Un espía entre amigos — Ben MacIntyre / A Spy Among Friends: Kim Philby and the Great Betrayal by Ben MacIntyre

Kim Philby sigue siendo un personaje oscuro, como lo es la propia Guerra Fría, frecuentemente mencionada pero poco comprendida. Por otra parte, la publicación en los últimos años de una gran cantidad de material que había estado clasificado, junto con las historias autorizadas del MI5 y el MI6, ha clarificado algunos aspectos tanto del conflicto como del papel de Philby en él.
Ésta no es otra biografía de Kim Philby, más bien es un intento de describir un tipo específico de amistad que desempeñó un papel importante en la historia, contada en forma de relato. Trata menos de política, ideología y responsabilidad que de personalidad, carácter y una relación muy británica que nunca antes había sido explorada. Debido a que los archivos del MI6, de la CIA y del KGB siguen siendo secretos, gran parte de las fuentes son secundarias: pruebas de terceros, a menudo presentadas de forma retrospectiva. Los espías son especialmente habilidosos a la hora de olvidar detalles del pasado.

Parece una historia de ficción pero es real y mucho Kim Philby nace en el seno de una familia de la élite británica, educado en Cambridge entra en contacto con la ideología comunista a la que se adhiere en cuerpo y alma. Reclutado por los soviéticos es enviado a España como corresponsal de guerra y participa en la lucha contra el III Reich durante la Segunda Guerra Mundial. Habitual de los pasillos del MI6 como miembro pleno, desarrolla todo su atractivo para intercambiar chismes y obtener jugosos secretos de sus compañeros de faena que envia sin dilación a la KGB. Entra en contacto con la OSS – precursora de la CIA – siendo instructor de los nuevos agentes norteamericanos destacados en Inglaterra. Encargado de la Sección IX en la lucha contra el espionaje soviético y los simpatizantes comunistas, supervisa operaciones de inteligencia e infiltración en Europa del Este que el mismo se encarga que fracasen. Enviado a Washington como enlace, despliega una vez más al otro lado del Atlántico su encanto personal para continuar espiando para los rojos. En 1951 su buena estrella se oscurece, Burguess y Maclean desertan antes de ser descubiertos, su reputación queda en entredicho y es obligado a renunciar. Su estrella vuelve a brillar fugazmente en Beirut donde como corresponsal de prensa se dedica a espiar tanto para los británicos como para los soviéticos el explosivo panorama político del Medio Oriente. Una deserción soviética lo señala y solo le quedan dos opciones: cruzar el telón o vivir como un paria social para siempre, no se lo piensa dos veces.
Crónica contada por amigos, allegados, ex esposas y jefes traicionos por el más famoso agente doble durante la Guerra Fría, Harold Adrian Russell Philby (1912-1988). La rápida ascensión en su carrera como agente, doble agente y la amistad traicionada hacia sus dos compañeros de faena por años Nicholas Elliot (1916-1994) y James Jesus Angleton (1917-1987) son fundamentales en este libro donde la dualidad del personaje como amigo entrañable y frío agente soviético no dejan de estar presente todo el tiempo. Un libro entretenido y didáctico que arroja alguna luz sobre un período de la historia contemporánea muy poco tratada.

La palabra más utilizada para describir a Kim Philby era «encanto», esa cualidad inglesa tan embriagadora, cautivadora y, en ocasiones, letal. Philby era capaz de inspirar y expresar afecto con tanta facilidad que pocas personas se daban cuenta de estar cayendo en las redes de su encanto. Hombres y mujeres, ancianos y jóvenes, ricos y pobres, Kim los embelesaba a todos. Miraba el mundo con sus ojos azules, dulces y alertas por debajo de su flequillo rebelde. Poseía unos modales extraordinarios: siempre era el primero en ofrecerte una bebida, en preguntar por tu madre enferma y en recordar los nombres de tus hijos. Le encantaba reírse y le encantaba beber, así como escuchar con profunda sinceridad y curiosidad absorta. «Era de los que sabía ganarse seguidores —afirma un coetáneo—. No sólo despertaba simpatía, admiración y afinidad, sino también devoción.» A su carisma había que añadir un tartamudeo que iba y venía, lo que le confería un cautivador toque de fragilidad. Todo el mundo estaba siempre pendiente de lo que decía, a la espera de lo que su amigo el novelista Graham Greene llamaba sus «ocurrencias vacilantes y entrecortadas.
El padre de Philby apodó a su hijo como el héroe epónimo de la popular novela de Rudyard Kipling. Criado por una niñera india, la primera lengua que aprendió Philby era una especie de punyabí de guardería; al igual que el Kim de Kipling, era un niño blanco que podía pasar por indio. El nombre quedó para siempre, pero las similitudes tardarían años en manifestarse. El Kim ficticio tiene dos personalidades diferentes; es un hombre con dos caras:
Algo le debo al suelo en que crecí,
más que a la vida que me alimentó,
Pero más a Alá, quien dio
a mi cabeza dos mitades.

Kim Philby, oficial del Imperio Británico, empezaba a ser visto entre sus colegas como un hombre destinado a obtener grandes triunfos: un consumado profesional del espionaje, así como un héroe que había logrado vencer a los alemanes en el terreno de la inteligencia y que ahora encabezaba la lucha contra los espías soviéticos. Stewart Menzies había servido durante toda la guerra como jefe de los servicios de espionaje británicos, pero en algún momento tendría que pasar el testigo. «Cuando miraba a mi alrededor —comenta el sardónico Hugh Trevor-Roper—, no veía más que agentes de bolsa y policías indios jubilados, simpáticos epicúreos salidos de los bares del White’s y el Boodle’s, alegres y convencionales exoficiales de la Armada y robustos aventureros de agencia de viajes; pero entonces veía a Philby […] y sólo él se me antojaba un hombre de verdad. Estaba convencido de que estaba destinado a dirigir el servicio.
A Philby le gustaba describir el servicio de inteligencia soviético como una organización de una eficacia sin parangón. En realidad, la Central de Moscú sufría con frecuencia las consecuencias de la torpeza burocracia, la inercia y la incompetencia, complementadas con algún que otro derramamiento de sangre periódico. Antes de la llegada de Philby, el puesto avanzado del espionaje soviético en Washington había atravesado un período turbulento y «caótico»,marcado por la retirada de dos rezidents sucesivos. Al principio de su llegada a Estados Unidos, Philby no mantuvo contacto directo con la inteligencia soviética, sino que prefirió canalizar la información a través de Guy Burgess en Londres, igual que había hecho en Estambul. Finalmente, transcurridos cuatro meses desde su llegada, Moscú despertó y cayó en la cuenta de que le convenía cuidar mejor a su veterano espía.

El retorno de Kim Philby a inteligencia se produjo en un momento en que la red de amiguismo funcionaba como la seda: una palabra al oído, un gesto de asentimiento, una copa con un compañero de club y la maquinaria se ponía en marcha.
Nicholas Elliott puso mucho cuidado en cultivar la amistad de los periodistas y mantener estrechas relaciones con varios editores bien situados. Periódicamente organizaba cenas en el White’s para presentarle a C a los periodistas de mayor rango. Ian Fleming, amigo suyo desde su paso por Inteligencia Naval durante la guerra, se había convertido en coordinador de corresponsales del grupo Kemsley Newspapers, al que pertenecía el Sunday Times. «Por aquel entonces el SIS mantenía relación con personas útiles —rememoraría Elliott más tarde—. Y Ian era bastante útil: tenía contactos importantes en determinados lugares y de vez en cuando recibía información valiosa. Recurría a él cuando necesitaba a alguien en la City y, muy ocasionalmente, fuera de la ciudad.» Fleming estaba encantado de contribuir a engrasar los engranajes de la inteligencia británica. «El grupo Kemsley permitía que muchos de sus corresponsales extranjeros cooperasen con el MI6 e incluso utilizó a agentes del MI6 como corresponsales extranjeros.

Quejas podían oírse en determinadas partes de Broadway, sobre todo entre los arabistas del MI6. «Podría haber leído todo esto en el Economist de la semana pasada —comentó un analista de Londres tras revisar el último despacho de Philby—. Además, muchos datos son incorrectos. Están inventados. Nos está dando gato por liebre.» Los partidarios de Philby, sobre todo Elliott y Young, hacían caso omiso de las críticas y trataban los informes de Philby como si fueran la última hora de su hombre en Beirut.
La realidad es que Philby estaba perdiendo brío y bebía demasiado; se contentaba con escribir de vez en cuando y espiar un poco para ambos bandos, pero sin excesos. Parecía decidido a abrazar el papel cómodo y sereno de periodista de segunda fila y espía de poca monta.
Hasta que Nicholas Elliott llegó a Beirut como nuevo jefe de estación del MI6 y la rueda de la amistad se puso a girar de nuevo.

En octubre de 1962, Nicholas Elliott recibió la oferta de un nuevo cargo como director del MI6 en África, pero con base en Londres. Se trataba de un ascenso importante y que lo situaba al frente de otro de los escenarios importantes de la Guerra Fría. Los dos años transcurridos en el Líbano habían sido fascinantes, fructíferos y divertidos, llenos de «carcajadas», que en el fondo eran la razón de Elliott para vivir. Le pesaría marcharse de Beirut, entre otras cosas por el lamentable estado de Philby. Peter Lunn, su predecesor en Viena, sería su sustituto como jefe de estación del MI6. Antes de viajar a Beirut para relevar a Elliott, Lunn le preguntó a Dick White qué debía hacer con Kim Philby, si es que debía hacer algo. White sabía que Philby volvía a estar en el punto de mira del MI5. «Por supuesto se trata de un traidor —espetó—. Mantenlo vigilado. Esperemos a ver qué ocurre.»
Philby, muerto de miedo, también esperaba. Desconsolado, temeroso de ser descubierto, alarmado por el ejemplar castigo de Blake y, ahora, privado de la compañía y el apoyo de alguien que siempre lo había defendido, Philby se hundió todavía más en el whisky.
Pero el desenlace, contrariamente a lo que Philby temía, no llegaría gracias a la información de un nuevo desertor, sino a través de una vieja amiga que recordaría una conversación mantenida treinta y cinco años atrás y olvidada durante mucho tiempo.

A Kim Philby no le gustaba Moscú y a Moscú no le gustaba Philby, pero ambos fingían lo contrario. Puede que en 1934 Philby creyera había entrado a formar parte de una fuerza de «élite», pero al llegar a la URSS se encontró sin rango alguno en el KGB y con apenas nada en qué ocuparse. A ojos de los rusos, no era un oficial, sino un agente que, además, poco útil podía serles ya. Fue bien recibido, le dieron las gracias, informó de lo que sabía y fue gratificado, pero nunca confiaron del todo en él. Es posible que la facilidad con que había salido de Beirut despertara dudas que durante tiempo habían estado latentes en Moscú, a saber: la incómoda sospecha de que pudiera estar traicionando al KGB. Para Yuri Modin, Philby era un enigma: «Nunca reveló su verdadera personalidad. Ni los británicos, ni las mujeres con las que convivió, ni nosotros mismos logramos nunca traspasar la armadura de misterio que lo recubría […]. Supongo que al final Philby se burló de todo el mundo, sobre todo de nosotros». Un guardaespaldas del KGB iba con él a todas partes, supuestamente para protegerlo contra posibles represalias británicas, pero también en calidad de guarda y carcelero. En palabras de un oficial del KGB, siguió siendo «inglés hasta la médula», y por lo tanto sospechoso. En Gran Bretaña, Philby había sido demasiado británico como para dudar de él; en Rusia, era demasiado británico como para inspirar confianza.
Con el recrudecimiento de la Guerra Fría, ambos bandos utilizaron a Philby como arma de propaganda. Los soviéticos se empeñaban en demostrar que, en palabras de uno de sus apologistas, Philby llevaba en Moscú una vida llena de «paz y felicidad». En 1968, previa aprobación (y censura) del KGB, Philby publicó unas memorias tituladas Mi guerra silenciosa, donde la realidad se mezcla con la ficción, la historia con la desinformación, y en las que se describe a la inteligencia soviética como un cuerpo siempre brillante y a sí mismo como un paladín de la coherencia ideológica. En Occidente, algunas voces políticas insistían en que lo cierto era lo contrario, y que Philby, alcoholizado, deprimido y sin ilusión, había obtenido su justa recompensa a una vida marcada por la traición y el apego a una doctrina diabólica. El presidente Ronald Reagan declaró: «Qué largas deben de ser las noches de Philby en Moscú […], con qué certeza él y otros como él deben de saber ahora que aquellos a quienes traicionaron serán al final los vencedores».

Los últimos años de Philby fueron una época plácida, provechosa y hogareña. Rufina trató de que dejara la bebida, cosa que logró sólo en parte. Realizó trabajos esporádicos para el Estado soviético, desempeñándose como formador de reclutas del KGB y como motivador de la selección soviética de hockey, a pesar de que, como Elliott señaló en cierta ocasión, era adicto al críquet y «no mostraba interés alguno por ningún otro tipo de deporte». También se le concedió la Orden de Lenin, algo que para él equivalía a obtener el título de «sir», «uno de los mejores». A cambio, nunca criticó el sistema que había defendido durante toda su vida adulta, nunca reconoció el verdadero carácter de la organización a la cual había servido y nunca pronunció una palabra de arrepentimiento. En la línea de la oficialidad soviética, siempre mantuvo que los errores del comunismo práctico no se debían a las ideas, sino a las personas que las habían llevado a la práctica.
Philby falleció en un hospital de Moscú el 11 de mayo de 1988. Su funeral fue un acto suntuoso al que acudió una guardia de honor del KGB y durante el que se encomió su «incansable lucha en pro de la paz y un futuro mejor». Fue enterrado en el cementerio de Kuntsevo, a las afueras de Moscú. El servicio de correos soviético imprimió un sello en su honor. En 2011, la inteligencia rusa inauguró una placa en la que figuran dos rostros de Kim Philby mirándose de perfil, un monumento inconscientemente adecuado para un hombre de dos caras.

Elliott siempre conservó consigo una parte de Philby. Como si fuera un tesoro, guardaba el paraguas que muchos años atrás, llevado por la admiración, había comprado con el fin de imitar a su mejor amigo y peor enemigo. A su muerte en 1994, Elliott dejó un breve libro de memorias consistente básicamente en una serie de anécdotas subidas de tono. Como para reírse de sí mismo, le puso por título Never Judge a Man by His Umbrella (Nunca juzgues a un hombre por su paraguas).
Se trataba de una broma que sólo dos personas habrían sido capaces de captar plenamente: Nicholas Elliott y Kim Philby.

El epílogo de John Le Carré, Nicholas Elliott, del MI6, fue el espía más encantador, ingenioso, elegante, cortés y compulsivamente divertido que haya conocido. Con la perspectiva del tiempo, también el más enigmático. Describir su aspecto resulta, hoy por hoy, una invitación al ridículo. Era un bon viveur de la vieja escuela. Nunca lo vi vestir nada que no fuera un terno oscuro e inmaculado. Tenía unos modales exquisitos, marca de Eton, y disfrutaba de las relaciones humanas.
Era delgado como una vara y parecía flotar ligeramente sobre el suelo con su paso desenvuelto, una silenciosa sonrisa en el rostro y el brazo doblado con una copa de martini o un cigarrillo en la mano.
Sus chalecos describían una curva hacia dentro, nunca hacia fuera. Parecía uno de esos hombres de mundo de las novelas de P. G. Wodehouse.
En 1987, dos años antes de la caída del muro de Berlín, yo me encontraba de visita en Moscú. Durante una recepción organizada por el Sindicato de Escritores Soviéticos, un periodista a tiempo parcial con vínculos con el KGB llamado Génrij Borovik me invitó a su casa para conocer a un viejo amigo y admirador de mi obra. Cuando le pregunté cómo se llamaba su amigo, me dijo que Kim Philby. Sé de buena tinta que Philby era consciente de que se estaba muriendo y que esperaba que lo ayudara a escribir otro libro de memorias.
Me negué a conocerlo. Elliott se mostró satisfecho al saberlo. O al menos eso creo. Aunque quizá, secretamente, albergaba la esperanza de que pudiera darle alguna noticia sobre su viejo amigo.

Otro magnífico libro del autor con diferentes anexos de fotografías y que hacen de este libro otra interesante obra.

Kim Philby is still a dark character, as is the Cold War itself, often mentioned but little understood. On the other hand, the publication in recent years of a large amount of material that had been classified, together with the authorized stories of MI5 and MI6, has clarified some aspects of both the conflict and the role of Philby in it.
This is not another biography of Kim Philby, rather it is an attempt to describe a specific type of friendship that played an important role in the story, told in the form of a story. It is less about politics, ideology and responsibility than personality, character and a very British relationship that has never been explored before. Because the archives of the MI6, the CIA and the KGB remain secret, much of the sources are secondary: third-party evidence, often presented retrospectively. Spies are especially skilled at forgetting details of the past.

It looks like a fictional story but it is real and very much Kim Philby was born into a family of the British elite, educated in Cambridge, he came into contact with the communist ideology to which he adhered in body and soul. Recruited by the Soviets he is sent to Spain as a war correspondent and participates in the fight against the Third Reich during the Second World War. Habitual of the corridors of the MI6 like full member, develops all its attractiveness to interchange gossip and to obtain juicy secrets of its partners of task that sends without delay to the KGB. He is in contact with the OSS – precursor of the CIA – being an instructor of the new North American agents stationed in England. In charge of Section IX in the fight against Soviet espionage and communist sympathizers, he oversees intelligence operations and infiltration in Eastern Europe, which is responsible for their failure. Sent to Washington as a liaison, it unfolds once again on the other side of the Atlantic its personal charm to continue spying for the reds. In 1951 his good luck darkens, Burguess and Maclean desert before being discovered, his reputation is in question and he is forced to resign. His star shines again briefly in Beirut where, as a press correspondent, he spies on the explosive political landscape of the Middle East for both the British and the Soviets. A Soviet defection indicates it and only has two options left: to cross the curtain or to live as a social outcast forever, do not think twice.
Chronicle told by friends, relatives, ex-wives and bosses betrayed by the most famous double agent during the Cold War, Harold Adrian Russell Philby (1912-1988). The rapid rise in his career as an agent, double agent and the friendship betrayed by his two long-time workmates Nicholas Elliot (1916-1994) and James Jesus Angleton (1917-1987) are fundamental in this book where the duality of the character as Beloved friend and cold Soviet agent do not stop being present all the time. An entertaining and didactic book that throws some light on a period of contemporary history very little treated.

The word most used to describe Kim Philby was “charm,” that English quality so intoxicating, captivating, and sometimes lethal. Philby was able to inspire and express affection so easily that few people realized they were falling into the webs of their charm. Men and women, old and young, rich and poor, Kim enthralled them all. He looked at the world with his blue eyes, sweet and alert beneath his rebellious bangs. He had extraordinary manners: he was always the first to offer you a drink, to ask about your sick mother and to remember the names of your children. He loved to laugh and loved to drink, as well as listen with deep sincerity and absorbed curiosity. “He was one of those who knew how to gain followers,” says a contemporary. Not only did he arouse sympathy, admiration and affinity, but also devotion. “To his charisma was added a stammer that came and went, which gave him a captivating touch of fragility. Everyone was always aware of what he was saying, waiting for what his friend the novelist Graham Greene called his “vacillating and staccato occurrences.
Philby’s father nicknamed his son as the eponymous hero of Rudyard Kipling’s popular novel. Raised by an Indian babysitter, the first language Philby learned was a kind of nursery punjabi; Like Kipling’s Kim, he was a white boy who could pass for an Indian. The name remained forever, but the similarities would take years to manifest. The fictitious Kim has two different personalities; He is a man with two faces:
Something I owe to the soil I grew up on,
more than the life that fed me,
But more to Allah, who gave
to my head two halves.

Kim Philby, an officer of the British Empire, was beginning to be seen among his colleagues as a man destined for great triumphs: an accomplished espionage professional, as well as a hero who had managed to defeat the Germans in the field of intelligence and who now He led the fight against the Soviet spies. Stewart Menzies had served throughout the war as head of the British spy services, but at some point he would have to pass the baton. “When I looked around,” says the sardonic Hugh Trevor-Roper, “I saw nothing but retired Indian stockbrokers and policemen, nice Epicureans from the bars of White’s and Boodle’s, cheerful and conventional ex-officers of the Navy and robust adventurers. of travel agency; but then I saw Philby […] and only he seemed to me a real man. He was convinced that he was destined to lead the service.
Philby liked to describe the Soviet intelligence service as an organization of unparalleled efficiency. In reality, the Moscow Central often suffered the consequences of clumsy bureaucracy, inertia and incompetence, complemented by occasional bloodshed. Before Philby’s arrival, the Soviet outpost of Soviet espionage in Washington had gone through a turbulent and “chaotic” period, marked by the withdrawal of two successive rezidents. At the beginning of his arrival in the United States, Philby did not maintain direct contact with Soviet intelligence, but preferred to channel information through Guy Burgess in London, just as he had done in Istanbul. Finally, four months after his arrival, Moscow woke up and realized that it was in his best interest to take care of his veteran spy.

Kim Philby’s return to intelligence came at a time when the network of cronyism worked like silk: a word in the ear, a nod, a drink with a clubmate and the machinery was set in motion.
Nicholas Elliott was very careful to cultivate the friendship of journalists and maintain close relationships with several well-placed publishers. Periodically he organized dinners at White’s to present top journalists to C. Ian Fleming, his friend from his time in Naval Intelligence during the war, had become the correspondent coordinator of the Kemsley Newspapers group, to which the Sunday Times belonged. “At that time the SIS had a relationship with useful people,” Elliott would recall later. And Ian was quite useful: he had important contacts in certain places and from time to time he received valuable information. He used to go to him when he needed someone in the City and, very occasionally, out of town. Fleming was delighted to help grease the gears of British intelligence. “The Kemsley group allowed many of its foreign correspondents to cooperate with MI6 and even used MI6 agents as foreign correspondents.

Complaints could be heard in certain parts of Broadway, especially among the MI6 Arabists. “I could have read all this in the Economist last week,” commented a London analyst after reviewing Philby’s last office. In addition, many data are incorrect. They are invented. It’s giving us a hare. “Philby’s supporters, especially Elliott and Young, ignored the criticism and treated Philby’s reports as if they were his man’s last hour in Beirut.
The reality is that Philby was losing energy and drinking too much; he was content to write from time to time and spy a little for both sides, but without excesses. He seemed determined to embrace the comfortable and serene role of a second-rate reporter and small-time spy.
Until Nicholas Elliott arrived in Beirut as the new station manager of MI6 and the wheel of friendship began to turn again.

In October 1962, Nicholas Elliott received the offer of a new position as director of MI6 in Africa, but based in London. It was an important ascent and placed him at the head of another important scenario of the Cold War. The two years spent in Lebanon had been fascinating, fruitful and fun, full of “laughter”, which was ultimately the reason for Elliott to live. He would be sorry to leave Beirut, among other things because of the sorry state of Philby. Peter Lunn, his predecessor in Vienna, would be his replacement as MI6 station chief. Before traveling to Beirut to relieve Elliott, Lunn asked Dick White what he should do with Kim Philby, if he should do something. White knew that Philby was back in MI5’s sights. “Of course he is a traitor,” he snapped. Keep it guarded. Let’s wait and see what happens. ”
Philby, scared to death, was waiting too. Disconsolate, afraid of being discovered, alarmed by Blake’s exemplary punishment, and now deprived of the company and support of someone who had always defended him, Philby sank even deeper into the whiskey.
But the outcome, contrary to what Philby feared, would not come thanks to the information of a new deserter, but through an old friend who would remember a conversation held thirty-five years ago and forgotten for a long time.

Kim Philby did not like Moscow and Moscow did not like Philby, but both pretended otherwise. In 1934 Philby may have believed he had joined an “elite” force, but upon arriving in the USSR he found himself without rank in the KGB and with hardly anything to occupy himself with. In the eyes of the Russians, he was not an officer, but an agent who, besides, could be useless to them. He was well received, they thanked him, he reported what he knew and he was gratified, but they never trusted him completely. It is possible that the ease with which he had left Beirut aroused doubts that had been dormant for some time in Moscow, namely: the uncomfortable suspicion that he might be betraying the KGB. For Yuri Modin, Philby was an enigma: “He never revealed his true personality. Neither the British, nor the women with whom he lived, nor we ourselves ever managed to pierce the armor of mystery that covered him […]. I guess in the end Philby made fun of everyone, especially us. ” A KGB bodyguard went with him everywhere, supposedly to protect him against possible British reprisals, but also as a guard and jailer. In the words of a KGB officer, he remained “English to the core”, and therefore suspect. In Britain, Philby had been too British to doubt him; in Russia, it was too British to inspire confidence.
With the resurgence of the Cold War, both sides used Philby as a propaganda weapon. The Soviets insisted on demonstrating that, in the words of one of his apologists, Philby had lived a life of “peace and happiness” in Moscow. In 1968, after approval (and censorship) of the KGB, Philby published memoirs entitled My Silent War, where reality is mixed with fiction, history with misinformation, and in which Soviet intelligence is described as a body always brilliant and himself as a champion of ideological coherence. In the West, some political voices insisted that the opposite was true, and that Philby, drunk, depressed, and without illusion, had obtained his just reward for a life marked by betrayal and attachment to a diabolical doctrine. President Ronald Reagan declared: “How long Philby’s nights should be in Moscow […], with what certainty he and others like him must now know that those they betrayed will ultimately be the victors.”

The last years of Philby were a placid, profitable and homely time. Rufina tried to stop the drink, which she achieved only in part. He did odd jobs for the Soviet state, serving as a trainer for KGB recruits and as a motivator for the Soviet hockey team, even though, as Elliott once remarked, he was addicted to cricket and “showed no interest in any other type of sport ». He was also granted the Order of Lenin, which for him was equivalent to obtaining the title of “sir”, “one of the best”. In return, he never criticized the system he had defended throughout his adult life, never recognized the true character of the organization he had served and never uttered a word of repentance. In the line of Soviet officialdom, he always maintained that the errors of practical communism were not due to ideas, but to the people who had put them into practice.
Philby died in a hospital in Moscow on May 11, 1988. His funeral was a sumptuous event attended by an honor guard of the KGB and during which he praised his “tireless struggle for peace and a better future.” He was buried in the cemetery of Kuntsevo, outside Moscow. The Soviet postal service printed a stamp in his honor. In 2011, Russian intelligence inaugurated a plaque featuring two faces of Kim Philby looking at each other in profile, a monument unconsciously suitable for a two-faced man.

Elliott always kept a part of Philby with him. As if it were a treasure, he kept the umbrella that, many years ago, carried by admiration, he had bought in order to imitate his best friend and worst enemy. Upon his death in 1994, Elliott left a short memoir consisting basically of a series of risqué anecdotes. As if to laugh at himself, he named Never Judge a Man by His Umbrella (Never judge a man by his umbrella).
It was a joke that only two people would have been able to fully grasp: Nicholas Elliott and Kim Philby.

John Le Carré’s epilogue, Nicholas Elliott, of MI6, was the most charming, witty, elegant, courteous and compulsively funny spy I’ve ever met. With the perspective of time, also the most enigmatic. Describing its appearance is, today, an invitation to ridicule. He was a bon viveur of the old school. I never saw him wear anything that was not a dark and immaculate suit. He had exquisite manners, Eton brand, and enjoyed human relationships.
He was thin as a stick and seemed to float lightly on the ground with his easy step, a silent smile on his face and his arm bent with a martini glass or a cigarette in his hand.
His vests described a curve inward, never outward. He looked like one of those men of the world from the novels of P. G. Wodehouse.
In 1987, two years before the fall of the Berlin Wall, I was visiting Moscow. During a reception organized by the Union of Soviet Writers, a part-time journalist with links to the KGB called Génrij Borovik invited me to his house to meet an old friend and admirer of my work. When I asked him what his friend’s name was, he told me that Kim Philby. I know for a fact that Philby was aware that he was dying and hoped he would help him write another memoir.
I refused to meet him. Elliott was pleased to find out. Or at least I think so. Although perhaps, secretly, he hoped that he could give him some news about his old friend.

Another magnificent book by the author with different annexes of photographs that make this book another interesting work.

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