Breve historia de Inglaterra — G.K.Chesterton

Esta es una breve obra de lo mejor del autor, que no me canso de releer cada cierto tiempo y que con ironía e igualmente rigor me parece una obra atemporal leyéndose cuando se requiera y aprendiendo.

La tierra en la que vivimos disfrutó una vez del elevado privilegio poético de ser el fin del mundo. Su extremo era ultima Thule, el más alejado confín de ninguna parte. Cuando los fanales romanos iluminaron por fin a estas islas, perdidas en la noche de los mares norteños, todos sintieron que se había hollado el más remoto rincón de la tierra; y más por orgullo que por verdadero afán de poseerla.
Dicha sensación no era del todo inexacta, ni siquiera geográficamente. Estas regiones en la frontera de todo realmente tenían algo que solo podía definirse como fronterizo. Britania no era tanto una isla como un archipiélago y, como mínimo, un laberinto de penínsulas. En pocos países puede encontrarse con tanta facilidad el mar en la tierra y la tierra en el mar. Los grandes ríos parecen no solo desembocar en el mar, sino perderse entre los montes: todo el país, aunque llano en conjunto, se inclina en altas montañas hacia el oeste; y una tradición prehistórica le ha enseñado a mirar hacia el sol poniente en busca de islas aún más ensoñadoras que la suya. Los isleños están en sintonía con sus islas. Por diferentes que sean las naciones en las que hoy se dividen, los escoceses, los ingleses, los irlandeses, los galeses de las tierras altas occidentales tienen algo que los distingue de la monótona docilidad de los alemanes del interior, o del bon sens français, que puede ser agudo o banal a voluntad. Los britanos tienen algo en común que ni siquiera las Leyes de Unión han logrado deshacer. Su definición más exacta es la inseguridad, algo muy adecuado para unos hombres que pasean sobre acantilados y por el límite de las cosas. La aventura, un deleite solitario por la libertad y un humor poco ingenioso dejan tan perplejos a sus críticos como a ellos mismos. Sus almas son tan intrincadas como sus costas.

Toda la cultura de nuestro tiempo se basa en la idea de «un futuro mejor», mientras que toda la cultura de las Edades Oscuras se basaba en la idea de que «cualquier tiempo pasado fue mejor». Miraban hacia atrás en busca de la luz y hacia delante previendo nuevos males. En nuestro tiempo se ha producido una batalla entre la fe y la esperanza, que tal vez deba ser resuelta por medio de la caridad. Pero la situación era distinta entonces. Esperaban, sí, pero podría decirse que esperaban el ayer. Todos los motivos que impulsan hoy al hombre a ser progresista le empujaban a ser conservador en aquel tiempo: cuanto más pudiera conservar del pasado más podría disfrutar de una ley justa y de un estado libre, cuanto más cediera al futuro más tendría que soportar la ignorancia y los privilegios. Lo que hoy llamamos razón formaba un todo con lo que suele llamarse reacción. Y esta es la clave para entender las vidas de todos los grandes hombres de las Edades Oscuras.

Por alguna extraña circunstancia empleamos la expresión «corto de vista» como una crítica, y en cambio no utilizamos «largo de vista», que, en buena lógica, debería ser una expresión elogiosa. Y sin embargo, tanto tiene de enfermedad visual lo uno como lo otro. Puede decirse con razón, y a modo de rechazo de una modernidad de vía estrecha, que mostrar indiferencia hacia todo lo que es histórico implica cierta cortedad de miras. Pero ser tan largo de miras como para interesarse solo por lo prehistórico no resulta menos desastroso. Y este mal aflige a muchos de esos eruditos que tantean en las tinieblas de épocas sin documentar en busca de las raíces de sus razas o casas favoritas. Las guerras, la esclavitud, los usos matrimoniales primitivos, las migraciones y las masacres en las que se fundan sus teorías, no forman parte ni de la historia ni, siquiera, de la leyenda. Y sería mucho más inteligente fiarse de las leyendas.

La Carta Magna no fue un paso adelante hacia la democracia, sino un paso atrás del despotismo. Si sostenemos esa doble verdad con la suficiente firmeza dispondremos de una clave para comprender el resto de la historia inglesa. Una aristocracia bastante autónoma no solo conquistó sino que a menudo mereció la libertad. Y la historia de Inglaterra podría resumirse de manera sucinta afirmando que, de los tres términos del lema francés «Libertad, igualdad y fraternidad», los ingleses han amado sinceramente el primero y perdido en cambio los otros dos.
Durante las complicaciones del momento pudo hacerse mucho por la Corona y por la nueva agrupación más nacional de la nobleza. Pero aquello no eran más que complicaciones, mientras que un milagro es algo muy sencillo que cualquiera puede comprender.

Cuál es el uso más común, o más habitual, de la palabra «cristiano». Está, por supuesto, el más elevado de todos; pero hoy se dan otros muchos usos. En ocasiones cristiano significa evangélico. Otras veces, sobre todo en tiempos más recientes, significa cuáquero. Y otras veces significa una persona modesta que cree tener cierta semejanza con Cristo. Pero durante mucho tiempo ha tenido para la gente otro significado coloquialmente distinto. En La isla del tesoro, Ben Gunn no le dice a Jim Hawkins: «Me siento desconectado de cierto tipo de civilización», sino que le dice: «No he probado comida cristiana». Las viejas del pueblo que ven pasar a una joven con pantalones y el pelo corto no dicen: «Percibimos cierta divergencia entre su cultura y la nuestra», sino que dicen: «¿Por qué no vestirá como una buena cristiana?».
Los casos de Wallace, Washington y muchos otros se mencionan aquí para introducir una magnanimidad excéntrica que quizá compense algunos de nuestros prejuicios. Hemos cometido muchos errores, pero al menos hemos hecho una cosa buena: le hemos lavado la cara a nuestros peores enemigos. Y si hemos hecho eso con un audaz salteador de caminos escocés y un vigoroso propietario de esclavos virginiano, ¿cómo no íbamos a hacerlo con la figura más pura de la abigarrada procesión de la guerra? Creo que en la Inglaterra moderna se da una especie de entusiasmo generalizado al respecto.

Ni siquiera durante un reinado católico pudo la Iglesia Católica recuperar sus propiedades. El hecho mismo de que María fuese una fanática y, a pesar de todo, un acto de justicia semejante estuviera más allá de los sueños más exaltados de cualquier fanático, es crucial. El carácter de la época se resume en el hecho mismo de que estuviera lo suficientemente furiosa como para cometer injusticias en nombre de la Iglesia, pero que aun así no osara reclamar los derechos de la Iglesia. Le permitieron arrebatarle la vida a la gente más humilde, pero no arrebatarles sus propiedades —o más bien las propiedades de otros— a los más poderosos. Podía castigar la herejía, pero no el sacrilegio. Se vio arrastrada a matar a los que no iban a la iglesia y a perdonar la vida de quienes iban allí a despojarla de sus ornamentos.
La nueva nobleza y la nueva riqueza que esta se negaba a entregar; y el éxito de sus presiones demuestra que la nobleza era ya más poderosa que la Corona. El cetro había servido de palanca para abrir la puerta del tesoro y se había roto o doblado al hacerlo.
También hay algo de verdad en la tradición popular de que, cuando se le devolvió a Francia la última reliquia de las conquistas medievales, la palabra «Calais» quedó grabada en el corazón de la reina.
El esplendor de la era isabelina, que suele describirse como un albor, fue en muchos sentidos un ocaso. Tanto si la consideramos el final del Renacimiento como el final de la vieja civilización medieval, ningún crítico ingenuo negará que sus mayores glorias perecieron con ella. Pregúntesele al lector qué es lo que le parece más llamativo de la magnificencia isabelina y muy probablemente contestará que algo de lo que quedaban pocas huellas en la época medieval y casi ninguna en los tiempos modernos. El teatro isabelino es como una de sus propias tragedias y su tempestuosa antorcha no tardó en ser pisoteada por los puritanos. Es innecesario decir que la principal tragedia fue la eliminación de la comedia, pues la que llegó a Inglaterra después de la Restauración fue, en comparación, fría y extraña.

Se piense o no que la Reforma reformó algo en realidad, hay pocas dudas de que la Restauración no restauró nada realmente. Carlos II nunca fue rey en el sentido antiguo, sino un jefe de la oposición a sus propios ministros. Como era un político inteligente, conservó su puesto oficial, y como su hermano y sucesor fue un político increíblemente estúpido, lo perdió; pero el trono ya era solo un puesto oficial más. En muchos sentidos Carlos II estaba bien dotado para el mundo moderno que acababa de nacer; parece más un hombre del siglo XVIII que del XVII. Era tan ingenioso como un personaje de comedia, y de comedia de Sheridan, no de Shakespeare. Y aún era más moderno cuando disfrutaba del puro experimentalismo de la Royal Society y contemplaba entusiasmado los juguetes que darían lugar a las terribles máquinas de la ciencia. No obstante, tanto él como su hermano tenían dos puntos de contacto con el bando perdedor; y las tensiones que eso provocaba acabaron por echar a perder sus opciones dinásticas. El primero, cuya importancia disminuyó con el paso del tiempo, era, por supuesto, el odio que suscitaba su religión. El segundo, que creció en importancia al aproximarse el nuevo siglo, eran sus lazos con la monarquía francesa. Antes de pasar a otra época mucho más irreligiosa, abordaremos el estudio de las luchas religiosas, cuestión muy enrevesada y nada fácil de seguir.
Los Tudor habían empezado a perseguir a la antigua religión antes de dejar de pertenecer a ella. Se trata de una de esas complejidades de las épocas de transición que solo pueden expresarse mediante contradicciones.
La teoría caníbal de una república capaz por naturaleza de devorar a otras repúblicas se había difundido entre la Cristiandad. Aquella autocracia y nuestra propia aristocracia se acercaron indirectamente, y por un tiempo parecieron unirse en matrimonio; pero no antes de que el gran Bolingbroke hiciera un ademán postrero.

No es posible entender el siglo XVIII mientras consideremos artificial la retórica por el mero hecho de ser artística. En ninguna de las otras artes incurrimos en esa locura. Decimos que un hombre arranca las notas de las teclas de marfil de un piano de madera «con mucho sentimiento», o que derrama su alma rasgando una cuerda de tripa de gato tras un adiestramiento tan minucioso como el de un acróbata. Pero todavía nos incomoda el prejuicio de que la forma y el efecto verbales deben ser hipócritas cuando actúan como vínculo entre algo tan vivo como un hombre y una muchedumbre. Dudamos de las intenciones del orador pasado de moda, porque sus períodos son tan rotundos y afilados que son capaces de transmitir sus sentimientos. Pero antes de criticar a cualquier eminencia del siglo XVIII es preciso admitir su perfecta sinceridad artística. Su oratoria era poesía sin rima, pero tenía la humanidad de la poesía. Ni siquiera carecía de métrica; aquel siglo está lleno de grandes frases, a menudo pronunciadas con motivo de alguna gran ocasión, que llevan consigo el eco y la palpitación del canto, como cuando tratamos de recordar una melodía.
Una de las muchas perversidades vanidosas de los ingleses consiste en pretender que son malos oradores, pero lo cierto es que el XVIII inglés nos deslumbra por la brillantez de sus oradores. Tal vez en Francia hubiera mejores escritores; lo que no hubo fue una oratoria tan perfeccionada como en Inglaterra. El Parlamento tendría muchos defectos, pero era lo suficientemente sincero como para ser retórico. Era tan corrupto como en nuestros días, pero entonces los ejemplos de corrupción eran, a menudo, auténticos ejemplos que servían como advertencia, y no simples modelos que seguir.

El pathos de muchas cosas vulgares consiste en que, aunque sean intrínsecamente delicadas, terminan por volverse groseras de manera mecánica. Y cualquiera que haya visto la primera luz de la mañana cuando entra por la ventana, sabe que la luz del día no es solo tan hermosa sino tan misteriosa como el claro de luna. La propia sutileza del color de la luz es lo que la hace parecer incolora. Lo mismo ocurre con el patriotismo, y sobre todo con el patriotismo inglés, que tanto se ha vulgarizado con nieblas y gases verbales, pero que sigue siendo en sí mismo tan tenue y tierno como el aire. El nombre de Nelson, con el que finalizó el capítulo pasado, bien podría servir para compendiar el asunto, pues se trata de un nombre al que se le golpea y sacude como una lata vieja, pese a que su alma tenía algo de la delicadeza y fragilidad de un jarrón dieciochesco.
El pecado de los terratenientes ingleses: que siguieron siendo humanos, pero arruinaron a los hombres que les rodeaban. Su propio ideal, e incluso la realidad de sus vidas, eran mucho más generosos y amables que el rígido salvajismo de los capitanes puritanos y de los nobles prusianos, pero la tierra se marchitó bajo su sonrisa igual que bajo el ceño extranjero. Como eran ingleses, conservaban, a su modo, cierto buen natural, pero su posición era falsa, y eso conduce a los mejor intencionados a la brutalidad. La Revolución Francesa fue la prueba que reveló a los whigs que era necesario optar entre ser verdaderos demócratas o admitir que en realidad eran aristócratas. Decidieron como Burke, su mayor exponente filosófico, que en realidad eran aristócratas, y el resultado fue el Terror Blanco, el periodo de represión antijacobina, que demostró, mejor que cualquiera de sus campañas en tierras extranjeras, de qué lado estaban verdaderamente sus simpatías.

Todo el siglo XIX, tan lento que casi parece inmóvil, se movió en la misma dirección que simboliza la filantropía de los asilos. Pese a todo, tuvo que combatir y derrotar a una institución nacional, una institución que no era oficial y, en cierto sentido, ni siquiera era política. El sindicato moderno fue una creación de inspiración inglesa, y aún hoy se la conoce en muchos lugares de Europa por su nombre inglés. Fue la expresión inglesa del esfuerzo europeo por oponerse a la tendencia natural del capitalismo a culminar en la esclavitud. En eso tiene un extraño interés psicológico, pues se trata de un retorno al pasado de hombres que ignoran el pasado, como el acto inconsciente de un hombre que ha perdido la memoria. Decimos que la historia se repite, y que aun es más interesante cuando se repite de manera inconsciente. No hay nadie en el mundo a quien se haya tenido más en la ignorancia acerca de la Edad Media que al obrero inglés, salvo tal vez al hombre de negocios británico que lo contrata. Sin embargo, cualquiera que conozca mínimamente la época verá que los sindicatos modernos son un tantear en pos de los antiguos gremios. Cierto que quienes miran por el sindicato, e incluso quienes son lo suficientemente perspicaces para llamarlo gremio, suelen carecer por completo del más leve matiz de misticismo o incluso de moralidad medieval. Pero el hecho encierra en sí mismo un sorprendente y casi portentoso tributo a dicha moralidad.
La vida inglesa de la época está dominada por Alemania. Para bien o para mal, la progresiva influencia que comenzó en el siglo XVII, se consolidó en el XVIII mediante las alianzas militares y se convirtió en el XIX en una filosofía —por no decir una mitología— alcanzó entonces su más pleno desarrollo.

Inglaterra, como las otras naciones de la Cristiandad, había sido creada no tanto por la muerte de la antigua civilización como por su escapatoria de la muerte, o por su rechazo a morir. La civilización medieval surgió de la resistencia a los bárbaros, a la cruda barbarie del norte y la más sutil del este. Incrementó sus libertades y el gobierno local, bajo reyes ocupados en controlar asuntos más importantes como la guerra y los tributos; y en Inglaterra, durante la guerra del campesinado del siglo XIV, el rey y el pueblo llegaron por un momento a una alianza consciente. Ambos cayeron en la cuenta de que un tercero en discordia era demasiado para ellos. El tercero en discordia era la aristocracia, que se apoderó del Parlamento. La Cámara de los Comunes, como su nombre implica, consistió al principio en una serie de hombres normales convocados por el rey para hacer de jurado, pero pronto se convirtió en un jurado muy especial. Llegó a ser, para bien o para mal, un gran órgano de gobierno que sobrevivió a la Iglesia, la monarquía y la plebe; hizo muchas grandes cosas, y no pocas fueron buenas. Lo que hoy llamamos el Imperio Británico fue obra suya y también algo mucho más valioso: una aristocracia, más humana, e incluso humanitaria, que la mayoría de las aristocracias del mundo. Con la suficiente comprensión de los instintos populares.

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