Breve historia de Inglaterra — G.K.Chesterton / A Short History of England by G.K.Chesterton

Esta es una breve obra de lo mejor del autor, que no me canso de releer cada cierto tiempo y que con ironía e igualmente rigor me parece una obra atemporal leyéndose cuando se requiera y aprendiendo.

La tierra en la que vivimos disfrutó una vez del elevado privilegio poético de ser el fin del mundo. Su extremo era ultima Thule, el más alejado confín de ninguna parte. Cuando los fanales romanos iluminaron por fin a estas islas, perdidas en la noche de los mares norteños, todos sintieron que se había hollado el más remoto rincón de la tierra; y más por orgullo que por verdadero afán de poseerla.
Dicha sensación no era del todo inexacta, ni siquiera geográficamente. Estas regiones en la frontera de todo realmente tenían algo que solo podía definirse como fronterizo. Britania no era tanto una isla como un archipiélago y, como mínimo, un laberinto de penínsulas. En pocos países puede encontrarse con tanta facilidad el mar en la tierra y la tierra en el mar. Los grandes ríos parecen no solo desembocar en el mar, sino perderse entre los montes: todo el país, aunque llano en conjunto, se inclina en altas montañas hacia el oeste; y una tradición prehistórica le ha enseñado a mirar hacia el sol poniente en busca de islas aún más ensoñadoras que la suya. Los isleños están en sintonía con sus islas. Por diferentes que sean las naciones en las que hoy se dividen, los escoceses, los ingleses, los irlandeses, los galeses de las tierras altas occidentales tienen algo que los distingue de la monótona docilidad de los alemanes del interior, o del bon sens français, que puede ser agudo o banal a voluntad. Los britanos tienen algo en común que ni siquiera las Leyes de Unión han logrado deshacer. Su definición más exacta es la inseguridad, algo muy adecuado para unos hombres que pasean sobre acantilados y por el límite de las cosas. La aventura, un deleite solitario por la libertad y un humor poco ingenioso dejan tan perplejos a sus críticos como a ellos mismos. Sus almas son tan intrincadas como sus costas.

Toda la cultura de nuestro tiempo se basa en la idea de «un futuro mejor», mientras que toda la cultura de las Edades Oscuras se basaba en la idea de que «cualquier tiempo pasado fue mejor». Miraban hacia atrás en busca de la luz y hacia delante previendo nuevos males. En nuestro tiempo se ha producido una batalla entre la fe y la esperanza, que tal vez deba ser resuelta por medio de la caridad. Pero la situación era distinta entonces. Esperaban, sí, pero podría decirse que esperaban el ayer. Todos los motivos que impulsan hoy al hombre a ser progresista le empujaban a ser conservador en aquel tiempo: cuanto más pudiera conservar del pasado más podría disfrutar de una ley justa y de un estado libre, cuanto más cediera al futuro más tendría que soportar la ignorancia y los privilegios. Lo que hoy llamamos razón formaba un todo con lo que suele llamarse reacción. Y esta es la clave para entender las vidas de todos los grandes hombres de las Edades Oscuras.

Por alguna extraña circunstancia empleamos la expresión «corto de vista» como una crítica, y en cambio no utilizamos «largo de vista», que, en buena lógica, debería ser una expresión elogiosa. Y sin embargo, tanto tiene de enfermedad visual lo uno como lo otro. Puede decirse con razón, y a modo de rechazo de una modernidad de vía estrecha, que mostrar indiferencia hacia todo lo que es histórico implica cierta cortedad de miras. Pero ser tan largo de miras como para interesarse solo por lo prehistórico no resulta menos desastroso. Y este mal aflige a muchos de esos eruditos que tantean en las tinieblas de épocas sin documentar en busca de las raíces de sus razas o casas favoritas. Las guerras, la esclavitud, los usos matrimoniales primitivos, las migraciones y las masacres en las que se fundan sus teorías, no forman parte ni de la historia ni, siquiera, de la leyenda. Y sería mucho más inteligente fiarse de las leyendas.

La Carta Magna no fue un paso adelante hacia la democracia, sino un paso atrás del despotismo. Si sostenemos esa doble verdad con la suficiente firmeza dispondremos de una clave para comprender el resto de la historia inglesa. Una aristocracia bastante autónoma no solo conquistó sino que a menudo mereció la libertad. Y la historia de Inglaterra podría resumirse de manera sucinta afirmando que, de los tres términos del lema francés «Libertad, igualdad y fraternidad», los ingleses han amado sinceramente el primero y perdido en cambio los otros dos.
Durante las complicaciones del momento pudo hacerse mucho por la Corona y por la nueva agrupación más nacional de la nobleza. Pero aquello no eran más que complicaciones, mientras que un milagro es algo muy sencillo que cualquiera puede comprender.

Cuál es el uso más común, o más habitual, de la palabra «cristiano». Está, por supuesto, el más elevado de todos; pero hoy se dan otros muchos usos. En ocasiones cristiano significa evangélico. Otras veces, sobre todo en tiempos más recientes, significa cuáquero. Y otras veces significa una persona modesta que cree tener cierta semejanza con Cristo. Pero durante mucho tiempo ha tenido para la gente otro significado coloquialmente distinto. En La isla del tesoro, Ben Gunn no le dice a Jim Hawkins: «Me siento desconectado de cierto tipo de civilización», sino que le dice: «No he probado comida cristiana». Las viejas del pueblo que ven pasar a una joven con pantalones y el pelo corto no dicen: «Percibimos cierta divergencia entre su cultura y la nuestra», sino que dicen: «¿Por qué no vestirá como una buena cristiana?».
Los casos de Wallace, Washington y muchos otros se mencionan aquí para introducir una magnanimidad excéntrica que quizá compense algunos de nuestros prejuicios. Hemos cometido muchos errores, pero al menos hemos hecho una cosa buena: le hemos lavado la cara a nuestros peores enemigos. Y si hemos hecho eso con un audaz salteador de caminos escocés y un vigoroso propietario de esclavos virginiano, ¿cómo no íbamos a hacerlo con la figura más pura de la abigarrada procesión de la guerra? Creo que en la Inglaterra moderna se da una especie de entusiasmo generalizado al respecto.

Ni siquiera durante un reinado católico pudo la Iglesia Católica recuperar sus propiedades. El hecho mismo de que María fuese una fanática y, a pesar de todo, un acto de justicia semejante estuviera más allá de los sueños más exaltados de cualquier fanático, es crucial. El carácter de la época se resume en el hecho mismo de que estuviera lo suficientemente furiosa como para cometer injusticias en nombre de la Iglesia, pero que aun así no osara reclamar los derechos de la Iglesia. Le permitieron arrebatarle la vida a la gente más humilde, pero no arrebatarles sus propiedades —o más bien las propiedades de otros— a los más poderosos. Podía castigar la herejía, pero no el sacrilegio. Se vio arrastrada a matar a los que no iban a la iglesia y a perdonar la vida de quienes iban allí a despojarla de sus ornamentos.
La nueva nobleza y la nueva riqueza que esta se negaba a entregar; y el éxito de sus presiones demuestra que la nobleza era ya más poderosa que la Corona. El cetro había servido de palanca para abrir la puerta del tesoro y se había roto o doblado al hacerlo.
También hay algo de verdad en la tradición popular de que, cuando se le devolvió a Francia la última reliquia de las conquistas medievales, la palabra «Calais» quedó grabada en el corazón de la reina.
El esplendor de la era isabelina, que suele describirse como un albor, fue en muchos sentidos un ocaso. Tanto si la consideramos el final del Renacimiento como el final de la vieja civilización medieval, ningún crítico ingenuo negará que sus mayores glorias perecieron con ella. Pregúntesele al lector qué es lo que le parece más llamativo de la magnificencia isabelina y muy probablemente contestará que algo de lo que quedaban pocas huellas en la época medieval y casi ninguna en los tiempos modernos. El teatro isabelino es como una de sus propias tragedias y su tempestuosa antorcha no tardó en ser pisoteada por los puritanos. Es innecesario decir que la principal tragedia fue la eliminación de la comedia, pues la que llegó a Inglaterra después de la Restauración fue, en comparación, fría y extraña.

Se piense o no que la Reforma reformó algo en realidad, hay pocas dudas de que la Restauración no restauró nada realmente. Carlos II nunca fue rey en el sentido antiguo, sino un jefe de la oposición a sus propios ministros. Como era un político inteligente, conservó su puesto oficial, y como su hermano y sucesor fue un político increíblemente estúpido, lo perdió; pero el trono ya era solo un puesto oficial más. En muchos sentidos Carlos II estaba bien dotado para el mundo moderno que acababa de nacer; parece más un hombre del siglo XVIII que del XVII. Era tan ingenioso como un personaje de comedia, y de comedia de Sheridan, no de Shakespeare. Y aún era más moderno cuando disfrutaba del puro experimentalismo de la Royal Society y contemplaba entusiasmado los juguetes que darían lugar a las terribles máquinas de la ciencia. No obstante, tanto él como su hermano tenían dos puntos de contacto con el bando perdedor; y las tensiones que eso provocaba acabaron por echar a perder sus opciones dinásticas. El primero, cuya importancia disminuyó con el paso del tiempo, era, por supuesto, el odio que suscitaba su religión. El segundo, que creció en importancia al aproximarse el nuevo siglo, eran sus lazos con la monarquía francesa. Antes de pasar a otra época mucho más irreligiosa, abordaremos el estudio de las luchas religiosas, cuestión muy enrevesada y nada fácil de seguir.
Los Tudor habían empezado a perseguir a la antigua religión antes de dejar de pertenecer a ella. Se trata de una de esas complejidades de las épocas de transición que solo pueden expresarse mediante contradicciones.
La teoría caníbal de una república capaz por naturaleza de devorar a otras repúblicas se había difundido entre la Cristiandad. Aquella autocracia y nuestra propia aristocracia se acercaron indirectamente, y por un tiempo parecieron unirse en matrimonio; pero no antes de que el gran Bolingbroke hiciera un ademán postrero.

No es posible entender el siglo XVIII mientras consideremos artificial la retórica por el mero hecho de ser artística. En ninguna de las otras artes incurrimos en esa locura. Decimos que un hombre arranca las notas de las teclas de marfil de un piano de madera «con mucho sentimiento», o que derrama su alma rasgando una cuerda de tripa de gato tras un adiestramiento tan minucioso como el de un acróbata. Pero todavía nos incomoda el prejuicio de que la forma y el efecto verbales deben ser hipócritas cuando actúan como vínculo entre algo tan vivo como un hombre y una muchedumbre. Dudamos de las intenciones del orador pasado de moda, porque sus períodos son tan rotundos y afilados que son capaces de transmitir sus sentimientos. Pero antes de criticar a cualquier eminencia del siglo XVIII es preciso admitir su perfecta sinceridad artística. Su oratoria era poesía sin rima, pero tenía la humanidad de la poesía. Ni siquiera carecía de métrica; aquel siglo está lleno de grandes frases, a menudo pronunciadas con motivo de alguna gran ocasión, que llevan consigo el eco y la palpitación del canto, como cuando tratamos de recordar una melodía.
Una de las muchas perversidades vanidosas de los ingleses consiste en pretender que son malos oradores, pero lo cierto es que el XVIII inglés nos deslumbra por la brillantez de sus oradores. Tal vez en Francia hubiera mejores escritores; lo que no hubo fue una oratoria tan perfeccionada como en Inglaterra. El Parlamento tendría muchos defectos, pero era lo suficientemente sincero como para ser retórico. Era tan corrupto como en nuestros días, pero entonces los ejemplos de corrupción eran, a menudo, auténticos ejemplos que servían como advertencia, y no simples modelos que seguir.

El pathos de muchas cosas vulgares consiste en que, aunque sean intrínsecamente delicadas, terminan por volverse groseras de manera mecánica. Y cualquiera que haya visto la primera luz de la mañana cuando entra por la ventana, sabe que la luz del día no es solo tan hermosa sino tan misteriosa como el claro de luna. La propia sutileza del color de la luz es lo que la hace parecer incolora. Lo mismo ocurre con el patriotismo, y sobre todo con el patriotismo inglés, que tanto se ha vulgarizado con nieblas y gases verbales, pero que sigue siendo en sí mismo tan tenue y tierno como el aire. El nombre de Nelson, con el que finalizó el capítulo pasado, bien podría servir para compendiar el asunto, pues se trata de un nombre al que se le golpea y sacude como una lata vieja, pese a que su alma tenía algo de la delicadeza y fragilidad de un jarrón dieciochesco.
El pecado de los terratenientes ingleses: que siguieron siendo humanos, pero arruinaron a los hombres que les rodeaban. Su propio ideal, e incluso la realidad de sus vidas, eran mucho más generosos y amables que el rígido salvajismo de los capitanes puritanos y de los nobles prusianos, pero la tierra se marchitó bajo su sonrisa igual que bajo el ceño extranjero. Como eran ingleses, conservaban, a su modo, cierto buen natural, pero su posición era falsa, y eso conduce a los mejor intencionados a la brutalidad. La Revolución Francesa fue la prueba que reveló a los whigs que era necesario optar entre ser verdaderos demócratas o admitir que en realidad eran aristócratas. Decidieron como Burke, su mayor exponente filosófico, que en realidad eran aristócratas, y el resultado fue el Terror Blanco, el periodo de represión antijacobina, que demostró, mejor que cualquiera de sus campañas en tierras extranjeras, de qué lado estaban verdaderamente sus simpatías.

Todo el siglo XIX, tan lento que casi parece inmóvil, se movió en la misma dirección que simboliza la filantropía de los asilos. Pese a todo, tuvo que combatir y derrotar a una institución nacional, una institución que no era oficial y, en cierto sentido, ni siquiera era política. El sindicato moderno fue una creación de inspiración inglesa, y aún hoy se la conoce en muchos lugares de Europa por su nombre inglés. Fue la expresión inglesa del esfuerzo europeo por oponerse a la tendencia natural del capitalismo a culminar en la esclavitud. En eso tiene un extraño interés psicológico, pues se trata de un retorno al pasado de hombres que ignoran el pasado, como el acto inconsciente de un hombre que ha perdido la memoria. Decimos que la historia se repite, y que aun es más interesante cuando se repite de manera inconsciente. No hay nadie en el mundo a quien se haya tenido más en la ignorancia acerca de la Edad Media que al obrero inglés, salvo tal vez al hombre de negocios británico que lo contrata. Sin embargo, cualquiera que conozca mínimamente la época verá que los sindicatos modernos son un tantear en pos de los antiguos gremios. Cierto que quienes miran por el sindicato, e incluso quienes son lo suficientemente perspicaces para llamarlo gremio, suelen carecer por completo del más leve matiz de misticismo o incluso de moralidad medieval. Pero el hecho encierra en sí mismo un sorprendente y casi portentoso tributo a dicha moralidad.
La vida inglesa de la época está dominada por Alemania. Para bien o para mal, la progresiva influencia que comenzó en el siglo XVII, se consolidó en el XVIII mediante las alianzas militares y se convirtió en el XIX en una filosofía —por no decir una mitología— alcanzó entonces su más pleno desarrollo.

Inglaterra, como las otras naciones de la Cristiandad, había sido creada no tanto por la muerte de la antigua civilización como por su escapatoria de la muerte, o por su rechazo a morir. La civilización medieval surgió de la resistencia a los bárbaros, a la cruda barbarie del norte y la más sutil del este. Incrementó sus libertades y el gobierno local, bajo reyes ocupados en controlar asuntos más importantes como la guerra y los tributos; y en Inglaterra, durante la guerra del campesinado del siglo XIV, el rey y el pueblo llegaron por un momento a una alianza consciente. Ambos cayeron en la cuenta de que un tercero en discordia era demasiado para ellos. El tercero en discordia era la aristocracia, que se apoderó del Parlamento. La Cámara de los Comunes, como su nombre implica, consistió al principio en una serie de hombres normales convocados por el rey para hacer de jurado, pero pronto se convirtió en un jurado muy especial. Llegó a ser, para bien o para mal, un gran órgano de gobierno que sobrevivió a la Iglesia, la monarquía y la plebe; hizo muchas grandes cosas, y no pocas fueron buenas. Lo que hoy llamamos el Imperio Británico fue obra suya y también algo mucho más valioso: una aristocracia, más humana, e incluso humanitaria, que la mayoría de las aristocracias del mundo. Con la suficiente comprensión de los instintos populares.

This is a brief work of the best of the author, which I never tire of rereading every so often and that with irony and equally rigor seems to me a timeless work reading when required and learning.

The land in which we live once enjoyed the high poetic privilege of being the end of the world. Its end was last Thule, the furthest border of nowhere. When the Roman beacons finally illuminated these islands, lost in the night of the northern seas, they all felt that the remotest corner of the earth had been trodden; and more out of pride than out of true desire to possess her.
This feeling was not completely inaccurate, not even geographically. These regions on the border of everything really had something that could only be defined as border. Britain was not so much an island as an archipelago and, at the very least, a maze of peninsulas. In few countries can the sea be found so easily on land and land on the sea. The great rivers seem not only to flow into the sea, but to get lost among the mountains: the whole country, although flat as a whole, is inclined in high mountains towards the west; and a prehistoric tradition has taught him to look towards the setting sun in search of even more dreamy islands than his. The islanders are in tune with their islands. However different the nations in which they are divided today, the Scots, the English, the Irish, the Welsh of the western highlands have something that distinguishes them from the monotonous docility of the Germans of the interior, or of the bon sens français, that can be acute or banal at will. The Britons have something in common that not even the Union Laws have managed to undo. Its most accurate definition is insecurity, something very suitable for men who walk on cliffs and on the edge of things. The adventure, a solitary delight for freedom and a witty humor leave your critics as perplexed as they are. Their souls are as intricate as their shores.

All the culture of our time is based on the idea of ​​”a better future”, while the whole culture of the Dark Ages was based on the idea that “any past time was better”. They looked back in search of light and forward looking for new evils. In our time there has been a battle between faith and hope, which may have to be resolved through charity. But the situation was different then. They waited, yes, but it could be said that they expected yesterday. All the reasons that drive man today to be progressive pushed him to be conservative at that time: the more he could keep from the past the more he could enjoy a just law and a free state, the more he yielded to the future the more he would have to endure ignorance and the privileges. What today we call reason formed a whole with what is usually called reaction. And this is the key to understanding the lives of all the great men of the Dark Ages.

By some strange circumstance we use the expression “short of sight” as a criticism, and instead we do not use “length of sight”, which, logically, should be an appreciative expression. And yet, both have one visual disease as the other. It can be said with reason, and as a rejection of a narrow-minded modernity, that showing indifference towards everything that is historical implies a certain short-sightedness. But being so long-sighted as to be interested only in the prehistoric is no less disastrous. And this evil afflicts many of those scholars who grope in the darkness of undocumented times in search of the roots of their favorite races or houses. The wars, the slavery, the primitive matrimonial uses, the migrations and the massacres on which their theories are based, are not part of the history or, even, of the legend. And it would be much smarter to trust the legends.

The Magna Carta was not a step towards democracy, but a step back from despotism. If we hold this double truth firmly enough, we will have a clue to understand the rest of English history. A quite autonomous aristocracy not only conquered but often deserved freedom. And the history of England could be summarized succinctly by stating that, of the three terms of the French motto “Liberty, equality and fraternity,” the English have sincerely loved the first and lost the other two instead.
During the complications of the moment, much could be done for the Crown and for the new more national grouping of the nobility. But that was no more than complications, while a miracle is something very simple that anyone can understand.

What is the most common, or most usual, use of the word “Christian.” It is, of course, the highest of all; but today there are many other uses. Sometimes Christian means evangelical. Other times, especially in more recent times, it means Quaker. And other times it means a modest person who believes to have a certain resemblance to Christ. But for a long time it has had another colloquially different meaning for people. On Treasure Island, Ben Gunn does not tell Jim Hawkins: “I feel disconnected from a certain kind of civilization,” but says, “I have not tasted Christian food.” The old women of the town who see a young woman with trousers and short hair go by do not say: “We perceive a certain divergence between their culture and ours”, but they say: “Why will not she dress like a good Christian?”
The cases of Wallace, Washington and many others are mentioned here to introduce an eccentric magnanimity that may compensate some of our prejudices. We have made many mistakes, but at least we have done a good thing: we have washed the face of our worst enemies. And if we did that with a daring Scottish highwayman and a vigorous virginian slave owner, how could we not do it with the purest figure in the motley procession of war? I think that in modern England there is a kind of general enthusiasm about it.

Not even during a Catholic reign could the Catholic Church recover its properties. The very fact that Maria was a fanatic and, in spite of everything, such an act of justice was beyond the most exalted dreams of any fanatic is crucial. The character of the time is summed up in the very fact that she was angry enough to commit injustice in the name of the Church, but that she still would not dare to demand the rights of the Church. They allowed him to take the lives of the humblest people, but not to take away their property -or rather the property of others- from the most powerful. He could punish heresy, but not sacrilege. She was dragged to kill those who did not go to church and to forgive the lives of those who went there to strip her of her ornaments.
The new nobility and the new wealth that it refused to deliver; and the success of his pressures shows that the nobility was already more powerful than the Crown. The scepter had been used as a lever to open the treasure door and had broken or bent when doing so.
There is also some truth in the popular tradition that, when the last relic of medieval conquests was returned to France, the word “Calais” was engraved in the queen’s heart.
The splendor of the Elizabethan era, which is often described as an albor, was in many ways a decline. Whether we consider it the end of the Renaissance or the end of the old medieval civilization, no naive critic will deny that its greatest glories perished with it. Ask the reader what he thinks is the most striking of the Elizabethan magnificence and he will probably answer that some of the few traces left in medieval times and almost none in modern times. The Elizabethan theater is like one of its own tragedies and its tempestuous torch was soon trampled by the Puritans. Needless to say, the main tragedy was the elimination of comedy, since the one that arrived in England after the Restoration was, by comparison, cold and strange.

Whether or not the Reformation actually reformed something, there is little doubt that the Restoration did not really restore anything. Charles II was never a king in the old sense, but a leader of the opposition to his own ministers. As an intelligent politician, he retained his official position, and as his brother and successor was an incredibly stupid politician, he lost it; but the throne was already just another official post. In many ways Charles II was well endowed for the modern world that had just been born; He looks more like a man of the eighteenth century than of the seventeenth. He was as witty as a comedy character, and Sheridan comedy, not Shakespeare. And he was still more modern when he enjoyed the pure experimentalism of the Royal Society and enthusiastically contemplated the toys that would give rise to the terrible machines of science. However, both he and his brother had two points of contact with the losing side; and the tensions that this caused ended up spoiling his dynastic options. The first, whose importance diminished with the passage of time, was, of course, the hatred that his religion aroused. The second, which grew in importance as the new century approached, were its ties with the French monarchy. Before moving on to a much more irreligious era, we will approach the study of religious struggles, a very convoluted and not easy matter to follow.
The Tudors had begun to persecute the old religion before ceasing to belong to it. It is one of those complexities of times of transition that can only be expressed through contradictions.
The cannibal theory of a republic capable by nature of devouring other republics had spread among Christianity. That autocracy and our own aristocracy approached indirectly, and for a time they seemed to unite in marriage; but not before the great Bolingbroke made a final gesture.

It is not possible to understand the eighteenth century while we consider artificial rhetoric by the mere fact of being artistic. In none of the other arts do we incur that madness. We say that a man tears out the notes of the ivory keys of a wooden piano “with much feeling”, or that he spills his soul by tearing a rope of cat gut after a training as meticulous as that of an acrobat. But we are still uncomfortable with the prejudice that verbal form and effect must be hypocritical when they act as a link between something as lively as a man and a crowd. We doubt the intentions of the old-fashioned speaker, because his periods are so resounding and sharp that they are able to convey their feelings. But before criticizing any eighteenth-century eminence it is necessary to admit his perfect artistic sincerity. His oratory was poetry without rhyme, but he had the humanity of poetry. It did not even lack metrics; that century is full of great phrases, often uttered on the occasion of some great occasion, which carry with them the echo and the palpitation of the song, as when we try to remember a melody.
One of the many vain perverities of the English consists in pretending that they are bad orators, but the truth is that the English XVIII dazzles us by the brilliance of its speakers. Maybe there were better writers in France; What was not there was an oratory as perfected as in England. Parliament would have many flaws, but it was honest enough to be rhetorical. It was as corrupt as it is now, but then the examples of corruption were often authentic examples that served as a warning, and not just models to follow.

The pathos of many vulgar things is that, although they are intrinsically delicate, they end up becoming rude in a mechanical way. And anyone who has seen the first light of the morning when he enters through the window, knows that the light of day is not only so beautiful but as mysterious as the moonlight. The very subtlety of the color of light is what makes it appear colorless. The same thing happens with patriotism, and above all with English patriotism, which has been so vulgarized with fogs and verbal gases, but which remains in itself as tenuous and tender as the air. The name of Nelson, with which he finished the last chapter, could well serve to summarize the issue, because it is a name that is hit and shakes like an old tin, although his soul had some delicacy and fragility of an eighteenth-century vase.
The sin of the English landlords: that they remained human, but ruined the men around them. Their own ideal, and even the reality of their lives, were far more generous and kind than the rigid savagery of the Puritan captains and Prussian nobles, but the earth withered under their smile as well as under the foreign frown. As they were English, they retained, in their own way, a certain good nature, but their position was false, and that leads the best-intentioned to brutality. The French Revolution was the test that revealed to the Whigs that it was necessary to choose between being true democrats or admitting that they were really aristocrats. They decided as Burke, their greatest philosophical exponent, that they were really aristocrats, and the result was the White Terror, the period of anti-Jacobin repression, which showed, better than any of their campaigns in foreign lands, which side their sympathies were really on.

The whole nineteenth century, so slow that it almost seems immobile, moved in the same direction that symbolizes the philanthropy of the asylums. In spite of everything, he had to fight and defeat a national institution, an institution that was not official and, in a certain sense, was not even political. The modern union was an English-inspired creation, and even today it is known in many parts of Europe by its English name. It was the English expression of the European effort to oppose the natural tendency of capitalism to culminate in slavery. In that it has a strange psychological interest, because it is a return to the past of men who ignore the past, as the unconscious act of a man who has lost his memory. We say that history repeats itself, and that it is even more interesting when it is repeated unconsciously. There is no one in the world who has been more ignorant about the Middle Ages than the English worker, except perhaps the British businessman who hires him. However, anyone who knows the time minimally will see that modern unions are a test for the old guilds. It is true that those who look for the union, and even those who are insightful enough to call it a guild, often lack the slightest nuance of mysticism or even of medieval morality. But the fact contains in itself a surprising and almost portentous tribute to such morality.
The English life of the time is dominated by Germany. For better or for worse, the progressive influence that began in the seventeenth century, was consolidated in the eighteenth through military alliances and in the nineteenth became a philosophy, not to say a mythology, then reached its fullest development.

England, like the other nations of Christianity, had been created not so much by the death of the old civilization as by its escape from death, or by its refusal to die. Medieval civilization arose from resistance to the barbarians, to the crude barbarism of the north and the more subtle of the east. He increased his liberties and local government, under kings occupied in controlling more important matters such as war and tributes; and in England, during the 14th century peasant war, the king and the people came to a conscious alliance for a moment. They both realized that a third party in discord was too much for them. The third in discord was the aristocracy, which seized Parliament. The House of Commons, as its name implies, consisted initially of a series of ordinary men summoned by the king to serve as jurors, but soon became a very special jury. It became, for better or for worse, a great governing body that survived the Church, the monarchy and the plebs; He did many great things, and not a few were good. What we now call the British Empire was his work and also something much more valuable: an aristocracy, more human, and even humanitarian, than most of the aristocracies of the world. With enough understanding of popular instincts.

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