El hombre que nunca existió — Ben MacIntyre / Operation Mincemeat: How a Dead Man and a Bizarre Plan Fooled the Nazis and Assured an Allied Victor by Ben MacIntyre

Simplemente extraordinario, nos habla de la operación carne picada (mincemeat). En las primeras horas del 10 de julio de 1943, soldados británicos, de la Commonwealth y estadounidenses desembarcaron en la costa de Sicilia en el primer asalto aliado contra la «Fortaleza Europa» de Hitler. A posteriori, la invasión de la isla italiana fue un triunfo, un giro decisivo en la guerra y un escalón vital en el camino hacia la victoria en Europa. La ofensiva (el mayor desembarco anfibio intentado hasta entonces) había estado planeándose durante meses, y aunque el combate fue feroz, el número de bajas entre los Aliados fue reducido. De los ciento sesenta mil soldados que participaron en la invasión y conquista de Sicilia, más de ciento cincuenta y tres mil estaban vivos al final. El hecho de que tantísimos hubieran podido sobrevivir se debió, en buena medida, a un hombre que había muerto seis meses antes. El éxito de la invasión de Sicilia dependió del uso de una fuerza abrumadora, la logística, el secreto y la sorpresa. Pero también de una amplia red de imposturas, y de un engaño en particular: una trama inventada por un equipo de espías dirigido por un abogado inglés.
Gracias al relajamiento de las normas gubernamentales relativas al secreto oficial, los documentos recientemente desclasificados en los Archivos Nacionales y el contenido del viejo baúl de Ewen Montagu, fallecido en 1985, es posible contar por primera vez la historia completa de la Operación Carne Picada.
El plan cobró forma a través del elenco de personajes más insólito: un abogado brillante, una familia de empresarios fúnebres, un patólogo forense, un buscador de oro, un inventor, un capitán de submarino, un espía inglés travestido, un piloto de carreras, una bonita secretaria, un nazi crédulo y un almirante gruñón al que le encantaba la pesca con mosca.
Esta operación de engaño, que apuntaló la invasión de Sicilia y contribuyó a ganar la guerra, giró alrededor de un hombre que nunca existió. Pero tanto las personas que lo inventaron como aquellas que creyeron en él, así como todos aquellos que le debieron la vida, ciertamente sí existían.

José Antonio Rey María no tenía ninguna intención de pasar a la historia cuando partió remando hacia el Atlántico desde la costa de Andalucía el 30 de abril de 1943. Sencillamente estaba buscando sardinas.
En la parte de la playa conocida como La Bota, José y Pepe arrastraron el cuerpo hasta las dunas. El maletín que el hombre llevaba atado con una cadena dejó un rastro en la arena detrás de ellos. Los pescadores dejaron el cuerpo bajo la sombra de un pino. Los niños salieron de las cabañas para echar un vistazo al atroz espectáculo. El hombre era alto, medía más de metro ochenta, e iba vestido con una casaca y una gabardina caquis y botas militares altas. Obdulia Serrano, una joven de diecisiete años, vio que el hombre tenía alrededor del cuello una cadenita de plata con un crucifijo, lo que le hizo pensar que debía de haber sido católico.
El cadáver que yacía en las dunas de Punta Umbría era un fraude. Las mentiras que llevaba consigo volarían de Londres a Madrid y de allí a Berlín para completar un viaje iniciado en un gélido lago escocés y cuyo destino último eran las costas de Sicilia, un viaje de la ficción a la realidad y de la Oficina 13 del almirantazgo británico directo al escritorio de Hitler.

El plan de acción que acordaron Winston Churchill y Franklin Delano Roosevelt cuando se reunieron en Casablanca en enero de 1943 era, en cierto sentido, de una obviedad enorme: después de la exitosa campaña en el norte de África, la Operación Antorcha, el siguiente objetivo de las fuerzas aliadas sería la isla de Sicilia.
La máquina de guerra nazi estaba por fin empezando a vacilar y errar. Al mando de Montgomery, el 8.° Ejército británico había derrotado al invencible Afrika Korps de Rommel en El Alamein. La invasión aliada de Marruecos y Túnez había debilitado el poderío alemán, y tras la liberación de la capital tunecina, los Aliados pasaron a controlar la costa norteafricana, sus puertos y sus aeródromos, desde Casablanca hasta Alejandría. Había llegado el momento de atacar Europa, la fortaleza europea de Hitler, efectivamente, pero ¿por dónde?
Sicilia era el lugar lógico desde el cual lanzar un puñetazo en lo que Churchill denominó el «vientre blando del Eje».
Montagu se mantuvo fiel a su personaje. La muerte de Bill Martin, presumiblemente ahogado en el mar después de un accidente aéreo, pronto sería anunciada, y entre tanto él se ocupó de redactar un homenaje personal para publicarlo a su debido tiempo en The Times. La impostura había de continuar y reforzarse hasta mucho después de que Carne Picada hubiera llegado a su destino.
La necrológica describía la vida de un genio literario destinado al trabajo intelectual que había insistido en cumplir con su deber patriótico sólo para hallar una muerte trágica.
El obituario falso nunca llegó a publicarse, pero constituye un testimonio fascinante del nivel de implicación emocional del gran espía.

Los preparativos para la invasión real de Sicilia avanzaban con rapidez y se estaban reuniendo tropas en los puertos del norte de África. Si Carne Picada y Barclay funcionaban, los alemanes debían interpretar esos preparativos como elementos de la Operación Azufre, el supuesto plan para la invasión de Cerdeña, y el inminente ataque contra Grecia. Por otro lado, era necesario bombardear los aeródromos de Sicilia, pues, en palabras de Montagu, «ninguna operación de envergadura podía lanzarse, mantenerse o aprovisionarse hasta que se hubieran neutralizado los aeródromos y otras bases del enemigo en Sicilia». Si el plan tenía éxito, el bombardeo parecería una acción para respaldar las invasiones que tendrían lugar en el Mediterráneo oriental y occidental, y no un preludio de la operación verdadera: un asalto a gran escala de Sicilia. A través de numerosos canales, se difundieron varias fechas falsas para una invasión inminente y luego se «pospusieron». Las fechas falsas se seleccionaron para que coincidieran con los períodos de mayor oscuridad según las fases de la luna. Con ello se esperaba que el enemigo diera por sentado que las noches oscuras requerían máxima alerta y relajara su vigilancia en las noches de luna llena.
La Operación Carne Picada era apenas un engranaje en la maquinaria del engaño bélico, pero era uno crucial. Si fracasaba, todos los demás elementos del plan de diversión podían revelarse partes de un fraude enorme, lo que permitiría a los alemanes reforzar Sicilia y entender que los preparativos para la invasión de Grecia.

Carne Picada ya ha tenido como resultado la dispersión de los esfuerzos y las fuerzas del enemigo. Es de esperar que, a medida que se incrementen los signos visibles en el Mediterráneo oriental, la historia que les hemos comunicado sea “confirmada” y ello lleve al enemigo a desatender Sicilia todavía más, aunque es obvio que no pueden descuidar por completo el reforzamiento [sic] de un punto tan vulnerable y amenazado. La operación parece estar ya teniendo el efecto deseado en el enemigo y (a medida que los preparativos para Husky aumenten) su efecto puede volverse acumulativo.»
Todavía quedaba tiempo para que la Operación Carne Picada saliera horriblemente mal, pero hasta el momento, la misión secreta del mayor Martin marchaba espléndidamente. En su informe provisional Montagu afirmaba: «Creo que en este punto intermedio puede seguirse considerando que Carne Picada ha logrado el objetivo que esperábamos».

La Operación Barclay, el plan general de engaño destinado a disfrazar las intenciones de los Aliados y mantener alejadas de Sicilia a tantas fuerzas del Eje como fuera posible, alcanzó su clímax en los días previos al 10 de julio. Los submarinos habían dejado hombres en las costas de Cerdeña y la isla griega de Zante con la misión de dejar a los alemanes signos inequívocos de que se había realizado un reconocimiento como el que se realizaría para preparar un ataque a gran escala. La Operación Catarata, diseñada para simular que se estaba reuniendo un ejército en el Mediterráneo oriental para invadir los Balcanes, juntó una cantidad inmensa de tanques y aviones de pega. La SOE organizó una operación de sabotaje auténtica llevada a cabo por miembros de la resistencia griega, con el nombre en clave de «Animales», para mostrar un incremento de la actividad guerrillera en la zona de Grecia que en teoría iba a ser atacada.
Para reforzar el engaño se usaron agentes dobles, en particular a André Latham, un aristócrata y oficial de carrera del ejército francés, marrullero y acostumbrado a vivir con lujo, que profesaba un odio rabioso hacia el comunismo y al que el Abwehr había reclutado en París en 1942. Latham fue presentado al resto de su equipo de espías en el salón de belleza Elizabeth Arden de Faubourg Saint-Honoré: un playboy llamado Dutey-Marisse (o quizá Duthey Harispe), un ex oficial de la Marina francesa llamado Blondeu y un proxeneta y saboteador llamado Duteil.
Asimismo, se desplegó la red de Garbo para enturbiar las aguas todavía más: el Agente 6 del equipo de Garbo era Dick, un sudafricano anticomunista al que Pujol había reclutado en 1942 prometiéndole «un importante puesto en el nuevo orden mundial después de la guerra» si espiaba para Alemania. El Ministerio de Guerra, «teniendo en cuenta sus habilidades lingüísticas», había enviado a Dick al cuartel general de los Aliados en Argel. Pujol le había proporcionado una tinta invisible y pronto el sudafricano estaba informando a través de él a Kühlenthal en España sobre los preparativos del asalto. Los alemanes estaban «encantados con su nuevo agente». Para desviar la atención de Sicilia y dispersar todavía más las fuerzas alemanas disponibles, el Agente 6 «especuló que de, acuerdo con ciertos documentos a los que había tenido acceso mientras estaba trabajando en la sección de inteligencia del cuartel general aliado, el desembarco probablemente tendría lugar en Niza y Córcega».

A medida que el éxito de la Operación Carne Picada iba quedando claro, Montagu empezó a manifestar en privado cierto temor a que su papel en la guerra pudiera estar llegando a su fin. «Incluso si alguna vez he logrado algo realmente importante y valioso… nunca volveré a estar en condiciones de hacer algo así». La presión había dejado a los miembros del equipo exhaustos y, en palabras de Montagu, «demasiado nerviosos para leer un libro o poder dormir».
Al volver sobre esa época, Montagu recordaba el alivio que los inundó a medida que los Aliados avanzaban en Sicilia. «Realmente es imposible describir el sentimiento de alegría y satisfacción que nos producía saber que el equipo debía de haber salvado las vidas de cientos de soldados aliados durante la invasión; un sentimiento mezclado con el deleite de que habíamos logrado lo que dijimos que podíamos hacer y que tantísimos de nuestros superiores habían sostenido que era imposible, algo que, siempre he pensado, incluso Churchill creía en realidad que sólo valía la pena intentar como una medida desesperada.» Montagu derivaría un placer especial del posterior descubrimiento de que el mismo Hitler había caído en la trampa de las falsas cartas: «Alegría de alegrías para cualquiera, y en particular para un judío, la satisfacción de saber que habían engañado directa y específicamente a ese monstruo».
El engaño había tenido un éxito que superaba cualquier expectativa y Montagu estaba lleno de júbilo: «Engañamos a los españoles que ayudaban a los alemanes; engañamos al Servicio Secreto alemán de España y de Berlín; engañamos al Estado Mayor de Operaciones y al mando supremo alemán; engañamos a Keitel y, finalmente, engañamos al propio Hitler y le mantuvimos preso en el engaño hasta fines de julio». La operación, además, había sido gratificantemente económica.

Ewen Montagu empezó a presionar al gobierno británico para que se le autorizara a revelar la Operación Carne Picada antes incluso de que la guerra hubiera terminado. En 1945 se le ofreció la «considerable suma» de setecientas cincuenta libras por revelar la historia, aunque no está claro quién hizo la oferta ni cómo esa persona se enteró de la operación. Montagu escribió a la Oficina del Gabinete de Guerra pidiendo que se le permitiera publicar un relato sobre lo que había ocurrido. «Soy una parte implicada, pero siento en verdad que ningún perjuicio puede resultar de ello y en cambio sí obtenerse un bien», escribió para luego añadir que la historia ya se había «filtrado ampliamente». Adelantándose a la objeción de que la operación revelaría que el Reino Unido se había abierto camino hacia la victoria en parte mediante mentiras, Montagu argumentó: «Sería beneficioso sacar a la luz Carne Picada como una operación especializada ad hoc para desviar la atención del hecho de que el engaño era un tipo de operación normal».
La solicitud de Montagu fue denegada de forma tajante.

Siempre había sospechado que el general Franco tenía que haber conocido los documentos de la Operación Carne Picada, pero con la publicación de Deathly Deception de Denis Smyth (Oxford University Press, 2010), llegó la prueba de que así había sido. Según Smyth, una autoridad en historia española, los documentos se tradujeron al castellano y se remitieron al Caudillo. Franco, por tanto, debió de haber aprobado el nombramiento del coronel Pardo como intermediario y autorizado personalmente la entrega de los documentos secretos a los alemanes, una contravención directa de la supuesta neutralidad de España.
El profesor Smyth también arroja nueva luz sobre la ruta que siguió la información para llegar a Berlín. El 8 de mayo, poco después de que los documentos hubieran sido extraídos de sus sobres, pero antes de entregárselos a los alemanes, un oficial español (casi con certeza Pardo) informó a un oficial del Abwehr (bien fuera Leissner o Kühlenthal) del meollo de la carta de Nye. Con esta información se redactó una «carta de máximo secreto» que Kurt von Rohrscheidt, un oficial de la sección de contraespionaje del Abwehr en Madrid que desconocía por completo su contenido.

Además del contenido del libro anexos con documentos y fotos hacen de esta obra simplemente una joya.

Simply extraordinary, he tells us about the mincemeat operation. In the early hours of July 10, 1943, British, Commonwealth and American soldiers landed on the coast of Sicily in the first allied assault on Hitler’s “Fortress Europe”. A posteriori, the invasion of the Italian island was a triumph, a decisive turn in the war and a vital step on the road to victory in Europe. The offensive (the largest amphibious landing attempted until then) had been planned for months, and although the combat was fierce, the number of casualties among the Allies was reduced. Of the 160,000 soldiers who participated in the invasion and conquest of Sicily, more than 150,000 were alive at the end. The fact that so many could have survived was largely due to a man who had died six months earlier. The success of the invasion of Sicily depended on the use of overwhelming force, logistics, secrecy and surprise. But also of a wide network of impostures, and of a deception in particular: a plot invented by a spy team led by an English lawyer.
Thanks to the relaxation of government regulations regarding official secrecy, recently declassified documents in the National Archives and the contents of the old trunk of Ewen Montagu, who died in 1985, it is possible to tell for the first time the complete history of Operation Minced Meat.
The plan took shape through the most unusual cast of characters: a brilliant lawyer, a family of funeral entrepreneurs, a forensic pathologist, a gold prospector, an inventor, a submarine captain, a transvestite English spy, a racing driver, a pretty secretary, a gullible Nazi and a grumpy admiral who loved fly fishing.
This deception operation, which underpinned the invasion of Sicily and contributed to winning the war, revolved around a man who never existed. But both the people who invented it and those who believed in it, as well as all those who owed his life, certainly did exist.

José Antonio Rey María had no intention of going down in history when he set off for the Atlantic from the coast of Andalusia on April 30, 1943. He was simply looking for sardines.
In the part of the beach known as La Bota, José and Pepe dragged the body to the dunes. The briefcase that the man wore with a chain left a trail in the sand behind them. The fishermen left the body under the shade of a pine tree. The children left the cabins to take a look at the atrocious spectacle. The man was tall, he was over six feet tall, and he was dressed in a coat and a khaki trenchcoat and tall military boots. Obdulia Serrano, a seventeen-year-old girl, saw that the man had around his neck a silver chain with a crucifix, which made him think that he must have been a Catholic.
The corpse that lay in the dunes of Punta Umbria was a fraud. The lies he carried with him would fly from London to Madrid and from there to Berlin to complete a trip started in an icy Scottish lake and whose final destination were the coasts of Sicily, a journey from fiction to reality and the 13th Office of the Admiralty. British direct to Hitler’s desk.

The action plan agreed upon by Winston Churchill and Franklin Delano Roosevelt when they met in Casablanca in January 1943 was, in a sense, an enormous truism: after the successful campaign in North Africa, Operation Torch, the next objective of the allied forces would be the island of Sicily.
The Nazi war machine was finally beginning to waver and err. Under Montgomery, the British 8th Army had defeated Rommel’s invincible Korps at El Alamein. The Allied invasion of Morocco and Tunisia had weakened German power, and after the liberation of the Tunisian capital, the Allies came to control the North African coast, its ports and its airfields, from Casablanca to Alexandria. The time had come to attack Europe, Hitler’s European strength, indeed, but where?
Sicily was the logical place from which to throw a punch in what Churchill called the “soft belly of the Axis.”
Montagu remained true to his character. The death of Bill Martin, presumably drowned in the sea after a plane crash, would soon be announced, and in the meantime he took care to write a personal tribute to publish it in due time in The Times. The imposture had to continue and reinforce until long after Minced Meat had reached its destination.
The obituary described the life of a literary genius destined for intellectual work who had insisted on fulfilling his patriotic duty only to find a tragic death.
The false obituary was never published, but it is a fascinating testimony of the level of emotional involvement of the great spy.

The preparations for the royal invasion of Sicily were advancing rapidly and troops were gathering in the ports of North Africa. If Carne Picada and Barclay were functioning, the Germans had to interpret these preparations as elements of Operation Sulfur, the supposed plan for the invasion of Sardinia, and the imminent attack on Greece. On the other hand, it was necessary to bomb the aerodromes of Sicily, since, in Montagu’s words, “no large-scale operation could be launched, maintained or provisioned until the aerodromes and other bases of the enemy in Sicily had been neutralized.” If the plan was successful, the bombing would appear to be an action to support the invasions that would take place in the eastern and western Mediterranean, and not a prelude to the real operation: a full-scale assault on Sicily. Through numerous channels, several false dates were disseminated for an imminent invasion and then “postponed”. False dates were selected to coincide with the periods of greatest darkness according to the phases of the moon. With this, it was expected that the enemy would assume that dark nights required maximum alertness and relax their vigilance on full moon nights.
Operation Minced Meat was just a cog in the machinery of war deception, but it was a crucial one. If it failed, all the other elements of the diversion plan could reveal parts of a huge fraud, which would allow the Germans to reinforce Sicily and understand the preparations for the invasion of Greece.

Minced meat has already resulted in the dispersion of the efforts and forces of the enemy. It is to be expected that, as the visible signs in the eastern Mediterranean will increase, the history we have communicated will be “confirmed” and that will lead the enemy to neglect Sicily even more, although it is obvious that they can not completely neglect the reinforcement [sic] from a point so vulnerable and threatened. The operation seems to be already having the desired effect on the enemy and (as the preparations for Husky increase) its effect can become cumulative. ”
There was still time for Operation Minced Meat to go horribly wrong, but so far, Major Martin’s secret mission marched splendidly. In his interim report, Montagu said: “I think that at this intermediate point it can still be considered that Minced Meat has achieved the objective we had hoped for.”
Operation Minced Meat was just a cog in the machinery of war deception, but it was a crucial one. If it failed, all the other elements of the diversion plan could reveal parts of a huge fraud, which would allow the Germans to reinforce Sicily and understand the preparations for the invasion of Greece.

Minced meat has already resulted in the dispersion of the efforts and forces of the enemy. It is to be expected that, as the visible signs in the eastern Mediterranean will increase, the history we have communicated will be “confirmed” and that will lead the enemy to neglect Sicily even more, although it is obvious that they can not completely neglect the reinforcement [sic] from a point so vulnerable and threatened. The operation seems to be already having the desired effect on the enemy and (as the preparations for Husky increase) its effect can become cumulative. ”
There was still time for Operation Minced Meat to go horribly wrong, but so far, Major Martin’s secret mission marched splendidly. In his interim report, Montagu said: “I think that at this intermediate point it can still be considered that Minced Meat has achieved the objective we had hoped for.”

Operation Barclay, the general deception plan designed to disguise the intentions of the Allies and keep as many Axis forces away from Sicily as possible, reached its climax in the days leading up to July 10. The submarines had left men on the shores of Sardinia and the Greek island of Zante with the mission of leaving the Germans unequivocal signs that a reconnaissance had been carried out, such as would be carried out to prepare a large-scale attack. Operation Cataract, designed to simulate that an army was gathering in the eastern Mediterranean to invade the Balkans, gathered an immense number of tanks and stick planes. The SOE organized an authentic sabotage operation carried out by members of the Greek resistance, code-named “Animals,” to show an increase in guerrilla activity in the area of ​​Greece that was supposed to be attacked.
To reinforce the deception double agents were used, in particular André Latham, an aristocrat and career officer of the French army, conniving and accustomed to living with luxury, who professed a rabid hatred towards communism and whom the Abwehr had recruited in Paris in 1942. Latham was introduced to the rest of his spy team at the Elizabeth Arden beauty salon in Faubourg Saint-Honoré: a playboy named Dutey-Marisse (or perhaps Duthey Harispe), a former French Navy officer named Blondeu and a pimp and saboteur named Duteil.
Likewise, Garbo’s network was deployed to muddy the waters even more: Agent 6 of Garbo’s team was Dick, a South African anti-Communist whom Pujol had recruited in 1942, promising him “an important post in the new world order after the war” if he spied for Germany. The Ministry of War, “taking into account his linguistic abilities,” had sent Dick to the Allied headquarters in Algiers. Pujol had given him an invisible ink and soon the South African was informing Kühlenthal through him in Spain about the preparations for the assault. The Germans were “delighted with their new agent.” To divert attention from Sicily and further disperse the available German forces, Agent 6 “speculated that, according to certain documents to which he had had access while working in the intelligence section of the Allied headquarters, the landing would probably have place in Nice and Corsica ».

As the success of Operation Minced Meat became clear, Montagu began to privately express some fear that his role in the war might be coming to an end. “Even if I’ve ever accomplished something really important and valuable … I’ll never be able to do something like that again.” The pressure had left the team members exhausted and, in Montagu’s words, “too nervous to read a book or be able to sleep”.
Upon returning to that era, Montagu recalled the relief that flooded them as the Allies advanced in Sicily. “It is really impossible to describe the feeling of joy and satisfaction that came with knowing that the team must have saved the lives of hundreds of Allied soldiers during the invasion; a feeling mixed with the delight that we had achieved what we said we could do and that so many of our superiors had argued that it was impossible, something that, I have always thought, even Churchill actually believed that it was only worth trying as a desperate measure Montagu would derive a special pleasure from the later discovery that Hitler himself had fallen into the trap of false letters: “Joy of joys for anyone, and in particular for a Jew, the satisfaction of knowing that they had directly and specifically deceived that monster ».
The deception had been a success that exceeded any expectations and Montagu was full of joy: “We deceived the Spaniards who helped the Germans; we cheat the German Secret Service in Spain and Berlin; we cheat the Operations Staff and the German supreme command; we deceived Keitel and, finally, we deceived Hitler himself and kept him imprisoned in the deception until the end of July ». The operation, in addition, had been gratificantemente economic.

Ewen Montagu began to pressure the British government to authorize him to reveal Operation Minced Meat even before the war was over. In 1945 he was offered the “considerable sum” of seven hundred and fifty pounds for revealing the story, although it is unclear who made the offer or how that person learned of the operation. Montagu wrote to the War Cabinet Office requesting that he be allowed to publish a story about what had happened. “I am an involved party, but I really feel that no harm can result from it and instead get a good,” he wrote and then add that the story had already “filtered out”. Anticipating the objection that the operation would reveal that the United Kingdom had made its way to victory partly through lies, Montagu argued: “It would be beneficial to expose Minced Meat as a specialized ad hoc operation to divert attention from the fact of that deception was a normal type of operation. ”
Montagu’s request was denied outright.

He had always suspected that General Franco must have known the documents of Operation Minced Meat, but with the publication of Denis Smyth’s Deathly Deception (Oxford University Press, 2010), proof came that it had been so. According to Smyth, an authority on Spanish history, the documents were translated into Spanish and sent back to the Caudillo. Franco, therefore, must have approved the appointment of Colonel Pardo as an intermediary and personally authorized the delivery of the secret documents to the Germans, a direct contravention of the supposed neutrality of Spain.
Professor Smyth also sheds new light on the route that information followed to get to Berlin. On May 8, shortly after the documents had been removed from their envelopes, but before handing them over to the Germans, a Spanish officer (almost certainly Pardo) informed an Abwehr officer (either Leissner or Kühlenthal) of the kernel. of Nye’s letter. With this information a “letter of maximum secrecy” was written by Kurt von Rohrscheidt, an officer in the counterintelligence section of the Abwehr in Madrid who was completely unaware of its content.

In addition to the contents of the book, annexes with documents and photos make this work simply a jewel.

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