El Napoleón De Notting Hill — G.K.Chesterton

Este es otro magnífico breve libro donde la ironía y el sarcasmo o diría la locura con las conversaciones de un rey brotan en sus páginas sin problemas a través de una serie de libros nos va hablando y sacando los colores de lo que nos rodea.
La humanidad, niña como es, actúa siempre con porfía y a hurtadillas. Y nunca, desde que el mundo es mundo, ha hecho aquello que los sabios juzgaban inevitable. Se cuenta que lapidaron a los falsos profetas, pero habrían lapidado a los profetas genuinos con deleite mayor y más justificado. Por separado, los hombres pueden parecer más o menos racionales cuando comen, duermen o urden algo. Pero la humanidad en su conjunto es veleidosa, mística, inconstante, encantadora. Los hombres, hombres son; pero el Hombre es una mujer.
Ahora bien, en los albores del siglo XX el juego de «Chotéate del profeta» se complicó más que nunca. Ello era que había entonces tal cantidad de profetas y de profecías, que resultaba difícil mofarse de todas sus ocurrencias. El hombre que había hecho por su cuenta y riesgo algo atrevido y descabellado, quedaba al instante paralizado por la idea atroz de que aquello estuviese ya previsto.

Hay enigmas, a fin de cuentas —dijo—, incluso para el hombre con fe. Quedan dudas incluso después de atada y bien atada la auténtica filosofía. Y aquí nos encontramos con una. ¿La necesidad y la condición humana normales valen más o menos que esos particulares estados del alma vindicadores de glorias dudosas y comprometidas, de esas especiales facultades para el conocimiento o el sacrificio que sólo pueden ser fruto de la existencia del mal? ¿Deberíamos tener en más precio la duradera cordura de la paz o las vesánicas virtudes de la batalla? ¿Deberíamos apreciar más al hombre ducho en lo cotidiano o al que lo es en situaciones imprevistas? Pero, por volver al enigma que nos ocupa, ¿deberíamos inclinarnos antes por el bodeguero que por el boticario? ¿Cuál de ellos será la piedra angular de la ciudad, el caballeroso y célebre boticario o el benévolo bodeguero dador de todo? Ante semejantes dudas primordiales, uno no tiene más alternativa que dejarse llevar por los instintos más elevados y aceptar las consecuencias. De todas formas, mi decisión ya está tomada. Que se me perdone si elijo mal, pero me inclino por el bodeguero.

—¿Para qué están las calles?
—¿Para qué está la comida?. ¿No es obvio? La ciencia militar no es más que sentido común. Las calles están para que nos desplacemos de un lado a otro; por lo tanto, todas las calles confluyen; por lo tanto, la lucha callejera se significa como algo muy peculiar. Ustedes avanzaban por esa colmena de calles como si se hallasen en un espacio abierto donde lo tenían todo al alcance de la vista. Pero, en vez de eso, ustedes avanzaban por las entrañas de una fortaleza con calles que les apuntaban, con calles que los envolvían, que los acosaban, y todas ellas en manos del enemigo.
La risa y el amor están en todas partes. Las catedrales, construidas en tiempos en los que se amaba a Dios, están llenas de grotescos blasfemos. La madre se ríe continuamente de su retoño, el amante de la amada, el marido de la mujer, el amigo del amigo. Auberon Quin, hemos estado separados demasiado tiempo: marchémonos juntos. Tú tienes una alabarda y yo una espada, empecemos nuestro periplo por el mundo. Pues somos sus dos partes esenciales…

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