El Valor De La Democracia — Amartya Sen / Resources, Values, and Development by Amartya Sen

Interesante breve ensayo sobre la democracia y sus dudas. No hay ningún misterio en el hecho de que hoy las perspectivas democráticas inmediatas en Iraq, que debían ser instauradas por la coalición dirigida por los EE. UU, se enfrenten con un creciente escepticismo. Las evidentes ambigüedades en los objetivos de la ocupación y la falta de claridad sobre el proceso de democratización hacen que esta incertidumbre se torne ineludible. Pero sería un gran error traducir estas dudas respecto a las perspectivas inmediatas de un Iraq democrático a un caso más amplio de escepticismo sobre la posibilidad general —en realidad sobre la necesidad—de establecer la democracia en Iraq, o en cualquier país privado de ella.
Dos objeciones generales a la defensa de la democracia que recientemente han ganado mucho terreno en los debates internacionales, y que tienden a dar un color particular en las discusiones referidas a asuntos internacionales, especialmente en América y Europa. Existen, en primer lugar, dudas respecto a lo que la democracia puede conseguir en los países pobres. ¿Es la democracia una barrera que obstruye el proceso de desarrollo y desvía la atención de las prioridades de cambio económico y social, tales como eliminar la desnutrición, incrementar el ingreso per cápita y poner en práctica reformas institucionales? También se argumenta que un gobierno democrático puede llegar a ser profundamente mezquino y puede infligir sufrimiento a aquellos que no pertenecen a la mayoría dirigente del sistema.
La segunda línea de ataque se concentra en las dudas histórico-culturales respecto a la defensa dela democracia para gente que no la practica, y que sin embargo la conoce. La adhesión a la idea de democracia como regla general para todos, ya sea impuesta a través de organismos nacionales o internacionales o gracias a la labor de los activistas de derechos humanos, se ve frecuentemente combatida sobre la base de que envuelve una imposición de los valores y prácticas de Occidente en sociedades no occidentales.
Una visión más amplia de la democracia en términos de debate público nos permite entender que las raíces de la democracia van mucho más allá de los estrechos límites de ciertos discursos y crónicas que presentan algunas prácticas que ahora son vistas específicamente como “instituciones democráticas”.

La idea de la democracia como noción esencialmente occidental se ha vinculado algunas veces ala práctica del voto y las elecciones en la antigua Grecia, específicamente en la Atenas del siglo V a. C. En la evolución de las ideas y prácticas democráticas es ciertamente importante distinguir el notable papel de la democracia directa en Atenas, empezando desde el movimiento pionero de Cleisthenes, que en el año 506 a. C. intentaba que se convocaran votaciones públicas. El término democracia deriva de las palabras griegas “gente” (demos) y “autoridad” (kratia). Aunque mucha gente en Atenas —las mujeres y los esclavos en particular— no fueran ciudadanos y no contaran con el derecho a votar, la vasta importancia de la práctica ateniense de compartir la autoridad política merece un reconocimiento inequívoco.
El ideal de debate público está fuertemente ligado a dos prácticas sociales que merecen una atención específica: la tolerancia de los distintos puntos de vista (junto con la aceptación tanto del acuerdo como del desacuerdo) y el fomento del debate público (junto con el respaldo y reconocimiento de que es posible aprender de los otros). Tanto la tolerancia como la apertura del debate público son percibidos como rasgos específicos—quizás únicos— de la tradición occidental, pero ¿hasta qué punto es correcta esta noción? Ciertamente, la tolerancia ha sido en gran medida una característica de la política moderna en Occidente (dejando aparte las aberraciones extremas de la Alemania nazi y la intolerante administración de los imperios inglés, francés y portugués sobre sus colonias en Asia y África). Aun así, apenas existe una separación histórica que pueda poner a un lado la tolerancia occidental y al otro el despotismo no occidental.
No debemos caer en la trampa de argumentar que, en general, existía una mayor tolerancia en las sociedades no occidentales en comparación con las de Occidente. No puede establecerse una generalización de esta índole, ya que existen numerosos ejemplos de tolerancia, así como de intolerancia, en ambos lados de esta supuesta división del mundo.

Entre la gran variedad de acontecimientos ocurridos durante el siglo XX, no encuentro dificultad alguna en elegir uno como fundamental: el ascenso de la democracia. Esto no implica que otros acontecimientos sean menos importantes, pero creo que en un futuro, cuando se vuelva la vista atrás buscando entender qué pasó a lo largo de este siglo, no habrá dudas en aceptar la primacía de la emergencia de la democracia, que ha constituido, de manera muy notable, la única forma aceptable de gobierno.
En cuanto a la experiencia que tenemos de los conflictos políticos contemporáneos, especialmente en Oriente Medio, el Islam ha sido siempre retratado como fundamentalmente intolerante y hostil a la libertad individual. Pero la presencia de diversidad y variedad en el seno de cualquier tradición es aplicable también para el caso del Islam. En la India, Akbar, así como la mayor parte de los emperadores mongoles (con la notable excepción de Aurangzeb) nos proveen de buenos ejemplos tanto de la teoría como de la práctica de la tolerancia política y religiosa.

La civilización globales una herencia del mundo entero y no sólo de una serie dispar de culturas locales. El progreso global de la ciencia y la tecnología no sólo no ha sido un fenómeno exclusivamente occidental, sino que muestra algunos desarrollos cardinales en los cuales Occidente ni siquiera estuvo implicado. La impresión del primer libro en el mundo fue un acontecimiento esencialmente global. La tecnología de la imprenta fue un logro indiscutiblemente chino, aún cuando el contenido provino de otro lugar, pues el primer libro impreso fue un tratado hindú en sánscrito, Vajracchedika Prajnaparamitasutra (que a veces se cita como El diamante sutra). Se trata de un viejo tratado de budismo traducido al chino por Kumarajiva, un académico de origen a medias turco e hindú que vivió en la parte oriental de Turkistán llamada Kucha, y que más tarde emigró a China en el siglo V. Su impresión data de cuatro siglos después, en 868 d. C. Este caso, que incluye a China, Turquía e India, representa una forma de globalización de la que Occidente estuvo por completo ausente.
Ver a la globalización simplemente como un imperialismo de ideas y creencias occidentales (taly como sugiere esta retórica) es un grave y costoso error, en el mismo sentido en que lo habría sido cualquier forma de resistencia europea a la influencia oriental a principios del milenio pasado. Existen, sin duda, aspectos de la globalización que se relacionan con el imperialismo (la historia de las conquistas, el colonialismo y la aún relevante dominación extranjera), y las explicaciones postcoloniales del mundo no dejan de tener su mérito. Pero constituiría una gran equivocación entender la globalización como antes que nada un rasgo del imperialismo, pues es algo más que eso.
La globalización tiene mucho que ofrecer. Sin embargo, incluso si se acepta esto, es también preciso entender —sin caer en contradicciones— la legitimidad de muchas de las preguntas planteadas por las protestas de los globalifóbicos. Tal vez existe un diagnóstico equivocado acerca de dónde residen los problemas principales (que no se hallan en la globalización en sí), pero las preocupaciones éticas y humanas que preceden a estas cuestiones requieren una reflexión rigurosa sobre los acuerdos institucionales globales y nacionales que caracterizan al mundo contemporáneo y definen las relaciones sociales y económicas globales.
El capitalismo global está mucho más preocupado por la expansión de las relaciones de mercado que por el establecimiento de la democracia, la educación elemental o las oportunidades sociales de los menos favorecidos. La globalización de los mercados, vista en sí misma, supone una perspectiva inadecuada para abordar el problema de la prosperidad económica; es necesario ir más allá delas prioridades que produce el propio capitalismo global visto desde esta perspectiva. Como señala George Soros, los empresarios internacionales tienden a preferir trabajar con autocracias altamente regimentadas que con democracias activistas y menos regimentadas; y esto tiene una influencia regresiva sobre las posibilidades de un desarrollo más igualitario. Las empresas multinacionales tienen una importante influencia en el gasto público en países del Tercer Mundo asegurando y prefiriendo la seguridad y lo que convenga a las clases dirigentes y los trabajadores más privilegiados, ala eliminación del analfabetismo masivo, la privación de atención médica y otras adversidades de la pobreza.

Confundir globalización con occidentalización no sólo es un equívoco ahistórico, sino que distrae la atención de los muchos beneficios potenciales que pueden resultar de la integración global. La globalización es un proceso histórico que ha ofrecido a lo largo de la historia abundantes oportunidades y beneficios, y continúa haciéndolo hoy. La existencia misma de los beneficios potenciales convierte la cuestión de la justicia distributiva en un asunto fundamental.
El problema central de esta controversia no radica en la globalización en sí, ni en la utilización del mercado como institución (económica), sino en la desigualdad que resulta del balance en los acuerdos globales institucionales, con una distribución bastante desigual de los beneficios de la globalización. La cuestión, por tanto, no se centra en si los pobres del mundo se benefician en algo del proceso de globalización, sino más bien en las condiciones que les hagan partícipes de oportunidades y beneficios realmente justos. Tenemos la necesidad urgente de reformar los acuerdos institucionales —además de los nacionales— para corregir y superar tanto los errores que resultan de las omisiones, como de las directrices que tienden a limitar drásticamente las oportunidades de los pobres en todo el mundo. La globalización merece una defensa, pero no sólo una defensa, también requiere de una reforma.

Interesting brief essay on democracy and its doubts. There is no mystery in the fact that today the immediate democratic perspectives in Iraq, which should be instituted by the US-led coalition. UU, face growing skepticism. The obvious ambiguities in the objectives of the occupation and the lack of clarity about the process of democratization make this uncertainty inescapable. But it would be a great mistake to translate these doubts about the immediate prospects of a democratic Iraq into a broader case of skepticism about the general possibility-indeed the need-to establish democracy in Iraq, or in any country deprived of it.
Two general objections to the defense of democracy that have recently gained a lot of ground in international debates, and that tend to give a particular color in discussions related to international affairs, especially in America and Europe. There are, first of all, doubts about what democracy can achieve in poor countries. Is democracy a barrier that obstructs the development process and diverts attention from the priorities of economic and social change, such as eliminating malnutrition, increasing per capita income and implementing institutional reforms? It is also argued that a democratic government can become deeply petty and can inflict suffering on those who do not belong to the ruling majority of the system.
The second line of attack focuses on historical-cultural doubts about the defense of democracy for people who do not practice it, and who nevertheless know it. Adherence to the idea of ​​democracy as a general rule for all, whether imposed through national or international bodies or thanks to the work of human rights activists, is frequently combated on the basis that it involves an imposition of values and practices of the West in non-Western societies.
A broader vision of democracy in terms of public debate allows us to understand that the roots of democracy go far beyond the narrow limits of certain discourses and chronicles that present some practices that are now viewed specifically as “democratic institutions”.

The idea of ​​democracy as an essentially Western notion has sometimes been linked to the practice of voting and elections in ancient Greece, specifically in 5th century BC Athens. C. In the evolution of democratic ideas and practices it is certainly important to distinguish the remarkable role of direct democracy in Athens, starting from the pioneering movement of Cleisthenes, which in the year 506 BC. C. tried to get public votes. The term democracy derives from the Greek words “people” (demos) and “authority” (kratia). Although many people in Athens – women and slaves in particular – were not citizens and did not have the right to vote, the vast importance of the Athenian practice of sharing political authority deserves unequivocal recognition.
The ideal of public debate is strongly linked to two social practices that deserve specific attention: the tolerance of different points of view (together with the acceptance of both agreement and disagreement) and the promotion of public debate (together with the support and recognition that it is possible to learn from others). Both tolerance and openness of the public debate are perceived as specific-perhaps unique-features of the Western tradition, but to what extent is this notion correct? Certainly, tolerance has been largely a feature of modern politics in the West (leaving aside the extreme aberrations of Nazi Germany and the intolerant administration of the English, French and Portuguese empires over their colonies in Asia and Africa). Even so, there is hardly a historical separation that can put aside Western tolerance and non-Western despotism.
We should not fall into the trap of arguing that, in general, there was greater tolerance in non-Western societies compared to those in the West. A generalization of this kind can not be established, since there are numerous examples of tolerance, as well as intolerance, on both sides of this supposed division of the world.

Among the great variety of events that occurred during the 20th century, I find no difficulty in choosing one as fundamental: the rise of democracy. This does not imply that other events are less important, but I believe that in the future, when we look back to understand what happened throughout this century, there will be no hesitation in accepting the primacy of the emergence of democracy, which has constituted, very remarkably, the only acceptable form of government.
As for the experience we have of contemporary political conflicts, especially in the Middle East, Islam has always been portrayed as fundamentally intolerant and hostile to individual freedom. But the presence of diversity and variety within any tradition is also applicable to the case of Islam. In India, Akbar, as well as most of the Mongol emperors (with the notable exception of Aurangzeb) provide us with good examples both of the theory and of the practice of political and religious tolerance.

Global civilization is a heritage of the whole world and not just of a disparate series of local cultures. The global progress of science and technology has not only been an exclusively Western phenomenon, but shows some cardinal developments in which the West was not even involved. The printing of the first book in the world was an essentially global event. The technology of the printing press was an indisputably Chinese achievement, even though the content came from elsewhere, as the first printed book was a Hindu treatise in Sanskrit, Vajracchedika Prajnaparamitasutra (sometimes referred to as The Diamond Sutra). It is an old Buddhist treatise translated into Chinese by Kumarajiva, an academic of half Turkish and Hindu origin who lived in the eastern part of Turkistan called Kucha, and who later emigrated to China in the fifth century. His impression dates back to four centuries later, in 868 AD C. This case, which includes China, Turkey and India, represents a form of globalization from which the West was completely absent.
Viewing globalization simply as an imperialism of Western ideas and beliefs (as this rhetoric suggests) is a serious and costly mistake, in the same way that any form of European resistance to eastern influence would have been at the beginning of the last millennium. . There are undoubtedly aspects of globalization that are related to imperialism (the history of conquest, colonialism and the still relevant foreign domination), and postcolonial explanations of the world are not without merit. But it would be a great mistake to understand globalization as first of all a feature of imperialism, because it is something more than that.
Globalization has a lot to offer. However, even if this is accepted, it is also necessary to understand – without falling into contradictions – the legitimacy of many of the questions posed by the protests of the globaliphobes. Perhaps there is a misdiagnosis of where the main problems lie (which are not found in globalization itself), but the ethical and human concerns that precede these issues require a rigorous reflection on the global and national institutional arrangements that characterize the contemporary world and define global social and economic relations.
Global capitalism is much more concerned with the expansion of market relations than with the establishment of democracy, elementary education or the social opportunities of the less favored. The globalization of the markets, seen in itself, supposes an inadequate perspective to approach the problem of the economic prosperity; It is necessary to go beyond the priorities that global capitalism itself produces, seen from this perspective. As George Soros points out, international businessmen tend to prefer to work with highly regimented autocracies than with less regimented, activist democracies; and this has a regressive influence on the possibilities of a more egalitarian development. Multinational companies have an important influence on public spending in Third World countries, ensuring and preferring security and what suits the ruling classes and the most privileged workers, the elimination of mass illiteracy, the deprivation of medical attention and other adversities of poverty.

Confusing globalization with Westernization is not only an ahistorical misunderstanding, it distracts attention from the many potential benefits that can result from global integration. Globalization is a historical process that has offered abundant opportunities and benefits throughout history, and continues to do so today. The very existence of the potential benefits makes the question of distributive justice a fundamental issue.
The central problem of this controversy lies not in globalization itself, nor in the use of the market as an (economic) institution, but in the inequality that results from the balance in global institutional agreements, with a rather unequal distribution of the benefits of the globalization The question, therefore, is not whether the world’s poor benefit from the globalization process, but rather the conditions that make them share in truly fair opportunities and benefits. We urgently need to reform institutional arrangements – in addition to national ones – to correct and overcome both the errors that result from the omissions, and the guidelines that tend to drastically limit the opportunities of the poor throughout the world. Globalization deserves a defense, but not just a defense, it also requires reform.

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