approval of the political statement» and, later, that same manager convened a congress where the executive committee would be elected and the general secretary.
But the shoemakers preferred to put the car in front of the oxen …

Corruption and crisis, with the consequent economic crushing of the middle strata, had to produce, as it has been, a radicalization of political and ideological positions. A vent on the street and also the consequent disqualification of the elites, starting with the political elite. This contempt for the elites, as was logical, soon led to institutions, from the Parliament («They do not represent us») to the Crown (with Urdangarin to the front), and with that impulse appeared «the solutions», so that today In Spain, each citizen has removed from the drawer of his bedside table a constitutional reform, his staff «amendment to the totality» of the existing democracy. It seems that there are fewer «integrated» and more «apocalyptic», to use the terms of Umberto Eco. Suddenly you have to reform everything and throw away the dirty water and it does not matter that the baby goes inside.
Nor has the past been exempt from criticism. I refer to the abundant diatribes against those who made the Transition, «cowards who did not dare put the Francoists in their place and who also built an unviable State».
The word decency is used in Spain much less than before. It would seem that this term of such deep-rooted nobility has become obsolete. What is used and in abundance is its antonym, indecency, and often applied to politicians. However, decency is a term that should match well with political activity and with the mood, forms and discourse of those who dedicate themselves to the noble art of carrying «the public thing» in their hands.
But let’s enter the dark world of indecency that bears the ugly name of political corruption. Something that is not new in Spain and neither exclusive of our country.
What to do and how to do it should remain in the hands of politicians, but it is a matter of clearly and clearly prohibiting any politician from ever intervening directly or indirectly in the decision of who does the work, gives the service or takes the concession. Who has to be in the hands of ad hoc commissions composed of career officials. And period.
Will that avoid corruption? Perhaps not at all, because whenever there are human beings – and officials are – there will be temptations and some will fall on them, but corruption will move away from politics, because it is already known that those who avoid temptation avoid sin and, precisely, , there you have to cut this Gordian knot.

Federalism may be an imprecise concept, but it does not work for any broken or for any unstitched. It can not serve, for example, as a wild card with which to get out of the way of the serious political, social and institutional crisis into which Catalan nationalism has put us all.
The real participation in public affairs, which has its fullest expression in a general election, finds in the vote, thus deposited, an insufficient expression. Democracy already requires other participations. On the other hand, the internal democracy demanded by the Constitution to the parties is a caricature that is admitted and tolerated as something inexorable.
Those who in 2000 took control of the PSOE to «renew it» under the slogan «youth, spring of life» have left us in inheritance a long winter that we will have to leave changing horses. If we do not do it, we will continue to weather and shiver.

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