Einstein: Su vida y su universo — Walter Isaacson

Es un interesante libro a través de documentos del propio protagonista, bien es verdad que parte de lo contado lo entenderán propiamente los expertos en ciencias pero me parecen muy buenas las biografías del autor por su forma de contarlas, como la de Steve Jobs ya comentada.

En la universidad se enamoró locamente de la única mujer que había en su clase de física, una oscura y vehemente serbia llamada Mileva Marić. Tuvieron una hija ilegítima, luego se casaron y tuvieron otros dos hijos. Ella actuó como caja de resonancia para sus ideas científicas y le ayudó a verificar las fórmulas matemáticas de sus artículos; pero a la larga su relación se desintegró. Einstein le ofreció un acuerdo. Algún día, le dijo, ganaría el Premio Nobel; si ella le concedía el divorcio, él le daría el dinero del premio. Ella lo pensó durante una semana y acabó aceptando. Dado que sus teorías eran tan radicales, habrían de pasar diecisiete años tras su milagrosa producción desde la oficina de patentes para que finalmente obtuviera el galardón y ella cobrara.
La vida y obra de Einstein reflejan el trastorno de las certidumbres sociales y los absolutos morales que caracterizó la atmósfera modernista de comienzos del siglo XX. Flotaba en el aire un imaginativo inconformismo; Picasso, Joyce, Freud, Stravinski, Schonberg y otros rompían los límites convencionales.
Su búsqueda se inició en 1895, cuando a los dieciséis años de edad trató de imaginar qué sentiría alguien que viajara con un rayo de luz. Una década más tarde tendría lugar su año milagroso, descrito en la carta anteriormente mencionada, que sentaría las bases de los dos grandes avances de la física del siglo XX: la relatividad y la teoría cuántica.
Una década después de eso, en 1915, arrebató a la naturaleza su gloria suprema con una de las teorías más hermosas de toda la ciencia, la teoría de la relatividad general. Como en el caso de la relatividad especial, su pensamiento había evolucionado a través de experimentos mentales. «Imagine que se encuentra en un ascensor completamente cerrado que es objeto de una aceleración a través del espacio», conjeturaba en uno de ellos; «los efectos que sentiría resultarían indistinguibles de la experiencia de la gravedad».
Einstein era un rebelde que respetaba la armonía de la naturaleza, que tenía la mezcla exacta de imaginación y sabiduría para transformar nuestra comprensión del universo. Y estos rasgos son exactamente tan vitales en este nuevo siglo de globalización, en el que nuestro éxito dependerá de nuestra creatividad, como lo fueron a comienzos del siglo XX, cuando Einstein contribuyó a introducirnos en la era moderna.

Tardó en aprender a hablar. «Mis padres estaban tan preocupados —recordaría más tarde— que consultaron a un médico». Aún después de haber empezado a utilizar palabras, en algún momento a partir de los dos años, desarrolló una rareza que llevó a la criada de la familia a llamarle der Depperte (el atontado) y a otros miembros de su familia a calificarle de «casi retrasado».
Es posible que su aprecio por la música, y especialmente por Mozart, reflejara su gusto por la armonía del universo. Como señalaba Alexander Moszkowski, que en 1920 escribió una biografía de Einstein basada en conversaciones con él: «La música, la naturaleza y Dios se entrelazaron en él formando un conjunto de sentimientos, una unidad moral, cuyo rastro jamás se desvanecería».
A lo largo de toda su vida, Albert Einstein conservaría la intuición y la impresionabilidad de un niño. Jamás perdería su capacidad de asombro ante la magia de los fenómenos de la naturaleza —campos magnéticos, gravedad, inercia, aceleración, rayos de luz— que tan comunes parecen a los adultos. Conservaría la capacidad de albergar dos pensamientos a la vez en su mente, de sentirse perplejo cuando estos se contraponían, y de maravillarse cuando era capaz de intuir que había una unidad subyacente. «Las personas como tú y como yo jamás envejecemos —le escribió a un amigo, ya más avanzada su vida—. Nunca dejamos de permanecer como niños curiosos frente al gran misterio en el que hemos nacido».
La rebelión de Einstein contra el dogma religioso tuvo un profundo efecto en su opinión general sobre el saber recibido. Le imbuyó de una reacción alérgica contra toda forma de dogma y autoridad, que habría de afectar tanto a su actitud política como a su ciencia. «El recelo frente a toda clase de autoridad surgió de esta experiencia, una actitud que ya nunca me ha vuelto a abandonar», diría más tarde. De hecho, fue esta sensación de comodidad sintiéndose inconformista lo que definiría tanto su ciencia como su pensamiento social durante el resto de su vida.
Posteriormente lograría zafarse de esa contradicción con una gracia que en general resultaría encantadora una vez que fue aceptado como un genio. Pero no le ocurría lo mismo cuando era solo un estudiante descarado en una escuela de secundaria de Múnich. «Se sentía muy incómodo en la escuela», diría su hermana.

La impertinencia de Einstein también le trajo problemas con el otro profesor de física del Politécnico, Jean Pernet, que se encargaba de los experimentos y los ejercicios de laboratorio. En su curso de «Experimentos de física para principiantes» le puso a Einstein un uno, la peor nota posible, ganándose con ello la distinción histórica de haber sido el único que suspendió a Einstein en un curso de física. Esto se debió en parte al hecho de que Albert apenas apareció por clase. Por requerimiento explícito y por escrito de Pernet, en marzo de 1899 Einstein recibió oficialmente una «amonestación del director por su falta de diligencia en la práctica de la física».
Una de las virtudes de la mente de Einstein era que podía compaginar varías ideas de manera simultánea. Así, mientras examinaba el baile de las partículas en un líquido, al mismo tiempo había estado bregando con una teoría distinta que afectaba a los cuerpos en movimiento y la velocidad de la luz. Más o menos al día siguiente de haber enviado su artículo sobre el movimiento browniano, estaba hablando con su amigo Michele Besso cuando tuvo una idea genial. Aquella idea —como le escribiera Einstein a Habicht en su famosa carta de aquel mes— daría lugar a «una modificación de la teoría del espacio y el tiempo».

El brote de creatividad de Einstein en 1905 resultó asombroso. Había concebido una revolucionaria teoría cuántica de la luz, había contribuido a probar la existencia de los átomos, había explicado el movimiento browniano, había cambiado el concepto de espacio y tiempo, y había ideado la que se convertiría en la ecuación más conocida de la historia de la ciencia. Pero al principio no pareció haber mucha gente que fuera consciente de ello. Según su hermana, Einstein había esperado que su avalancha de ensayos publicados en una destacada revista le sacarían de la oscuridad del puesto de un funcionario de patentes de tercera clase y le harían acreedor a cierto reconocimiento académico, y quizá incluso a un puesto en el ámbito académico. «Pero se sintió amargamente decepcionado —señalaba—. A la publicación solo le siguió un gélido silencio».
Eso no era del todo cierto. Hubo un pequeño pero respetable grupo de físicos que no tardaron en tomar nota de los artículos de Einstein, y este tuvo la buena fortuna de que uno de ellos resultara ser el más importante de todos los posibles admiradores que habría podido tener, Max Planck.

El camino de Einstein hacia la relatividad general mostraba de nuevo cómo tendía a funcionar su mente:
1. Se sentía incómodo por el hecho de que hubiera dos teorías aparentemente independientes para el mismo fenómeno observable. Ese había sido el caso con la bobina en movimiento o el imán en movimiento que producían la misma corriente eléctrica observable, que él había resuelto mediante la teoría de la relatividad especial. Ahora ocurría lo mismo con las distintas definiciones de masa inerte y masa gravitatoria, que empezaba a resolver basándose en el principio de equivalencia.
2. Se sentía igualmente incómodo cuando una teoría hacía distinciones que no podían observarse en la naturaleza. Ese había sido el caso de los observadores en el movimiento uniforme, no había forma de determinar quién estaba en reposo y quién estaba en movimiento. Y al parecer ahora ocurría lo mismo con los observadores en el movimiento acelerado, no había forma de saber quién estaba siendo acelerado y quién se hallaba en un campo gravitatorio.
3. Einstein estaba ansioso por generalizar teorías antes que conformarse con dejar que se limitaran a un caso especial. Consideraba que no tenía que haber un conjunto de principios para el caso especial del movimiento a velocidad constante y otro conjunto distinto para todos los demás tipos de movimiento. Su vida fue una continua búsqueda de teorías unificadoras.

Einstein asumiría un papel similar como protector del viejo orden. De hecho, ya entonces estaba buscando el modo de salir de los inquietantes dilemas que planteaba la teoría cuántica. «Tengo grandes esperanzas de que podré resolver el problema de la radiación, y de que lo haré sin los cuantos de luz», escribiría a un joven físico con el que trabajaba.
Resultaba todo demasiado desconcertante, al menos por el momento. Así que, mientras ascendía en el escalafón profesional de las universidades germanoparlantes de Europa, Einstein centró de nuevo su atención en el tema que resultaba propiamente suyo, la relatividad, y que durante un tiempo se convertiría en un refugio para huir de aquella especie de país de las maravillas que representaban los cuantos. Como el propio Einstein se lamentaría a un amigo: «Cuantos más éxitos obtiene la teoría cuántica, más ridícula parece».

Después de que Einstein formulara su teoría de la relatividad especial en 1905, se dio cuenta de que esta estaba incompleta en al menos dos aspectos. En primer lugar, sostenía que ninguna otra interacción física podía propagarse a mayor velocidad que la de la luz, lo cual entraba en conflicto con la teoría de la gravitación de Newton, que concebía la gravedad como una fuerza que actuaba instantáneamente entre objetos distantes. En segundo término, esta se aplicaba únicamente al movimiento con velocidad constante. De modo que durante los diez años siguientes, Einstein se consagraría de manera alterna al intento de concebir una nueva teoría de campo de la gravitación y al de generalizar su teoría de la relatividad a fin de que esta se aplicara también al movimiento acelerado.
Su primer gran avance conceptual se había producido a finales del año 1907, mientras escribía un artículo sobre la relatividad para un anuario científico.
El objetivo de Einstein en la búsqueda de su teoría de la relatividad general era encontrar las ecuaciones matemáticas que describieran dos procesos complementarios:
Cómo actúa un campo gravitatorio sobre la materia, diciéndole cómo moverse.
Y a su vez, cómo la materia genera campos gravitatorios en el espacio-tiempo, diciéndole cómo curvarse.
Su genial intuición fue que la gravedad podía definirse como una curvatura del espacio-tiempo y, en consecuencia, podía representarse por medio de un tensor métrico. Durante más de tres años, Einstein buscaría de manera intermitente las ecuaciones adecuadas para completar su misión.
Tiempo después, cuando su hijo pequeño, Eduard, le preguntara por qué era tan famoso, Einstein le respondería empleando una sencilla imagen para describir su gran intuición de que la gravedad era una curvatura de la estructura del espacio-tiempo. «Cuando un escarabajo ciego repta por la superficie de una rama curvada, no puede apreciar que la trayectoria que está recorriendo en realidad es curva —le dijo—. Yo tuve la suerte de percibir lo que no había percibido el escarabajo».

La teoría de la relatividad de Einstein irrumpió en la conciencia de un mundo que estaba hastiado de la guerra y anhelaba un triunfo de la trascendencia humana. Casi un año después del fin del brutal conflicto, se producía el anuncio de que un cuáquero inglés había demostrado la validez de la teoría de un judío alemán. «¡Científicos pertenecientes a dos naciones en conflicto habían colaborado de nuevo! —recordaba exultante el físico Leopold Infeld—. Aquello parecía el principio de una nueva era».
El 7 de noviembre, el londinense Times publicaba la noticia de que los alemanes derrotados habían sido convocados a París para afrontar las demandas de reparaciones de guerra de británicos y franceses. Pero también publicaba el siguiente triple titular:

Revolución en la ciencia
Nueva teoría del universo
Derribadas las ideas newtonianas

«La concepción científica de la estructura del universo debe modificarse», proclamaba el periódico. La recientemente confirmada teoría de Einstein «requerirá una nueva filosofía del universo, una filosofía que eliminará casi todo lo aceptado hasta ahora».

Einstein fue capaz de evitar que su fama destruyera su actitud sencilla ante la vida. En un viaje nocturno que hizo a Praga, temió que hubiera dignatarios o curiosos que quisieran agasajarle, de modo que decidió alojarse con su amigo Philipp Frank y su esposa. El problema era que, de hecho, estos vivían en el gabinete de Frank en el laboratorio de física, donde el propio Einstein había trabajado anteriormente. De modo que este último durmió en el sofá que allí había. «Probablemente no era lo bastante bueno para un hombre tan famoso —recordaría Frank—, pero sí se adaptaba a su gusto por los hábitos de vida sencillos y las situaciones que contravenían las convenciones sociales».

El auge del antisemitismo alemán después de la Primera Guerra Mundial provocó una contrarreacción en Einstein, le hizo identificarse de una forma más acusada con su ascendencia y su comunidad judías. En un extremo estaban los judíos alemanes como Fritz Haber, que hacían todo lo posible —incluyendo convertirse al cristianismo— para asimilarse, e instaban a Einstein a hacer lo mismo. Este, sin embargo, adoptó el planteamiento opuesto; justo cuando empezaba a hacerse famoso, abrazó la causa sionista. No es que se incorporara a ninguna organización sionista o, para el caso, que frecuentara o fuera a rezar a ninguna sinagoga. Pero sí se declaró en favor de los asentamientos judíos en Palestina, de una identidad nacional entre los judíos de todas partes y del rechazo de los deseos asimilacionistas.
Como Spinoza, Einstein no creía en un Dios personal que interactuaba con el hombre. Pero sí creían ambos que había un diseño divino reflejado en las elegantes leyes que gobernaban el funcionamiento del universo.
Esto no era meramente una expresión de fe; era un principio que Einstein elevaba (como hiciera con el principio de relatividad) a la categoría de postulado que le guiaba en su trabajo. «Cuando juzgo una teoría —le diría a su amigo Banesh Hoffmann—, me pregunto si, en el caso de que yo fuera Dios, habría dispuesto el mundo de esa manera».
Cuando planteaba esa cuestión, había una posibilidad que sencillamente no podía creer, que el buen Dios hubiera creado hermosas y sutiles reglas que determinaban la mayor parte de lo que ocurría en el universo, mientras que dejaba unas cuantas cosas completamente al azar. Esa idea le parecía un error. «Si el Señor hubiera querido hacer eso, lo habría hecho del todo, y no ajustándose a una pauta… Lo habría llevado hasta el final. Y en ese caso no tendríamos que buscar leyes en absoluto».
Esto daría lugar a una de las frases más citadas de Einstein, escrita en una carta a Max Born, el amigo y físico con el que discutiría este tema a lo largo de más de tres décadas: «La mecánica cuántica sin duda resulta imponente —diría Einstein—. Pero una voz interior me dice que eso no es todavía lo real. La teoría dice mucho, pero en realidad no nos acerca en absoluto a los secretos del Viejo. Sea como fuere, yo estoy convencido de que Dios no juega a los dados».
Fue así como Einstein decidiendo que la mecánica cuántica, aunque podía no ser errónea, sí era cuando menos incompleta. Debía de haber una explicación más plena de cómo funciona el universo; una que incorporara tanto la teoría de la relatividad como la mecánica cuántica, y, al hacerlo, no dejara cosas al azar.

Para Einstein, la política mundial era como la ciencia, aspiraba a encontrar un conjunto de principios unificadores que crearan el orden a partir de la anarquía. Un sistema basado en naciones soberanas con sus propias fuerzas militares, ideologías divergentes e intereses nacionales en conflicto produciría inevitablemente más guerras. De modo que él contemplaba la existencia de una autoridad mundial como algo más realista que idealista, como algo práctico antes que ingenuo.
Durante los años de guerra se había mostrado prudente, ya que él era un refugiado en un país que empleaba su potencia militar con fines nobles, y no de carácter nacionalista. Pero el final de la guerra cambió las cosas. Y también lo hizo el lanzamiento de las bombas atómicas. El aumento de la capacidad destructora de las armas ofensivas generaba un incremento proporcional de la necesidad de encontrar una estructura mundial que garantizara la seguridad.
La actitud de Einstein frente a Rusia revelaba su característico inconformismo. Él no se lanzó, cómo muchos otros hicieron, a glorificar a los rusos cuando estos pasaron a convertirse en aliados de Estados Unidos durante la guerra, ni tampoco se lanzó a anatematizarles cuando empezó la Guerra Fría. Pero a finales de la década de 1940, este último hecho le iba alejando cada vez más del sentimiento predominante en Estados Unidos.
Le disgustaba el autoritarismo comunista, pero no lo veía como un peligro inminente para la libertad de los estadounidenses. Creía que el mayor peligro era la creciente histeria en torno a la supuesta «amenaza roja».
Pese a las sospechas de Hoover, Einstein era un sólido ciudadano estadounidense, y consideraba que su oposición a la oleada de investigaciones sobre la seguridad y la lealtad de sus compatriotas no era sino una defensa de los auténticos valores de aquel país. La tolerancia ante la libre expresión y la independencia de pensamiento —sostenía repetidamente— constituían los valores fundamentales que, para su deleite, más apreciaban los norteamericanos.
Los problemas del mundo eran importantes para Einstein, pero los problemas del cosmos le ayudaban a tomar distancia de los asuntos terrenales. Aunque apenas producía nada de trascendencia científica, la física, antes que la política, seguiría siendo su empresa decisiva hasta el día de su muerte. Una mañana, mientras se dirigía andando al trabajo acompañado de su ayudante científico y colega en la defensa del control de armamento Ernst Straus, Einstein reflexionaba sobre su capacidad para repartir su tiempo entre los dos ámbitos. «Pero nuestras ecuaciones son mucho más importantes para mí —añadiría—. La política trata del presente, pero nuestras ecuaciones tratan de la eternidad».

Tanto él como otros refugiados tendían, comprensiblemente, a ver el macartismo como una pendiente hacia el agujero negro del fascismo, antes que como el resultado de una serie de excesos que a veces ocurren en una democracia. Al final resultó, sin embargo, que la democracia estadounidense se corrigió a sí misma, tal como había hecho siempre. McCarthy hubo de sufrir su propia ignominia en 1954 a manos de los abogados del ejército, sus colegas del Senado, el presidente Eisenhower y periodistas como Drew Pearson y Edward R. Murrow. Por otra parte, cuando se hicieron públicas las transcripciones del caso Oppenheimer, estas acabaron dañando la reputación de Lewis Strauss y de Edward Teller, al menos en el estamento académico y científico, tanto como la de aquel.
Einstein no estaba acostumbrado a vivir bajo sistemas políticos que se corrigieran por sí solos, ni tampoco supo apreciar plenamente lo resistente que podía llegar a ser la democracia estadounidense y su capacidad de nutrir la libertad individual. Debido a ello, durante un tiempo su desprecio no hizo sino aumentar. Por fortuna, su irónico desapego y su sentido del humor le salvaron de caer en una seria desesperación. Él no estaba destinado a morir como un hombre amargado.

En 1955. Poco después de la una de la madrugada del lunes 18 de abril de 1955, la enfermera le oyó murmurar algunas palabras en alemán que no pudo entender. El aneurisma había estallado como una gran ampolla, y Einstein murió, a los setenta y seis años de edad.
En la mesilla quedaba el borrador del discurso de conmemoración de la independencia de Israel que jamás llegaría a pronunciar, y que empezaba así: «Hoy les hablo no como ciudadano estadounidense, ni tampoco como judío, sino como ser humano», empezaba este.
Junto a su lecho había también doce páginas de densas ecuaciones, llenas de tachaduras y correcciones. Hasta el final, Einstein luchó por encontrar su escurridiza teoría del campo unificado. Y lo último que escribió, antes de quedarse dormido por última vez, fue una línea más de símbolos y números que esperaba que pudieran llevarle, y llevarnos al resto de nosotros, un paso más cerca del espíritu que se manifiesta en las leyes del universo.

Cuando murió Isaac Newton, su capilla ardiente se instaló en la cámara de Jerusalén de la abadía de Westminster, y entre los portadores de su féretro hubo un lord canciller, dos duques y tres condes. Einstein podría haber tenido un funeral parecidamente rutilante, con la asistencia de dignatarios de todo el mundo. Pero lejos de ello, y de acuerdo con su propio deseo, su cuerpo fue incinerado en Trenton la misma tarde del día de su muerte, antes de que la mayor parte del mundo se hubiera enterado de la noticia. En el crematorio hubo solo doce personas, incluyendo a Hans Albert Einstein, Helen Dukas, Otto Nathan y cuatro miembros de la familia Bucky. Nathan recitó unas cuantas líneas de Goethe, y luego llevó las cenizas de Einstein al cercano río Delaware, donde fueron esparcidas.
«Ningún otro hombre ha contribuido tanto a la vasta expansión del conocimiento en el siglo XX —declararía el presidente Eisenhower—. Pero tampoco ha habido ningún otro hombre más modesto en la posesión de ese poder que es el conocimiento, ni más consciente de que el poder sin sabiduría resulta mortífero».
Aunque parezca mentira no lo es, con los años, en un proceso que sería tan ingenuo como extravagante, Harvey iría enviando rodajas o trozos de lo que quedaba del cerebro a los investigadores que le cayeran en gracia. No exigió ningún estudio riguroso, y durante años nadie publicó ninguno. Mientras tanto, Harvey dejó el hospital de Princeton, se separó de su esposa, volvió a casarse un par de veces, y se trasladó de New Jersey a Missouri, y luego a Kansas, a menudo sin dejar su nueva dirección, y acompañado siempre de los fragmentos que le quedaban del cerebro de Einstein.

Einstein consideraba que ese sentimiento de reverencia, esa religión cósmica, era la fuente de todo arte y ciencia verdaderos. Y era lo que a él le guiaba. «Cuando juzgo una teoría —decía—, me pregunto si, en el caso de que yo fuera Dios, habría dispuesto el mundo de esa manera».
Y era también lo que le daba su hermosa mezcla de confianza y asombro.
Einstein era un solitario vinculado íntimamente a la humanidad, un rebelde imbuido de reverencia. Y fue así como aquel imaginativo e impertinente funcionario de patentes se convirtió en el adivino que leería los pensamientos del creador del cosmos, en el cerrajero que abriría los misterios del átomo y del universo.

El libro se compone de ilustraciones como un sinfín de notas que hacen de este libro un plus.

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