Jaque al peón — Francisco Núñez Roldán

Esta novela que fue galardonada con el XVII premio ciudad de Badajoz me parece una interesante novela histórica, de gran rigor que comienza con el encuentro de un muerto, la lucha del poder se plasma con sus intrigas. En groso modo trata de cuando en 1578, tras la muerte del rey don Sebastián en el desastre de Alcazarquivir, Portugal queda sin rey. Felipe II aspira al trono que le disputan don Antonio, prior de Crato, y la duquesa de Braganza. Las potencias europeas, incluido el papado, recelan del inmenso imperio que acabó resultando de las dos coronas sobre una sola cabeza, en 1580. Para tal unión fue vital la actuación de don Cristóbal de Moura, un portugués absolutamente fiel a sus dos patrias y a su rey don Felipe, que conjugó las intrigas de ambas cortes peninsulares con el amor apasionado y clandestino por una mujer cuyas diferencias sociales hicieron imposible un matrimonio legal.
Como un presagio de los duros momentos que se avecinaban, el 12 de mayo de 1580 fue asesinado en pleno día, en la calle Real de Lisboa, Fernando Piña, conocido abogado de la ciudad y público defensor de la candidatura de Felipe II. Pero su matador, hombre sin duda ágil y buen jinete, tuvo la desgracia de que su caballo tropezara nada más montar en él tras la fechoría. Dio en tierra con su dueño, que se quebró una pierna y fue levantado del suelo, entre aullidos de dolor, por parte de los viandantes. Unos corchetes municipales prendieron al caído y se lo llevaron para la cárcel del Concejo, más en volandas que apresado, por la pierna rota y los berridos del desgraciado, cuya espada aún ensangrentada, había recogido uno de los presentes, entregándola a los hombres de la ley.
La muerte había sido a traición, y tan sin provocación por parte del asesinado, que se hizo juicio sumario del delincuente, quien resultó ser un tal Antonio Xuarez, sastre portugués, cristiano viejo y conocido partidario de don Antonio, el antiguo prior de Crato. Nada pudo sacársele al reo de complicidades, sino que decía haber hecho aquello por odio.
Un mundo de conspiración, Lisboa se había convertido para Moura en una ciudad en extremo hostil, y además resultaba inútil permanecer en ella. Los gobernadores estaban en Setúbal, y el rey don Felipe, o al menos su ejército, venía aún de camino. A nadie del lugar podía solicitar nada, consultar nada.

El real del ejército castellano iba conociendo los movimientos de las tropas consideradas rebeldes por informes de partidarios de don Felipe, que siempre se encontraban por cualquier lugar por donde se avanzaba. Por los espías que Moura tenía infiltrados desde hacía tiempo entre los seguidores del antiguo prior, no solo se sabía lo que este estaba haciendo sino lo que más o menos pensaba hacer, por más que la tardanza en llegar a Lisboa envejeciera un poco las noticias.

En el mes de septiembre se conoció el compromiso de don Cristóbal de Moura con doña Margarita de Corte Real, heredera de una de las familias más linajudas de Portugal y pardójicamente titulares de la capilla de la iglesia de La Concepción, donde Moura había utilizado el gran confesionario a modo de oficina al principio de su llegada a Lisboa.
El 18 de diciembre de 1581 se celebró en la catedral de Lisboa la boda de don Cristóbal de Moura, marqués de Castel Rodrigo, del Consejo del rey, caballero de la Orden de Alcántara y recientemente nombrado veedor mayor de Hacienda de Portugal, con doña Margarita de Corte Real, de las familias más antiguas del reino. El mismo rey don Felipe iba a ser padrino de la unión que oficiaba el obispo de Lisboa. La expectación era enorme. Acudió toda la nobleza portuguesa y española que se encontraba en la ciudad. Los Braganza incluidos. Y en lugar destacado.

En 1593, don Cristóbal de Moura y don Luis de Góngora ya se conocían. Se ignora en qué lugar o circunstancias trabaron contacto los dos hombres. Para aquel entonces, Moura solía viajar entre Lisboa y Madrid, donde debió conocerle Góngora, frecuentemente comisionado por el Cabildo cordobés en la capital. Faltaban cinco años para que Moura fuese nombrado virrey de Portugal, algo que seguro no imaginaba durante sus labores lisboetas; y algunos años más para que Góngora llegase a capellán real.
Tampoco hay memoria de lo que conversaron, pero de la grata impresión que Moura debió dejar en Góngora nos ha llegado un documento significativo, ignoramos si desinteresado, en agradecimiento por algún favor o para solicitarlo. Don Luis era así. Los tiempos eran así. Quizá siempre son así.
Es un soneto, fechado en 1593, según el llamado manuscrito Chacón, y publicado con el número 256 en la edición de Millé y Jiménez, por Aguilar, en 1932, en su primera edición.
En el poema, Góngora juega con el apellido de Moura, lo castellaniza a Mora, que es como le llamaría más de uno en España, habla de las quinas del escudo de Portugal y encomia la bonhomía y providencialidad de don Cristóbal, comparando al hombre con el árbol. No es de los mejores sonetos del autor.

A DON CRISTÓBAL DE MORA
Árbol de cuyos ramos fortunados
las nobles moras son quinas reales,
teñidas con la sangre de leales
capitanes, no amantes desdichados,
en los campos del Tajo más dorados
y que más privilegian sus cristales,
a par de las sublimes palmas sales
y más que los laureles levantados.
Gusano, de tus hojas me alimentes;
pajarillo, sosténganme tus ramas,
y ampáreme tu sombra, peregrino.
Hilaré tu memoria entre las gentes,
cantaré enmudeciendo ajenas famas,
y votaré a tu templo mi camino.
Luis de Góngora, 1593.

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