Sonámbulos: Cómo Europa Fue A La Guerra En 1914 — Christopher Clark / The Sleepwalkers: How Europe Went To War In 1914 by Christopher Clark

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Con diferencia el mejor libro de los orígenes de la I Guerra Mundial que he leído y varias veces. Muestra una visión tanto general como particular de porque cada uno de los contendientes fueron a la guerra. En particular, me parece referencial, y algo que no he leido en otros libros (Hastings, MacMillan) el papel del nacionalismo serbio y ruso en los inicios de la guerra. Muy recomendable
Deja aparte los típicos porqués que buscan un culpable para centrarse en el cómo. Se agradece la multiperspectiva, sin pretensiones de enjuiciar la terrible madeja política, ni de imponer una sola idea, ni de proyectar ideologías del presente a hechos del pasado. Sin perder un solo detalle, vemos cómo la alta política determinó el camino a la guerra, a menudo de manera caprichosa, a menudo siguiendo ancestrales objetivos.

El historiador que trate de entender la génesis de la Primera Guerra Mundial se enfrenta a varios problemas. El primero y más obvio es un exceso de oferta informativa. Cada Estado beligerante produjo ediciones de varios volúmenes de documentos diplomáticos, obras enormes de trabajo de archivo colectivo. Hay corrientes traicioneras en este océano de información. La mayor parte de las ediciones de documentos oficiales realizadas en el periodo de entreguerras tienen un sesgo apologético. La publicación alemana de cincuenta y siete tomos, Die Grosse Politik, que comprende 15.889 documentos organizados en 300 áreas temáticas, no se realizó teniendo en cuenta objetivos puramente académicos; se esperaba que la divulgación de los archivos de preguerra bastaría para rebatir la tesis de la «culpa de la guerra» incluida en los términos del Tratado de Versalles…
Otro elemento de complicación surge del hecho de que muchas veces los procesos de elaboración de políticas dentro de los estados atrapados en la crisis no eran ni mucho menos transparentes. Se puede pensar que lo ocurrido en julio de 1914 fue una crisis «internacional», término que sugiere un conjunto de naciones-estado, concebidas como entidades compactas, autónomas, diferenciadas, como bolas de billar en una mesa. Pero las estructuras soberanas que crearon políticas durante la crisis estaban profundamente desunidas. Había incertidumbre (y la ha habido desde entonces entre los historiadores) sobre dónde se situaba exactamente el poder para determinar la política entre los diversos ejecutivos, y las «políticas» –o al menos las iniciativas que conducían a políticas de varios tipos– no provenían necesariamente de la cima del sistema; podían proceder de la periferia del aparato diplomático, de mandos militares, de funcionarios ministeriales e incluso de embajadores, que muchas veces eran responsables políticos por derecho propio.
De este modo, las fuentes supervivientes ofrecen un caos de promesas, amenazas, planes y pronósticos, y esto a su vez ayuda a explicar por qué el estallido de esta guerra se ha prestado a una variedad tan apabullante de interpretaciones.
La crisis del verano de 1914 le sorprenderá su cruda modernidad. Empezó con un escuadrón de bombarderos suicidas y un desfile de automóviles. Detrás del atentado de Sarajevo había una organización terrorista de reconocido culto al sacrificio, la muerte y la venganza; pero esta organización era extraterritorial, su ubicación geográfica o política no estaba clara; estaba diseminada en células a lo largo de las fronteras políticas, era inexplicable, sus vínculos con cualquier gobierno soberano eran indirectos, ocultos y sin duda muy difíciles de discernir desde fuera de la organización. De hecho, hasta podríamos decir que julio de 1914 está menos lejos de nosotros –es menos incomprensible– ahora que en la década de 1980. Desde el fin de la Guerra Fría, un sistema de estabilidad bipolar global ha dado paso a una serie de fuerzas más complejas e imprevisibles, entre ellas imperios en decadencia y potencias emergentes, una situación que invita a la comparación con la Europa de 1914.
El estallido de la guerra fue la culminación de una cadena de decisiones tomadas por actores políticos con objetivos deliberados, que eran capaces de una cierta autorreflexión, reconocían una serie de opciones y se formaban los mejores juicios que podían en base a la mejor información que tenían a mano. El nacionalismo, los armamentos, las alianzas y las finanzas eran parte de la historia, pero se pueden crear para llevar el peso de la verdadera explicación solo si se considera que han determinado la decisión que –conjuntamente– hicieron estallar la guerra.

Los acontecimientos del 11 de junio de 1903 marcaron un nuevo punto de partida en la historia política serbia. La dinastía Obrenović que había gobernado Serbia durante la mayor parte de la corta vida del país como estado moderno independiente había desaparecido. A pocas horas del asesinato, los conspiradores anunciaron el fin del linaje Obrenović y la sucesión en el trono de Pedro Karadjordjević.
El reino se convirtió en un auténtico sistema de gobierno parlamentario en el que el monarca reinaba pero no gobernaba. El asesinato durante el golpe del primer ministro represor Cincar-Marković –favorito de Alejandro– constituyó una clara señal de que en lo sucesivo el poder político dependería del apoyo popular y del sistema de partidos antes que de la voluntad de la corona. Los partidos políticos podían dedicarse a hacer su trabajo sin miedo a las represalias. Por fin la prensa se vio libre de la censura que había sido la norma durante los mandatos de los Obrenović. Las perspectivas mostraban una vida política nacional más sensible a las necesidades populares y más en sintonía con la opinión pública. Serbia se encontraba en el umbral de una nueva época de su existencia política.
Pero si el golpe de 1903 resolvió algunos viejos problemas, también creó algunos nuevos que tendrían una enorme importancia en los acontecimientos de 1914. Sobre todo, la red de complicidades que se había formado para asesinar a la familia real no desapareció por las buenas, sino que continuó siendo una fuerza importante en la política y la vida pública serbias. El gobierno revolucionario provisional formado y siguiente de los asesinatos contaba entre sus miembros con cuatro de los conspiradores (entre ellos los ministros de la Guerra, de Obras Públicas y Economía) y seis políticos de partido. Mientras Apis seguía recuperándose de sus heridas, recibió el agradecimiento oficial por lo que había hecho por el Skupština y se convirtió en un héroe nacional. El hecho de que la existencia del nuevo régimen dependiera de la labor sangrienta de los conspiradores, unido al miedo de lo que aún podría ser capaz la red, dificultaba la crítica abierta. Diez días después del suceso un ministro del nuevo gobierno confió al corresponsal de un periódico que encontró «deplorables» las acciones de los asesinos, pero que «no podía catalogarlas abiertamente en esos términos debido al sentimiento que ello podría crear en el ejército, de cuyo apoyo dependen tanto el trono como el gobierno».
La idea de la «unificación de todos los serbios» venía respaldada por una imagen mental de Serbia que guardaba poca relación con el mapa político de los Balcanes a principios del siglo XX. Su expresión política más influyente fue un memorándum secreto redactado por el ministro del Interior serbio Ilija Garašanin para el príncipe Alejandro Karadjordjević en 1844. Conocido tras su publicación en 1906 como Načertanije (del serbio antiguo náčrt, «borrador»), la propuesta de Garašanin esbozaba un «Programa de política nacional y exterior de Serbia». Sería difícil exagerar la influencia de este documento sobre generaciones de políticos y patriotas serbios; con el tiempo se convirtió en la Carta Magna del nacionalismo serbio.

Macedonia. Superpuesta a un mapa político actual de los Balcanes, la región geográfica conocida como Macedonia engloba, además de la antigua república yugoslava del mismo nombre, zonas fronterizas a lo largo del sur de Serbia y el este de Albania, un gran fragmento del sudoeste de Bulgaria y una franja enorme del norte de Grecia. Las fronteras históricas exactas de Macedonia siguen siendo hoy día objeto de polémica (testimonio del conflicto aún candente ente Atenas y Skopie acerca del uso del nombre «Macedonia» para la República de Skopie) al igual que la cuestión de si esta región poseía una identidad cultural, lingüística o nacional característica y hasta qué punto (a día de hoy, los lingüistas de todo el mundo, excepto Serbia, Bulgaria y Grecia, reconocen la existencia de una lengua macedonia).
La falta de coincidencia entre las percepciones nacionales y las realidades étnicas hacía pensar que el cumplimiento de los objetivos serbios sería un proceso violento, no solo a nivel regional, donde las grandes potencias, y también las menores, tenían intereses empeñados, sino también en los pueblos y aldeas de las zonas en litigio. Algunos estadistas afrontaban este problema tratando de presentar los objetivos nacionales serbios dentro de una visión política «serbocroata» más generosa que incluía la idea de una colaboración multiétnica.
La necesidad de Belgrado de conseguir una salida al mar que supuestamente le permitiera salir del atraso. La relativa debilidad de su desarrollo comercial e industrial garantizaba que los gobernantes serbios siguieran dependiendo de la financiación internacional para los gastos militares que necesitaban para continuar con una política exterior activa. Y esto a su vez explica la creciente integración de Serbia en la red de alianzas de Francia después de 1905, cuya raíz se encontraba en los imperativos financieros y geopolíticos.

Después de 1903, los nacionalistas serbios centraron principalmente su atención en la lucha a tres bandas entre los serbios, los búlgaros y los turcos que se desarrollaba en Macedonia. Todo esto cambió en 1908 cuando Austria-Hungría se anexionó Bosnia y Herzegovina. Dado que estas dos provincias oficialmente otomanas habían estado ocupadas durante treinta años por los austriacos y que nunca hubo posibilidad alguna de alterar esta disposición, el cambio nominal de ocupación a anexión pura y dura debería de haber sido algo aparentemente sin importancia. La opinión de la población serbia fue otra muy distinta. El anuncio creó una «explosión de resentimiento y entusiasmo nacional sin precedentes» tanto en Belgrado como en las provincias. Hubo «muchas reuniones» en las que los oradores «pedían a gritos la guerra contra Austria».
A finales de 1911, el número de afiliados había aumentado a unos 2.000-2.500; creció de forma espectacular durante la Guerra de los Balcanes, pero la estimación retrospectiva de un desertor convertido en informante de 100.000-150.000 es sin duda exagerada. Fueran cuales fuesen las cifras exactas, la Mano Negra se extendió rápidamente a las estructuras de la Serbia oficial, tratando de llegar desde su base en el seno del ejército hasta infiltrarse en los cuadros de los guardias fronterizos serbios y los oficiales de aduanas, sobre todo a lo largo de la frontera serbobosnia. También se reclutaron numerosos espías que seguían trabajando en Bosnia para la Narodna Odbrana a pesar de su pretendido cierre en 1909. Entre sus actividades estaba el mantenimiento de un campo de entrenamiento terrorista, en el que se instruía a los reclutas en la puntería, el lanzamiento de bombas, la voladura de puentes y el espionaje.
Este era un montaje hecho a medida para el veterano conspirador Apis. El culto al silencio le iba como anillo al dedo a su carácter, al igual que la enseña oficial de la organización, un logo circular que llevaba un cráneo, dos tibias cruzadas, un cuchillo, una ampolla de veneno y una bomba. Cuando luego le preguntaron por qué él y sus compañeros habían adoptado esos símbolos, Apis respondió que, en su opinión, «esos emblemas [no] tenían un aspecto tan aterrador ni negativo».

Es difícil reconstruir los detalles del complot para asesinar al archiduque Francisco Fernando en Sarajevo. Los propios asesinos hicieron todo lo posible por no dejar rastros que les vincularan con Belgrado. Muchos de los participantes que sobrevivieron se negaron a hablar de su implicación; otros restaron importancia a su función o borraron sus huellas con especulaciones confusas, lo que produjo un caos de testimonios contradictorios. La trama en sí no dejó documentación alguna: casi todos los que tomaron parte estaban habituados a un entorno obsesionado con el secreto. La connivencia entre el Estado serbio y las redes implicadas en la trama fue deliberadamente solapada e informal; en realidad no se documentó. Por lo tanto, la historiografía de la conspiración ha tenido que conformarse con una combinación discutible de recopilaciones, aportes y declaraciones juradas realizadas bajo coacción después de la guerra, afirmaciones basadas supuestamente en fuentes que ya han sido destruidas, y fragmentos de pruebas documentales, la mayoría relacionadas solo indirectamente con la planificación y la puesta en práctica de la trama. Sin embargo, hay tanto supeditado a los antecedentes de este complot que los historiadores han estudiado minuciosamente casi todos los detalles con rigor forense. De este modo es posible trazar una línea de máxima verosimilitud a través del caos de las fuentes y las tergiversaciones tendenciosas de gran parte de la literatura secundaria.
Apis fue el principal artífice de la trama, pero la idea en sí tuvo su origen probablemente en su cómplice Rade Malobabić, un serbio nacido en Austria-Hungría que durante algunos años trabajó de espía para la Narodna Odbrana recogiendo información sobre las fortificaciones y movimientos de las tropas austriacas y llevándosela a los oficiales de la frontera serbia que hacían las veces de agentes de la Mano Negra y, a través de ellos, a la inteligencia militar serbia.
Una vez que se inició en serio la planificación del asesinato, se tuvo cuidado de asegurarse de que no hubiera ningún vínculo aparente entre la célula de los asesinos y las autoridades de Belgrado. El adiestrador de los asesinos era un hombre llamado Milan Ciganović, un serbobosnio miembro de la Mano Negra que había luchado al lado de los partisanos y a las órdenes de Tankosić contra los búlgaros, y que por entonces estaba empleado en los ferrocarriles nacionales serbios. Ciganović informaba a Tanković, que a su vez informaba a Apis. Todas las órdenes se transmitían de palabra.
El entrenamiento de los asesinos tuvo lugar en la capital serbia. Princip ya había recibido instrucción de tiro en la Academia Partisana y era el mejor tirador de los tres.

Dos desastres militares definieron la trayectoria del Imperio de los Habsburgo en el último medio siglo de su existencia. En Solferino, en 1859, las fuerzas francesas y piamontesas se impusieron a un ejército de 100.000 soldados austriacos, abriendo el camino hacia la creación de una nueva nación-estado italiana. En Königgrätz, en 1866, los prusianos aplastaron a un ejército austriaco de 240.000, echando al imperio de la emergente nación-estado alemana. El impacto acumulado de estas convulsiones transformó la vida interna de los territorios austriacos.
Sacudido por la derrota militar, el Imperio Austriaco neoabsolutista se metamorfoseó en el Imperio Austrohúngaro. Según el Compromiso que negociaron en 1867, el poder lo compartían las dos nacionalidades dominantes, los alemanes en el oeste y los húngaros en el este. Lo que surgió fue un sistema de gobierno único, como un huevo con dos yemas, en el que el reino de Hungría y una región en territorio austriaco, a menudo llamada Cisleitania (que significa «las tierras a este lado del río Leita»).
El problema serbio no era un asunto que los austriacos pudieran manejar aisladamente. Estaba incrustado en un conjunto de cuestiones entrelazadas. En primer lugar estaba la acuciante relación de Serbia con Rusia, que tras la crisis de la anexión se había hecho más estrecha de lo que había sido anteriormente. Viena sospechaba del ministro ruso Hartwig, cuya austrofobia, paneslavismo e influencia creciente en Belgrado no auguraba nada bueno para el futuro. El representante francés en Sofía informó de que Hartwig era «el arquetipo del verdadero mujik», un partisano de la «vieja política rusa en Turquía» que estaba dispuesto a «sacrificar el Lejano Oriente por los Balcanes». estableció relaciones de gran intimidad con el primer ministro Nikola Pašić.
Otro motivo de preocupación era el pequeño principado de Montenegro, en la costa adriática. Este reino pintoresco y empobrecido proporcionó el telón de fondo a la opereta de Franz Lehár La viuda alegre, donde aparecía apenas camuflado como el «Gran Ducado de Pontevedro» (el libreto alemán lo delata indicando explícitamente que los cantantes deben vestir «el traje nacional montenegrino»). Montenegro era el estado balcánico más pequeño, con una población de solo 250.000 habitantes diseminados por un terreno hermoso pero implacable, de picos negros y barrancos profundos. Era un país en el que se podía ver al rey, vestido con un magnífico uniforme dorado, plateado, rojo y azul, fumando al anochecer delante de su palacio con la esperanza de conversar con algún viandante.
Aunque pobre y diminuto, Montenegro tenía importancia. Sus cañones de montaña en las cumbres de Lovčen estaban orientados hacia las instalaciones portuarias austriacas en Cattaro, a orillas del Adriático e imposibles de defender, para irritación de los estrategas navales de los Habsburgo. Nikola, el príncipe reinante desde 1861 y por consiguiente el tercer monarca europeo con un reinado más largo después de la reina Victoria y Francisco José, era muy ambicioso.
Albania era la manzana más probable de la futura discordia austro-italiana en los Balcanes, encerrada todavía dentro del Imperio Otomano y que tanto Italia como Austria consideraban que caía dentro de su esfera de influencia. Desde la década de 1850, y a través de su viceconsulado en Skutari, Austria había ejercido una especie de protectorado religioso sobre los católicos del norte del país. Pero Albania, con su larga costa adriática, también interesaba mucho a los italianos. A finales de siglo, Roma y Viena acordaron que apoyarían la independencia de Albania en caso de que el poder otomano se hundiera en la región. El problema de cómo compartirían exactamente la influencia ambas potencias adriáticas seguía sin estar resuelto.

Las Guerras de los Balcanes aniquilaron la posición de seguridad de Austria en dicha península y crearon una Serbia más grande y fuerte. El territorio del reino se amplió en más de un 80%. Durante la Segunda Guerra de los Balcanes, las fuerzas armadas serbias bajo el mando supremo del general Putnik mostraron una disciplina e iniciativa impresionantes. El gobierno Habsburgo había adoptado muchas veces un tono desdeñoso en sus discusiones sobre la amenaza militar que suponía Belgrado.
La polarización del sistema geopolítico europeo era una condición previa fundamental para la guerra que estalló en 1914. Casi resulta imposible comprender cómo una crisis en las relaciones austro-serbias, por grave que fuera, pudo haber arrastrado a la Europa de 1887 a una guerra continental. La separación en dos bloques de alianzas no causó la guerra; de hecho, durante los años anteriores a la guerra hizo tanto por apaciguar como por intensificar el conflicto. Con todo, sin los dos bloques la guerra no hubiera estallado del modo en que lo hizo. El sistema bipolar estructuró el entorno en el que se tomaron las decisiones fundamentales. Para comprender cómo se produjo la polarización, es necesario responder a cuatro preguntas interconectadas. ¿Por qué Rusia y Francia formaron una alianza contra Alemania en la década de 1890? ¿Por qué Gran Bretaña optó por unir su suerte a la de esta alianza? ¿Qué papel desempeñó Alemania para provocar que una coalición hostil le pusiera cerco? Y ¿hasta qué punto la transformación estructural del sistema de alianzas puede explicar los acontecimientos que trajeron la guerra a Europa y al mundo en 1914?.
Las raíces de la Alianza franco-rusa se encuentran en la situación que la formación del Imperio Alemán en 1870 creó en Europa. Durante siglos, los territorios alemanes habían estado fragmentados y eran débiles; ahora estaban unidos y era fuertes. La guerra de 1870 puso la relación entre Alemania y Francia, siempre difícil, en una situación crítica. La verdadera magnitud de la victoria alemana sobre Francia –una victoria que la mayoría de los contemporáneos no hubiera predicho– traumatizó a las élites francesas y desató una crisis que caló hondo en la cultura francesa.
La Europa de comienzos del siglo XX era un continente de monarquías. De las seis potencias más importantes, cinco eran monarquías de un tipo u otro; solo una (Francia) era una república. Las naciones-estado de los Balcanes –Grecia, Serbia, Montenegro, Bulgaria, Rumanía y Albania– eran relativamente nuevas y todas ellas monarquías. La Europa de los cruceros veloces, el radiotelégrafo y los mecheros eléctricos seguía llevando en su corazón a esta institución antigua y rutilante que ata Estados grandes y complejos a los caprichos de la biología humana. Los ejecutivos europeos aún giraban en torno a los tronos y los hombres y mujeres que se sentaban en ellos. En Alemania, Austria-Hungría y Rusia, los ministros eran nombramientos imperiales. Los tres emperadores tenían un acceso ilimitado a los documentos de estado y además ejercían una autoridad formal sobre sus respectivas fuerzas armadas. Las instituciones y redes dinásticas estructuraban las comunicaciones entre Estados. Los embajadores presentaban sus credenciales al soberano en persona y las comunicaciones directas y los encuentros entre monarcas siguieron teniendo lugar durante los años previos a la guerra; de hecho adquirieron una gran importancia, pues crearon un plano paralelo de interacción cuya relación con la diplomacia oficial era a veces difícil de determinar.

En un primer momento, la Primera Guerra Mundial fue la Tercera Guerra de los Balcanes.. ¿Cómo fue esto posible? Los conflictos y las crisis en la periferia sudoriental, donde el Imperio Otomano lindaba con la Europa cristiana, no eran nada nuevo. El sistema europeo siempre había tenido cabida para ellos sin poner en peligro la paz del continente en su conjunto. Pero los últimos años anteriores a 1914 contemplaron un cambio fundamental. En el otoño de 1911, Italia emprendió una guerra de conquista en una provincia africana del Imperio Otomano, provocando una cadena de ataques oportunistas sobre los territorios otomanos en los Balcanes. El sistema de equilibrios geopolíticos que permitió reprimir conflictos locales fue erradicado. Después de las dos Guerras de los Balcanes de 1912 y 1913, Austria-Hungría se enfrentó a una situación nueva y amenazadora en su periferia sudoriental, mientras que la retirada de la potencia otomana suscitó cuestiones estratégicas que los diplomáticos y responsables políticos rusos pensaban que no podían pasar por alto. Los dos bloques de alianzas continentales se involucraron de lleno en las antipatías de una región que estaba entrando en un periodo de inestabilidad sin precedentes. En el proceso, los conflictos en el escenario de los Balcanes se entretejieron firmemente con la geopolítica del sistema europeo, creando un conjunto de mecanismos de escalada que permitiría que un conflicto iniciado en los Balcanes en el verano de 1914 se extendiera al continente en un plazo de cinco semanas.
Cuando en el otoño de 1912 los otomanos llamaron a la paz con Italia, ya estaban en marcha los preparativos de un gran conflicto en los Balcanes. El 28 de septiembre de 1911, el día que Italia envió el ultimátum a Constantinopla, el ministro serbio de Asuntos Exteriores advirtió que si la Guerra italo-turca se alargaba, repercutiría inevitablemente en los Balcanes. Casi al mismo tiempo que se conoció la declaración italiana de guerra en octubre de 1911, se iniciaron los preparativos para celebrar una reunión entre representantes de los gobiernos serbio y búlgaro a fin de discutir una operación militar conjunta. En noviembre de 1911, los serbios completaron el borrador de un tratado de alianza con Bulgaria que explicaba con todo detalle las condiciones para una guerra ofensiva contra Turquía. A la alianza defensiva serbo-búlgara firmada en marzo de 1912 le siguió una ofensiva abierta en mayo, justo cuando Italia tomaba el Dodecaneso. Los acuerdos serbo-búlgaros se centraban principalmente en objetivos militares situados en la Europa suroriental otomana, pero solo preveían la posibilidad de una acción combinada contra Austria-Hungría.
Serbia, Grecia, Turquía y Rumanía unieron sus fuerzas para arrancar fragmentos de territorio de los flancos de Bulgaria. A comienzos de julio los serbios frenaron la entrada de las fuerzas búlgaras en Macedonia en el río Bregalnica. Luego, las tropas búlgaras, bien atrincheradas alrededor de Kalimantsi al nordeste de Macedonia, repelieron un contraataque serbio los días 15-18 de julio e impidieron a los serbios invadir el oeste de Bulgaria. Mientras el frente serbio se estancaba, los griegos atacaron desde el sur en una campaña que culminó en la sangrienta e inútil batalla de Kresna Gorge. Al mismo tiempo, un ataque rumano en el este, que llevó a las tropas rumanas a unos once kilómetros de Sofía, obligó al gobierno búlgaro a pedir un armisticio. En la Paz de Bucarest firmada el 10 de agosto de 1913, Bulgaria, tras una sangría tremenda, perdió gran parte de los territorios que había conseguido en la primera guerra.

Los asesinatos de Sarajevo, igual que el del presidente John F. Kennedy en Dallas en 1963, fueron un acontecimiento cuyo destello congeló a las personas y los lugares de un instante y las grabó a fuego en la memoria. La gente recordaba exactamente dónde y con quién estaba cuando se enteró de la noticia. Rosa Mayreder, la librepensadora y feminista vienesa, estaba viajando en aquel momento por Alemania con su esposo Karl, un depresivo crónico, cuando vieron la noticia de los asesinatos en un cartel colocado en el escaparate de unos grandes almacenes de Dresde situados en la acera de enfrente de la habitación de su hotel. Medio siglo después del suceso, el príncipe Alfons Clary-Aldringen recuerda que estaba cazando corzos en un bosque de Bohemia con unos familiares suyos, los Kinsky. Al anochecer, cuando los cazadores se reunieron junto a la carretera que bordeaba el bosque, el cocinero de la finca de los Kinsky llegó en bicicleta portando un mensaje del jefe de la oficina de correos de la zona. En el caso del parlamentario Joseph Redlich, la terrible noticia le llegó por teléfono; se pasó el resto de la tarde realizando una frenética serie de llamadas a sus amigos, a sus familiares y a sus colegas de la política. El dramaturgo Arthur Schnitzler, que tan solo cuatro semanas atrás había soñado que la orden de los jesuitas le había encargado que asesinara al archiduque, también se enteró de los asesinatos por teléfono.

No hubo un clamor de duelo colectivo cuando se difundió la noticia. Eso contribuye a explicar por qué los asesinatos siempre se han denominado por el lugar donde ocurrieron, más que por sus víctimas. (Por el contrario, nadie se refiere al asesinato de John F. Kennedy como el «asesinato de Dallas»). En ocasiones los historiadores han inferido de la impopularidad del archiduque que su asesinato no fue de por sí un importante factor desencadenante de los acontecimientos, sino en el mejor de los casos un pretexto para unas decisiones cuyos orígenes había que buscarlos en un pasado más remoto. Sin embargo, esa conclusión es engañosa. En primer lugar está el hecho de que, fuera o no popular, casi todo el mundo reconocía la energía y el ardor reformista del heredero al trono. El embajador austriaco en Constantinopla le dijo a su colega serbio que Francisco Fernando era un hombre de un «insólito dinamismo y de una fuerte voluntad», que estaba totalmente dedicado a los asuntos de Estado, y que habría llegado a ejercer una gran influencia. Era un hombre que había congregado a su alrededor a todos «aquellos que comprendían que únicamente un completo cambio de rumbo en el ámbito de la política nacional» podía salvaguardar la supervivencia del Imperio. Por añadidura, lo que contaba no era solo la extinción de la persona de Francisco Fernando, era el golpe que suponía al futuro de la dinastía, del Imperio y de la «idea del Estado de los Habsburgo» que lo unificaba.

El lunes 29 de junio, Čabrinović cambió repentinamente su historia. Pasó a admitir que él y Princip eran cómplices, y que habían planeado juntos el crimen en Belgrado. Las armas las habían conseguido de unos «antiguos partisanos» en aquella ciudad, unos hombres que habían combatido en las Guerras Balcánicas y que habían conservado sus armas tras la desmovilización. Al ser presionado para que identificara a aquellos «partisanos», Čabrinović mencionó al ordenanza ferroviario Ciganović, el eslabón más bajo de la cadena de mando de Apis. Cuando a Princip le pusieron delante aquellos detalles la mañana del lunes, él también admitió que ambos eran compañeros de conspiración.
No cabe duda de que Henry Kissinger estaba en lo cierto cuando describía los Acuerdos de Rambouillet como «una provocación, una excusa para empezar a bombardear», cuyos términos resultaban inaceptables incluso para el ciudadano serbio más moderado. La nota de Austria palidece en comparación.
El ultimátum de Viena había sido redactado, desde luego, bajo el supuesto de que probablemente los serbios no iban a aceptarlo. No se trataba de un último intento de salvar la paz entre los dos vecinos, sino una declaración intransigente de la postura de Austria. Por otra parte, a diferencia de Rambouillet, la nota no exigía una postración completa del Estado serbio; sus términos se ceñían estrictamente a la amenaza que suponía el irredentismo serbio para la seguridad de Austria.
La premovilización de Rusia modificó la química política en Serbia, y provocó que resultara impensable la idea de que el Gobierno de Belgrado, que originalmente había considerado seriamente la posibilidad de aceptar el ultimátum, diera marcha atrás ante la presión de Austria. También incrementó la presión nacional sobre la Administración rusa, ya que la presencia en las calles de hombres uniformados y la noticia de que Rusia no iba a «permanecer indiferente» al destino de Serbia avivó la euforia de la prensa nacionalista. Hizo sonar las alarmas en Austria-Hungría. Y lo más importante, aquellas medidas aumentaron drásticamente la presión sobre Alemania, que hasta entonces se había abstenido de iniciar preparativos militares, y seguía apostando por una localización del conflicto entre Austria y Serbia.
Sazonov había negado desde el principio el derecho de Austria a tomar medidas de cualquier tipo contra Belgrado a raíz de los asesinatos. Había señalado reiteradamente, en distintos contextos, que estaba dispuesto a responder militarmente ante cualquier acción contra el Estado cliente de Rusia. Ya el 18 de julio, poco después de que se supiera que Austria estaba preparando algún tipo de comunicado, Sazonov le había dicho a Sir George Buchanan que «cualquier cosa que se parezca a un ultimátum austriaco a Belgrado no podría dejar indiferente a Rusia, y tal vez se vería obligada a adoptar algunas medidas militares de precaución». Sazonov debía de ser consciente de los inmensos riesgos que implicaba aquello, ya que había apoyado a Kokovtsov a la hora de oponerse a una movilización parcial parecida contra Austria en noviembre de 1912 en el punto álgido de la crisis de los Balcanes, con el argumento –en palabras de Kokovtsov– de que «comoquiera que llamemos a las medidas previstas, una movilización seguía siendo una movilización, a la que nuestros adversarios se opondrán con una guerra de verdad».
Por supuesto, la situación en 1914 era distinta. Los riesgos eran mayores…

La movilización general de Rusia fue una de las decisiones más trascendentales de la crisis de julio. Fue la primera de todas las movilizaciones generales. Llegó en un momento en que el Gobierno alemán todavía no había declarado siquiera el Estado de Prealerta de Guerra, el equivalente a Periodo Preparatorio para la Guerra de los rusos, que estaba vigente desde el 26 de julio. Por su parte, Austria-Hungría seguía aferrada a su movilización parcial, centrada en derrotar a Serbia. Posteriormente hubo cierta desazón entre los políticos franceses y rusos por esa secuencia de acontecimientos.

-Los protagonistas de 1914 eran conscientes de que existía un posible desenlace que habría resultado catastrófico para todos (el fracaso del euro hoy día). Todos los protagonistas principales esperaban que no ocurriera, pero además de ese interés compartido, también tenían intereses particulares –y antagónicos– propios. Teniendo en cuenta las interrelaciones que existen a lo largo y ancho del sistema, las consecuencias de una determinada acción dependían de las reacciones de los demás, que resultaban difíciles de calcular por anticipado, debido a la opacidad de los procesos de toma de decisiones. Y mientras tanto, los actores políticos de la eurozona aprovechaban la posibilidad de esa catástrofe general como palanca para asegurarse sus propias ventajas específicas.
-En ese sentido, los hombres de 1914 son contemporáneos nuestros. Pero las diferencias son tan significativas como los elementos en común. Por lo menos, los ministros encargados de resolver la crisis de la eurozona estaban de acuerdo, en términos generales, en cuál era el problema –por el contrario, en 1914, una profunda quiebra de las perspectivas éticas y políticas socavaba el consenso y minaba la confianza. Las poderosas instituciones supranacionales que hoy en día aportan un marco para definir las tareas, mediar en los conflictos e identificar los remedios brillaban por su ausencia en 1914. Por añadidura, la complejidad de la crisis de 1914 no se debía a la difusión de los poderes y responsabilidades a lo largo y ancho de un único marco político-financiero, sino a las interacciones de fuego graneado entre centros de poder autónomos y fuertemente armados, que se enfrentaban a unas amenazas distintas y muy cambiantes, y que funcionaban bajo unas condiciones de alto riesgo y escasa confianza y transparencia.
-En la complejidad de los acontecimientos de 1914 desempeñaron un papel crucial los rápidos cambios en el sistema internacional: la repentina aparición de un Estado territorial albanés, la carrera armamentista entre Turquía y Rusia en el Mar Negro, o la reorientación de la política rusa, que se apartó de Sofía y se aproximó a Belgrado, por citar solo algunas. No se trataba de transiciones históricas a largo plazo, sino de realineamientos a corto plazo. Sus consecuencias se vieron amplificadas por la precariedad de las relaciones de poder en el seno de los Gobiernos europeos: los esfuerzos de Grey para contener la amenaza de los radicales liberales, la frágil autoridad de Poincaré y su política de alianzas, o la campaña que libró Sukhomlinov contra Kokovtsov.
-Hizo que el sistema fuera mucho más opaco e impredecible, lo que alimentó una actitud generalizada de desconfianza mutua, incluso dentro de las respectivas alianzas, un giro que fue peligroso para la paz. Los niveles de confianza entre los líderes rusos y británicos ya eran relativamente bajos en 1914, y seguían disminuyendo, pero ello no mermó la disposición del Foreign Office a aceptar una guerra europea en los términos que marcó Rusia; por el contrario, reafirmó los argumentos a favor de la intervención. Lo mismo puede decirse de la Alianza franco-rusa: las dudas acerca de su futuro tuvieron el efecto, en ambos bandos, de amplificar, en vez de silenciar, la disposición de arriesgarse a una guerra. Las fluctuaciones en las relaciones de poder en el seno de cada uno de los Gobiernos –combinadas con unas condiciones objetivas rápidamente cambiantes– produjeron a su vez las oscilaciones de las políticas y la ambigüedad de los mensajes que fueron un rasgo crucial durante las crisis previas a la guerra. De hecho, no está claro que el término «política» resulte apropiado en el contexto del periodo anterior a 1914, teniendo en cuenta lo difuso y lo ambiguo de muchos de los compromisos.
-Puede que parezca evidente que el escenario de los Balcanes fue esencial para el estallido de la guerra, teniendo en cuenta el lugar de los asesinatos que desencadenaron la crisis. Pero cabe destacar dos cuestiones en particular. La primera fue que las Guerras Balcánicas modificaron las relaciones entre las grandes potencias y las potencias menores en un sentido peligroso. A ojos de los líderes tanto de Austria como de Rusia, los esfuerzos por controlar los acontecimientos en la península de los Balcanes adquirieron un aspecto nuevo y más amenazador, sobre todo durante la crisis del invierno de 1912-1913. Una de sus consecuencias fue la balcanización de la Alianza Franco-rusa. Francia y Rusia, a ritmos distintos y por motivos diferentes, construyeron un detonante geopolítico a lo largo de la frontera entre Austria y Serbia. El escenario de un conflicto con origen en los Balcanes no fue ni una política ni un plan ni un complot que fue madurando constantemente a lo largo del tiempo, ni tampoco hubo una relación necesaria ni lineal entre las posturas adoptadas en 1912 y 1913.
-No es que el escenario de un conflicto con origen en los Balcanes –que en realidad tuvo su origen en Serbia– fuera empujando a Europa hacia una guerra que realmente se produjo en 1914, sino más bien al contrario, el escenario aportó el marco conceptual en virtud del cual se interpretó la crisis.
-Hay semejanzas con el debate que tuvo lugar en el seno del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas en octubre de 2011 acerca de una propuesta –apoyada por los Estados de la OTAN– para imponer sanciones al régimen de Assad en Siria a fin de evitar ulteriores matanzas de los ciudadanos disidentes de aquel país. En contra de la propuesta, el representante de Rusia argumentó que la idea reflejaba un «enfoque impropiamente contencioso» que era típico de las potencias occidentales, mientras que el representante de China alegó que las sanciones no eran pertinentes porque eran incompatibles con la «soberanía» de Siria.
-¿Cómo incide todo esto en la cuestión de la culpabilidad? Al afirmar que Alemania y sus aliados eran moralmente responsables del estallido de la guerra, el Artículo 231 del Tratado de Paz de Versalles garantizaba que la cuestión de la culpabilidad siguiera estando en el centro del debate, o muy cerca de él, sobre los orígenes de la guerra. El juego de la culpa nunca ha perdido su atractivo.
-El inconveniente de las narraciones acusatorias es que estrechan el campo de visión al centrarse en el temperamento político y en las iniciativas de un Estado en particular, en vez de en los procesos multilaterales de interacción. Además, existe el problema de que la búsqueda de culpables predispone al investigador a interpretar que los actos de los dirigentes son planeados y están movidos por una intención coherente. Es necesario demostrar que alguien deseaba la guerra y que además la provocó. En su forma más extrema, esa forma de proceder da lugar a narraciones conspirativas, donde un círculo de individuos poderosos, controla los acontecimientos entre bastidores de acuerdo con un maléfico plan.
-Una cosa está clara: ninguno de los trofeos por los que compitieron los políticos de 1914 valía lo que supuso el cataclismo que vino a continuación. ¿Comprendían los protagonistas lo mucho que había en juego? Antiguamente se pensaba que los europeos suscribían la quimérica creencia de que el siguiente conflicto continental iba a ser una guerra breve, súbita, entre príncipes, al estilo del siglo XVIII; que los hombres iban a estar «en casa antes de Navidad», como solía decirse. Más recientemente se ha cuestionado la difusión de aquella «ilusión de una guerra breve». El Plan Schlieffen de Alemania se basaba en un ataque masivo y rápido como el rayo contra Francia, pero incluso en el seno del Estado Mayor de Schlieffen había voces que advertían de que la siguiente guerra no iba a traer consigo victorias rápidas sino más bien «un avance tedioso, sangriento y lento, paso a paso». Helmuth von Moltke esperaba que una guerra europea, en caso de que estallara, se resolviera rápidamente, pero también reconocía que podía prolongarse durante años.

Los protagonistas de 1914 eran como sonámbulos, vigilantes pero ciegos, angustiados por los sueños, pero inconscientes ante la realidad del horror que estaban a punto de traer al mundo.

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By far the best book of the origins of World War I that I have read and several times. It shows a general and particular vision of why each of the contenders went to war. In particular, it seems to me referential, and something that I have not read in other books (Hastings, MacMillan) the role of Serbian and Russian nationalism at the beginning of the war. Highly recommended
Leave aside the typical whys that look for a culprit to focus on the how. The multiperspective is appreciated, without pretensions of judging the terrible political skein, nor of imposing a single idea, nor of projecting ideologies of the present to past events. Without losing a single detail, we see how high politics determined the path to war, often in a capricious way, often following ancestral objectives.

The historian who tries to understand the genesis of the First World War faces several problems. The first and most obvious is an excess of information supply. Each belligerent State produced editions of several volumes of diplomatic documents, enormous works of collective archive work. There are treacherous currents in this ocean of information. Most editions of official documents made in the interwar period have an apologetic bias. The German publication of fifty-seven volumes, Die Grosse Politik, which comprises 15,889 documents organized into 300 thematic areas, was not carried out taking into account purely academic objectives; it was hoped that the disclosure of the pre-war archives would suffice to refute the thesis of the “guilt of war” included in the terms of the Treaty of Versailles …
Another element of complication arises from the fact that many times the processes of policy making within the states caught up in the crisis were far from being transparent. One can think that what happened in July 1914 was an “international” crisis, a term that suggests a set of nation-states, conceived as compact, autonomous, differentiated entities, like billiard balls on a table. But the sovereign structures that created policies during the crisis were deeply disunited. There was uncertainty (and there has been among historians since then) about exactly where the power to determine policy among the various executives was located, and the “policies” – or at least the initiatives that led to policies of various types – did not come from necessarily from the top of the system; They could come from the periphery of the diplomatic apparatus, military commanders, ministerial officials and even ambassadors, who were often political leaders in their own right.
In this way, the surviving sources offer a chaos of promises, threats, plans and forecasts, and this in turn helps to explain why the outbreak of this war has lent itself to such an overwhelming variety of interpretations.
The crisis of the summer of 1914 will surprise you with its raw modernity. It started with a squad of suicide bombers and a parade of cars. Behind the attack in Sarajevo there was a terrorist organization of recognized cult to the sacrifice, the death and the revenge; but this organization was extraterritorial, its geographical or political location was not clear; It was disseminated in cells along political borders, it was inexplicable, its links with any sovereign government were indirect, hidden and undoubtedly very difficult to discern from outside the organization. In fact, we could even say that July 1914 is less far from us – it is less incomprehensible – now than in the 1980s. Since the end of the Cold War, a system of global bipolar stability has given way to a series of forces more complex and unpredictable, including empires in decline and emerging powers, a situation that invites comparison with the Europe of 1914.
The outbreak of the war was the culmination of a chain of decisions taken by political actors with deliberate objectives, who were capable of a certain self-reflection, recognized a series of options and formed the best judgments they could based on the best information they had. by hand. Nationalism, armaments, alliances and finances were part of history, but they can be created to carry the weight of the true explanation only if one considers that they have determined the decision that -just together- made the war erupt.

The events of June 11, 1903 marked a new starting point in Serbian political history. The Obrenović dynasty that had ruled Serbia during most of the country’s short life as an independent modern state had disappeared. A few hours after the murder, the conspirators announced the end of the Obrenović lineage and the succession to the throne of Peter Karadjordjević.
The kingdom became a true system of parliamentary government in which the monarch reigned but did not govern. The murder during the coup of Prime Minister repressor Cincar-Marković – Alejandro’s favorite – was a clear signal that political power would depend on popular support and the party system rather than on the will of the crown. Political parties could devote themselves to doing their work without fear of reprisals. At last the press was free from the censorship that had been the norm during the Mandates of the Obrenović. The perspectives showed a national political life more sensitive to popular needs and more in tune with public opinion. Serbia was on the threshold of a new era of its political existence.
But if the 1903 coup solved some old problems, it also created some new ones that would be of enormous importance in the events of 1914. Above all, the network of complicities that had been formed to assassinate the royal family did not disappear for good, but which continued to be a major force in Serbian politics and public life. The provisional revolutionary government formed and following the assassinations counted among its members four of the conspirators (among them the ministers of War, Public Works and Economy) and six party politicians. While Apis was still recovering from his wounds, he received official thanks for what he had done for the Skupština and became a national hero. The fact that the existence of the new regime depended on the bloody work of the conspirators, together with the fear of what the network might still be capable of, made open criticism difficult. Ten days after the incident, a minister of the new government entrusted the correspondent with a newspaper that found the actions of the murderers “deplorable,” but that “he could not categorize them openly in those terms because of the feeling that this could create in the army, of which support depend both the throne and the government ».
The idea of ​​the “unification of all Serbs” was supported by a mental image of Serbia that had little relation to the political map of the Balkans at the beginning of the 20th century. Its most influential political expression was a secret memorandum drafted by Serbian Interior Minister Ilija Garašanin for Prince Alexander Karadjordjević in 1844. Known after its publication in 1906 as Načertanije (from the Old Serbian náčrt, “draft”), Garašanin’s proposal outlined a “Serbian National and Foreign Policy Program”. It would be difficult to exaggerate the influence of this document on generations of Serbian politicians and patriots; over time it became the Magna Carta of Serbian nationalism.

Macedonia. Overlying a current political map of the Balkans, the geographical region known as Macedonia encompasses, in addition to the former Yugoslav republic of the same name, border areas along southern Serbia and eastern Albania, a large fragment of southwestern Bulgaria and a huge strip of northern Greece. The exact historical borders of Macedonia are still the subject of controversy today (testimony to the still burning conflict between Athens and Skopje about the use of the name “Macedonia” for the Republic of Skopje) as well as the question of whether this region possessed a cultural identity , linguistic or national characteristic and to what extent (to this day, linguists from all over the world, except Serbia, Bulgaria and Greece, recognize the existence of a Macedonian language).
The lack of coincidence between national perceptions and ethnic realities suggested that the fulfillment of the Serbian objectives would be a violent process, not only at the regional level, where the great powers, and also the minor ones, had committed interests, but also in the villages and villages in the areas in dispute. Some statesmen faced this problem by trying to present Serbian national objectives within a more generous “Serbo-Croatian” political vision that included the idea of ​​multi-ethnic collaboration.
The need of Belgrade to get an outlet to the sea that supposedly allowed it to get out of the delay. The relative weakness of its commercial and industrial development ensured that the Serbian rulers would continue to depend on international funding for the military expenditures they needed to continue with an active foreign policy. And this in turn explains the growing integration of Serbia into the network of alliances in France after 1905, whose root was in the financial and geopolitical imperatives.

After 1903, Serbian nationalists focused mainly on the three-way struggle between Serbs, Bulgarians and Turks that took place in Macedonia. All this changed in 1908 when Austria-Hungary annexed Bosnia and Herzegovina. Given that these two officially Ottoman provinces had been occupied for thirty years by the Austrians and that there was never any possibility of altering this provision, the nominal change of occupation to pure and hard annexation should have been apparently unimportant. The opinion of the Serbian population was quite another. The announcement created an “explosion of resentment and national enthusiasm unprecedented” both in Belgrade and in the provinces. There were “many meetings” in which the speakers “cried out for war against Austria.”
By the end of 1911, the number of affiliates had increased to about 2,000-2,500; It grew dramatically during the Balkan War, but the retrospective estimate of a defector turned 100,000-150,000 informant is undoubtedly exaggerated. Whatever the exact figures, the Black Hand quickly spread to the structures of official Serbia, trying to get from its base within the army to infiltrate the cadres of the Serbian border guards and customs officers, especially along the Serbo-Bosnian border. Numerous spies were also recruited who continued to work in Bosnia for the Narodna Odbrana despite their intended closure in 1909. Among their activities was the maintenance of a terrorist training camp, in which recruits were instructed in aiming, launching of bombs, blasting bridges and espionage.
This was a tailor-made assembly for the veteran conspirator Apis. The cult of silence suited his character perfectly, as did the official logo of the organization, a circular logo that bore a skull, two crossbones, a knife, a vial of poison and a bomb. When asked why he and his companions had adopted these symbols, Apis replied that, in his opinion, “those emblems [did not] look so scary or negative”.

It is difficult to reconstruct the details of the plot to assassinate Archduke Franz Ferdinand in Sarajevo. The murderers themselves did everything possible to leave no trace linking them to Belgrade. Many of the participants who survived refused to talk about their involvement; others played down their function or erased their tracks with confused speculations, which produced a chaos of contradictory testimonies. The plot itself left no documentation: almost everyone who took part was used to an environment obsessed with secrecy. The connivance between the Serbian state and the networks involved in the plot was deliberately overlapped and informal; It really was not documented. Therefore, the historiography of the conspiracy has had to settle for a questionable combination of compilations, contributions and sworn statements made under duress after the war, claims allegedly based on sources that have already been destroyed, and fragments of documentary evidence, the mostly related only indirectly to the planning and implementation of the plot. However, there is so much contingent upon the antecedents of this plot that historians have meticulously studied almost every detail with forensic rigor. In this way it is possible to draw a line of maximum likelihood through the chaos of sources and tendentious misrepresentations of much of the secondary literature.
Apis was the main architect of the plot, but the idea itself probably originated in his accomplice Rade Malobabić, a Serb born in Austria-Hungary who for some years worked as a spy for the Narodna Odbrana collecting information on the fortifications and movements of the Austrian troops and taking it to the Serbian border officers who acted as agents of the Black Hand and, through them, to the Serbian military intelligence.
Once the planning of the assassination began in earnest, care was taken to ensure that there was no apparent link between the cell of the assassins and the Belgrade authorities. The murderer’s trainer was a man named Milan Ciganović, a Bosnian Serb member of the Black Hand who had fought alongside the partisans and under Tankosić against the Bulgarians, and who was then employed on the Serbian national railways. Ciganović informed Tanković, who in turn informed Apis. All orders were transmitted in word.
The training of the assassins took place in the Serbian capital. Princip had already received shooting training at the Partisan Academy and was the best shooter of the three.

Two military disasters defined the trajectory of the Habsburg Empire in the last half century of its existence. In Solferino, in 1859, the French and Piedmontese forces imposed themselves on an army of 100,000 Austrian soldiers, opening the way to the creation of a new Italian nation-state. At Königgrätz, in 1866, the Prussians crushed an Austrian army of 240,000, dropping the empire from the emerging German nation-state. The cumulative impact of these convulsions transformed the internal life of the Austrian territories.
Shaken by the military defeat, the neo-absolutist Austrian Empire metamorphosed into the Austro-Hungarian Empire. According to the Commitment they negotiated in 1867, the power was shared by the two dominant nationalities, the Germans in the west and the Hungarians in the east. What emerged was a unique system of government, like an egg with two buds, in which the kingdom of Hungary and a region in Austrian territory, often called Cisleitania (meaning “the lands on this side of the Leita River”).
The Serbian problem was not an issue that the Austrians could handle in isolation. It was embedded in a set of intertwined issues. In the first place was the pressing relationship between Serbia and Russia, which after the crisis of annexation had become narrower than it had been before. Vienna suspected the Russian minister Hartwig, whose Austrophobia, Pan-Slavism and growing influence in Belgrade did not bode well for the future. The French representative in Sofia reported that Hartwig was “the archetype of the true mujik,” a partisan of the “old Russian policy in Turkey” who was willing to “sacrifice the Far East for the Balkans.” established close relationships with Prime Minister Nikola Pašić.
Another concern was the small principality of Montenegro, on the Adriatic coast. This picturesque and impoverished kingdom provided the backdrop to Franz Lehár’s operetta The Merry Widow, where he appeared barely camouflaged as the “Grand Duchy of Pontevedro” (the German libretto reveals it explicitly indicating that the singers should wear “the Montenegrin national costume”). »). Montenegro was the smallest Balkan state, with a population of only 250,000 scattered over a beautiful but unforgiving terrain, with black peaks and deep ravines. It was a country in which the king could be seen, dressed in a magnificent golden, silver, red and blue uniform, smoking in the evening in front of his palace in the hope of conversing with some passer-by.
Although poor and tiny, Montenegro was important. Their mountain canyons on the peaks of Lovčen were oriented towards the Austrian port facilities in Cattaro, on the Adriatic shores and impossible to defend, to the irritation of the Naval strategists of the Habsburgs. Nikola, the reigning prince since 1861 and therefore the third European monarch with a longer reign after Queen Victoria and Franz Josef, was very ambitious.
Albania was the most likely apple of the future Austro-Italian discord in the Balkans, still enclosed within the Ottoman Empire and which both Italy and Austria considered to fall within its sphere of influence. Since the 1850s, and through its vice-consulate in Skutari, Austria had exercised a kind of religious protectorate over the Catholics of the north of the country. But Albania, with its long Adriatic coast, was also very interested in the Italians. At the end of the century, Rome and Vienna agreed that they would support the independence of Albania should Ottoman power sink into the region. The problem of exactly how the Adriatic powers would share the same influence remained unresolved.

The Balkan Wars annihilated Austria’s security position in that peninsula and created a larger and stronger Serbia. The territory of the kingdom was expanded by more than 80%. During the Second Balkan War, the Serbian armed forces under the supreme command of General Putnik showed impressive discipline and initiative. The Habsburg government had often adopted a disdainful tone in its discussions about the military threat posed by Belgrade.
The polarization of the European geopolitical system was a fundamental precondition for the war that broke out in 1914. It is almost impossible to understand how a crisis in Austro-Serbian relations, however serious, could have dragged the Europe of 1887 into a continental war . The separation into two blocks of alliances did not cause war; In fact, during the years before the war, he did as much to appease as to intensify the conflict. However, without the two blocks the war would not have exploded the way it did. The bipolar system structured the environment in which the fundamental decisions were made. To understand how the polarization occurred, it is necessary to answer four interconnected questions. Why did Russia and France form an alliance against Germany in the 1890s? Why did Britain choose to merge its lot with this alliance? What role did Germany play in causing a hostile coalition to surround it? And to what extent can the structural transformation of the alliance system explain the events that brought the war to Europe and the world in 1914?.
The roots of the Franco-Russian Alliance are in the situation that the formation of the German Empire in 1870 created in Europe. For centuries, the German territories had been fragmented and weak; Now they were united and strong. The war of 1870 put the relationship between Germany and France, always difficult, in a critical situation. The true magnitude of the German victory over France – a victory that most contemporaries had not predicted – traumatized French elites and sparked a crisis that deeply affected French culture.
The Europe of the early twentieth century was a continent of monarchies. Of the six most important powers, five were monarchies of one kind or another; only one (France) was a republic. The nation-states of the Balkans – Greece, Serbia, Montenegro, Bulgaria, Romania and Albania – were relatively new and all of them monarchies. The Europe of fast cruisers, the radiotelegraph and the electric cigarette lighters still carried in its heart this ancient and glittering institution that binds large and complex states to the vagaries of human biology. European executives still revolved around the thrones and the men and women who sat on them. In Germany, Austria-Hungary and Russia, the ministers were imperial appointments. The three emperors had unlimited access to state documents and also exercised formal authority over their respective armed forces. Dynastic institutions and networks structured communications between states. The ambassadors presented their credentials to the sovereign in person and direct communications and meetings between monarchs continued to take place during the years leading up to the war; in fact they acquired great importance, since they created a parallel plane of interaction whose relationship with official diplomacy was sometimes difficult to determine.

At first, the First World War was the Third Balkan War. How was this possible? The conflicts and crises in the southeastern periphery, where the Ottoman Empire was bordering on Christian Europe, were nothing new. The European system had always had a place for them without endangering the peace of the continent as a whole. But the last years before 1914 contemplated a fundamental change. In the autumn of 1911, Italy undertook a war of conquest in an African province of the Ottoman Empire, provoking a chain of opportunistic attacks on the Ottoman territories in the Balkans. The system of geopolitical equilibria that allowed the repression of local conflicts was eradicated. After the two Balkan Wars of 1912 and 1913, Austria-Hungary faced a new and threatening situation in its southeastern periphery, while the withdrawal of the Ottoman power raised strategic issues that Russian diplomats and policy makers thought were not They could pass by. The two blocks of continental alliances were fully involved in the antipathies of a region that was entering a period of unprecedented instability. In the process, conflicts on the Balkan stage were firmly interwoven with the geopolitics of the European system, creating a set of escalation mechanisms that would allow a conflict that began in the Balkans in the summer of 1914 to spread to the continent in a timely manner. of five weeks.
When in the autumn of 1912 the Ottomans called for peace with Italy, the preparations for a great conflict in the Balkans were already underway. On September 28, 1911, the day that Italy sent the ultimatum to Constantinople, the Serbian Minister of Foreign Affairs warned that if the Italian-Turkish War dragged on, it would inevitably have repercussions in the Balkans. Almost at the same time that the Italian declaration of war was known in October 1911, preparations began to hold a meeting between representatives of the Serbian and Bulgarian governments in order to discuss a joint military operation. In November 1911, the Serbs completed the draft of an alliance treaty with Bulgaria that explained in detail the conditions for an offensive war against Turkey. The Serbo-Bulgarian defensive alliance signed in March 1912 was followed by an open offensive in May, just as Italy was taking the Dodecanese. The Serbo-Bulgarian agreements focused mainly on military objectives located in the Ottoman southeast Europe, but they only envisaged the possibility of a combined action against Austria-Hungary.
Serbia, Greece, Turkey and Romania joined forces to uproot fragments of territory from the flanks of Bulgaria. At the beginning of July the Serbs stopped the entrance of the Bulgarian forces in Macedonia on the Bregalnica river. Then, Bulgarian troops, well entrenched around Kalimantsi in northeastern Macedonia, repulsed a Serbian counterattack on July 15-18 and prevented the Serbs from invading western Bulgaria. While the Serbian front stagnated, the Greeks attacked from the south in a campaign that culminated in the bloody and useless battle of Kresna Gorge. At the same time, a Romanian attack in the east, which led the Romanian troops about seven miles from Sofia, forced the Bulgarian government to demand an armistice. In the Peace of Bucharest signed on August 10, 1913, Bulgaria, after a tremendous bleeding, lost much of the territories that had been achieved in the first war.

The assassinations of Sarajevo, like that of President John F. Kennedy in Dallas in 1963, were an event whose flash froze people and places for a moment and burned them in the memory. People remembered exactly where and with whom he was when he heard the news. Rosa Mayreder, the free-thinker and feminist Viennese, was traveling at that time in Germany with her husband Karl, a chronic depressive, when they saw the news of the murders on a sign placed in the window of a Dresden department store located on the sidewalk of in front of your hotel room. Half a century after the event, Prince Alfons Clary-Aldringen recalls that he was hunting roe deer in a Bohemian forest with relatives of his, the Kinsky. At dusk, when the hunters gathered by the road that bordered the forest, the cook of the Kinsky farm arrived by bicycle carrying a message from the head of the area’s post office. In the case of parliamentarian Joseph Redlich, the terrible news reached him by telephone; he spent the rest of the afternoon doing a frantic series of phone calls to his friends, relatives and colleagues in politics. The playwright Arthur Schnitzler, who only four weeks ago had dreamed that the order of the Jesuits had commissioned him to assassinate the archduke, also learned of the murders by telephone.

There was no collective dueling clamor when the news spread. That helps explain why the murders have always been called by the place where they occurred, rather than by their victims. (By contrast, no one refers to the assassination of John F. Kennedy as the “Dallas murder”). Sometimes historians have inferred from the unpopularity of the archduke that his murder was not in itself an important factor triggering events, but at best a pretext for decisions whose origins had to be sought in a more remote past. However, that conclusion is misleading. First of all is the fact that, whether popular or not, almost everyone recognized the energy and reforming ardor of the heir to the throne. The Austrian ambassador in Constantinople told his Serbian colleague that Francisco Fernando was a man of “unusual dynamism and strong will,” who was totally dedicated to State affairs, and who would have come to exert a great influence. He was a man who had gathered all around him “those who understood that only a complete change of course in the field of national politics” could safeguard the survival of the Empire. In addition, what counted was not only the extinction of the person of Francisco Fernando, it was the blow that supposed to the future of the dynasty, of the Empire and of the “idea of ​​the State of the Habsburgs” that unified it.

On Monday, June 29, Čabrinović suddenly changed his story. He went on to admit that he and Princip were accomplices, and that they had planned the crime together in Belgrade. The weapons had been obtained from “old partisans” in that city, men who had fought in the Balkan Wars and who had kept their weapons after the demobilization. Pressed to identify those “partisans”, Čabrinović mentioned the railway ordinance Ciganović, the lowest link in the Apis chain of command. When Princip was given those details on Monday morning, he also admitted that they were conspiracy partners.
There is no doubt that Henry Kissinger was right when he described the Rambouillet Accords as “a provocation, an excuse to start bombing”, whose terms were unacceptable even to the most moderate Serbian citizen. Austria’s note pales in comparison.
The Vienna ultimatum had been drafted, of course, under the assumption that the Serbs would probably not accept it. It was not a last attempt to save peace between the two neighbors, but an intransigent declaration of the Austrian position. On the other hand, unlike Rambouillet, the note did not demand a full prostration of the Serbian state; its terms strictly adhered to the threat posed by Serbian irredentism for Austrian security.
The premobilization of Russia modified the political chemistry in Serbia, and made it unthinkable that the Belgrade Government, which had originally seriously considered accepting the ultimatum, would backtrack under pressure from Austria. It also increased the national pressure on the Russian Administration, since the presence in the streets of uniformed men and the news that Russia was not going to “remain indifferent” to the fate of Serbia stoked the euphoria of the nationalist press. He rang the alarms in Austria-Hungary. And most importantly, those measures drastically increased the pressure on Germany, which until then had refrained from initiating military preparations, and continued to bet on a location of the conflict between Austria and Serbia.
Sazonov had denied Austria’s right to take measures of any kind against Belgrade in the aftermath of the killings. He had repeatedly pointed out, in different contexts, that he was willing to respond militarily to any action against the Russian client state. Already on July 18, shortly after it was known that Austria was preparing some sort of communiqué, Sazonov had told Sir George Buchanan that “anything resembling an Austrian ultimatum to Belgrade could not leave Russia indifferent, and maybe she would be forced to take some military precautionary measures. ” Sazonov must have been aware of the immense risks involved, as he had supported Kokovtsov in opposing a similar partial mobilization against Austria in November 1912 at the height of the Balkan crisis, with the argument – in the words of Kokovtsov- that “whatever we call the planned measures, a mobilization was still a mobilization, to which our opponents will oppose a real war”.
Of course, the situation in 1914 was different. The risks were greater …

The general mobilization of Russia was one of the most transcendental decisions of the July crisis. It was the first of all general mobilizations. It arrived at a time when the German Government had not yet declared the State of Prewar of War, the equivalent of the Preparatory Period for the War of the Russians, which had been in force since July 26. For its part, Austria-Hungary still clung to its partial mobilization, focused on defeating Serbia. Later there was some uneasiness among the French and Russian politicians for this sequence of events.

-The protagonists of 1914 were aware that there was a possible outcome that would have been catastrophic for all (the failure of the euro today). All the main protagonists hoped that it would not happen, but in addition to that shared interest, they also had particular -and antagonistic- interests of their own. Taking into account the interrelationships that exist throughout the system, the consequences of a certain action depended on the reactions of others, which were difficult to calculate in advance, due to the opacity of the decision-making processes. And meanwhile, the political actors of the Eurozone took advantage of the possibility of this general catastrophe as a lever to ensure their own specific advantages.
-In that sense, the men of 1914 are our contemporaries. But the differences are as significant as the elements in common. At least, the ministers in charge of resolving the Eurozone crisis agreed, in general terms, on what the problem was – on the contrary, in 1914, a profound breakdown of ethical and political perspectives undermined consensus and undermined the trust. The powerful supranational institutions that today provide a framework for defining tasks, mediating conflicts and identifying remedies were conspicuously absent in 1914. In addition, the complexity of the 1914 crisis was not due to the diffusion of powers and responsibilities throughout a single political-financial framework, but to the interactions of grained fire between autonomous and strongly armed centers of power, which faced different and very changing threats, and which operated under high-risk conditions. risk and low confidence and transparency.
-In the complexity of the events of 1914, rapid changes in the international system played a crucial role: the sudden appearance of an Albanian territorial state, the arms race between Turkey and Russia in the Black Sea, or the reorientation of Russian policy, who left Sofia and approached Belgrade, to name just a few. It was not about long-term historical transitions, but about short-term realignments. Its consequences were amplified by the precariousness of the power relations within the European governments: the efforts of Gray to contain the threat of the liberal radicals, the fragile authority of Poincaré and its policy of alliances, or the campaign that fought Sukhomlinov against Kokovtsov.
– It made the system much more opaque and unpredictable, which fueled a generalized attitude of mutual distrust, even within the respective alliances, a turn that was dangerous for peace. The levels of trust between the Russian and British leaders were already relatively low in 1914, and they continued to decline, but this did not detract from the Foreign Office’s willingness to accept a European war in the terms marked by Russia; on the contrary, it reaffirmed the arguments in favor of the intervention. The same can be said of the Franco-Russian Alliance: doubts about its future had the effect, on both sides, of amplifying, rather than silencing, the willingness to risk a war. The fluctuations in the power relations within each of the governments – combined with rapidly changing objective conditions – in turn produced the oscillations of the policies and the ambiguity of the messages that were a crucial feature during the previous crises. war. In fact, it is not clear that the term “policy” is appropriate in the context of the period before 1914, taking into account the diffuse and ambiguous nature of many of the commitments.
-It may seem obvious that the Balkan scenario was essential for the outbreak of the war, taking into account the place of the murders that triggered the crisis. But two issues in particular should be highlighted. The first was that the Balkan Wars modified the relations between the great powers and the minor powers in a dangerous sense. In the eyes of the leaders of both Austria and Russia, efforts to control events in the Balkan Peninsula took on a new and more threatening aspect, especially during the winter crisis of 1912-1913. One of its consequences was the Balkanization of the Franco-Russian Alliance. France and Russia, at different rates and for different reasons, built a geopolitical trigger along the border between Austria and Serbia. The scenario of a conflict originating in the Balkans was neither a policy nor a plan nor a plot that was constantly maturing over time, nor was there a necessary or linear relationship between the positions adopted in 1912 and 1913.
-It is not that the scenario of a conflict originating in the Balkans -which actually originated in Serbia- was pushing Europe towards a war that actually took place in 1914, but rather on the contrary, the scenario provided the conceptual framework under which the crisis was interpreted.
– There are similarities with the debate that took place within the United Nations Security Council in October 2011 about a proposal – supported by the NATO states – to impose sanctions on the Assad regime in Syria in order to avoid further massacres of dissident citizens of that country. Against the proposal, the representative of Russia argued that the idea reflected an “improperly contentious approach” that was typical of Western powers, while the representative of China argued that sanctions were not relevant because they were incompatible with “sovereignty” from Syria.
– How does all this affect the issue of guilt? By claiming that Germany and its allies were morally responsible for the outbreak of war, Article 231 of the Versailles Peace Treaty guaranteed that the issue of culpability remained at the center of the debate, or very close to it, about the origins of war. The game of guilt has never lost its appeal.
-The disadvantage of accusatory narratives is that they narrow the field of vision by focusing on the political temperament and the initiatives of a particular State, rather than on the multilateral processes of interaction. In addition, there is the problem that the search for guilty predisposes the investigator to interpret that the leaders’ acts are planned and are driven by a coherent intention. It is necessary to show that someone wanted the war and that it also provoked it. In its most extreme form, this way of proceeding gives rise to conspiracy narratives, where a circle of powerful individuals controls the events behind the scenes according to an evil plan.
– One thing is clear: none of the trophies for which the politicians of 1914 competed was worth the cataclysm that followed. Did the protagonists understand how much was at stake? Formerly it was thought that Europeans subscribed to the chimerical belief that the next continental conflict was going to be a brief, sudden war between princes, in the style of the eighteenth century; that the men were going to be “at home before Christmas,” as they used to say. More recently, the diffusion of that “illusion of a brief war” has been questioned. The Schlieffen Plan of Germany was based on a massive and rapid as lightning strike against France, but even within Schlieffen’s General Staff there were voices warning that the next war was not going to bring quick victories but rather “a tedious, bloody and slow progress, step by step ». Helmuth von Moltke hoped that a European war, if it broke out, would be resolved quickly, but he also acknowledged that it could go on for years.

The protagonists of 1914 were like sleepwalkers, vigilant but blind, anguished by dreams, but unaware of the reality of the horror they were about to bring to the world.

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