El Mercado Contra La Ciudad. Sobre Globalización, Gentrificación y Políticas Urbanas — VV.AA. / The Market Against The City. On Globalization, Gentrification and Urban Policies by Authors

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Sin duda de este libro me quedo con una idea, la revolución del siglo XX será urbana o no será. En todo el planeta, el reciente ciclo contra el neoliberalismo se ha concentrado en la defensa de la tierra, del agua o de los servicios públicos. En el centro está la lucha por el territorio, entendido como el entramado de recursos, relaciones sociales y formas de producción en el que damos forma a nuestras vidas (Zibechi, 2008). Y ese territorio tiende a coincidir cada vez más con las ciudades, espacios complejos, mezcla heterogénea de culturas, poblaciones, intereses, conocimientos y capacidades. Pero las ciudades no solo se extienden en población, extensión y relevancia. Más allá de su apetito devorador de suelo y de los espacios «naturales», que han quedado subordinados como proveedores de materias primas y receptores de desechos (Naredo, 2003), la regulación de la producción actual extiende y amplía lo urbano hasta cubrir prácticamente todo el planeta.
En este proceso, las ciudades han crecido en densidad y extensión, pero también han cambiado sus funciones.

Es muy importante entender el proceso de gentrificación —y el fundamental papel que en este juega el mundo del arte— si no queremos convertimos en aliados de las fuerzas que actúan detrás de esta destrucción. Las definiciones de gentrificación, mayoritariamente acuñadas por las mismas clases responsables de la gentrificación, describen los momentos de este proceso, pero no el proceso en sí. Para los «urbanistas» la gentrificación es «la transferencia de un lugar de una clase a otra, implique o no cambios físicos». Para los medios de comunicación se trata de un «renacimiento de la ciudad de Nueva York». Sin embargo, para un miembro de una minoría urbana, «la gentrificación es el proceso mediante el cual los blancos “reclaman” los centros urbanos desplazando a las comunidades de latinoamericanos y negros…
Los problemas de los pobres sin techo, existentes en todas partes de la escena artística del East Village, son mitologizados, explotados y finalmente ignorados. Una vez que los pobres han sido estetizados, la pobreza misma desaparece de nuestro campo de visión. Imágenes como Holbein and the Bum disfrazan la existencia literal de miles de desplazados y sin techo que no son solo consecuencia del capitalismo tardío sino que constituyen sus condiciones. En tanto proceso de expulsión de una clase «inútil», la gentrificación es asistida e instigada por un proceso «artístico» allá dondequiera que la pobreza y los sin techo puedan servir como placer estético.

Las ciudades libran actualmente una dura «guerra por el talento» en la que solo se alcanza la victoria mediante la creación de las «atmósferas personales» valoradas por los creativos, esto es, en entornos urbanos abiertos, diversos, dinámicos y relajados (Florida, 2003c: 27).
Elogiado en ciertos ámbitos como gurú de las ciudades-de-moda y descalificado en otros como charlatán de la nueva economía, Florida ha levantado auténticas olas en las estancadas y salobres aguas de la política para el desarrollo económico urbano. Como ha observado el crítico conservador Steven Malanga , «la noción de que las ciudades deben convertirse en lugares participativos de moda para competir en la economía del siglo XXI se está propagando por la América urbana […] Toda una generación de políticos y planificadores urbanos de izquierda se está volcando en aplicar las ideas de Florida, según las promocionan un puñado de admiradores periodistas acríticos». En el ámbito de la política urbana, que en los últimos tiempos no estaba precisamente abarrotado de ideas nuevas e innovadoras, las estrategias de la creatividad no han tardado en convertirse en las políticas punteras en la medida en que conectan las agendas de desarrollo con un discurso tan singular como prometedor. Paralelamente, estas confluyen de forma sigilosa con los programas de desarrollo «neoliberal» en curso, que vienen definidos por la rivalidad entre ciudades, la sofisticación, el consumo de las clases medias y la marca ciudad.
Las estrategias de la ciudad creativa están basadas en el ámbito neoliberal para el que han sido diseñadas. Al presentar de forma diferente los objetos de la cultura urbana como activos competitivos, los valoran (literalmente) no por sí mismos, sino por su (supuesta) utilidad económica. Para su puesta en práctica, cuentan y trabajan con la gentrificación, concebida como un proceso urbano positivo, al tiempo que elevan a la categoría de norma general resultados selectivos y variables obtenidos en un barrio o en otro totalmente distinto.

De acuerdo con la estrategia discursiva del proyecto neoliberal, que despliega un lenguaje cuidadosamente elaborado para defenderse de las críticas y de la resistencia, y que se organiza en torno a una historia de progreso competitivo (Bourdieu y Wacquant, 2001; Tickell y Peck, 2003), hemos llegado aparentemente a una era de regeneración, revitalización y renacimiento del corazón de las ciudades de la tecnología, el talento y la tolerancia de Richard Florida (2002). Las perspectivas críticas de la gentrificación, bajo las cuales se levantó nuestra comprensión del proceso y sus efectos, se han perdido en un laberinto aliterado.
La expulsión de la perspectiva crítica resulta muy grave para las personas cuyas vidas se ven afectadas por una reinversión diseñada en provecho de la colonización de la clase media de los barrios céntricos. Las evidencias cualitativas establecen, más allá de las controversias, que la gentrificación provoca un trastorno en la comunidad y una carestía de vivienda asequible para la gente de clase trabajadora. ¿Qué otra cosa podría ser más que una crisis, dadas las crecientes desigualdades producidas por el sistema de flujos cambiantes de capital sobre los que la gentrificación florece? Además, y en contraste a lo que los periodistas plantean, informados por investigadores algo menos críticos del proceso, la gentrificación no es lo contrario de, ni el remedio para, la «decadencia» urbana.

El eje principal de la ideología neoliberal es la creencia de que los mercados abiertos, competitivos y «no regulados», liberados de injerencias estatales y de acciones de los colectivos sociales, representan el mecanismo óptimo del desarrollo económico. Aunque el origen intelectual de esta «utopía de explotación ilimitada» (Bourdieu, 1998) se puede rastrear hasta los autores de postguerra Friedich Hayek y Milton Friedman, el neoliberalismo adquirió relevancia por primera vez a finales de los años setenta y principios de los ochenta como una respuesta política estratégica a la sostenida recesión mundial de la década anterior. Frente al descenso de rentabilidad de las industrias tradicionales de producción en masa y la crisis de las políticas del Estado de bienestar keynesiano, los gobiernos nacionales y locales del mundo industrializado comenzaron, tímidamente al principio, a desmantelar los componentes institucionales en los que se basaban los acuerdos de postguerra y a poner en marcha un conjunto de políticas públicas con la intención de expandir la disciplina de mercado, la competencia y la mercantilización a lo largo de todos los sectores de la sociedad.
Las ciudades (y sus zonas suburbanas de influencia) se han convertido en blancos geográficos cada vez más importantes, y también en laboratorios institucionales para diversos experimentos de políticas neoliberales, como el marketing territorial, la creación de nuevas zonas empresariales, la reducción de impuestos locales, el impulso a las iniciativas público-privadas o nuevas formas de promoción local. Recurren para ello a sistemas de prestaciones sociales condicionadas, planes de desarrollo urbano, nuevas estrategias de control social, acciones policiales y de vigilancia y toda una batería de modificaciones institucionales del aparato municipal. La meta última de tales experimentos neoliberales de política urbana es movilizar espacios de la ciudad tanto para el crecimiento económico orientado al mercado, como para fomentar determinadas prácticas de consumo de las élites, asegurando al mismo tiempo el orden y el control de las poblaciones «excluidas».

La urbanización no ha suplantado a la industralización. Todos los productos que alimentan la urbanización están hechos en algún lugar de la economía global. No obstante, el desarrollo inmobiliario urbano —la gentrificación acentuada— se ha convertido en este momento en una fuerza motriz central de la expansión económica urbana, un sector crucial en las nuevas economías urbanas. Una adecuada interpretación teórica del urbanismo neoliberal tendrá que revisar el argumento de Lefebvre.

No doubt about this book I am left with an idea, the twentieth century revolution will be urban or it will not be. Across the globe, the recent cycle against neoliberalism has focused on the defense of land, water or public services. At the center is the struggle for territory, understood as the network of resources, social relations and forms of production in which we shape our lives (Zibechi, 2008). And that territory tends to coincide more and more with cities, complex spaces, a heterogeneous mix of cultures, populations, interests, knowledge and capabilities. But the cities do not only extend in population, extension and relevance. Beyond its devouring appetite for soil and «natural» spaces, which have been subordinated as suppliers of raw materials and waste receptors (Naredo, 2003), the regulation of current production extends and extends the urban to cover almost everything the planet.
In this process, cities have grown in density and extension, but they have also changed their functions.

It is very important to understand the process of gentrification – and the fundamental role that the art world plays in this – if we do not want to become allies of the forces that act behind this destruction. The definitions of gentrification, mostly coined by the same classes responsible for gentrification, describe the moments of this process, but not the process itself. For the «town planners», gentrification is «the transfer of a place from one class to another, whether or not it involves physical changes». For the media it is a «rebirth of the city of New York.» However, for a member of an urban minority, «gentrification is the process by which whites» claim «urban centers displacing Latin American and black communities …
The problems of the homeless poor, existing throughout the East Village art scene, are mythologized, exploited and finally ignored. Once the poor have been aestheticized, poverty itself disappears from our field of vision. Images such as Holbein and the Bum disguise the literal existence of thousands of displaced and homeless people who are not only a consequence of late capitalism but constitute its conditions. As a process of expulsion from a «useless» class, gentrification is assisted and instigated by an «artistic» process wherever poverty and the homeless can serve as aesthetic pleasure.

Cities are currently fighting a tough «war for talent» in which victory is only achieved by creating the «personal atmospheres» valued by creatives, that is, in open, diverse, dynamic and relaxed urban environments (Florida, 2003c: 27).
Praised in certain areas as guru of fashion cities and disqualified in others as a charlatan of the new economy, Florida has raised real waves in the stagnant and brackish waters of the policy for urban economic development. As the conservative critic Steven Malanga has observed, «the notion that cities must become fashionable participatory places to compete in the 21st century economy is spreading through urban America […] A whole generation of urban politicians and urban planners The left is turning to apply the ideas of Florida, as promoted by a handful of uncritical journalist admirers. » In the field of urban policy, which in recent times was not exactly full of new and innovative ideas, creativity strategies have not been slow to become cutting-edge policies to the extent that they connect development agendas with a discourse as unique as it is promising. In parallel, these converge stealthily with the «neoliberal» development programs in progress, which are defined by the rivalry between cities, sophistication, the consumption of the middle classes and the city brand.
The strategies of the creative city are based on the neoliberal scope for which they have been designed. By presenting differently the objects of urban culture as competitive assets, they value them (literally) not for themselves, but for their (supposed) economic utility. For their implementation, they count and work with gentrification, conceived as a positive urban process, while raising to the category of general norm selective and variable results obtained in one neighborhood or in another totally different one.

In accordance with the discursive strategy of the neoliberal project, which deploys a carefully crafted language to defend against criticism and resistance, and which is organized around a history of competitive progress (Bourdieu and Wacquant, 2001, Tickell and Peck, 2003). ), we have apparently arrived at an era of regeneration, revitalization and rebirth of the heart of the cities of technology, talent and tolerance of Richard Florida (2002). The critical perspectives of gentrification, under which our understanding of the process and its effects were lifted, have been lost in an alliterative labyrinth.
The expulsion from the critical perspective is very serious for people whose lives are affected by a reinvestment designed to benefit the colonization of the middle class of the downtown neighborhoods. Qualitative evidence establishes, beyond disputes, that gentrification causes a disruption in the community and a shortage of affordable housing for working class people. What else could be more than a crisis, given the growing inequalities produced by the system of changing capital flows on which gentrification flourishes? Furthermore, and in contrast to what journalists say, informed by researchers who are somewhat less critical of the process, gentrification is not the opposite of, nor the remedy for, urban «decadence».

The main axis of the neoliberal ideology is the belief that open, competitive and «unregulated» markets, freed from state interference and actions of social collectives, represent the optimal mechanism of economic development. Although the intellectual origin of this «utopia of unlimited exploitation» (Bourdieu, 1998) can be traced back to post-war authors Friedrich Hayek and Milton Friedman, neoliberalism became relevant for the first time in the late seventies and early eighties as a strategic political response to the sustained global recession of the previous decade. Faced with the decline in profitability of traditional mass-production industries and the crisis of Keynesian welfare state policies, the national and local governments of the industrialized world began, timidly at first, to dismantle the institutional components on which the post-war agreements and launching a set of public policies with the intention of expanding market discipline, competition and commodification throughout all sectors of society.
Cities (and their suburban areas of influence) have become increasingly important geographical targets, and also institutional laboratories for various experiments in neoliberal policies, such as territorial marketing, the creation of new business zones, the reduction of local taxes , the promotion of public-private initiatives or new forms of local promotion. They resort to conditional social benefit systems, urban development plans, new social control strategies, policing and surveillance actions and a whole series of institutional modifications of the municipal apparatus. The ultimate goal of such neoliberal urban policy experiments is to mobilize spaces in the city for both market-oriented economic growth and to encourage certain consumer practices of the elites, while ensuring order and control of the «excluded» populations. »

Urbanization has not supplanted industrialization. All the products that feed the urbanization are made somewhere in the global economy. However, urban real estate development – accentuated gentrification – has at this time become a central driving force for urban economic expansion, a crucial sector in the new urban economies. An adequate theoretical interpretation of neoliberal urbanism will have to revise Lefebvre’s argument.

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