El Manual Del Dictador — Bruce Bueno De Mesquita & Alastair Smith / The Dictator’s Handbook: Why Bad Behavior is Almost Always Good Politics by Bruce Bueno De Mesquita & Alastair Smith

El título es provocador. No es una novela sino un ensayo. Explica muy bien el por qué de muchas cosas, desde las listas cerradas hasta las dictaduras (o pseudo democracias) en países que funcionan mal a pesar de tener recursos suficientes para permitir un nivel de vida mucho mejor a sus ciudadanos. Imprescindible para entender un poco mejor los entresijos de la política, tanto a nivel nacional como internacional.

Los expertos en política y los magnates de la información nos han tenido en la ignorancia de las reglas. Se contentan con culpar a quienes hacen el mal sin inquirir por qué el mundo de la política y los negocios parece ayudar a los bellacos o convertir a buenas personas en sinvergüenzas. Esa es la razón de que sigamos haciéndonos las mismas preguntas de siempre. Nos siguen sorprendiendo la extensión que ha adquirido en África la escasez de alimentos provocada por la sequía, 3.500 años después de que los faraones idearan cómo almacenar grano, así como lo devastadores que son terremotos y tsunamis en Haití, Irán, Myanmar o Sri Lanka, y aparentemente menos en Norteamérica y Europa. Nos siguen perturbando los amistosos apretones de manos y guiños que se intercambian los dirigentes democráticos y los tiranos, cuyo poder en cierto modo estos justifican.
La política no es una cosa tremendamente complicada. Pero tampoco es que los filósofos políticos más venerados de la historia la hayan explicado muy bien. El hecho es que personas como Nicolás Maquiavelo, Thomas Hobbes, James Madison y Charles-Louis de Secondat (es decir, Montesquieu), sin olvidar a Platón y a Aristóteles, pensaron en el gobierno, la mayoría de las veces, dentro del limitado contexto de su época.

La lógica de la política no es compleja. En realidad, resulta sorprendentemente fácil entender casi todo lo que pasa en el mundo político siempre que estemos dispuestos a ajustar nuestro pensamiento a unos términos muy modestos. Para comprender la política como es debido, tenemos que modificar en particular algo que se suele dar por sentado: tenemos que dejar de pensar que los dirigentes pueden mandar por sí solos.
Ningún líder es monolítico. Para comprender cómo funciona el poder tenemos que dejar de pensar que el norcoreano Kim Jong Il puede hacer lo que quiera. Tenemos que dejar de pensar que Adolf Hitler, Iósif Stalin, Gengis Kan o cualquier otro tienen por sí solos el control de sus respectivas naciones. Tenemos que abandonar la idea de que Kenneth Lay, de Enron, o Tony Hayward, de British Petroleum (BP), sabían todo lo que estaba ocurriendo en sus empresas, o que habrían podido tomar todas las decisiones importantes. Todas estas ideas son lisa y llanamente erróneas, porque no hay ningún emperador, rey, jeque, tirano, jefe ejecutivo (CEO), cabeza de familia ni dirigente que pueda gobernar solo.
Para los dirigentes, el paisaje político se puede dividir en tres grupos de personas: el selectorado nominal, el selectorado real y la coalición ganadora.
El selectorado nominal incluye a todas las personas que tienen alguna influencia al menos legal en la elección de su dirigente. En Estados Unidos todos tienen derecho a voto, lo cual quiere decir todos los ciudadanos a partir de los dieciocho años. Desde luego, como sin duda comprenden todos los ciudadanos de Estados Unidos, el derecho a voto es importante, pero a fin de cuentas ningún votante individual tiene mucha influencia sobre quién dirige el país. Los miembros del selectorado nominal en una democracia con sufragio universal asoman la nariz a la política, pero no mucho más. De esta manera, el selectorado nominal de Estados Unidos, Gran Bretaña o Francia no tiene más poder que sus homólogos votantes de la Unión Soviética.
El segundo estrato de la política es el selectorado real. Este es el grupo que realmente elige al dirigente. En la China actual (como en la antigua Unión Soviética) está compuesto por todos los miembros votantes del Partido Comunista; en la monarquía de Arabia Saudí, por los miembros de alto rango de la familia real; en Gran Bretaña, los votantes que apoyan a diputados del partido mayoritario.
El más importante de estos grupos es el tercero, el subconjunto del selectorado real que forma una coalición ganadora. Son las personas cuyo apoyo es esencial para que un dirigente se mantenga en su puesto. En la URSS, la coalición ganadora estaba compuesta por un pequeño grupo de personas del Partido Comunista que elegían a los candidatos y controlaban la acción política. Su apoyo era esencial para mantener en el poder a los comisarios y al secretario general. Eran las personas que tenían poder para derrocar a su jefe, y este lo sabía. En Estados Unidos, la coalición ganadora es mucho más grande.

Durante siglos, «John Doe» se ha utilizado de forma predominante en inglés como el nombre que se asigna a todo «don nadie» inidentificado. Y aunque su nombre de pila era Samuel, no John, en todo lo demás el sargento Doe de Liberia fue un don nadie de esos hasta el 12 de abril de 1980. Nacido en un remoto lugar del interior de Liberia y casi analfabeto, abandonó la jungla de África occidental, al igual que cientos de miles de personas que se encontraban en las mismas difíciles circunstancias, para buscar trabajo. Se dirigió a la capital, Monrovia, donde halló que el ejército ofrecía grandes oportunidades incluso a hombres que, como él, no tenían ninguna cualificación. Una de esas oportunidades se le presentó cuando Doe se vio en el dormitorio del presidente William Tolbert el 12 de abril. Como el presidente estaba durmiendo, aprovechó para atravesarlo con la bayoneta, arrojó sus entrañas a los perros y se proclamó nuevo presidente de Liberia. De este modo salió de la oscuridad para hacerse con el más alto cargo del país.
Para acceder al poder, un rival solo necesita hacer tres cosas. Primero tiene que destituir al titular. En segundo lugar, tiene que hacerse con el aparato de gobierno. En tercer lugar, debe formar una coalición de seguidores suficiente para sostenerlo como nuevo titular. Cada una de estas acciones supone unos desafíos propios y únicos. La facilidad relativa con que se pueden llevar a cabo es distinta entre las democracias y las autocracias.
Hay tres maneras de destituir al dirigente titular del cargo. La primera, y la más fácil, es que el dirigente se muera. Si no se presenta algo tan conveniente, un rival puede hacer a los miembros esenciales de la coalición del titular una oferta que sea lo suficientemente atractiva como para que abandonen la causa de aquel. La tercera es aplastar el sistema político vigente desde fuera del propio régimen, ya sea mediante una derrota militar infligida por una potencia extranjera, ya mediante una revolución y una rebelión en las cuales las masas se levanten, derroquen al dirigente y destruyan las instituciones existentes.
Hay un conocido adagio según el cual los políticos no cambian las reglas que los han llevado al poder. Esto es falso. Están siempre dispuestos a reducir el tamaño de la coalición, y deseosos de hacerlo. Lo que los políticos tratan de evitar son los cambios institucionales que aumenten el número de personas a las que deben algo. Sin embargo, por mucho que traten de evitarlo, surgen circunstancias en las cuales las instituciones tienen que integrar a más gente. Esto puede hacer vulnerables a los líderes porque la coalición que han establecido y las recompensas que dan ya no bastan para conservar el poder.

El dinero es fundamental para todo el que quiera dirigir cualquier organización. Sin su parte en las recompensas estatales, casi nadie continuará mucho tiempo al lado del que está en el poder. El liberiano Prince Johnson lo sabía cuando torturó a Samuel Doe, preguntándole el número de las cuentas bancarias donde estaba escondido el tesoro del Estado. Sin obtener la respuesta a su pregunta, Johnson no podía hacerse con el poder. De hecho, ni él ni Charles Taylor, su rival en la insurgencia, pudieron conseguir los suficientes ingresos estatales para comprar el control del Gobierno de Liberia inmediatamente después de derrocar a Doe. El resultado final fue que Doe murió bajo la tortura de Prince Johnson sin contestar a su pregunta y la situación en Liberia degeneró en guerra civil. Cada facción pudo extraer suficientes recursos para comprar apoyos en una pequeña región, pero nadie pudo controlar el Estado en su totalidad.
Los líderes gastan recursos de tres maneras. En primer lugar, suministran bienes públicos, es decir, políticas que benefician a todos. En segundo lugar, entregan recompensas privadas a los miembros de su coalición. Esta combinación de beneficios privados y públicos es diferente según los sistemas políticos; merece la pena observar que todos los recursos que sobran después de pagar a la coalición son discrecionales. Los dirigentes, por lo tanto, tienen una tercera opción en cuanto a cómo gastar el dinero. Podrían gastar dinero discrecional en promover sus proyectos favoritos. Otra posibilidad –es harto habitual, como veremos– es esconderlo en un fondo para cuando vengan mal dadas.

No es preciso apelar al espíritu cívico para explicar por qué la gente goza de una vida mucho mejor en una democracia que en una autocracia. Son accesibles a todos unos niveles educativos más altos cuando la coalición es grande; la educación es básica cuando la coalición es pequeña. La asistencia sanitaria es para quienes son productivos cuando la coalición es pequeña; los bebés y las personas de edad no son excluidos cuando la coalición es grande. El agua buena es para todos cuando la coalición es grande; de la otra forma es solo para los privilegiados. Y, lo más importante de todo, la libertad para decir lo que uno necesita y para discrepar cuando no lo obtiene es abundante cuando la coalición es grande y escasa en extremo cuando es pequeña.
Tras este examen de las ventajas que comporta vivir en un sistema de coalición grande, en el capítulo siguiente veremos el lado oscuro de la democracia, pues los regímenes de coalición grande no son inmunes a la concesión de beneficios privados a un grupo selecto de sus ciudadanos. Veremos asimismo que la corrupción es muy útil a los dirigentes con coaliciones pequeñas y que, de hecho, la corrupción, los sobornos y los demás beneficios privados a sus compinches ayudan a estos líderes a conservar el poder. Esos mismos beneficios podrían costarles el puesto a los líderes con coaliciones grandes. Esta es la razón de que los regímenes más corruptos del mundo estén siempre regidos por una coalición pequeña.

La lógica de la supervivencia política nos enseña que los líderes, ya manden en países, en empresas o en comités, por encima de todo quieren alcanzar y conservar el poder. En segundo lugar, quieren ejercer todo el control posible sobre el gasto de los ingresos. Aunque puedan satisfacer sus deseos de hacer buenas obras con el dinero que haya a su discreción, para hacerse con poder y sobrevivir en el puesto los dirigentes tienen que fijar su atención en formar y mantener una coalición lo bastante leal como para que el gobernante pueda rechazar a todos y cada uno de sus rivales. Para hacerlo, los líderes tienen que recompensar a sus coaliciones de partidarios esenciales antes de recompensar al pueblo en general e incluso antes de recompensarse a sí mismos.
Hemos visto cómo las recompensas de la coalición pueden adoptar la forma de bienes públicos, especialmente cuando el grupo de esenciales es amplio. Sin embargo, conforme la coalición esencial se hace más pequeña, lo más eficiente para cualquier gobernante es hacer cada vez más hincapié en la asignación de recursos en la forma de beneficios privados para sus amiguetes. ¿Por qué? Bienes privados para unos pocos cuestan menos que para una multitud.
El modus operandi de la comunidad internacional es dar dinero a las naciones receptoras para que enmienden sus problemas. Un argumento habitual es que los habitantes de un país saben mucho mejor que unos lejanos donantes cómo abordar sus problemas. Esto probablemente es cierto, pero saber cómo resolver los problemas locales es una cosa y tener la voluntad o el interés de hacerlo, otra completamente distinta. Esa política de dar dinero a los receptores anticipándose a que ellos arreglen los problemas debe cesar. Por el contrario, Estados Unidos debería ingresar el dinero en una cuenta de depósito en garantía y pagar solo cuando se alcancen los objetivos.

En las autocracias se trata mal al pueblo. Su trabajo produce, a través de los impuestos, unas rentas que los dirigentes despilfarran en su núcleo de seguidores esenciales. Los líderes proporcionan a la gente la asistencia sanitaria básica mínima, una educación primaria y alimentos para que pueda trabajar, y poco más. Y si un líder con coalición pequeña tiene la suerte de contar con otra fuente de ingresos, tales como recursos naturales o un benévolo donante extranjero, puede que incluso suprima estas prestaciones mínimas. Los autócratas, por supuesto, no conceden libertades políticas. La vida de la gente en la mayoría de los regímenes de coalición pequeña es solitaria, desagradable, pobre, brutal y corta. El pueblo, viendo el camino sin esperanza en el que se encuentra, desea invariablemente un cambio. Desea un gobierno que se ocupe de él y bajo el cual pueda llevar una vida segura, dichosa y productiva.

Nuestras preocupaciones individuales en cuanto a protegernos de democracias hostiles prevalecen sobre nuestra fe a largo plazo en las ventajas de la democracia. Los dirigentes democráticos escuchan a sus votantes porque es así como ellos y otros miembros de su partido político logran conservar sus empleos. Al fin y al cabo, los dirigentes democráticos fueron elegidos para promover los intereses del momento, al menos de aquellos que los eligieron. El largo plazo está siempre en el reloj de otro. La democracia en el extranjero es una gran cosa para nosotros si da la casualidad de que el pueblo de una nación en vías de democratización desea unas políticas que a nosotros nos agradan, y solo entonces. Cuando un pueblo extranjero está alineado en contra de nuestros mejores intereses, nuestra mejor oportunidad de conseguir lo que queremos consiste en mantenerlo bajo el yugo de un opresor que esté dispuesto a hacer lo que nosotros, el pueblo, queremos.
Sí, queremos que la gente sea libre y próspera, pero no queremos que sea tan libre y tan próspera como para amenazar nuestro estilo de vida, nuestros intereses y nuestro bienestar, y así es como debe ser. Esto es también, para los dirigentes democráticos, una regla por la que hay que regirse. Ellos tienen que hacer lo que su coalición desea; no están en deuda con la coalición de ningún otro país, solamente con aquellos que les ayudan a conservar el poder. Si pretendemos otra cosa, no hacemos más que caer en el tipo de utopismo que sirve de excusa para no abordar los problemas a los que podemos hacer frente.

The title is provocative. It is not a novel but an essay. It explains very well the why of many things, from the closed lists to the dictatorships (or pseudo-democracies) in countries that work badly despite having sufficient resources to allow a much better standard of living for their citizens. Essential to understand a little better the ins and outs of politics, both nationally and internationally.

The political experts and the information magnates have had us in ignorance of the rules. They contented themselves with blaming those who do evil without asking why the world of politics and business seems to help the miscreants or turn good people into scoundrels. That is the reason why we keep asking the same old questions. We continue to be surprised by the extent of food shortages in Africa caused by the drought, 3,500 years after pharaohs thought about how to store grain, and how devastating are earthquakes and tsunamis in Haiti, Iran, Myanmar or Sri Lanka. and apparently less in North America and Europe. We are still disturbed by the friendly handshakes and winks that are exchanged between the democratic leaders and the tyrants, whose power they justify in a certain way.
Politics is not a tremendously complicated thing. But neither is it that the most revered political philosophers in history have explained it very well. The fact is that people like Nicolás Machiavelli, Thomas Hobbes, James Madison and Charles-Louis de Secondat (ie, Montesquieu), without forgetting Plato and Aristotle, thought of government, most of the time, within the limited context of his time.

The logic of politics is not complex. In fact, it is surprisingly easy to understand almost everything that happens in the political world as long as we are willing to adjust our thinking to very modest terms. To understand politics properly, we have to modify in particular something that is often taken for granted: we have to stop thinking that leaders can lead by themselves.
No leader is monolithic. To understand how power works we have to stop thinking that the North Korean Kim Jong Il can do what he wants. We have to stop thinking that Adolf Hitler, Joseph Stalin, Genghis Khan or anyone else alone have control of their respective nations. We have to abandon the idea that Kenneth Lay, of Enron, or Tony Hayward, of British Petroleum (BP), knew everything that was happening in their companies, or that they could have made all the important decisions. All these ideas are simply wrong, because there is no emperor, king, sheikh, tyrant, chief executive (CEO), head of family or leader who can govern alone.
For the leaders, the political landscape can be divided into three groups of people: the nominal selectorate, the royal selectorate and the winning coalition.
The nominal selectorate includes all persons who have some at least legal influence in the election of their leader. Everyone in the United States has the right to vote, which means all citizens from the age of eighteen. Of course, as all citizens of the United States undoubtedly understand, the right to vote is important, but ultimately no individual voter has much influence over who runs the country. The members of the nominal selectorate in a democracy with universal suffrage lend their nose to politics, but not much else. In this way, the nominal selectorate of the United States, Great Britain or France has no more power than their voting counterparts in the Soviet Union.
The second stratum of the policy is the real selectorate. This is the group that really chooses the leader. In today’s China (as in the former Soviet Union) it is composed of all voting members of the Communist Party; in the monarchy of Saudi Arabia, by the high-ranking members of the royal family; in Great Britain, voters who support deputies of the majority party.
The most important of these groups is the third, the subset of the royal selectorate that forms a winning coalition. They are the people whose support is essential for a leader to stay in his position. In the USSR, the winning coalition was composed of a small group of people from the Communist Party who elected the candidates and controlled the political action. Their support was essential to keep the commissioners and the secretary general in power. They were the people who had the power to overthrow their boss, and he knew it. In the United States, the winning coalition is much larger.

For centuries, “John Doe” has been predominantly used in English as the name given to any unidentified “nobody”. And although his first name was Samuel, not John, in everything else Sergeant Doe of Liberia was a nobody of those until April 12, 1980. Born in a remote part of Liberia and almost illiterate, he left the West African jungle, like hundreds of thousands of people who were in the same difficult circumstances, to look for work. He went to the capital, Monrovia, where he found that the army offered great opportunities even to men who, like him, had no qualifications. One such opportunity was presented to him when Doe was seen in President William Tolbert’s bedroom on April 12. As the president was sleeping, he took the opportunity to cross it with the bayonet, threw his entrails to the dogs and proclaimed himself president of Liberia. In this way he left the darkness to take on the highest office in the country.
To gain power, an opponent only needs to do three things. First you have to dismiss the owner. Second, it has to be done with the government apparatus. Third, he must form a coalition of followers enough to hold him as the new incumbent. Each one of these actions supposes own and unique challenges. The relative ease with which they can be carried out is different between democracies and autocracies.
There are three ways to dismiss the incumbent leader. The first, and the easiest, is that the leader dies. If something so convenient does not arise, a rival can make the essential members of the incumbent’s coalition an offer that is attractive enough for them to abandon the cause of that one. The third is to crush the current political system from outside the regime itself, either through a military defeat inflicted by a foreign power, or through a revolution and a rebellion in which the masses rise, overthrow the leader and destroy existing institutions.
There is a well-known adage according to which politicians do not change the rules that have brought them to power. This is false. They are always willing to reduce the size of the coalition, and willing to do so. What politicians try to avoid are institutional changes that increase the number of people to whom they owe something. However, as much as they try to avoid it, circumstances arise in which institutions have to integrate more people. This can make leaders vulnerable because the coalition they have established and the rewards they give are no longer enough to conserve power.

Money is essential for anyone who wants to run any organization. Without their share in state rewards, almost no one will continue long with the one in power. The Liberian Prince Johnson knew this when he tortured Samuel Doe, asking him the number of bank accounts where the state treasury was hidden. Without getting the answer to his question, Johnson could not take power. In fact, neither he nor Charles Taylor, his rival in the insurgency, could get enough state revenue to buy control of the Liberian government immediately after toppling Doe. The end result was that Doe died under the torture of Prince Johnson without answering his question and the situation in Liberia degenerated into civil war. Each faction was able to extract enough resources to buy support in a small region, but no one could control the state as a whole.
Leaders spend resources in three ways. First, they provide public goods, that is, policies that benefit everyone. Second, they give private rewards to members of their coalition. This combination of private and public benefits differs according to political systems; It is worth noting that all the resources that remain after paying the coalition are discretionary. The leaders, therefore, have a third option as to how to spend the money. They could spend discretionary money promoting their favorite projects. Another possibility – it is usual, as we will see – is to hide it in a fund for when they come badly given.

It is not necessary to appeal to the civic spirit to explain why people enjoy a much better life in a democracy than in an autocracy. They are accessible to all higher educational levels when the coalition is large; Education is basic when the coalition is small. Health care is for those who are productive when the coalition is small; Babies and the elderly are not excluded when the coalition is large. Good water is for everyone when the coalition is large; the other way is only for the privileged. And, most important of all, the freedom to say what you need and to disagree when you do not get it is abundant when the coalition is large and scarce when it is small.
After this examination of the advantages of living in a large coalition system, in the next chapter we will see the dark side of democracy, since large coalition regimes are not immune to granting private benefits to a select group of their citizens . We will also see that corruption is very useful to leaders with small coalitions and that, in fact, corruption, bribes and other private benefits to their cronies help these leaders to conserve power. Those same benefits could cost leaders with large coalitions the job. This is the reason why the most corrupt regimes in the world are always governed by a small coalition.

The logic of political survival teaches us that leaders, whether in countries, in companies or in committees, above all want to achieve and retain power. Second, they want to exercise as much control as possible over the expense of income. Even if they can satisfy their desires to do good deeds with the money they have at their discretion, in order to gain power and survive in office, the leaders have to fix their attention on forming and maintaining a coalition loyal enough for the ruler to reject to each and every one of its rivals. To do so, leaders have to reward their coalitions of essential supporters before rewarding the people in general and even before rewarding themselves.
We have seen how the rewards of the coalition can take the form of public goods, especially when the group of essentials is broad. However, as the essential coalition becomes smaller, the most efficient thing for any ruler is to place more and more emphasis on the allocation of resources in the form of private benefits for his cronies. Why? Private goods for a few cost less than for a crowd.
The modus operandi of the international community is to give money to host nations to amend their problems. A common argument is that the inhabitants of a country know much better than some distant donors how to deal with their problems. This is probably true, but knowing how to solve local problems is one thing and have the will or interest to do so, another completely different. That policy of giving money to recipients in advance of them fixing problems must cease. On the contrary, the United States should deposit the money in a escrow account and pay only when the objectives are achieved.

In the autocracies the people are treated badly. His work produces, through taxes, income that the leaders squander on their core of essential followers. Leaders provide people with minimal basic health care, a primary education and food so that they can work, and little else. And if a leader with a small coalition is lucky to have another source of income, such as natural resources or a benevolent foreign donor, he may even abolish these minimum benefits. The autocrats, of course, do not grant political liberties. The lives of people in most small coalition regimes are lonely, unpleasant, poor, brutal and short. The people, seeing the path without hope in which they find themselves, invariably desire a change. He wants a government that cares for him and under which he can lead a safe, happy and productive life.

Our individual concerns about protecting ourselves from hostile democracies prevail over our long-term faith in the benefits of democracy. Democratic leaders listen to their voters because that is how they and other members of their political party manage to keep their jobs. After all, the democratic leaders were chosen to promote the interests of the moment, at least of those who elected them. The long term is always in the clock of another. Democracy abroad is a great thing for us if it happens that the people of a nation in the process of democratization want policies that we like, and only then. When a foreign people is aligned against our best interests, our best chance of getting what we want is to keep it under the yoke of an oppressor who is willing to do what we, the people, want.
Yes, we want people to be free and prosperous, but we do not want it to be so free and so prosperous as to threaten our lifestyle, our interests and our well-being, and that is the way it should be. This is also, for democratic leaders, a rule that must be governed. They have to do what their coalition wants; they are not in debt to the coalition of any other country, only to those who help them to conserve power. If we pretend otherwise, we only fall into the kind of utopianism that serves as an excuse for not addressing the problems we can face.

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