Un espía entre amigos — Ben MacIntyre

Kim Philby sigue siendo un personaje oscuro, como lo es la propia Guerra Fría, frecuentemente mencionada pero poco comprendida. Por otra parte, la publicación en los últimos años de una gran cantidad de material que había estado clasificado, junto con las historias autorizadas del MI5 y el MI6, ha clarificado algunos aspectos tanto del conflicto como del papel de Philby en él.
Ésta no es otra biografía de Kim Philby, más bien es un intento de describir un tipo específico de amistad que desempeñó un papel importante en la historia, contada en forma de relato. Trata menos de política, ideología y responsabilidad que de personalidad, carácter y una relación muy británica que nunca antes había sido explorada. Debido a que los archivos del MI6, de la CIA y del KGB siguen siendo secretos, gran parte de las fuentes son secundarias: pruebas de terceros, a menudo presentadas de forma retrospectiva. Los espías son especialmente habilidosos a la hora de olvidar detalles del pasado.

Parece una historia de ficción pero es real y mucho Kim Philby nace en el seno de una familia de la élite británica, educado en Cambridge entra en contacto con la ideología comunista a la que se adhiere en cuerpo y alma. Reclutado por los soviéticos es enviado a España como corresponsal de guerra y participa en la lucha contra el III Reich durante la Segunda Guerra Mundial. Habitual de los pasillos del MI6 como miembro pleno, desarrolla todo su atractivo para intercambiar chismes y obtener jugosos secretos de sus compañeros de faena que envia sin dilación a la KGB. Entra en contacto con la OSS – precursora de la CIA – siendo instructor de los nuevos agentes norteamericanos destacados en Inglaterra. Encargado de la Sección IX en la lucha contra el espionaje soviético y los simpatizantes comunistas, supervisa operaciones de inteligencia e infiltración en Europa del Este que el mismo se encarga que fracasen. Enviado a Washington como enlace, despliega una vez más al otro lado del Atlántico su encanto personal para continuar espiando para los rojos. En 1951 su buena estrella se oscurece, Burguess y Maclean desertan antes de ser descubiertos, su reputación queda en entredicho y es obligado a renunciar. Su estrella vuelve a brillar fugazmente en Beirut donde como corresponsal de prensa se dedica a espiar tanto para los británicos como para los soviéticos el explosivo panorama político del Medio Oriente. Una deserción soviética lo señala y solo le quedan dos opciones: cruzar el telón o vivir como un paria social para siempre, no se lo piensa dos veces.
Crónica contada por amigos, allegados, ex esposas y jefes traicionos por el más famoso agente doble durante la Guerra Fría, Harold Adrian Russell Philby (1912-1988). La rápida ascensión en su carrera como agente, doble agente y la amistad traicionada hacia sus dos compañeros de faena por años Nicholas Elliot (1916-1994) y James Jesus Angleton (1917-1987) son fundamentales en este libro donde la dualidad del personaje como amigo entrañable y frío agente soviético no dejan de estar presente todo el tiempo. Un libro entretenido y didáctico que arroja alguna luz sobre un período de la historia contemporánea muy poco tratada.

La palabra más utilizada para describir a Kim Philby era «encanto», esa cualidad inglesa tan embriagadora, cautivadora y, en ocasiones, letal. Philby era capaz de inspirar y expresar afecto con tanta facilidad que pocas personas se daban cuenta de estar cayendo en las redes de su encanto. Hombres y mujeres, ancianos y jóvenes, ricos y pobres, Kim los embelesaba a todos. Miraba el mundo con sus ojos azules, dulces y alertas por debajo de su flequillo rebelde. Poseía unos modales extraordinarios: siempre era el primero en ofrecerte una bebida, en preguntar por tu madre enferma y en recordar los nombres de tus hijos. Le encantaba reírse y le encantaba beber, así como escuchar con profunda sinceridad y curiosidad absorta. «Era de los que sabía ganarse seguidores —afirma un coetáneo—. No sólo despertaba simpatía, admiración y afinidad, sino también devoción.» A su carisma había que añadir un tartamudeo que iba y venía, lo que le confería un cautivador toque de fragilidad. Todo el mundo estaba siempre pendiente de lo que decía, a la espera de lo que su amigo el novelista Graham Greene llamaba sus «ocurrencias vacilantes y entrecortadas.
El padre de Philby apodó a su hijo como el héroe epónimo de la popular novela de Rudyard Kipling. Criado por una niñera india, la primera lengua que aprendió Philby era una especie de punyabí de guardería; al igual que el Kim de Kipling, era un niño blanco que podía pasar por indio. El nombre quedó para siempre, pero las similitudes tardarían años en manifestarse. El Kim ficticio tiene dos personalidades diferentes; es un hombre con dos caras:
Algo le debo al suelo en que crecí,
más que a la vida que me alimentó,
Pero más a Alá, quien dio
a mi cabeza dos mitades.

Kim Philby, oficial del Imperio Británico, empezaba a ser visto entre sus colegas como un hombre destinado a obtener grandes triunfos: un consumado profesional del espionaje, así como un héroe que había logrado vencer a los alemanes en el terreno de la inteligencia y que ahora encabezaba la lucha contra los espías soviéticos. Stewart Menzies había servido durante toda la guerra como jefe de los servicios de espionaje británicos, pero en algún momento tendría que pasar el testigo. «Cuando miraba a mi alrededor —comenta el sardónico Hugh Trevor-Roper—, no veía más que agentes de bolsa y policías indios jubilados, simpáticos epicúreos salidos de los bares del White’s y el Boodle’s, alegres y convencionales exoficiales de la Armada y robustos aventureros de agencia de viajes; pero entonces veía a Philby […] y sólo él se me antojaba un hombre de verdad. Estaba convencido de que estaba destinado a dirigir el servicio.
A Philby le gustaba describir el servicio de inteligencia soviético como una organización de una eficacia sin parangón. En realidad, la Central de Moscú sufría con frecuencia las consecuencias de la torpeza burocracia, la inercia y la incompetencia, complementadas con algún que otro derramamiento de sangre periódico. Antes de la llegada de Philby, el puesto avanzado del espionaje soviético en Washington había atravesado un período turbulento y «caótico»,marcado por la retirada de dos rezidents sucesivos. Al principio de su llegada a Estados Unidos, Philby no mantuvo contacto directo con la inteligencia soviética, sino que prefirió canalizar la información a través de Guy Burgess en Londres, igual que había hecho en Estambul. Finalmente, transcurridos cuatro meses desde su llegada, Moscú despertó y cayó en la cuenta de que le convenía cuidar mejor a su veterano espía.

El retorno de Kim Philby a inteligencia se produjo en un momento en que la red de amiguismo funcionaba como la seda: una palabra al oído, un gesto de asentimiento, una copa con un compañero de club y la maquinaria se ponía en marcha.
Nicholas Elliott puso mucho cuidado en cultivar la amistad de los periodistas y mantener estrechas relaciones con varios editores bien situados. Periódicamente organizaba cenas en el White’s para presentarle a C a los periodistas de mayor rango. Ian Fleming, amigo suyo desde su paso por Inteligencia Naval durante la guerra, se había convertido en coordinador de corresponsales del grupo Kemsley Newspapers, al que pertenecía el Sunday Times. «Por aquel entonces el SIS mantenía relación con personas útiles —rememoraría Elliott más tarde—. Y Ian era bastante útil: tenía contactos importantes en determinados lugares y de vez en cuando recibía información valiosa. Recurría a él cuando necesitaba a alguien en la City y, muy ocasionalmente, fuera de la ciudad.» Fleming estaba encantado de contribuir a engrasar los engranajes de la inteligencia británica. «El grupo Kemsley permitía que muchos de sus corresponsales extranjeros cooperasen con el MI6 e incluso utilizó a agentes del MI6 como corresponsales extranjeros.

Quejas podían oírse en determinadas partes de Broadway, sobre todo entre los arabistas del MI6. «Podría haber leído todo esto en el Economist de la semana pasada —comentó un analista de Londres tras revisar el último despacho de Philby—. Además, muchos datos son incorrectos. Están inventados. Nos está dando gato por liebre.» Los partidarios de Philby, sobre todo Elliott y Young, hacían caso omiso de las críticas y trataban los informes de Philby como si fueran la última hora de su hombre en Beirut.
La realidad es que Philby estaba perdiendo brío y bebía demasiado; se contentaba con escribir de vez en cuando y espiar un poco para ambos bandos, pero sin excesos. Parecía decidido a abrazar el papel cómodo y sereno de periodista de segunda fila y espía de poca monta.
Hasta que Nicholas Elliott llegó a Beirut como nuevo jefe de estación del MI6 y la rueda de la amistad se puso a girar de nuevo.

En octubre de 1962, Nicholas Elliott recibió la oferta de un nuevo cargo como director del MI6 en África, pero con base en Londres. Se trataba de un ascenso importante y que lo situaba al frente de otro de los escenarios importantes de la Guerra Fría. Los dos años transcurridos en el Líbano habían sido fascinantes, fructíferos y divertidos, llenos de «carcajadas», que en el fondo eran la razón de Elliott para vivir. Le pesaría marcharse de Beirut, entre otras cosas por el lamentable estado de Philby. Peter Lunn, su predecesor en Viena, sería su sustituto como jefe de estación del MI6. Antes de viajar a Beirut para relevar a Elliott, Lunn le preguntó a Dick White qué debía hacer con Kim Philby, si es que debía hacer algo. White sabía que Philby volvía a estar en el punto de mira del MI5. «Por supuesto se trata de un traidor —espetó—. Mantenlo vigilado. Esperemos a ver qué ocurre.»
Philby, muerto de miedo, también esperaba. Desconsolado, temeroso de ser descubierto, alarmado por el ejemplar castigo de Blake y, ahora, privado de la compañía y el apoyo de alguien que siempre lo había defendido, Philby se hundió todavía más en el whisky.
Pero el desenlace, contrariamente a lo que Philby temía, no llegaría gracias a la información de un nuevo desertor, sino a través de una vieja amiga que recordaría una conversación mantenida treinta y cinco años atrás y olvidada durante mucho tiempo.

A Kim Philby no le gustaba Moscú y a Moscú no le gustaba Philby, pero ambos fingían lo contrario. Puede que en 1934 Philby creyera había entrado a formar parte de una fuerza de «élite», pero al llegar a la URSS se encontró sin rango alguno en el KGB y con apenas nada en qué ocuparse. A ojos de los rusos, no era un oficial, sino un agente que, además, poco útil podía serles ya. Fue bien recibido, le dieron las gracias, informó de lo que sabía y fue gratificado, pero nunca confiaron del todo en él. Es posible que la facilidad con que había salido de Beirut despertara dudas que durante tiempo habían estado latentes en Moscú, a saber: la incómoda sospecha de que pudiera estar traicionando al KGB. Para Yuri Modin, Philby era un enigma: «Nunca reveló su verdadera personalidad. Ni los británicos, ni las mujeres con las que convivió, ni nosotros mismos logramos nunca traspasar la armadura de misterio que lo recubría […]. Supongo que al final Philby se burló de todo el mundo, sobre todo de nosotros». Un guardaespaldas del KGB iba con él a todas partes, supuestamente para protegerlo contra posibles represalias británicas, pero también en calidad de guarda y carcelero. En palabras de un oficial del KGB, siguió siendo «inglés hasta la médula», y por lo tanto sospechoso. En Gran Bretaña, Philby había sido demasiado británico como para dudar de él; en Rusia, era demasiado británico como para inspirar confianza.
Con el recrudecimiento de la Guerra Fría, ambos bandos utilizaron a Philby como arma de propaganda. Los soviéticos se empeñaban en demostrar que, en palabras de uno de sus apologistas, Philby llevaba en Moscú una vida llena de «paz y felicidad». En 1968, previa aprobación (y censura) del KGB, Philby publicó unas memorias tituladas Mi guerra silenciosa, donde la realidad se mezcla con la ficción, la historia con la desinformación, y en las que se describe a la inteligencia soviética como un cuerpo siempre brillante y a sí mismo como un paladín de la coherencia ideológica. En Occidente, algunas voces políticas insistían en que lo cierto era lo contrario, y que Philby, alcoholizado, deprimido y sin ilusión, había obtenido su justa recompensa a una vida marcada por la traición y el apego a una doctrina diabólica. El presidente Ronald Reagan declaró: «Qué largas deben de ser las noches de Philby en Moscú […], con qué certeza él y otros como él deben de saber ahora que aquellos a quienes traicionaron serán al final los vencedores».

Los últimos años de Philby fueron una época plácida, provechosa y hogareña. Rufina trató de que dejara la bebida, cosa que logró sólo en parte. Realizó trabajos esporádicos para el Estado soviético, desempeñándose como formador de reclutas del KGB y como motivador de la selección soviética de hockey, a pesar de que, como Elliott señaló en cierta ocasión, era adicto al críquet y «no mostraba interés alguno por ningún otro tipo de deporte». También se le concedió la Orden de Lenin, algo que para él equivalía a obtener el título de «sir», «uno de los mejores». A cambio, nunca criticó el sistema que había defendido durante toda su vida adulta, nunca reconoció el verdadero carácter de la organización a la cual había servido y nunca pronunció una palabra de arrepentimiento. En la línea de la oficialidad soviética, siempre mantuvo que los errores del comunismo práctico no se debían a las ideas, sino a las personas que las habían llevado a la práctica.
Philby falleció en un hospital de Moscú el 11 de mayo de 1988. Su funeral fue un acto suntuoso al que acudió una guardia de honor del KGB y durante el que se encomió su «incansable lucha en pro de la paz y un futuro mejor». Fue enterrado en el cementerio de Kuntsevo, a las afueras de Moscú. El servicio de correos soviético imprimió un sello en su honor. En 2011, la inteligencia rusa inauguró una placa en la que figuran dos rostros de Kim Philby mirándose de perfil, un monumento inconscientemente adecuado para un hombre de dos caras.

Elliott siempre conservó consigo una parte de Philby. Como si fuera un tesoro, guardaba el paraguas que muchos años atrás, llevado por la admiración, había comprado con el fin de imitar a su mejor amigo y peor enemigo. A su muerte en 1994, Elliott dejó un breve libro de memorias consistente básicamente en una serie de anécdotas subidas de tono. Como para reírse de sí mismo, le puso por título Never Judge a Man by His Umbrella (Nunca juzgues a un hombre por su paraguas).
Se trataba de una broma que sólo dos personas habrían sido capaces de captar plenamente: Nicholas Elliott y Kim Philby.

El epílogo de John Le Carré, Nicholas Elliott, del MI6, fue el espía más encantador, ingenioso, elegante, cortés y compulsivamente divertido que haya conocido. Con la perspectiva del tiempo, también el más enigmático. Describir su aspecto resulta, hoy por hoy, una invitación al ridículo. Era un bon viveur de la vieja escuela. Nunca lo vi vestir nada que no fuera un terno oscuro e inmaculado. Tenía unos modales exquisitos, marca de Eton, y disfrutaba de las relaciones humanas.
Era delgado como una vara y parecía flotar ligeramente sobre el suelo con su paso desenvuelto, una silenciosa sonrisa en el rostro y el brazo doblado con una copa de martini o un cigarrillo en la mano.
Sus chalecos describían una curva hacia dentro, nunca hacia fuera. Parecía uno de esos hombres de mundo de las novelas de P. G. Wodehouse.
En 1987, dos años antes de la caída del muro de Berlín, yo me encontraba de visita en Moscú. Durante una recepción organizada por el Sindicato de Escritores Soviéticos, un periodista a tiempo parcial con vínculos con el KGB llamado Génrij Borovik me invitó a su casa para conocer a un viejo amigo y admirador de mi obra. Cuando le pregunté cómo se llamaba su amigo, me dijo que Kim Philby. Sé de buena tinta que Philby era consciente de que se estaba muriendo y que esperaba que lo ayudara a escribir otro libro de memorias.
Me negué a conocerlo. Elliott se mostró satisfecho al saberlo. O al menos eso creo. Aunque quizá, secretamente, albergaba la esperanza de que pudiera darle alguna noticia sobre su viejo amigo.

Otro magnífico libro del autor con diferentes anexos de fotografías y que hacen de este libro otra interesante obra.

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