Maquiavelo Frente A La Gran Pantalla. Cine Y Política — Pablo Iglesias Turrión / Machiavelli Facing The Big Screen. Cinema and Politics by Pablo Iglesias Turrión (spanish book edition)

Una cosa se debe tener clara, yo no soy partidario de los políticos de este país, de ninguno, para cualquiera que lo haya leído y no hable desde la inquina contra el autor (y esos NO se han comprado el libro ni leído) se muestra como un ensayo entretenido y bien engarzado donde se habla de política a través del cine. Sin duda lo mejor es el epílogo dedicado a Felipe González, quien entrevistado por Juan José Millás para El País en noviembre de 2010, dijo que, en un momento impreciso entre 1989 y 1990, tuvo la oportunidad de ordenar la ejecución de toda la dirección política de ETA. El que fuera jefe del Gobierno de España durante casi 14 años señaló, literalmente, que tuvo la oportunidad de «volarlos a todos y descabezarlos». El expresidente dijo también en la entrevista que no estaba seguro de haber actuado correctamente al haberse abstenido de ejecutar a los jefes de ETA. «Cuántos asesinatos de personas inocentes podría haber ahorrado», se lamentaba González.
Rectificándose a sí mismo y liberando su discurso de toda hipocresía y del silencio oficial, ponía sobre la mesa la verdad de la lucha contra ETA. ¿Cuántos atentados se podrían haber evitado matando a sus dirigentes? ¿Cuántos coches-bomba se evitaron torturando a los militantes de ETA bajo custodia policial? ¿Qué puede importar el menoscabo físico y psicológico de aplicar la tortura a un enemigo si eso sirve para vencer? ¿Cómo puede aceptarse que los héroes de una guerra justa (Barrionuevo, Vera, Galindo, etc.) sean juzgados como meros delincuentes?
El estilo de González en esta entrevista es el estilo de los malvados maestros de política que se ha querido mantener en este libro. Solo los verdaderos «estadistas» saben que la consecución de cualquier proyecto político se basa en la victoria, y que esta última no entiende de medios cuando se enfrenta a un desafío militar.
Sin embargo, la revelación de González ha puesto al descubierto un elemento que quizá el expresidente tendría más dificultades en asumir. Al plantear a ETA como enemigo al que eliminar, le otorga el estatus de beligerancia. No olvidemos que, del mismo modo que tuvo en sus manos todo un dispositivo militar para acabar con los jefes de ETA, dio la orden de negociar con ellos, precisamente en Argelia, lo mismo que Aznar, quien cuando quiso ser también estadista habló de «movimiento vasco de liberación», y lo mismo que Zapatero.
En el fondo, aunque no lo dijera expresamente, González hizo lo mismo con ETA en la entrevista citada. Los malvados maestros Maquiavelo, Weber, Lenin o Carl Schmitt enseñan que la ética del político responde siempre a la defensa general de su proyecto político (males menores evitan males mayores). El problema es que puede haber tantas éticas como proyectos y lo importante al final, como saben los estadistas, no son los fines ideológicos que justifican los medios (esa estúpida banalización que del genial Maquiavelo suele hacerse), sino quién tiene el poder para imponer y convencer sobre la eticidad política de sus guerras justas, sean estas en nombre de la patria, de la democracia, de los derechos humanos, de la revolución o del dios de turno.
La diferencia entre un terrorista y un patriota, la diferencia entre los presidentes que pasan a la historia y los que mueren ahorcados, es sencillamente la diferencia entre la victoria y la derrota.

Desvincular la sexualidad de las relaciones de poder, dejarla en el plano de lo meramente cultural como han entendido algunos, sería no entender el papel de la heteronormatividad en el capitalismo y sus implicaciones políticas. La mercantilización del sexo y la centralidad de las industrias del deseo en el capitalismo posfordista hacen, como dice lúcidamente Žižek, «que el modo en que la práctica política de los queers contesta y socava la normativizada heterosexualidad represente una amenaza potencial al modo de producción capitalista».

Respecto a la violencia en la película, muchos quisieron ver en ella la larga sombra de Tarantino. Sin negar ninguno de los méritos del director de las geniales Reservoir Dogs o Pulp Fiction, ya le gustaría a Tarantino estar al nivel de González Iñárritu a la hora de estetizar la violencia. En Amores perros, la violencia no es irónica ni gratuita, sino una representación (que además no abusa apenas de planos desagradables) de la violencia social a través de una estética hiperrealista que nos presenta la verdad histórica y estructural de la ciudad-mundo.
Amores perros consigue, en definitiva, que veamos la lógica del capital que Harvey describe como el vínculo entre los fragmentos propios de la posmodernidad y nos recuerda que, en la violencia consustancial de la metrópolis capitalista, el amor es siempre perro.

One thing must be clear, I am not a supporter of the politicians of this country, of any, for anyone who has read and does not speak from the inquina against the author (and those who have NOT bought the book or read) is shown as an entertaining and well-linked essay where politics is discussed through cinema. Undoubtedly the best is the epilogue dedicated to Felipe González, who interviewed by Juan José Millás for El País in November 2010, said that, at an imprecise time between 1989 and 1990, he had the opportunity to order the execution of the entire political leadership of ETA. The one who was the head of the Government of Spain for almost 14 years pointed out, literally, that he had the opportunity to “blow them all and decapitate them.” The former president also said in the interview that he was not sure he had acted correctly because he had refrained from executing the ETA leaders. “How many murders of innocent people I could have saved,” Gonzalez complained.
Rectifying himself and freeing his speech from all hypocrisy and official silence, he put on the table the truth of the fight against ETA. How many attacks could have been avoided by killing their leaders? How many car bombs were avoided by torturing the ETA militants in police custody? What can matter the physical and psychological impairment of applying torture to an enemy if it serves to defeat? How can it be accepted that the heroes of a just war (Barrionuevo, Vera, Galindo, etc.) be judged as mere criminals?
González’s style in this interview is the style of the evil political masters that he wanted to keep in this book. Only true “statesmen” know that the achievement of any political project is based on victory, and that the latter does not understand means when faced with a military challenge.
However, González’s revelation has uncovered an element that perhaps the former president would have more difficulty in assuming. By posing ETA as an enemy to eliminate, gives it the status of belligerency. Let us not forget that, just as he had a military device in his hands to kill the ETA leaders, he gave the order to negotiate with them, precisely in Algeria, just as Aznar, who when he wanted to be a statesman, also spoke of « Basque liberation movement “, and the same as Zapatero.
In the end, although he did not say it expressly, González did the same with ETA in the aforementioned interview. The evil teachers Machiavelli, Weber, Lenin and Carl Schmitt teach that the ethics of the politician always responds to the general defense of his political project (minor evils avoid major evils). The problem is that there can be as many ethics as projects and what matters in the end, as the statesmen know, are not the ideological ends that justify the media (that stupid trivialization that the great Machiavelli usually makes), but who has the power to impose and to convince about the political ethicity of their just wars, be they in the name of the fatherland, of democracy, of human rights, of the revolution or of the god of the day.
The difference between a terrorist and a patriot, the difference between presidents who go down in history and those who die hanged, is simply the difference between victory and defeat.

To de-link sexuality from power relations, to leave it on the level of the merely cultural as some have understood, would be not to understand the role of heteronormativity in capitalism and its political implications. The commodification of sex and the centrality of the desire industries in post-Fordist capitalism do, as Žižek lucidly says, “that the way in which the political practice of the queers answers and undermines normative heterosexuality represents a potential threat to the capitalist mode of production. »

Regarding the violence in the film, many wanted to see in it the long shadow of Tarantino. Without denying any of the merits of the director of the great Reservoir Dogs or Pulp Fiction, Tarantino would like to be at the level of González Iñárritu at the time of aestheticizing the violence. In Amores perros, violence is not ironic or gratuitous, but a representation (which also does not abuse only unpleasant plans) of social violence through a hyper-realistic aesthetic that presents the historical and structural truth of the city-world.
Amores perros gets, in short, that we see the logic of capital that Harvey describes as the link between the fragments of postmodernity and reminds us that, in the consubstantial violence of the capitalist metropolis, love is always a dog.

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