El nuevo orden mundial y el mundo islámico — Antoni Segura Mas / Islam and the New World Order by Antoni Segura Mas

Me ha parecido un muy buen libro sobre los acontecimientos acaecidos en el mundo de vigente actualidad. Los atentados del 11 de septiembre de 2001 no pueden explicarse sin referirse a los cambios en el sistema del poder mundial y de las relaciones internacionales. El fin de la Guerra Fría supuso la consolidación de una única gran potencia, que pretende mantener su hegemonía a lo largo del siglo XXI. La desaparición de la Unión Soviética dejó un vacío de poder que ha dado lugar a nuevos movimientos geoestratégicos en relación con el control de los recursos energéticos. El mundo global es también el campo de actuación de Al Qaida, una red terrorista de base confesional. Ahora Al Qaida se ha convertido en un icono que actúa mediante franquicias. Los conflictos asimétricos caracterizan la situación actual y la política neoconservadora de la Casa Blanca empeora la situación, especialmente en relación con los países musulmanes.
El 11 de septiembre de 2001 fue la carta de presentación de un nuevo terrorismo internacional que, a pesar de haber actuado con anterioridad, nunca lo había hecho con tanta contundencia y eficacia asesina. De pronto se comprendió que el mundo había cambiado y que la aparente seguridad con que Occidente vivió la Guerra Fría se había esfumado para siempre. Los atentados del 11 de marzo de 2004 en Madrid y los del 7 de julio de 2005 en Londres lo acabaron de ratificar. Desde entonces vivimos inmersos en un mundo que se ha vuelto inseguro y que lleva a cabo una lucha contra las nuevas formas del terrorismo internacional. Una lucha que no es sólo policial, judicial o militar, sino que también es mediática, política, de valores democráticos y de opinión pública, a pesar de que estas segundas dimensiones son a menudo ocultadas por unas corrientes ideológicas que pretenden reconstruir el maniqueísmo de la Guerra Fría y la incesante lucha entre el Bien (nosotros, Occidente, los países democráticos) y el Mal (ellos, Al “Qaida y, por extensión, el islam).

Los neoconservadores pretenden mantener la hegemonía indiscutible de Estados Unidos, aunque hayan de actuar unilateralmente (prescindiendo, llegado el caso, del consenso de sus aliados y de Naciones Unidas) para garantizar la «paz mundial» y sus intereses en las distintas partes del mundo e impedir, de paso, que el surgimiento de nuevas potencias (especialmente China) le disputen esa hegemonía. En el planteamiento de Robert Kagan, que ha sido el mejor divulgador y activista del pensamiento neoconservador, los Estados Unidos están destinados a convertirse en el nuevo Leviatán del siglo XXI ante la creciente debilidad de Europa.
—. Al mismo tiempo, protegen a su principal aliado en la región (Israel), han puesto de relieve la debilidad de Europa —sin capacidad para poder mediar en los principales conflictos de la zona—, compiten con la influencia y las inversiones chinas en los países productores de hidrocarburos y, en la región del mar Caspio, las compañías petroleras occidentales suponen una alternativa real para los países productores de hidrocarburos que dependían de la red de oleoductos rusos (ex soviéticos) para su comercialización. Hoy sólo Irán escapa completamente en la región a la influencia y los intereses de Washington.
El 23 de agosto de 1996, Osama Bin Laden hizo pública una Declaración de Guerra contra los norteamericanos que ocupan la tierra de los Lugares Sagrados (La Meca y Medina) 6. Fue un serio aviso que entonces nadie escuchó hasta que dos años después, en agosto de 1998, se produjeron los atentados contra las embajadas de Estados Unidos en Nairobi (Kenya) y Dar es Salaam (Tanzania). Era la prueba evidente de que las alianzas perversas establecidas durante la última década de la Guerra Fría (cuando Bin Laden recibía ayuda de la CIA para luchar contra el Ejército Rojo en Afganistán) se habían convertido en la principal amenaza para la única superpotencia de la Era Global.

Paralelamente, el pensamiento neoconservador impregnaba progresivamente el discurso occidental —incluso de aquellos que no participan de sus premisas— en dos campos: el de los valores democráticos y el de los medios de comunicación. En el primero, se difundía la falacia de que para garantizar la seguridad había que sacrificar algunos derechos y libertades: la Patriot Act aprobada en Estados Unidos inmediatamente después del 11-S se convertiría en el referente; Guantánamo, Abu Ghraib y los secuestros y las torturas en prisiones secretas de los sospechosos de terrorismo en sus consecuencias más visibles. En el segundo, como ha señalado Robert Fisk 10, la tergiversación de las palabras se imponía: los territorios ocupados son «territorios en disputa» (Palestina) o «territorios liberados» (Iraq); las muertes de civiles en operaciones militares son «daños colaterales»; la resistencia iraquí son «terroristas», que sin duda los hay pero no son toda la resistencia, o, en el mejor de los casos, «insurgentes.
En definitiva, los neoconservadores han llevado a la práctica la disparatada teoría del «choque de civilizaciones» de Samuel P. Huntington en función de oscuros intereses que tienen mucho más que ver con sus nuevos objetivos geoestratégicos que con una supuesta incompatibilidad de civilizaciones y de valores (fundamentalmente religiosos).

Las identidades políticas modernas y un cierto culto a la «herencia» han hecho de esta vestimenta un auténtico símbolo cultural o ancestral. Así pues, lo que hay que hacer es estudiar cómo se configuran las tradiciones. Algunas son seleccionadas y resucitadas, otras directamente son inventadas. Pero todas ellas están siempre cambiando: pese a todos los comentarios sobre el choque de civilizaciones.
El Estado desempeña un papel central a la hora de definir la cultura, que, de nuevo, tampoco es algo «dado». En algunos países árabes podemos observar cómo el pasado preislámico y sus símbolos han sido recuperados en función de propósitos políticos contemporáneos. Cuando Yemen estuvo en guerra con Arabia Saudí durante la década de los ochenta y la de los noventa, el presidente yemení solía empezar sus discursos con las palabras, Ya ibna Saba («¡Oh, hijos de Saba!», en referencia al antiguo reino yemení de ese nombre y su legendaria reina).
En cada cultura, cada lengua, cada religión no hay bloques —la diversidad existe—, se nos ofrecen diferentes modos de definir un sistema político, social o cultural, y se incorpora un sistema de valores morales y de influencias externas. Si hablamos de derechos humanos, inicialmente tendemos a considerar la existencia de tres sistemas separados: el occidental, el oriental y el islámico. Pero esto es erróneo. Podemos distinguir diferentes actitudes respecto a la importancia de los derechos humanos dentro de cualquier sistema político sin que eso implique que lo fundamental no sea compartido por ellas. En toda cultura la tortura y el asesinato son crímenes.

Los recursos de petróleo y gas natural de Oriente Medio y norte de África tendrán un papel crucial para que el mundo pueda saciar su creciente voracidad energética. La región es hoy en día la principal exportadora de petróleo y esta posición dominante se consolidará aún más en el futuro, ampliándose, además, al gas natural. Sin embargo, existen incertidumbres sobre si la industria del petróleo y del gas podrá asegurar una capacidad extractiva capaz de satisfacer el espectacular aumento de las exportaciones que el mercado internacional demanda. Si, por razones financieras o políticas, tal desafío no pudiera superarse, el balance energético global se vería seriamente alterado.
Las previsiones del World Energy Outlook (2005) de la Agencia Internacional de la Energía (AIE) señalan que durante el periodo 2003-2030 la demanda global de energía primaria aumentará en un 52 por 100, con los hidrocarburos (petróleo, gas y carbón) absorbiendo cerca del 83 por 100 del citado incremento. El petróleo seguirá siendo el hidrocarburo más utilizado y su demanda pasará de 79 millones de barriles diarios (Mbd) en 2003 a 115 Mbd en 2030. En 2030 el consumo de gas será más de un 70 por 100 superior al actual y hacia 2015 habrá sustituido al carbón como segunda fuente de energía primaria mundial.
Los recursos de petróleo y gas natural del Oriente Medio y norte de África (OMNA) jugarán un papel crucial para que el mundo pueda saciar su voracidad energética. El subsuelo de la región alberga el 61 por 100 de las reservas probadas de petróleo del planeta y el 45 por 100 de las de gas natural.

La alteración de las relaciones internacionales que ha engendrado la política de «guerra contra el terrorismo» ha resultado muy provechosa para el autocratismo de los gobernantes en esta región. Las leyes antiterroristas en esos países establecen una definición demasiado ambigua y amplia de los crímenes de terrorismo, niegan el derecho a la libertad de opinión y expresión así como la oposición pacífica democrática bajo el pretexto del terrorismo y amenazan los derechos de los ciudadanos a la libertad y la seguridad personal, anulando muchas garantías judiciales. Todos estos países han ido presentando sus legislaciones al Consejo de Seguridad de la ONU en virtud de la resolución 1373 que, adoptada el 28 de septiembre de 2001, constituyó un Comité antiterrorista y pidió a todos los Estados miembros que presentasen un informe sobre las medidas en vigor o las que podrían ser establecidas para luchar contra el terrorismo. La aceptación internacional de dichas jurisdicciones abusivas ha funcionado como mecanismo de legitimación.
El origen del error estadounidense fue querer situar a Iraq en un total punto cero para rehacerlo a su imagen y semejanza. El «memoricidio» al que se ha sometido a estos ciudadanos, asistiendo, cuando menos, pasivamente a la destrucción de todo su legado cultural y arqueológico 22 e imponiendo una especie de año cero que comienza el 9 de abril de 2003, cuando la tristemente famosa estatua de Saddam Husein cayó en la plaza del Paraíso, ha sido un ejercicio de desprecio hacia un pueblo orgulloso y consciente de su inmenso patrimonio cultural e histórico, que no podía sino tener también consecuencias reactivas graves y violentas contra esa bárbara ocupación.

La revolución iraní sigue siendo única en su género. Se produjo en una sociedad mayoritariamente urbanizada en la que la renta per cápita superaba los 2.000 dólares, aunque muy desigualmente repartida, producto de la rápida y desequilibrada modernización 1 de los años setenta, puesta en marcha por el sha. El contraste con China, Vietnam y Cuba es evidente.
Su triunfo no se produjo por un golpe de Estado, con lo que los militares no accedieron al poder, como frecuentemente ocurrió en muchos países del mundo en desarrollo. Tampoco fue obra de un partido único, sino de un conjunto de fuerzas muy heterogéneas que no sólo derrocaron el régimen del sha, sino que produjeron una inversión de los valores sociales. La aportación política de la revolución ocultó el significado profundo de la ruptura que supuso.
La muerte de Jomeini y la crisis institucional que provocó el nombramiento de Alí Jamenei, en 1989, como guía supremo hizo resurgir la crisis del consenso sobre el Velayato, que pervive muy activa, constituyendo otro de los permanentes debates.
La política de reconstrucción y desarrollo que demandaba el país al finalizar la guerra con Irak llevó aparejada una renovación de las elites políticas, que se inició a través de la recuperación de la labor y cooperación de los tecnócratas. La importancia social de estos cuadros, beneficiados por el acceso a la tecnología prestada por Occidente, muestra, de nuevo, un rasgo importante de la cultura islámica —en la que los desbordamientos ideológicos recientes podrían dar una imagen engañosa—: la fascinación por todo lo que es «científico», ya que la perfecta conciliación entre ciencias religiosas y ciencias modernas.

Desde finales del siglo XVIII se hace valer una tensa relación entre Chechenia y Rusia. En 1991, en los estertores de la Unión Soviética, la primera se declaró unilateralmente independiente. Tres años después, a finales de 1994, Rusia intervino militarmente y se inició una guerra que se prolongó hasta mediados de 1996. Tras una breve etapa en la que la confrontación amainó, Rusia intervino de nuevo en 1999 y abrió un conflicto que se prolonga hasta hoy. La presencia del fundamentalismo islamista configura, de cualquier modo, una de las muchas claves —entre ellas la lógica imperial rusa y el relieve geoestratégico y geoeconómico de la región— que hay que invocar para explicar la textura presente del contencioso checheno.

En esta «guerra contra el terrorismo», ilimitada, se han cercenado libertades, se han asesinado inocentes, se han vulnerado las normas más elementales del derecho internacional, y se nos ha exigido, además, complicidad. Demasiados medios de comunicación han claudicado, a veces simplemente con dosis de autocensura, con preguntas que no se hacen, respuestas que no se buscan, expresiones amaestradas. Palabras, en definitiva, de calibre equivocado que sólo buscan contemporizar. Amira Hass, periodista israelí, una de las profesionales más valientes en activo, suele decir que «el periodismo consiste en controlar al poder». Ésta es la esencia de nuestro oficio.

Actualmente en todos los países árabes, ya sea la ley islámica una fuente o la principal fuente de derecho, las mujeres tienen reconocidos sus derechos a la educación, al trabajo y a la participación política, esto último excepto en Arabia Saudí, aunque todavía hay carreras universitarias que no pueden estudiar, trabajos que no se les permite desempeñar y cargos políticos a los que no tienen acceso. Todo ello a pesar de que las constituciones reconocen la igualdad de todos los ciudadanos sin distinción de sexos y los códigos civiles, penales y mercantiles consideran sujeto de derecho tanto a hombres como a mujeres.
Esta igualdad legal, casi completa, en el espacio público no se corresponde con una situación similar en el ámbito privado, donde la ley que regula las relaciones jurídicas entre los miembros de la familia en cada país establece aún grandes diferencias entre los sexos y consagra la dependencia de las mujeres a los hombres. Pero estas leyes no sólo están en contradicción con sus respectivas constituciones, sino que también al no regularse la familia por el código civil, restringen la aplicación de estos códigos únicamente a los ciudadanos musulmanes, excepto en Túnez que rige para todos los tunecinos.

I thought it was a very good book about the events that took place in the current world. The attacks of September 11, 2001 can not be explained without referring to changes in the system of world power and international relations. The end of the Cold War meant the consolidation of a single great power, which aims to maintain its hegemony throughout the 21st century. The disappearance of the Soviet Union left a power vacuum that has given rise to new geostrategic movements in relation to the control of energy resources. The global world is also the field of action of Al Qaeda, a confessional-based terrorist network. Now Al Qaeda has become an icon that acts through franchising. Asymmetric conflicts characterize the current situation and the neoconservative policy of the White House worsens the situation, especially in relation to Muslim countries.
September 11, 2001 was the letter of introduction of a new international terrorism that, despite having acted before, had never done so forcefully and killer efficiency. Suddenly it was understood that the world had changed and that the apparent security with which the West lived through the Cold War had vanished forever. The attacks of March 11, 2004 in Madrid and July 7, 2005 in London just ratified. Since then we have been immersed in a world that has become insecure and that is carrying out a fight against the new forms of international terrorism. A fight that is not only police, judicial or military, but also media, political, democratic values ​​and public opinion, although these second dimensions are often hidden by ideological currents that seek to reconstruct the Manichaeanism of the Cold War and the incessant struggle between the Good (us, the West, the democratic countries) and the Evil (they, Al “Qaida and, by extension, Islam).

The neo-conservatives intend to maintain the undisputed hegemony of the United States, even if they are to act unilaterally (dispensing, if necessary, with the consensus of their allies and the United Nations) to guarantee “world peace” and their interests in different parts of the world. to prevent, in passing, the emergence of new powers (especially China) to dispute that hegemony. In the approach of Robert Kagan, who has been the best disseminator and activist of neoconservative thinking, the United States is destined to become the new Leviathan of the 21st century in the face of the growing weakness of Europe.
-. At the same time, they protect their main ally in the region (Israel), they have highlighted the weakness of Europe – unable to mediate in the main conflicts in the area – compete with Chinese influence and investment in the countries hydrocarbon producers and, in the Caspian Sea region, the western oil companies represent a real alternative for the hydrocarbon producing countries that depended on the network of Russian (former Soviet) oil pipelines for commercialization. Today only Iran escapes completely in the region to the influence and interests of Washington.
On August 23, 1996, Osama Bin Laden issued a Declaration of War against the Americans occupying the land of the Sacred Places (Mecca and Medina) 6. It was a serious warning that nobody listened until two years later, in August 1998, the attacks against the US embassies in Nairobi (Kenya) and Dar es Salaam (Tanzania) occurred. It was clear proof that the perverse alliances established during the last decade of the Cold War (when Bin Laden received help from the CIA to fight the Red Army in Afghanistan) had become the main threat to the only superpower of the era. Global.

At the same time, neoconservative thinking progressively impregnated Western discourse -even those that do not participate in its premises- in two fields: that of democratic values ​​and that of the media. In the first, the fallacy spread that to guarantee security, some rights and freedoms had to be sacrificed: the Patriot Act passed in the United States immediately after 9/11 would become the benchmark; Guantánamo, Abu Ghraib and the kidnappings and torture in secret prisons of terrorist suspects in their most visible consequences. In the second, as Robert Fisk 10 has pointed out, the distortion of words was imposed: the occupied territories are “territories in dispute” (Palestine) or “liberated territories” (Iraq); the deaths of civilians in military operations are “collateral damage”; the Iraqi resistance are “terrorists”, which undoubtedly exist but are not all resistance, or, at best, “insurgents”.
In short, the neoconservatives have implemented the disparate theory of the “clash of civilizations” by Samuel P. Huntington in terms of obscure interests that have much more to do with their new geostrategic objectives than with a supposed incompatibility of civilizations and values. (fundamentally religious).

The modern political identities and a certain cult to the “inheritance” have made of this dress an authentic cultural or ancestral symbol. So, what you have to do is study how traditions are shaped. Some are selected and resurrected, others are directly invented. But all of them are always changing: despite all the comments about the clash of civilizations.
The State plays a central role in defining culture, which, again, is not something “given”. In some Arab countries we can see how the pre-Islamic past and its symbols have been recovered in terms of contemporary political purposes. When Yemen was at war with Saudi Arabia during the eighties and the nineties, the Yemeni president used to start his speeches with the words, Ya ibna Saba (“Oh, sons of Saba!”, In reference to the ancient kingdom Yemeni of that name and its legendary queen).
In each culture, each language, each religion there are no blocks-diversity exists-we are offered different ways of defining a political, social or cultural system, and a system of moral values ​​and external influences is incorporated. If we talk about human rights, initially we tend to consider the existence of three separate systems: Western, Oriental and Islamic. But this is wrong. We can distinguish different attitudes regarding the importance of human rights within any political system without implying that the fundamental is not shared by them. In every culture, torture and murder are crimes.

The oil and natural gas resources of the Middle East and North Africa will play a crucial role so that the world can satisfy its growing energy voracity. The region is today the main exporter of oil and this dominant position will consolidate even more in the future, expanding, in addition, to natural gas. However, there are uncertainties about whether the oil and gas industry can ensure an extractive capacity capable of satisfying the spectacular increase in exports that the international market demands. If, for financial or political reasons, such a challenge could not be overcome, the overall energy balance would be seriously altered.
Forecasts of the World Energy Outlook (2005) of the International Energy Agency (IEA) indicate that during the period 2003-2030 the global demand for primary energy will increase by 52 per cent, with hydrocarbons (oil, gas and coal) absorbing about 83 percent of the aforementioned increase. Oil will continue to be the most used hydrocarbon and its demand will go from 79 million barrels per day (Mbd) in 2003 to 115 Mbd in 2030. By 2030 gas consumption will be more than 70 per cent higher than the current one and by 2015 it will have replaced to coal as the second largest source of global energy.
The oil and natural gas resources of the Middle East and North Africa (MENA) will play a crucial role so that the world can satisfy its energy voracity. The subsoil of the region is home to 61 percent of the world’s proven oil reserves and 45 percent of natural gas reserves.

The alteration of international relations that has generated the policy of “war against terrorism” has been very helpful for the autocratismo of the rulers in this region. The anti-terrorist laws in those countries establish an overly ambiguous and broad definition of terrorist crimes, deny the right to freedom of opinion and expression as well as peaceful democratic opposition under the pretext of terrorism and threaten the rights of citizens to freedom and personal security, nullifying many judicial guarantees. All these countries have been submitting their legislation to the UN Security Council pursuant to resolution 1373, which, adopted on September 28, 2001, constituted an anti-terrorist Committee and requested all member states to present a report on measures in force or those that could be established to fight terrorism. The international acceptance of these abusive jurisdictions has functioned as a mechanism of legitimation.
The origin of the American error was to want to place Iraq in a total zero point to remake it in its image and likeness. The “memoricide” to which these citizens have been subjected, attending, at least, passively to the destruction of their cultural and archaeological legacy 22 and imposing a kind of zero year that begins on April 9, 2003, when the infamous The statue of Saddam Hussein fell in the Plaza del Paraiso, has been an exercise of contempt towards a proud people and aware of its immense cultural and historical heritage, which could not but have serious and violent reactive consequences against this barbarous occupation.

The Iranian revolution remains unique in its kind. It occurred in a predominantly urbanized society in which per capita income exceeded $ 2,000, although very unequally distributed, as a result of the rapid and unbalanced modernization of the 1970s, launched by the shah. The contrast with China, Vietnam and Cuba is evident.
His triumph was not due to a coup d’état, which meant that the military did not accede to power, as was often the case in many countries of the developing world. Nor was it the work of a single party, but a set of very heterogeneous forces that not only overthrew the regime of the Shah, but also produced an inversion of social values. The political contribution of the revolution hid the profound meaning of the rupture that it entailed.
The death of Khomeini and the institutional crisis that led to the appointment of Ali Khamenei, in 1989, as the supreme guide resurfaced the crisis of the consensus on Velayato, which survives very actively, constituting another of the permanent debates.
The policy of reconstruction and development demanded by the country at the end of the war with Iraq led to a renewal of political elites, which began through the recovery of the work and cooperation of technocrats. The social importance of these cadres, who benefit from access to technology provided by the West, shows, once again, an important feature of Islamic culture-in which recent ideological overflows could give a deceptive image: the fascination with everything which is “scientific”, since the perfect reconciliation between religious sciences and modern sciences.

Since the late eighteenth century a tense relationship between Chechnya and Russia has been asserted. In 1991, in the death throes of the Soviet Union, the first was declared unilaterally independent. Three years later, at the end of 1994, Russia intervened militarily and began a war that lasted until mid-1996. After a brief period in which the confrontation subsided, Russia intervened again in 1999 and opened a conflict that lasted until today. The presence of Islamist fundamentalism configures, in any way, one of the many keys – among them the Russian imperial logic and the geostrategic and geoeconomic relief of the region – that must be invoked to explain the present texture of Chechen contention.

In this unlimited “war against terrorism”, freedoms have been severed, innocents murdered, the most elementary norms of international law have been violated, and complicity has been demanded of us. Too many means of communication have given in, sometimes simply with a dose of self-censorship, with questions that are not asked, answers that are not sought, trained expressions. Words, in short, of the wrong caliber that only seek to temporize. Amira Hass, an Israeli journalist, one of the most courageous professionals active, often says that “journalism is about controlling power.” This is the essence of our trade.

Currently in all Arab countries, whether Islamic law is a source or the main source of law, women have recognized their rights to education, work and political participation, the latter except in Saudi Arabia, although there are still university degrees they can not study, jobs they are not allowed to perform and political positions to which they do not have access. All this in spite of the fact that the constitutions recognize the equality of all citizens without distinction of sexes and the civil, criminal and mercantile codes consider both men and women as subjects of right.
This legal equality, almost complete, in the public space does not correspond to a similar situation in the private sphere, where the law that regulates the legal relations between the family members in each country still establishes great differences between the sexes and consecrates the dependence of women on men. But these laws are not only in contradiction with their respective constitutions, but also by not regulating the family by the civil code, restrict the application of these codes only to Muslim citizens, except in Tunisia that applies to all Tunisians.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s