Me Odiaría Cada Mañana — Ring Lardner Jr. / I’d Hate Myself in the Morning: A Memoir by Ring Lardner Jr.

Magnífico libro sobre la censura en Hollywood y escrito brillantemente, Lardner fue víctima de la cárcel al no responder sobre el comunismo y este libro acompañado de fotos nos da un testimonio en primera mano de esos momentos muy convulsos, perfectamente escrito es una joya.

Ring Lardner y Dalton Trumbo son, probablemente, los miembros más famosos del grupo conocido como «los Diez de Hollywood», los diez testigos desafectos que fueron enviados a la cárcel por desacato al Congreso cuando rehusaron responder lo que por entonces se conocía como la pregunta del millón de dólares: «¿Es o ha sido usted miembro del Partido Comunista?». Ring Lardner le debe la fama tanto a su padre, un gran periodista deportivo y humorista americano, como a sus propias películas, dos de las cuales obtuvieron sendos Óscares al mejor guión (en 1942 por La mujer del año, primer vehículo de la pareja Spencer Tracy / Katharine Hepburn, y en 1970, tras quince años proscrito en la lista negra, por MASH, la hilarante sátira sobre el personal sanitario estadounidense en la guerra de Corea).
Los costes culturales del macartismo nunca fueron, y quizá no puedan ser, calculados. ¿Cómo se puede no ya contar sino valorar el mérito político, cultural o incluso comercial de obras y guiones no escritos, carreras no realizadas o segadas nada más gestarse, familias y mentes machacadas por las presiones de la incertidumbre sumadas a la realidad del desempleo? ¿Cómo cuantificar el coste de inventos no inventados, ideas sin explorar, hipótesis sin verificar? La televisión misma nació, se desarrolló y maduró en un contexto social dominado por el macartismo.

Una de las primeras medidas de los republicanos que se hicieron con el control del Congreso en 1946 (tras veinte años en minoría) fue convertir la Comisión sobre Actividades Antiamericanas, que de forma temporal había investigado a filofascistas durante la guerra, en un organismo permanente centrado en la izquierda. El objeto de su primera gran «investigación» fue la industria del cine.
La idea de Hollywood como foco subversivo puede resultar exótica a muchos jóvenes lectores. Vivíamos la época dorada de los grandes estudios cinematográficos, y los testigos convocados por la comisión trabajábamos para enormes empresas cuyos jefes estaban firmemente comprometidos con el sistema de libre mercado. En su mayoría emigrantes judíos de la Europa central y oriental que eran, de acuerdo con el tópico, hombres hechos a sí mismos y más bien propensos a las efusiones sentimentales con la tierra prometida, con la América de las oportunidades. Después de la bandera, su máxima devoción era el negocio del espectáculo.
Thomas y Nixon practicaban una variante más civilizada de la caza de brujas y la comisión intentaba entonces distanciarse de las filípicas de Rankin. Aun así, los miembros y funcionarios de la comisión, como muchos ejecutivos de los estudios, parecían juzgar el papel que algunos habíamos jugado en los sindicatos del cine como algo intrínsecamente antiamericano. También se nos preguntó sobre el apoyo prestado en los años treinta al gobierno democrático de España en su lucha contra la rebelión militar encabezada por el general Franco. De «antifascistas prematuros» nos tildó, entre otros, el director del FBI J. Edgar Hoover. A veces, como ocurrió durante el interrogatorio de Bertolt Brecht el mismo día de mi testimonio, incluso las actividades contra el gobierno de la Alemania nazi parecían merecedoras de denuncia.
La mayoría de nosotros, en efecto, pertenecía o había pertenecido al Partido Comunista de Estados Unidos, pero el significado de esa afiliación es muy difícil de apreciar hoy con todo lo que se ha revelado sobre la evolución del comunismo a lo largo del siglo XX en la Unión Soviética, China y otros países entonces atrasados o empobrecidos. Ni yo ni ninguno de mis amigos del partido queríamos unos Estados Unidos al estilo soviético.

El comunismo era una labor incesante que me obligaba a participar en actividades de uno u otro signo cuatro o cinco noches a la semana. El partido celebraba reuniones orgánicas por un lado y de formación interna por otro, pero había asimismo encuentros «sectoriales» de los militantes y simpatizantes integrados en el Sindicato de Guionistas. Además me eligieron para representar a los escritores jóvenes en la dirección del sindicato, que también se reunía con inusitada frecuencia. Todo ello sin contar las diversas comisiones del propio sindicato y las actividades de grupos como la Liga Antinazi de Hollywood, el Comité de Artistas de Cine por la Democracia Española y, durante la guerra mundial, Escritores de Hollywood Movilizados. Silvia no tuvo otro remedio que afiliarse al partido para que pudiéramos vernos, aunque por fortuna, y sin realizar ningún estudio sistemático, ya había sacado sus propias conclusiones sobre los males del capitalismo y las desigualdades de la sociedad norteamericana. Su conversión no fue particularmente complicada.
Con el recrudecimiento de la Guerra Civil española y la consolidación del régimen nazi, el partido fue ganando adeptos e influencia en Hollywood. Las relaciones de sus miembros con quienes se autodefinían como liberales o progresistas eran muy estrechas por la simple razón de que unos y otros opinábamos básicamente lo mismo sobre los grandes problemas del momento. Nuestras discrepancias, casi siempre amistosas por aquella época, giraban en torno a cuestiones menores. Un tema sobre el que había acuerdo unánime era la rebelión militar contra el gobierno democrático de España. La participación de mi hermano Jim en esa contienda hizo que durante el último año de la guerra civil me sintiera aún más cercano emocionalmente a la causa republicana. En Hollywood, como en el resto del país, el entendimiento de la izquierda con los liberales duró hasta el verano de 1939, cuando el Pacto de No Agresión Germano-Soviético y el posterior estallido de la Segunda Guerra Mundial quebraron de arriba abajo la alianza.

(1954) Una productora llamada Hannah Weinstein vino a socorrerme como ya había hecho con muchos otros. Hannah, que había sido la secretaria ejecutiva del izquierdoso Comité Ciudadano Independiente de Artistas, Científicos y Profesionales, vivía en Inglaterra, donde dirigía una productora de televisión. Su primer proyecto fue una serie de discreto éxito protagonizada por Boris Karloff y escrita por dos guionistas también excomulgados, Abraham Polonsky y Walter Bernstein. El programa se canceló tras su primer año y ahora andaba a vueltas con otra iniciativa para la cual nos abordó a Ian Hunter y a mí.
Delatado por Martín Berkeley y después por el director Robert Rossen, Ian hizo el consabido peregrinaje de Hollywood a México y después al noroeste de Manhattan, donde llegó a congregarse una nutrida y variopinta comunidad de proscritos por la caza de brujas, Ian y Alice fueron a parar a la misma dirección que Zeo y Kate Mostel, el edificio Belnord en Broadway con la calle 86.
Ian había ganado un Óscar de 1953 por Vacaciones en Roma, su última película antes de caer en las redes de la lista negra, aunque ese laurel le dejó un sabor más bien agridulce, pues su intervención inicial en el proyecto había sido como tapadera del ya excomulgado Dalton Trumbo. Fue él quien ideó la historia de un reportero que tropieza en Roma con una princesa desmadrada, pero la Paramount pagó cincuenta mil dólares por un borrador que suponía de Ian y le encomendó a éste la revisión del texto hasta que el propio Ian se convirtió en un forajido y varios escritores más entraron en danza.

La Paramount donde comprendí algo sobre la naturaleza de la lista negra que hubiera debido observar antes. Los ejecutivos de la productora en Hollywood, cada vez más inquietos (y con buenos motivos) por la calidad del metraje que iba llegando al laboratorio, querían escribir y rodar de nuevo una escena clave. Varios de los implicados andábamos por el despacho mientras el encargado de la oficina en Roma transmitía nuestras ideas a Y. Frank Freeman, el hombre que presidía tanto el estudio como la Asociación de Productores. Para mi estupefacción, quien hablaba desde nuestro extremo de la línea decía una y otra vez «Ring piensa esto, Ring piensa lo otro» sin sobresalto aparente. De pronto caí en la cuenta de que Ponti y Cerosi nunca me habrían contratado sin la anuencia de Freeman y de que el nombre ficticio en la centralita no era una careta para evitar que el alto mando advirtiese mi presencia, sino para impedir que alguien en un peldaño mucho más bajo filtrase la información a cualquiera de las muchas milicias anticomunistas siempre dispuestas a exhibir la hipocresía de los estudios.
La lista negra había caducado, pero no iba a desvanecerse por arte de magia: para asestarle el golpe de muerte eran necesarias una fuerza y un arma. La fuerza era Trumbo y su principal arma, el ridículo.

Estas son notas pero a todas se adhieren millones de norteamericanos con fervorosa convicción:
-Una tribu israelita emigró a Norteamérica en el año 609 antes de Cristo y fundó una gran civilización de la que no quedan otras huellas que unos cuantos platos de oro descubiertos en 1822 por un tal Joseph Smith de Manchester, Nueva York, con la ayuda del ángel Moroni.
Dios distinguió a los judíos como «pueblo elegido» y los ayudó a aniquilar a otros pueblos que eran igualmente producto de su creación.
-Un genuino fervor religioso puede generar el «don de lenguas», facultad que permite a sus beneficiarios hablar y entender idiomas que previamente les eran totalmente desconocidos.
-Los negros son genéticamente inferiores a los blancos excepto en áreas como el baloncesto, las carreras atléticas y el salto de longitud o corriendo con una pelota ovalada bajo el brazo.
-Los sueños pueden revelarnos el futuro.
-El Holocausto no ha ocurrido.
-La homosexualidad es una perversión voluntaria practicada por hombres y mujeres inmorales en abierto desafío a la voluntad expresa de Dios.
-Todos (o al menos muchos) hemos pasado por vidas anteriores cuyos detalles pueden recordar algunas personas.

La Comisión sobre Actividades Antiamericanas, al menos durante los últimos años de la caza de brujas, realizó un trabajo razonablemente riguroso en la identificación de quienes habían pertenecido efectivamente al Partido. En la industria televisiva, sin embargo, las cadenas y sus patrocinadores no se apoyaban en la Comisión para hacer sus valoraciones morales y seguían los consejos de varias pandillas de vigilantes cívicos voluntarios que amablemente publicaban sus listas de personas no fiables. Si tu nombre aparecía en un periódico llamado Counterattack, que publicaba una empresa llamada Aware (En guardia) Inc., estabas automáticamente excomulgado a menos que te dirigieras al grupo en cuestión y consiguieras que te borrase de la lista, lo que requería el pago de cierto importe y una abyecta retractación de tus infames ideas. La imposición de la lista negra por parte de los patronos era vigilada por un hombre que poseía tres supermercados en Syracuse, Nueva York, y que amenazaba con boicotear los productos de los patrocinadores si las cadenas se negaban a someterse.
Aparte del precio pagado en cuanto a ingresos y reputación, estaba también la incalculable pérdida en oportunidades creativas. Antes de que la Comisión nos llamase a declarar, unos cuantos de nosotros habíamos alcanzado en Hollywood el prestigio y la seguridad financiera que permiten a uno pensar razonablemente en hacerse productor, como le ocurrió durante esos mismos años a un buen número de guionistas coetáneos nuestros. Incluso cuando la lista negra estaba ya en vigor, algunos de nosotros pensamos que sería posible hacer películas al margen de los canales habituales. Durante los años cincuenta, Mike Wilson, Paul Jarrico y Herbert Biberman fundaron con otros compañeros proscritos una productora que, en un alarde de tenacidad e ingenio guerrilleros, produjo una película titulada The Salt of the Earth (La sal de la tierra) contra la oposición coordinada de los estudios, los sindicatos, los laboratorios y el gobierno federal, que llegó al extremo de ordenar la deportación de la primera actriz a medio rodaje. El simple hecho de que consiguieran completar la película fue una proeza, pero los obstáculos que tuvieron que superar indican hasta qué punto la balanza se inclinaba en contra nuestra. Cuando finalmente conseguimos recuperarnos (quienes lo hicimos), estábamos ya en la cincuentena y en una situación en la que difícilmente podíamos conseguir dinero o asumir grandes riesgos financieros; así que aceptamos agradecidos los trabajos que Hollywood, con renovada generosidad, nos ofrecía.
La lista negra hizo mucho daño, pero también fue una experiencia que amplió nuestros horizontes. En México, Nueva York, Londres y París conocimos a personas a las que nunca habríamos conocido y vimos cosas que nunca habríamos visto si no nos hubiesen arrebatado los privilegios y comodidades de Hollywood. Se escribieron libros y se hicieron películas o programas de televisión que de otro modo nunca habrían existido. Resistir y vencer a la lista negra se convirtió en una causa política que cimentó amistades y creó una nueva camaradería. En unas circunstancias que atenuaban nuestros instintos competitivos, la gente se mostró más generosa con el trabajo y con el dinero. De acuerdo con un pacto implícito surgido entre nosotros, si a un proscrito le ofrecían un trabajo que no podía hacer él mismo, éste se lo pasaba a otro represaliado. Trumbo y Wilson aplicaron la norma con los guiones cinematográficos en la Costa Oeste; Ian y yo hacíamos lo mismo con los guiones televisivos en el Este.

Magnificent book on censorship in Hollywood and written brilliantly, Lardner was a victim of prison by not answering about communism and this book accompanied by photos gives us a first-hand testimony of those convulsive moments, perfectly written is a gem.

Ring Lardner and Dalton Trumbo are probably the most famous members of the group known as “The Ten of Hollywood,” the ten disaffected witnesses who were sent to jail for contempt of Congress when they refused to answer what was then known as the question million dollars: “Are you or have you been a member of the Communist Party?” Ring Lardner owes fame to both his father, a great sports journalist and American humorist, and his own films, two of which won two Oscars for the best screenplay (in 1942 for The Woman of the Year, first vehicle of the couple Spencer Tracy / Katharine Hepburn, and in 1970, after fifteen years outlawed on the blacklist, by MASH, the hilarious satire on American health workers in the Korean War).
The cultural costs of McCarthyism were never, and perhaps can not be, calculated. How can we no longer count but value the political, cultural or even commercial merit of works and non-written scripts, careers that have not been carried out or sewn right away, families and minds crushed by the pressures of uncertainty added to the reality of unemployment? How to quantify the cost of inventions not invented, unexplored ideas, unverified hypotheses? Television itself was born, developed and matured in a social context dominated by McCarthyism.

One of the first measures of the Republicans who took control of Congress in 1946 (after twenty years in a minority) was to convert the Commission on Anti-American Activities, which had temporarily investigated philo-Fascists during the war, into a permanent body focused on on the left. The object of his first great “investigation” was the film industry.
The idea of ​​Hollywood as a subversive focus can be exotic to many young readers. We lived the golden age of the great film studios, and the witnesses summoned by the commission worked for huge companies whose leaders were firmly committed to the free market system. Mostly Jewish emigrants from Central and Eastern Europe who were, according to the topic, self-made men and more prone to sentimental effusions with the promised land, with the America of opportunities. After the flag, his greatest devotion was the show business.
Thomas and Nixon practiced a more civilized variant of the witch-hunt and the commission then tried to distance itself from Rankin’s philippics. Even so, the members and officials of the commission, like many studio executives, seemed to judge the role that some of us had played in the movie syndicates as intrinsically anti-American. We were also asked about the support given in the 1930s to the democratic government of Spain in its fight against the military rebellion led by General Franco. Of “premature antifascists” he called us, among others, the director of the FBI J. Edgar Hoover. Sometimes, as happened during the interrogation of Bertolt Brecht on the day of my testimony, even the activities against the government of Nazi Germany seemed worthy of denunciation.
Most of us, in fact, belonged or had belonged to the Communist Party of the United States, but the meaning of that affiliation is very difficult to appreciate today with all that has been revealed about the evolution of communism throughout the 20th century in the Soviet Union, China and other countries then backward or impoverished. Neither I nor any of my party friends wanted a Soviet-style United States.

Communism was an incessant task that forced me to participate in activities of one or another sign four or five nights a week. The party held organic meetings on the one hand and internal training on the other, but there were also “sectoral” meetings of the militants and sympathizers integrated into the Writers’ Union. I was also elected to represent the young writers in the leadership of the union, which also met with unusual frequency. All this without counting the various commissions of the union itself and the activities of groups such as the Antinazi League of Hollywood, the Committee of Film Artists for Spanish Democracy and, during the world war, Hollywood Writers Mobilized. Silvia had no choice but to join the party so that we could see each other, although fortunately, and without conducting any systematic study, she had already drawn her own conclusions about the evils of capitalism and the inequalities of American society. His conversion was not particularly complicated.
With the resurgence of the Spanish Civil War and the consolidation of the Nazi regime, the party was gaining adherents and influence in Hollywood. The relations of its members with those who defined themselves as liberals or progressives were very close for the simple reason that we and others were basically saying the same about the big problems of the moment. Our disagreements, almost always friendly at that time, revolved around minor issues. One issue on which there was unanimous agreement was the military rebellion against the democratic government of Spain. The participation of my brother Jim in that contest made me feel even more emotionally close to the Republican cause during the last year of the civil war. In Hollywood, as in the rest of the country, the Left’s understanding with the Liberals lasted until the summer of 1939, when the German-Soviet Non-Aggression Pact and the subsequent outbreak of World War II broke the alliance up and down.

(1954) A producer named Hannah Weinstein came to my aid as she had already done with many others. Hannah, who had been the executive secretary of the left-wing Independent Citizen Committee of Artists, Scientists and Professionals, lived in England, where she directed a television production company. His first project was a series of discreet success starring Boris Karloff and written by two excommunicated writers, Abraham Polonsky and Walter Bernstein. The program was canceled after its first year and now it was going around with another initiative for which we approached Ian Hunter and me.
Delayed by Martin Berkeley and then by director Robert Rossen, Ian made the usual Hollywood pilgrimage to Mexico and then to the northwest of Manhattan, where a large and diverse community of outlaws gathered for the witch hunt, Ian and Alice went to Stop at the same address as Zeo and Kate Mostel, the Belnord building on Broadway with 86th Street.
Ian had won an Oscar from 1953 for Vacations in Rome, his last film before falling into the networks of the blacklist, although that laurel left a rather bittersweet taste, as his initial intervention in the project had been as cover for the excommunicated Dalton Trumbo. It was he who devised the story of a reporter who stumbles in Rome with a wild princess, but Paramount paid fifty thousand dollars for a draft that supposed Ian and entrusted him with the revision of the text until Ian himself became a outlaw and several other writers went into dance.

The Paramount where I understood something about the nature of the blacklist that I should have observed before. The executives of the production company in Hollywood, increasingly restless (and with good reasons) for the quality of the footage that was arriving at the laboratory, wanted to write and shoot a key scene again. Several of those involved were walking through the office while the person in charge of the Rome office transmitted our ideas to Y. Frank Freeman, the man who presided over both the studio and the Producers’ Association. To my amazement, who spoke from our end of the line said again and again “Ring thinks this, Ring thinks the other” without apparent fright. Suddenly I realized that Ponti and Cerosi would never have hired me without Freeman’s consent and that the fictitious name on the switchboard was not a mask to prevent the high command from warning me, but to prevent someone in a much lower step filtrate the information to any of the many anti-communist militias always willing to exhibit the hypocrisy of the studies.
The blacklist had expired, but it was not going to vanish by magic: a force and a weapon were necessary to strike the death blow. The force was Trumbo and his main weapon, the ridicule.

These are notes but to all millions of Americans adhere with fervent conviction:
-An Israelite tribe emigrated to North America in the year 609 BC and founded a great civilization of which there are no other traces than a few gold plates discovered in 1822 by a certain Joseph Smith of Manchester, New York, with the help of the Moroni angel.
God distinguished the Jews as “chosen people” and helped them to annihilate other peoples who were also the product of their creation.
– A genuine religious fervor can generate the “gift of languages”, a faculty that allows its beneficiaries to speak and understand languages ​​that previously were totally unknown to them.
– Blacks are genetically inferior to whites except in areas such as basketball, athletic races and long jump or running with an oval ball under the arm.
-Dreams can reveal the future.
-The Holocaust has not happened.
– Homosexuality is a voluntary perversion practiced by immoral men and women in open defiance of the express will of God.
-All (or at least many) have gone through previous lives whose details some people can remember.

The Commission on Anti-American Activities, at least during the last years of the witch-hunt, did reasonably rigorous work in identifying those who had actually belonged to the Party. In the television industry, however, the networks and their sponsors did not rely on the Commission to make their moral judgments and followed the advice of several voluntary civic vigilante gangs that kindly published their lists of unreliable people. If your name appeared in a newspaper called Counterattack, which published a company called Aware (In Guard) Inc., you were automatically excommunicated unless you addressed the group in question and got it deleted from the list, which required the payment of a certain amount and an abject retraction of your infamous ideas. The imposition of the blacklist by the employers was monitored by a man who owned three supermarkets in Syracuse, New York, and who threatened to boycott the products of the sponsors if the chains refused to submit.
Apart from the price paid in terms of income and reputation, there was also the incalculable loss in creative opportunities. Before the Commission called us to testify, a few of us had achieved in Hollywood the prestige and financial security that allow one to reasonably think of becoming a producer, as happened during those same years to a number of our contemporaries. Even when the blacklist was already in effect, some of us thought it would be possible to make films outside the usual channels. During the fifties, Mike Wilson, Paul Jarrico and Herbert Biberman founded with other outlawed companions a production company that, in a show of guerrilla tenacity and ingenuity, produced a film entitled The Salt of the Earth against the opposition coordinated by the studios, unions, laboratories and the federal government, which went so far as to order the deportation of the first actress to a half-shoot. The simple fact that they managed to complete the film was a feat, but the obstacles they had to overcome indicate to what extent the balance tilted against us. When we finally managed to recover (we did), we were already in our fifties and in a situation where we could hardly get money or take on great financial risks; so we gratefully accept the works that Hollywood, with renewed generosity, offered us.
The blacklist did a lot of damage, but it was also an experience that broadened our horizons. In Mexico, New York, London and Paris we met people we would never have met and we saw things that we would never have seen if we had not taken away the privileges and amenities of Hollywood. Books were written and films or television programs were made that otherwise would never have existed. Resisting and beating the blacklist became a political cause that cemented friendships and created a new camaraderie. In circumstances that attenuated our competitive instincts, people were more generous with work and with money. According to an implicit agreement that arose among us, if an outlaw was offered a job that he could not do himself, he passed it on to another victim. Trumbo and Wilson applied the norm with the movie scripts on the West Coast; Ian and I did the same with television scripts in the East.

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