KL: Historia De Los Campos De Concentración Nazis — Nikolaus Wachsmann / KL: A History Of The Nazi Concentration Camps by Nikolaus Wachsmann

Es el libro definitivo sobre los campos de concentración, muy bien escrito el esfuerzo bibliográfico y documental es excelso más de de diez años de trabajo y casi 200 páginas de bibliografía , un básico contemporaneo. Bienvenidos al terror:
Se aproximaron a un tren abandonado en una vía muerta en los terrenos de un caótico complejo de la SS, en las inmediaciones de Múnich. Al acercarse, los soldados descubrieron un espectáculo aterrador: los vagones de carga estaban repletos con los cadáveres de más de dos mil hombres, mujeres e incluso algunos niños. Brazos y piernas, descarnados y contorsionados, se enredaban en una maraña de harapos y paja, cubiertos de porquería, sangre y excrementos. Varios de los soldados estadounidenses, pálidos como la cera, volvieron el rostro para gritar o vomitar. «Nos revolvió el estómago y nos dejó en un estado nervioso tal que no podíamos sino apretar los puños», escribió al día siguiente uno de los oficiales. Al rato, aquellos militares, horrorizados y asustados, retomaron la marcha y se adentraron en el recinto hasta llegar al complejo de los presos; allí se encontraron con treinta y dos mil supervivientes de distintas razas, religiones y orientación política, representantes de cerca de treinta nacionalidades europeas. Algunos parecían más muertos que vivos y avanzaban hacia sus libertadores dando tumbos. Otros muchos yacían en las abarrotadas casuchas, infestados de enfermedades y mugrientos. Mirasen hacia donde mirasen, los soldados veían cuerpos sin vida, desparramados entre los barracones, tirados en las zanjas, apilados como troncos junto al crematorio del campo. En cuanto a los que estaban detrás de aquella carnicería, casi todos los oficiales de la SS de carrera habían partido hacía tiempo, y solo quedaba un variopinto atajo de doscientos guardias, a lo sumo.
Alrededor de 2,3 millones de hombres, mujeres y niños terminaron en los campos de concentración de la SS entre 1933 y 1945; la mayoría, 1,7 millones, perdieron allí la vida. Casi un millón de muertos eran judíos, a los que se asesinó en Auschwitz, el único KL con un papel destacado en lo que los nazis denominaron la «Solución Final»: el exterminio sistemático de la población judía en Europa durante la segunda guerra mundial, hoy conocido como Holocausto.
El régimen nazi no obtuvo del Gulag una inspiración relevante y cuesta pensar que la historia de los campos de concentración de la SS hubiera sido muy distinta de no haber existido el Gulag. Los KL se construyeron sobre todo en Alemania, del mismo modo que el Gulag era fundamentalmente el producto del mandato soviético. Existen similitudes entre ellos, por supuesto, pero estas quedan muy superadas por las diferencias; cada sistema de campos tenía una forma y una función propias, modeladas por unas prácticas, unos objetivos y unos antecedentes nacionales específicos.
En la memoria colectiva, por tanto, los campos de concentración, Auschwitz y el Holocausto se han fundido en uno. Pero Auschwitz jamás fue sinónimo de campo de concentración nazi. En realidad, siendo como fue el mayor de ellos y el más letal con gran diferencia, ocupó un lugar singular en el sistema del KL. Auschwitz estaba muy integrado en la red del KL, y otros campos lo modelaron y lo precedieron. Dachau, por ejemplo, ya había cumplido los siete años cuando se inauguró Auschwitz y, sin duda, ejerció su influencia. Además, pese a su tamaño, sin precedentes, la mayoría de presos registrados en el KL —es decir, los obligados a vivir en los barracones y a realizar trabajos forzosos— habían sido detenidos en cualquier parte; incluso en el momento en que más internos tuvo, Auschwitz no albergó a más de un tercio de los reclusos en un KL normal.

En la primera etapa de los campos, buena parte de los centros dirigidos por paramilitares nazis habían surgido por iniciativa local y funcionaban sin demasiadas directrices dictadas desde arriba, si es que las había. No obstante, describirlos como «campos espontáneos», tal como han hecho algunos historiadores, podría resultar impropio.
Contrariamente al tan difundido mito de la ignorancia sobre los KL, que se impuso en la memoria alemana durante décadas una vez concluida la guerra, los campos se habían grabado en la memoria de la población desde el principio y muy profundamente; tanto, que algunos alemanes normales y corrientes empezaron a soñar con ellos en 1933. Tal como concluía un periódico local en mayo de aquel año, todo el mundo hablaba de la custodia protectora. El régimen no ocultó la existencia de los primeros campos. Al contrario, la prensa —que no tardó en estar coordinada por los nuevos gobernantes— publicó infinitos artículos, algunos de ellos propiciados por las autoridades, otros por los propios periodistas. Los medios de comunicación nazis hacían hincapié en que los principales blancos eran los adversarios políticos del nuevo orden, principalmente los «terroristas» del comunismo, seguidos por los «peces gordos» del SPD y otros «individuos peligrosos». Un documental que se proyectó en las salas de cine alemanas en 1933 describía a los prisioneros de un campo de Halle como «los principales agitadores entre los asesinos e incendiarios rojos». La detención de destacadas personalidades políticas cobró una relevancia especial: el Völkischer Beobachter llegó a publicar en primera página una fotografía de la llegada a Oranienburg de Friedrich Ebert y Ernst Heilmann, a quienes describía como «viejas glorias».
Las autoridades nazis nunca tuvieron el control absoluto de la imagen de los campos. Aunque el régimen dominaba la esfera pública, su versión autorizada de los primeros campos, al aparecer diseminada en los medios de comunicación, solía debilitarse. En 1933, todavía existían muchas formas de entrever la verdad y un gran número de alemanes normales se hizo una imagen sorprendentemente exacta de lo que estaba pasando en realidad.
Muchos ciudadanos experimentaron el terror nazi en primera persona. Los primeros atisbos solían llegar con las procesiones de prisioneros destacados por las ciudades, en dirección a los campos cercanos. Por las calles y las plazas, llenas de espectadores, pasaban los presos, algunos con carteles degradantes y sufrían los insultos, los empujones y los escupitajos de una muchedumbre de hombres de la SA y la SS que los abucheaba.

El asesinato era el método de Theodor Eicke. Más exactamente, su carrera comenzó a las seis de la tarde del primero de julio de 1934, con un disparo único. Mientras corría hacia su misión asesina aquella tarde de principios de verano, recorriendo a grandes zancadas el nuevo bloque de celdas del complejo carcelario de Stadelheim en Múnich, Eicke ya debía de soñar con la recompensa. Pese a no ser un asesino experto —durante su época al mando de Dachau había confiado la mayoría del trabajo sucio a sus hombres—, mientras subía hacia la segunda planta y recorría los dos pasillos con policías armados a ambos lados, no dio muestras de nerviosismo. Se detuvo finalmente en la puerta de la celda 474 y ordenó que la abriesen. Eicke entró, acompañado por su mano derecha Michael Lippert, y se vio cara a cara con su antiguo benefactor, el ahora más preciado de los prisioneros políticos de los nazis: el líder de la SA, Ernst Röhm.
La purga resultó también crucial en la historia de los campos. Sirvió para abrir camino hacia un sistema permanente de retenciones ilegales en los centros de internamiento de la SS. Asimismo, aceleró el proceso de creación de un cuerpo profesional de guardias de la SS, unidos ahora por el vínculo de los asesinatos compartidos. En Dachau, la masacre se había cobrado tantas vidas en tres días como en todo el año previo, lo cual había supuesto una experiencia formativa para muchos de los hombres de las SS locales.
Adolf Hitler permanecía deliberadamente al margen de los campos de concentración, manteniéndose a una distancia prudencial en todo el Tercer Reich. Jamás fue visto en el interior de uno de ellos y en contadas ocasiones se refería a ellos en público. Aquella reticencia estaba plenamente justificada, ya que los líderes nazis eran conscientes de que sus campos no gozaban de la mejor reputación. «Sé cuán falaz y tontamente se escribe sobre esta institución, se habla de ella y se la difama», reconocía Heinrich Himmler en 1939. Hitler, siempre pendiente de su imagen, hacía cuanto estaba en su mano para evitar verse asociado a cuestiones potencialmente impopulares. Esta, sin duda, es la razón por la que no deseó mezclar su imagen pública con los campos. En privado, sin embargo, las cosas eran distintas. Hitler hablaba sobre ellos en su círculo más íntimo desde el principio y acabaría convertido en uno de los mayores paladines del KL.
Los campos de mujeres se incorporaron tarde en el sistema del KL, creado y afianzado a mediados de la década de 1930. Hacia finales de 1934, parecía que los campos estaban a punto de desaparecer. Transcurridos tan solo tres años, constituían uno de los engranajes más sólidos del Tercer Reich, al margen de la ley, sustentados con financiación estatal y controlados por una agencia nueva: el IKL. La SS también esbozó un programa básico para todo el sistema de campos, tomando como modelo su primer centro en Dachau, con ciertos rasgos característicos específicos: una estructura administrativa uniforme; un ideal arquitectónico común, un cuerpo de efectivos de la SS profesionalizado y un estilo sistemático de terror. La expansión simultánea del sistema de la SS —la población reclusa creció de los 3.800 internos aproximadamente en el verano de 1935 a los 7.746 a finales de 1937— señala otro aspecto crucial del KL, puesto de relieve por primera vez por Hannah Arendt al poco de concluir la segunda guerra mundial. En un estado totalitario radical como el Tercer Reich, el terror no cedió terreno una vez el régimen se vio consolidado. Los dirigentes nazis perseguían unos objetivos más extremos aún, y, de resultas de ello, el KL continuó creciendo, incluso después de que la oposición política a nivel nacional hubiera perdido fuerza. A finales de 1937, esta expansión no solo no había terminado; en realidad, no había hecho más que empezar.

Heinrich Himmler tenía grandes planes para sus campos. En un discurso pronunciado a puerta cerrada en noviembre de 1937, comunicó a los líderes de la SS que, según sus previsiones, los tres KL masculinos —Dachau, Sachsenhausen y Buchenwald— tendrían cabida para un total de veinte mil presos, más incluso en caso de guerra. Se trataba de un objetivo ambicioso, en un momento en que los centros no albergaban a más de ocho mil internos. Pero Himmler alcanzó su meta, y la superó, entre 1938 y 1939, en un período de actividad frenética en que se fundaron los campos de Flossenbürg, Mauthausen y Ravensbrück. De resultas de unas redadas policiales a gran escala, el número de presos aumentó rápidamente y, a finales de junio de 1938, ya había veinticuatro mil reclusos, si no más, en los campos; las cifras se habían triplicado en tan solo seis meses. No obstante, los líderes de la SS y la policía no estaban satisfechos y poco tiempo después pensaban ya en alcanzar un mínimo de treinta mil prisioneros.
Los «asos» (así se conocía también a los antisociales) ocupaban una de las posiciones más bajas en la jerarquía de los presos. Como los del triángulo verde, estos debían convivir con el desprecio de sus compañeros. A diferencia de aquellos, sin embargo, estos presos casi nunca conseguían un puesto como kapo, pese a constituir un grupo mucho más numeroso. Sin duda existía entre ellos cierta camaradería —los internos se prestaban ayuda mutua o se entretenían unos a otros contando chistes y explicando historias románticas de la vida en la carretera—, pero no se apreciaba un sentimiento de identidad común sólido, ya que los miembros del grupo de «antisociales» compartían entre sí aún menos rasgos que los denominados delincuentes.107 El peor grupo era el de los considerados inválidos o desequilibrados psíquicos, que solían vivir aislados en condiciones pésimas. En Buchenwald, la SS los metía a todos en la denominada «compañía de idiotas» y los obligaba a llevar un brazalete blanco con la palabra «estúpido».

Entre los asesinos más feroces en los territorios recién ocupados se contaban la Totenkopf-SS, capitaneada por el mismísimo Theodor Eicke. Hacía mucho tiempo que el director de la Inspección se veía a sí mismo como un «soldado político» y ahora estaba cambiando el frente imaginario de los campos por otro real, en la línea de combate. Durante la invasión, estuvo a la cabeza de tres regimientos de la Totenkopf-SS y dictó algunas órdenes desde la salvaguarda del vehículo blindado de Hitler. Sus hombres pasaron semanas asolando pueblos y ciudades donde robaban, arrestaban y torturaban a buena parte de la población. Como recompensa, al insaciable Eicke se le confió la formación de una división especial de la Totenkopf-SS, que desarrollaría progresivamente una organización propia, independiente del KL, puesto que el traslado de Eicke desde los campos al frente de batalla sería permanente. Con él partieron miles de centinelas de la SS además de varios altos mandos del KL, que ocuparon casi todos los puestos de directivos de la nueva división (algunos regresarían más adelante a la Lager-SS). Una vez más, Eicke inculcó sus valores fundamentales —brutalidad, racismo y ausencia de piedad— a sus hombres, que no lo defraudarían. La nueva división sería responsable de incontables crímenes de guerra y se convertiría en una de las unidades más temidas.
Heinrich Himmler jamás había imaginado que su sistema de campos resistiera. En noviembre de 1938, hablando con franqueza con el más alto mandamás de la SS, le dijo que, en caso de guerra, «no podremos arreglárnoslas» con estos campos de concentración. Sin duda, temía otra puñalada por la espalda y su fórmula estaba clara: más arrestos, más espacio. Las previsiones pronto se cumplieron, aunque Himmler no había anticipado que su aparato de terror se convertiría en un sórdido laberinto que iría creciendo desordenadamente, hasta contar con centenares de campos.
Aún faltaban unos cuantos años para llegar a la última y apocalíptica fase. No obstante, los múltiples arrestos efectuados tras el estallido de la guerra pronto llevaron a la masificación; a finales de 1939, la población del KL ya había crecido hasta contar con treinta mil presos y los líderes de la SS buscaban nuevos campos.

La mañana del viernes 4 de abril de 1941, dos médicos alemanes, el elegante Friedrich Mennecke, de treinta y seis años, y el rechoncho Theodor Steinmeyer, siete años mayor y con un ordinario bigotito a lo Hitler, llegaron a la estación ferroviaria de Oranienburg y se dirigieron al cercano campo de concentración de Sachsenhausen. Salvo por su aspecto, los dos psiquiatras tenían muchas cosas en común. Ambiciosos y sin escrúpulos, ambos se habían comprometido con el radicalismo de la limpieza racial y habían escalado posiciones desde su juventud hasta alcanzar sus puestos en la dirección de instituciones psiquiátricas del Tercer Reich, catapultados por su dedicación temprana a la causa nazi (Steinmeyer se había incorporado al partido en 1929 y Mennecke en 1932).
El proyecto de eutanasia nazi se había gestado antes del estallido de la segunda guerra mundial, cuando Hitler autorizó un programa secreto para librarse de los discapacitados. Los responsables fueron el médico personal de Hitler, el doctor Karl Brandt y Philipp Bouhler, jefe de la Cancillería del Führer. Bouhler, una figura marginal en la jerarquía nazi, vio en el asesinato en masa una oportunidad de prosperar y confió la gestión del día a día a su mano derecha, Viktor Brack. Pronto, los perpetradores habían establecido una organización efectiva, trabajando desde su sede en una mansión de Berlín situada en la Tiergartenstrasse número 4 (de ahí el código del programa «Eutanasia», Operación T-4). Se había solicitado a las instituciones psiquiátricas que rellenasen unos formularios especiales con datos relativos a sus pacientes y detalles sobre las enfermedades que padecían, para entregárselos luego a médicos reclutados especialmente para la ocasión, como el doctor Mennecke o el doctor Steinmeyer, quienes acabarían decidiendo la suerte del paciente, bajo la supervisión de un médico jefe como el profesor Heyde. Su principal preocupación era la capacidad del paciente para trabajar: cualquiera que fuese considerado improductivo, acabaría muerto.
Las matanzas masivas sistemáticas se convirtieron en genocidio en 1942, cuando el Holocausto entró en los KL. Pero este cambio no surgió de la nada. Resulta impactante la cantidad de elementos estructurales del Holocausto que aparecieron dentro de los campos de concentración antes de que la SS cruzara el umbral del genocidio. Estos incluían la deportación de víctimas directamente a la muerte; unos programas estrictos de traslados; el camuflaje premeditado de las masacres, con duchas falsas y consultas médicas; el uso de gas venenoso, incluido el Zyklon B; la construcción de nuevos crematorios, que fueron adaptados, reparados y ampliados para poder asumir todas las muertes; las purgas regulares entre prisioneros para matar a aquellos que eran declarados «inútiles para trabajar»; la profanación de los cadáveres de prisioneros, a los que les arrancaban los dientes de oro. Todo esto fue anterior al Holocausto. Hasta la selección de prisioneros a su llegada —que mandaba a los más débiles directamente a la muerte, y exprimía la fuerza del resto hasta que también moría— había sido implantada en otoño de 1941, dirigida a los «comisarios» soviéticos. Dicho llanamente: los mecanismos esenciales del Holocausto estaban implantados desde finales de 1941; un KL como Auschwitz estaba preparado para el genocidio de los judíos europeos.
Y, sin embargo, la masacre de inválidos y prisioneros de guerra soviéticos no fue ningún ensayo general del Holocausto. Eso sería leer la Historia hacia atrás. Estas matanzas estaban guiadas por su propia y terrible lógica, sin tener en mente la matanza de judíos. De hecho, cuando se tomó la decisión de implementar los primeros programas de masacres en la primavera y el verano de 1941, el régimen nazi todavía no se había planteado la exterminación inmediata de los judíos europeos como política de estado. Ningún KL había sido designado como escenario de la masacre de grandes cantidades de judíos hasta 1942. Este cambio se produjo solo después de que una serie de decisiones trascendentales tomadas por los dirigentes nazis marcara el inicio de un nuevo capítulo en la historia de los campos de concentración de la SS y del conjunto del Tercer Reich.

El proceso de elaboración del Holocausto fue una tarea larga y compleja. Ha pasado mucho tiempo desde la época en que los historiadores creían que esta cuestión podía reducirse a una decisión aislada tomada un día por Hitler. Por el contrario, el Holocausto supuso la culminación de un proceso criminal dinámico, impulsado por iniciativas cada vez más radicales, decididas tanto desde las altas esferas como desde los estratos más bajos. Durante la segunda guerra mundial, la búsqueda de una Solución Final por parte de los nazis pasó de planes cada vez más mortíferos para las «reservas» judías al exterminio inmediato. En este proceso de radicalización se distinguen varios períodos clave. La invasión alemana de la Unión Soviética en junio de 1941 marcó uno de esos momentos, mientras que los fusilamientos masivos de judíos en edad militar pronto se convirtieron en una limpieza étnica generalizada, con baños de sangre diarios en los que las víctimas no eran sino mujeres, niños y ancianos. A finales de 1941, alrededor de seiscientos mil judíos habían sido asesinados en los recién conquistados territorios de Europa oriental.
A mediados de la segunda guerra mundial, Bergen-Belsen constituía una anomalía en los KL. En aquella época, era el único campo de concentración dentro de las fronteras de Alemania anteriores a la guerra que albergaba un gran número de prisioneros judíos y el único campo de concentración para judíos que no estaba pensado para matar a sus internos. Prácticamente todos los restantes campos de concentración para judíos se encontraban en la Europa oriental, lo que significaba probablemente la muerte. Esto era verdad, sobre todo, en el caso de Auschwitz, el más grande de todos los KL de exterminio del Holocausto. A partir del verano de 1942, la mayoría de los judíos deportados a este centro fueron asesinados a las pocas horas de su llegada, como ya hemos visto. El destino de los otros, los que eran seleccionados como esclavos de la SS en Auschwitz y otros campos de concentración de la Europa oriental.

La IG Farben fue socio activo en la estrategia de «aniquilación mediante el trabajo», y así, en lugar de mejorar las condiciones de los obreros y el trato dispensado a los enfermos, la compañía recibió de la WVHA la garantía de que «podía mandar deportar a cualquier prisionero débil» para sustituirlo por otro que estuviese en condiciones de trabajar. Esto explica las selecciones constantes que se daban en Monowitz. Estas eran frecuentes sobre todo en la enfermería del campo de concentración, que visitaba un médico de la SS una vez a la semana a fin de «vaciar camas», tal como llamaba dicho organismo a la operación. Tras recorrer con rapidez las salas —para las decisiones individuales apenas solía necesitar unos segundos—, elegía a los que llevaban ya dos o tres semanas postrados y a otros que no ofrecían trazas de ir a incorporarse en breve a su puesto. De este modo se trasladó a Birkenau a miles de reclusos enfermos.
Como por una broma macabra del azar, fueron los reclusos judíos que conocieron más de cerca el infierno del Holocausto quienes disfrutaron de las mejores condiciones de vida. Al reflexionar, a principios de noviembre de 1944, sobre su experiencia en el Sonderkommando en una carta que escribió en secreto a su esposa y su hija y que jamás llegó a su destino, Chaim Herman, judío polaco de cuarenta y tres años, aseveraba que a los presos como él no les faltaba sino la libertad: «Tengo la ropa, el alojamiento y el alimento que necesito, y me encuentro en un estado de salud excelente» (los guardias de la SS lo ejecutaron tres semanas después). Podían hacerse con las posesiones que habían dejado atrás los condenados a las cámaras de gas; vestían prendas de abrigo y ropa interior en condiciones, y raras veces pasaban hambre. Entre los efectos personales de los muertos daban no ya con café y cigarrillos, sino con exquisiteces procedentes de toda Europa: aceitunas de Grecia, queso de los Países Bajos, carne de ganso de Hungría… Además, a diferencia de otros reclusos judíos de Auschwitz, los que integraban el Comando Especial podían moverse con relativa libertad…
Se ha dicho a menudo que el Holocausto fue un fenómeno sin precedentes debido a la intención de los nazis de aniquilar a todo un pueblo «hasta su último representante», según las palabras de Elie Wiesel. El programa de exterminio total llevó a las autoridades responsables a arrastrar a un número incontable de familias completas a los campos de concentración de la SS. Al llegar, casi siempre separaban a sus integrantes, y la mayoría había muerto horas después, al menos en recintos de exterminio como el de Auschwitz. Los supervivientes habían de hacer frente a un trauma doble, pues además de la conmoción que sufrían todos al verse allí encerrados, no tardaban en saber que sus cónyuges, sus padres o sus hijos ya habían perecido en las cámaras de gas que tenían a pocos metros.
El de la corrupción era un rasgo estructural de la dominación nazi, basado en el patrocinio y el nepotismo. Además, floreció en todos los ámbitos durante la segunda guerra mundial. En el interior de Alemania se desarrolló un mercado negro desenfrenado de resultas de la escasez y el racionamiento. Fuera, la depredación nazi de Europa alimentó la corruptela personal al ofrecer el Holocausto beneficios muy generosos a los ocupantes alemanes, sus partidarios del extranjero y los oportunistas locales.

La absorción del sistema de campos de concentración por parte de la WVHA de Oswald Pohl coincidió con una serie de transformaciones de entidad ocurridas en la economía de Alemania. A comienzos de 1942, los dirigentes nazis tenían ante sí un futuro incierto: su ejército había sufrido un revés espectacular en la Unión Soviética; la producción bélica se había estancado, y Alemania se enfrentaba a una guerra que afectaba a todo el planeta y cuyo fin no estaba claro. El régimen adoptó una serie de medidas de relieve destinadas a aumentar la fabricación de armas, y simbolizadas por dos nombramientos clave: en febrero de 1942, Hitler puso a su protegido Albert Speer al frente del Ministerio de Armamento y Producción Bélica, y al mes siguiente hizo a Fritz Sauckel, Gauleiter de Turingia, plenipotenciario general para la movilización laboral. El ardiente activismo de ambos y el entusiasmo de su retórica los convirtió de inmediato en protagonistas de la economía de guerra de Alemania.
Este hecho supuso una amenaza para Heinrich Himmler, quien temió que Speer y Sauckel pudiesen echarlo a un lado. A fin de mantener a raya a sus dos rivales y evitar que se inmiscuyeran en la mano de obra forzada de los campos de concentración, corrió a ordenar, a principios de marzo de 1942, la incorporación de la Inspección de Campos a la recién instaurada WVHA.
La WVHA era un organismo colosal, conformado por hasta mil setecientos funcionarios repartidos en cinco secciones principales para supervisar a decenas de miles de trabajadores en toda Europa. Su jurisdicción iba mucho más allá de los campos de concentración. De hecho, tal como hace pensar su nombre, se hallaba presente en todos los aspectos de la administración y la economía de la SS, desde la adquisición de propiedades inmobiliarias hasta el aposentamiento de los soldados de la organización. Aun así, las cinco secciones tenían vínculos estrechos con los campos de concentración: el grupo A se encargaba de asuntos de personal, presupuestos y nóminas, así como de la transferencia de fondos a los recintos individuales; el B, entre otras cosas, del abastecimiento de alimento y ropa; y el C, de los proyectos de construcción, entre los que se incluían las cámaras de gas y los crematorios de Auschwitz. Este último estaba al cargo del Oberführer de la SS Hans Kammler, quien estaba resuelto a adquirir un papel predominante en el sistema de campos de concentración. Por su parte, el grupo W, encabezado por el mismísimo Pohl, era responsable de la supervisión de la compañía alemana de Labores de Tierra y y Piedra (DESt), que seguía dependiendo en gran medida de la mano de obra esclava de los KL. En su período de esplendor de entre 1943 y 1944, la economía de la SS incluía una treintena aproximada de compañías diferentes, en las que se llegó a explotar a cuarenta mil reclusos. Así y todo, el centro administrativo del sistema de campos de concentración era el grupo D, la antigua Inspección de Campos, que seguía teniendo su sede en el llamado «Edificio T» de Oranienburg.
La participación de Pohl fue desde los asuntos sanitarios hasta la construcción, desde los privilegios concedidos a determinados reclusos hasta el exterminio masivo. Además de recibir un aluvión constante de informes y estadísticas del grupo D, mantuvo reuniones semanales con Richard Glücks y se entrevistó de manera regular con otros mandos de la Lager-SS. A esto hay que unir los encuentros a los que convocó a los comandantes de los campos de concentración, celebrados cada pocos meses en la capital alemana tras la junta inaugural de abril de 1942.

La mano de obra esclava de los campos de concentración era mucho menos eficaz de lo que aseguraba el Reichsführer de la SS. Muchos de los reclusos ni siquiera llegaron a trabajar, bien por estar demasiado enfermos, bien por no haber tarea alguna en que ocuparlos. Al decir de los datos de la SS, desde la primavera de 1944 la proporción de los prisioneros que habían quedado inválidos o yacían en las enfermerías superaba la cuarta parte. Por su parte, la mayoría de los demás se hallaba mucho más débil que los obreros convencionales. Las raciones que recibían (ellos y otros presos nazis) se redujeron una vez más en 1944 por orden central del Ministerio de Alimento y Agricultura del Reich, lo que condenó a un número aún mayor de ellos a la inanición y la muerte. Algunos ni siquiera recibían más de setecientas calorías diarias. Los empeños de la WVHA en mejorar la situación siguieron siendo, en su conjunto, superficiales, y las palabras hueras difícilmente pueden alimentar a ningún recluso.
La producción total de los prisioneros de campos de concentración quedó muy por detrás de las expectativas de la SS y la industria.
El número de presos de los campos de concentración alcanzó extremos nunca vistos en 1944 a causa de la presión incesante de Heinrich Himmler, quien prometió a Kammler que lo abastecería de cuantos esclavos solicitase y llegó a obsesionarse con las estadísticas relativas al aumento de la población reclusa. «¡Armamento! ¡Prisioneros! ¡Armamento!», era su mantra, al decir de Rudolf Höß. Los campos de concentración siguieron creciendo sin más, y algunos de los más modestos, de hecho, empezaron a aumentar de forma exponencial. El número de presos registrados de Flossenbürg, por ejemplo, se octuplicó con creces al pasar de 4.869 a 40.437 entre el 31 de diciembre de 1943 y el primero de enero de 1945. El ímpetu de tamaña expansión no se detuvo sino por obra de los ejércitos aliados.

El alzamiento de Birkenau arroja cierta luz sobre la terrible disyuntiva de la oposición violenta en el seno de los campos de concentración. Los presos sabían que cualquier intento de motín estaba punto menos que abocado a saldarse con sus propias vidas, y no había muchos que estuviesen dispuestos a asumir semejante riesgo. En general, solo se resolvían a combatir quienes sabían que, de todos modos, estaban a punto de morir, y se armaban del valor de los condenados a un final inevitable. «Hemos perdido toda esperanza de llegar con vida al día de la liberación», escribió Salmen Gradowski poco antes de morir durante el levantamiento del 7 de octubre. En cambio, quienes aún pensaban que podían subsistir, por pocas que fuesen las probabilidades, solían huir de rebeliones suicidas. Por eso los principales grupos clandestinos de Auschwitz optaron por no secundar la revuelta armada de otoño de 1944 y dejar a los del Sonderkommando con la sensación de haber quedado solos, abandonados.
Aquel motín sigue siendo un símbolo poderoso del desafío de los prisioneros. Buena parte de lo que sabemos de cuanto ocurrió procede directamente de los supervivientes del Comando Especial. Del centenar aproximado de ellos que había entre las decenas de miles de reclusos a los que obligó la SS a dirigirse al oeste cuando abandonó las instalaciones de Auschwitz a mediados de enero de 1945, casi todos —incluidos Shlomo Dragon, su hermano Abraham y Filip Müller— lograron llegar de un modo u otro al día de la liberación. Aun así, quienes gozaron de esta suerte fueron la excepción: los meses últimos del sistema de KL se contaron entre los más letales, y supusieron la muerte de varios cientos de miles de reclusos registrados. Cuando más cerca estuvieron de la libertad aquellos hombres, mujeres y niños, mayores fueron sus probabilidades de morir en los campos de concentración.

Los asesinatos de la SS se multiplicaron durante estos últimos traslados. Dada la creciente renuencia de los guardias ordinarios a mancharse de sangre momentos antes de que quedase sellada la derrota de Alemania, los mandos de la Lager-SS encomendaron la labor de matar a los rezagados a integrantes selectos de su organización situados en la retaguardia de las columnas. El «destacamento de sepultura» —que así llamaban a estas unidades— de una de las marchas procedentes de Flossenbürg, por ejemplo, estaba encabezado nada menos que por Erich Muhsfeldt, antiguo jefe del crematorio de Majdanek y Birkenau, al que vimos por última vez saludando a la guardia femenina con brazos de cadáveres. Era habitual que las gentes veteranas de la SS como él, avezadas desde hacía mucho a los asesinatos, se mofaran de las víctimas extenuadas y las hostigasen antes de abatirlas de un disparo.

Atrapados en la pesadilla de los campos de concentración, los prisioneros habían soñado a menudo con un futuro feliz. Algunos ansiaban llevar una vida pacífica en la campiña, tal como escribió cierto recluso de Auschwitz en 1942, en tanto que otros no imaginaban sino fiestas y placer. Sin embargo, tras la liberación, estas visiones de júbilo sosegado o hedonismo no tardaron en fundirse con la luz fría de la Europa de posguerra. La gran mayoría de los supervivientes tenía la esperanza de volver a su hogar, aunque pocos sabían con certeza qué les aguardaba allí. Cuando se vieron al otro lado de las alambradas, tuvieron que hacer frente a la realidad de reconstruir su existencia, a menudo partiendo de hospitales de campaña de los Aliados y centros de agrupamiento abarrotados de refugiados del terror nazi. «Tengo que empezar a vivir de nuevo, sin esposa y sin familia», escribió Jules Schelvis, judío neerlandés que había perdido a todos sus seres queridos en Sobibor, desde un hospital militar francés el 26 de mayo, pocas semanas después de que lo liberasen de un recinto secundario de Natzweiler.
Los procesos de Alemania Occidental dieron lugar a una justicia imperfecta, ya que los verdugos se beneficiaron a menudo del género de protección legal que habían negado a sus víctimas. Asimismo, ofrecieron lecciones históricas no menos deficientes. Los informes de los medios de comunicación eran irregulares, sobre todo en el caso de procesos gigantescos como el que se emprendió contra el personal de Majdanek en Düsseldorf en noviembre de 1975 y concluyó cinco años y siete meses más tarde, lo que lo convirtió en el más largo y costoso de cuantos se celebraron en la República Federal. Es más: las noticias no iban más allá de lo superficial, circunstancia que se hizo más evidente que en ningún otro aspecto en el trato que recibían de continuo los acusados como una especie anormal.
El final de la guerra fría intensificó de forma más generalizada el compromiso público con el Tercer Reich, en parte para mitigar el desasosiego que provocaba fuera de Alemania la posibilidad de que resurgiera el nacionalismo radical. Desde la década de 1990, el gobierno germano ha encabezado de forma activa la conmemoración de los crímenes nazis, desde la designación de la fecha de la liberación de Auschwitz como Día del Recuerdo de las Víctimas del Nacionalsocialismo hasta la erección del Monumento a los Judíos de Europa Asesinados en pleno corazón de Berlín. De igual modo, el gobierno nacional ha empezado a favorecer de forma directa a los museos conmemorativos de los campos de concentración, con lo que ha proporcionado un elemento activador de relieve respecto de los actos rememorativos oficiales. En los últimos años se han reconstruido recintos antes olvidados como el de Dora (a la sombra de Buchenwald) o el de Flossenbürg (a la de Dachau). La antigua cocina y la lavandería de los presos —a las que dio un uso comercial cierta compañía privada hasta la década de 1990— albergan ahora una exposición relativa al campo de concentración.

Los programas anticipados de exterminio de la SS, que se cobraron la vida de decenas de miles de reclusos enfermos y prisioneros de guerra soviéticos en 1941, dejaron un legado importante para el Holocausto, incluido el uso de Zyklon B en Auschwitz. Los rasgos de continuidad existentes entre los distintos estadios de su desarrollo quedan personificados por profesionales de primera de la SS como Rudolf Höß, quien aprendió del maltrato de los prisioneros en Dachau al principio del Tercer Reich; se graduó en el asesinato sistemático en Sachsenhausen, al principio de la guerra, y supervisó la masacre final en Ravensbrück. A lo largo de su carrera, unas atrocidades fueron marcando el camino a otras, y cada transgresión hizo más sencilla la siguiente, habituándolo, como a otros verdugos de la SS, a actos que poco antes habrían sido impensables. El sistema de KL fue un transformador brutal de valores. Su historia es la de aquellas mutaciones, que normalizaron la violencia extrema, la tortura y el asesinato. Seguirá escribiéndose, y seguirá, por tanto, tan viva como la memoria de quienes fueron sus testigos, sus verdugos y sus víctimas.

Acompañado de ilustraciones y notas hacen de este un libro imprescindible.

It is the definitive book about concentration camps, very well written bibliographic and documentary effort is excellent over ten years of work and almost 200 pages of bibliography, a contemporary basic. Welcome to terror:
They approached an abandoned train on a dead-end track in the grounds of a chaotic SS complex, in the vicinity of Munich. As they approached, the soldiers discovered a terrifying sight: the freight cars were filled with the bodies of more than two thousand men, women and even some children. Arms and legs, emaciated and contorted, were entangled in a tangle of rags and straw, covered in filth, blood and excrement. Several of the American soldiers, pale as wax, turned their faces to scream or vomit. “It turned our stomachs and left us in such a nervous state that we could only clench our fists,” one of the officers wrote the next day. After a while, the soldiers, horrified and frightened, resumed their march and entered the compound until they reached the prison complex; there they found thirty-two thousand survivors of different races, religions and political orientation, representatives of about thirty European nationalities. Some seemed more dead than alive and were advancing towards their liberators by tumbling. Many others lay in the overcrowded hovels, infested with diseases and filthy. Look where they looked, the soldiers saw bodies without life, scattered among the barracks, dumped in the ditches, stacked like logs next to the camp crematorium. As for those behind the carnage, almost all the officers of the career SS had left long ago, and there was only a motley shortcut of two hundred guards, at most.
Around 2.3 million men, women and children ended up in the concentration camps of the SS between 1933 and 1945; the majority, 1.7 million, lost their lives there. Almost a million dead were Jews, who were murdered in Auschwitz, the only KL with a prominent role in what the Nazis called the “Final Solution”: the systematic extermination of the Jewish population in Europe during the Second World War, today known as the Holocaust.
The Nazi regime did not obtain a relevant inspiration from the Gulag and it is difficult to think that the history of the concentration camps of the SS would have been very different if the Gulag had not existed. The KL were built mostly in Germany, just as the Gulag was fundamentally the product of the Soviet mandate. There are similarities between them, of course, but these are far outweighed by the differences; each field system had its own form and function, modeled by specific national practices, objectives and background.
In the collective memory, therefore, concentration camps, Auschwitz and the Holocaust have merged into one. But Auschwitz was never synonymous with Nazi concentration camp. Actually, being the greatest of them and the most lethal by far, he occupied a singular place in the KL system. Auschwitz was very integrated into the KL network, and other fields modeled and preceded it. Dachau, for example, had already reached the age of seven when Auschwitz was inaugurated and undoubtedly exerted his influence. Furthermore, despite their unprecedented size, the majority of prisoners registered in the KL – that is, those forced to live in the barracks and carry out forced labor – had been arrested anywhere; even at the time when more inmates had, Auschwitz did not house more than a third of the inmates in a normal KL.

In the first phase of the camps, a large part of the centers run by Nazi paramilitaries had sprung up on local initiative and functioned without too many directives dictated from above, if there were any. However, describing them as “spontaneous fields,” as some historians have done, may prove inappropriate.
Contrary to the widespread myth of ignorance about the KL, which prevailed in the German memory for decades after the war, the fields had been recorded in the memory of the population from the beginning and very deeply; so much so that some ordinary Germans began to dream of them in 1933. As a local newspaper concluded in May of that year, everyone spoke of protective custody. The regime did not hide the existence of the first fields. On the contrary, the press – which was soon coordinated by the new governors – published infinite articles, some of them propitiated by the authorities, others by the journalists themselves. The Nazi media emphasized that the main targets were the political opponents of the new order, mainly the “terrorists” of communism, followed by the “big shots” of the SPD and other “dangerous individuals”. A documentary that was screened in German cinemas in 1933 described prisoners in a Halle camp as “the main agitators among murderers and red arsonists.” The arrest of prominent political personalities took on special significance: Völkischer Beobachter published on the front page a photograph of the arrival in Oranienburg of Friedrich Ebert and Ernst Heilmann, whom he described as “old glories”.
The Nazi authorities never had absolute control over the image of the camps. Although the regime dominated the public sphere, its authorized version of the first camps, when disseminated in the media, used to weaken. In 1933, there were still many ways of glimpsing the truth and a large number of ordinary Germans became a surprisingly accurate picture of what was really going on.
Many citizens experienced Nazi terror in the first person. The first glimpses used to arrive with the processions of prisoners highlighted by the cities, in the direction of the nearby fields. Through the streets and squares, full of spectators, the prisoners passed, some with degrading posters and suffered insults, shoves and spit from a crowd of SA and SS men who booed them.

Murder was the method of Theodor Eicke. More precisely, his career began at six o’clock on the afternoon of July 1, 1934, with a single shot. As he ran toward his murderous mission that early summer afternoon, striding across the new block of cells in the Stadelheim prison complex in Munich, Eicke must have already dreamed of the reward. Although not an expert murderer – during his time in charge of Dachau he had entrusted most of the dirty work to his men – as he climbed to the second floor and walked the two corridors with armed policemen on both sides, he showed no signs of nervousness . He finally stopped at the door of cell 474 and ordered it to be opened. Eicke entered, accompanied by his right hand Michael Lippert, and came face to face with his former benefactor, the now most prized of the Nazi political prisoners: the leader of the SA, Ernst Röhm.
The purge was also crucial in the history of the camps. It served to open the way to a permanent system of illegal detention in the detention centers of the SS. It also accelerated the process of creating a professional body of SS guards, now linked by the link of the murders shared. In Dachau, the massacre had claimed as many lives in three days as in the previous year, which had been a formative experience for many of the local SS men.
Adolf Hitler remained deliberately on the sidelines of the concentration camps, staying at a safe distance throughout the Third Reich. He was never seen inside one of them and on rare occasions he referred to them in public. That reluctance was fully justified, since the Nazi leaders were aware that their fields did not enjoy the best reputation. “I know how deceitfully and foolishly you write about this institution, talk about it and defame it,” Heinrich Himmler acknowledged in 1939. Hitler, always aware of his image, did everything in his power to avoid being associated with potentially unpopular issues . This, without a doubt, is the reason why he did not want to mix his public image with the fields. In private, however, things were different. Hitler talked about them in his most intimate circle from the beginning and would end up becoming one of the greatest champions of the KL.
The women’s camps were incorporated late into the KL system, created and strengthened in the mid-1930s. Towards the end of 1934, it seemed that the fields were about to disappear. After only three years, they were one of the strongest gears of the Third Reich, outside the law, supported by state funding and controlled by a new agency: the IKL. The SS also outlined a basic program for the entire field system, taking as its model its first center in Dachau, with certain specific characteristic features: a uniform administrative structure; a common architectural ideal, a body of SS personnel and a systematic style of terror. The simultaneous expansion of the SS system – the prison population grew from approximately 3,800 inmates in the summer of 1935 to 7,746 at the end of 1937 – points to another crucial aspect of the KL, first highlighted by Hannah Arendt shortly after conclude World War II. In a radical totalitarian state like the Third Reich, terror did not give ground once the regime was consolidated. The Nazi leaders pursued even more extreme objectives, and as a result, the KL continued to grow, even after the political opposition at the national level had lost ground. By the end of 1937, this expansion was not only over; In reality, he had only just begun.

Heinrich Himmler had great plans for his fields. In a closed-door speech in November 1937, he told the SS leaders that, according to his predictions, the three male KLs – Dachau, Sachsenhausen and Buchenwald – would have room for a total of twenty thousand prisoners, more even if of war. It was an ambitious goal, at a time when the centers did not house more than eight thousand inmates. But Himmler reached his goal, and surpassed it, between 1938 and 1939, in a period of frenetic activity in which the fields of Flossenbürg, Mauthausen and Ravensbrück were founded. As a result of large-scale police raids, the number of prisoners increased rapidly and, by the end of June 1938, there were already twenty-four thousand inmates, if not more, in the camps; the figures had tripled in just six months. However, the leaders of the SS and the police were not satisfied and a short time later they were already thinking of reaching a minimum of thirty thousand prisoners.
The “asos” (as the antisocials were also known) occupied one of the lowest positions in the hierarchy of the prisoners. Like those of the green triangle, they had to live with the contempt of their companions. Unlike those, however, these prisoners almost never got a position like kapo, despite constituting a much larger group. Certainly there was a certain camaraderie among them-the inmates would lend themselves to each other or entertain each other by telling jokes and explaining romantic stories of life on the road-but there was no sense of solid common identity, as the members of the The group of “antisocials” shared even less traits than the so-called delinquents.107 The worst group was those considered as invalid or mentally unbalanced, who used to live isolated in terrible conditions. In Buchenwald, the SS put them all in the so-called “idiot company” and forced them to wear a white bracelet with the word “stupid.”

Among the most ferocious murderers in the newly occupied territories were the Totenkopf-SS, commanded by Theodor Eicke himself. For a long time the director of the Inspection had seen himself as a “political soldier” and was now changing the imaginary front of the camps for another real one, in the line of battle. During the invasion, he was at the head of three regiments of the Totenkopf-SS and dictated some orders from the safeguarding of Hitler’s armored vehicle. His men spent weeks ravaging towns and cities where they robbed, arrested and tortured much of the population. As a reward, the insatiable Eicke was entrusted with the formation of a special division of the Totenkopf-SS, which would progressively develop its own organization, independent of the KL, since the transfer of Eicke from the fields to the battle front would be permanent. With him departed thousands of sentinels of the SS in addition to several high controls of the KL, that occupied almost all the positions of directors of the new division (some would return later to the Lager-SS). Once again, Eicke instilled his fundamental values-brutality, racism and absence of piety-into his men, who would not disappoint him. The new division would be responsible for countless war crimes and would become one of the most feared units.
Heinrich Himmler had never imagined that his field system would resist. In November 1938, speaking candidly with the highest SS leader, he told him that, in case of war, “we will not be able to cope” with these concentration camps. No doubt, he feared another stab in the back and his formula was clear: more arrests, more space. The forecasts were soon fulfilled, although Himmler had not anticipated that his terror apparatus would become a sordid labyrinth that would grow in disorder, until it had hundreds of fields.
There were still a few years left to reach the final and apocalyptic phase. However, the multiple arrests made after the outbreak of the war soon led to overcrowding; By the end of 1939, the population of the KL had already grown to thirty thousand prisoners and the SS leaders were looking for new fields.

On the morning of Friday, April 4, 1941, two German doctors, the elegant Friedrich Mennecke, thirty-six years old, and the chubby Theodor Steinmeyer, seven years older and with an ordinary Hitler mustache, arrived at the Oranienburg railway station. and they went to the nearby Sachsenhausen concentration camp. Except for their appearance, the two psychiatrists had many things in common. Ambitious and unscrupulous, both had committed themselves to the radicalism of racial cleansing and had climbed positions from their youth until reaching their positions in the direction of psychiatric institutions of the Third Reich, catapulted by their early dedication to the Nazi cause (Steinmeyer had incorporated to the party in 1929 and Mennecke in 1932).
The Nazi euthanasia project had been gestated before the outbreak of the Second World War, when Hitler authorized a secret program to get rid of the disabled. Those responsible were Hitler’s personal physician, Dr. Karl Brandt and Philipp Bouhler, head of the Führer’s Chancellery. Bouhler, a marginal figure in the Nazi hierarchy, saw mass murder as an opportunity to prosper and entrusted the day-to-day management to his right-hand man, Viktor Brack. Soon, the perpetrators had established an effective organization, working from their headquarters in a Berlin mansion located on Tiergartenstrasse number 4 (hence the code for the “Euthanasia” program, Operation T-4). The psychiatric institutions had been asked to fill in special forms with information about their patients and details of the diseases they suffered, and then hand them over to doctors recruited especially for the occasion, such as Dr. Mennecke or Dr. Steinmeyer, who would eventually decide on the patient’s luck, under the supervision of a chief doctor like Professor Heyde. His main concern was the patient’s ability to work: anyone considered unproductive would end up dead.
Massive systematic killings became genocide in 1942, when the Holocaust entered the KL. But this change did not come from nothing. The number of structural elements of the Holocaust that appeared within the concentration camps before the SS crossed the threshold of genocide is shocking. These included the deportation of victims directly to death; strict transfer programs; the premeditated camouflage of the massacres, with false showers and medical consultations; the use of poisonous gas, including Zyklon B; the construction of new crematoria, which were adapted, repaired and expanded to be able to assume all the deaths; the regular purges between prisoners to kill those who were declared “useless to work”; the desecration of the corpses of prisoners, who had their teeth cut out of gold. All this was prior to the Holocaust. Even the selection of prisoners upon their arrival – which sent the weakest directly to death, and squeezed the strength of the rest until they too died – had been implanted in the autumn of 1941, directed at the Soviet “commissioners”. Plainly stated: the essential mechanisms of the Holocaust were implanted since the end of 1941; a KL like Auschwitz was prepared for the genocide of European Jews.
And yet, the massacre of Soviet invalids and prisoners of war was not a general rehearsal of the Holocaust. That would read History back. These killings were guided by their own terrible logic, without having in mind the killing of Jews. In fact, when the decision was made to implement the first massacre programs in the spring and summer of 1941, the Nazi regime had not yet considered the immediate extermination of European Jews as state policy. No KL had been designated as the scene of the massacre of large numbers of Jews until 1942. This change came only after a series of momentous decisions taken by the Nazi leaders marked the beginning of a new chapter in the history of the concentration camps of the SS and the whole Third Reich.

The process of making the Holocaust was a long and complex task. It has been a long time since the time when historians believed that this question could be reduced to an isolated decision taken one day by Hitler. On the contrary, the Holocaust was the culmination of a dynamic criminal process, driven by increasingly radical initiatives, decided both from the upper echelons and from the lower strata. During the Second World War, the search for a Final Solution by the Nazis went from increasingly deadly plans for Jewish “reserves” to immediate extermination. In this process of radicalization, several key periods are distinguished. The German invasion of the Soviet Union in June 1941 marked one of those moments, while the mass shootings of Jews of military age soon became a widespread ethnic cleansing, with daily bloodbaths in which the victims were not women , children and the elderly. By the end of 1941, around six hundred thousand Jews had been killed in the newly conquered territories of Eastern Europe.
In the middle of the Second World War, Bergen-Belsen was an anomaly in the KL. At that time, it was the only concentration camp inside Germany’s pre-war borders that housed a large number of Jewish prisoners and the only Jewish concentration camp that was not meant to kill its inmates. Virtually all the remaining concentration camps for Jews were in eastern Europe, which probably meant death. This was true, especially in the case of Auschwitz, the largest of all the KL of Holocaust extermination. As of the summer of 1942, most of the Jews deported to this center were murdered within hours of their arrival, as we have already seen. The destiny of the others, those who were selected as slaves of the SS in Auschwitz and other concentration camps in Eastern Europe.

IG Farben was an active partner in the strategy of “annihilation through work”, and thus, instead of improving the conditions of the workers and the treatment of the sick, the company received from the WVHA the guarantee that “it could send deport any weak prisoner “to replace him with another who was able to work. This explains the constant selections that were made in Monowitz. These were frequent especially in the infirmary of the concentration camp, which visited an SS doctor once a week in order to “empty beds,” as he called the agency to the operation. After touring the halls quickly-for individual decisions he barely needed a few seconds-he chose those who had been prostrate for two or three weeks and others who did not offer any sign of going to join his post shortly. In this way thousands of sick prisoners were moved to Birkenau.
As if by a macabre joke of chance, it was the Jewish inmates who knew more closely the hell of the Holocaust who enjoyed the best conditions of life. Reflecting, in early November 1944, on his experience in the Sonderkommando in a letter he secretly wrote to his wife and daughter and that he never reached his destination, Chaim Herman, a forty-three-year-old Polish Jew, claimed that Prisoners like him did not lack but freedom: “I have the clothes, shelter and food I need, and I am in excellent health” (the SS guards executed him three weeks later). They could take possession of the possessions left behind by those condemned to the gas chambers; they wore warm clothes and underwear in conditions, and rarely went hungry. Among the personal belongings of the dead they gave not only coffee and cigarettes, but also delicacies from all over Europe: olives from Greece, cheese from the Netherlands, goose meat from Hungary … In addition, unlike other Jewish inmates of Auschwitz, those who were part of the Special Command could move with relative freedom …
It has often been said that the Holocaust was an unprecedented phenomenon due to the Nazis’ intention to annihilate an entire people “to their last representative,” in the words of Elie Wiesel. The total extermination program led the responsible authorities to drag an uncountable number of entire families to the concentration camps of the SS. When they arrived, they almost always separated their members, and most had died hours later, at least in extermination camps such as Auschwitz. The survivors had to face a double trauma, because apart from the commotion that everyone suffered when they saw themselves locked up, they soon learned that their spouses, their parents or their children had already perished in the gas chambers they had a few meters away. .
That of corruption was a structural feature of Nazi domination, based on patronage and nepotism. In addition, it flourished in all areas during the Second World War. In the interior of Germany an unbridled black market developed as a result of shortages and rationing. Outside, the Nazi depredation of Europe fueled personal corruption by offering the Holocaust very generous benefits to the German occupiers, their supporters from abroad and local opportunists.

The absorption of the concentration camp system by the WVHA of Oswald Pohl coincided with a series of important transformations that took place in the German economy. At the beginning of 1942, the Nazi leaders had before them an uncertain future: their army had suffered a spectacular setback in the Soviet Union; war production had stagnated, and Germany was facing a war that affected the entire planet and whose end was unclear. The regime adopted a series of measures designed to increase the manufacture of weapons, and symbolized by two key appointments: in February 1942, Hitler put his protégé Albert Speer at the head of the Ministry of Armament and War Production, and the following month he made Fritz Sauckel, Gauleiter of Thuringia, general plenipotentiary for labor mobilization. Their ardent activism and the enthusiasm of their rhetoric immediately made them protagonists in Germany’s war economy.
This fact was a threat to Heinrich Himmler, who feared that Speer and Sauckel could throw him aside. In order to keep his two rivals at bay and prevent them from interfering in the forced labor of the concentration camps, he ran to order, at the beginning of March 1942, the incorporation of the Inspection of Fields to the newly established WVHA .
The WVHA was a colossal organism, made up of up to 1,700 officials spread over five main sections to supervise tens of thousands of workers across Europe. Its jurisdiction went far beyond the concentration camps. In fact, as his name suggests, he was present in all aspects of the administration and economy of the SS, from the acquisition of real estate properties to the placement of the soldiers of the organization. Even so, the five sections had close links to concentration camps: Group A was responsible for personnel matters, budgets and payrolls, as well as the transfer of funds to individual campuses; the B, among other things, of the supply of food and clothing; and the C, of ​​the construction projects, which included the gas chambers and the Auschwitz crematoriums. The latter was headed by the Oberführer of the SS Hans Kammler, who was determined to acquire a predominant role in the concentration camp system. For its part, the W group, led by Pohl himself, was responsible for the supervision of the German company Labores de Tierra y y Piedra (DEST), which still depended to a large extent on the slave labor of the KL. In its period of splendor between 1943 and 1944, the economy of the SS included about thirty different companies, in which forty thousand inmates were exploited. Even so, the administrative center of the concentration camp system was Group D, the former Inspection of Fields, which was still based in the so-called “Building T” of Oranienburg.
Pohl’s participation went from health issues to construction, from the privileges granted to certain inmates to the mass extermination. In addition to receiving a steady stream of reports and statistics from Group D, he held weekly meetings with Richard Glücks and met regularly with other Lager-SS commanders. To this it is necessary to unite the meetings to which he summoned the commanders of the concentration camps, held every few months in the German capital after the inaugural meeting of April 1942.

The slave labor of the concentration camps was much less effective than the Reichsführer of the SS claimed. Many of the inmates did not even come to work, either because they were too sick, or because there was no task to occupy them. In the words of the SS, from the spring of 1944 the proportion of prisoners who had been disabled or who were lying in the infirmaries exceeded a quarter. For its part, most of the others were much weaker than conventional workers. The rations they received (they and other Nazi prisoners) were reduced once again in 1944 by central order of the Reich Ministry of Food and Agriculture, which condemned an even greater number of them to starvation and death. Some did not even receive more than seven hundred calories a day. The efforts of the WVHA to improve the situation remained, on the whole, superficial, and the empty words can hardly feed any prisoner.
The total production of concentration camp prisoners was far behind the expectations of the SS and the industry.
The number of prisoners in the concentration camps reached extremes never seen in 1944 because of the incessant pressure of Heinrich Himmler, who promised Kammler that he would supply him with as many slaves as he requested and became obsessed with the statistics regarding the increase in the prison population. . “Armament! Prisoners! Armament! “Was his mantra, according to Rudolf Höß. The concentration camps continued to grow without further ado, and some of the more modest ones, in fact, began to increase exponentially. The number of registered prisoners of Flossenbürg, for example, increased eightfold from 4,869 to 40,437 between December 31, 1943 and January 1, 1945. The impetus for such expansion was not stopped by the allies armies.

The Birkenau uprising throws some light on the terrible dilemma of violent opposition within the concentration camps. The prisoners knew that any attempt at a riot was about to be settled with their own lives, and there were not many willing to take such a risk. In general, only those who knew that, in any case, they were about to die, and were armed with the value of those condemned to an inevitable end, resolved to fight. “We have lost all hope of reaching the day of liberation alive,” wrote Salmen Gradowski shortly before his death during the October 7 uprising. On the other hand, those who still thought that they could survive, however few probabilities, used to flee from suicidal rebellions. That is why the main clandestine groups of Auschwitz opted not to support the armed revolt of autumn 1944 and leave the Sonderkommando with the feeling of having been left alone, abandoned.
That riot remains a powerful symbol of the prisoners’ challenge. Much of what we know of what happened is directly from the survivors of the Special Command. Of the roughly 100 of them who were among the tens of thousands of inmates forced by the SS to head west when they left the Auschwitz facility in mid-January 1945, almost everyone – including Shlomo Dragon, his brother Abraham and Filip Müller – they managed to reach the day of liberation in one way or another. Even so, those who enjoyed this fate were the exception: the last months of the KL system were among the most lethal, and accounted for the death of several hundred thousand registered inmates. The closer those men, women and children were to freedom, the greater their chances of dying in the concentration camps.

The murders of the SS multiplied during these last transfers. Given the increasing reluctance of ordinary guards to get bloodied just before the defeat of Germany was sealed, the Lager-SS commanders entrusted the task of killing the stragglers to selected members of their organization located in the rear of the columns The “burial detachment” -which they called these units-of one of the marches from Flossenbürg, for example, was headed by none other than Erich Muhsfeldt, the former head of the crematorium of Majdanek and Birkenau, whom we last saw. greeting the female guard with arms of corpses. It was common for veteran SS people like him, long accustomed to the murders, to mock the exhausted victims and harass them before shooting them down.

Trapped in the nightmare of the concentration camps, the prisoners often dreamed of a happy future. Some yearned to lead a peaceful life in the countryside, as some inmate of Auschwitz wrote in 1942, while others imagined only parties and pleasure. However, after the liberation, these visions of peaceful rejoicing or hedonism soon merged with the cold light of post-war Europe. The vast majority of the survivors hoped to return home, though few knew for sure what awaited them there. When they saw each other on the other side of the barbed wire, they had to face the reality of rebuilding their existence, often starting from Allied field hospitals and cluster centers crammed with refugees from the Nazi terror. “I have to start living again, without a wife and without a family,” wrote Jules Schelvis, a Dutch Jew who had lost all of his loved ones in Sobibor, from a French military hospital on May 26, a few weeks after he was freed. of a secondary Natzweiler campus.
The West German trials led to imperfect justice, as the executioners often benefited from the kind of legal protection denied to their victims. They also offered historical lessons no less deficient. The reports of the media were irregular, especially in the case of gigantic processes like the one that was undertaken against Majdanek’s staff in Düsseldorf in November 1975 and it concluded five years and seven months later, which made it the longest and most expensive of all those held in the Federal Republic. Moreover, the news did not go beyond the superficial, a circumstance that became more evident than in any other aspect of the treatment that the defendants continually received as an abnormal species.
The end of the Cold War intensified public engagement with the Third Reich more broadly, partly to mitigate the unrest that outside of Germany caused the possibility of radical nationalism re-emerging. Since the 1990s, the German government has actively led the commemoration of the Nazi crimes, from the designation of the date of the liberation of Auschwitz as the Day of Remembrance of the Victims of National Socialism until the erection of the Monument to the Jews of Europe Killed in the heart of Berlin. In the same way, the national government has begun to directly favor the commemorative museums of the concentration camps, which has provided an activating element of relief with respect to official memorial acts. In recent years, previously forgotten enclosures such as Dora (in the shadow of Buchenwald) or Flossenbürg (in Dachau) have been reconstructed. The old kitchen and the laundry of the prisoners – to which a certain private company gave commercial use until the 1990s – now houses an exhibition related to the concentration camp.

The anticipated extermination programs of the SS, which claimed the lives of tens of thousands of sick inmates and Soviet prisoners of war in 1941, left an important legacy for the Holocaust, including the use of Zyklon B in Auschwitz. The features of continuity existing between the different stages of its development are personified by first-class professionals of the SS such as Rudolf Höß, who learned about the mistreatment of prisoners in Dachau at the beginning of the Third Reich; He graduated in systematic murder in Sachsenhausen, at the beginning of the war, and supervised the final massacre in Ravensbrück. Throughout his career, some atrocities were leading the way to others, and each transgression made the following simpler, accustoming him, like other SS executioners, to acts that would have been unthinkable a short time before. The KL system was a brutal transformer of values. Its history is that of those mutations, which normalized extreme violence, torture and murder. It will continue to be written, and will continue, therefore, as alive as the memory of those who were its witnesses, its executioners and its victims.

Accompanied by illustrations and notes make this an essential book.

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