Templarios, Griales, Vírgenes Negras Y Otros Enigmas De La Historia — Juan Eslava Galán / Templars, Grails, Black Virgins And Other Enigmas of History by Juan Eslava Galán (spanish book edition)

Como todos los libros de este autor muy didáctico, ameno y que debo decir es de mis escritores favoritos y que releo cada cierto tiempo sacando los colores a nosotros los humanos.
En el siglo X, el mapa político del mundo alcanzó cierta estabilidad. Después de las conquistas islámicas, el Mediterráneo quedaba escindido en dos bloques: al sur, los musulmanes que ocupaban Oriente Medio, el norte de África y parte de la península Ibérica; al norte, los cristianos, que se extendían por el resto de la península Ibérica, Europa y Asia Menor.
La economía se recuperaba. Crecían las ciudades, aumentaba la población, se roturaban nuevas tierras para cultivo, se abrían mercados, había más dinero para adquirir bienes de consumo y mercancías de lujo…
Los ricos armadores y comerciantes de Venecia, Génova y Pisa fletaban sus naves para traer productos exóticos procedentes de Oriente. Las caravanas que cruzaban la antigua ruta de la seda, desde China, y las rutas de las especias, por mares y desiertos, eran cada vez más numerosas.
Con el dinero nació el turismo. En el siglo XI se pusieron de moda las peregrinaciones a lugares sagrados, especialmente a Roma, a Santiago de Compostela y a los Santos Lugares en los que transcurrió la vida, pasión y muerte de Jesucristo. Algunos peregrinos emprendían el camino como penitencia, para expiar grandes pecados; otros, por simple devoción, que a menudo disimulaba un afán por ver mundo.
Las tornas cambiaron cuando, mediado el siglo, los intolerantes turcos selyúcidas se apoderaron del califato y dejaron de proteger a los peregrinos cristianos. Por toda la cristiandad se divulgaron noticias, a menudo exageradas, de los sufrimientos padecidos por pacíficos peregrinos cristianos a manos de aquellos bárbaros.
¿Por qué no rescatamos Tierra Santa de manos de los infieles y restablecemos la seguridad en las rutas de peregrinación? Ésa fue la excusa religiosa de las Cruzadas.

Podríamos establecer un cierto paralelismo entre la situación política que propició las Cruzadas y la creación del moderno Estado de Israel. En los dos casos resultaba vital para los intereses económicos de Occidente el dominio de aquella región geoestratégica. En la Edad Media estos intereses se cifraban, principalmente, en las rutas del comercio; hoy se trata de controlar el petróleo y sus dividendos que los países productores invierten en el mercado de armas de Occidente. En los dos casos, curiosamente, la solución ha consistido en implantar un país occidental (por su mentalidad, instituciones, costumbres y modo de vida) en el sensible flanco de un mundo musulmán hostil a Occidente.

Está fuera de duda que la orden del Temple se enriqueció rápidamente gracias a la protección que recibía de papas y reyes y a las cuantiosas donaciones de los devotos. Existía incluso el acto de donarse al Temple, similar al moderno leasing que practican ciertas entidades financieras. El donado disfrutaba en vida de una serie de beneficios fiscales y espirituales así como de la protección de la orden. A cambio, la orden heredaba sus propiedades cuando fallecía.
En 1171, cuando se proclamó sultán Saladino, un excelente estratega y un inteligente estadista que derrotaría repetidamente a los cristianos. Consciente de que la supervivencia del enclave cristiano en Tierra Santa dependía del esfuerzo de templarios y hospitalarios había prometido: «Purificaré la tierra de esas órdenes inmundas». Pero los templarios demostraron ser un cumplido enemigo para Saladino. En 1177 ayudaron decisivamente a Balduino IV a derrotarlo en Monte Guisard.
La situación de los templarios era mucho más delicada. El Temple se fundó para escoltar a los peregrinos entre Jaffa y Jerusalén. Perdido el dominio de aquella ruta, no quedaba función alguna que justificara el mantenimiento de la orden. Las altas jerarquías debieron de considerar la posibilidad de derivar el esfuerzo de su organización hacia misiones de asistencia en Chipre, pero ¿acaso no quedaban éstas suficientemente atendidas por los hospitalarios? Por otra parte, la potencia naval de éstos cubría con creces los requerimientos de los peregrinos que escogieran la vía marítima (la terrestre había sido virtualmente abandonada). Los templarios tuvieron que aceptar la realidad: no tenían nada que hacer en Oriente.
En Occidente, el magno edificio de la orden parecía sólido a pesar de que la disciplina y el celo de los hermanos se habían relajado bastante.

Momentos delicados con la Inquisición. Comenzó el proceso. Los inquisidores de los distintos tribunales provinciales llenaron pliegos con las confesiones de los hermanos, unas espontáneas y otras forzadas por la tortura. El cuestionario inquisitorial constaba de los siguientes puntos:
1. Que renegaban de Cristo y escupían sobre la cruz en la ceremonia de admisión en la orden.
2. Que en esta ceremonia se intercambiaban besos obscenos.
3. Que los sacerdotes de la orden omitían las palabras de la consagración en la misa.
4. Que practicaban la sodomía.
5. Que adoraban ídolos.
6. Que se confesaban mutuamente y que el presidente del capítulo perdonaba los pecados.

El mito templario, vertido en los moldes espiritualistas de la masonería y ataviado con sus románticas galas, fascinó a las clases ilustradas y burguesas de Europa. Surgieron por doquier logias masónicas que, en un ambiente de rivalidad y descarada competencia, no vacilaron en multiplicar las jerarquías y grados ni en idear unos rituales cada vez más espectaculares y complejos. Todo ello produjo sustanciosos beneficios a varios charlatanes entre los que destaca Samuel Rosa, pastor luterano y rector de la catedral de Berlín en 1757.
La nueva visión de los templarios gozó de crédito entre los intelectuales liberales de fin de siglo, todos ellos furibundos anticlericales que de este modo explicaban la persecución de la orden por los tradicionales poderes represivos de su tiempo, la Iglesia y la monarquía. La sinarquía constituiría el reconocido ideal de muchas sectas masónicas del siglo XX.
Las logias masónicas brotaron como hongos en el primer tercio del siglo XX en toda Europa, España incluida. La disputa por el mercado las arrastró a multiplicar las jerarquías y grados y a idear unos rituales cada vez más espectaculares y complejos y unas doctrinas cada vez más descabelladas, y, a menudo, contradictorias, que se enriquecieron con los más pintorescos aportes de la arqueología y del esoterismo ocultista.
Dentro de la diversidad de las sectas templarias que florecieron en la Restauración hubo una logia española de carácter cristiano, los «Doce Apóstoles», vigente hasta la primera guerra mundial, acontecimiento histórico que, al parecer, provocó el desánimo y la disolución del grupo. El objetivo de los Doce Apóstoles consistía en la búsqueda o en la custodia del cabalístico Nombre Secreto de Dios impreso en la Mesa de Salomón. Los Doce Apóstoles solían reunirse en las capillas de algunos castillos andaluces (Aracena, en Huelva; La Iruela, en Jaén) que, desde entonces, se tienen popularmente por templarios.

Mito Atlántida
Un sacerdote egipcio le contó esta historia al griego Solón y él la transmitió a sus descendientes en Grecia. Una vez, hace muchas generaciones, existió una isla enorme llamada «la Atlántida». Era un paraíso en la Tierra: clima apacible, espesos bosques, fértiles campos, variedad de frutos, fauna abundante, subsuelo rico en metales…
Los atlantes, así llamamos a los habitantes de la isla, residían en ciudades bien urbanizadas y dotadas de cómodas viviendas y baños. Su capital, Atlantis, estaba diseñada de manera que participaba tanto de la tierra como del mar: anillos de tierra y agua alternos se disponían concéntricamente en torno a una isla central que comunicaba con el mar a través de un ancho canal navegable. La muralla exterior, blanca y negra, encerraba otros tres recintos murados: uno de piedra roja, otro de bronce por fuera y estaño por dentro, y el último, que rodeaba la acrópolis, revestido de oricalco, un metal precioso brillante como el fuego, que sólo se encontraba en la isla.
El palacio real de Atlántida…
El supuesto continente sumergido Mu inspiró, por su parte, una subliteratura atlántida bastante notable. Hacia 1926, el inventor y mitógrafo James Churchward (1851-1936) publicó El continente perdido de Mu, cuna de la humanidad, en el que aseguraba haber descifrado los anales de Mu en unas tabletas hasta entonces celosamente guardadas por los sacerdotes de un monasterio de la India. El paralelo con el sabio Solón de los diálogos platónicos es evidente. De la lectura de estas tabletas se deducía que el Paraíso Terrenal no estuvo en Asia sino en Mu, el continente hundido en el océano Pacífico. «La historia bíblica de la Creación, el relato de los siete días y las siete noches en que Dios creó el mundo, no se originó, por lo tanto, en los pueblos del Nilo y el Éufrates sino en este continente sumergido, la verdadera cuna de la humanidad.
Así existirá una aria, otra en Cádiz, en Jaén y en múltiples lugares del mundo por la imaginación…

Demasiados timos.
Hace medio siglo circuló en medios arqueológicos españoles la historia de un rico coleccionista nórdico que estaba adquiriendo la cerámica de una excavación clandestina localizada, vagamente, en la provincia de Almería. El coleccionista, persona de pocos escrúpulos, aceptaba las piezas aun conociendo que procedían de un expolio. Pero un buen día, al colocar una de ellas en la vitrina correspondiente, la dejó caer por descuido y la pieza se rompió. En el borde de uno de los tiestos apareció un minúsculo pedacito de plástico que puso al descubierto el fraude: a sus proveedores se les había agotado el yacimiento hacía ya mucho tiempo pero eran gente industriosa, a pesar de ser analfabetos, y se las habían ingeniado para seguir suministrándole piezas cada vez más perfectas.
En 1940, en pleno idilio de Franco con Hitler, el mediocre arqueólogo y avezado falangista Julio Martínez de Santa Olalla estudió y publicó como buenas una serie de fíbulas visigodas que terminaban de salir del taller de fundición. Muchas de estas piezas siguieron su camino hacia Alemania, donde Himmler y el instituto de investigaciones raciales Das Ahnenerbe estaban interesadísimos en seguir la pista de la sangre aria a través de la expansión europea de los visigodos y otros pueblos germanos.
Unos meses más tarde, en junio de 1941, la policía desmanteló el taller que producía las falsas fíbulas y detuvo a Enrique Galera Gómez, modesto anticuario, y al artesano Amable Castillo Pozo, que anteriormente había trabajado en la Fábrica de Metales de San Juan de Alcaraz (Riópar, Albacete), donde había aprendido lo necesario para fundir las joyas visigodas y darles una convincente pátina antigua.
—Y los especialistas alemanes y los laboratorios germanos ¿no notaron nada? —Se preguntará el lector.
—Nada. Amable Castillo apenas sabía leer, pero se la metió doblada a la ciencia germana. Los arios picaron como pardillos.

El primero de abril de 1896, el Museo del Louvre expuso a la admiración de sus visitantes su adquisición más reciente: una tiara de oro que la colonia griega de Olbia había ofrecido a un rey escita, «el gran e invencible Saitafernes», tres siglos antes de Cristo. O, al menos, esto era lo que declaraba la inscripción de su orla. La tiara era, en verdad, el exquisito trabajo de un hábil orfebre y, salvo unas cuantas abolladuras que apenas le restaban belleza, su conservación era notablemente buena si se tiene en cuenta que habían pasado por ella más de dos mil años desde que formó parte de un tesoro con el que los atribulados habitantes de Olbia habían sobornado al rey escita para que pasara de largo sin saquear su ciudad.
Largas colas de personas se agolparon frente a la vitrina que exhibía el tesoro. El Louvre había añadido «una joya única a la diadema de su colección de antigüedades», en palabras de un gacetillero de la época.
A los pocos días comenzaron los rumores: el picajoso arqueólogo alemán Adolf Furtwängler encontraba ciertas discordancias en la tiara con el estilo de otras joyas escitas. Las sospechas aumentaron cuando un pintor de poca monta denunció que la tiara era obra de un conocido suyo, el orfebre judío ruso Israel Rouchomovsky.

(Los tres guerreros etruscos del Metropolitano de NY) El director del Museo Metropolitano empezó a preocuparse. Se investigó el caso y finalmente se supo que las famosas estatuas eran obra de una banda de falsificadores profesionales integrada por los ceramistas Teodoro y Virgilio Angelino, Ricardo Riccardi y el ya mencionado Alfredo Fioravanti, un antiguo aprendiz de sastre metido en el floreciente negocio de la restauración y la falsificación. En 1961 Fioravanti, ya anciano y único superviviente de la antigua banda, recibió al director del Metropolitano y, después de dar fe de la falsificación, le explicó una serie de detalles que durante muchos años habían intrigado a los especialistas. ¿Qué postura tenía el brazo desaparecido de El guerrero viejo? Ninguna, porque los falsificadores no se pusieron de acuerdo sobre cómo colocárselo y al final decidieron que no tuviera brazo. ¿Cómo se explicaba que las estatuas no tuvieran agujeros de ventilación? Porque no los necesitaban, ya que los falsificadores tuvieron que romperlas para cocer los pedazos por separado. Ellos sólo disponían de un horno de modestas proporciones, no de aquellos grandes hornos en los que los etruscos cocían sus terracotas. ¿A qué se debía la desproporción observable en el cuerpo de El gran guerrero? A la falta de perspectiva, puesto que lo hicieron en una habitación muy pequeña y cuando lo tenían acabado hasta la altura del pecho vieron que la cabeza no les cabía.
La prueba definitiva la dio el viejo Fioravanti. Encariñado con aquella obra de juventud, había conservado en una cajita, durante toda su vida, el dedo pulgar que faltaba a la estatua. El director del museo, advertido de este hecho, llevaba consigo un molde de escayola de la mano mutilada. El dedo que le mostraba Fioravanti encajaba perfectamente: era el suyo.
“El proceso para la detección de fraudes es sencillo. La arcilla pierde sus isótopos radiactivos al cocerse, pero después, con el tiempo, los va recuperando. Tengamos ahora una terracota pretendidamente etrusca. El laboratorio toma un fragmento minúsculo y lo calienta a cuatrocientos grados centígrados. Después mide su grado de radiactividad y, a partir de éste, calcula la edad en que hornearon la obra en cuestión. Sólo un falsificador que contara con los medios adecuados, carísimos, podría irradiar su obra y hacerla pasar por mucho más antigua de lo que en realidad es.
También existen los rayos X. Valiéndose de ellos se descubrió, en 1927, la falsedad de la famosa Virgen con Niño de Giovanni Pisano, un artista del siglo XIII. En realidad, la había tallado en 1916 un tal Alceo Dossena. Los rayos X revelaron la presencia de clavos de hierro enteramente modernos en el interior de la escultura.
Algunos museos o instituciones disponen de laboratorio equipado con toda clase de recursos técnicos. Otros recurren a laboratorios independientes. Gracias a las modernas técnicas del radiocarbono, aplicadas por tres laboratorios, los más prestigiosos del mundo, se pudo confirmar lo que de todas maneras se sospechaba: que la Sábana Santa era falsa.

Entre los siglos XI y XIII se despertó en Europa un súbito fervor hacia la Virgen María, incluso en detrimento del culto de Jesucristo y de los santos. Parece que los benedictinos fomentaron esta devoción como parte de un plan para cristianizar santuarios prehistóricos en los que se rendía culto pagano a cuevas, manantiales, árboles o piedras. De este modo eliminaban una competencia que la Iglesia no había conseguido desarraigar en un milenio de ejercicio.
Las imágenes de la Virgen, halladas en aquellos santuarios, siempre en circunstancias milagrosas y por pastores o campesinos (nunca por escribanos, recaudadores ni frailes), justificaban la apropiación del lugar por la autoridad eclesiástica.
Las Vírgenes Negras aparecidas en antiguos santuarios paganos solían ser diminutas y reproducían el modelo bizantino de la Agia Theotokos o Santa Madre de Dios, una Virgen mayestática que sostiene al Niño en el regazo o sobre la rodilla izquierda, sin comunicarse con él (como harán las Vírgenes góticas del periodo posterior), limitándose a servirle de trono, el trono de la Sabiduría Divina.
Las imágenes antiguas de las Vírgenes Negras suelen presentarla sobre una descomunal peana casi siempre esférica y desproporcionada respecto a la imagen misma, que suele ser minúscula.
Las piedras consagradas a la Diosa Madre sirvieron para soportar una Virgen Negra o, más raramente, una cruz o la imagen de un santo. Una oportuna leyenda justifica cualquier asociación: la Virgen del Pilar se apareció a Santiago encima de un pilar de piedra o columna que está expuesto al beso de los fieles (como la Kaaba de La Meca). De este modo, no había reparo en que los fieles adorasen la piedra que era sustento y peana de Nuestra Señora. La jerarquía eclesiástica confiaba en que, con el tiempo, la adoración se transmitiría a la imagen superior, humana y maternal, mucho más atractiva que la arcaica e inexpresiva piedra. Sin embargo el monolito esférico siguió constituyendo parte muy especial de la nueva representación de la Diosa Madre, convertida ahora en Madre de Cristo. Y, como tal, más o menos disimulada, perdura hasta nuestros días, aunque a veces la esfera se ha convertido en peana de la cruz como vemos en El Salvador, antigua mezquita mayor de Sevilla.
En España sobreviven hoy unas setenta Vírgenes Negras, repartidas entre las diecisiete taifas en las que se descompone el territorio nacional, pero antiguamente fueron muchas más. Algunas que eran negras en origen se sustituyeron por una imagen de tez clara al renovar la imagen; otras, se han blanqueado aprovechando una restauración. En algunas, finalmente, se ha descubierto el proceso contrario: eran blancas y las ennegrecieron por accidente (barnices degradados) o por el deseo de ennegrecerlas para concitar devociones, puro marketing.
Las Vírgenes Negras nos remiten a cultos que se pierden en la noche de los tiempos, a ritos que sobreviven teñidos de folclore o de fiesta. La memoria antigua de este pueblo viejo conoce la virtud de los antiguos santuarios, sabe que el amor a la vida puede manifestarse bajo distintas y hasta contradictorias formas, por más que los modernos usurpadores de los antiguos santuarios se esfuercen en reprimirlas.

En 841, los vikingos remontaron los cursos fluviales del valle del Sena y saquearon e incendiaron Rouen. A los pocos años le tocó el turno a París. Descendiendo por el Garona, llegaron hasta Toulouse. Probablemente fueran gentes de la misma expedición los que desembarcaron en el litoral asturiano, a la altura de Gijón. La Crónica Albeldense lo registra puntualmente: El tempore lordomanii primi in Asturias venerunt. Esta vez parece que los vikingos encontraron la horma de su zapato en el rey asturiano Ramiro I, aquel cuya expeditiva justicia consistía en cegar a los ladrones y quemar a los que practicaban la magia. Ramiro I rechazó a los normandos, aunque no pudo evitar que algunos destacamentos desembarcaran cerca de La Coruña y devastaran la comarca.
En septiembre de 844 alcanzaron la Isla Menor, no lejos de Sevilla. En Coria del Río pasaron a cuchillo a la población, lo que provocó una ola de pánico en la comarca y la evacuación de Sevilla por buena parte de sus habitantes, que abandonaron la ciudad para refugiarse en Carmona, al amparo de sus excelentes murallas, y en otros lugares de la sierra. El primero de octubre los vikingos atacaron Sevilla. Las tropas del emir, muchas de ellas trasladadas precipitadamente desde sus guarniciones del norte, se enfrentaron con los normandos y les causaron las primeras bajas importantes, unos setenta muertos. Pero esta pequeña contrariedad no detuvo a los rubios saqueadores.
Abderramán II había solicitado ayuda a los Banu Muza de Tudela y a los muladíes aragoneses. Llegaron nuevas tropas para reforzar su ejército. Los vikingos, prudentemente, se fortificaron en Tejada y allí sufrieron su primera derrota.
Los vikingos mostraron un punto débil. Excelentes guerreros en combate individual, cuerpo a cuerpo, perdían gran parte de su eficacia cuando se veían obligados a enfrentarse a cuerpos de ejército organizados para la lucha en común.
En cualquier caso, como también eran mercaderes, los normandos negociaban cuando convenía. Algunos se convirtieron al islam y se establecieron en la Isla Menor del Guadalquivir, donde vivieron pacíficamente de la cría de ganado y de la fabricación de quesos. Otros grupos continuaron sus ataques y saquearon Niebla, el Algarve y Beja.
En 968, o poco después, una expedición partida de Normandía atacó el litoral cantábrico y saqueó Santiago de Compostela. No pasaría mucho tiempo antes de que el contacto con la cultura francesa, por una parte, y su inevitable conversión al cristianismo, por otra, atemperaran la fiereza de estos vikingos meridionales.
En 1016 se registra un ataque a las costas gallegas durante el cual el obispo de Tuy fue capturado con todos sus rebaños.
La última expedición pirática de importancia contra las costas españolas acaeció mediado el siglo pero topó con las aguerridas tropas de Crescenio, obispo de Santiago, y no alcanzó las ganancias que esperaba. Por este tiempo, el caudillo normando Roger de Toeni, al servicio de Ermesinda, condesa regente de Barcelona, combatió contra los musulmanes en Levante y las Baleares. Otro contingente vikingo participó en la conquista de Barbastro (1064).
Todavía hoy, los arqueólogos nórdicos descubren, en los poblados que excavan, tesoros de monedas bizantinas o andalusíes, éstas en menor cantidad.

El verdadero valor de la Mesa de Salomón era espiritual: un jeroglífico dibujado en su tapa cifraba el nombre secreto de Dios, el Shem Shemaforash, la palabra secreta y santa que, una vez al año, en fecha señalada, el Sumo Sacerdote de Israel susurraba ante el Arca de la Alianza para renovar la Alianza entre Dios y la humanidad.
El Arca de la Alianza y la Mesa de Salomón estaban confinadas en el Devir, Kodesh HaKodashim o sancta santorum del templo, una estancia sin ventanas, de techo bajo, a la que sólo el Sumo Sacerdote accedía, tras revestirse con el pectoral de las doce piedras (las tribus de Israel), untarse con la sangre de un cordero sacrificial y envolverse en una nube de incienso, precauciones necesarias para que la mera presencia de Dios no lo aniquilara.
Además del Sumo Sacerdote, una segunda persona conocía el Shem Shemaforash: el Maestro del Nombre o Baal Shem que el Sumo Sacerdote hubiera designado para sucederlo. De este modo se evitaba que la palabra se perdiera si el Sumo Sacerdote perecía.

Cristóbal Colón está probado era genovés, no hablaba correctamente ningún idioma; aunque chapurreaba varios, una limitación bastante extendida entre los marinos de su tiempo.
En lo que se refiere al vocabulario, el almirante era ecléctico y casi esperantista. Usaba indistintamente palabras que se entendieran en el mayor número de idiomas posibles.
¿Era Colón judío?
Se ha especulado que su misterio consistía en que ocultaba ese origen, que lo hubiera convertido inmediatamente en sospechoso, especialmente en España, donde sus valedores, los Reyes Católicos, acababan de expulsar a los judíos.
No, Colón era católico practicante. Puede que la madre descendiera de judíos, como tanta otra gente en la Italia de su tiempo, pero él era hijo y nieto de cristianos. La ocultación que hace de su vida es simplemente cuestión de prestigio: no quiere que los nobles, entre los que se está abriendo paso, sepan que procede de una familia humildísima.
Colón, antes de descubrir América, era un don nadie.
En 1877, durante unas reparaciones en la capilla mayor de la catedral de Santo Domingo, apareció una caja de huesos orlada con la inscripción: «Ilustre y esclarecido varón don Cristóbal Colón, descubridor de América, primer almirante».
¿A quién pertenecían entonces los restos trasladados a La Habana primero y a Sevilla después? Muchos dominicanos creen que eran los del hijo de Colón. Otros creen que los verdaderos restos de Colón son los que se guardan en el imponente mausoleo sevillano.

Uno de los títulos de Felipe II (1527-1598) era rey de Jerusalén. Para él era algo más que una mera distinción honorífica. Aspiraba a ser un segundo Salomón. De hecho, los artistas representaban a veces el Salomón bíblico con los rasgos de Felipe II.
La gran obra de Salomón había sido el Templo de Jerusalén. Este edificio diseñado por el propio Dios (las medidas precisas aparecen en la Biblia, palabra revelada) equivalía a un tratado cabalístico en piedra, un ámbito necesariamente único y perfecto. Es comprensible que el nuevo Salomón, Felipe II, se propusiera reproducirlo en el templo de El Escorial. Pero había un problema: si lo reproducían en las proporciones exactas consignadas en la Biblia, resultaba un edificio más bien modesto, una especie de nave cuadrangular, de 55 metros de largo, 28 de ancho y 15 de alto, con una puerta principal flanqueada por dos columnas, Jakim y Boaz, de 12 metros de altura. Al lado de las grandes catedrales góticas que ya existían en Europa iba a resultar un edificio sin mayor mérito, un pajar.
Los arquitectos recurrieron al llamado «Segundo Templo», el construido por Herodes el Grande ya en tiempos de Cristo.
La arquitectura renacentista de El Escorial intenta armonizar con el orden cósmico, convirtiendo todo el edificio en un acumulador y dispensador de energía. El arquitecto Juan de Herrera trabajaba según la noción pitagórica de la música de las esferas que establece la armonía existente entre los cuerpos celestiales. En El Escorial descubrimos dos elementos omnipresentes, la esfera y el cubo. La esfera, símbolo de la propia Tierra o del Huevo Primordial de la Creación, es un obosón u objeto sagrado adorado desde la prehistoria dentro de la cueva o matriz de la tierra. La esfera es visible, móvil y femenina, «la unidad, esencia infinita, uniformidad y justicia de Dios», según Palladio. El cubo o hexaedro presenta a la Tierra como un elemento y el supremum numen, concepto fundamental del pensamiento pitagórico-platónico y de la arquitectura de origen divino, viene a ser la esencia invisible de esa esfera, inscrita en ella. De hecho, la piedra fundacional o primarius lapis de El Escorial fue precisamente una piedra cúbica sobre la que varios obispos desarrollaron una compleja ceremonia propiciatoria.

Like all the books of this author very didactic, enjoyable and what I have to say is from my favorite writers and that I reread every so often drawing the colors to us humans.
In the tenth century, the political map of the world reached a certain stability. After the Islamic conquests, the Mediterranean was split into two blocks: to the south, the Muslims who occupied the Middle East, northern Africa and part of the Iberian Peninsula; to the north, the Christians, that extended for the rest of the Iberian Peninsula, Europe and Asia Minor.
The economy was recovering. The cities grew, the population increased, new lands were broken for cultivation, markets were opened, there was more money to acquire consumer goods and luxury goods …
The rich shipowners and merchants of Venice, Genoa and Pisa chartered their ships to bring exotic products from the East. The caravans that crossed the old silk route, from China, and the routes of the spices, by seas and deserts, were more and more numerous.
Money was born with tourism. In the 11th century, pilgrimages to sacred places became fashionable, especially to Rome, to Santiago de Compostela and to the Holy Places in which the life, passion and death of Jesus Christ passed. Some pilgrims set out on the road as a penance, to atone for great sins; others, out of simple devotion, which often concealed an eagerness to see the world.
The twists changed when, half a century later, the Seljuk Turks intolerant seized the Caliphate and stopped protecting Christian pilgrims. Throughout Christendom, news was spread, often exaggerated, of the sufferings endured by peaceful Christian pilgrims at the hands of those barbarians.
Why do not we rescue the Holy Land from the infidels and reestablish security on the pilgrimage routes? That was the religious excuse of the Crusades.

We could establish a certain parallelism between the political situation that led to the Crusades and the creation of the modern State of Israel. In both cases, the dominance of that geostrategic region was vital for the economic interests of the West. In the Middle Ages, these interests were encrypted, mainly, in the trade routes; today it is about controlling the oil and its dividends that producing countries invest in the arms market of the West. In both cases, curiously, the solution has been to implant a Western country (for its mentality, institutions, customs and way of life) in the sensitive flank of a Muslim world hostile to the West.

It is beyond doubt that the Order of the Temple was quickly enriched thanks to the protection it received from popes and kings and the large donations of the devotees. There was even the act of donating to the Temple, similar to the modern leasing practiced by certain financial entities. The donor enjoyed in life a series of fiscal and spiritual benefits as well as the protection of the order. In return, the order inherited its properties when it died.
In 1171, when Sultan Saladin was proclaimed, an excellent strategist and an intelligent statesman who would repeatedly defeat the Christians. Aware that the survival of the Christian enclave in the Holy Land depended on the efforts of templars and hospitallers, he had promised: “I will cleanse the land of these unclean orders.” But the Templars proved to be an enemy compliment to Saladin. In 1177 Baldwin IV was decisively helped to defeat him at Monte Guisard.
The situation of the Templars was much more delicate. The Temple was founded to escort the pilgrims between Jaffa and Jerusalem. Once the domain of that route was lost, there was no function that justified the maintenance of the order. The high hierarchies should have considered the possibility of deriving the effort of their organization towards assistance missions in Cyprus, but were not they sufficiently attended by the hospital staff? On the other hand, the naval power of these covered with more than the requirements of the pilgrims who chose the seaway (the terrestrial one had been virtually abandoned). The Templars had to accept reality: they had nothing to do in the East.
In the West, the great building of the order seemed solid even though the discipline and zeal of the brothers had relaxed a lot.

Delicate moments with the Inquisition. The process began. The inquisitors of the various provincial courts filled out sheets with the confessions of the brothers, some spontaneous and others forced by torture. The inquisitorial questionnaire consisted of the following points:
1. That they denied Christ and spit on the cross at the admission ceremony in the order.
2. That in this ceremony obscene kisses were exchanged.
3. That the priests of the order omitted the words of the consecration in the mass.
4. That they practiced sodomy.
5. That they worshiped idols.
6. That they confessed to each other and that the chapter president forgave sins.

The Templar myth, poured into the spiritualist molds of Freemasonry and dressed in their romantic finery, fascinated the enlightened and bourgeois classes of Europe. Everywhere Masonic lodges arose that, in an atmosphere of rivalry and blatant competition, did not hesitate to multiply the hierarchies and degrees or to devise increasingly spectacular and complex rituals. All this produced substantial benefits for several charlatans, among whom Samuel Rosa, Lutheran pastor and rector of the Cathedral of Berlin in 1757, stands out.
The new vision of the Templars enjoyed credit among the liberal intellectuals of the end of the century, all of them furious anti-clericals who in this way explained the persecution of the order by the traditional repressive powers of their time, the Church and the monarchy. The synarchy would be the recognized ideal of many masonic sects of the twentieth century.
Masonic lodges sprung up like mushrooms in the first third of the 20th century throughout Europe, including Spain. The dispute over the market dragged them to multiply the hierarchies and degrees and to devise increasingly spectacular and complex rituals and doctrines increasingly crazy, and often contradictory, which were enriched with the most picturesque contributions of archeology and of occultist esoterism.
Within the diversity of the Templar sects that flourished in the Restoration there was a Spanish loggia of a Christian character, the “Twelve Apostles”, in force until the First World War, a historical event that, apparently, caused discouragement and the dissolution of the group. The objective of the Twelve Apostles consisted in the search or custody of the cabalistic Secret Name of God printed in the Solomon’s Table. The Twelve Apostles used to meet in the chapels of some Andalusian castles (Aracena, in Huelva, La Iruela, in Jaén) that, since then, have been popularly known as templars.

Myth Atlantis
An Egyptian priest told this story to the Greek Solon and he transmitted it to his descendants in Greece. Once, many generations ago, there was a huge island called “Atlantis.” It was a paradise on Earth: mild climate, thick forests, fertile fields, variety of fruits, abundant fauna, subsoil rich in metals …
The Atlanteans, as we call the inhabitants of the island, resided in well-built cities with comfortable houses and bathrooms. Its capital, Atlantis, was designed to participate in both the land and the sea: alternate earth and water rings were arranged concentrically around a central island that communicated with the sea through a wide navigable canal. The outer wall, white and black, enclosed three other walled enclosures: one of red stone, one of bronze on the outside and tin on the inside, and the last, which surrounded the acropolis, covered with orichalcum, a precious metal as bright as fire, that was only found on the island.
The royal palace of Atlantis …
The supposed submerged continent Mu inspired, on the other hand, a quite remarkable subliteratura atlántida. By 1926, the inventor and mythographer James Churchward (1851-1936) published The Lost Continent of Mu, the cradle of humanity, in which he claimed to have deciphered the annals of Mu in tablets until then jealously guarded by the priests of a monastery of India The parallel with the wise Solon of the Platonic dialogues is evident. From the reading of these tablets it was deduced that the Earthly Paradise was not in Asia but in Mu, the continent sunk in the Pacific Ocean. “The biblical story of Creation, the story of the seven days and the seven nights in which God created the world, did not originate, therefore, in the peoples of the Nile and the Euphrates but in this submerged continent, the true cradle of humanity.
So there will be an aria, another in Cádiz, in Jaén and in multiple places of the world by imagination …

Too many scams.
Half a century ago, the history of a rich Nordic collector who was acquiring the pottery of a clandestine excavation located, vaguely, in the province of Almería, circulated in Spanish archaeological circles. The collector, a person of few scruples, accepted the pieces even knowing that they came from a pillage. But one day, when placing one of them in the corresponding showcase, he dropped it carelessly and the piece broke. At the edge of one of the pots appeared a tiny piece of plastic that exposed the fraud: their suppliers had run out of the deposit a long time ago but were industrious people, despite being illiterate, and had managed to continue supplying more and more perfect pieces.
In 1940, in Franco’s idyll with Hitler, the mediocre archaeologist and experienced Falangist Julio Martínez de Santa Olalla studied and published as good a series of Visigothic fibulae that had just left the foundry. Many of these pieces continued on their way to Germany, where Himmler and the Das Ahnenerbe racial research institute were keen to keep track of the Aryan blood through the European expansion of the Visigoths and other Germanic peoples.
A few months later, in June 1941, the police dismantled the workshop that produced the false fibulae and arrested Enrique Galera Gómez, a modest antiquarian, and the artisan Amable Castillo Pozo, who had previously worked at the San Juan Metals Factory. Alcaraz (Riópar, Albacete), where he had learned what was necessary to fuse the Visigothic jewels and give them a convincing old patina.
-And the German specialists and the German laboratories did not notice anything? -The reader will ask himself.
-Nothing. Amable Castillo barely knew how to read, but he dubbed it into German science. The Aryans stung like jerks.

On April 1, 1896, the Louvre Museum exposed its most recent acquisition to the admiration of its visitors: a golden tiara that the Greek colony of Olbia had offered to a Scythian king, “the great and invincible Saitaphernes,” three centuries BC. Or, at least, this was what the inscription of his border declared. The tiara was, in truth, the exquisite work of a skillful goldsmith and, except for a few dents that barely detracted from its beauty, its conservation was remarkably good if one considers that they had passed through it more than two thousand years since it was part of it. of a treasure with which the troubled inhabitants of Olbia had bribed the Scythian king to pass by without plundering his city.
Long lines of people crowded in front of the showcase that displayed the treasure. The Louvre had added “a unique jewel to the diadem of its collection of antiques”, in the words of a gazetteer of the time.
A few days later the rumors began: the arduous German archaeologist Adolf Furtwängler found certain discordances in the tiara in the style of other Scythian gems. Suspicions increased when a minor painter reported that the tiara was the work of an acquaintance of his, the Russian Jewish goldsmith Israel Rouchomovsky.

(The three Etruscan warriors of the Metropolitan of NY) The director of the Metropolitan Museum began to worry. The case was investigated and it was finally learned that the famous statues were the work of a band of professional forgers composed of the potters Teodoro and Virgilio Angelino, Ricardo Riccardi and the aforementioned Alfredo Fioravanti, a former apprentice tailor involved in the flourishing business of restoration and counterfeiting. In 1961 Fioravanti, already an old and only survivor of the old band, received the Metropolitan director and, after attesting to the falsification, explained a series of details that for many years had intrigued the specialists. What position had the missing arm of The Old Warrior? None, because the forgers did not agree on how to put it and in the end decided that it had no arm. How was it explained that the statues did not have ventilation holes? Because they did not need them, since the forgers had to break them to cook the pieces separately. They only had an oven of modest proportions, not those large ovens in which the Etruscans cooked their terracotta. What was the observable disproportion in the body of The Great Warrior? To the lack of perspective, since they did it in a very small room and when they had it finished until the height of the chest they saw that the head did not fit to them.
The final proof was given by old Fioravanti. Incarnate with that work of youth, he had kept in a little box, all his life, the missing thumb of the statue. The director of the museum, warned of this fact, carried with him a plaster cast of the mutilated hand. The finger Fioravanti showed him fit perfectly: it was his.
“The process for fraud detection is simple. The clay loses its radioactive isotopes when cooked, but later, over time, it recovers them. Let us now have a terracotta supposedly Etruscan. The laboratory takes a tiny fragment and heats it to four hundred degrees centigrade. Then it measures the degree of radioactivity and, from this, calculates the age at which the work in question was baked. Only a counterfeiter who has the right means, very expensive, could radiate his work and make it go through much older than it really is.
There are also X-rays. Using them, it was discovered, in 1927, the falsity of the famous Virgin and Child by Giovanni Pisano, an artist of the thirteenth century. In fact, it had been carved in 1916 by a certain Alceo Dossena. X-rays revealed the presence of entirely modern iron nails inside the sculpture.
Some museums or institutions have a laboratory equipped with all kinds of technical resources. Others turn to independent laboratories. Thanks to modern radiocarbon techniques, applied by three laboratories, the most prestigious in the world, it was possible to confirm what was suspected anyway: that the Shroud was false.

Between the eleventh and thirteenth centuries a sudden fervor towards the Virgin Mary was awakened in Europe, even to the detriment of the cult of Jesus Christ and the saints. It seems that the Benedictines fostered this devotion as part of a plan to Christianize prehistoric sanctuaries in which pagan worship was given to caves, springs, trees or stones. In this way they eliminated a competition that the Church had not managed to eradicate in a millennium of exercise.
The images of the Virgin, found in those sanctuaries, always in miraculous circumstances and by shepherds or peasants (never by clerks, collectors or friars), justified the appropriation of the place by the ecclesiastical authority.
The Black Virgins appeared in ancient pagan shrines used to be tiny and reproduced the Byzantine model of the Agia Theotokos or Holy Mother of God, a majestic Virgin holding the Child in the lap or on the left knee, without communicating with him (as will the Gothic Virgins of the later period), limited to serve as the throne, the throne of Divine Wisdom.
The old images of the Black Virgins usually present on a huge base almost always spherical and disproportionate to the image itself, which is usually tiny.
The stones consecrated to the Mother Goddess served to support a Black Virgin or, more rarely, a cross or the image of a saint. A timely legend justifies any association: the Virgin of the Pillar appeared to Santiago on a pillar of stone or column that is exposed to the kiss of the faithful (as the Kaaba of Mecca). In this way, there was no objection to the faithful worshiping the stone that was the support and base of Our Lady. The ecclesiastical hierarchy trusted that, with time, adoration would be transmitted to the superior image, human and maternal, much more attractive than the archaic and inexpressive stone. However, the spherical monolith remained a very special part of the new representation of the Mother Goddess, now transformed into the Mother of Christ. And, as such, more or less disguised, it lasts until our days, although sometimes the sphere has become the base of the cross as we see in El Salvador, the old mosque of Seville.
In Spain today seventy Black Virgins survive, distributed among the seventeen taifas in which the national territory is broken down, but formerly there were many more. Some that were black in origin were replaced by a clear-skinned image when renewing the image; others have been bleached using a restoration. In some, finally, the opposite process has been discovered: they were white and blackened by accident (degraded varnishes) or by the desire to blacken them to attract devotions, pure marketing.
The Black Virgins refer us to cults that are lost in the night of time, to rites that survive tinged with folklore or festivity. The ancient memory of this old town knows the virtue of the old sanctuaries, knows that the love of life can be manifested under different and even contradictory forms, even though the modern usurpers of the old sanctuaries try to repress them.

In 841, the Vikings traced the river courses of the Seine Valley and looted and burned Rouen. A few years later it was the turn of Paris. Descending through the Garonne, they reached Toulouse. Probably people from the same expedition landed on the Asturian coast, at the height of Gijón. The Chronicle Albeldense registers it punctually: The tempore lordomanii primi in Asturias venerunt. This time it seems that the Vikings found the last of their shoe in the Asturian King Ramiro I, whose expeditious justice consisted in blinding the thieves and burning those who practiced magic. Ramiro I rejected the Normans, although he could not avoid that some detachments disembarked near La Coruña and devastated the region.
In September of 844 they reached the Isla Menor, not far from Seville. In Coria del Río the population was put to the sword, which caused a wave of panic in the region and the evacuation of Seville by a good part of its inhabitants, who left the city to take refuge in Carmona, under the protection of its excellent walls, and in other places of the sierra. On the first of October the Vikings attacked Seville. The Emir’s troops, many of them hastily moved from their northern garrisons, clashed with the Normans and caused them the first major casualties, some seventy dead. But this small disappointment did not stop the blond looters.
Abderramán II had requested aid to the Banu Muza of Tudela and to the Aragonese muladíes. New troops arrived to strengthen their army. The Vikings, prudently, fortified themselves in Tejada and there they suffered their first defeat.
The Vikings showed a weak point. Excellent warriors in individual combat, body to body, lost much of their effectiveness when they were forced to confront army corps organized for the common struggle.
In any case, since they were also merchants, the Normans negotiated when it was convenient. Some of them converted to Islam and settled on the Isla Menor of the Guadalquivir, where they lived peacefully from raising cattle and making cheese. Other groups continued their attacks and looted Niebla, the Algarve and Beja.
In 968, or shortly after, an expedition departed from Normandy attacked the Cantabrian coast and sacked Santiago de Compostela. It would not be long before contact with French culture, on the one hand, and its inevitable conversion to Christianity, on the other, tempered the fierceness of these southern Vikings.
In 1016 there is an attack on the Galician coasts during which the Bishop of Tuy was captured with all his flocks.
The last important piratical expedition against the Spanish coasts happened half-full the century but it met with the hardened troops of Crescenio, bishop of Santiago, and did not reach the profits that hoped. By this time, the Norman leader Roger de Toeni, in the service of Ermesinda, Countess regent of Barcelona, ​​fought against the Muslims in the Levant and the Balearic Islands. Another Viking contingent participated in the conquest of Barbastro (1064).
Even today, Nordic archaeologists discover, in the villages they excavate, treasures of Byzantine or Andalusian coins, these in smaller quantities.

The true value of the Solomon’s Table was spiritual: a hieroglyphic drawn on its lid enclosed the secret name of God, the Shem Shemaforash, the secret and holy word that, once a year, on appointed date, the High Priest of Israel whispered before the Ark of the Covenant to renew the Covenant between God and humanity.
The Ark of the Covenant and the Table of Solomon were confined to the Devir, Kodesh HaKodashim or sancta santorum of the temple, a windowless, low-ceilinged room, which only the High Priest agreed to, after putting on the twelve o’clock breastplate stones (the tribes of Israel), anointing with the blood of a sacrificial lamb and wrapped in a cloud of incense, necessary precautions so that the mere presence of God would not annihilate him.
Besides the High Priest, a second person knew the Shem Shemaforash: the Master of the Name or Baal Shem that the High Priest had appointed to succeed him. In this way the word was avoided if the High Priest perished.

Christopher Columbus is proven to be Genoese, he did not speak any language correctly; although he spoke several, a limitation quite widespread among the sailors of his time.
In terms of vocabulary, the admiral was eclectic and almost Esperantist. He used indistinct words that could be understood in as many languages ​​as possible.
Was it Jewish Columbus?
It has been speculated that his mystery was that he concealed that origin, that he had immediately become a suspect, especially in Spain, where his supporters, the Catholic Monarchs, had just expelled the Jews.
No, Columbus was a practicing Catholic. Maybe the mother descended from Jews, like so many other people in Italy of her time, but he was the son and grandson of Christians. The concealment he makes of his life is simply a matter of prestige: he does not want the nobles, among whom he is making his way, to know that he comes from a very humble family.
Columbus, before discovering America, was a nobody.
In 1877, during repairs in the main chapel of the Cathedral of Santo Domingo, a box of bones appeared with the inscription: “Illustrious and enlightened man, Don Cristóbal Colón, discoverer of America, first admiral”.
To whom did the remains then move to Havana first and to Seville later? Many Dominicans believe that they were the son of Columbus. Others believe that the real remains of Columbus are those that are kept in the imposing Sevillian mausoleum.

One of the titles of Philip II (1527-1598) was king of Jerusalem. For him it was more than a mere honorific distinction. I aspired to be a second Solomon. In fact, the artists sometimes represented the biblical Solomon with the traits of Philip II.
The great work of Solomon had been the Temple of Jerusalem. This building designed by God himself (precise measurements appear in the Bible, revealed word) amounted to a quabbalistic treatise in stone, a necessarily unique and perfect area. It is understandable that the new Solomon, Philip II, intended to reproduce it in the temple of El Escorial. But there was a problem: if they reproduced it in the exact proportions recorded in the Bible, it was a rather modest building, a sort of quadrangular ship, 55 meters long, 28 wide and 15 high, with a main door flanked by two columns, Jakim and Boaz, 12 meters high. Next to the great Gothic cathedrals that already existed in Europe was going to turn out to be a building without greater merit, a haystack.
The architects resorted to the so-called “Second Temple”, the one built by Herod the Great even in the time of Christ.
The Renaissance architecture of El Escorial tries to harmonize with the cosmic order, turning the whole building into an accumulator and dispenser of energy. The architect Juan de Herrera worked according to the Pythagorean notion of the music of the spheres that establishes the harmony existing between the celestial bodies. In El Escorial we discover two omnipresent elements, the sphere and the cube. The sphere, symbol of the Earth itself or of the Primordial Egg of Creation, is an oboson or sacred object worshiped since prehistory within the cave or matrix of the earth. The sphere is visible, mobile and feminine, “the unity, infinite essence, uniformity and justice of God,” according to Palladio. The cube or hexahedron presents the Earth as an element and the supremum numen, fundamental concept of Pythagorean-Platonic thought and architecture of divine origin, becomes the invisible essence of that sphere, inscribed in it. In fact, the foundational stone or primarius lapis of El Escorial was precisely a cubic stone on which several bishops developed a complex propitiatory ceremony.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s

This site uses Akismet to reduce spam. Learn how your comment data is processed.