Sonríe o muere. La trampa del pensamiento positivo — Barbara Ehrenreich / Smile or Die: How Positive Thinking Fooled America and the World by Barbara Ehrenreich

Este es un magnífico libro frente a todos esos libros de autoayuda y risoterapias que sinceramente me parecen una pérdida de tiempo, este libro golpea a la raíz de la cuestión.

La práctica del pensamiento positivo se dirige a reforzar una creencia frente a las muchas pruebas que la contradicen. Por su parte, quienes se autodesignan instructores de esta disciplina –los coaches [entrenadores], predicadores y gurús diversos– definen su ejercicio con términos como “autohipnosis”, “control mental” o “control de pensamiento”. En otras palabras: se trata de algo para lo que es necesario autoengañarse, así como esforzarse sin pausa en reprimir o bloquear lo indeseado y los pensamientos “negativos”. Quienes de verdad tienen confianza en sí mismos, o quienes de alguna forma han llegado a sentirse conformes con el mundo en el que viven y con su destino, no necesitan emplearse al máximo en censurar y controlar lo que piensan. El pensamiento positivo puede que sea una actividad eminentemente made in USA, muy asociada en la mente de los estadounidenses con su éxito en tanto individuos y en tanto nación; pero se sostiene sobre una terrorífica inseguridad.
El pensamiento positivo ha servido para reforzar el orgullo nacional estadounidense (a la vez que se ha visto reforzado por él); pero también ha iniciado una especie de simbiosis con el capitalismo made in USA. Y eso que no hay una afinidad natural o innata entre el capitalismo y el pensamiento positivo.

Nuestra autora sufrió cáncer de mama y nada de ayudas externas. El cáncer de mama, ahora puedo decirlo con conocimiento de causa, no me hizo más bella ni más fuerte ni más femenina, ni siquiera una persona más espiritual. Lo que me dio, si es que a esto lo queremos llamar “don”, fue la oportunidad de encontrarme cara a cara con una fuerza ideológica y cultural de la que hasta entonces no había sido consciente; una fuerza que nos anima a negar la realidad, a someternos con alegría a los infortunios, y a culparnos solo a nosotros mismos por lo que nos trae el destino.
Toda esta exhortación al pensamiento positivo –a ver la botella medio llena, aunque esté en el suelo hecha añicos– no se limita solo a la cultura del lacito rosa del cáncer de mama. Pocos años después de los tratamientos, entré en otro de los territorios personales calamitosos: el mundo de los trabajadores cualificados en paro. En los grupos de networking [hacer contactos], en los seminarios y en las sesiones de motivación que se brindan a los desempleados, me encontré con el consejo unánime de que había que huir de la ira y de la “negatividad”, optando por un enfoque animoso y hasta agradecido hacia la crisis que estábamos pasando. Había gente a la que habían echado del trabajo, y que se dirigía cuesta abajo y sin frenos hacia la pobreza, a la que se le decía que debía ver su situación como una “oportunidad” digna de ser bienvenida, del mismo modo que tantas veces se nos hace ver el cáncer de mama como un “don”. También en este caso el resultado que nos prometían era una especie de “cura”: la persona que pensaba en positivo no solo se sentiría mejor mientras buscaba trabajo, sino que para ella ese trámite acabaría antes y felizmente.
Los pensadores positivos han llegado a concebir un universo maravilloso, una aurora boreal inmensa y brillante en la que los deseos se dan la mano con su encarnación. Allí todo es perfecto, o tan perfecto como uno quiera. Los sueños salen y se cumplen por sí solos, los deseos solo esperan ser articulados. Es un sitio de una soledad espantosa.

La pregunta es: ¿cómo han llegado los estadounidenses, en tal cantidad, a adoptar esta visión del mundo tan rosa y auto-gratificante? La respuesta puede ser obvia: el suyo es un mundo “nuevo”, que desborda oportunidades y posibilidades de hacerse rico, al menos después de que uno se haya deshecho de los indígenas. Qué razón iban a tener para el pesimismo o las ideas negras esos nuevos colonos, escapados de una Europa superpoblada, ante la enorme extensión de tierra que se ponía a su disposición. Seguramente, fue esa cantidad de espacio aparentemente infinito, esa frontera que cada vez se situaba un poco más lejos, junto con los enormes recursos naturales, la razón de que los estadounidenses llegaran a adoptar el pensamiento positivo como ideología común. Pues no; las cosas no fueron así. Los estadounidenses no inventaron el pensamiento positivo porque su entorno les animara a ello, sino porque antes habían probado lo contrario.
Alrededor del pensamiento positivo ha surgido toda una industria cuyo producto, del que hay versiones para todos los bolsillos, se llama “motivación”. Se puede comprar en el formato tradicional de libro, junto con cedés y deuvedés protagonizados por el autor; o puede optar uno por la experiencia más intensa de que lo “entrenen”, o por la de asistir a un “seminario” de una semana. Si se lo puede pagar, quizá prefiera pasar esa semana en algún lugar exótico con un orador motivacional intensivo. O puede limitarse a consumir motivación en alguna de sus muchas modalidades inorgánicas, en forma de fetiche: carteles y calendarios, tazas de café o accesorios para el despacho, todos adornados con mensajes inspiradores. En Estados Unidos, la empresa Succesories (mezcla de success y accesories: éxito y accesorios), que se dedica en exclusiva a los artículos de motivación, tiene una línea de “Positive Pals” [colegas positivos], por ejemplo un cojín con forma de estrella de mar y un chaleco salvavidas con las palabras “Aspira a las Estrellas”. Hace poco, un avispado fabricante ha sacado al mercado la línea de productos “Life is Good” [Qué bello es vivir], con camisetas, sábanas, banderines, etiquetas para el equipaje, collares de perro y embellecedores para los neumáticos del coche.
Da igual por dónde se empiece a comprar: un producto, ineludiblemente, te lleva a otro. Los gurús de la motivación escriben libros para conseguir que les contraten conferencias, y estas a su vez se convierten en oportunidades de vender sus libros, más los demás artículos a los que el gurú dé su nombre, muchos de los cuales no tienen una relación visible con la búsqueda del pensamiento positivo.

Los predicadores estadounidenses más populares de hoy día son los pensadores positivos, que ya no hacen referencia alguna al pecado, ni se explayan sobre los dos caballos de batalla de la derecha cristiana, que son el aborto y la homosexualidad. Ya nadie amenaza con el infierno ni promete la salvación, ni narra la lúgubre historia de la tortura de Jesús en la cruz; de hecho, no se ven casi cruces en los templos favoritos del nuevo credo evangélico, las megaiglesias. Entre 2001 y 2006, la cantidad de megaiglesias –las que tienen un público semanal de dos mil personas o más– se ha multiplicado: hoy son 1.210, y entre todas suman una parroquia de 4,4 millones de personas.
La nueva teología positiva ya no se dedica a hacer juicios de valor tajantes ni a contar historias desgarradoras de sufrimiento y redención: lo que ahora se ofrece en las megaiglesias (y en muchos templos normales) es la promesa de dinero, éxito y salud en esta vida, ahora mismo o dentro de muy poco. Puedes comprarte ese coche nuevo, o esa casa, o ese collar, porque Dios quiere “que prosperes”.
La teología positiva se encuentra en un mundo donde todo fluye, un mundo bien acotado que va del despacho al centro comercial pasando por la iglesia. Vaya a donde vaya, recibe el mismo mensaje: puedes tener todo lo que ves en el centro comercial, y también la casa estupenda y el coche; basta con que creas que puedes. Pero siempre, en un susurro, le llega también el mensaje ominoso de que, si no tienes lo que deseas, si te encuentras mal, desanimado, o derrotado, la culpa es solo tuya. La teología positiva ratifica y culmina un mundo sin belleza, sin trascendencia y sin piedad.

La felicidad nunca está garantizada, aunque uno sea rico, le vaya bien en la vida y tenga amor. Pero que la felicidad no sea un resultado invariable de unas circunstancias felices no significa que vayamos a hallarla por medio de un viaje interior en el que revisemos lo que pensamos y lo que sentimos. Nos enfrentamos a problemas reales, y solo podremos afrontarlos si pensamos menos en nosotros mismos y nos ponemos manos a la obra en el mundo real.
Quizá no todo nos salga bien, seguramente no todo salga bien a la primera, pero podemos pasarlo muy bien mientras lo intentamos.

The practice of positive thinking is aimed at reinforcing a belief in the many tests that contradict it. On the other hand, those who self-designate instructors of this discipline -the coaches [coaches], preachers and diverse gurus- define their exercise with terms such as “self-hypnosis”, “mind control” or “thought control”. In other words: it is something for which it is necessary to deceive oneself, as well as to strive without pause to repress or block the unwanted and the “negative” thoughts. Those who really have confidence in themselves, or who in some way have come to feel comfortable with the world in which they live and with their destiny, do not need to use themselves as much as possible to censor and control what they think. Positive thinking may be an activity eminently made in the USA, very associated in the minds of Americans with their success as individuals and as a nation; but it is sustained on a terrifying insecurity.
Positive thinking has served to reinforce American national pride (while being reinforced by it); but it has also initiated a kind of symbiosis with capitalism made in the USA. And that there is no natural or innate affinity between capitalism and positive thinking.

Our author suffered breast cancer and no external help. Breast cancer, I can now say it knowingly, did not make me more beautiful or stronger or more feminine, not even a more spiritual person. What he gave me, if we want to call this “gift”, was the opportunity to meet face to face with an ideological and cultural force of which I had not previously been aware; a force that encourages us to deny reality, to submit ourselves joyfully to misfortunes, and to blame only ourselves for what destiny brings us.
All this exhortation to positive thinking – to see the half-full bottle, even if it is on the ground in pieces – is not limited only to the culture of the pink ribbon of breast cancer. A few years after the treatments, I entered another of the dire personal territories: the world of qualified unemployed workers. In the networking groups [networking], in the seminars and in the motivation sessions given to the unemployed, I came across the unanimous advice that we had to flee from anger and “negativity”, opting for a game focus and even grateful towards the crisis we were going through. There were people who had been kicked out of work, and who were heading downhill and unrestrained towards poverty, who were told that they should see their situation as an “opportunity” worthy of being welcomed, in the same way that so many times. we are made to see breast cancer as a “gift”. Also in this case the result that they promised us was a kind of “cure”: the person who thought positive would not only feel better while looking for work, but for her that process would finish before and happily.
Positive thinkers have come to conceive a wonderful universe, an immense and brilliant aurora borealis in which desires go hand in hand with their incarnation. Everything is perfect there, or as perfect as you want. Dreams come out and are fulfilled by themselves, desires just wait to be articulated. It is a place of frightful loneliness.

The question is: how have Americans come, in such quantity, to adopt this rosy and self-rewarding view of the world? The answer may be obvious: yours is a “new” world, that overflows opportunities and possibilities of getting rich, at least after one has got rid of the Indians. What reason these new settlers, escaped from an overpopulated Europe, would have for pessimism or black ideas before the enormous expanse of land that was put at their disposal. Surely, it was that seemingly infinite amount of space, that border that was increasingly located a little further, along with the enormous natural resources, the reason that Americans came to adopt positive thinking as a common ideology. Well, no; things were not like that. Americans did not invent positive thinking because their environment encouraged them, but because they had proven otherwise before.
Around the positive thinking has arisen an entire industry whose product, of which there are versions for all pockets, is called “motivation”. It can be purchased in the traditional book format, along with CDs and Deuvedés starring the author; or you can choose one because of the more intense experience of being “trained”, or of attending a one-week “seminar”. If you can afford it, you may prefer to spend that week somewhere exotic with an intensive motivational speaker. Or it can be limited to consuming motivation in one of its many inorganic modalities, in the form of a fetish: posters and calendars, coffee cups or accessories for the office, all adorned with inspiring messages. In the United States, the company Succesories (a mix of success and accesories: success and accessories), which is dedicated exclusively to motivational articles, has a line of “Positive Pals” [positive colleagues], for example a cushion shaped like Starfish and a life jacket with the words “Aspire to the Stars”. Recently, a clever manufacturer has released the product line “Life is Good”, with t-shirts, sheets, pennants, luggage tags, dog collars and trims for car tires.
No matter where you start to buy: a product, inevitably, takes you to another. Motivation gurus write books to get them to hire lectures, and these in turn become opportunities to sell their books, plus the other items to which the guru gives his name, many of which do not have a visible relationship with the search for positive thinking.

The most popular American preachers of today are the positive thinkers, who no longer make any reference to sin, nor dwell on the two battle horses of the Christian right, which are abortion and homosexuality. No one threatens hell or promises salvation, nor does it narrate the grim story of the torture of Jesus on the cross; In fact, almost no crosses are seen in the favorite temples of the new evangelical creed, the megachurches. Between 2001 and 2006, the number of megachurches – those with a weekly audience of two thousand people or more – has multiplied: today there are 1,210, and together they add up to a parish of 4.4 million people.
The new positive theology is no longer engaged in making bold value judgments or telling heartbreaking stories of suffering and redemption: what is now offered in megachurches (and in many normal temples) is the promise of money, success and health in this life, right now or very soon. You can buy that new car, or that house, or that necklace, because God wants you to prosper.
Positive theology is found in a world where everything flows, a well-defined world that goes from the office to the commercial center passing through the church. Go where you go, get the same message: you can have everything you see in the mall, and also the great house and the car; it is enough that you believe that you can. But always, in a whisper, comes the ominous message that, if you do not have what you want, if you feel bad, discouraged, or defeated, the fault is yours alone. Positive theology ratifies and culminates a world without beauty, without transcendence and without mercy.

Happiness is never guaranteed, even if one is rich, does well in life and has love. But that happiness is not an invariable result of happy circumstances does not mean that we are going to find it by means of an inner journey in which we review what we think and what we feel. We are facing real problems, and we can only face them if we think less about ourselves and get down to work in the real world.
Maybe not everything goes well, surely not everything goes well at first, but we can have a great time while we try.

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