La lista negra: Los nazis que protegieron Franco y la Iglesia — José María Irujo / The Black List: The Nazis Who Protected Franco and the Church by José María Irujo

Este es un interesante libro donde debe tenerse en cuenta que dicho libro sigue el rastro de algunos de los espías alemanes que operaron en España durante la Segunda Guerra Mundial. Fueron muchos, pero la mayoría de ellos no fueron propiamente espías, sino ciudadanos alemanes que residían en España y que, al empezar la guerra, se vieron más o menos obligados a realizar tareas de información o de apoyo en favor de su país.
En el libro se sigue con especial detalle la vida de alguno de los más destacados de estos agentes y también se proporcionan datos de algunos otros alemanes que buscaron refugio en España tras el fin de la guerra y del régimen nazi.

En la Navidad de 1996 llegaron a España las primeras noticias sobre la presunta implicación del Gobierno de Franco en la compra del oro que los nazis habían robado a los judíos. Durante varios meses investigó en el Archivo General del Ministerio de Asuntos Exteriores (AMAE) en el Palacio de Santa Cruz, en Madrid, el origen y destino de las 67,4 toneladas de este metal que se compraron durante la Segunda Guerra Mundial para reponer las reservas desaparecidas durante la República. A mediados de 1997, se localizó un documento de once folios, escrito a máquina y en inglés, en el que los Aliados reclamaban a Franco, al terminar la guerra, la repatriación de 104 alemanes residentes en numerosas ciudades españolas a los que acusaban de trabajar para los distintos servicios de espionaje nazi. Eran hombres y mujeres, muchos pertenecientes a influyentes familias alemanas en España, a los que se reprochaba el haber colaborado, desde distintos puestos, en toda clase de actividades en favor del Gobierno de Adolf Hitler.
Reinhard Spitzy llegó a Madrid a finales del caluroso agosto de 1942. El nuevo ejecutivo de la Skoda, una empresa de armas alemana, propiedad de las Waffen-SS, la temible policía política de Adolf Hitler, parecía más un diplomático que un comercial de la fábrica que vendía pequeños cañones antiaéreos al ejército español. A sus 31 años, Spitzy, 1,95 de altura, anchas espaldas, ojos claros y bien trajeado, no podía ocultar una formación que iba mucho más allá de la de un ejecutivo alemán trasladado a la capital de España en plena Segunda Guerra Mundial. En aquel Madrid de los años cuarenta, con un Gobierno que todavía agradecía a Hitler su apoyo para ganar la Guerra Civil.
Spitzy se sorprendió de la excelente organización del partido nazi en España y la confortable existencia de la que gozaban todos sus funcionarios en un país recién salido de una guerra y rodeado de penurias. La infiltración del nazismo en la comunidad alemana, unas 30.000 personas, era verdadera. El partido nazi había colocado a sus hombres en las principales asociaciones y se había apropiado de todas las instalaciones recibidas. El Deutsche Arbeitsfront (Frente Laboral Alemán) se había quedado con las instalaciones sociales y los colegios alemanes estaban bajo el control especial de los órganos del partido. Esto provocó el cambio del cuerpo docente; sólo los más fieles conservaron sus puestos.

La misión de Aline en Madrid era tan especial y difícil como la de Reinhard Spitzy, el austríaco de las SS que sólo unos meses antes había contactado con los Aliados en Suiza. Pero ambos estaban en bandos enfrentados y sólo compartían el escenario: la capital de un país aparentemente neutral que, por su situación geográfica, se había convertido en uno de los mayores nidos de espías de Europa, especialmente de centenares de nazis, más numerosos y acomodados que los de cualquier otro país. Éstos gozaban de la simpatía del régimen y del apoyo de la Falange, que contaba con más de 600.000 miembros: todo un ejército cuyos soldados, pese a haber terminado la contienda, todavía se paseaban de uniforme —guerrera negra, aparatoso correaje, camisa azul y boina roja— por los casinos o bares de los pueblos y ciudades. Pero, además, los agentes alemanes contaban con la inestimable ayuda de la policía y la Guardia Civil, que hacían la vista gorda cuando desarrollaban misiones ilegales.
A partir de enero de 1944, Aline, la joven estudiante y modelo americana, se sumó al equipo de la American Oil Mission. Aparentemente, aquellos hombres eran sólo unos inocentes directivos de una potente compañía que hacía prospecciones petroleras por todo el mundo. La gasolina era una de las mayores necesidades del país, a causa del bloqueo a que sometían los Aliados al Gobierno de Franco por su política dictatorial y su apoyo a Hitler. Pero ahí estaban los americanos de la compañía petrolera, simulando investigaciones y negocios.

¿Por qué se aprovisionaba España de oro durante la Segunda Guerra Mundial? Cuando Franco tomó Madrid, los primeros lugares visitados por los rebeldes fueron los depósitos del Banco de España: unas cámaras frías y vacías en las que sólo se encontró un lingote de oro, todo un símbolo. El Gobierno de la República había trasladado a Moscú todas las reservas del metal más preciado de aquella época. La «Suscripción Nacional» que organizó Franco obligó a miles de españoles a entregar sus cadenas, anillos, pulseras y cualquier otro objeto precioso que ayudara a llenar el vacío de aquellos enormes sótanos en el número 50 de la calle de Alcalá. Muchos escondieron sus alhajas durante años. No querían desprenderse de lo poco que les había quedado después de la guerra y corrieron el riesgo de ir a la cárcel.
Martínez Ortega, padre de Cristóbal Martínez Bordiú, yerno de Franco, fue el testaferro perfecto para camuflar con descaro la inversión alemana en varias empresas mineras de gran importancia estratégica para la maquinaria de guerra nazi. El aristócrata, al que Franco impuso la medalla de oro de Mancha Real, presidía la sociedad Somar, dedicada a la explotación de estaño, y Floruros Metálicos S.A., que extraía espato flúor, un producto muy demandado que se vendía en Estados Unidos. Su capital, a nombre principalmente de Martínez Ortega, simulaba ser español, pero en realidad era nazi. El conde de Argillo, un respetado aristócrata de la camarilla de Franco, figuraba también al frente de Importaciones de Minerales S.A., Aralar, Montañas del Sur y Sierra de Gredos, algunas dedicadas a la explotación del wolframio. El conde era uno de los testaferros nazis más apasionados y fieles. Un secreto muy bien guardado del padre del marqués de Villaverde que pocos años después descubriría Emilio de Navasqüés, el director general de política económica. Pero la colaboración con el nazismo del conde no se difundió salvo en los informes confidenciales de este último funcionario a su ministro.
El comerciante alemán también utilizó hombres de paja para controlar sus empresas navieras, cuyos barcos sólo tenían una misión: llevar suministros de guerra a Alemania.

El tren de vida de Lazar llamó no sólo la atención de los espías americanos y británicos que le vigilaban, sino los recelos y envidias dentro de la propia embajada alemana. Winzer, el fiel representante de la Gestapo, no se fiaba de él y los agentes de las SS lo denunciaron varias veces.
Hans J. Lazar era un apasionado de las antigüedades y su casa, un palacete alquilado precisamente a los Hohenlohe en el número 43 de la Avenida del Generalísimo, era un auténtico museo. Su dormitorio, que muy pocas personas llegaron a ver, era una fiel muestra del carácter de este personaje tan excéntrico como influyente.
La explicación más favorable al jefe de prensa de la embajada alemana es la que supondría una pasión desmedida por el arte. Tenía un negocio de antigüedades con la mujer de Otto Horcher, el dueño del restaurante alemán que también estaba al servicio del espionaje nazi, y en opinión de Spitzy, llegó a «gobernar» el mercado de arte de Madrid. Compraba muebles en el Rastro y ganó mucho dinero mediante la compraventa.
El restaurante más frecuentado por Lazar y Spitzy era Horcher, uno de los más reputados y caros de la ciudad. Sus salones acogían a lo más granado de la colonia nazi y en sus fogones se cocinaba algo más que platos alemanes. Herr Horcher, su dueño, había dejado Berlín a causa de la guerra y había trasladado su negocio a Madrid. Su local berlinés era el favorito de Albert Speer, el arquitecto y ministro de Armamento de Hitler, y sus salones reservados estaban siempre ocupados por los jerarcas nazis. Horcher era amigo íntimo de Walter Schellenberg, el responsable del espionaje de la SD en el extranjero, el hombre para el que trabajaba Spitzy, y su elegante local madrileño se había abierto en 1943 con dinero facilitado por el Amt VI, RSHA, es decir, con fondos proporcionados por el servicio secreto de Schellenberg.

La experiencia de Hispano Film Produktion se interrumpió porque Ther dejó Madrid, se enfundó su traje de soldado y marchó a combatir a Francia, donde hizo su campaña militar. Pero regresó pronto a su hotel madrileño, en el número 26 de la Carrera de San Jerónimo, y abordó nuevos proyectos cinematográficos con el propósito de «hermanar la producción de ambos países para dar a conocer los valores que los unen».
Ther, que a su regreso a Madrid tenía pegado a su trasero a un agente americano de los que trabajaban en la embajada de la calle Miguel Ángel, parecía entusiasmado con los estudios de Chamartín. Tras estudiar varios proyectos musicales reapareció en 1941 con una biografía de Pablo Sarasate, el excelente músico pamplonés. Esta película fue la única que este espía y maestro de la propaganda produjo en España. Después, el amigo de Himmler y Goebbels desplegó su actividad en otras tareas más oscuras y comprometidas. Trabajó como agente de la SA y facilitó al régimen nazi todas las informaciones de las que disponía gracias a sus contactos e influencia en el ámbito cultural español.
Aduanas Pujol-Rubio, una de las empresas de «Don Carlos», participó como intermediaria en la venta de un autorretrato de Rembrandt robado por las tropas de Hitler en su saqueo de los países ocupados y en la expoliación a la que sometieron a los judíos. La sociedad exportadora de Andress actuaba como intermediaria entre The Bauer Type Foundry Inc., de Nueva York y la Fundición Tipográfica Neufville, que tenía su sede en Barcelona y oficinas en Madrid. Su principal accionista era Carlos Hartman, que, al igual que Andress, residía en España.
Con el fin de vender el autorretrato de Rembrandt, los directivos de Aduanas Pujol-Rubio mantuvieron contactos con el traficante de arte George Henri Delfanne, un agente nazi al servicio de la Gestapo que dirigió parte del contrabando de arte expoliado. Estas operaciones se realizaban en España con la ayuda de anticuarios y marchantes catalanes y madrileños, algunos de éstos amigos de Lazar, el omnipresente jefe de prensa y propaganda de la embajada alemana. La pasión por el arte era una afición que también compartía Andress, el dueño de los laboratorios Merck. La red de espías nazis en Barcelona no tenía nada que envidiar, en este sentido, a la de Madrid.

La nueva vuelta de tuerca de los vencedores se fraguó en una lista negra de once folios, escrita a máquina y en inglés. Su título, Lista de repatriación. En la misma aparecían los nombres, apellidos y dirección en diferentes ciudades españolas de los 104 espías y agentes de Hitler cuya presencia resultaba más escandalosa. Junto a cada nombre aparecía una pequeña ficha en la que se describía al personaje y el servicio de espionaje para el que supuestamente trabajaba. Los Aliados aseguraron que si aquellas personas eran detenidas y repatriadas, no se presentarían más listas ni se realizarían más requerimientos.
En aquel documento aparecían Hans J. Lazar, el astuto jefe de propaganda de la embajada alemana; Hans Hoffmann, el intérprete de la División Azul; Johannes Bernhardt, el empresario que ayudó a Franco a ganar la guerra; el «doctor» Franz Liesau Zacharias, que experimentaba con monos; Clarita Stauffer, la amiga de Pilar Primo de Rivera que ayudaba a nazis en apuros; y, por supuesto, el elegante y apuesto Spitzy.
Los Aliados se quejaron también por el hecho de que algunos de estos espías nazis hubieran conseguido la nacionalidad española y la utilizaran como escudo protector para no ser repatriados. Bernhardt no había sido el único ni el primero en solicitarla.
El interés de los Aliados por capturar a los 104 era tal, que incluso ofrecieron a Exteriores una compensación razonable en las negociaciones sobre la liquidación de los bienes alemanes embargados. Todo, con tal de que Spitzy, Bernhardt y sus compañeros de la lista negra fueran repatriados. Navasqüés, un buen negociador, lo intuyó de inmediato. Pero, la influencia que los prófugos reclamados tenían en la Administración franquista era tan grande que la oferta de los vencedores no iba a surtir demasiado efecto.

El cementerio de Denia (Alicante) está rodeado por una tapia que lo separa de la carretera general y del mar. La angosta oficina del enterrador permanece abierta y sobre una mesa de madera, vieja y carcomida, se apilan los libros de registro donde se anotan con pluma estilográfica los nombres de los que eligieron este lugar para su descanso final. Encontrar la tumba de Antton Galler resulta fácil. Es la número 12 y está situada al final del cementerio, en la pared de la derecha, arriba, en la cuarta fila. Sobre una sencilla piedra de mármol negro hay grabada una cruz y, a su lado, el nombre de uno de los criminales de guerra nazi más buscados: Antton Galler (1915-1995). Y el de su esposa Elfe Galler (1916-1998), enterrada junto a él tres años más tarde.
El viejo Galler, ex comandante de un batallón de las Waffen-SS, murió a los 80 años de edad, en marzo de 1995, en este precioso pueblo alicantino. Pocas personas asistieron a su entierro y casi nadie sabía quién era este hombre de aspecto tranquilo y afable que paseaba con su perro por las calles de Denia.
Antton Galler no se instaló en Denia por casualidad. Seguía la estela de otros viejos camaradas que, tras concluir la Segunda Guerra Mundial, eligieron este pueblo para ocultarse de los Aliados. Martin Bormann, considerado el brazo derecho de Hitler, llegó a este antiguo pueblo de pescadores en 1946, procedente de Roma y bajo el manto protector de la Iglesia. Desde Denia fue trasladado probablemente hasta la ría de Arosa, donde embarcó en un submarino con destino a Suramérica. Otros no pasaron por Denia de puntillas, sino que se quedaron y echaron raíces en un pueblo en el que hoy, gracias al turismo, se respira en alemán más que en ninguna otra lengua. Uno de los pioneros fue Gerhard Bremer, ex miembro de la estandarte personal de Hitler y oficial de las SS, que se transformó en respetado constructor y promotor urbanístico. Colocó la esvástica en su casa y celebraba con champán el 20 de abril, cumpleaños de Hitler, con otros camaradas, como Otto Skorzeny. Sus vecinos, algunos todavía con vida, aseguran que los nazis huidos eran bien acogidos y estaban protegidos por Franco y Carrero Blanco. Bremer, al igual que Galler, está enterrado en ese pueblo alicantino y sus hijos regentan ahora distintos negocios hoteleros.
Pattist estuvo en España alejado de cualquier actividad política hasta su muerte, a los 80 años de edad, el 22 de marzo de 2001, en el hospital Valle del Nalón, en Langreo (Asturias).
Aún un personaje más: en una urbanización de Alicante, muy cerca de Denia y de la tumba donde está enterrado Anton Galler, se refugia desde hace años Aribert Heim, médico del campo de concentración de Mauthaussen. La Fundación Zentrum en Viena, organización de cazadores de nazis creada por Simon Wiesenthal, lo definió así: «Fue un gran criminal que asesinó a muchas personas sólo para aprender cómo debía hacerlo». Su pista se pierde en Alicante y su presencia todavía no ha podido ser probada. Tampoco se sabe si Heim vive o, al igual que otros camaradas suyos, está enterrado bajo el acogedor suelo español, convertido desde hace décadas en la tumba de los SS.

Lista de repatriación / 104 agentes
1. ALBRECHT, Karl Soehnke
   Bravo Murillo 83, Madrid  
   2. ANDRESS MOSER, Karl
   c/o Merck, Barcelona
   3. BAALK, Robert
   Escondido en RAMAJOSA, cerca de Vigo
   4. BASTIAN, Walter
   Serrano 135, Madrid
   5. BECKER WOLF, Hans
   Francoli 59, Barcelona
   6. BEISEL HEUSS, Wilhelm
   Ramón y Cajal 1 (3ra derecha), San Sebastián 
   7. BERNHARDT, Johannes, E.F
8. BLIENZ, Carlos
   Acumuladores NIFE, Rey 60, Madrid
   9. BODEMUELLER, Leonhard
   Hermosilla 1, Madrid
   10. BOOGEN, Josef
   General Concha 12, Bilbao
   11. BORMANN, Kurt
   Perines 30, Santander
   12. BREY, Franz, comandante
   Madrid
   13. BUNGE, Eduard
   Calle Aguirre 12, Bilbao
   14. BURBACH, Friedhelm
   Calle Aguirre, 12, Bilbao
15. CLAUSS, Adolf
   Avenida Italia 12, Huelva
   Agente alemán implicado en el sabotaje de mercancías en Huelva y Sevilla. 
   16. CLAUSS, Ludwig (hijo)
   Huelva
   17. DEDE, Hans
   Plaza Cort 5, Palma de Mallorca
   18. DEMMEL, Georg
   Alamedo Mazardeo 15 Bilbao; o (c/o Bar Germania). 
   19. DENCKER, Hubert
   Primo de Rivera 1, San Sebastián 
   20. DIETRICH, Arthur
   Sil 9, Colonia de Viso, Madrid. Actualmente escondido en Trespaderna, entre Santander y Burgos 
   21. DRAEGER, Gustav
   Probablemente vive con su hija en la finca “Mi Capricho” cerca de Sanlúcar, La Mayor.
   22. DREXEL, Patricio A.
   Hotel 4 Nations, Córdoba
23. EHLERT, Fritz Otto
   Escondido en Trespaderna, entre Santander y Burgos 
   24. ENGELHORN, Hans
   Muntaner 101, Barcelona 
   25. ERHARDT, Eugen
   Gran Vía 62, Bilbao
   26. FIX, Robert
   Jovellanos 7, c/o Joseph Rothfritz, Madrid
   27. FULDNER, Albert Horst
   Modesto Lafuente 33, Madrid. En la actualidad se encuentra escondido en Tarrasa.
   28. GABELT, Erich
   Tiene su oficina en el edificio del Banco Vizcayo, Madrid
   29. GIESE HAUSMANN, Alfred
   Paseo Miramar, Málaga
30. GLOSS, Herbert
   Calle Balmes 236, Barcelona
   31. GOERITZ,  Hermann
   32. GRUETZNER, Domingo
   Mariano Cubí, 98, Barcelona
   33. HAHN, Hubert, Dr.
   Reina Victoria 35, Madrid
   34. HEINEMANN, Hans
   Barcelona 
   35. HINRICHSEN, Otto
   Calle Ledesma 18, Bilbao 
   36. HOFFMANN, Andres Martin
   Calle Moreto 8, Madrid.
37. HOFFMANN, Hans
   Calle Cervantes 1, Málaga, c/o Salvador Rueda Villa Mirasol Monte de Sancha, Málaga; o Navacerrada
   38. HUBER, Hans, Dr.
   Grijalda 1, Madrid
   39. JUNGHANNS, Walter
   Desengaño 6, Madrid 
   40. JURETSCHKE, Hans
   Instituto de Nebrija, Consejo Superior, Madrid 
   41. KAEHLER, Kurt
   Valencia 
   42. KELLNER, Hans
   Freixa 6, Barcelona.
43. KEMPE, Richard, Dr.
   Escondido en la finca de KADNER cerca de Navacerrada 
   44. KIECKEBUSCH, Eberhard
   Ávila
   45. KIRCH, Carlos
   Barcelona o Figueras
   46. KLINKERT, Pablo (hijo)
   Bilbao 
   47. KNAPPE RATEY, Friedrich
   Madrid 
   48. KNOBLOCH, Hans J. Kindler von
   Serrano 81, Madrid, o Alicante
   49. KOENNECKE, Rolf
   Lagasca 72, Madrid 
   50. KOPKE DEMOY, Albert (Bertie)
   Avenida de Argentina 70, Barcelona.
51. KOSCHITZKY, Hans Ingo von
   Regenta un hostal en Navas del Marqués
   52. KRAHMER, Eckart
   53. KÜHLENTHAL, Karl Erich
   54. KUTSCHMANN, Walter 
   55. LASSEN, Carl Theodor
   Calle de las Espartinas 8, 3° Izda, Barcelona o Benítez Gutiérrez 24, Madrid
   56. LAZAR, Hans J.
   Madrid 
   57. LIESAU ZACHARIAS, Franz
   Alcalá 52, Madrid 
   58. LIPPERHEIDE, Friedrich
   San Agustín, Bilbao.
59. LOREK, Hans, Capitán
   Segre 7, Madrid
   60. MAINZER DOLLE, Eric
   61. MENZELL, Alfred
   Calle Cuesta 15, Madrid 
   62. MERCK, Karl Ernst von
   Serrano 51, o Lista 72, Madrid
   63. MERODE, Rudolf von
   Probablemente en Figueras
   Miembro destacado del SD en
   64. MESSERSCHMIDT, Eberhard
   Calle Fuenfría, Cercedilla
   65. MEYER-DOEHNER, Kurt
   Calle Pinar 18, Madrid 
   66. MOELLER, Rudolf
   Barcelona.
67. MUENDLER, Anneliese
   Diego de León 20, Madrid, bajo el nombre de Dr. Spies, o c/o von Stackelberg C. Manuel Palacios 5. 
   68. NUTZ, Max
   Alicante
   69. OBERMUELLER, Ivo
   Calle Belalcázar 6, Madrid 
   70. PASCH, Karl
   Calle Larreategui 42, Bilbao 
   71. PASCH, Wilhelm 
   72. PASCHKES, Ewald Christian
   Su esposa vive en Muntaner 181 (5° piso, 3° dcha) Barcelona 
   73. PECHE, Ulrich Ernesto
   Maria Molina 22, Madrid
   74. PETERSEN, Wilhelm, Dr.
75. PLOHR, Wilhelm
   Alameda de Recalde 21, Bilbao 
   76. POCK, Anton
   Modolell 56, Barcelona
   77. RADEKE, Alfred E.
   Torre del Cherro, Denia, provincia de Valencia
   78. RATFISCH, Werner
   Madrid
   79. RESENBERG, Karl
   c/o Señorita Carlotta Viltró, Calle Cádiz 13, Barcelona 
   80. RIEMANN, Oscar (alias) (nombre verdadero August ZWIESELE)
   Las Corts, barrio de Barcelona. (Recibe correspondencia en el Bar Lutz, Calle Mallorca 196, Bcn 
   81. ROHE, Hans
   Madrid 
   82. RUNDE, Eugen, Coronel
   Arturo Soria 341, Ciudad Lineal
83. SCHADE, Theodor
   Madrid o Reus 
   84. SCHESACK, Gregor
   Calle Mayor de Gracia 38, Barcelona. También Muntaner 83, 4° Barcelona
   85. SCHMIDT, Ernst Emil
   Paseo del Pintor Rosales 78, Madrid
   86. SCHMOELE, Theo
   Calle Peligros 10, Madrid, o Lacemo S.A. Avenida José Antonio 15, Madrid
   87. SCHNEIDER, Carlos Wolfgang
   Gandía, provincia de Valencia 
   88. SCHONTE [nombre de pila ilegible en original]
   Zumalacárregui 3, San Sebastián
   Agente del Abwehr implicado también en actividades de posguerra.
   89. SCHWAB, Franz
   Don Fabrique 5, Sevilla 
   90. SEEGERS, Gustav
   Calle Costa 9, 4° derecha, Zaragoza.
91. SIEVERS, Joachim
   Hotel Miramar, Málaga 
   92. SPITZI, Reinhardt
   Santillana del Mar, cerca de Santander, o «El Quexigal» Ávila
   93. SPRETER, Wilhelm
   Licenciado Pozos 3 (5° piso), Bilbao 
   94. STAUFFER, Clarita
   Galileo 14, Madrid 
   95. THER, Johann
   Carrera de San Jerónimo 26, Madrid 
   96. THIEL, Hans Otto
   A menudo se oculta en Paseo del Pintor
97. TIEMANN, Wilhelm Karl
   Dr. Amegant N° 4, Sarriá, Barcelona.
98. TIESSLER, Paul Ernst F.
   Finca los Morales, a 3 kilómetros de Málaga por la carretera de Granada 
   99. VOLLHARDT, Herbert, Dr.
   Alcalá 45, Madrid (Oficinas de la Compañía Marconi) 
   100. WAHLE, Anton
   Hermann Gaertner S.A., Madrid
   Agente del SD y de SIPO que trabaja bajo el amparo de una de las empresas de Sofindus.
   101. WALDHEIM, Gottfried von
   Lagasca 102 (5° derecha), Madrid 
   102. WEDEKIND, Hans
   Alfonso, 12, Madrid
   103. WINTER, Gustav
   Calle de la Brisa 4, Tenerife, o Atlántica Comercial, S.A. Jandía, Islas Canarias 
   104. ZISCHKA, Anton E.
   Último domicilio: Cala MOLINS (San Vicente cerca de Pollensa, Mallorca)

This is an interesting book where it should be taken into account that this book follows the trail of some of the German spies who operated in Spain during the Second World War. They were many, but most of them were not properly spies, but German citizens residing in Spain and who, at the beginning of the war, were more or less forced to perform information or support tasks in favor of their country.
The book follows with special detail the life of some of the most outstanding of these agents and also provides data of some other Germans who sought refuge in Spain after the end of the war and the Nazi regime.

On Christmas of 1996, the first news about the alleged involvement of the Franco government in buying the gold that the Nazis had stolen from the Jews arrived in Spain. For several months he investigated in the General Archive of the Ministry of Foreign Affairs (AMAE) in the Palace of Santa Cruz, in Madrid, the origin and destination of the 67.4 tons of this metal that were purchased during the Second World War to replace the reservations disappeared during the Republic. In mid-1997, a document of eleven folios was found, typed and in English, in which the Allies demanded Franco, at the end of the war, the repatriation of 104 Germans residing in numerous Spanish cities whom they accused of working for the various Nazi espionage services. They were men and women, many belonging to influential German families in Spain, who were reproached for having collaborated, from different positions, in all kinds of activities in favor of the Government of Adolf Hitler.
Reinhard Spitzy arrived in Madrid at the end of the hot August of 1942. The new executive of the Skoda, a German arms company, owned by the Waffen-SS, the fearsome political police of Adolf Hitler, seemed more a diplomat than a commercial of the factory that sold small antiaircraft guns to the Spanish army. At age 31, Spitzy, 1.95 tall, broad shoulders, clear eyes and well-dressed, could not hide a formation that went far beyond that of a German executive transferred to the capital of Spain during World War II. In that Madrid of the forties, with a Government that still thanked Hitler for his support to win the Civil War.
Spitzy was surprised by the excellent organization of the Nazi party in Spain and the comfortable existence enjoyed by all its officials in a country recently emerged from a war and surrounded by hardship. The infiltration of Nazism in the German community, some 30,000 people, was true. The Nazi party had placed its men in the main associations and had appropriated all the facilities received. The Deutsche Arbeitsfront (German Labor Front) had remained with the social facilities and the German schools were under the special control of the organs of the party. This caused the change of the teaching body; only the most faithful kept their posts.

Aline’s mission in Madrid was as special and difficult as that of Reinhard Spitzy, the Austrian SS who only a few months earlier had contacted the Allies in Switzerland. But both were in opposing camps and only shared the stage: the capital of a seemingly neutral country that, due to its geographical location, had become one of the largest spy nests in Europe, especially of hundreds of Nazis, more numerous and well-off than those of any other country. They enjoyed the sympathy of the regime and the support of the Falange, which had more than 600,000 members: an army whose soldiers, despite having finished the fight, still walked in uniform-black warrior, strapless, blue shirt and red beret – for the casinos or bars of the towns and cities. But, in addition, the German agents counted on the inestimable aid of the police and the Civil Guard, that made the blind sight when they developed illegal missions.
As of January 1944, Aline, the young American student and model, joined the American Oil Mission team. Apparently, those men were just innocent managers of a powerful company that was doing oil prospecting all over the world. Gasoline was one of the greatest needs of the country, because of the blockade that the Allies subjected to the Franco government because of its dictatorial policy and its support for Hitler. But there were the Americans of the oil company, simulating investigations and business.

Why was Spain supplied with gold during the Second World War? When Franco took Madrid, the first places visited by the rebels were the deposits of the Bank of Spain: cold and empty chambers in which only one ingot of gold was found, a whole symbol. The Government of the Republic had transferred to Moscow all the reserves of the most precious metal of that time. The «National Subscription» organized by Franco forced thousands of Spaniards to hand over their chains, rings, bracelets and any other precious object that would help fill the void of those huge basements at number 50 on Calle de Alcalá. Many hid their jewelry for years. They did not want to let go of what little they had left after the war and they ran the risk of going to jail.
Martínez Ortega, father of Cristóbal Martínez Bordiú, Franco’s son-in-law, was the perfect figurehead to disguise the German investment in several mining companies of great strategic importance for the Nazi war machine. The aristocrat, to whom Franco imposed the gold medal of Mancha Real, presided over the company Somar, dedicated to the exploitation of tin, and Floruros Metálicos S.A., which extracted fluorspar, a highly demanded product that was sold in the United States. Its capital, to name mainly of Martinez Ortega, simulated to be Spanish, but in fact it was Nazi. The count of Argillo, a respected aristocrat of Franco’s clique, was also in charge of Imports of Minerals S.A., Aralar, Mountains of the South and Sierra de Gredos, some dedicated to the exploitation of tungsten. The count was one of the most passionate and faithful Nazi figureheads. A very well-kept secret of the father of the Marquis of Villaverde who a few years later would discover Emilio de Navasqüés, the general director of economic policy. But the collaboration with the Count’s Nazism was not divulged except in the confidential reports of this last official to his minister.
The German merchant also used straw men to control his shipping companies, whose ships had only one mission: to bring war supplies to Germany.

Lazar’s life train called not only the attention of the American and British spies who were watching him, but the jealousies and envy inside the German embassy itself. Winzer, the faithful representative of the Gestapo, did not trust him and the SS agents reported him several times.
Hans J. Lazar was passionate about antiques and his house, a mansion rented precisely to the Hohenlohe at number 43 of the Avenida del Generalissimo, was a real museum. His bedroom, which very few people came to see, was a faithful demonstration of the character of this character as eccentric as influential.
The most favorable explanation to the press officer of the German embassy is that which would suppose an excessive passion for art. He had an antique business with the wife of Otto Horcher, the owner of the German restaurant who was also in the service of Nazi espionage, and in Spitzy’s opinion, he came to “govern” the art market in Madrid. He bought furniture at the Rastro and made a lot of money by buying and selling.
The restaurant most frequented by Lazar and Spitzy was Horcher, one of the most reputed and expensive in the city. Its halls were home to the most famous of the Nazi colony and cooked more than German dishes in its kitchens. Herr Horcher, its owner, had left Berlin because of the war and had moved his business to Madrid. His Berlin establishment was the favorite of Albert Speer, the architect and minister of Armament of Hitler, and his reserved rooms were always occupied by the Nazi hierarchs. Horcher was a close friend of Walter Schellenberg, responsible for the espionage of the SD abroad, the man for whom Spitzy worked, and his elegant Madrid establishment had opened in 1943 with money provided by the Amt VI, RSHA, that is, with funds provided by the Schellenberg secret service.

The experience of Hispano Film Produktion was interrupted because Ther left Madrid, put on his soldier costume and went to fight in France, where he made his military campaign. But he returned soon to his hotel in Madrid, at number 26 of the Carrera de San Jerónimo, and tackled new film projects with the purpose of “twinning the production of both countries to make known the values ​​that unite them.”
Ther, who on his return to Madrid had an American agent attached to his backside working at the embassy on Miguel Angel Street, seemed enthusiastic about the Chamartín studios. After studying several musical projects he reappeared in 1941 with a biography of Pablo Sarasate, the excellent musician from Pamplona. This movie was the only one that this spy and master of propaganda produced in Spain. Then, the friend of Himmler and Goebbels deployed his activity in other darker and committed tasks. He worked as an agent of the SA and provided the Nazi regime with all the information he had available thanks to his contacts and influence in the Spanish cultural sphere.
Customs Pujol-Rubio, one of the companies of “Don Carlos”, participated as an intermediary in the sale of a self-portrait of Rembrandt stolen by Hitler’s troops in their plundering of the occupied countries and in the plundering to which they subjected the Jews . The Andress exporting company acted as an intermediary between The Bauer Type Foundry Inc., of New York and the Neufville Type Foundry, which had its headquarters in Barcelona and offices in Madrid. Its main shareholder was Carlos Hartman, who, like Andress, resided in Spain.
In order to sell Rembrandt’s self-portrait, Customs officials Pujol-Rubio maintained contact with art dealer George Henri Delfanne, a Nazi agent in the service of the Gestapo who directed part of the smuggling of stolen art. These operations were carried out in Spain with the help of antiquarian and Catalan and Madrilenian dealers, some of these friends of Lazar, the ubiquitous head of press and propaganda of the German embassy. The passion for art was a hobby that also shared Andress, the owner of Merck laboratories. The network of Nazi spies in Barcelona had nothing to envy, in this sense, of Madrid.

The new twist of the victors was forged in a blacklist of eleven folios, typed and in English. Your title, repatriation list. In the same appeared the names, last names and address in different Spanish cities of the 104 spies and agents of Hitler whose presence was more scandalous. Next to each name appeared a small file that described the character and the espionage service for which he supposedly worked. The Allies said that if those people were arrested and repatriated, no more lists would be presented nor would more requirements be made.
In that document appeared Hans J. Lazar, the cunning propaganda chief of the German embassy; Hans Hoffmann, the interpreter of the Blue Division; Johannes Bernhardt, the businessman who helped Franco win the war; the “doctor” Franz Liesau Zacharias, who experimented with monkeys; Clarita Stauffer, Pilar Primo de Rivera’s friend who helped Nazis in distress; and, of course, the elegant and handsome Spitzy.
The Allies also complained about the fact that some of these Nazi spies had obtained Spanish nationality and used it as a protective shield to avoid being repatriated. Bernhardt was not the only one or the first to request it.
The Allies’ interest in capturing the 104 was such that they even offered Foreign Affairs reasonable compensation in the negotiations on the liquidation of the seized German assets. Everything, as long as Spitzy, Bernhardt and his blacklist mates were repatriated. Navasqüés, a good negotiator, intuited it immediately. But, the influence that the fugitives claimed had in the Francoist administration was so great that the offer of the victors was not going to have too much effect.

The cemetery of Denia (Alicante) is surrounded by a wall that separates it from the main road and the sea. The narrow office of the undertaker remains open and on a wooden table, old and decayed, the registry books are piled up where the names of those who chose this place for their final rest are noted with a fountain pen. Finding Antton Galler’s grave is easy. It is number 12 and it is located at the end of the cemetery, on the wall on the right, above, in the fourth row. On a simple black marble stone there is a cross engraved and, next to it, the name of one of the most wanted Nazi war criminals: Antton Galler (1915-1995). And that of his wife Elfe Galler (1916-1998), buried next to him three years later.
Old Galler, former commander of a battalion of the Waffen-SS, died at the age of 80, in March 1995, in this beautiful town of Alicante. Few people attended his funeral and almost nobody knew who was this man of calm and affable aspect who walked with his dog through the streets of Denia.
Antton Galler did not settle in Denia by chance. It followed the wake of other old comrades who, after the end of World War II, chose this town to hide from the Allies. Martin Bormann, considered the right arm of Hitler, came to this old fishing village in 1946, coming from Rome and under the protective mantle of the Church. From Denia he was probably transferred to the Ría de Arosa, where he embarked on a submarine bound for South America. Others did not go through Denia on tiptoe, but they stayed and took root in a town where today, thanks to tourism, one breathes in German more than in any other language. One of the pioneers was Gerhard Bremer, former member of Hitler’s personal banner and SS officer, who became a respected urban developer and builder. He placed the swastika in his house and celebrated with champagne on April 20, Hitler’s birthday, with other comrades, like Otto Skorzeny. His neighbors, some still alive, assure that the fleeing Nazis were welcome and were protected by Franco and Carrero Blanco. Bremer, like Galler, is buried in that town in Alicante and his children now run different hotel businesses.
Pattist was in Spain away from any political activity until his death, at 80 years of age, on March 22, 2001, at the Valle del Nalón hospital in Langreo (Asturias).
Still another character: in an urbanization of Alicante, very close to Denia and the tomb where Anton Galler is buried, Aribert Heim, doctor of the Mauthaussen concentration camp, has been hiding for years. The Zentrum Foundation in Vienna, an organization of Nazi hunters created by Simon Wiesenthal, defined it this way: “He was a great criminal who murdered many people just to learn how he should do it.” His track is lost in Alicante and his presence has not yet been proven. It is also not known if Heim lives or, like other comrades of his, is buried under the cozy Spanish soil, which has been converted for decades into the tomb of the SS.

4 pensamientos en “La lista negra: Los nazis que protegieron Franco y la Iglesia — José María Irujo / The Black List: The Nazis Who Protected Franco and the Church by José María Irujo

  1. Excelente artículo, el rostro del fascismo es igual en todas partes. Nuestra revolución esta siendo asesiada por le capitalismo internacional y la derecha nazifascista nos ataca con todo su poderío mediático y económico.

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