Templarios, Griales, Vírgenes Negras Y Otros Enigmas De La Historia — Juan Eslava Galán

Como todos los libros de este autor muy didáctico, ameno y que debo decir es de mis escritores favoritos y que releo cada cierto tiempo sacando los colores a nosotros los humanos.
En el siglo X, el mapa político del mundo alcanzó cierta estabilidad. Después de las conquistas islámicas, el Mediterráneo quedaba escindido en dos bloques: al sur, los musulmanes que ocupaban Oriente Medio, el norte de África y parte de la península Ibérica; al norte, los cristianos, que se extendían por el resto de la península Ibérica, Europa y Asia Menor.
La economía se recuperaba. Crecían las ciudades, aumentaba la población, se roturaban nuevas tierras para cultivo, se abrían mercados, había más dinero para adquirir bienes de consumo y mercancías de lujo…
Los ricos armadores y comerciantes de Venecia, Génova y Pisa fletaban sus naves para traer productos exóticos procedentes de Oriente. Las caravanas que cruzaban la antigua ruta de la seda, desde China, y las rutas de las especias, por mares y desiertos, eran cada vez más numerosas.
Con el dinero nació el turismo. En el siglo XI se pusieron de moda las peregrinaciones a lugares sagrados, especialmente a Roma, a Santiago de Compostela y a los Santos Lugares en los que transcurrió la vida, pasión y muerte de Jesucristo. Algunos peregrinos emprendían el camino como penitencia, para expiar grandes pecados; otros, por simple devoción, que a menudo disimulaba un afán por ver mundo.
Las tornas cambiaron cuando, mediado el siglo, los intolerantes turcos selyúcidas se apoderaron del califato y dejaron de proteger a los peregrinos cristianos. Por toda la cristiandad se divulgaron noticias, a menudo exageradas, de los sufrimientos padecidos por pacíficos peregrinos cristianos a manos de aquellos bárbaros.
¿Por qué no rescatamos Tierra Santa de manos de los infieles y restablecemos la seguridad en las rutas de peregrinación? Ésa fue la excusa religiosa de las Cruzadas.

Podríamos establecer un cierto paralelismo entre la situación política que propició las Cruzadas y la creación del moderno Estado de Israel. En los dos casos resultaba vital para los intereses económicos de Occidente el dominio de aquella región geoestratégica. En la Edad Media estos intereses se cifraban, principalmente, en las rutas del comercio; hoy se trata de controlar el petróleo y sus dividendos que los países productores invierten en el mercado de armas de Occidente. En los dos casos, curiosamente, la solución ha consistido en implantar un país occidental (por su mentalidad, instituciones, costumbres y modo de vida) en el sensible flanco de un mundo musulmán hostil a Occidente.

Está fuera de duda que la orden del Temple se enriqueció rápidamente gracias a la protección que recibía de papas y reyes y a las cuantiosas donaciones de los devotos. Existía incluso el acto de donarse al Temple, similar al moderno leasing que practican ciertas entidades financieras. El donado disfrutaba en vida de una serie de beneficios fiscales y espirituales así como de la protección de la orden. A cambio, la orden heredaba sus propiedades cuando fallecía.
En 1171, cuando se proclamó sultán Saladino, un excelente estratega y un inteligente estadista que derrotaría repetidamente a los cristianos. Consciente de que la supervivencia del enclave cristiano en Tierra Santa dependía del esfuerzo de templarios y hospitalarios había prometido: «Purificaré la tierra de esas órdenes inmundas». Pero los templarios demostraron ser un cumplido enemigo para Saladino. En 1177 ayudaron decisivamente a Balduino IV a derrotarlo en Monte Guisard.
La situación de los templarios era mucho más delicada. El Temple se fundó para escoltar a los peregrinos entre Jaffa y Jerusalén. Perdido el dominio de aquella ruta, no quedaba función alguna que justificara el mantenimiento de la orden. Las altas jerarquías debieron de considerar la posibilidad de derivar el esfuerzo de su organización hacia misiones de asistencia en Chipre, pero ¿acaso no quedaban éstas suficientemente atendidas por los hospitalarios? Por otra parte, la potencia naval de éstos cubría con creces los requerimientos de los peregrinos que escogieran la vía marítima (la terrestre había sido virtualmente abandonada). Los templarios tuvieron que aceptar la realidad: no tenían nada que hacer en Oriente.
En Occidente, el magno edificio de la orden parecía sólido a pesar de que la disciplina y el celo de los hermanos se habían relajado bastante.

Momentos delicados con la Inquisición. Comenzó el proceso. Los inquisidores de los distintos tribunales provinciales llenaron pliegos con las confesiones de los hermanos, unas espontáneas y otras forzadas por la tortura. El cuestionario inquisitorial constaba de los siguientes puntos:
1. Que renegaban de Cristo y escupían sobre la cruz en la ceremonia de admisión en la orden.
2. Que en esta ceremonia se intercambiaban besos obscenos.
3. Que los sacerdotes de la orden omitían las palabras de la consagración en la misa.
4. Que practicaban la sodomía.
5. Que adoraban ídolos.
6. Que se confesaban mutuamente y que el presidente del capítulo perdonaba los pecados.

El mito templario, vertido en los moldes espiritualistas de la masonería y ataviado con sus románticas galas, fascinó a las clases ilustradas y burguesas de Europa. Surgieron por doquier logias masónicas que, en un ambiente de rivalidad y descarada competencia, no vacilaron en multiplicar las jerarquías y grados ni en idear unos rituales cada vez más espectaculares y complejos. Todo ello produjo sustanciosos beneficios a varios charlatanes entre los que destaca Samuel Rosa, pastor luterano y rector de la catedral de Berlín en 1757.
La nueva visión de los templarios gozó de crédito entre los intelectuales liberales de fin de siglo, todos ellos furibundos anticlericales que de este modo explicaban la persecución de la orden por los tradicionales poderes represivos de su tiempo, la Iglesia y la monarquía. La sinarquía constituiría el reconocido ideal de muchas sectas masónicas del siglo XX.
Las logias masónicas brotaron como hongos en el primer tercio del siglo XX en toda Europa, España incluida. La disputa por el mercado las arrastró a multiplicar las jerarquías y grados y a idear unos rituales cada vez más espectaculares y complejos y unas doctrinas cada vez más descabelladas, y, a menudo, contradictorias, que se enriquecieron con los más pintorescos aportes de la arqueología y del esoterismo ocultista.
Dentro de la diversidad de las sectas templarias que florecieron en la Restauración hubo una logia española de carácter cristiano, los «Doce Apóstoles», vigente hasta la primera guerra mundial, acontecimiento histórico que, al parecer, provocó el desánimo y la disolución del grupo. El objetivo de los Doce Apóstoles consistía en la búsqueda o en la custodia del cabalístico Nombre Secreto de Dios impreso en la Mesa de Salomón. Los Doce Apóstoles solían reunirse en las capillas de algunos castillos andaluces (Aracena, en Huelva; La Iruela, en Jaén) que, desde entonces, se tienen popularmente por templarios.

Mito Atlántida
Un sacerdote egipcio le contó esta historia al griego Solón y él la transmitió a sus descendientes en Grecia. Una vez, hace muchas generaciones, existió una isla enorme llamada «la Atlántida». Era un paraíso en la Tierra: clima apacible, espesos bosques, fértiles campos, variedad de frutos, fauna abundante, subsuelo rico en metales…
Los atlantes, así llamamos a los habitantes de la isla, residían en ciudades bien urbanizadas y dotadas de cómodas viviendas y baños. Su capital, Atlantis, estaba diseñada de manera que participaba tanto de la tierra como del mar: anillos de tierra y agua alternos se disponían concéntricamente en torno a una isla central que comunicaba con el mar a través de un ancho canal navegable. La muralla exterior, blanca y negra, encerraba otros tres recintos murados: uno de piedra roja, otro de bronce por fuera y estaño por dentro, y el último, que rodeaba la acrópolis, revestido de oricalco, un metal precioso brillante como el fuego, que sólo se encontraba en la isla.
El palacio real de Atlántida…
El supuesto continente sumergido Mu inspiró, por su parte, una subliteratura atlántida bastante notable. Hacia 1926, el inventor y mitógrafo James Churchward (1851-1936) publicó El continente perdido de Mu, cuna de la humanidad, en el que aseguraba haber descifrado los anales de Mu en unas tabletas hasta entonces celosamente guardadas por los sacerdotes de un monasterio de la India. El paralelo con el sabio Solón de los diálogos platónicos es evidente. De la lectura de estas tabletas se deducía que el Paraíso Terrenal no estuvo en Asia sino en Mu, el continente hundido en el océano Pacífico. «La historia bíblica de la Creación, el relato de los siete días y las siete noches en que Dios creó el mundo, no se originó, por lo tanto, en los pueblos del Nilo y el Éufrates sino en este continente sumergido, la verdadera cuna de la humanidad.
Así existirá una aria, otra en Cádiz, en Jaén y en múltiples lugares del mundo por la imaginación…

Demasiados timos.
Hace medio siglo circuló en medios arqueológicos españoles la historia de un rico coleccionista nórdico que estaba adquiriendo la cerámica de una excavación clandestina localizada, vagamente, en la provincia de Almería. El coleccionista, persona de pocos escrúpulos, aceptaba las piezas aun conociendo que procedían de un expolio. Pero un buen día, al colocar una de ellas en la vitrina correspondiente, la dejó caer por descuido y la pieza se rompió. En el borde de uno de los tiestos apareció un minúsculo pedacito de plástico que puso al descubierto el fraude: a sus proveedores se les había agotado el yacimiento hacía ya mucho tiempo pero eran gente industriosa, a pesar de ser analfabetos, y se las habían ingeniado para seguir suministrándole piezas cada vez más perfectas.
En 1940, en pleno idilio de Franco con Hitler, el mediocre arqueólogo y avezado falangista Julio Martínez de Santa Olalla estudió y publicó como buenas una serie de fíbulas visigodas que terminaban de salir del taller de fundición. Muchas de estas piezas siguieron su camino hacia Alemania, donde Himmler y el instituto de investigaciones raciales Das Ahnenerbe estaban interesadísimos en seguir la pista de la sangre aria a través de la expansión europea de los visigodos y otros pueblos germanos.
Unos meses más tarde, en junio de 1941, la policía desmanteló el taller que producía las falsas fíbulas y detuvo a Enrique Galera Gómez, modesto anticuario, y al artesano Amable Castillo Pozo, que anteriormente había trabajado en la Fábrica de Metales de San Juan de Alcaraz (Riópar, Albacete), donde había aprendido lo necesario para fundir las joyas visigodas y darles una convincente pátina antigua.
—Y los especialistas alemanes y los laboratorios germanos ¿no notaron nada? —Se preguntará el lector.
—Nada. Amable Castillo apenas sabía leer, pero se la metió doblada a la ciencia germana. Los arios picaron como pardillos.

El primero de abril de 1896, el Museo del Louvre expuso a la admiración de sus visitantes su adquisición más reciente: una tiara de oro que la colonia griega de Olbia había ofrecido a un rey escita, «el gran e invencible Saitafernes», tres siglos antes de Cristo. O, al menos, esto era lo que declaraba la inscripción de su orla. La tiara era, en verdad, el exquisito trabajo de un hábil orfebre y, salvo unas cuantas abolladuras que apenas le restaban belleza, su conservación era notablemente buena si se tiene en cuenta que habían pasado por ella más de dos mil años desde que formó parte de un tesoro con el que los atribulados habitantes de Olbia habían sobornado al rey escita para que pasara de largo sin saquear su ciudad.
Largas colas de personas se agolparon frente a la vitrina que exhibía el tesoro. El Louvre había añadido «una joya única a la diadema de su colección de antigüedades», en palabras de un gacetillero de la época.
A los pocos días comenzaron los rumores: el picajoso arqueólogo alemán Adolf Furtwängler encontraba ciertas discordancias en la tiara con el estilo de otras joyas escitas. Las sospechas aumentaron cuando un pintor de poca monta denunció que la tiara era obra de un conocido suyo, el orfebre judío ruso Israel Rouchomovsky.

(Los tres guerreros etruscos del Metropolitano de NY) El director del Museo Metropolitano empezó a preocuparse. Se investigó el caso y finalmente se supo que las famosas estatuas eran obra de una banda de falsificadores profesionales integrada por los ceramistas Teodoro y Virgilio Angelino, Ricardo Riccardi y el ya mencionado Alfredo Fioravanti, un antiguo aprendiz de sastre metido en el floreciente negocio de la restauración y la falsificación. En 1961 Fioravanti, ya anciano y único superviviente de la antigua banda, recibió al director del Metropolitano y, después de dar fe de la falsificación, le explicó una serie de detalles que durante muchos años habían intrigado a los especialistas. ¿Qué postura tenía el brazo desaparecido de El guerrero viejo? Ninguna, porque los falsificadores no se pusieron de acuerdo sobre cómo colocárselo y al final decidieron que no tuviera brazo. ¿Cómo se explicaba que las estatuas no tuvieran agujeros de ventilación? Porque no los necesitaban, ya que los falsificadores tuvieron que romperlas para cocer los pedazos por separado. Ellos sólo disponían de un horno de modestas proporciones, no de aquellos grandes hornos en los que los etruscos cocían sus terracotas. ¿A qué se debía la desproporción observable en el cuerpo de El gran guerrero? A la falta de perspectiva, puesto que lo hicieron en una habitación muy pequeña y cuando lo tenían acabado hasta la altura del pecho vieron que la cabeza no les cabía.
La prueba definitiva la dio el viejo Fioravanti. Encariñado con aquella obra de juventud, había conservado en una cajita, durante toda su vida, el dedo pulgar que faltaba a la estatua. El director del museo, advertido de este hecho, llevaba consigo un molde de escayola de la mano mutilada. El dedo que le mostraba Fioravanti encajaba perfectamente: era el suyo.
“El proceso para la detección de fraudes es sencillo. La arcilla pierde sus isótopos radiactivos al cocerse, pero después, con el tiempo, los va recuperando. Tengamos ahora una terracota pretendidamente etrusca. El laboratorio toma un fragmento minúsculo y lo calienta a cuatrocientos grados centígrados. Después mide su grado de radiactividad y, a partir de éste, calcula la edad en que hornearon la obra en cuestión. Sólo un falsificador que contara con los medios adecuados, carísimos, podría irradiar su obra y hacerla pasar por mucho más antigua de lo que en realidad es.
También existen los rayos X. Valiéndose de ellos se descubrió, en 1927, la falsedad de la famosa Virgen con Niño de Giovanni Pisano, un artista del siglo XIII. En realidad, la había tallado en 1916 un tal Alceo Dossena. Los rayos X revelaron la presencia de clavos de hierro enteramente modernos en el interior de la escultura.
Algunos museos o instituciones disponen de laboratorio equipado con toda clase de recursos técnicos. Otros recurren a laboratorios independientes. Gracias a las modernas técnicas del radiocarbono, aplicadas por tres laboratorios, los más prestigiosos del mundo, se pudo confirmar lo que de todas maneras se sospechaba: que la Sábana Santa era falsa.

Entre los siglos XI y XIII se despertó en Europa un súbito fervor hacia la Virgen María, incluso en detrimento del culto de Jesucristo y de los santos. Parece que los benedictinos fomentaron esta devoción como parte de un plan para cristianizar santuarios prehistóricos en los que se rendía culto pagano a cuevas, manantiales, árboles o piedras. De este modo eliminaban una competencia que la Iglesia no había conseguido desarraigar en un milenio de ejercicio.
Las imágenes de la Virgen, halladas en aquellos santuarios, siempre en circunstancias milagrosas y por pastores o campesinos (nunca por escribanos, recaudadores ni frailes), justificaban la apropiación del lugar por la autoridad eclesiástica.
Las Vírgenes Negras aparecidas en antiguos santuarios paganos solían ser diminutas y reproducían el modelo bizantino de la Agia Theotokos o Santa Madre de Dios, una Virgen mayestática que sostiene al Niño en el regazo o sobre la rodilla izquierda, sin comunicarse con él (como harán las Vírgenes góticas del periodo posterior), limitándose a servirle de trono, el trono de la Sabiduría Divina.
Las imágenes antiguas de las Vírgenes Negras suelen presentarla sobre una descomunal peana casi siempre esférica y desproporcionada respecto a la imagen misma, que suele ser minúscula.
Las piedras consagradas a la Diosa Madre sirvieron para soportar una Virgen Negra o, más raramente, una cruz o la imagen de un santo. Una oportuna leyenda justifica cualquier asociación: la Virgen del Pilar se apareció a Santiago encima de un pilar de piedra o columna que está expuesto al beso de los fieles (como la Kaaba de La Meca). De este modo, no había reparo en que los fieles adorasen la piedra que era sustento y peana de Nuestra Señora. La jerarquía eclesiástica confiaba en que, con el tiempo, la adoración se transmitiría a la imagen superior, humana y maternal, mucho más atractiva que la arcaica e inexpresiva piedra. Sin embargo el monolito esférico siguió constituyendo parte muy especial de la nueva representación de la Diosa Madre, convertida ahora en Madre de Cristo. Y, como tal, más o menos disimulada, perdura hasta nuestros días, aunque a veces la esfera se ha convertido en peana de la cruz como vemos en El Salvador, antigua mezquita mayor de Sevilla.
En España sobreviven hoy unas setenta Vírgenes Negras, repartidas entre las diecisiete taifas en las que se descompone el territorio nacional, pero antiguamente fueron muchas más. Algunas que eran negras en origen se sustituyeron por una imagen de tez clara al renovar la imagen; otras, se han blanqueado aprovechando una restauración. En algunas, finalmente, se ha descubierto el proceso contrario: eran blancas y las ennegrecieron por accidente (barnices degradados) o por el deseo de ennegrecerlas para concitar devociones, puro marketing.
Las Vírgenes Negras nos remiten a cultos que se pierden en la noche de los tiempos, a ritos que sobreviven teñidos de folclore o de fiesta. La memoria antigua de este pueblo viejo conoce la virtud de los antiguos santuarios, sabe que el amor a la vida puede manifestarse bajo distintas y hasta contradictorias formas, por más que los modernos usurpadores de los antiguos santuarios se esfuercen en reprimirlas.

En 841, los vikingos remontaron los cursos fluviales del valle del Sena y saquearon e incendiaron Rouen. A los pocos años le tocó el turno a París. Descendiendo por el Garona, llegaron hasta Toulouse. Probablemente fueran gentes de la misma expedición los que desembarcaron en el litoral asturiano, a la altura de Gijón. La Crónica Albeldense lo registra puntualmente: El tempore lordomanii primi in Asturias venerunt. Esta vez parece que los vikingos encontraron la horma de su zapato en el rey asturiano Ramiro I, aquel cuya expeditiva justicia consistía en cegar a los ladrones y quemar a los que practicaban la magia. Ramiro I rechazó a los normandos, aunque no pudo evitar que algunos destacamentos desembarcaran cerca de La Coruña y devastaran la comarca.
En septiembre de 844 alcanzaron la Isla Menor, no lejos de Sevilla. En Coria del Río pasaron a cuchillo a la población, lo que provocó una ola de pánico en la comarca y la evacuación de Sevilla por buena parte de sus habitantes, que abandonaron la ciudad para refugiarse en Carmona, al amparo de sus excelentes murallas, y en otros lugares de la sierra. El primero de octubre los vikingos atacaron Sevilla. Las tropas del emir, muchas de ellas trasladadas precipitadamente desde sus guarniciones del norte, se enfrentaron con los normandos y les causaron las primeras bajas importantes, unos setenta muertos. Pero esta pequeña contrariedad no detuvo a los rubios saqueadores.
Abderramán II había solicitado ayuda a los Banu Muza de Tudela y a los muladíes aragoneses. Llegaron nuevas tropas para reforzar su ejército. Los vikingos, prudentemente, se fortificaron en Tejada y allí sufrieron su primera derrota.
Los vikingos mostraron un punto débil. Excelentes guerreros en combate individual, cuerpo a cuerpo, perdían gran parte de su eficacia cuando se veían obligados a enfrentarse a cuerpos de ejército organizados para la lucha en común.
En cualquier caso, como también eran mercaderes, los normandos negociaban cuando convenía. Algunos se convirtieron al islam y se establecieron en la Isla Menor del Guadalquivir, donde vivieron pacíficamente de la cría de ganado y de la fabricación de quesos. Otros grupos continuaron sus ataques y saquearon Niebla, el Algarve y Beja.
En 968, o poco después, una expedición partida de Normandía atacó el litoral cantábrico y saqueó Santiago de Compostela. No pasaría mucho tiempo antes de que el contacto con la cultura francesa, por una parte, y su inevitable conversión al cristianismo, por otra, atemperaran la fiereza de estos vikingos meridionales.
En 1016 se registra un ataque a las costas gallegas durante el cual el obispo de Tuy fue capturado con todos sus rebaños.
La última expedición pirática de importancia contra las costas españolas acaeció mediado el siglo pero topó con las aguerridas tropas de Crescenio, obispo de Santiago, y no alcanzó las ganancias que esperaba. Por este tiempo, el caudillo normando Roger de Toeni, al servicio de Ermesinda, condesa regente de Barcelona, combatió contra los musulmanes en Levante y las Baleares. Otro contingente vikingo participó en la conquista de Barbastro (1064).
Todavía hoy, los arqueólogos nórdicos descubren, en los poblados que excavan, tesoros de monedas bizantinas o andalusíes, éstas en menor cantidad.

El verdadero valor de la Mesa de Salomón era espiritual: un jeroglífico dibujado en su tapa cifraba el nombre secreto de Dios, el Shem Shemaforash, la palabra secreta y santa que, una vez al año, en fecha señalada, el Sumo Sacerdote de Israel susurraba ante el Arca de la Alianza para renovar la Alianza entre Dios y la humanidad.
El Arca de la Alianza y la Mesa de Salomón estaban confinadas en el Devir, Kodesh HaKodashim o sancta santorum del templo, una estancia sin ventanas, de techo bajo, a la que sólo el Sumo Sacerdote accedía, tras revestirse con el pectoral de las doce piedras (las tribus de Israel), untarse con la sangre de un cordero sacrificial y envolverse en una nube de incienso, precauciones necesarias para que la mera presencia de Dios no lo aniquilara.
Además del Sumo Sacerdote, una segunda persona conocía el Shem Shemaforash: el Maestro del Nombre o Baal Shem que el Sumo Sacerdote hubiera designado para sucederlo. De este modo se evitaba que la palabra se perdiera si el Sumo Sacerdote perecía.

Cristóbal Colón está probado era genovés, no hablaba correctamente ningún idioma; aunque chapurreaba varios, una limitación bastante extendida entre los marinos de su tiempo.
En lo que se refiere al vocabulario, el almirante era ecléctico y casi esperantista. Usaba indistintamente palabras que se entendieran en el mayor número de idiomas posibles.
¿Era Colón judío?
Se ha especulado que su misterio consistía en que ocultaba ese origen, que lo hubiera convertido inmediatamente en sospechoso, especialmente en España, donde sus valedores, los Reyes Católicos, acababan de expulsar a los judíos.
No, Colón era católico practicante. Puede que la madre descendiera de judíos, como tanta otra gente en la Italia de su tiempo, pero él era hijo y nieto de cristianos. La ocultación que hace de su vida es simplemente cuestión de prestigio: no quiere que los nobles, entre los que se está abriendo paso, sepan que procede de una familia humildísima.
Colón, antes de descubrir América, era un don nadie.
En 1877, durante unas reparaciones en la capilla mayor de la catedral de Santo Domingo, apareció una caja de huesos orlada con la inscripción: «Ilustre y esclarecido varón don Cristóbal Colón, descubridor de América, primer almirante».
¿A quién pertenecían entonces los restos trasladados a La Habana primero y a Sevilla después? Muchos dominicanos creen que eran los del hijo de Colón. Otros creen que los verdaderos restos de Colón son los que se guardan en el imponente mausoleo sevillano.

Uno de los títulos de Felipe II (1527-1598) era rey de Jerusalén. Para él era algo más que una mera distinción honorífica. Aspiraba a ser un segundo Salomón. De hecho, los artistas representaban a veces el Salomón bíblico con los rasgos de Felipe II.
La gran obra de Salomón había sido el Templo de Jerusalén. Este edificio diseñado por el propio Dios (las medidas precisas aparecen en la Biblia, palabra revelada) equivalía a un tratado cabalístico en piedra, un ámbito necesariamente único y perfecto. Es comprensible que el nuevo Salomón, Felipe II, se propusiera reproducirlo en el templo de El Escorial. Pero había un problema: si lo reproducían en las proporciones exactas consignadas en la Biblia, resultaba un edificio más bien modesto, una especie de nave cuadrangular, de 55 metros de largo, 28 de ancho y 15 de alto, con una puerta principal flanqueada por dos columnas, Jakim y Boaz, de 12 metros de altura. Al lado de las grandes catedrales góticas que ya existían en Europa iba a resultar un edificio sin mayor mérito, un pajar.
Los arquitectos recurrieron al llamado «Segundo Templo», el construido por Herodes el Grande ya en tiempos de Cristo.
La arquitectura renacentista de El Escorial intenta armonizar con el orden cósmico, convirtiendo todo el edificio en un acumulador y dispensador de energía. El arquitecto Juan de Herrera trabajaba según la noción pitagórica de la música de las esferas que establece la armonía existente entre los cuerpos celestiales. En El Escorial descubrimos dos elementos omnipresentes, la esfera y el cubo. La esfera, símbolo de la propia Tierra o del Huevo Primordial de la Creación, es un obosón u objeto sagrado adorado desde la prehistoria dentro de la cueva o matriz de la tierra. La esfera es visible, móvil y femenina, «la unidad, esencia infinita, uniformidad y justicia de Dios», según Palladio. El cubo o hexaedro presenta a la Tierra como un elemento y el supremum numen, concepto fundamental del pensamiento pitagórico-platónico y de la arquitectura de origen divino, viene a ser la esencia invisible de esa esfera, inscrita en ella. De hecho, la piedra fundacional o primarius lapis de El Escorial fue precisamente una piedra cúbica sobre la que varios obispos desarrollaron una compleja ceremonia propiciatoria.

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