Einstein: Su vida y su universo — Walter Isaacson / Einstein: His Life and Universe by Walter Isaacson

Es un interesante libro a través de documentos del propio protagonista, bien es verdad que parte de lo contado lo entenderán propiamente los expertos en ciencias pero me parecen muy buenas las biografías del autor por su forma de contarlas, como la de Steve Jobs ya comentada.

En la universidad se enamoró locamente de la única mujer que había en su clase de física, una oscura y vehemente serbia llamada Mileva Marić. Tuvieron una hija ilegítima, luego se casaron y tuvieron otros dos hijos. Ella actuó como caja de resonancia para sus ideas científicas y le ayudó a verificar las fórmulas matemáticas de sus artículos; pero a la larga su relación se desintegró. Einstein le ofreció un acuerdo. Algún día, le dijo, ganaría el Premio Nobel; si ella le concedía el divorcio, él le daría el dinero del premio. Ella lo pensó durante una semana y acabó aceptando. Dado que sus teorías eran tan radicales, habrían de pasar diecisiete años tras su milagrosa producción desde la oficina de patentes para que finalmente obtuviera el galardón y ella cobrara.
La vida y obra de Einstein reflejan el trastorno de las certidumbres sociales y los absolutos morales que caracterizó la atmósfera modernista de comienzos del siglo XX. Flotaba en el aire un imaginativo inconformismo; Picasso, Joyce, Freud, Stravinski, Schonberg y otros rompían los límites convencionales.
Su búsqueda se inició en 1895, cuando a los dieciséis años de edad trató de imaginar qué sentiría alguien que viajara con un rayo de luz. Una década más tarde tendría lugar su año milagroso, descrito en la carta anteriormente mencionada, que sentaría las bases de los dos grandes avances de la física del siglo XX: la relatividad y la teoría cuántica.
Una década después de eso, en 1915, arrebató a la naturaleza su gloria suprema con una de las teorías más hermosas de toda la ciencia, la teoría de la relatividad general. Como en el caso de la relatividad especial, su pensamiento había evolucionado a través de experimentos mentales. «Imagine que se encuentra en un ascensor completamente cerrado que es objeto de una aceleración a través del espacio», conjeturaba en uno de ellos; «los efectos que sentiría resultarían indistinguibles de la experiencia de la gravedad».
Einstein era un rebelde que respetaba la armonía de la naturaleza, que tenía la mezcla exacta de imaginación y sabiduría para transformar nuestra comprensión del universo. Y estos rasgos son exactamente tan vitales en este nuevo siglo de globalización, en el que nuestro éxito dependerá de nuestra creatividad, como lo fueron a comienzos del siglo XX, cuando Einstein contribuyó a introducirnos en la era moderna.

Tardó en aprender a hablar. «Mis padres estaban tan preocupados —recordaría más tarde— que consultaron a un médico». Aún después de haber empezado a utilizar palabras, en algún momento a partir de los dos años, desarrolló una rareza que llevó a la criada de la familia a llamarle der Depperte (el atontado) y a otros miembros de su familia a calificarle de «casi retrasado».
Es posible que su aprecio por la música, y especialmente por Mozart, reflejara su gusto por la armonía del universo. Como señalaba Alexander Moszkowski, que en 1920 escribió una biografía de Einstein basada en conversaciones con él: «La música, la naturaleza y Dios se entrelazaron en él formando un conjunto de sentimientos, una unidad moral, cuyo rastro jamás se desvanecería».
A lo largo de toda su vida, Albert Einstein conservaría la intuición y la impresionabilidad de un niño. Jamás perdería su capacidad de asombro ante la magia de los fenómenos de la naturaleza —campos magnéticos, gravedad, inercia, aceleración, rayos de luz— que tan comunes parecen a los adultos. Conservaría la capacidad de albergar dos pensamientos a la vez en su mente, de sentirse perplejo cuando estos se contraponían, y de maravillarse cuando era capaz de intuir que había una unidad subyacente. «Las personas como tú y como yo jamás envejecemos —le escribió a un amigo, ya más avanzada su vida—. Nunca dejamos de permanecer como niños curiosos frente al gran misterio en el que hemos nacido».
La rebelión de Einstein contra el dogma religioso tuvo un profundo efecto en su opinión general sobre el saber recibido. Le imbuyó de una reacción alérgica contra toda forma de dogma y autoridad, que habría de afectar tanto a su actitud política como a su ciencia. «El recelo frente a toda clase de autoridad surgió de esta experiencia, una actitud que ya nunca me ha vuelto a abandonar», diría más tarde. De hecho, fue esta sensación de comodidad sintiéndose inconformista lo que definiría tanto su ciencia como su pensamiento social durante el resto de su vida.
Posteriormente lograría zafarse de esa contradicción con una gracia que en general resultaría encantadora una vez que fue aceptado como un genio. Pero no le ocurría lo mismo cuando era solo un estudiante descarado en una escuela de secundaria de Múnich. «Se sentía muy incómodo en la escuela», diría su hermana.

La impertinencia de Einstein también le trajo problemas con el otro profesor de física del Politécnico, Jean Pernet, que se encargaba de los experimentos y los ejercicios de laboratorio. En su curso de «Experimentos de física para principiantes» le puso a Einstein un uno, la peor nota posible, ganándose con ello la distinción histórica de haber sido el único que suspendió a Einstein en un curso de física. Esto se debió en parte al hecho de que Albert apenas apareció por clase. Por requerimiento explícito y por escrito de Pernet, en marzo de 1899 Einstein recibió oficialmente una «amonestación del director por su falta de diligencia en la práctica de la física».
Una de las virtudes de la mente de Einstein era que podía compaginar varías ideas de manera simultánea. Así, mientras examinaba el baile de las partículas en un líquido, al mismo tiempo había estado bregando con una teoría distinta que afectaba a los cuerpos en movimiento y la velocidad de la luz. Más o menos al día siguiente de haber enviado su artículo sobre el movimiento browniano, estaba hablando con su amigo Michele Besso cuando tuvo una idea genial. Aquella idea —como le escribiera Einstein a Habicht en su famosa carta de aquel mes— daría lugar a «una modificación de la teoría del espacio y el tiempo».

El brote de creatividad de Einstein en 1905 resultó asombroso. Había concebido una revolucionaria teoría cuántica de la luz, había contribuido a probar la existencia de los átomos, había explicado el movimiento browniano, había cambiado el concepto de espacio y tiempo, y había ideado la que se convertiría en la ecuación más conocida de la historia de la ciencia. Pero al principio no pareció haber mucha gente que fuera consciente de ello. Según su hermana, Einstein había esperado que su avalancha de ensayos publicados en una destacada revista le sacarían de la oscuridad del puesto de un funcionario de patentes de tercera clase y le harían acreedor a cierto reconocimiento académico, y quizá incluso a un puesto en el ámbito académico. «Pero se sintió amargamente decepcionado —señalaba—. A la publicación solo le siguió un gélido silencio».
Eso no era del todo cierto. Hubo un pequeño pero respetable grupo de físicos que no tardaron en tomar nota de los artículos de Einstein, y este tuvo la buena fortuna de que uno de ellos resultara ser el más importante de todos los posibles admiradores que habría podido tener, Max Planck.

El camino de Einstein hacia la relatividad general mostraba de nuevo cómo tendía a funcionar su mente:
1. Se sentía incómodo por el hecho de que hubiera dos teorías aparentemente independientes para el mismo fenómeno observable. Ese había sido el caso con la bobina en movimiento o el imán en movimiento que producían la misma corriente eléctrica observable, que él había resuelto mediante la teoría de la relatividad especial. Ahora ocurría lo mismo con las distintas definiciones de masa inerte y masa gravitatoria, que empezaba a resolver basándose en el principio de equivalencia.
2. Se sentía igualmente incómodo cuando una teoría hacía distinciones que no podían observarse en la naturaleza. Ese había sido el caso de los observadores en el movimiento uniforme, no había forma de determinar quién estaba en reposo y quién estaba en movimiento. Y al parecer ahora ocurría lo mismo con los observadores en el movimiento acelerado, no había forma de saber quién estaba siendo acelerado y quién se hallaba en un campo gravitatorio.
3. Einstein estaba ansioso por generalizar teorías antes que conformarse con dejar que se limitaran a un caso especial. Consideraba que no tenía que haber un conjunto de principios para el caso especial del movimiento a velocidad constante y otro conjunto distinto para todos los demás tipos de movimiento. Su vida fue una continua búsqueda de teorías unificadoras.

Einstein asumiría un papel similar como protector del viejo orden. De hecho, ya entonces estaba buscando el modo de salir de los inquietantes dilemas que planteaba la teoría cuántica. «Tengo grandes esperanzas de que podré resolver el problema de la radiación, y de que lo haré sin los cuantos de luz», escribiría a un joven físico con el que trabajaba.
Resultaba todo demasiado desconcertante, al menos por el momento. Así que, mientras ascendía en el escalafón profesional de las universidades germanoparlantes de Europa, Einstein centró de nuevo su atención en el tema que resultaba propiamente suyo, la relatividad, y que durante un tiempo se convertiría en un refugio para huir de aquella especie de país de las maravillas que representaban los cuantos. Como el propio Einstein se lamentaría a un amigo: «Cuantos más éxitos obtiene la teoría cuántica, más ridícula parece».

Después de que Einstein formulara su teoría de la relatividad especial en 1905, se dio cuenta de que esta estaba incompleta en al menos dos aspectos. En primer lugar, sostenía que ninguna otra interacción física podía propagarse a mayor velocidad que la de la luz, lo cual entraba en conflicto con la teoría de la gravitación de Newton, que concebía la gravedad como una fuerza que actuaba instantáneamente entre objetos distantes. En segundo término, esta se aplicaba únicamente al movimiento con velocidad constante. De modo que durante los diez años siguientes, Einstein se consagraría de manera alterna al intento de concebir una nueva teoría de campo de la gravitación y al de generalizar su teoría de la relatividad a fin de que esta se aplicara también al movimiento acelerado.
Su primer gran avance conceptual se había producido a finales del año 1907, mientras escribía un artículo sobre la relatividad para un anuario científico.
El objetivo de Einstein en la búsqueda de su teoría de la relatividad general era encontrar las ecuaciones matemáticas que describieran dos procesos complementarios:
Cómo actúa un campo gravitatorio sobre la materia, diciéndole cómo moverse.
Y a su vez, cómo la materia genera campos gravitatorios en el espacio-tiempo, diciéndole cómo curvarse.
Su genial intuición fue que la gravedad podía definirse como una curvatura del espacio-tiempo y, en consecuencia, podía representarse por medio de un tensor métrico. Durante más de tres años, Einstein buscaría de manera intermitente las ecuaciones adecuadas para completar su misión.
Tiempo después, cuando su hijo pequeño, Eduard, le preguntara por qué era tan famoso, Einstein le respondería empleando una sencilla imagen para describir su gran intuición de que la gravedad era una curvatura de la estructura del espacio-tiempo. «Cuando un escarabajo ciego repta por la superficie de una rama curvada, no puede apreciar que la trayectoria que está recorriendo en realidad es curva —le dijo—. Yo tuve la suerte de percibir lo que no había percibido el escarabajo».

La teoría de la relatividad de Einstein irrumpió en la conciencia de un mundo que estaba hastiado de la guerra y anhelaba un triunfo de la trascendencia humana. Casi un año después del fin del brutal conflicto, se producía el anuncio de que un cuáquero inglés había demostrado la validez de la teoría de un judío alemán. «¡Científicos pertenecientes a dos naciones en conflicto habían colaborado de nuevo! —recordaba exultante el físico Leopold Infeld—. Aquello parecía el principio de una nueva era».
El 7 de noviembre, el londinense Times publicaba la noticia de que los alemanes derrotados habían sido convocados a París para afrontar las demandas de reparaciones de guerra de británicos y franceses. Pero también publicaba el siguiente triple titular:

Revolución en la ciencia
Nueva teoría del universo
Derribadas las ideas newtonianas

«La concepción científica de la estructura del universo debe modificarse», proclamaba el periódico. La recientemente confirmada teoría de Einstein «requerirá una nueva filosofía del universo, una filosofía que eliminará casi todo lo aceptado hasta ahora».

Einstein fue capaz de evitar que su fama destruyera su actitud sencilla ante la vida. En un viaje nocturno que hizo a Praga, temió que hubiera dignatarios o curiosos que quisieran agasajarle, de modo que decidió alojarse con su amigo Philipp Frank y su esposa. El problema era que, de hecho, estos vivían en el gabinete de Frank en el laboratorio de física, donde el propio Einstein había trabajado anteriormente. De modo que este último durmió en el sofá que allí había. «Probablemente no era lo bastante bueno para un hombre tan famoso —recordaría Frank—, pero sí se adaptaba a su gusto por los hábitos de vida sencillos y las situaciones que contravenían las convenciones sociales».

El auge del antisemitismo alemán después de la Primera Guerra Mundial provocó una contrarreacción en Einstein, le hizo identificarse de una forma más acusada con su ascendencia y su comunidad judías. En un extremo estaban los judíos alemanes como Fritz Haber, que hacían todo lo posible —incluyendo convertirse al cristianismo— para asimilarse, e instaban a Einstein a hacer lo mismo. Este, sin embargo, adoptó el planteamiento opuesto; justo cuando empezaba a hacerse famoso, abrazó la causa sionista. No es que se incorporara a ninguna organización sionista o, para el caso, que frecuentara o fuera a rezar a ninguna sinagoga. Pero sí se declaró en favor de los asentamientos judíos en Palestina, de una identidad nacional entre los judíos de todas partes y del rechazo de los deseos asimilacionistas.
Como Spinoza, Einstein no creía en un Dios personal que interactuaba con el hombre. Pero sí creían ambos que había un diseño divino reflejado en las elegantes leyes que gobernaban el funcionamiento del universo.
Esto no era meramente una expresión de fe; era un principio que Einstein elevaba (como hiciera con el principio de relatividad) a la categoría de postulado que le guiaba en su trabajo. «Cuando juzgo una teoría —le diría a su amigo Banesh Hoffmann—, me pregunto si, en el caso de que yo fuera Dios, habría dispuesto el mundo de esa manera».
Cuando planteaba esa cuestión, había una posibilidad que sencillamente no podía creer, que el buen Dios hubiera creado hermosas y sutiles reglas que determinaban la mayor parte de lo que ocurría en el universo, mientras que dejaba unas cuantas cosas completamente al azar. Esa idea le parecía un error. «Si el Señor hubiera querido hacer eso, lo habría hecho del todo, y no ajustándose a una pauta… Lo habría llevado hasta el final. Y en ese caso no tendríamos que buscar leyes en absoluto».
Esto daría lugar a una de las frases más citadas de Einstein, escrita en una carta a Max Born, el amigo y físico con el que discutiría este tema a lo largo de más de tres décadas: «La mecánica cuántica sin duda resulta imponente —diría Einstein—. Pero una voz interior me dice que eso no es todavía lo real. La teoría dice mucho, pero en realidad no nos acerca en absoluto a los secretos del Viejo. Sea como fuere, yo estoy convencido de que Dios no juega a los dados».
Fue así como Einstein decidiendo que la mecánica cuántica, aunque podía no ser errónea, sí era cuando menos incompleta. Debía de haber una explicación más plena de cómo funciona el universo; una que incorporara tanto la teoría de la relatividad como la mecánica cuántica, y, al hacerlo, no dejara cosas al azar.

Para Einstein, la política mundial era como la ciencia, aspiraba a encontrar un conjunto de principios unificadores que crearan el orden a partir de la anarquía. Un sistema basado en naciones soberanas con sus propias fuerzas militares, ideologías divergentes e intereses nacionales en conflicto produciría inevitablemente más guerras. De modo que él contemplaba la existencia de una autoridad mundial como algo más realista que idealista, como algo práctico antes que ingenuo.
Durante los años de guerra se había mostrado prudente, ya que él era un refugiado en un país que empleaba su potencia militar con fines nobles, y no de carácter nacionalista. Pero el final de la guerra cambió las cosas. Y también lo hizo el lanzamiento de las bombas atómicas. El aumento de la capacidad destructora de las armas ofensivas generaba un incremento proporcional de la necesidad de encontrar una estructura mundial que garantizara la seguridad.
La actitud de Einstein frente a Rusia revelaba su característico inconformismo. Él no se lanzó, cómo muchos otros hicieron, a glorificar a los rusos cuando estos pasaron a convertirse en aliados de Estados Unidos durante la guerra, ni tampoco se lanzó a anatematizarles cuando empezó la Guerra Fría. Pero a finales de la década de 1940, este último hecho le iba alejando cada vez más del sentimiento predominante en Estados Unidos.
Le disgustaba el autoritarismo comunista, pero no lo veía como un peligro inminente para la libertad de los estadounidenses. Creía que el mayor peligro era la creciente histeria en torno a la supuesta «amenaza roja».
Pese a las sospechas de Hoover, Einstein era un sólido ciudadano estadounidense, y consideraba que su oposición a la oleada de investigaciones sobre la seguridad y la lealtad de sus compatriotas no era sino una defensa de los auténticos valores de aquel país. La tolerancia ante la libre expresión y la independencia de pensamiento —sostenía repetidamente— constituían los valores fundamentales que, para su deleite, más apreciaban los norteamericanos.
Los problemas del mundo eran importantes para Einstein, pero los problemas del cosmos le ayudaban a tomar distancia de los asuntos terrenales. Aunque apenas producía nada de trascendencia científica, la física, antes que la política, seguiría siendo su empresa decisiva hasta el día de su muerte. Una mañana, mientras se dirigía andando al trabajo acompañado de su ayudante científico y colega en la defensa del control de armamento Ernst Straus, Einstein reflexionaba sobre su capacidad para repartir su tiempo entre los dos ámbitos. «Pero nuestras ecuaciones son mucho más importantes para mí —añadiría—. La política trata del presente, pero nuestras ecuaciones tratan de la eternidad».

Tanto él como otros refugiados tendían, comprensiblemente, a ver el macartismo como una pendiente hacia el agujero negro del fascismo, antes que como el resultado de una serie de excesos que a veces ocurren en una democracia. Al final resultó, sin embargo, que la democracia estadounidense se corrigió a sí misma, tal como había hecho siempre. McCarthy hubo de sufrir su propia ignominia en 1954 a manos de los abogados del ejército, sus colegas del Senado, el presidente Eisenhower y periodistas como Drew Pearson y Edward R. Murrow. Por otra parte, cuando se hicieron públicas las transcripciones del caso Oppenheimer, estas acabaron dañando la reputación de Lewis Strauss y de Edward Teller, al menos en el estamento académico y científico, tanto como la de aquel.
Einstein no estaba acostumbrado a vivir bajo sistemas políticos que se corrigieran por sí solos, ni tampoco supo apreciar plenamente lo resistente que podía llegar a ser la democracia estadounidense y su capacidad de nutrir la libertad individual. Debido a ello, durante un tiempo su desprecio no hizo sino aumentar. Por fortuna, su irónico desapego y su sentido del humor le salvaron de caer en una seria desesperación. Él no estaba destinado a morir como un hombre amargado.

En 1955. Poco después de la una de la madrugada del lunes 18 de abril de 1955, la enfermera le oyó murmurar algunas palabras en alemán que no pudo entender. El aneurisma había estallado como una gran ampolla, y Einstein murió, a los setenta y seis años de edad.
En la mesilla quedaba el borrador del discurso de conmemoración de la independencia de Israel que jamás llegaría a pronunciar, y que empezaba así: «Hoy les hablo no como ciudadano estadounidense, ni tampoco como judío, sino como ser humano», empezaba este.
Junto a su lecho había también doce páginas de densas ecuaciones, llenas de tachaduras y correcciones. Hasta el final, Einstein luchó por encontrar su escurridiza teoría del campo unificado. Y lo último que escribió, antes de quedarse dormido por última vez, fue una línea más de símbolos y números que esperaba que pudieran llevarle, y llevarnos al resto de nosotros, un paso más cerca del espíritu que se manifiesta en las leyes del universo.

Cuando murió Isaac Newton, su capilla ardiente se instaló en la cámara de Jerusalén de la abadía de Westminster, y entre los portadores de su féretro hubo un lord canciller, dos duques y tres condes. Einstein podría haber tenido un funeral parecidamente rutilante, con la asistencia de dignatarios de todo el mundo. Pero lejos de ello, y de acuerdo con su propio deseo, su cuerpo fue incinerado en Trenton la misma tarde del día de su muerte, antes de que la mayor parte del mundo se hubiera enterado de la noticia. En el crematorio hubo solo doce personas, incluyendo a Hans Albert Einstein, Helen Dukas, Otto Nathan y cuatro miembros de la familia Bucky. Nathan recitó unas cuantas líneas de Goethe, y luego llevó las cenizas de Einstein al cercano río Delaware, donde fueron esparcidas.
«Ningún otro hombre ha contribuido tanto a la vasta expansión del conocimiento en el siglo XX —declararía el presidente Eisenhower—. Pero tampoco ha habido ningún otro hombre más modesto en la posesión de ese poder que es el conocimiento, ni más consciente de que el poder sin sabiduría resulta mortífero».
Aunque parezca mentira no lo es, con los años, en un proceso que sería tan ingenuo como extravagante, Harvey iría enviando rodajas o trozos de lo que quedaba del cerebro a los investigadores que le cayeran en gracia. No exigió ningún estudio riguroso, y durante años nadie publicó ninguno. Mientras tanto, Harvey dejó el hospital de Princeton, se separó de su esposa, volvió a casarse un par de veces, y se trasladó de New Jersey a Missouri, y luego a Kansas, a menudo sin dejar su nueva dirección, y acompañado siempre de los fragmentos que le quedaban del cerebro de Einstein.

Einstein consideraba que ese sentimiento de reverencia, esa religión cósmica, era la fuente de todo arte y ciencia verdaderos. Y era lo que a él le guiaba. «Cuando juzgo una teoría —decía—, me pregunto si, en el caso de que yo fuera Dios, habría dispuesto el mundo de esa manera».
Y era también lo que le daba su hermosa mezcla de confianza y asombro.
Einstein era un solitario vinculado íntimamente a la humanidad, un rebelde imbuido de reverencia. Y fue así como aquel imaginativo e impertinente funcionario de patentes se convirtió en el adivino que leería los pensamientos del creador del cosmos, en el cerrajero que abriría los misterios del átomo y del universo.

El libro se compone de ilustraciones como un sinfín de notas que hacen de este libro un plus.

It is an interesting book through the protagonist’s own documents, it is true that part of what is counted will be properly understood by the experts in science but I think the author’s biographies are very good because of their way of telling them, like Steve Jobs’ already mentioned.

In college she fell madly in love with the only woman in her physics class, a dark and vehement Serbian named Mileva Marić. They had an illegitimate daughter, then they got married and had two other children. She acted as a sounding board for his scientific ideas and helped him to verify the mathematical formulas of his articles; but in the long run their relationship disintegrated. Einstein offered him an agreement. Someday, he told him, he would win the Nobel Prize; If she granted him a divorce, he would give him the prize money. She thought about it for a week and ended up accepting. Since her theories were so radical, they would have to spend seventeen years after her miraculous production from the patent office so that she would finally get the award and she would charge.
Einstein’s life and work reflect the upheaval of social certainties and moral absolutes that characterized the modernist atmosphere of the early twentieth century. An imaginative nonconformity floated in the air; Picasso, Joyce, Freud, Stravinski, Schonberg and others broke conventional boundaries.
His search began in 1895, when at sixteen he tried to imagine what someone would feel traveling with a ray of light. A decade later his miraculous year would take place, described in the aforementioned letter, which would lay the foundations for the two great advances in twentieth-century physics: relativity and quantum theory.
A decade after that, in 1915, he wrested from nature his supreme glory with one of the most beautiful theories of all science, the theory of general relativity. As in the case of special relativity, his thinking had evolved through mental experiments. «Imagine that you are in a completely closed elevator that is subject to an acceleration through space», he guessed in one of them; “The effects I would feel would be indistinguishable from the experience of gravity.”
Einstein was a rebel who respected the harmony of nature, who had the exact mix of imagination and wisdom to transform our understanding of the universe. And these features are exactly as vital in this new century of globalization, in which our success will depend on our creativity, as they were at the beginning of the 20th century, when Einstein helped to introduce us to the modern era.

It took him a while to learn to speak. “My parents were so worried – I would remember later – that they consulted a doctor.” Even after having begun to use words, sometime after the age of two, he developed a rarity that led the family maid to call him the Depperte (the dumbfounded) and other members of his family to call him “almost retarded.” »
It is possible that his appreciation for music, and especially for Mozart, reflected his taste for the harmony of the universe. As noted by Alexander Moszkowski, who in 1920 wrote a biography of Einstein based on conversations with him: “Music, nature and God were intertwined in him forming a set of feelings, a moral unity, whose trace would never fade.”
Throughout his life, Albert Einstein would retain the intuition and impressionability of a child. He would never lose his capacity for wonder at the magic of the phenomena of nature-magnetic fields, gravity, inertia, acceleration, rays of light-that are so common to adults. He would retain the ability to hold two thoughts at once in his mind, to be perplexed when they opposed each other, and to marvel when he was able to sense that there was an underlying unity. “People like you and me never get old,” he wrote to a friend, already more advanced in his life. We never stop being like curious children facing the great mystery in which we were born ».
Einstein’s rebellion against religious dogma had a profound effect on his general opinion of received knowledge. It imbued him with an allergic reaction against every form of dogma and authority, which would affect both his political attitude and his science. “The suspicion against all kinds of authority came from this experience, an attitude that has never left me again,” he would say later. In fact, it was this feeling of comfort feeling nonconformist that would define both his science and his social thinking for the rest of his life.
Later he would manage to get rid of that contradiction with a grace that would generally be charming once he was accepted as a genius. But the same thing did not happen to him when he was just a brazen student at a Munich high school. “He felt very uncomfortable at school,” his sister would say.

Einstein’s impertinence also brought him problems with the other physics professor at the Polytechnic, Jean Pernet, who was in charge of the experiments and the laboratory exercises. In his course of “Physics Experiments for Beginners” he put Einstein one, the worst possible grade, earning with it the historical distinction of being the only one to suspend Einstein in a physics course. This was partly due to the fact that Albert barely appeared by class. On the explicit and written request of Pernet, in March 1899 Einstein officially received a “reprimand from the director for his lack of diligence in the practice of physics.”
One of the virtues of Einstein’s mind was that he could combine several ideas simultaneously. Thus, while examining the dance of particles in a liquid, at the same time he had been dealing with a different theory that affected moving bodies and the speed of light. More or less the day after he sent his article about the Brownian movement, he was talking to his friend Michele Besso when he had a great idea. That idea, as Einstein wrote to Habicht in his famous letter that month, would lead to “a modification of the theory of space and time.”

The outbreak of creativity of Einstein in 1905 was amazing. He had conceived a revolutionary quantum theory of light, he had helped to prove the existence of atoms, he had explained the Brownian movement, he had changed the concept of space and time, and he had devised what would become the best known equation in history. of the science. But at first there did not seem to be many people who were aware of it. According to his sister, Einstein had hoped that his avalanche of essays published in a leading magazine would take him out of the obscurity of a third-class patent officer’s position and would earn him some academic recognition, and perhaps even a position in the field academic. “But he felt bitterly disappointed,” he pointed out. The publication was followed by an icy silence ».
That was not quite true. There was a small but respectable group of physicists who did not take long to take note of Einstein’s articles, and he had the good fortune that one of them turned out to be the most important of all possible admirers that Max Planck could have had.

Einstein’s path to general relativity showed again how his mind tended to work:
1. He felt uneasy about the fact that there were two seemingly independent theories for the same observable phenomenon. That had been the case with the moving coil or the moving magnet producing the same observable electric current, which he had solved by the theory of special relativity. Now it was the same with the different definitions of inert mass and gravitational mass, which began to solve based on the principle of equivalence.
2. He felt equally uncomfortable when a theory made distinctions that could not be observed in nature. That had been the case with the observers in the uniform movement, there was no way to determine who was at rest and who was in motion. And apparently now the same thing happened with the observers in the accelerated movement, there was no way of knowing who was being accelerated and who was in a gravitational field.
3. Einstein was eager to generalize theories rather than settle for letting them limit themselves to a special case. He felt that there had to be a set of principles for the special case of constant speed movement and another set for all other types of movement. His life was a continuous search for unifying theories.

Einstein would assume a similar role as protector of the old order. In fact, even then I was looking for a way out of the disturbing dilemmas posed by quantum theory. “I have high hopes that I can solve the problem of radiation, and that I will do it without the quanta of light,” he would write to a young physicist with whom he worked.
It was all too disconcerting, at least for the moment. So, while ascending the professional ladder of German-speaking universities in Europe, Einstein again focused his attention on the topic that was properly his, relativity, and that for a time would become a refuge to escape from that kind of country of the wonders that represented the quanta. As Einstein himself would lament a friend: “The more successes the quantum theory gets, the more ridiculous it seems.”

After Einstein formulated his theory of special relativity in 1905, he realized that it was incomplete in at least two aspects. First, he argued that no other physical interaction could propagate faster than light, which was in conflict with Newton’s theory of gravitation, which conceived gravity as a force that acted instantaneously between distant objects. Second, it applied only to the movement with constant velocity. So for the next ten years, Einstein would devote himself alternately to the attempt to conceive a new field theory of gravitation and to generalize his theory of relativity so that it would also apply to accelerated motion.
His first major conceptual breakthrough had occurred at the end of 1907, while he was writing an article on relativity for a scientific yearbook.
The aim of Einstein in the search for his theory of general relativity was to find the mathematical equations that described two complementary processes:
How a gravitational field acts on matter, telling it how to move.
And in turn, how matter generates gravitational fields in space-time, telling it how to curve.
His brilliant intuition was that gravity could be defined as a curvature of space-time and, consequently, could be represented by means of a metric tensor. For more than three years, Einstein would search intermittently for the right equations to complete his mission.
Later, when his young son, Eduard, asked him why he was so famous, Einstein would respond by using a simple image to describe his great intuition that gravity was a curvature of the structure of space-time. “When a blind beetle crawls on the surface of a curved branch, it can not appreciate that the trajectory it’s going through is actually curved,” he said. I was lucky to perceive what the beetle had not noticed ».

Einstein’s theory of relativity broke into the consciousness of a world that was weary of war and longed for a triumph of human transcendence. Almost a year after the end of the brutal conflict, there was an announcement that an English Quaker had proved the validity of the theory of a German Jew. «Scientists belonging to two nations in conflict had collaborated again! The physicist Leopold Infeld recalled exultantly. That seemed like the beginning of a new era. ”
On November 7, the London Times published the news that the defeated Germans had been summoned to Paris to meet the war reparations demands of the British and French. But he also published the following triple headline:

Revolution in science
New theory of the universe
Knocked down Newtonian ideas

“The scientific conception of the structure of the universe must be modified,” proclaimed the newspaper. The recently confirmed theory of Einstein “will require a new philosophy of the universe, a philosophy that will eliminate almost everything accepted until now”.

Einstein was able to prevent his fame from destroying his simple attitude to life. On a night trip to Prague, he feared that there would be dignitaries or curious people who wanted to entertain him, so he decided to stay with his friend Philipp Frank and his wife. The problem was that, in fact, they lived in Frank’s cabinet in the physics lab, where Einstein himself had previously worked. So the latter slept on the sofa there. “It probably was not good enough for such a famous man,” Frank recalled, “but it did suit his taste for simple life habits and situations that contravened social conventions.”

The rise of German anti-Semitism after the First World War provoked a counter-reaction in Einstein, made him identify more sharply with his Jewish ancestry and community. At one extreme were German Jews like Fritz Haber, who did everything possible-including converting to Christianity-to assimilate, and urged Einstein to do the same. This, however, adopted the opposite approach; just as he was becoming famous, he embraced the Zionist cause. It is not that he joined any Zionist organization or, for that matter, that he frequented or went to pray to any synagogue. But he did declare himself in favor of Jewish settlements in Palestine, of a national identity among Jews everywhere and of the rejection of assimilationist desires.
Like Spinoza, Einstein did not believe in a personal God who interacted with man. But they both believed that there was a divine design reflected in the elegant laws that governed the functioning of the universe.
This was not merely an expression of faith; it was a principle that Einstein raised (as he did with the principle of relativity) to the category of postulate that guided him in his work. “When I judge a theory,” he would say to his friend Banesh Hoffmann, “I wonder if, in the event that I were God, I would have arranged the world in that way.”
When I raised that question, there was a possibility I simply could not believe, that the good God had created beautiful and subtle rules that determined most of what was happening in the universe, while leaving a few things completely at random. That idea seemed an error. “If the Lord had wanted to do that, he would have done it at all, and not adjusted to a pattern … It would have taken him to the end. And in that case we would not have to look for laws at all ».
This would lead to one of Einstein’s most cited phrases, written in a letter to Max Born, the friend and physicist with whom he would discuss this topic over more than three decades: “Quantum mechanics is certainly impressive – I would say Einstein-. But an inner voice tells me that this is not real yet. The theory says a lot, but it does not really bring us closer to the secrets of the Old Man. Be that as it may, I am convinced that God does not play dice. ”
It was as well as Einstein deciding that quantum mechanics, although it could not be wrong, was at least incomplete. There must have been a fuller explanation of how the universe works; one that incorporates both the theory of relativity and quantum mechanics, and, in doing so, will not leave things to chance.

For Einstein, world politics was like science, aspired to find a set of unifying principles that create order from anarchy. A system based on sovereign nations with their own military forces, divergent ideologies and conflicting national interests would inevitably produce more wars. So he saw the existence of a world authority as something more realistic than idealistic, as something practical rather than naive.
During the years of war he had been prudent, since he was a refugee in a country that used its military power for noble purposes, and not of a nationalist nature. But the end of the war changed things. And so did the launch of atomic bombs. The increase in the destructive capacity of offensive weapons generated a proportional increase in the need to find a global structure that would guarantee security.
Einstein’s attitude towards Russia revealed his characteristic nonconformity. He did not launch, as many others did, to glorify the Russians when they became allies of the United States during the war, nor did he throw himself to anathematize them when the Cold War began. But at the end of the 1940s, this last fact was moving him away more and more from the predominant feeling in the United States.
He disliked communist authoritarianism, but did not see it as an imminent danger to the freedom of the Americans. He believed that the greatest danger was the growing hysteria around the supposed “red menace”.
Despite Hoover’s suspicions, Einstein was a solid American citizen, and considered that his opposition to the wave of investigations into the security and loyalty of his countrymen was nothing but a defense of the authentic values ​​of that country. Tolerance of free expression and independence of thought – he repeatedly maintained – constituted the fundamental values ​​that, to his delight, Americans appreciated the most.
The problems of the world were important to Einstein, but the problems of the cosmos helped him to distance himself from earthly affairs. Although hardly producing anything of scientific transcendence, physics, before politics, would remain his decisive enterprise until the day of his death. One morning, while walking to work accompanied by his scientific assistant and colleague in the defense of arms control Ernst Straus, Einstein reflected on his ability to divide his time between the two areas. “But our equations are much more important to me,” he would say. Politics deals with the present, but our equations deal with eternity. ”

Both he and other refugees tended, understandably, to see McCarthyism as a slope towards the black hole of fascism, rather than as the result of a series of excesses that sometimes occur in a democracy. In the end it turned out, however, that American democracy corrected itself, just as it had always done. McCarthy had to suffer his own ignominy in 1954 at the hands of army lawyers, his Senate colleagues, President Eisenhower and journalists like Drew Pearson and Edward R. Murrow. On the other hand, when the transcripts of the Oppenheimer case were made public, they ended up damaging the reputation of Lewis Strauss and Edward Teller, at least in the academic and scientific establishment, as well as that of the former.
Einstein was not used to living under political systems that corrected themselves, nor did he fully appreciate how resistant American democracy could be and its ability to nurture individual freedom. Because of that, for a time his contempt only increased. Fortunately, his ironic detachment and sense of humor saved him from falling into serious despair. He was not destined to die like a bitter man.

In 1955. Shortly after one o’clock in the morning of Monday, April 18, 1955, the nurse heard him mutter some words in German that he could not understand. The aneurysm had exploded like a large blister, and Einstein died, at seventy-six years of age.
On the table was the draft of the speech commemorating the independence of Israel that never come to pronounce, and began: “Today I speak not as a US citizen, nor as a Jew, but as a human being,” began this.
Next to his bed were also twelve pages of dense equations, filled with deletions and corrections. Until the end, Einstein struggled to find his elusive theory of the unified field. And the last thing he wrote, before falling asleep for the last time, was one more line of symbols and numbers that he hoped could take him, and take us to the rest of us, one step closer to the spirit manifested in the laws of the universe.

When Isaac Newton died, his ardent chapel was installed in the Jerusalem chamber of Westminster Abbey, and among the bearers of his coffin was a Lord Chancellor, two dukes and three counts. Einstein could have had a similarly glittering funeral, attended by dignitaries from all over the world. But far from it, and according to his own desire, his body was incinerated in Trenton the same afternoon of the day of his death, before most of the world had heard the news. There were only twelve people in the crematorium, including Hans Albert Einstein, Helen Dukas, Otto Nathan and four members of the Bucky family. Nathan recited a few lines of Goethe, and then took Einstein’s ashes to the nearby Delaware River, where they were scattered.
“No other man has contributed so much to the vast expansion of knowledge in the twentieth century,” President Eisenhower would declare. But neither has there been any other more modest man in the possession of that power that is knowledge, nor more aware that power without wisdom is deadly. ”
Oddly enough, it is not, over the years, in a process that would be as naive as it was extravagant, Harvey would send slices or bits of what was left of the brain to the investigators who fell for it. It did not demand any rigorous study, and for years nobody published any. Meanwhile, Harvey left Princeton Hospital, separated from his wife, remarried a couple of times, and moved from New Jersey to Missouri, and then to Kansas, often without leaving his new address, and always accompanied by the fragments that remained of Einstein’s brain.

Einstein considered that this feeling of reverence, that cosmic religion, was the source of all true art and science. And it was what guided him. “When I judge a theory,” he said, “I wonder if, in the event that I were God, I would have arranged the world in that way.”
And it was also what his beautiful mixture of confidence and wonder gave him.
Einstein was a loner intimately linked to humanity, a rebel imbued with reverence. And that was how that imaginative and impertinent patent official became the fortune teller who would read the thoughts of the creator of the cosmos, in the locksmith who would open the mysteries of the atom and the universe.

The book is composed of illustrations as endless notes that make this book a plus.

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