Guerra Absoluta — Chris Bellamy

Este es un magnífico libro que se centra principalmente en el frente ruso contra los nazis y donde más allá de las tácticas lo interesante es la superposición de ideas entre Stalin y Hitler , a too ello los gráficos y las imágenes además de los anexos hacen de este libro una delicia porque es muy didáctico y nada aburrido.

A finales de la década de 1960, el miedo a la rabia no era la mayor preocupación para la seguridad de Europa occidental y el Reino Unido. La mayor amenaza —y entonces era muy real— era la de una guerra termonuclear. Al margen de quién había empezado un conflicto así, los misiles que caerían en Europa occidental, el Reino Unido y Estados Unidos probablemente habrían salido de la Unión Soviética. Y la Unión Soviética se había convertido en una potencia mundial armada con misiles nucleares como resultado directo de la guerra en el frente oriental.
Las bajas soviéticas en ese período de 1941-1945 se estiman ahora en 27 millones de muertes directas, entre militares y civiles. La cifra supone casi la mitad de las víctimas totales de la Segunda Guerra Mundial. Pero la «pérdida demográfica global», la diferencia entre la población que tenía la Unión Soviética después de la guerra y la que debería haber tenido si esta no hubiera estallado, podría ser de 48 o 49 millones. Alemania probablemente perdió 4,3 millones de militares como consecuencia de las batallas en el frente oriental. Y esas bajas no incluyen el legado invisible de las guerras que solo ahora estamos empezando a reconocer: las bajas psicológicas, las víctimas afectadas de trastornos nerviosos y estrés postraumático, y el consuelo que esas personas buscan.
Otro truculento efecto secundario de la guerra en el este fue una intensificación de la persecución nazi de los judíos y la «solución final», que solo alcanzó sus dimensiones más obscenas después de 1941. El Holocausto había empezado antes: periódicos británicos atentos ya estaban denunciando la deportación de judíos alemanes.
Sin el dominio británico y estadounidense del mar, la campaña aérea estratégica y la guerra en el Pacífico, es muy posible que la Unión Soviética hubiera caído derrotada en 1942 o, al menos, que la guerra en el este se hubiera prolongado mucho más. No obstante, durante el período crítico de finales de 1941 y todo el año 1942, la potencia estadounidense solo estaba empezando a arrancar y los bombardeos estratégicos aliados contra Alemania se hallaban en sus albores, como confirmó su máximo exponente, el mariscal de la Royal Air Force sir Arthur Bomber Harris.

En la guerra de 1941 a 1945 en el frente oriental, cada contendiente tenía por objetivo la destrucción total del enemigo. Las «modificaciones en la práctica» derivaron de limitaciones de la logística, el terreno, el clima, así como de limitaciones tecnológicas y de capacidad de resistencia humana y animal (sobre todo de los caballos), más que de leyes y costumbres de la guerra.
Es evidente que la guerra en el frente oriental no fue un acto aislado, sino parte del complejo entramado de la Segunda Guerra Mundial, y su naturaleza y recorrido estaban predestinados por las fuerzas que lo generaron. Tampoco consistió en un solo acto decisivo ni en varios simultáneos. Descargó su energía a lo largo de 1418 días, con un avance alemán a diferentes velocidades y en diferentes direcciones, que culminó en Stalingrado y el Cáucaso, y luego fue perdiendo fuerza ante la potencia creciente del ejército rojo. Como también señaló Von Clausewitz, «la proporción de los medios de resistencia que no pueden ejercerse de manera inmediata es mucho mayor de lo que en un principio cabría pensar. Aun cuando se gasta gran fuerza en la primera decisión y se altera el equilibrio, este puede restablecerse». Incluso después de asombrosas derrotas y de la pérdida de 3 millones de prisioneros, el equilibrio se restableció a las puertas de Moscú. La naturaleza política de la guerra también cambió. Para la Unión Soviética, comenzó como una lucha por la supervivencia, pero terminó con la conquista de gran parte de Europa oriental y central. La destrucción de la Wehrmacht continuó siendo el principal objetivo de los soviéticos, pero lograrlo en el contexto de una gran guerra de alianzas requería un ajuste constante y el compromiso con los aliados. En ocasiones se equivocaron. Si Stalin hubiera estado preparado para confiar en que los aliados occidentales se ceñirían al acuerdo de dividir Alemania por el Elba, tal vez no habría sentido la necesidad de realizar una carrera tan imprudente hacia Berlín, con el mayor número de bajas diarias de cualquier operación soviética en la guerra (aparte de las catastróficas «batallas de frontera» de junio de 1941, cuando los alemanes desataron la operación Barbarroja).
Las condiciones para la guerra absoluta y total se habían desarrollado durante las décadas de 1920 y 1930, y alcanzaron su máxima intensidad a principios de 1941. En retrospectiva, parece como si la guerra entre la Alemania nazi y la Rusia soviética fuera inevitable. Pero no a todo el mundo se lo parecía en 1939, cuando las dos mayores dictaduras del mundo, lejos de precipitarse una sobre la otra en una guerra encarnizada, se abrazaron en un pacto de no agresión.

Lo único que podría haber evitado la guerra entre los regímenes políticos más extremistas de la historia, el nacionalsocialismo y el comunismo soviético, habría sido la no aparición de Hitler. El nacionalsocialismo surgió en oposición al comunismo o «bolchevismo». Los escritos de Hitler, incluidos Mein Kampf y otras declaraciones, se referían constantemente a la «amenaza judeo-bolchevique». Y el control ilimitado que ambos dictadores ejercieron sobre sus pueblos, medios de comunicación y sobre unos recursos y tecnología sin precedentes, provocó que los sucesos fueran menos susceptibles a acciones de otras personas, al accidente o al libre albedrío que en cualquier otro momento o lugar de la historia. Al analizar los objetivos e intenciones de alemanes y soviéticos, dependemos en gran medida de los caprichos personales y la psicología de los individuos dirigentes.
Lo más importante es que a pesar del odio intenso entre ellos, y de todo lo que cada uno representaba para el otro, parece claro que Stalin y Hitler se profesaban un enorme respeto. Esta fue sin duda una razón clave por la que Stalin se negó a creer que Hitler estaba a punto de apuñalarlo por la espalda cuando el «idilio cruel» se acercaba a su inevitable final.
La opinión de Hitler sobre el régimen bolchevique se expresa claramente en Mein Kampf. El «verdadero organizador de la Revolución y el que maneja los hilos a escala internacional —escribió Hitler— [es] el judío internacional». El ruso se convirtió en «el esclavo de sus dictadores judíos, quienes, por su parte, fueron lo suficientemente sagaces para denominar a su dictadura “la dictadura del pueblo”».

Desde hacía mucho, la seguridad soviética veía a Finlandia, igual que los países bálticos, como una «cuestión compleja», y aunque los finlandeses tenían vínculos estrechos con Alemania desde hacía tiempo, el Pacto Mólotov-Ribbentrop colocaba al país en la «esfera de influencia» soviética. En 1936, Tujachevski, a la sazón jefe del Estado Mayor General soviético, había acusado a los finlandeses de la construcción de bases aéreas que los alemanes podrían utilizar para bombardear Rusia. En su «testamento», escrito antes de su anunciada ejecución en junio de 1937, Tujachevski sostenía que, en caso de guerra con Alemania, la Unión Soviética tendría que ocupar los países bálticos. En cambio, se refería a Finlandia solo como una «cuestión independiente de gran complejidad». Sin embargo, al año siguiente, el hombre del NKVD en Helsinki advirtió al ministro de Asuntos Exteriores finlandés que, si su país no hubiera garantizado su neutralidad en caso de guerra con Alemania, la Unión Soviética habría invadido Finlandia y también Suecia.
La guerra soviético-finlandesa de 1939-1940, conocida como la «guerra de Invierno», comenzó con la intervención del Séptimo Ejército el 30 de noviembre. El 6 de diciembre, los tanques de avanzada de Meretskov apenas acababan de cruzar la zona de obstáculos y alcanzaron las barreras antitanque de la zona principal. Mientras el Séptimo Ejército trataba de abrirse paso a través de la línea Mannerheim en el sur, las tropas soviéticas capturaron Petsamo en el norte. Pero en el centro, tratando de partir Finlandia en dos a la altura de la cintura, el ejército rojo sufrió su mayor desastre. La 163.ª División de Fusileros soviética se dirigió al sur por la carretera secreta de nueva construcción, pero se encontró con resistencia finlandesa.
En el plano político-estratégico, la lección clave fue que no siempre se puede contar con recibir ayuda del país invadido, una lección que los gobiernos británico y estadounidense aprendieron de nuevo en Irak en 2003. Los planificadores soviéticos habían contado con un derrumbe de la voluntad política y la moral de los finlandeses, y con la caída de su gobierno. Eso no iba a suceder de ninguna manera. En 1941, los alemanes, si hubieran sido inteligentes, podrían haber aprovechado su buen recibimiento inicial para ganarse a la población de gran parte de la zona occidental de la Unión Soviética. No lo consiguieron por su propia brutalidad y colosal insensibilidad. «En ausencia de un derrumbe político-moral en el ejército y la población nacional del enemigo —concluyó el Estado Mayor soviético—, el ejército enemigo seguirá conservando su capacidad de resistir.

La obsesión de Hitler con el «bolchevismo judío», establecida en Mein Kampf, y la polaridad ideológica entre nacionalsocialismo y comunismo soviético eran claramente una de las causas, pero esta debe sopesarse con el sentimiento verdadero tanto de Stalin como de Hitler, según el cual el otro era alguien con quien se podía negociar. La necesidad percibida de Lebensraum, que debía algo a los geopolíticos, era indudablemente otra causa. También lo era la muy real necesidad de Alemania de materias primas, para librar una guerra que ya estaba en marcha, y que podría extenderse a dimensiones globales, incluyendo a Estados Unidos, como después ocurrió. Luego había consideraciones político-estratégicas en el contexto de una guerra más extendida en Europa, pero todavía no global. La derrota de Francia en junio de 1940 y la posterior resistencia continuada de Gran Bretaña colocaron a Hitler en un brete estratégico. Necesitaba los recursos soviéticos para luchar contra el Imperio británico y posiblemente contra Estados Unidos, pero, Alemania se mostraba reticente a pagar por ellos. Destruir la Unión Soviética también golpearía de manera indirecta al Reino Unido al eliminar una de sus últimas esperanzas de contar con un aliado importante.
También estaban las cuestiones muy reales e inmediatas en los Balcanes, relacionadas con el interés del Reino Unido en el Mediterráneo oriental y Oriente Próximo. Las relaciones de Alemania con Rumanía estaban diseñadas para incrementar la influencia alemana en los Balcanes, pero Hitler no estaba preparado para aceptar una relación similar de la Unión Soviética con Bulgaria. La operación Barbarroja se retrasó —sin lugar a dudas con consecuencias desastrosas para los alemanes— por el golpe del 27 de marzo de 1941 en Yugoslavia y la subsiguiente invasión de Hitler para ocuparse de ella. Por último, e inextricablemente ligado con la cuestión del Reino Unido, Alemania y la URSS jugando a enemistarse, existía un gran dilema en el ámbito de la estrategia y la inteligencia militar. ¿Hitler podría traicionar el pacto de 1939 y atacar a Stalin? ¿O podría atacar Stalin a Hitler, antes de que este lo atacara a él? Pero esa agua, a su vez, estaba embarrada por la obsesiva cautela de Stalin según la cual los británicos estaban tratando de inducirle a participar en una guerra con Alemania, y también por su miedo de que los británicos firmaran la paz con los alemanes y se unieran a ellos contra la URSS.
Los temores soviéticos de que los británicos acordaran una paz por separado con Hitler solo se disiparon en cierta medida el 22 de junio de 1941, cuando Churchill hizo un apasionado discurso en apoyo de su nuevo e incómodo aliado, pero los rusos continuaron recelando de las intenciones británicas en 1942, por buenas razones. Entretanto, el vuelo de Heß desvió la atención de Stalin, sus colaboradores cercanos y la inteligencia soviética apenas seis semanas antes del ataque alemán. La misión de Heß sembró más dudas en el Gobierno y el Alto Mando soviéticos sobre la fiabilidad y las intenciones de los británicos, así como sobre la veracidad de cualquier información que estos pudieran haber estado proporcionando. Con el riesgo de irme por las ramas, tal vez podría haber sido otra de las razones para que los alemanes dejaran que Heß, un elemento descontrolado, volara en un Me-110 desde Augsburgo hasta Escocia.

Stalin permaneció convencido de la teoría de la división: creía que la Wehrmacht estaba provocando la guerra, sin el deseo ni el consentimiento de Hitler. La opinión británica de que los preparativos de guerra alemanes tenían la intención de ejercer presión diplomática y política tampoco era completamente descabellada. Aunque Alemania había invadido Polonia sin previo aviso en 1939, los ataques por sorpresa eran muy raros en la historia militar. La experiencia de Rusia de la Primera Guerra Mundial, cuando la dinámica de movilización precipitó la guerra, era bien conocida por Stalin. Aparte de «nunca ataques Rusia (a menos que seas Gengis Kan)», uno de los viejos clichés de la historia militar es que «movilización [abierta] significa guerra». Eso era lo que se cocía en la mente de Stalin.

Los alemanes no estaban acostumbrados a perder. Teniendo en cuenta que habían matado o capturado a 4 000 000 de soldados soviéticos —diez veces sus propias pérdidas, aproximadamente—, aún lo estaban haciendo increíblemente bien. Pero Von Bock, al mando del poderoso Grupo de Ejércitos Centro, confesó a Kluge que estaba sopesando enviarle a Hitler un «telegrama personal» sobre cuestiones que iban «más allá de lo militar». Probablemente estaba pensando en una retirada «de proporciones napoleónicas». Por su parte, los rusos se sintieron decepcionados por su actuación en los primeros cuatro días. Zhúkov criticó que las unidades siempre trataban de atacar frontalmente a los alemanes en lugar de ser inteligentes y entrar por los lados. Por fin, los rusos estaban recibiendo equipo realmente bueno en cantidades sustanciales, pero, pese a su entusiasmo, las tropas aparecidas milagrosamente de las profundidades nevadas de la patria estaban mal formadas y dirigidas de manera inexperta.

La mejor manera de describir las relaciones diplomáticas entre el Reino Unido y la Unión Soviética, improvisadas de manera apresurada después del 22 de junio de 1941, es como «una alianza peculiar». Churchill, aconsejado por el Foreign Office, evitó cuidadosamente la palabra «aliado» en su discurso de esa noche. En la semana anterior a Barbarroja, el secretario del Foreign Office [Ministerio de Asuntos Exteriores], Anthony Eden, había destacado que, más que convertirse en «aliado de la Unión Soviética» —pues el gobierno británico ya sabía que la guerra germano-soviética era inminente—, el Reino Unido y Rusia tendrían «un enemigo común y un interés común, es decir, hacer todo el daño posible a Alemania». No serían «aliados», sino «cobeligerantes». Sin embargo, los prejuicios contra los rusos no cesaron entre los altos oficiales británicos ni siquiera después del ataque alemán. «Evito la expresión “aliados” —escribió el teniente general sir Henry Pownall, segundo del Estado Mayor General Imperial—, porque los rusos son también una sucia banda de ladrones asesinos y traidores de la peor calaña. Es bueno ver a los dos mayores degolladores de Europa, Hitler y Stalin, atacándose entre ellos».
La posición británica estaba modelada por la opinión imperante de que la Rusia soviética pronto se derrumbaría y que lo máximo a lo que cabía aspirar era a prolongar la resistencia rusa en la medida de lo posible. Churchill ofreció «toda la ayuda que podamos», pero la colaboración técnica y material se limitaba a «lo que está en nuestras manos». A diferencia de la vigorosa potencia económica de Estados Unidos, que todavía no era un combatiente en la guerra, los británicos ya estaban al límite.
En total, la contribución británica se cifró en 45,6 millones de libras, y la estadounidense, en 11 260 millones de dólares. Transcurridos más de sesenta años, es probable que sea inútil tratar de equiparar estos precios con sus equivalentes modernos, especialmente teniendo en cuenta las circunstancias económicas muy diferentes. Sin embargo, hay un dato estadístico que destaca. La contribución de Estados Unidos bastaba para dar raciones concentradas de media libra a los 12 millones de hombres y mujeres que formaron las tropas y fuerzas de seguridad soviéticas en el campo de batalla.

Desde principios de 1942, el principal objetivo de Hitler había sido hacerse con el control de los yacimientos petrolíferos del Cáucaso y el Caspio para poder seguir adelante con la contienda bélica, en la que también se había involucrado Estados Unidos. Al parecer, el Führer dijo: «Si no consigo el petróleo de Maikop y Grozni [las dos ciudades más importantes, que se encontraban a unos 100 kilómetros al norte de las montañas del Cáucaso], tendré que poner fin a la guerra». También se extraía petróleo en Bakú, en el litoral caspio. En la actualidad, el petróleo de esta zona y el gas natural aún son de una importancia vital, y desempeñaron un papel muy relevante en la determinación de Rusia de no renunciar a Chechenia cuando la república rusa declaró su independencia tras la descomposición de la Unión Soviética en 1992. La decisión de Stalin de deportar a los chechenos —junto con miembros de otras nacionalidades— por supuesta deslealtad en 1944 también fomentó la amargura y el resentimiento contra los rusos, que desembocaron en una revuelta armada cincuenta años más tarde.
Hitler sabía que apoderarse de los yacimientos petrolíferos no solo era una táctica útil en su plan de guerra global, sino que también supondría un duro revés para los rusos. En 1942, los alemanes ocupaban una extensión de territorio en la que vivía el 40% de la población y que suponía un tercio de la producción industrial bruta.

¿Por qué el Reichstag, el edificio del Parlamento alemán, era el objetivo primordial de los rusos? El objetivo número 105, de hecho, en la lista de objetivos del ejército rojo. La respuesta es que en cualquier guerra, sobre todo en una gran guerra contra un país poderoso, el momento de la «victoria» es difícil de definir. Y en la actualidad todavía es más difícil. El Reichstag era un armazón quemado desde hacía doce años, desde 1933, y no puede decirse que la historia de la «democracia parlamentaria» en Alemania fuera gloriosa, ni en tiempos del Káiser, cuando se había construido en 1894, ni en los de Hitler.
El grito «Al Reichstag», se generalizó por primera vez después de Kursk. El viejo edificio quemado y tapiado no tenía importancia en relación con la capacidad de Alemania de combatir en la guerra, destruida en gran parte en Bielorrusia en 1944; ni tampoco para organizar la resistencia, hecha pedazos y eliminada tras la toma del cuartel general del OKH en Zossen; ni para su máximo líder político, que estaba intoxicado por las drogas varios metros por debajo del suelo y a punto de suicidarse. De acuerdo con la lógica política, la Cancillería del Reich, con el búnker de Hitler situado debajo, hacia el sur, más allá de la Puerta de Brandeburgo, debería haber sido el objetivo prioritario. Sin embargo, el Reichstag tenía todos los atributos necesarios para ser un símbolo icónico de la victoria. Era un edificio enorme e imponente, aunque estuviera carbonizado y tapiado. Quedaba aislado, y por lo tanto era fácil de identificar, claramente separado de los edificios y calles circundantes. También era una formidable fortaleza y la obvia intención rusa de tomarla captó la atención de las SS y las Juventudes Hitlerianas, miles de cuyos combatientes se habían retirado al Reichstag mientras los rusos se acercaban. Sin embargo, el catalizador tal vez fuera la inscripción sobre la entrada principal: Dem deutschen Volke (Al pueblo alemán). Teniendo en cuenta lo que el «pueblo alemán» había hecho a Rusia, ¿qué mejor sitio para saldar cuentas con él?.
La bandera se plantó en el punto más alto, pero el fotógrafo y los dos sargentos intercambiaron posiciones, por lo que Jaldéi está mirando hacia abajo, de forma que se obtiene el maravilloso detalle de la Puerta de Brandeburgo y la gente caminando aparentemente tranquila a través de la ciudad. Estas fotografías se encuentran entre las más famosas de toda la guerra. Como plasmación del mensaje de victoria, son magistrales. Sin embargo, en esta fotografía se hace evidente que el hombre que sostiene las piernas de su compañero llevaba dos relojes, uno en cada muñeca. Es evidente que los habría «liberado» de algún ciudadano alemán o de una joyería. Esa misma noche, Jaldéi voló a Moscú con el carrete de 36 fotografías, que fueron publicadas inmediatamente. Unos meses más tarde, un editor de TASS reparó en el reloj adicional. Como ni Stalin ni el ejército rojo querían enviar ese mensaje, Jaldéi recibió la orden de pintar el reloj de la muñeca derecha para disimularlo.

El papel de la Unión Soviética en la victoria sobre el Tercer Reich, un triunfo que eclipsó al conseguido por el zar Alejandro sobre Napoleón, también exigía una celebración militar tradicional. El desfile de la victoria en Moscú se fijó para el 24 de junio. Stalin iba a pasar revista, pero la tradición militar dictaba que debía hacerlo a caballo, y no era el mejor jinete del mundo. Los rusos encontraron un hermoso caballo blanco árabe llamado Kumir (Amado). Stalin no podía dominar al bravo corcel, y este podría haberlo hecho caer, lo cual podría haber sido muy peligroso para el dictador de 66 años de edad y posiblemente también para el caballo, teniendo en cuenta la manera en que Stalin trataba a la gente que le molestaba. Stalin sin duda estaba cohibido, porque dejó que Zhúkov pasara revista en su lugar. La caballería imperial rusa sabía cómo enseñar a montar a sus suboficiales, y Zhúkov recuerda la brutalidad del proceso en sus memorias. El soldado de caballería dominó fácilmente al corcel árabe. En cuanto al comandante del desfile, qué mejor que otro soldado de caballería cuya tortura, humillación, supervivencia, resistencia y en última instancia grandeza militar reflejaban a
la perfección la experiencia de la Rusia soviética.
Para el pueblo soviético, habría poco descanso. La reconstrucción resultaría tan exigente como la guerra. Y la Unión Soviética tenía que sacar provecho de su nueva posición internacional, y no podía pasar por alto la existencia de armas nucleares. La orden de Stalin de mayo de 1945 llamaba al pueblo a «curar las heridas de la guerra rápidamente» y a «aumentar el poder del Estado soviético».
En 1945, y durante los siguientes cuarenta años, la Unión Soviética probablemente pareció más fuerte a los extranjeros de lo que realmente era. Por una casual cadena de acontecimientos, la Segunda Guerra Mundial y la arrogancia y el error de juicio de Hitler habían convertido el país, que antes de la guerra había sido un anómalo «estado paria» en la mayor potencia terrestre, en una de las tres mayores potencias aéreas y el muy exitoso exponente de un nuevo sistema político y económico. La Rusia soviética era también heredera del pasado imperial ruso, y se comportó como tal durante la guerra. Las analogías con la guerra de 1812-1815 son obvias. Además, el nuevo estatus de la Rusia soviética en el sistema internacional la obligó a mayores logros tecnológicos en tanto que potencia nuclear y espacial. Pero sería inexacto pensar que esta grandeza le cayó de improviso a la Unión Soviética. De haber sido así, su posición como uno de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU habría estado asegurada, pero no habría sido la potencia preeminente, aparte de Estados Unidos, y la única que podría desafiarlo repetidamente. Las bases para esa posición se habían colocado en la planificación económica y militar desde 1925.
Se podría argumentar que la Alemania nazi y la Rusia soviética se destruyeron mutuamente en la Segunda Guerra Mundial, pero mientras que Alemania se derrumbó bajo golpes de martillo recibidos por todos lados, la Rusia soviética sobrevivió porque los aliados occidentales lo necesitaban.
Muy lentamente, la vida en la Unión Soviética mejoró después de la guerra. En el período inmediatamente posterior, el terror estalinista empeoró, pero después de la muerte de Stalin en 1953 el «deshielo» trajo el progreso. El final de la década de 1950 y la de 1960 vieron extraordinarios logros soviéticos, la mayoría de lo cuales podrían encontrar sus orígenes en la Gran Guerra Patria. La experiencia científica soviética y el énfasis que una economía planificada puede poner en proyectos tan claves como los programas nucleares y espaciales focalizaron el esfuerzo donde se necesitaba, a costa, obviamente, de otras enormes zonas de la economía. Poner el primer satélite artificial y al primer hombre en el espacio fue resultado directo de una embriagadora mezcla de talento científico nativo ruso y soviético, espionaje y botín de guerra. En última instancia, lo que destruyó a la Unión Soviética no fue un efecto de acción retardada de la Segunda Guerra Mundial, sino la presión constante y creciente de una carrera armamentista con la mayor potencia económica del mundo, Estados Unidos.
La magnitud del sacrificio soviético y el altísimo número de bajas son casi incomprensibles. Pero aunque podamos estremecernos ante el sufrimiento y la maravillosa tenacidad del pueblo soviético y el ejército rojo, quizás es aún más difícil entender qué hizo continuar a los alemanes durante tanto tiempo. Habían perdido su oportunidad de lograr una victoria rápida en Moscú. Después de Stalingrado, ya no podían ganar. Después de Kursk, los rusos no podían perder, y una vez que los aliados occidentales desembarcaron en junio de 1944 —hecho agravado por la destrucción del Grupo de Ejércitos Centro, en la operación Bagratión, que empezó ese mes—, era solo cuestión de tiempo. Por estas razones, este libro se ha concentrado en los años críticos de 1941 y 1942, cuando la supervivencia misma de la Unión Soviética estuvo en juego.
Durante la guerra, un sistema que ya era autoritario se hizo más aún. A pesar de los errores catastróficos que condujeron a los acontecimientos de 1941 y 1942, el sistema, recurriendo a una mezcla de terror y propaganda, fue capaz de movilizar el patriotismo latente de la nación. Un reciente análisis reconoce que «sin Stalin, no habríamos ganado. Pero si no hubiera sido por Stalin, con toda probabilidad, la guerra no habría ocurrido». Esto último es quizá discutible: Hitler podría haber estado igual de decidido a destruir a cualquier otro líder o gobierno de la Rusia soviética. De lo contrario, quizá si Tujachevski hubiera sobrevivido para derrocar a Stalin y llegar a algún acuerdo con Hitler, la Alemania nazi y la Unión Soviética podrían haber presentado un frente unido contra el mundo libre. Lo que habría sucedido entonces es quizás aún más terrible de contemplar.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s