Tras el grito — Johann Hari

Simplemente grandísimo trabajo. El libro habla sobre la prohibición de las drogas a comienzos del siglo XX y la guerra contra ellas que se inicio posteriormente, contada a través de las historias de algunos protagonistas, en distintas épocas y países.
Todo la la historia está muy bien documentada y se lee como una novela. Totalmente recomendable.
El castigar y avergonzar a quienes consumen drogas era aún mucho peor, porque creaba en la sociedad un sinfín de problemas adicionales. En mi opinión, había que adoptar una estrategia distinta: era preciso legalizar de manera paulatina las drogas, pero además había que utilizar los fondos destinados al castigo de los drogadictos a la financiación de un tratamiento personal y humano.

Los argumentos que hoy en día justifican la guerra contra las drogas son, primero, la protección de los jóvenes frente a las drogas y, segundo, la prevención de la drogadicción en general. Cuando echamos un vistazo a la historia, damos por hecho que esos fueron los motivos por los que se inició esta guerra. Pero no es cierto. Solamente aparecían en alguna que otra ocasión como motivos colaterales. La razón principal por la que se defendía la prohibición de las drogas —es decir, la que obsesionaba a los hombres que empezaron esta guerra— era que, según decían, quienes tomaban dichas sustancias eran los negros, los mexicanos y los chinos y que, al hacerlo, olvidaban su lugar en la sociedad y amenazaban a la población blanca.
A mí me llevó un tiempo entender que el contraste entre el racismo de que era objeto Billie y la compasión que se le brindaba a estrellas drogadictas de raza blanca como Judy Garland no era fruto de algún extraño error de la guerra contra las drogas: era parte del problema.
Resulta fácil juzgar a Harry Anslinger. Pero, sinceramente, sospecho que todo aquel que haya querido a un drogadicto —y todo el que haya estado alguna vez enganchado a las drogas— alberga en su interior el mismo impulso que Anslinger. Querrá destruir la adicción. Aniquilar esa dependencia. Asfixiarla con furia. Harry Anslinger no es sino una muestra de lo que sucede con nuestros impulsos más escondidos cuando a uno se le da poder y licencia para matar.

Transformar los miedos en símbolos es un instinto natural en el ser humano, y por eso creemos que destruyendo el símbolo desaparecerá también el miedo que este representa. Es algo recurrente en la historia de la humanidad. Afrontar un problema tan complejo como el de la drogadicción no resulta nada fácil, como tampoco lo es asumir que siempre va a estar presente en la sociedad y que nos va a causar bastantes problemas (además de algunos momentos de placer). Obviamente sería mucho más agradable recibir un mensaje distinto: que, si escuchamos y hacemos lo que nos dicen, todos esos problemas desaparecerán.

Cuando se investiga más a fondo, me di cuenta de que en la historia del inicio de la guerra contra las drogas, había una enorme laguna, un espacio tan grande y sinuoso como una caverna. Si quería averiguar qué es lo que pudo haber allí, siempre podía recurrir a los testimonios de policías, médicos y adictos. Pero a medida que me documentaba fui descubriendo que todos ellos estaban obsesionados con un cuarto elemento: el nuevo ejército de traficantes de drogas que se estaba formando por todas partes. Y si algo me interesaba en ese momento era conocer de primera mano sus historias y su forma de entender el asunto. Pero, claro, los traficantes no guardan documentos. Obviamente no existe ningún Archivo Nacional de Traficantes de Heroína al que uno pueda acceder. Por más vueltas que le daba no veía cómo podía recuperar esas historias. Los recuerdos de esos individuos desaparecieron con la muerte de quienes los conocieron y ahora todos estaban muertos.
Pero resultó que había una excepción. El primer hombre que fue capaz de comprender el verdadero potencial del tráfico de drogas en Estados Unidos fue un gánster llamado Arnold Rothstein.

El caso es que conocía bastante bien las estadísticas acerca de la guerra de las drogas en México, pero aquellos números no tenían mucho sentido para mí. Según las estimaciones más bajas —y vuelvo a reiterar la cifra—, algo más de sesenta mil personas han sido asesinadas en un lapso de cinco años. Y es que por esta zona pasaba el 90 % de la cocaína consumida anualmente en Estados Unidos. Solamente de la venta de drogas en Estados Unidos, los cárteles de la droga mexicanos obtienen unas ganancias anuales de entre 19.000 y 29.000 millones de dólares. Pero las historias que había oído acerca de ellos eran de una crueldad tal que me resultaba imposible establecer ningún vínculo con aquella gente. Todas tenían en común un sadismo inconcebible —decapitaciones expuestas en YouTube, o mujeres embarazadas que habían sido acuchilladas con una botella—, algo que de tan inimaginable parecía irreal.
Nadie duda de que ahora hay otro gánster controlando las rutas de la droga desde México hasta Estados Unidos, como tampoco nadie duda de que tiene una nueva hornada de niños soldado listos para defenderlo.

A medida que continuaba mi viaje por tierras mexicanas había una cuestión que no dejaba de aguijonearme, y es que si esta guerra condena a setenta mil de sus ciudadanos a una muerte violenta y además aniquila el imperio de la ley, ¿por qué este país sigue empeñado en luchar contra las drogas?
Sandra Rodríguez, periodista de unos cuarenta años, es la persona que ha realizado el mejor análisis de la guerra contra las drogas que he podido encontrar. Ella ha seguido en su puesto de reportera jefe de sucesos en El Diario, pese a que ha visto cómo compañeros suyos caían asesinados a manos de los cárteles. Cuando nos vimos en el apartamento de un amigo en Ciudad Juárez, le pregunté por los motivos de esta guerra y ella me respondió sin vacilar: «No es México quien decide su política [en la materia]. […] Esta guerra, esta estrategia de criminalización viene impuesta por el Gobierno de Estados Unidos».
En la década de 1930, México veía cómo su vecino del norte lanzaba la guerra contra las drogas, pero ellos consideraban que no era una buena estrategia, así que eligieron una muy diferente. El mayor experto del país en materia de drogas era un médico llamado Leopoldo Salazar Viniegra, a la sazón director de un hospital para toxicómanos, por lo que se consideró que sería un buen candidato para dirigir la política del país en materia de drogas, y por ello fue nombrado jefe del Departamento de Salubridad Pública.
Este mexicano comenzó haciendo los mismos descubrimientos, y prácticamente en la misma época, que el silenciado doctor de California Henry Smith Williams. Publicó un estudio avalado por catorce años de investigación en el que demostraba que el cannabis no causa psicosis y que los supuestos efectos nocivos de la marihuana son «un mito», pero incluso iba más allá: «Es imposible acabar con el tráfico de drogas debido la corrupción de la policía y a la riqueza e influencia política de algunos traficantes». A menos, decía, que se acabe con la idea misma de la guerra antidroga y entonces todas las drogas sean legales. Si el Estado creara un monopolio para la venta de sustancias prohibidas, podría regular su uso, su pureza y su precio. De este modo se evitaría que los traficantes controlaran el comercio de drogas y a la postre se pondría fin al narcotráfico y a la violencia y el caos que provoca.

El consumo de drogas provoca en algunos casos un daño horrible, pero también es cierto que la inmensa mayoría de las personas que toman sustancias prohibidas lo hacen porque obtienen algo bueno de su consumo: una noche entera bailando sin parar, la energía necesaria para terminar un proyecto, la posibilidad de dormir una noche como un lirón, o el acceso a partes del cerebro a las que no se puede acceder de otro modo. Para todos ellos se trata de una experiencia positiva, de algo que hace su vida mejor. Y esa es la razón por la que tantas personas acuden a las drogas. No es que sufran de lo que se denomina falsa conciencia o de hybris. No son personas a las que haya que proteger de sí mismas, puesto que no se están causando ningún daño. Para expresarlo con palabras del escritor Nick Gillespie: «Diría que los seres humanos, más que ser controlados por las drogas, son ellos mismos quienes en todo momento llevan el control de las drogas; al igual que en el alcohol, la primera motivación en el consumo de drogas es el disfrute personal, no la destrucción. […] En las drogas existe algo que se denomina consumo responsable y esta es la norma, no la excepción».
Algunas personas protestan como fieras contra el consumo de drogas no puede entenderlo. «Están cerrando los ojos a la propia composición química de su cuerpo —asegura—. El cerebro produce endorfinas. ¿Y cuándo lo hace? En situaciones de estrés y de pánico. ¿Que qué son las endorfinas? Se trata de unos compuestos similares a la morfina. Aparecen de manera natural en el cerebro y son los responsables de nuestra sensación de felicidad. […] Hay ocasiones en las que nos sentimos eufóricos. Es cuando se han producido ciertos cambios químicos en nuestro cerebro, los mismos, curiosamente, que producen estas plantas [las que usamos para fabricar drogas], que además tienen la misma estructura molecular. […] Por tanto, ambos, humanos y plantas, producimos el mismo componente.»
Es más, continúa Siegel, «el orgasmo es también, en parte, algo de carácter químico, es una droga. ¿Y me va a decir que hay quien no quiere tener un orgasmo? Vamos, venga ya. […] Es puro placer, es algo divertido, y, sobre todo, es algo químico.
Si todo ser humano tiene ese impulso de la intoxicación, de la ingesta de drogas, y si, según las estadísticas, el 90% de quienes consumen drogas no acaban siendo adictos, ¿qué es lo que sucede con el otro 10% que sí cae en la drogadicción? ¿Qué es lo que diferencia a unos y a otros?.
La adicción es algo distinto. Es un estado psicofisiológico caracterizado por el impulso irreprimible de consumir una droga para aumentar la sensación de calma, de excitación, de adormecimiento o de lo que quiera que nos provoque la droga en cuestión. El sufrimiento que me provoca la abstinencia de café habrá desaparecido en dos días; pero dentro de dos semanas es posible que vuelva a sentir la urgente necesidad de volver a tener la mente centrada y entonces me convenza a mí mismo de que no pudo seguir sin cafeína. En ese caso no hay dependencia ni tampoco enganche químico: es sencillamente una adicción. Como podrán observar, es una diferencia crucial. Pues bien, resulta que lo que vale para la adicción a una sustancia suave y bastante inocua como es la cafeína, vale igualmente para el caso de una droga tan fuerte como las metanfetaminas. Y por eso vemos adictos que se pasan semanas sufriendo el síndrome de abstinencia mientras se van desenganchando de las sustancias químicas, pero que algunos meses o años después experimentan una recaída a pesar de que el enganche químico ha desaparecido de su cuerpo hace tiempo. Ya no sufren dependencia física, pero sí que son adictos. En nuestra cultura, y durante los últimos cien años, nos hemos convencido de que una parte de la adicción que desde luego existe pero que es bastante menor, la dependencia física, constituye en realidad el cuadro entero.
«Es como si siguiéramos aplicando la física newtoniana en la época de la física cuántica —me dijo una noche Gabor—. Las leyes de Newton son muy valiosas, qué duda cabe. Tienen en cuenta infinidad de variables, pero justamente no van a lo más importante.

Gran Bretaña había sido como buena parte de nuestra política exterior: una mala copia de Estados Unidos. Tenemos un elevado número de presos, pero no tantos como Estados Unidos. Apoyamos la guerra contra las drogas en otros países, pero no tan intensamente. Y, sin embargo, no era del todo así; al final resultó que yo estaba parcialmente en lo cierto y parcialmente equivocado. Y es que hay algo relevante en lo que somos peores: en Gran Bretaña, los hombres de raza negra tienen diez veces más posibilidades de ser encarcelados por delitos de drogas que los de raza blanca, una cifra que supera las de Estados Unidos y las de Sudáfrica en pleno apartheid.
Hay un país que en 2001 legalizó absolutamente todas las drogas, desde el cannabis hasta el crack. «¿Qué pasa si voy allí y resulta que la alternativa a la guerra antidroga no funciona? ¿Qué hago entonces?»
Aterricé en Portugal en el cálido invierno de 2013, con la intención de viajar a lo largo de todo este país de drogas legales. Portugal aprendió una lección que pasaría a la historia. Nada tiene que quedarse como está. Si un dogma no funciona, por muy fuerte e inamovible que parezca, siempre puede uno desecharlo y plantear algo distinto. Veinticinco años más tarde, justo en los albores del siglo XXI, João ayudó a realizar en su país algo extraordinario que no se había hecho jamás. «Es —como me dice cuando nos vemos en 2013— el resultado de todo lo que comenzó en el 14», el día en que vio cómo unas flores derrotaban a la tiranía.
Portugal no tenía experiencia en materia de drogas. La dictadura había neutralizado el espíritu liberal de la década de 1960, de manera que ahora partían de cero en lo referente a su política de drogas. El consumo de sustancias como el cannabis y la cocaína estaba dentro de la norma, pero en cambio el de heroína iba disparado en las estadísticas y seguía en aumento. El Gobierno quería contrarrestarlo cuanto antes, y para ello contaba con el manual al uso de los prohibicionistas de rigor. La receta que ofrecían era muy clara: ilegalización de las drogas, mano dura y castigo del adicto. Portugal adoptó entusiasmada esta estrategia.
Pero, para su sorpresa, el problema, lejos de mejorar, iba en aumento. João veía cada vez más casos de adicción a la heroína en su consulta, y paralelamente muchos más enfermos de VIH. «Al principio la heroína solo la consumían personas marginadas, pero luego llegó a la clase media e incluso a la clase alta —me explica—. No había familia que no tuviera algún adicto entre sus miembros o entre los vecinos de su barrio.» Para comienzos de la década de 1990, había un adicto al caballo por cada cien
habitantes.
Los adictos, paralizados por el miedo, no buscaban ayuda clínica, pese a que algunos servicios médicos se la ofrecían. A veces se presentaban en la clínica de João a la desesperada, pero se negaban a dar sus nombres o cualquier otro dato que pudiera identificarlos. Sabían que había empezado la guerra y que ellos eran el enemigo.
La nueva ley de 2001 estipulaba que aquellos que consumieran drogas para uso recreativo «no debían ser, bajo ningún concepto, estigmatizados ni marginados» por la sociedad, y que los adictos recibirían del Estado única y exclusivamente consejos que «los animen a buscar tratamiento». En adelante, dejaría de ser delito la posesión de drogas para consumo personal, cuya cantidad llegara para un máximo de diez días.
Ahora bien, la posesión y consumo de sustancias psicoactivas quedaba despenalizada en la nueva norma, pero no sucedía lo mismo con la venta, que seguía siendo ilegal. Caso de haber regulado y legalizado el comercio de drogas, Portugal se habría convertido en el primer país que renunciaba a las convenciones de Naciones Unidas impulsadas por Anslinger; un paso que podría haberle supuesto sanciones y represalias por parte de otros países. Por lo tanto, el tráfico de drogas continuaba en manos de las bandas de delincuentes, aunque tanto la comisión como el Parlamento consideraban que habían sido tan osados como era posible: ningún otro país ha ido tan lejos desde que se puso en marcha la prohibición de las drogas.
Tras la aprobación de la ley, sectores de la derecha portuguesa y del mundo de las Naciones Unidas como. De organismos internacionales pusieron grito en el cielo.

Todas las bandas criminales que venden drogas, desde los Crips hasta los Zetas, acabarán paralizadas económicamente. Los traficantes que sobrevivan se tendrán que conformar con mercados mucho menos lucrativos en los que podrán hacer mucho menos daño. Como consecuencia de ello, la cultura del terror que actualmente impera en todos los barrios y en todos los países —desde Brownsville, en Brooklyn, hasta Ciudad Juárez—, con el tiempo desaparecerá. (Es lo que ocurrió tras el fin de la Ley Seca.) El índice de asesinatos experimentará un significativo descenso. (Es lo que sucedió también tras el fin de la Ley Seca.) La policía, por otra parte, podrá dedicar mucho más tiempo a investigar otros delitos, sin contar que la confianza en los cuerpos policiales empezará a repuntar en los barrios pobres. (Como sucedió en Portugal.)
Los jóvenes tendrán más dificultades para acceder a las drogas. (Algo que se ha comprobado en Holanda.) Las muertes por sobredosis descenderán de manera significativa y la tasa de transmisión del VIH experimentará un declive extraordinario. (Es lo que sucedió en Suiza, Holanda y Vancouver.) Las drogas que se consuman serán, en líneas generales, más suaves que las actuales. (Recordemos cómo actúa la ley de hierro de la prohibición y el fin de la Ley Seca.) Admás, se dispondrá de más fondos para el tratamiento de adictos y para abordar de la manera adecuada las causas subyacentes de la adicción. Muchos adictos que actualmente empeoran estando encarcelados se recuperarán en hospitales y luego conseguirán un empleo, y, por tanto, la adicción se irá reduciendo. (Es lo que ha sucedido en Portugal.)
Millones de personas que hoy en día están encarceladas por delitos no violentos, con el consiguiente coste para los contribuyentes y para sus comunidades, saldrán en libertad. Los muchos afroamericanos y latinos que en la actualidad están forzosamente privados de empleos, de créditos estudiantiles y de viviendas sociales podrán optar de nuevo a todo ello. El trato vergonzante de los adictos será sustituido por un cuidado personal y atento.
Cuando se trata de la marihuana y de drogas de diseño como el éxtasis e incluso la cocaína, creo que el daño provocado por un leve incremento en el consumo no socava todo lo positivo que se obtuvo a cambio. Este es el motivo por el que, en mi opinión, es preferible venderlas en comercios autorizados, como sucede con el alcohol. ¿Y qué sucede con drogas como el crack y las metanfetaminas? En este caso me inclino por una opción intermedia: establecer espacios regulados y seguros donde los consumidores puedan comprar y tomar drogas, bajo la supervisión de un profesional de la medicina.
(Uruguay) En 2014 se aprobó un marco legal conforme al cual se permitía a las farmacias vender marihuana a personas mayores de veintiún años presentando su documento de identidad. Se legalizaba igualmente el cultivo de la planta y esta actividad se gravaba con impuestos. Por lo demás, las familias tenían autorización para cultivar una pequeña cantidad de marihuana para consumo personal.
En adelante, no habría penas de cárcel para quienes consumieran esta sustancia. Los adultos serían libres de escoger la marihuana o el alcohol en sus celebraciones del sábado por la noche sin riesgo de ser castigados. Puede que esta política falle —me dice Mujica—, pero lo que estamos haciendo ahora con el prohibicionismo «es un fracaso todos los días».

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