La barbarie de la virtud — Luis Gonzalo Díez / The Barbarity of Virtue by Luis Gonzalo Díez (spanish book edition)

Es un muy interesante ensayo que nos habla sobre lo que nos acontece en el mundo de las ideas políticas y sus ramificaciones desde el s.XVIII hasta nuestros días, es decir que nos afecta directamente en nuestra formación del día a día.

La democracia pasa a concebirse, en esta novedosa cultura política tan vinculada con el progreso comercial, en términos de gobierno representativo. Éste descansa en el supuesto de que la libertad individual es el fin y la libertad política es el medio. Para los antiguos, no había libertad individual y la libertad política constituía un fin en sí misma, pues de su ejercicio dependía la formación de una ciudadanía virtuosa. Para los modernos, la política en general, y la libertad política en particular, pierden su condición de antropología moral, de paradigma de sentido y se transforman en una serie de procedimientos y estrategias para garantizar la libertad individual, la «religión de los individuos» de la que hablaba Émile Durkheim.
Los medios políticos de la modernidad están pensados para que los individuos dispongan del mayor tiempo posible a fin de atender sus intereses privados. De ahí la necesidad de un sistema representativo basado en el consentimiento que la ciudadanía da a sus representantes electos para que éstos ejerzan el poder con sentido de la responsabilidad. Y, también, en el sometimiento de los mismos a la vigilancia y control de una opinión pública siempre temerosa de los abusos de poder.
Una educación para la ciudadanía sería el antídoto republicano contra la degradación política del hombre a manos de un ejercicio hedonista de la libertad. Pues dicha educación sembraría en las conciencias el valor del espíritu público, de una virtud sin el peso de la antigua, pero adecuada para atemperar la tendencia individualista de los tiempos modernos. Mínimo de sentimientos comunitarios y sacrificios colectivos cuya carencia provoca que la privatizada vida contemporánea corra el riesgo de diluirse en un vacío amoral, falto de nervio y de sentido.

El cristianismo puede entenderse como un fenómeno histórico y cultural que, a través de un «grandioso» acto de voluntad, unificó la interpretación de la realidad fijando el sentido último de la misma en la trascendencia.
La ambigüedad fundamental del mundo moderno fue señalada por Hume y Burke de dos maneras paradigmáticas en cuanto a las posibles respuestas que dicha ambigüedad puede suscitar:
O bien asumirla, como Hume, con la inseguridad esperanzada de que el progreso no lleve a la sociedad a la perdición, aunque nada garantiza que no sea así; o bien atajarla, como Burke, invocando la necesidad de que exista un «poder controlador» en el seno de la sociedad ilustrada y opulenta capaz de refrenar su deriva hacia el abismo.

El desengaño con las expectativas creadas por los diferentes procesos revolucionarios de la época contemporánea forma parte de nuestra cultura política.
La corrupción desencadenada por el «principio electivo», la división de poderes y las «fiebres industriales» también afecta a aquel reducto de los nuevos tiempos que es el mundo periodístico. Al igual que Larra, Donoso, que fue, entre otras muchas cosas, periodista, denuncia su politización extrema y la inversión paradójica que se da, en él, del principio de libertad de prensa. Éste no garantiza «el derecho que todo hombre tiene de comunicar a los otros lo que piensa», pues hoy en día «un español que no sea millonario no puede escribir un periódico».
No preserva el carácter informativo de los periódicos, pues lejos de ser «el periodismo un medio de revelar a todos lo que deben saber, es el medio más eficaz que han podido inventar los hombres para ocultar lo que todo el mundo debe saber».

La ciencia del sarcasmo abonará, con otras fuerzas históricas, el suelo donde la Primera Guerra Mundial engendrará la revolución totalitaria. Las ideologías cientificistas darán la cobertura necesaria a un tipo de práctica política falta de consideraciones morales, persuadida de que la verdad que defiende legitima limpiar la sociedad de bacilos y enfermedades, de clases y razas condenadas por la historia debido a la inferioridad que se les atribuye.
El falso dilema de la modernidad (superstición o ilustración), asumido con entusiasmo por los liberales, explicaría su error, la creencia en que los hombres son seres racionales que, por ello, podrán ser liberados de sus prejuicios mediante la difusión del conocimiento, ver reconocidas sus libertades básicas y acostumbrarse a vivir pacíficamente bajo el imperio de la ley. Pero los hombres no se conducen por la razón, sino por el sentimiento y los intereses, anteponen siempre sus necesidades a las libertades ajenas y tienden a despojarse entre ellos sin que las leyes tengan ningún efecto civilizador sobre sus relaciones.
Los conservadores racionalistas postulan que, de los ideales modernos, se derivan consecuencias no deseadas, que gobernar de espaldas a la inextirpable violencia social en nombre de la libertad y la igualdad no suprime el fondo irracional y tenebroso de toda sociedad humana, sino que lo exacerba al liberarlo de las cadenas institucionales y simbólicas que lo tenían sometido. Para ellos, una obra política de emancipación social sólo puede ser causa de nuevos apocalipsis.

El sabio Lichtenberg ya lo dejó escrito:
Una regla de oro: no hay que juzgar a los hombres por sus opiniones, sino por aquello en lo que sus opiniones los convierten.

It is a very interesting essay that tells us about what happens to us in the world of political ideas and its ramifications from the eighteenth century to the present day, that is, it directly affects us in our day-to-day formation.

Democracy becomes conceived, in this new political culture so linked to commercial progress, in terms of representative government. It rests on the assumption that individual freedom is the end and political freedom is the means. For the ancients, there was no individual freedom and political freedom was an end in itself, since the formation of a virtuous citizenship depended on its exercise. For the moderns, politics in general, and political freedom in particular, lose their status as moral anthropology, as a paradigm of meaning and they become a series of procedures and strategies to guarantee individual freedom, the «religion of individuals» of which Émile Durkheim spoke.
The political means of modernity are designed so that individuals have as much time as possible in order to meet their private interests. Hence the need for a representative system based on the consent that citizens give to their elected representatives so that they exercise power with a sense of responsibility. And, also, in subjecting them to the vigilance and control of a public opinion always afraid of abuses of power.
An education for citizenship would be the republican antidote against the political degradation of man at the hands of a hedonistic exercise of freedom. For such education would sow in consciousness the value of the public spirit, of a virtue without the weight of the old, but adequate to temper the individualistic tendency of modern times. Minimum of community feelings and collective sacrifices whose lack causes that the privatized contemporary life runs the risk of being diluted in an amoral void, lacking in nerve and meaning.

Christianity can be understood as a historical and cultural phenomenon that, through a «great» act of will, unified the interpretation of reality by fixing the ultimate meaning of it in transcendence.
The fundamental ambiguity of the modern world was pointed out by Hume and Burke in two paradigmatic ways in terms of the possible answers that such ambiguity may arouse:
Or to assume it, like Hume, with the hopeful insecurity that the progress does not take to the society to the perdition, although nothing guarantees that it is not thus; or to stop it, like Burke, invoking the need for a «controlling power» within the enlightened and opulent society capable of restraining its drift towards the abyss.

The disappointment with the expectations created by the different revolutionary processes of the contemporary era is part of our political culture.
The corruption unleashed by the «elective principle», the division of powers and «industrial fevers» also affects that redoubt of the new times that is the journalistic world. Like Larra, Donoso, who was, among many other things, a journalist, denounces his extreme politicization and the paradoxical investment that occurs, in him, of the principle of freedom of the press. This does not guarantee «the right that every man has to communicate to others what he thinks», because nowadays «a Spaniard who is not a millionaire can not write a newspaper».
It does not preserve the informative nature of the newspapers, because far from being «journalism a means of revealing to everyone what they must know, it is the most effective means that men have been able to invent to hide what the whole world must know».

The science of sarcasm will pay, with other historical forces, the soil where the First World War will engender the totalitarian revolution. The scientistic ideologies will give the necessary coverage to a type of political practice lacking in moral considerations, convinced that the truth that defends legitimates to cleanse society of bacilli and diseases, of classes and races condemned by history due to the inferiority attributed to them .
The false dilemma of modernity (superstition or illustration), enthusiastically assumed by liberals, would explain their error, the belief that men are rational beings that, therefore, can be freed from their prejudices by spreading knowledge, see recognized their basic freedoms and get used to living peacefully under the rule of law. But men do not behave by reason, but by feeling and interests, always putting their needs before the freedoms of others and tend to divest themselves among them without laws having any civilizing effect on their relations.
Rationalist conservatives postulate that, from modern ideals, unintended consequences are derived, that governing backwards to the ineradicable social violence in the name of freedom and equality does not suppress the irrational and dark background of every human society, but exacerbates it by freeing it from the institutional and symbolic chains that had it submitted. For them, a political work of social emancipation can only be the cause of new apocalypse.

The wise Lichtenberg already left it written:
A golden rule: you should not judge men by their opinions, but by what their opinions convert them.

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