Tras el grito — Johann Hari / Chasing the Scream: The First and Last Days of the War on Drugs by Johann Hari

Simplemente grandísimo trabajo. El libro habla sobre la prohibición de las drogas a comienzos del siglo XX y la guerra contra ellas que se inicio posteriormente, contada a través de las historias de algunos protagonistas, en distintas épocas y países.
Todo la la historia está muy bien documentada y se lee como una novela. Totalmente recomendable.
El castigar y avergonzar a quienes consumen drogas era aún mucho peor, porque creaba en la sociedad un sinfín de problemas adicionales. En mi opinión, había que adoptar una estrategia distinta: era preciso legalizar de manera paulatina las drogas, pero además había que utilizar los fondos destinados al castigo de los drogadictos a la financiación de un tratamiento personal y humano.

Los argumentos que hoy en día justifican la guerra contra las drogas son, primero, la protección de los jóvenes frente a las drogas y, segundo, la prevención de la drogadicción en general. Cuando echamos un vistazo a la historia, damos por hecho que esos fueron los motivos por los que se inició esta guerra. Pero no es cierto. Solamente aparecían en alguna que otra ocasión como motivos colaterales. La razón principal por la que se defendía la prohibición de las drogas —es decir, la que obsesionaba a los hombres que empezaron esta guerra— era que, según decían, quienes tomaban dichas sustancias eran los negros, los mexicanos y los chinos y que, al hacerlo, olvidaban su lugar en la sociedad y amenazaban a la población blanca.
A mí me llevó un tiempo entender que el contraste entre el racismo de que era objeto Billie y la compasión que se le brindaba a estrellas drogadictas de raza blanca como Judy Garland no era fruto de algún extraño error de la guerra contra las drogas: era parte del problema.
Resulta fácil juzgar a Harry Anslinger. Pero, sinceramente, sospecho que todo aquel que haya querido a un drogadicto —y todo el que haya estado alguna vez enganchado a las drogas— alberga en su interior el mismo impulso que Anslinger. Querrá destruir la adicción. Aniquilar esa dependencia. Asfixiarla con furia. Harry Anslinger no es sino una muestra de lo que sucede con nuestros impulsos más escondidos cuando a uno se le da poder y licencia para matar.

Transformar los miedos en símbolos es un instinto natural en el ser humano, y por eso creemos que destruyendo el símbolo desaparecerá también el miedo que este representa. Es algo recurrente en la historia de la humanidad. Afrontar un problema tan complejo como el de la drogadicción no resulta nada fácil, como tampoco lo es asumir que siempre va a estar presente en la sociedad y que nos va a causar bastantes problemas (además de algunos momentos de placer). Obviamente sería mucho más agradable recibir un mensaje distinto: que, si escuchamos y hacemos lo que nos dicen, todos esos problemas desaparecerán.

Cuando se investiga más a fondo, me di cuenta de que en la historia del inicio de la guerra contra las drogas, había una enorme laguna, un espacio tan grande y sinuoso como una caverna. Si quería averiguar qué es lo que pudo haber allí, siempre podía recurrir a los testimonios de policías, médicos y adictos. Pero a medida que me documentaba fui descubriendo que todos ellos estaban obsesionados con un cuarto elemento: el nuevo ejército de traficantes de drogas que se estaba formando por todas partes. Y si algo me interesaba en ese momento era conocer de primera mano sus historias y su forma de entender el asunto. Pero, claro, los traficantes no guardan documentos. Obviamente no existe ningún Archivo Nacional de Traficantes de Heroína al que uno pueda acceder. Por más vueltas que le daba no veía cómo podía recuperar esas historias. Los recuerdos de esos individuos desaparecieron con la muerte de quienes los conocieron y ahora todos estaban muertos.
Pero resultó que había una excepción. El primer hombre que fue capaz de comprender el verdadero potencial del tráfico de drogas en Estados Unidos fue un gánster llamado Arnold Rothstein.

El caso es que conocía bastante bien las estadísticas acerca de la guerra de las drogas en México, pero aquellos números no tenían mucho sentido para mí. Según las estimaciones más bajas —y vuelvo a reiterar la cifra—, algo más de sesenta mil personas han sido asesinadas en un lapso de cinco años. Y es que por esta zona pasaba el 90 % de la cocaína consumida anualmente en Estados Unidos. Solamente de la venta de drogas en Estados Unidos, los cárteles de la droga mexicanos obtienen unas ganancias anuales de entre 19.000 y 29.000 millones de dólares. Pero las historias que había oído acerca de ellos eran de una crueldad tal que me resultaba imposible establecer ningún vínculo con aquella gente. Todas tenían en común un sadismo inconcebible —decapitaciones expuestas en YouTube, o mujeres embarazadas que habían sido acuchilladas con una botella—, algo que de tan inimaginable parecía irreal.
Nadie duda de que ahora hay otro gánster controlando las rutas de la droga desde México hasta Estados Unidos, como tampoco nadie duda de que tiene una nueva hornada de niños soldado listos para defenderlo.

A medida que continuaba mi viaje por tierras mexicanas había una cuestión que no dejaba de aguijonearme, y es que si esta guerra condena a setenta mil de sus ciudadanos a una muerte violenta y además aniquila el imperio de la ley, ¿por qué este país sigue empeñado en luchar contra las drogas?
Sandra Rodríguez, periodista de unos cuarenta años, es la persona que ha realizado el mejor análisis de la guerra contra las drogas que he podido encontrar. Ella ha seguido en su puesto de reportera jefe de sucesos en El Diario, pese a que ha visto cómo compañeros suyos caían asesinados a manos de los cárteles. Cuando nos vimos en el apartamento de un amigo en Ciudad Juárez, le pregunté por los motivos de esta guerra y ella me respondió sin vacilar: «No es México quien decide su política [en la materia]. […] Esta guerra, esta estrategia de criminalización viene impuesta por el Gobierno de Estados Unidos».
En la década de 1930, México veía cómo su vecino del norte lanzaba la guerra contra las drogas, pero ellos consideraban que no era una buena estrategia, así que eligieron una muy diferente. El mayor experto del país en materia de drogas era un médico llamado Leopoldo Salazar Viniegra, a la sazón director de un hospital para toxicómanos, por lo que se consideró que sería un buen candidato para dirigir la política del país en materia de drogas, y por ello fue nombrado jefe del Departamento de Salubridad Pública.
Este mexicano comenzó haciendo los mismos descubrimientos, y prácticamente en la misma época, que el silenciado doctor de California Henry Smith Williams. Publicó un estudio avalado por catorce años de investigación en el que demostraba que el cannabis no causa psicosis y que los supuestos efectos nocivos de la marihuana son «un mito», pero incluso iba más allá: «Es imposible acabar con el tráfico de drogas debido la corrupción de la policía y a la riqueza e influencia política de algunos traficantes». A menos, decía, que se acabe con la idea misma de la guerra antidroga y entonces todas las drogas sean legales. Si el Estado creara un monopolio para la venta de sustancias prohibidas, podría regular su uso, su pureza y su precio. De este modo se evitaría que los traficantes controlaran el comercio de drogas y a la postre se pondría fin al narcotráfico y a la violencia y el caos que provoca.

El consumo de drogas provoca en algunos casos un daño horrible, pero también es cierto que la inmensa mayoría de las personas que toman sustancias prohibidas lo hacen porque obtienen algo bueno de su consumo: una noche entera bailando sin parar, la energía necesaria para terminar un proyecto, la posibilidad de dormir una noche como un lirón, o el acceso a partes del cerebro a las que no se puede acceder de otro modo. Para todos ellos se trata de una experiencia positiva, de algo que hace su vida mejor. Y esa es la razón por la que tantas personas acuden a las drogas. No es que sufran de lo que se denomina falsa conciencia o de hybris. No son personas a las que haya que proteger de sí mismas, puesto que no se están causando ningún daño. Para expresarlo con palabras del escritor Nick Gillespie: «Diría que los seres humanos, más que ser controlados por las drogas, son ellos mismos quienes en todo momento llevan el control de las drogas; al igual que en el alcohol, la primera motivación en el consumo de drogas es el disfrute personal, no la destrucción. […] En las drogas existe algo que se denomina consumo responsable y esta es la norma, no la excepción».
Algunas personas protestan como fieras contra el consumo de drogas no puede entenderlo. «Están cerrando los ojos a la propia composición química de su cuerpo —asegura—. El cerebro produce endorfinas. ¿Y cuándo lo hace? En situaciones de estrés y de pánico. ¿Que qué son las endorfinas? Se trata de unos compuestos similares a la morfina. Aparecen de manera natural en el cerebro y son los responsables de nuestra sensación de felicidad. […] Hay ocasiones en las que nos sentimos eufóricos. Es cuando se han producido ciertos cambios químicos en nuestro cerebro, los mismos, curiosamente, que producen estas plantas [las que usamos para fabricar drogas], que además tienen la misma estructura molecular. […] Por tanto, ambos, humanos y plantas, producimos el mismo componente.»
Es más, continúa Siegel, «el orgasmo es también, en parte, algo de carácter químico, es una droga. ¿Y me va a decir que hay quien no quiere tener un orgasmo? Vamos, venga ya. […] Es puro placer, es algo divertido, y, sobre todo, es algo químico.
Si todo ser humano tiene ese impulso de la intoxicación, de la ingesta de drogas, y si, según las estadísticas, el 90% de quienes consumen drogas no acaban siendo adictos, ¿qué es lo que sucede con el otro 10% que sí cae en la drogadicción? ¿Qué es lo que diferencia a unos y a otros?.
La adicción es algo distinto. Es un estado psicofisiológico caracterizado por el impulso irreprimible de consumir una droga para aumentar la sensación de calma, de excitación, de adormecimiento o de lo que quiera que nos provoque la droga en cuestión. El sufrimiento que me provoca la abstinencia de café habrá desaparecido en dos días; pero dentro de dos semanas es posible que vuelva a sentir la urgente necesidad de volver a tener la mente centrada y entonces me convenza a mí mismo de que no pudo seguir sin cafeína. En ese caso no hay dependencia ni tampoco enganche químico: es sencillamente una adicción. Como podrán observar, es una diferencia crucial. Pues bien, resulta que lo que vale para la adicción a una sustancia suave y bastante inocua como es la cafeína, vale igualmente para el caso de una droga tan fuerte como las metanfetaminas. Y por eso vemos adictos que se pasan semanas sufriendo el síndrome de abstinencia mientras se van desenganchando de las sustancias químicas, pero que algunos meses o años después experimentan una recaída a pesar de que el enganche químico ha desaparecido de su cuerpo hace tiempo. Ya no sufren dependencia física, pero sí que son adictos. En nuestra cultura, y durante los últimos cien años, nos hemos convencido de que una parte de la adicción que desde luego existe pero que es bastante menor, la dependencia física, constituye en realidad el cuadro entero.
«Es como si siguiéramos aplicando la física newtoniana en la época de la física cuántica —me dijo una noche Gabor—. Las leyes de Newton son muy valiosas, qué duda cabe. Tienen en cuenta infinidad de variables, pero justamente no van a lo más importante.

Gran Bretaña había sido como buena parte de nuestra política exterior: una mala copia de Estados Unidos. Tenemos un elevado número de presos, pero no tantos como Estados Unidos. Apoyamos la guerra contra las drogas en otros países, pero no tan intensamente. Y, sin embargo, no era del todo así; al final resultó que yo estaba parcialmente en lo cierto y parcialmente equivocado. Y es que hay algo relevante en lo que somos peores: en Gran Bretaña, los hombres de raza negra tienen diez veces más posibilidades de ser encarcelados por delitos de drogas que los de raza blanca, una cifra que supera las de Estados Unidos y las de Sudáfrica en pleno apartheid.
Hay un país que en 2001 legalizó absolutamente todas las drogas, desde el cannabis hasta el crack. «¿Qué pasa si voy allí y resulta que la alternativa a la guerra antidroga no funciona? ¿Qué hago entonces?»
Aterricé en Portugal en el cálido invierno de 2013, con la intención de viajar a lo largo de todo este país de drogas legales. Portugal aprendió una lección que pasaría a la historia. Nada tiene que quedarse como está. Si un dogma no funciona, por muy fuerte e inamovible que parezca, siempre puede uno desecharlo y plantear algo distinto. Veinticinco años más tarde, justo en los albores del siglo XXI, João ayudó a realizar en su país algo extraordinario que no se había hecho jamás. «Es —como me dice cuando nos vemos en 2013— el resultado de todo lo que comenzó en el 14», el día en que vio cómo unas flores derrotaban a la tiranía.
Portugal no tenía experiencia en materia de drogas. La dictadura había neutralizado el espíritu liberal de la década de 1960, de manera que ahora partían de cero en lo referente a su política de drogas. El consumo de sustancias como el cannabis y la cocaína estaba dentro de la norma, pero en cambio el de heroína iba disparado en las estadísticas y seguía en aumento. El Gobierno quería contrarrestarlo cuanto antes, y para ello contaba con el manual al uso de los prohibicionistas de rigor. La receta que ofrecían era muy clara: ilegalización de las drogas, mano dura y castigo del adicto. Portugal adoptó entusiasmada esta estrategia.
Pero, para su sorpresa, el problema, lejos de mejorar, iba en aumento. João veía cada vez más casos de adicción a la heroína en su consulta, y paralelamente muchos más enfermos de VIH. «Al principio la heroína solo la consumían personas marginadas, pero luego llegó a la clase media e incluso a la clase alta —me explica—. No había familia que no tuviera algún adicto entre sus miembros o entre los vecinos de su barrio.» Para comienzos de la década de 1990, había un adicto al caballo por cada cien
habitantes.
Los adictos, paralizados por el miedo, no buscaban ayuda clínica, pese a que algunos servicios médicos se la ofrecían. A veces se presentaban en la clínica de João a la desesperada, pero se negaban a dar sus nombres o cualquier otro dato que pudiera identificarlos. Sabían que había empezado la guerra y que ellos eran el enemigo.
La nueva ley de 2001 estipulaba que aquellos que consumieran drogas para uso recreativo «no debían ser, bajo ningún concepto, estigmatizados ni marginados» por la sociedad, y que los adictos recibirían del Estado única y exclusivamente consejos que «los animen a buscar tratamiento». En adelante, dejaría de ser delito la posesión de drogas para consumo personal, cuya cantidad llegara para un máximo de diez días.
Ahora bien, la posesión y consumo de sustancias psicoactivas quedaba despenalizada en la nueva norma, pero no sucedía lo mismo con la venta, que seguía siendo ilegal. Caso de haber regulado y legalizado el comercio de drogas, Portugal se habría convertido en el primer país que renunciaba a las convenciones de Naciones Unidas impulsadas por Anslinger; un paso que podría haberle supuesto sanciones y represalias por parte de otros países. Por lo tanto, el tráfico de drogas continuaba en manos de las bandas de delincuentes, aunque tanto la comisión como el Parlamento consideraban que habían sido tan osados como era posible: ningún otro país ha ido tan lejos desde que se puso en marcha la prohibición de las drogas.
Tras la aprobación de la ley, sectores de la derecha portuguesa y del mundo de las Naciones Unidas como. De organismos internacionales pusieron grito en el cielo.

Todas las bandas criminales que venden drogas, desde los Crips hasta los Zetas, acabarán paralizadas económicamente. Los traficantes que sobrevivan se tendrán que conformar con mercados mucho menos lucrativos en los que podrán hacer mucho menos daño. Como consecuencia de ello, la cultura del terror que actualmente impera en todos los barrios y en todos los países —desde Brownsville, en Brooklyn, hasta Ciudad Juárez—, con el tiempo desaparecerá. (Es lo que ocurrió tras el fin de la Ley Seca.) El índice de asesinatos experimentará un significativo descenso. (Es lo que sucedió también tras el fin de la Ley Seca.) La policía, por otra parte, podrá dedicar mucho más tiempo a investigar otros delitos, sin contar que la confianza en los cuerpos policiales empezará a repuntar en los barrios pobres. (Como sucedió en Portugal.)
Los jóvenes tendrán más dificultades para acceder a las drogas. (Algo que se ha comprobado en Holanda.) Las muertes por sobredosis descenderán de manera significativa y la tasa de transmisión del VIH experimentará un declive extraordinario. (Es lo que sucedió en Suiza, Holanda y Vancouver.) Las drogas que se consuman serán, en líneas generales, más suaves que las actuales. (Recordemos cómo actúa la ley de hierro de la prohibición y el fin de la Ley Seca.) Admás, se dispondrá de más fondos para el tratamiento de adictos y para abordar de la manera adecuada las causas subyacentes de la adicción. Muchos adictos que actualmente empeoran estando encarcelados se recuperarán en hospitales y luego conseguirán un empleo, y, por tanto, la adicción se irá reduciendo. (Es lo que ha sucedido en Portugal.)
Millones de personas que hoy en día están encarceladas por delitos no violentos, con el consiguiente coste para los contribuyentes y para sus comunidades, saldrán en libertad. Los muchos afroamericanos y latinos que en la actualidad están forzosamente privados de empleos, de créditos estudiantiles y de viviendas sociales podrán optar de nuevo a todo ello. El trato vergonzante de los adictos será sustituido por un cuidado personal y atento.
Cuando se trata de la marihuana y de drogas de diseño como el éxtasis e incluso la cocaína, creo que el daño provocado por un leve incremento en el consumo no socava todo lo positivo que se obtuvo a cambio. Este es el motivo por el que, en mi opinión, es preferible venderlas en comercios autorizados, como sucede con el alcohol. ¿Y qué sucede con drogas como el crack y las metanfetaminas? En este caso me inclino por una opción intermedia: establecer espacios regulados y seguros donde los consumidores puedan comprar y tomar drogas, bajo la supervisión de un profesional de la medicina.
(Uruguay) En 2014 se aprobó un marco legal conforme al cual se permitía a las farmacias vender marihuana a personas mayores de veintiún años presentando su documento de identidad. Se legalizaba igualmente el cultivo de la planta y esta actividad se gravaba con impuestos. Por lo demás, las familias tenían autorización para cultivar una pequeña cantidad de marihuana para consumo personal.
En adelante, no habría penas de cárcel para quienes consumieran esta sustancia. Los adultos serían libres de escoger la marihuana o el alcohol en sus celebraciones del sábado por la noche sin riesgo de ser castigados. Puede que esta política falle —me dice Mujica—, pero lo que estamos haciendo ahora con el prohibicionismo «es un fracaso todos los días».

Simply great work. The book talks about the prohibition of drugs at the beginning of the 20th century and the war against them that started later, told through the stories of some protagonists, in different times and countries.
The whole story is very well documented and reads like a novel. Totally recommended.
Punishing and shaming those who use drugs was even worse, because it created in society a host of additional problems. In my opinion, a different strategy had to be adopted: it was necessary to gradually legalize drugs, but also the funds destined for the punishment of drug addicts had to be used to finance personal and human treatment.

The arguments that today justify the war on drugs are, first, the protection of young people against drugs and, second, the prevention of drug addiction in general. When we take a look at history, we assume that those were the reasons why this war began. But it is not true. They only appeared on occasion as collateral reasons. The main reason why the prohibition of drugs was defended – that is, the one that obsessed the men who started this war – was that, according to what they said, those who took these substances were blacks, Mexicans and Chinese and that, in doing so, they forgot their place in society and threatened the white population.
It took me a while to understand that the contrast between the racism that Billie was subjected to and the compassion that was given to white drug-addled stars like Judy Garland was not the result of some strange error in the war on drugs: it was part of the problem.
It’s easy to judge Harry Anslinger. But honestly, I suspect that anyone who has ever loved a drug addict – and anyone who has ever been hooked on drugs – has the same impulse inside him as Anslinger. You will want to destroy the addiction. Annihilate that dependence. Choke her with fury. Harry Anslinger is but a sample of what happens with our most hidden impulses when one is given power and license to kill.

Transforming fears into symbols is a natural instinct in the human being, and that is why we believe that by destroying the symbol, the fear that it represents will also disappear. It is recurrent in the history of mankind. To face a problem as complex as that of drug addiction is not easy, nor is it to assume that it will always be present in society and that it will cause us a lot of problems (in addition to some moments of pleasure). Obviously it would be much more pleasant to receive a different message: that, if we listen and do what they tell us, all those problems will disappear.

When it was investigated more thoroughly, I realized that in the history of the beginning of the war on drugs, there was a huge gap, a space as big and winding as a cave. If he wanted to find out what could be there, he could always resort to the testimonies of policemen, doctors and addicts. But as I was documenting, I discovered that they were all obsessed with a fourth element: the new army of drug traffickers that was forming everywhere. And if something interested me at that time was to know first hand their stories and their way of understanding the matter. But, of course, the traffickers do not keep documents. Obviously there is no National Archive of Heroin Traffickers that one can access. No matter how many turns he gave him, he did not see how he could recover those stories. The memories of those individuals disappeared with the death of those who knew them and now they were all dead.
But it turned out that there was an exception. The first man who was able to understand the true potential of drug trafficking in the United States was a gangster named Arnold Rothstein.

The fact is that I knew the statistics about the drug war in Mexico quite well, but those numbers did not make much sense to me. According to the lowest estimates – and again I reiterate the figure -, more than sixty thousand people have been killed in a lapse of five years. And it is that this area spent 90% of the cocaine consumed annually in the United States. Only from the sale of drugs in the United States, the Mexican drug cartels obtain annual profits of between 19,000 and 29,000 million dollars. But the stories I had heard about them were so cruel that I found it impossible to establish any connection with these people. They all had in common an inconceivable sadism -decapitaciones exposed on YouTube, or pregnant women who had been stabbed with a bottle, something that so unimaginable seemed unreal.
No one doubts that there is now another gangster controlling the drug routes from Mexico to the United States, just as no one doubts that he has a new batch of child soldiers ready to defend him.

As I continued my trip through Mexican lands there was a question that kept poking me, and if this war condemns seventy thousand of its citizens to a violent death and also annihilates the rule of law, why is this country still Engaged in fighting against drugs?
Sandra Rodríguez, a journalist in her forties, is the person who has done the best analysis of the war on drugs that I have been able to find. She has continued in her post as chief incident reporter at El Diario, despite the fact that she has seen her companions killed by the cartels. When we met at a friend’s apartment in Ciudad Juarez, I asked her about the reasons for this war and she answered without hesitation: “It is not Mexico that decides its policy [on the matter]. […] This war, this strategy of criminalization is imposed by the Government of the United States ».
In the 1930s, Mexico saw its northern neighbor launch the war on drugs, but they considered that it was not a good strategy, so they chose a very different one. The country’s leading expert on drugs was a doctor named Leopoldo Salazar Viniegra, at the time director of a hospital for drug addicts, for which he was considered a good candidate to lead the country’s policy on drugs, and for he was appointed head of the Department of Public Health.
This Mexican began making the same discoveries, and practically at the same time, that the silenced doctor of California Henry Smith Williams. He published a study supported by fourteen years of research in which he showed that cannabis does not cause psychosis and that the supposed harmful effects of marijuana are “a myth”, but even went further: “It is impossible to end drug trafficking because the corruption of the police and the wealth and political influence of some traffickers ». Unless, he said, that the very idea of ​​the war against drugs ends and then all drugs are legal. If the State created a monopoly for the sale of prohibited substances, it could regulate its use, its purity and its price. This would prevent traffickers from controlling the drug trade and eventually end drug trafficking and the violence and chaos it causes.

The use of drugs in some cases causes horrible damage, but it is also true that the vast majority of people who take prohibited substances do so because they get something good from their consumption: a whole night dancing without stopping, the energy needed to finish a project, the possibility of sleeping a night like a dormouse, or access to parts of the brain that can not be accessed otherwise. For all of them it is a positive experience, something that makes their life better. And that is the reason why so many people turn to drugs. It is not that they suffer from what is called false consciousness or hybris. They are not people who must be protected from themselves, since they are not causing any harm. To put it in the words of writer Nick Gillespie: “I would say that human beings, rather than being controlled by drugs, are themselves the ones who control the drugs at all times; as in alcohol, the first motivation in the consumption of drugs is personal enjoyment, not destruction. […] In drugs there is something called responsible consumption and this is the norm, not the exception ».
Some people protest as fierce against drug use can not understand it. “They are closing their eyes to the chemical composition of their body,” he says. The brain produces endorphins. And when does it do it? In situations of stress and panic. What are endorphins? These are compounds similar to morphine. They appear naturally in the brain and are responsible for our sense of happiness. […] There are times when we feel euphoric. It is when there have been certain chemical changes in our brain, the same, curiously, that produce these plants [which we use to make drugs], which also have the same molecular structure. […] Therefore, both humans and plants produce the same component. ”
Moreover, continues Siegel, “the orgasm is also, in part, something of a chemical nature, it is a drug. And will you tell me that some people do not want to have an orgasm? Come on, come now. […] It’s pure pleasure, it’s fun, and, above all, it’s something chemical.
If every human being has that impulse of intoxication, of the ingestion of drugs, and if, according to statistics, 90% of those who use drugs do not end up being addicted, what is happening with the other 10% that does fall? in drug addiction? What is it that differentiates one from the other?
The addiction is something different. It is a psychophysiological state characterized by the irrepressible impulse to consume a drug to increase the sensation of calm, excitement, numbness or whatever the drug in question provokes. The suffering caused by the withdrawal of coffee will have disappeared in two days; but in two weeks’ time you may feel the urgent need to have your mind centered again and then convince myself that you could not continue without caffeine. In that case there is no dependency or chemical hook: it is simply an addiction. As you can see, it is a crucial difference. Well, it turns out that what is worth for the addiction to a mild and quite harmless substance such as caffeine is also valid in the case of a drug as strong as methamphetamines. And that’s why we see addicts who spend weeks suffering from the withdrawal syndrome while they are disengaging chemicals, but a few months or years later they experience a relapse even though the chemical coupling has long since disappeared from their bodies. They no longer suffer physical dependence, but they are addicted. In our culture, and during the last hundred years, we have become convinced that a part of the addiction that certainly exists but is quite minor, physical dependence, actually constitutes the whole picture.
“It’s as if we were still applying Newtonian physics in the age of quantum physics,” Gabor told me one night. Newton’s laws are very valuable, no doubt about it. They take into account countless variables, but they just do not go to the most important thing.

Great Britain had been like a good part of our foreign policy: a bad copy of the United States. We have a high number of prisoners, but not as many as the United States. We support the war on drugs in other countries, but not so intensely. And yet, it was not quite like that; In the end it turned out that I was partially right and partially wrong. And there is something relevant in what we are worse: in Britain, black men are ten times more likely to be imprisoned for drug offenses than whites, a figure that exceeds those of the United States and those of South Africa in full apartheid.
There is a country that in 2001 absolutely legalized all drugs, from cannabis to crack. «What happens if I go there and it turns out that the alternative to the war on drugs does not work? What do I do then?
I landed in Portugal in the warm winter of 2013, with the intention of traveling throughout this country of legal drugs. Portugal learned a lesson that would go down in history. Nothing has to stay as it is. If a dogma does not work, no matter how strong and immovable it may seem, you can always discard it and propose something different. Twenty-five years later, just at the dawn of the 21st century, João helped to realize in his country something extraordinary that had never been done before. “It’s -as I say when we see each other in 2013- the result of everything that started in the 14th,” the day he saw how some flowers defeated tyranny.
Portugal did not have experience in the field of drugs. The dictatorship had neutralized the liberal spirit of the 1960s, so now they started from scratch when it came to their drug policy. The consumption of substances such as cannabis and cocaine was within the norm, but instead the heroin was shot up in the statistics and was still increasing. The Government wanted to counteract it as soon as possible, and for that it counted on the manual to the use of the prohibitionists of rigor. The recipe they offered was very clear: illegalization of drugs, hard hand and punishment of the addict. Portugal enthusiastically adopted this strategy.
But, to his surprise, the problem, far from improving, was increasing. João saw more and more cases of heroin addiction in his practice, and in parallel many more people with HIV. “Initially the heroin was only consumed by marginalized people, but then it came to the middle class and even to the upper class,” he explains. There was no family that did not have an addict among its members or among the neighbors in its neighborhood. “By the early 1990s, there was one horse addict per hundred
population.
The addicts, paralyzed by fear, did not seek clinical help, despite the fact that some medical services offered it. Sometimes they showed up at João’s clinic in desperation, but refused to give their names or any other information that could identify them. They knew that the war had begun and that they were the enemy.
The new law of 2001 stipulated that those who used drugs for recreational use “should not be, under any circumstances, stigmatized or marginalized” by society, and that addicts would receive from the State only and exclusively advice that “encourage them to seek treatment” . Henceforth, the possession of drugs for personal consumption would cease to be a crime, the amount of which would reach a maximum of ten days.
However, the possession and consumption of psychoactive substances was decriminalized in the new norm, but the same did not happen with the sale, which was still illegal. In case of having regulated and legalized the drug trade, Portugal would have become the first country to renounce the United Nations conventions promoted by Anslinger; a step that could have involved sanctions and reprisals from other countries. Therefore, drug trafficking was still in the hands of the criminal gangs, although both the commission and the parliament considered that they had been as bold as possible: no other country has gone so far since the ban was introduced. the drugs.
After the approval of the law, sectors of the Portuguese right and of the world of the United Nations as. International organizations shouted in heaven.

All the criminal bands that sell drugs, from the Crips to the Zetas, will end up financially paralyzed. Traffickers who survive will have to settle for much less lucrative markets where they can do much less damage. As a result, the culture of terror that currently prevails in every neighborhood and in every country – from Brownsville, in Brooklyn, to Ciudad Juárez – will eventually disappear. (This is what happened after the end of Prohibition.) The murder rate will experience a significant decline. (This is what happened also after the end of Prohibition.) The police, on the other hand, may spend much more time investigating other crimes, not to mention that trust in the police forces will begin to rebound in the poor neighborhoods. (As happened in Portugal.)
Young people will have more difficulty accessing drugs. (Something that has been proven in the Netherlands.) Overdose deaths will fall significantly and the rate of HIV transmission will experience an extraordinary decline. (This is what happened in Switzerland, the Netherlands and Vancouver.) The drugs consumed will, in general, be milder than the current ones. (Recall how the iron law of prohibition and the end of Prohibition act.) In addition, more funds will be available for the treatment of addicts and to address in an appropriate manner the underlying causes of the addiction. Many addicts who currently get worse while incarcerated will recover in hospitals and then get a job, and, therefore, the addiction will be reduced. (This is what happened in Portugal.)
Millions of people who are currently imprisoned for non-violent crimes, with the consequent cost to taxpayers and their communities, will be released. The many African-Americans and Latinos who are currently forcibly deprived of jobs, student loans and social housing may choose to do so again. The shameful treatment of addicts will be replaced by a personal and attentive care.
When it comes to marijuana and designer drugs such as ecstasy and even cocaine, I think the damage caused by a slight increase in consumption does not undermine everything positive that was obtained in return. This is the reason why, in my opinion, it is preferable to sell them in authorized stores, as happens with alcohol. And what about drugs like crack and methamphetamines? In this case, I favor an intermediate option: establish regulated and safe spaces where consumers can buy and take drugs, under the supervision of a medical professional.
(Uruguay) In 2014, a legal framework was approved in which pharmacies were allowed to sell marijuana to people over twenty-one years of age by presenting their identity document. The cultivation of the plant was also legalized and this activity was taxed. For the rest, the families were authorized to grow a small amount of marijuana for personal consumption.
Henceforth, there would be no prison terms for those who consumed this substance. Adults would be free to choose marijuana or alcohol in their Saturday night celebrations without risk of being punished. This policy may fail, says Mujica, but what we are doing now with prohibitionism “is a failure every day.”

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