KL: Historia De Los Campos De Concentración Nazis — Nikolaus Wachsmann

Es el libro definitivo sobre los campos de concentración, muy bien escrito el esfuerzo bibliográfico y documental es excelso más de de diez años de trabajo y casi 200 páginas de bibliografía , un básico contemporaneo. Bienvenidos al terror:
Se aproximaron a un tren abandonado en una vía muerta en los terrenos de un caótico complejo de la SS, en las inmediaciones de Múnich. Al acercarse, los soldados descubrieron un espectáculo aterrador: los vagones de carga estaban repletos con los cadáveres de más de dos mil hombres, mujeres e incluso algunos niños. Brazos y piernas, descarnados y contorsionados, se enredaban en una maraña de harapos y paja, cubiertos de porquería, sangre y excrementos. Varios de los soldados estadounidenses, pálidos como la cera, volvieron el rostro para gritar o vomitar. «Nos revolvió el estómago y nos dejó en un estado nervioso tal que no podíamos sino apretar los puños», escribió al día siguiente uno de los oficiales. Al rato, aquellos militares, horrorizados y asustados, retomaron la marcha y se adentraron en el recinto hasta llegar al complejo de los presos; allí se encontraron con treinta y dos mil supervivientes de distintas razas, religiones y orientación política, representantes de cerca de treinta nacionalidades europeas. Algunos parecían más muertos que vivos y avanzaban hacia sus libertadores dando tumbos. Otros muchos yacían en las abarrotadas casuchas, infestados de enfermedades y mugrientos. Mirasen hacia donde mirasen, los soldados veían cuerpos sin vida, desparramados entre los barracones, tirados en las zanjas, apilados como troncos junto al crematorio del campo. En cuanto a los que estaban detrás de aquella carnicería, casi todos los oficiales de la SS de carrera habían partido hacía tiempo, y solo quedaba un variopinto atajo de doscientos guardias, a lo sumo.
Alrededor de 2,3 millones de hombres, mujeres y niños terminaron en los campos de concentración de la SS entre 1933 y 1945; la mayoría, 1,7 millones, perdieron allí la vida. Casi un millón de muertos eran judíos, a los que se asesinó en Auschwitz, el único KL con un papel destacado en lo que los nazis denominaron la «Solución Final»: el exterminio sistemático de la población judía en Europa durante la segunda guerra mundial, hoy conocido como Holocausto.
El régimen nazi no obtuvo del Gulag una inspiración relevante y cuesta pensar que la historia de los campos de concentración de la SS hubiera sido muy distinta de no haber existido el Gulag. Los KL se construyeron sobre todo en Alemania, del mismo modo que el Gulag era fundamentalmente el producto del mandato soviético. Existen similitudes entre ellos, por supuesto, pero estas quedan muy superadas por las diferencias; cada sistema de campos tenía una forma y una función propias, modeladas por unas prácticas, unos objetivos y unos antecedentes nacionales específicos.
En la memoria colectiva, por tanto, los campos de concentración, Auschwitz y el Holocausto se han fundido en uno. Pero Auschwitz jamás fue sinónimo de campo de concentración nazi. En realidad, siendo como fue el mayor de ellos y el más letal con gran diferencia, ocupó un lugar singular en el sistema del KL. Auschwitz estaba muy integrado en la red del KL, y otros campos lo modelaron y lo precedieron. Dachau, por ejemplo, ya había cumplido los siete años cuando se inauguró Auschwitz y, sin duda, ejerció su influencia. Además, pese a su tamaño, sin precedentes, la mayoría de presos registrados en el KL —es decir, los obligados a vivir en los barracones y a realizar trabajos forzosos— habían sido detenidos en cualquier parte; incluso en el momento en que más internos tuvo, Auschwitz no albergó a más de un tercio de los reclusos en un KL normal.

En la primera etapa de los campos, buena parte de los centros dirigidos por paramilitares nazis habían surgido por iniciativa local y funcionaban sin demasiadas directrices dictadas desde arriba, si es que las había. No obstante, describirlos como «campos espontáneos», tal como han hecho algunos historiadores, podría resultar impropio.
Contrariamente al tan difundido mito de la ignorancia sobre los KL, que se impuso en la memoria alemana durante décadas una vez concluida la guerra, los campos se habían grabado en la memoria de la población desde el principio y muy profundamente; tanto, que algunos alemanes normales y corrientes empezaron a soñar con ellos en 1933. Tal como concluía un periódico local en mayo de aquel año, todo el mundo hablaba de la custodia protectora. El régimen no ocultó la existencia de los primeros campos. Al contrario, la prensa —que no tardó en estar coordinada por los nuevos gobernantes— publicó infinitos artículos, algunos de ellos propiciados por las autoridades, otros por los propios periodistas. Los medios de comunicación nazis hacían hincapié en que los principales blancos eran los adversarios políticos del nuevo orden, principalmente los «terroristas» del comunismo, seguidos por los «peces gordos» del SPD y otros «individuos peligrosos». Un documental que se proyectó en las salas de cine alemanas en 1933 describía a los prisioneros de un campo de Halle como «los principales agitadores entre los asesinos e incendiarios rojos». La detención de destacadas personalidades políticas cobró una relevancia especial: el Völkischer Beobachter llegó a publicar en primera página una fotografía de la llegada a Oranienburg de Friedrich Ebert y Ernst Heilmann, a quienes describía como «viejas glorias».
Las autoridades nazis nunca tuvieron el control absoluto de la imagen de los campos. Aunque el régimen dominaba la esfera pública, su versión autorizada de los primeros campos, al aparecer diseminada en los medios de comunicación, solía debilitarse. En 1933, todavía existían muchas formas de entrever la verdad y un gran número de alemanes normales se hizo una imagen sorprendentemente exacta de lo que estaba pasando en realidad.
Muchos ciudadanos experimentaron el terror nazi en primera persona. Los primeros atisbos solían llegar con las procesiones de prisioneros destacados por las ciudades, en dirección a los campos cercanos. Por las calles y las plazas, llenas de espectadores, pasaban los presos, algunos con carteles degradantes y sufrían los insultos, los empujones y los escupitajos de una muchedumbre de hombres de la SA y la SS que los abucheaba.

El asesinato era el método de Theodor Eicke. Más exactamente, su carrera comenzó a las seis de la tarde del primero de julio de 1934, con un disparo único. Mientras corría hacia su misión asesina aquella tarde de principios de verano, recorriendo a grandes zancadas el nuevo bloque de celdas del complejo carcelario de Stadelheim en Múnich, Eicke ya debía de soñar con la recompensa. Pese a no ser un asesino experto —durante su época al mando de Dachau había confiado la mayoría del trabajo sucio a sus hombres—, mientras subía hacia la segunda planta y recorría los dos pasillos con policías armados a ambos lados, no dio muestras de nerviosismo. Se detuvo finalmente en la puerta de la celda 474 y ordenó que la abriesen. Eicke entró, acompañado por su mano derecha Michael Lippert, y se vio cara a cara con su antiguo benefactor, el ahora más preciado de los prisioneros políticos de los nazis: el líder de la SA, Ernst Röhm.
La purga resultó también crucial en la historia de los campos. Sirvió para abrir camino hacia un sistema permanente de retenciones ilegales en los centros de internamiento de la SS. Asimismo, aceleró el proceso de creación de un cuerpo profesional de guardias de la SS, unidos ahora por el vínculo de los asesinatos compartidos. En Dachau, la masacre se había cobrado tantas vidas en tres días como en todo el año previo, lo cual había supuesto una experiencia formativa para muchos de los hombres de las SS locales.
Adolf Hitler permanecía deliberadamente al margen de los campos de concentración, manteniéndose a una distancia prudencial en todo el Tercer Reich. Jamás fue visto en el interior de uno de ellos y en contadas ocasiones se refería a ellos en público. Aquella reticencia estaba plenamente justificada, ya que los líderes nazis eran conscientes de que sus campos no gozaban de la mejor reputación. «Sé cuán falaz y tontamente se escribe sobre esta institución, se habla de ella y se la difama», reconocía Heinrich Himmler en 1939. Hitler, siempre pendiente de su imagen, hacía cuanto estaba en su mano para evitar verse asociado a cuestiones potencialmente impopulares. Esta, sin duda, es la razón por la que no deseó mezclar su imagen pública con los campos. En privado, sin embargo, las cosas eran distintas. Hitler hablaba sobre ellos en su círculo más íntimo desde el principio y acabaría convertido en uno de los mayores paladines del KL.
Los campos de mujeres se incorporaron tarde en el sistema del KL, creado y afianzado a mediados de la década de 1930. Hacia finales de 1934, parecía que los campos estaban a punto de desaparecer. Transcurridos tan solo tres años, constituían uno de los engranajes más sólidos del Tercer Reich, al margen de la ley, sustentados con financiación estatal y controlados por una agencia nueva: el IKL. La SS también esbozó un programa básico para todo el sistema de campos, tomando como modelo su primer centro en Dachau, con ciertos rasgos característicos específicos: una estructura administrativa uniforme; un ideal arquitectónico común, un cuerpo de efectivos de la SS profesionalizado y un estilo sistemático de terror. La expansión simultánea del sistema de la SS —la población reclusa creció de los 3.800 internos aproximadamente en el verano de 1935 a los 7.746 a finales de 1937— señala otro aspecto crucial del KL, puesto de relieve por primera vez por Hannah Arendt al poco de concluir la segunda guerra mundial. En un estado totalitario radical como el Tercer Reich, el terror no cedió terreno una vez el régimen se vio consolidado. Los dirigentes nazis perseguían unos objetivos más extremos aún, y, de resultas de ello, el KL continuó creciendo, incluso después de que la oposición política a nivel nacional hubiera perdido fuerza. A finales de 1937, esta expansión no solo no había terminado; en realidad, no había hecho más que empezar.

Heinrich Himmler tenía grandes planes para sus campos. En un discurso pronunciado a puerta cerrada en noviembre de 1937, comunicó a los líderes de la SS que, según sus previsiones, los tres KL masculinos —Dachau, Sachsenhausen y Buchenwald— tendrían cabida para un total de veinte mil presos, más incluso en caso de guerra. Se trataba de un objetivo ambicioso, en un momento en que los centros no albergaban a más de ocho mil internos. Pero Himmler alcanzó su meta, y la superó, entre 1938 y 1939, en un período de actividad frenética en que se fundaron los campos de Flossenbürg, Mauthausen y Ravensbrück. De resultas de unas redadas policiales a gran escala, el número de presos aumentó rápidamente y, a finales de junio de 1938, ya había veinticuatro mil reclusos, si no más, en los campos; las cifras se habían triplicado en tan solo seis meses. No obstante, los líderes de la SS y la policía no estaban satisfechos y poco tiempo después pensaban ya en alcanzar un mínimo de treinta mil prisioneros.
Los «asos» (así se conocía también a los antisociales) ocupaban una de las posiciones más bajas en la jerarquía de los presos. Como los del triángulo verde, estos debían convivir con el desprecio de sus compañeros. A diferencia de aquellos, sin embargo, estos presos casi nunca conseguían un puesto como kapo, pese a constituir un grupo mucho más numeroso. Sin duda existía entre ellos cierta camaradería —los internos se prestaban ayuda mutua o se entretenían unos a otros contando chistes y explicando historias románticas de la vida en la carretera—, pero no se apreciaba un sentimiento de identidad común sólido, ya que los miembros del grupo de «antisociales» compartían entre sí aún menos rasgos que los denominados delincuentes.107 El peor grupo era el de los considerados inválidos o desequilibrados psíquicos, que solían vivir aislados en condiciones pésimas. En Buchenwald, la SS los metía a todos en la denominada «compañía de idiotas» y los obligaba a llevar un brazalete blanco con la palabra «estúpido».

Entre los asesinos más feroces en los territorios recién ocupados se contaban la Totenkopf-SS, capitaneada por el mismísimo Theodor Eicke. Hacía mucho tiempo que el director de la Inspección se veía a sí mismo como un «soldado político» y ahora estaba cambiando el frente imaginario de los campos por otro real, en la línea de combate. Durante la invasión, estuvo a la cabeza de tres regimientos de la Totenkopf-SS y dictó algunas órdenes desde la salvaguarda del vehículo blindado de Hitler. Sus hombres pasaron semanas asolando pueblos y ciudades donde robaban, arrestaban y torturaban a buena parte de la población. Como recompensa, al insaciable Eicke se le confió la formación de una división especial de la Totenkopf-SS, que desarrollaría progresivamente una organización propia, independiente del KL, puesto que el traslado de Eicke desde los campos al frente de batalla sería permanente. Con él partieron miles de centinelas de la SS además de varios altos mandos del KL, que ocuparon casi todos los puestos de directivos de la nueva división (algunos regresarían más adelante a la Lager-SS). Una vez más, Eicke inculcó sus valores fundamentales —brutalidad, racismo y ausencia de piedad— a sus hombres, que no lo defraudarían. La nueva división sería responsable de incontables crímenes de guerra y se convertiría en una de las unidades más temidas.
Heinrich Himmler jamás había imaginado que su sistema de campos resistiera. En noviembre de 1938, hablando con franqueza con el más alto mandamás de la SS, le dijo que, en caso de guerra, «no podremos arreglárnoslas» con estos campos de concentración. Sin duda, temía otra puñalada por la espalda y su fórmula estaba clara: más arrestos, más espacio. Las previsiones pronto se cumplieron, aunque Himmler no había anticipado que su aparato de terror se convertiría en un sórdido laberinto que iría creciendo desordenadamente, hasta contar con centenares de campos.
Aún faltaban unos cuantos años para llegar a la última y apocalíptica fase. No obstante, los múltiples arrestos efectuados tras el estallido de la guerra pronto llevaron a la masificación; a finales de 1939, la población del KL ya había crecido hasta contar con treinta mil presos y los líderes de la SS buscaban nuevos campos.

La mañana del viernes 4 de abril de 1941, dos médicos alemanes, el elegante Friedrich Mennecke, de treinta y seis años, y el rechoncho Theodor Steinmeyer, siete años mayor y con un ordinario bigotito a lo Hitler, llegaron a la estación ferroviaria de Oranienburg y se dirigieron al cercano campo de concentración de Sachsenhausen. Salvo por su aspecto, los dos psiquiatras tenían muchas cosas en común. Ambiciosos y sin escrúpulos, ambos se habían comprometido con el radicalismo de la limpieza racial y habían escalado posiciones desde su juventud hasta alcanzar sus puestos en la dirección de instituciones psiquiátricas del Tercer Reich, catapultados por su dedicación temprana a la causa nazi (Steinmeyer se había incorporado al partido en 1929 y Mennecke en 1932).
El proyecto de eutanasia nazi se había gestado antes del estallido de la segunda guerra mundial, cuando Hitler autorizó un programa secreto para librarse de los discapacitados. Los responsables fueron el médico personal de Hitler, el doctor Karl Brandt y Philipp Bouhler, jefe de la Cancillería del Führer. Bouhler, una figura marginal en la jerarquía nazi, vio en el asesinato en masa una oportunidad de prosperar y confió la gestión del día a día a su mano derecha, Viktor Brack. Pronto, los perpetradores habían establecido una organización efectiva, trabajando desde su sede en una mansión de Berlín situada en la Tiergartenstrasse número 4 (de ahí el código del programa «Eutanasia», Operación T-4). Se había solicitado a las instituciones psiquiátricas que rellenasen unos formularios especiales con datos relativos a sus pacientes y detalles sobre las enfermedades que padecían, para entregárselos luego a médicos reclutados especialmente para la ocasión, como el doctor Mennecke o el doctor Steinmeyer, quienes acabarían decidiendo la suerte del paciente, bajo la supervisión de un médico jefe como el profesor Heyde. Su principal preocupación era la capacidad del paciente para trabajar: cualquiera que fuese considerado improductivo, acabaría muerto.
Las matanzas masivas sistemáticas se convirtieron en genocidio en 1942, cuando el Holocausto entró en los KL. Pero este cambio no surgió de la nada. Resulta impactante la cantidad de elementos estructurales del Holocausto que aparecieron dentro de los campos de concentración antes de que la SS cruzara el umbral del genocidio. Estos incluían la deportación de víctimas directamente a la muerte; unos programas estrictos de traslados; el camuflaje premeditado de las masacres, con duchas falsas y consultas médicas; el uso de gas venenoso, incluido el Zyklon B; la construcción de nuevos crematorios, que fueron adaptados, reparados y ampliados para poder asumir todas las muertes; las purgas regulares entre prisioneros para matar a aquellos que eran declarados «inútiles para trabajar»; la profanación de los cadáveres de prisioneros, a los que les arrancaban los dientes de oro. Todo esto fue anterior al Holocausto. Hasta la selección de prisioneros a su llegada —que mandaba a los más débiles directamente a la muerte, y exprimía la fuerza del resto hasta que también moría— había sido implantada en otoño de 1941, dirigida a los «comisarios» soviéticos. Dicho llanamente: los mecanismos esenciales del Holocausto estaban implantados desde finales de 1941; un KL como Auschwitz estaba preparado para el genocidio de los judíos europeos.
Y, sin embargo, la masacre de inválidos y prisioneros de guerra soviéticos no fue ningún ensayo general del Holocausto. Eso sería leer la Historia hacia atrás. Estas matanzas estaban guiadas por su propia y terrible lógica, sin tener en mente la matanza de judíos. De hecho, cuando se tomó la decisión de implementar los primeros programas de masacres en la primavera y el verano de 1941, el régimen nazi todavía no se había planteado la exterminación inmediata de los judíos europeos como política de estado. Ningún KL había sido designado como escenario de la masacre de grandes cantidades de judíos hasta 1942. Este cambio se produjo solo después de que una serie de decisiones trascendentales tomadas por los dirigentes nazis marcara el inicio de un nuevo capítulo en la historia de los campos de concentración de la SS y del conjunto del Tercer Reich.

El proceso de elaboración del Holocausto fue una tarea larga y compleja. Ha pasado mucho tiempo desde la época en que los historiadores creían que esta cuestión podía reducirse a una decisión aislada tomada un día por Hitler. Por el contrario, el Holocausto supuso la culminación de un proceso criminal dinámico, impulsado por iniciativas cada vez más radicales, decididas tanto desde las altas esferas como desde los estratos más bajos. Durante la segunda guerra mundial, la búsqueda de una Solución Final por parte de los nazis pasó de planes cada vez más mortíferos para las «reservas» judías al exterminio inmediato. En este proceso de radicalización se distinguen varios períodos clave. La invasión alemana de la Unión Soviética en junio de 1941 marcó uno de esos momentos, mientras que los fusilamientos masivos de judíos en edad militar pronto se convirtieron en una limpieza étnica generalizada, con baños de sangre diarios en los que las víctimas no eran sino mujeres, niños y ancianos. A finales de 1941, alrededor de seiscientos mil judíos habían sido asesinados en los recién conquistados territorios de Europa oriental.
A mediados de la segunda guerra mundial, Bergen-Belsen constituía una anomalía en los KL. En aquella época, era el único campo de concentración dentro de las fronteras de Alemania anteriores a la guerra que albergaba un gran número de prisioneros judíos y el único campo de concentración para judíos que no estaba pensado para matar a sus internos. Prácticamente todos los restantes campos de concentración para judíos se encontraban en la Europa oriental, lo que significaba probablemente la muerte. Esto era verdad, sobre todo, en el caso de Auschwitz, el más grande de todos los KL de exterminio del Holocausto. A partir del verano de 1942, la mayoría de los judíos deportados a este centro fueron asesinados a las pocas horas de su llegada, como ya hemos visto. El destino de los otros, los que eran seleccionados como esclavos de la SS en Auschwitz y otros campos de concentración de la Europa oriental.

La IG Farben fue socio activo en la estrategia de «aniquilación mediante el trabajo», y así, en lugar de mejorar las condiciones de los obreros y el trato dispensado a los enfermos, la compañía recibió de la WVHA la garantía de que «podía mandar deportar a cualquier prisionero débil» para sustituirlo por otro que estuviese en condiciones de trabajar. Esto explica las selecciones constantes que se daban en Monowitz. Estas eran frecuentes sobre todo en la enfermería del campo de concentración, que visitaba un médico de la SS una vez a la semana a fin de «vaciar camas», tal como llamaba dicho organismo a la operación. Tras recorrer con rapidez las salas —para las decisiones individuales apenas solía necesitar unos segundos—, elegía a los que llevaban ya dos o tres semanas postrados y a otros que no ofrecían trazas de ir a incorporarse en breve a su puesto. De este modo se trasladó a Birkenau a miles de reclusos enfermos.
Como por una broma macabra del azar, fueron los reclusos judíos que conocieron más de cerca el infierno del Holocausto quienes disfrutaron de las mejores condiciones de vida. Al reflexionar, a principios de noviembre de 1944, sobre su experiencia en el Sonderkommando en una carta que escribió en secreto a su esposa y su hija y que jamás llegó a su destino, Chaim Herman, judío polaco de cuarenta y tres años, aseveraba que a los presos como él no les faltaba sino la libertad: «Tengo la ropa, el alojamiento y el alimento que necesito, y me encuentro en un estado de salud excelente» (los guardias de la SS lo ejecutaron tres semanas después). Podían hacerse con las posesiones que habían dejado atrás los condenados a las cámaras de gas; vestían prendas de abrigo y ropa interior en condiciones, y raras veces pasaban hambre. Entre los efectos personales de los muertos daban no ya con café y cigarrillos, sino con exquisiteces procedentes de toda Europa: aceitunas de Grecia, queso de los Países Bajos, carne de ganso de Hungría… Además, a diferencia de otros reclusos judíos de Auschwitz, los que integraban el Comando Especial podían moverse con relativa libertad…
Se ha dicho a menudo que el Holocausto fue un fenómeno sin precedentes debido a la intención de los nazis de aniquilar a todo un pueblo «hasta su último representante», según las palabras de Elie Wiesel. El programa de exterminio total llevó a las autoridades responsables a arrastrar a un número incontable de familias completas a los campos de concentración de la SS. Al llegar, casi siempre separaban a sus integrantes, y la mayoría había muerto horas después, al menos en recintos de exterminio como el de Auschwitz. Los supervivientes habían de hacer frente a un trauma doble, pues además de la conmoción que sufrían todos al verse allí encerrados, no tardaban en saber que sus cónyuges, sus padres o sus hijos ya habían perecido en las cámaras de gas que tenían a pocos metros.
El de la corrupción era un rasgo estructural de la dominación nazi, basado en el patrocinio y el nepotismo. Además, floreció en todos los ámbitos durante la segunda guerra mundial. En el interior de Alemania se desarrolló un mercado negro desenfrenado de resultas de la escasez y el racionamiento. Fuera, la depredación nazi de Europa alimentó la corruptela personal al ofrecer el Holocausto beneficios muy generosos a los ocupantes alemanes, sus partidarios del extranjero y los oportunistas locales.

La absorción del sistema de campos de concentración por parte de la WVHA de Oswald Pohl coincidió con una serie de transformaciones de entidad ocurridas en la economía de Alemania. A comienzos de 1942, los dirigentes nazis tenían ante sí un futuro incierto: su ejército había sufrido un revés espectacular en la Unión Soviética; la producción bélica se había estancado, y Alemania se enfrentaba a una guerra que afectaba a todo el planeta y cuyo fin no estaba claro. El régimen adoptó una serie de medidas de relieve destinadas a aumentar la fabricación de armas, y simbolizadas por dos nombramientos clave: en febrero de 1942, Hitler puso a su protegido Albert Speer al frente del Ministerio de Armamento y Producción Bélica, y al mes siguiente hizo a Fritz Sauckel, Gauleiter de Turingia, plenipotenciario general para la movilización laboral. El ardiente activismo de ambos y el entusiasmo de su retórica los convirtió de inmediato en protagonistas de la economía de guerra de Alemania.
Este hecho supuso una amenaza para Heinrich Himmler, quien temió que Speer y Sauckel pudiesen echarlo a un lado. A fin de mantener a raya a sus dos rivales y evitar que se inmiscuyeran en la mano de obra forzada de los campos de concentración, corrió a ordenar, a principios de marzo de 1942, la incorporación de la Inspección de Campos a la recién instaurada WVHA.
La WVHA era un organismo colosal, conformado por hasta mil setecientos funcionarios repartidos en cinco secciones principales para supervisar a decenas de miles de trabajadores en toda Europa. Su jurisdicción iba mucho más allá de los campos de concentración. De hecho, tal como hace pensar su nombre, se hallaba presente en todos los aspectos de la administración y la economía de la SS, desde la adquisición de propiedades inmobiliarias hasta el aposentamiento de los soldados de la organización. Aun así, las cinco secciones tenían vínculos estrechos con los campos de concentración: el grupo A se encargaba de asuntos de personal, presupuestos y nóminas, así como de la transferencia de fondos a los recintos individuales; el B, entre otras cosas, del abastecimiento de alimento y ropa; y el C, de los proyectos de construcción, entre los que se incluían las cámaras de gas y los crematorios de Auschwitz. Este último estaba al cargo del Oberführer de la SS Hans Kammler, quien estaba resuelto a adquirir un papel predominante en el sistema de campos de concentración. Por su parte, el grupo W, encabezado por el mismísimo Pohl, era responsable de la supervisión de la compañía alemana de Labores de Tierra y y Piedra (DESt), que seguía dependiendo en gran medida de la mano de obra esclava de los KL. En su período de esplendor de entre 1943 y 1944, la economía de la SS incluía una treintena aproximada de compañías diferentes, en las que se llegó a explotar a cuarenta mil reclusos. Así y todo, el centro administrativo del sistema de campos de concentración era el grupo D, la antigua Inspección de Campos, que seguía teniendo su sede en el llamado «Edificio T» de Oranienburg.
La participación de Pohl fue desde los asuntos sanitarios hasta la construcción, desde los privilegios concedidos a determinados reclusos hasta el exterminio masivo. Además de recibir un aluvión constante de informes y estadísticas del grupo D, mantuvo reuniones semanales con Richard Glücks y se entrevistó de manera regular con otros mandos de la Lager-SS. A esto hay que unir los encuentros a los que convocó a los comandantes de los campos de concentración, celebrados cada pocos meses en la capital alemana tras la junta inaugural de abril de 1942.

La mano de obra esclava de los campos de concentración era mucho menos eficaz de lo que aseguraba el Reichsführer de la SS. Muchos de los reclusos ni siquiera llegaron a trabajar, bien por estar demasiado enfermos, bien por no haber tarea alguna en que ocuparlos. Al decir de los datos de la SS, desde la primavera de 1944 la proporción de los prisioneros que habían quedado inválidos o yacían en las enfermerías superaba la cuarta parte. Por su parte, la mayoría de los demás se hallaba mucho más débil que los obreros convencionales. Las raciones que recibían (ellos y otros presos nazis) se redujeron una vez más en 1944 por orden central del Ministerio de Alimento y Agricultura del Reich, lo que condenó a un número aún mayor de ellos a la inanición y la muerte. Algunos ni siquiera recibían más de setecientas calorías diarias. Los empeños de la WVHA en mejorar la situación siguieron siendo, en su conjunto, superficiales, y las palabras hueras difícilmente pueden alimentar a ningún recluso.
La producción total de los prisioneros de campos de concentración quedó muy por detrás de las expectativas de la SS y la industria.
El número de presos de los campos de concentración alcanzó extremos nunca vistos en 1944 a causa de la presión incesante de Heinrich Himmler, quien prometió a Kammler que lo abastecería de cuantos esclavos solicitase y llegó a obsesionarse con las estadísticas relativas al aumento de la población reclusa. «¡Armamento! ¡Prisioneros! ¡Armamento!», era su mantra, al decir de Rudolf Höß. Los campos de concentración siguieron creciendo sin más, y algunos de los más modestos, de hecho, empezaron a aumentar de forma exponencial. El número de presos registrados de Flossenbürg, por ejemplo, se octuplicó con creces al pasar de 4.869 a 40.437 entre el 31 de diciembre de 1943 y el primero de enero de 1945. El ímpetu de tamaña expansión no se detuvo sino por obra de los ejércitos aliados.

El alzamiento de Birkenau arroja cierta luz sobre la terrible disyuntiva de la oposición violenta en el seno de los campos de concentración. Los presos sabían que cualquier intento de motín estaba punto menos que abocado a saldarse con sus propias vidas, y no había muchos que estuviesen dispuestos a asumir semejante riesgo. En general, solo se resolvían a combatir quienes sabían que, de todos modos, estaban a punto de morir, y se armaban del valor de los condenados a un final inevitable. «Hemos perdido toda esperanza de llegar con vida al día de la liberación», escribió Salmen Gradowski poco antes de morir durante el levantamiento del 7 de octubre. En cambio, quienes aún pensaban que podían subsistir, por pocas que fuesen las probabilidades, solían huir de rebeliones suicidas. Por eso los principales grupos clandestinos de Auschwitz optaron por no secundar la revuelta armada de otoño de 1944 y dejar a los del Sonderkommando con la sensación de haber quedado solos, abandonados.
Aquel motín sigue siendo un símbolo poderoso del desafío de los prisioneros. Buena parte de lo que sabemos de cuanto ocurrió procede directamente de los supervivientes del Comando Especial. Del centenar aproximado de ellos que había entre las decenas de miles de reclusos a los que obligó la SS a dirigirse al oeste cuando abandonó las instalaciones de Auschwitz a mediados de enero de 1945, casi todos —incluidos Shlomo Dragon, su hermano Abraham y Filip Müller— lograron llegar de un modo u otro al día de la liberación. Aun así, quienes gozaron de esta suerte fueron la excepción: los meses últimos del sistema de KL se contaron entre los más letales, y supusieron la muerte de varios cientos de miles de reclusos registrados. Cuando más cerca estuvieron de la libertad aquellos hombres, mujeres y niños, mayores fueron sus probabilidades de morir en los campos de concentración.

Los asesinatos de la SS se multiplicaron durante estos últimos traslados. Dada la creciente renuencia de los guardias ordinarios a mancharse de sangre momentos antes de que quedase sellada la derrota de Alemania, los mandos de la Lager-SS encomendaron la labor de matar a los rezagados a integrantes selectos de su organización situados en la retaguardia de las columnas. El «destacamento de sepultura» —que así llamaban a estas unidades— de una de las marchas procedentes de Flossenbürg, por ejemplo, estaba encabezado nada menos que por Erich Muhsfeldt, antiguo jefe del crematorio de Majdanek y Birkenau, al que vimos por última vez saludando a la guardia femenina con brazos de cadáveres. Era habitual que las gentes veteranas de la SS como él, avezadas desde hacía mucho a los asesinatos, se mofaran de las víctimas extenuadas y las hostigasen antes de abatirlas de un disparo.

Atrapados en la pesadilla de los campos de concentración, los prisioneros habían soñado a menudo con un futuro feliz. Algunos ansiaban llevar una vida pacífica en la campiña, tal como escribió cierto recluso de Auschwitz en 1942, en tanto que otros no imaginaban sino fiestas y placer. Sin embargo, tras la liberación, estas visiones de júbilo sosegado o hedonismo no tardaron en fundirse con la luz fría de la Europa de posguerra. La gran mayoría de los supervivientes tenía la esperanza de volver a su hogar, aunque pocos sabían con certeza qué les aguardaba allí. Cuando se vieron al otro lado de las alambradas, tuvieron que hacer frente a la realidad de reconstruir su existencia, a menudo partiendo de hospitales de campaña de los Aliados y centros de agrupamiento abarrotados de refugiados del terror nazi. «Tengo que empezar a vivir de nuevo, sin esposa y sin familia», escribió Jules Schelvis, judío neerlandés que había perdido a todos sus seres queridos en Sobibor, desde un hospital militar francés el 26 de mayo, pocas semanas después de que lo liberasen de un recinto secundario de Natzweiler.
Los procesos de Alemania Occidental dieron lugar a una justicia imperfecta, ya que los verdugos se beneficiaron a menudo del género de protección legal que habían negado a sus víctimas. Asimismo, ofrecieron lecciones históricas no menos deficientes. Los informes de los medios de comunicación eran irregulares, sobre todo en el caso de procesos gigantescos como el que se emprendió contra el personal de Majdanek en Düsseldorf en noviembre de 1975 y concluyó cinco años y siete meses más tarde, lo que lo convirtió en el más largo y costoso de cuantos se celebraron en la República Federal. Es más: las noticias no iban más allá de lo superficial, circunstancia que se hizo más evidente que en ningún otro aspecto en el trato que recibían de continuo los acusados como una especie anormal.
El final de la guerra fría intensificó de forma más generalizada el compromiso público con el Tercer Reich, en parte para mitigar el desasosiego que provocaba fuera de Alemania la posibilidad de que resurgiera el nacionalismo radical. Desde la década de 1990, el gobierno germano ha encabezado de forma activa la conmemoración de los crímenes nazis, desde la designación de la fecha de la liberación de Auschwitz como Día del Recuerdo de las Víctimas del Nacionalsocialismo hasta la erección del Monumento a los Judíos de Europa Asesinados en pleno corazón de Berlín. De igual modo, el gobierno nacional ha empezado a favorecer de forma directa a los museos conmemorativos de los campos de concentración, con lo que ha proporcionado un elemento activador de relieve respecto de los actos rememorativos oficiales. En los últimos años se han reconstruido recintos antes olvidados como el de Dora (a la sombra de Buchenwald) o el de Flossenbürg (a la de Dachau). La antigua cocina y la lavandería de los presos —a las que dio un uso comercial cierta compañía privada hasta la década de 1990— albergan ahora una exposición relativa al campo de concentración.

Los programas anticipados de exterminio de la SS, que se cobraron la vida de decenas de miles de reclusos enfermos y prisioneros de guerra soviéticos en 1941, dejaron un legado importante para el Holocausto, incluido el uso de Zyklon B en Auschwitz. Los rasgos de continuidad existentes entre los distintos estadios de su desarrollo quedan personificados por profesionales de primera de la SS como Rudolf Höß, quien aprendió del maltrato de los prisioneros en Dachau al principio del Tercer Reich; se graduó en el asesinato sistemático en Sachsenhausen, al principio de la guerra, y supervisó la masacre final en Ravensbrück. A lo largo de su carrera, unas atrocidades fueron marcando el camino a otras, y cada transgresión hizo más sencilla la siguiente, habituándolo, como a otros verdugos de la SS, a actos que poco antes habrían sido impensables. El sistema de KL fue un transformador brutal de valores. Su historia es la de aquellas mutaciones, que normalizaron la violencia extrema, la tortura y el asesinato. Seguirá escribiéndose, y seguirá, por tanto, tan viva como la memoria de quienes fueron sus testigos, sus verdugos y sus víctimas.

Acompañado de ilustraciones y notas hacen de este un libro imprescindible.

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