Historia Íntima De La Humanidad — Theodore Zeldin / Intimate History of Humanity, An by Theodore Zeldin

Es un magnífico libro de la cotidianidad, de gente como nosotros, cada capítulo toca un tema distinto, parte de una historia personal y lo generaliza basándose en la historia del ser humano. Su mayor logro es que transmite un sinfín de reflexiones sobre las pasiones humanas y lo hace de una forma amena y cautivadora.

En Cognag se die lo trágico del comercio es que la gente piensa que somos cajas registradoras. Es cierto que vivimos de su dinero, pero también tenemos otros deseos. Cuando conoces a otras personas y las oyes conversar, resultan interesantes.
¿Por qué, después de siglos de experiencia, los seres humanos continúan siendo tan torpes y rudos y tan distraídos al conversar, hasta llegar a la cifra de un 40 por ciento de norteamericanos que -educados para considerar el silencio como algo hostil- se quejan de ser demasiado tímidos para hablar con libertad? La respuesta es que la conversación se halla aún en su infancia.
La memoria del mundo se ha atiborrado de nombres de generales y no de conversadores, tal vez porque en el pasado la gente hablaba mucho menos que nosotros ahora. «Un hombre demasiado dado a la conversación, se cuenta entre los necios, por más sabio que pueda ser», decía el príncipe persa Kai Ka’us, de Gur-gan, y el mundo le dio la razón durante la mayor parte de la historia. El héroe ideal de Homero, «pronunciador de palabras» tanto como «realizador de hazañas» era una rareza. La diosa hindú del habla, Sarasvati, moraba sólo «en las lenguas de los poetas», y, cuando los seres humanos corrientes hablaban, les hacía ver que estaban intentando ser divinamente creativos.
El antiguo silencio campesino se puede oír aún en ciertas partes de Finlandia, considerado el país menos hablador de la tierra. «Basta una palabra», dice un proverbio finlandés, «para causar muchos problemas». La provincia finesa de Hame es la más silenciosa y sus habitantes se enorgullecen de la historia del granjero que va a ver a su vecino y permanece sentado e inmóvil durante largo rato, sin chistar, hasta que su anfitrión le pregunta por la razón de su visita.
La conversación no se parece en nada a la confesión o a sus variantes seculares o a la práctica de volcar los propios problemas sobre quienquiera que desee escuchar, pagándole por hacerlo si fuera necesario. El terapeuta que escucha, intenta poner fin a la confesión proporcionando una explicación, basándose a menucio en la infancia o en una experiencia sexual o en cualquier clase de chivo expiatorio. La conversación, en cambio, exige igualdad entre los interlocutores. En realidad, es una de las vías más importantes para crear igualdad.
Sus enemigos son la retórica, la discusión, la jerga y los lenguajes privados, o la desesperación por no ser escuchado o entendido. Para prosperar, necesita la ayuda de comadronas de ambos sexos: en general, las mujeres han mostrado más habilidad en esta tarea, pero hubo tiempos en la historia del feminismo en que algunas dejaron de lado la conversación y apostaron todo a la persuasión. Sólo cuando las personas aprendan a conversar, comenzarán a ser iguales.

Uno es libre de la ilusión de no tener ilusiones. Pero en su deseo de ser intermediaria -ambición que reaparecerá en este libro, pues es compartida por unos cuantos de mis personajes-, ¿es víctima de otra ilusión, al imaginar que es posible establecer una comunicación más íntima ente las miríadas de estrellas que componen la humanidad y que, en el momento actual, apenas se toleran unas a otras? Para superar la desesperación que provoca la incapacidad humana de llegar a un acuerdo se requieren nuevas formas de pensamiento y, en particular, imágenes nuevas.

La gastronomía es el arte de utilizar los alimentos para producir felicidad. Hay tres maneras de comer y tres modos correspondientes de buscar la felicidad. Comer hasta saciarse es el modo primero y tradicional. Su objetivo consiste en satisfacerse, en tener una sensación de agrado y placidez, en sentirse arrullado. Es la manera cautelosa de abordar el placer, bajo el lema de «protégete de cuerpos extraños».
Los cuerpos extraños no son sólo las moscas en la sopa, sino también cualquier cosa insólita, prohibida, ajena a la moda o amenazante. En el proceso de aprender a comer, los seres humanos transformaron en virtud su miedo a los cuerpos extraños y lo llamaron gusto. Se desarrollaron hábitos intelectuales que imitaban las pautas impuestas por la comida y el miedo a los cuerpos extraños se extendió a muchos otros aspectos de la vida; por más aburrida que fuera, la rutina pareció ser la medida preventiva más segura.
Un segundo modo de comer, el de tratar la comida como una diversión, como una forma de permisividad, una caricia para los sentidos. Su propósito era seducir y ser seducido a la romántica luz de las velas, crear cordialidad en torno a aromas deliciosos. En tales circunstancias, la actitud de los individuos hacia el mundo en general queda modificada sólo temporalmente: se coquetea con los cuerpos extraños durante la comida, pero éstos no afectan a nuestro comportamiento.
El mundo ha estado dividido durante mucho tiempo en tres imperios principales de dimensiones aproximadamente iguales y basados en los tres principales alimentos básicos: el trigo, el arroz y el maíz. Pero aún separó más a las personas la salsa o las especias que añadían: aceite de oliva en el Mediterráneo, soja en China, ají en México, mantequilla en el norte de Europa y una multiplicidad de aromas en la India. Los rusos se amotinaron en la década de 1840, cuando el gobierno intentó convencerlos de que cultivaran patatas; al estar acostumbrados a vivir sobre todo de pan de centeno, sospecharon una conjura para esclavizarlos e imponerles una nueva religión; pero, al cabo de cincuenta años se enamoraron de la patata. La explicación es que le añadieron el mismo ingrediente amargo -kislotu— que siempre había condimentado sus platos y al que, en definitiva, eran adictos. Todo pueblo añade a su comida su propio sabor y sólo acepta cambios si puede ocultárselos, cubriendo cualquier novedad con ese aroma. Sólo si se acepta esta premisa se puede ser optimista respecto al cambio, tanto en política como en economía o cultura.

La homosexualidad ha sido más o menos aceptada en dos tercios, aproximadamente, de las sociedades humanas en un momento u otro y en determinadas circunstancias ha interesado a amplios sectores de la población. Durante largo tiempo fue tolerada incluso por la Iglesia católica. En 1102, san Anselmo, arzobispo de Canterbury, pidió que se moderara su castigo pues, «este pecado ha sido tan público que casi nadie se ha avergonzado de él y muchos, por tanto, han caído en él sin darse cuenta de su gravedad». Las preferencias sexuales del rey cruzado Ricardo Corazón de León no le hacían ser menos piadoso. En un principio, la Iglesia se preocupó más por impedir que sus sacerdotes mantuvieran relaciones sexuales con mujeres; cuando se decidió a lanzar una campaña contra estas prácticas, la homosexualidad pasó a ser todavía más común, sobre todo en los monasterios, donde san Elredo de Rivaulx la ensalzó como un medio para descubrir el amor divino.
Sólo en los siglos xii y xiii se inició en Europa una represión masiva de la homosexualidad, dentro de una campaña contra todo tipo de herejías que llevó hasta el terror de la Inquisición. Esta es la segunda fase. Se consideró que ya no bastaba con las penitencias: en 1260, Francia inició la persecución instituyendo la pena de la amputación de los testículos en la primera infracción, del pene para la segunda y de. muerte en la hoguera para la tercera. El intento de Hitler de exterminar a todos los homosexuales junto con los judíos fue la culminación de esta historia.

En 1991, un estudio comparativo sobre la depresión en hombres y mujeres afirmaba que los hombres buscaban alivio predominantemente distrayéndose, con lo que parecía que sufrían menos, mientras que las mujeres preferían cavilar sobre ella, dando vueltas sin fin a los problemas en su cabeza y sintiéndose, en consecuencia, aún más desdichadas. Resultó que el sexo supuestamente emotivo dedicaba más tiempo a pensar que el supuestamente racional. La aportación de las mujeres a la limitación del miedo no ha hecho más que comenzar, pues la cavilación no conduce necesariamente a la tristeza ni al pánico, en que los pensamientos se hacen circulares y remueven en la mente hasta sacarlos a la superficie los riesgos de catástrofes inminentes y el terror ante la perspectiva de sentirse atemorizado. La cavilación puede también mantener el miedo a distancia y escoger sobre qué se cavila. Nadie es libre si no tiene esta posibilidad de elección.

Tras la historia de las naciones y las familias queda otra por escribir: la de los inadaptados en unas o en otras, o que se sintieron incompletos en su seno y crearon nuevas afinidades lejos de su lugar de nacimiento. Los viajeros han sido una nación de un tipo especial, sin fronteras, y se están convirtiendo en la mayor nación del mundo a medida que los viajes no son ya una mera distracción, sino una parte esencial de la dieta completa de la persona. Más de 400 millones de seres humanos viajan hoy anualmente por los continentes. Los personajes más admirables de la historia de los viajes son aquellos que han resultado más provechosos para sus anfitriones. Los viajes son un logro cuando el viajero regresa como embajador del país visitado, del mismo modo que un actor logra su mayor éxito cuando se introduce en un personaje y descubre algo de sí en el papel que representa.
Viajar no supone necesariamente marchar a lugares distantes.
La gente no podrá permitirse incluir la vida de familia en su curriculum vitae sin perder categoría y sin tener que justificarse hasta que la idea de tomarse un año libre de vez en cuando parezca algo natural; también podría ser natural tomarse siete años. Seguir una dieta de tiempo no significa sólo organizar el día o la semana sino pensar, al menos, en ciclos de siete años. Los hábitos son confortables, pero, cuando se fosilizan, la humanidad va perdiendo gradualmente seres humanos.

Hasta ahora, el mundo ha considerado su medio de transporte de la misma manera como se ha buscado al cónyuge: esperando el clic mágico, acomodándose luego y esperando que la situación dure de por vida. Eso no constituía una necedad cuando la existencia era breve, cuando, como en la antigua India, la vida marital duraba siete años de promedio, o cuando, en la próspera Belle Epoque francesa, quince años de vida en común era cuanto podían esperar la mayoría de las parejas. Pero, ahora que la vida dura casi un siglo, ha llegado el momento de reconsiderar si se desea pasarla viajando en el mismo autobús, si probar los seis métodos es una necesidad para quien desee llevar una vida plena o si ni siquiera esto es suficiente.
En efecto, cuando uno ha decidido sobre su propio método de transporte, necesita todavía saber a dónde ir.

Con un poco de valor, todos estamos en condiciones de tender una mano a alguien diferente de nosotros, de escuchar e intentar aumentar, aunque sólo sea en una pequeña proporción, las reservas de amabilidad y humanidad existente en el mundo. Pero sería poco cuidadoso hacerlo sin recordar cómo han fracasado otros intentos previos y cómo nunca ha sido posible predecir con certeza el comportamiento de los seres humanos. La historia, con su inacabable procesión de transeúntes cuyos encuentros han constituido en su mayoría oportunidades fallidas, ha sido en gran parte hasta ahora una crónica de capacidades desperdiciadas. Sin embargo, la próxima ocasión en que dos personas se encuentren, podría ser diferente. Aquí tiene su origen la angustia, pero también la esperanza; y la esperanza es el origen de la humanidad.

It is a magnificent book of everyday life, of people like us, each chapter touches a different theme, part of a personal history and generalizes it based on the history of the human being. Its greatest achievement is that it transmits endless reflections on human passions and does so in an entertaining and captivating way.

In Cognag, what is tragic about trade is that people think we are cash registers. It is true that we live on your money, but we also have other desires. When you meet other people and hear them converse, they are interesting.
Why, after centuries of experience, human beings continue to be so clumsy and rude and so distracted in conversation, until they reach the figure of 40 percent of Americans who-educated to consider silence as something hostile-complain of being too shy to speak freely? The answer is that the conversation is still in its infancy.
The memory of the world has been stuffed with the names of generals and not conversationalists, perhaps because in the past people spoke much less than we do now. “A man too much given to conversation, is counted among the foolish, however wise he may be,” said the Persian Prince Kai Ka’us, Gur-gan, and the world agreed with him for most of the time. history. The ideal hero of Homer, “utter of words” as well as “performer of deeds” was a rarity. The Hindu goddess of speech, Sarasvati, dwelt only “in the tongues of poets,” and, when ordinary human beings spoke, she made them see that they were trying to be divinely creative.
The old peasant silence can still be heard in certain parts of Finland, considered the least talkative country on earth. “One word is enough,” says a Finnish proverb, “to cause many problems.” The Finnish province of Hame is the most silent and its inhabitants take pride in the story of the farmer who goes to see his neighbor and remains seated and immobile for a long time, without a murmur, until his host asks him about the reason for his visit .
Conversation is nothing like confession or its secular variants or the practice of turning over one’s own problems to whoever wants to listen, paying to do so if necessary. The therapist who listens, tries to end the confession by providing an explanation, based on an explanation in childhood or in a sexual experience or in any kind of scapegoat. Conversation, on the other hand, requires equality between the interlocutors. Actually, it is one of the most important ways to create equality.
Their enemies are rhetoric, discussion, jargon and private languages, or the despair of not being heard or understood. To thrive, she needs the help of midwives of both sexes: in general, women have shown more skill in this task, but there were times in the history of feminism in which some left the conversation aside and bet everything on persuasion. Only when people learn to converse will they begin to be the same.

One is free from the illusion of not having illusions. But in his desire to be an intermediary-an ambition that will reappear in this book, since it is shared by a few of my characters-is he the victim of another illusion, imagining that it is possible to establish a more intimate communication among the myriads of stars that make up humanity and that, at the present time, they barely tolerate each other? To overcome the desperation caused by the human inability to reach an agreement requires new ways of thinking and, in particular, new images.

Gastronomy is the art of using food to produce happiness. There are three ways of eating and three corresponding ways of seeking happiness. Eating until satisfied is the first and traditional way. His goal is to satisfy himself, to have a feeling of pleasure and placidity, to feel lulled. It is the cautious way of approaching pleasure, under the motto of “protect yourself from foreign bodies.”
Foreign bodies are not only flies in the soup, but also anything unusual, forbidden, out of fashion or threatening. In the process of learning to eat, human beings transformed their fear of strange bodies into virtue and called it taste. Intellectual habits were developed that imitated the rules imposed by food and the fear of foreign bodies extended to many other aspects of life; However boring it was, routine seemed to be the safest preventative measure.
A second way of eating, that of treating food as fun, as a form of permissiveness, a caress for the senses. His purpose was to seduce and be seduced by the romantic light of the candles, create cordiality around delicious aromas. In such circumstances, the attitude of individuals towards the world in general is modified only temporarily: flirts with foreign bodies during the meal, but these do not affect our behavior.
The world has been divided for a long time into three main empires of approximately equal dimensions and based on the three main staple foods: wheat, rice and corn. But it still further separated people from the sauce or spices they added: olive oil in the Mediterranean, soybeans in China, chili in Mexico, butter in northern Europe and a multiplicity of aromas in India. The Russians mutinied in the 1840s, when the government tried to convince them to grow potatoes; being accustomed to live above all on rye bread, they suspected a conspiracy to enslave them and impose a new religion on them; but after fifty years they fell in love with the potato. The explanation is that they added the same bitter ingredient – kislotu – that had always spiced their dishes and to which, in short, they were addicted. Every town adds its own flavor to its food and only accepts changes if it can be concealed, covering any novelty with that aroma. Only if this premise is accepted can one be optimistic about the change, both in politics and in economy or culture.

Homosexuality has been more or less accepted in approximately two thirds of human societies at one time or another and in certain circumstances has interested large sectors of the population. For a long time it was tolerated even by the Catholic Church. In 1102, St. Anselm, archbishop of Canterbury, asked that his punishment be moderated because, “this sin has been so public that almost no one has been ashamed of it and many, therefore, have fallen into it without realizing its seriousness” . The sexual preferences of the cross king Richard the Lionheart did not make him less pious. At first, the Church was more concerned with preventing its priests from having sexual relations with women; When he decided to launch a campaign against these practices, homosexuality became even more common, especially in the monasteries, where Saint Elredo de Rivaulx extolled it as a means to discover divine love.
Only in the twelfth and thirteenth centuries did a massive repression of homosexuality begin in Europe, within a campaign against all kinds of heresies that led to the terror of the Inquisition. This is the second phase. It was considered that penance was no longer enough: in 1260, France initiated the persecution by instituting the penalty of the amputation of the testicles in the first infraction, of the penis for the second and of. death at the stake for the third. Hitler’s attempt to exterminate all homosexuals along with the Jews was the culmination of this story.

In 1991, a comparative study on depression in men and women claimed that men sought relief predominantly by distracting themselves, with what seemed to suffer less, while women preferred to dwell on it, endlessly spinning the problems in their head and feeling, consequently, even more miserable. It turned out that supposedly emotional sex spent more time thinking than the supposedly rational. The contribution of women to the limitation of fear has only just begun, because the thought does not necessarily lead to sadness or panic, in which thoughts become circular and stir up in the mind until the risks of imminent catastrophes and terror at the prospect of feeling afraid. Cavilation can also keep fear at a distance and choose what it is thinking about. Nobody is free if they do not have this possibility of choice.

After the history of nations and families, there is another to write: that of the misfits in one or the other, or that they felt incomplete in their midst and created new affinities far from their place of birth. Travelers have been a nation of a special kind, without borders, and they are becoming the largest nation in the world as travel is no longer a mere distraction, but an essential part of a person’s entire diet. More than 400 million human beings travel annually through the continents. The most admirable characters in the history of travel are those that have been most profitable for their hosts. Travel is an achievement when the traveler returns as the ambassador of the visited country, in the same way that an actor achieves his greatest success when he enters a character and discovers something of himself in the role he represents.
Traveling does not necessarily mean going to distant places.
People can not afford to include family life in their curriculum vitae without losing status and without having to justify themselves until the idea of ​​taking a free year once in a while seems natural; It could also be natural to take seven years. Following a diet of time does not mean just organizing the day or the week but thinking, at least, in cycles of seven years. Habits are comfortable, but when they become fossilized, humanity gradually loses human beings.

Until now, the world has considered its means of transport in the same way as it has looked for the spouse: waiting for the magical click, then settling in and waiting for the situation to last for life. That was no foolishness when existence was short, when, as in ancient India, marital life lasted seven years on average, or when, in the prosperous French Belle Epoque, fifteen years of life together was as much as most could expect of couples. But, now that life lasts almost a century, the time has come to reconsider whether you want to spend it traveling on the same bus, if trying the six methods is a necessity for those who want to lead a full life or if even this is not enough.
In effect, when you have decided on your own transportation method, you still need to know where to go.

With a little courage, we are all in a position to reach out to someone different from ourselves, to listen and try to increase, even if only in a small proportion, the reserves of kindness and humanity existing in the world. But it would be little careful to do so without remembering how previous attempts have failed and how it has never been possible to predict with certainty the behavior of human beings. History, with its endless procession of passers-by whose encounters have constituted mostly failed opportunities, has been largely a chronicle of wasted capacities. However, the next time two people meet, it could be different. Here there is anguish, but also hope; and hope is the origin of humanity.

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