Memorias — Albert Speer

Magnífico libro de este arquitecto que convivió con Hitler, es un testimonio excepcional. Leer a Albert Speer no es sólo entender al arquitecto refinado y al altamente eficiente y métodico ministro de armamentos, si no que es entender la catástrofe de la Alemania de entreguerras, y posteriormente la Alemania de la II Guerra Mundial, a través de las memorias de lo que fue una amistad intensa y magnética al principio, así como desengañada y patética al final, con el individuo que sumió su país y a europa en lo fuegos del infierno.
Este relato, riguroso y detallado, da una visión minuciosa de como Albert Speer, el afable arquitecto del Führer, vivió su vida en el seno de la esquizofrenia del Tercer Reich y como pagó la providencia histórica de su ser, con 20 años en la prisión de Spandau, mientras el viejo continente resurgía de sus cenizas, y él escribía estas memorias de incalculable valor histórico.
Imprescindible para estudiosos y/o amantes de la historia, así como para todos aquellos que quieran desarrollar una visión algo más crítica de un régimen no tan diferente de los actuales.

Todo aquel que dispone de poder, tanto si dirige una empresa como un Gobierno —o una dictadura—, se encuentra ante un conflicto permanente. El deseo de obtener sus favores puede hacer que los que están a sus órdenes se degraden para conseguirlos. Sin embargo, los que lo rodean no corren sólo el riesgo de corromperse hasta convertirse en cortesanos, sino se hallan también expuestos a la tentación de degradar a su vez al poderoso mostrándole de forma manifiesta su sumisión.
La valía del poderoso se refleja entonces en su forma de reaccionar ante esta permanente influencia. Puedo dar fe de la conducta de una serie de industriales y militares que supieron librarse de la tentación que aquella supone. Cuando se ha ejercido el poder durante generaciones, no es raro encontrar incluso una cierta incorruptibilidad hereditaria. En el entorno de Hitler sólo unos pocos, como Fritz Todt, lograron resistirse a las tentaciones cortesanas. El propio Hitler, en cambio, no ofrecía ninguna resistencia apreciable ante ellas.
Sobre todo a partir de 1937, las limitaciones que comportaba su modo de ejercer el mando llevaron a Hitler a un aislamiento cada vez mayor. A esto había que añadir su incapacidad para establecer contactos personales.

Hitler no tenía sentido del humor. Dejaba que fueran otros los que dijeran las agudezas, mientras él se reía a más no poder; llegaba a retorcerse literalmente de risa; a veces tenía que enjugarse las lágrimas que le brotaban a causa de tales estallidos de hilaridad. Le gustaba reír, pero en el fondo siempre a costa de los demás.
Goebbels tenía una refinada habilidad para entretener con sus chistes a Hitler y menoscabar al mismo tiempo a los que rivalizaban con él por el poder.
Hitler se sintió atraído magnéticamente, por así decirlo, por una parte del proyecto urbanístico: la futura sede central del Reich, que debía atestiguar durante cientos de años el poder alcanzado en su época. Al igual que la residencia de los soberanos franceses cierra urbanísticamente los Campos Elíseos, en el punto de mira de la gran avenida debían agruparse todos los edificios que Hitler deseaba tener cerca, como expresión de su quehacer político: la Cancillería del Reich para la dirección del Estado; el Alto Mando de la Wehrmacht, con jurisdicción sobre los tres Ejércitos, y tres cancillerías más: una para el Partido (Bormann), otra para el protocolo (Meissner) y otra para sus asuntos personales (Bouhler). El hecho de que también el edificio del Reichstag estuviera en el centro del Reich no significaba que se hubiera previsto que el Parlamento ejerciera un papel importante en el futuro; simplemente, daba la casualidad de que ya se encontraba allí.
Desde el principio de mi trabajo como ministro fui encontrando un fallo tras otro. Hoy suena extraño que durante la guerra Hitler observara a menudo que la perderían «quienes cometieran los mayores errores». Él mismo, con una cadena de decisiones equivocadas en todos los campos, contribuyó a acelerar el fin de una guerra que de todos modos estaba perdida, a juzgar por nuestra capacidad productiva: por ejemplo, con su confusa planificación de la guerra aérea contra Inglaterra, con la falta de submarinos al comenzar la guerra y, sobre todo, por no desarrollar un plan estratégico general. Tienen razón las numerosas observaciones que, en los libros de memorias alemanes, señalan los decisivos errores de Hitler; sin embargo, eso no significa necesariamente que sin ellos pudiera haberse ganado la guerra.

El diletantismo era una de las peculiaridades características de Hitler. No tenía profesión y, en el fondo, siempre fue por libre. Como muchos autodidactas, no era capaz de comprender lo que significaba ser experto en algo y por tanto, sin hacerse cargo de las dificultades que entraña cualquier cometido de cierta importancia, acaparaba sin cesar nuevas funciones. A veces, al carecer del lastre de ideas preconcebidas, su rapidez de comprensión lo llevaba a arriesgarse a adoptar medidas inusitadas que jamás se le habrían ocurrido a un especialista. Los éxitos estratégicos de los primeros años de la guerra pueden atribuirse perfectamente a su incapacidad para aprender las reglas del juego y al ingenuo placer que le proporcionaba tomar decisiones. Como el contrario se atenía a unas reglas que Hitler, en su prepotencia autodidacta, desconocía o no empleaba, se produjeron efectos sorpresa que, unidos a la superioridad militar, fueron la base de sus éxitos. Pero, como suele sucederles a los inexpertos, naufragó tan pronto se produjeron los primeros reveses. Entonces su desconocimiento de las reglas del juego se convirtió en un defecto y su tendencia a la improvisación dejó de ser una ventaja. Cuanto mayores eran los fracasos, con más fuerza y rabia salía a flote su incorregible diletantismo. Durante mucho tiempo, su propensión a tomar decisiones sorprendentes e inesperadas había sido su fuerte; pero ahora aceleraba su derrota.
Los antiguos colaboradores de Hitler coincidían con sus asistentes en que éste había sufrido un cambio durante el último año. Eso no podía sorprender a nadie, pues durante aquel período vivió la catástrofe de Stalingrado, vio impotente cómo más de 250 000 soldados capitulaban en Túnez y presenció la destrucción de ciudades alemanas sin poder ofrecer apenas resistencia; al mismo tiempo, tuvo que renunciar a una de sus mayores esperanzas bélicas y aceptar la decisión de la Marina de retirar los submarinos del Atlántico. No hay duda de que Hitler se daba cuenta del giro que estaban tomando los acontecimientos, ni de que reaccionó ante ellos como un ser humano: sintiéndose desengañado y abatido; su optimismo era cada vez más forzado. Puede que hoy en día Hitler se haya convertido en un objeto de frío estudio para el historiador; pero para mí sigue siendo una persona, sigue estando físicamente presente.
Entre la primavera de 1942 y el verano de 1943 se mostró deprimido algunas veces, pero después pareció producirse en él una extraña transformación. Incluso en las situaciones desesperadas solía mostrar plena confianza en la victoria. Apenas recuerdo una palabra suya sobre nuestra catastrófica situación en los últimos tiempos, aunque yo la esperaba. ¿Se había autosugestionado hasta tal punto sobre la victoria que creía ciegamente en ella? En todo caso, se mostraba más firme y convencido de la infalibilidad de sus decisiones cuanto más inevitable parecía la catástrofe.
Su entorno más íntimo veía con preocupación su creciente reserva. Adoptaba sus decisiones en un aislamiento consciente. También se fue volviendo menos flexible y apenas se interesaba por las novedades. En cierto modo, avanzaba por un camino trazado de antemano y no encontraba fuerzas para apartarse de él.

Una de las causas del cambio que experimentó Hitler fue, en mi opinión, la incesante sobrecarga a que lo sometía una forma de trabajar a la que no estaba acostumbrado. Desde que comenzó la campaña de Rusia, su antigua manera de solucionar los asuntos, consistente en despacharlo todo de golpe y después intercalar fases de ocio, fue sustituida por una larga jornada de trabajo que se repetía diariamente. Si antes había sabido conseguir, con gran habilidad, que otros trabajaran por él, cuando los problemas crecieron se ocupó cada vez más de los detalles. Quiso convertirse en un trabajador disciplinado, pero eso no respondía a su manera de ser y no mejoró su capacidad de tomar decisiones.
Es verdad que antes de la guerra Hitler ya había sufrido estados de agotamiento que se reflejaban en un chocante horror a tomar decisiones, en fases de ausencia o en su inclinación a pronunciar enrevesados monólogos. Entonces se quedaba sin palabras o respondía a su interlocutor con un simple «sí» o «no», y no había forma de saber si seguía prestando atención o se había sumido en cavilaciones muy alejadas del tema que se estaba tratando. Sin embargo, en aquel tiempo solía recuperarse pronto. Después de pasar unas semanas en el Obersalzberg se lo veía más despierto, la vida volvía a sus ojos, aumentaba su capacidad de reacción y recobraba las ganas de decidir. En 1943, su entorno insistía para que se tomara unas vacaciones.

El Plan Morgenthau ofreció a Hitler y al Partido la oportunidad de hacer saber a la población que la posible derrota sellaría definitivamente el destino de todos los alemanes. Amplios sectores se dejaron influir por esta amenaza. Nosotros, sin embargo, hacía tiempo que teníamos otra idea de lo que iba a ser el desarrollo futuro. Hitler y sus políticos de confianza en los territorios ocupados habían perseguido alcanzar en estos unas metas muy similares a las que definía el Plan Morgenthau, aunque de forma mucho más dura y rigurosa. Sin embargo, la, experiencia demostraba que tanto en Checoslovaquia como en Polonia, en Noruega como en Francia, las industrias se habían recuperado incluso en contra del propósito de Alemania, ya que, a la postre, el estímulo de reactivarlas para fines propios había resultado mucho más fuerte que las aberraciones de unos ideólogos amargados, y, si se empezaban a reactivar las industrias, también había que mantener ciertas condiciones socioeconómicas, alimentar y vestir a la población y pagar salarios. Así había ocurrido, por lo menos, en los territorios ocupados.

Durante las últimas semanas de su vida Hitler se liberó de la rigidez en la que había caído durante los años anteriores. Volvía a mostrarse asequible y a veces incluso estaba dispuesto a discutir sus decisiones. En el mismo invierno de 1944 habría sido inconcebible que se aviniera a hablar conmigo sobre las perspectivas de la guerra. También su transigencia respecto a la orden de «tierra quemada» habría sido inimaginable entonces, así como la muda corrección de mi discurso radiofónico. Volvía a estar abierto a unos argumentos que sólo un año antes no habría estado dispuesto a escuchar. Con todo, no se trataba de un relajamiento interno, sino que más bien daba la impresión de ser alguien cuya obra vital había quedado destruida y que sólo se mantenía en movimiento por la inercia de los años anteriores, a pesar de que en realidad lo ha abandonado todo y se ha resignado.
Casi parecía carecer de esencia, aunque quizá en esto fue siempre el mismo. Al mirar hacia atrás, a veces me pregunto si aquella intangibilidad, aquella falta de esencia, no era una característica que lo acompañó desde su juventud hasta su muerte violenta. De este modo, las actitudes coléricas podían apoderarse de él con gran vehemencia, ya que no eran contrarrestadas por ninguna emoción humana. Nadie podía aproximarse a su ser precisamente porque estaba muerto y vacío. Ahora se trataba también de la falta de esencia de un anciano.

Usted y Schacht están entre los encausados en el proceso de Nuremberg!
Traté de conservar la serenidad, pero la noticia me afectó mucho. A pesar de que mis principios me hacían estar convencido de que, como antiguo dirigente del régimen, debía responder de sus culpas, al principio me costó hacerme a la idea de que así iba a suceder en realidad. No sin preocupación había visto en el periódico algunas fotografías del interior de la cárcel de Nuremberg, y semanas antes había leído que varios altos cargos del Gobierno habían sido conducidos allí. Pero mientras que Schacht, el otro encausado, tuvo que sustituir muy pronto nuestro relativamente confortable campamento por la cárcel de Nuremberg, aún debían transcurrir varias semanas antes de que fueran a buscarme a mí.
Aunque podía concluirse que sobre mí pesaba una acusación grave, no se produjo ningún cambio en el comportamiento del personal de guardia. Los americanos decían para consolarme:
—Pronto lo absolverán y podrá olvidarse de todo.
Junto con el pliego de cargos se nos hizo entrega de una larga lista de nombres de abogados alemanes entre los cuales podíamos elegir a nuestro defensor, salvo que quisiéramos proponer alguno por nuestra cuenta. Por más que me esforcé, no pude recordar a ningún abogado, y los nombres de aquella lista me eran completamente desconocidos. Así pues, pedí al tribunal que eligiera por mí. Unos días después fui conducido a la planta baja del Palacio de Justicia. Un hombre flaco y de baja estatura se levantó de una mesa; usaba gruesas lentes y hablaba en voz baja.
—Si está usted conforme, voy a ser su abogado. Soy Hans Flächsner, de Berlín.
Tenía la mirada amable y no se daba importancia. Cuando empezamos a discutir algunos detalles de la acusación, me expresó su simpatía de forma nada teatral, lo cual me agradó. Finalmente me entregó un formulario:
—Llévese esto y piense si quiere que sea su defensor.
Yo firmé en aquel mismo momento y nunca me he arrepentido. Durante todo el proceso, Flächsner demostró ser un abogado considerado y sensible. Y, lo que fue más importante para mí, de su simpatía y comprensión surgió entre nosotros, a lo largo de los diez meses del proceso, un afecto auténtico que aún perdura.
Mientras se instruía el caso, la acusación había impedido que los presos estuviéramos en contacto. Ahora se aligeró un poco esta norma, de manera que no sólo coincidíamos a menudo en el patio de la prisión, sino que podíamos cambiar impresiones libremente. El proceso, el pliego de cargos, la ilegitimidad del tribunal internacional y la profunda indignación ante aquella afrenta: durante los paseos tenía que escuchar una y otra vez los mismos temas y argumentos. Entre los veintiún acusados, sólo encontré a uno que estuviera de acuerdo conmigo: Fritzsche.

Aquellos nueve meses nos marcaron profundamente. Incluso Göring, que había iniciado el proceso con un agresivo propósito de justificarse, habló en su última intervención de los graves crímenes que se habían descubierto y condenó los terribles asesinatos en masa, a su juicio incomprensibles. Keitel aseguró que escogería la muerte antes de dejarse involucrar en tales atrocidades. Frank habló de la culpa que Hitler y el pueblo alemán habían cargado sobre sí. Previno a los recalcitrantes contra «el camino de la necedad política que forzosamente lleva a la degeneración y a la muerte». Aunque su discurso sonó algo exaltado, coincidía con mi punto de vista. Incluso Streicher condenó el «genocidio de los judíos» que Hitler había llevado a cabo, Funk habló de horribles crímenes que lo llenaban de profunda vergüenza, Schacht estaba «consternado por las atrocidades sin nombre que él había tratado de evitar», Sauckel se mostraba «conmocionado en lo más profundo de su alma por los crímenes que habían sido revelados durante el proceso», Von Papen declaró que «las fuerzas del mal habían resultado ser más poderosas que las del bien», Seyss-Inquart habló de «terribles excesos», Fritzsche manifestó que «el asesinato de cinco millones de criaturas constituía una horrible advertencia para el futuro». Sin embargo, todos negaron haber participado en estos acontecimientos.

El tribunal se retiró por tiempo indefinido para deliberar sobre la sentencia. Esperamos cuatro largas semanas. Durante aquel tiempo de tensión casi insoportable, exhausto tras los ocho meses de tortura mental del proceso, estuve leyendo precisamente la novela de Dickens sobre la Revolución Francesa Historia de dos ciudades. En ella se relata cómo los prisioneros aguardaban en la Bastilla su incierto destino con serenidad e incluso con alegría. Yo, por mi parte, era incapaz de sentir aquella libertad interior. El representante soviético de la acusación había pedido para mí la pena de muerte.
El 30 de septiembre de 1946, vestidos con nuestros trajes recién planchados, nos sentamos por última vez en el banquillo de los acusados. El tribunal había decidido evitarnos la presencia de los reporteros gráficos y operadores de cine durante la lectura de los considerandos. Los grandes focos que hasta entonces habían iluminado la sala para que se pudieran grabar todos nuestros movimientos estaban apagados.
Ninguno de los acusados, ni siquiera los que no podían esperar más que una sentencia de muerte, perdió la serenidad durante aquella lectura. Escuchaban en silencio, sin ningún signo perceptible de excitación. Aún hoy me parece inconcebible que pudiera resistir aquel proceso sin desmoronarme y que lograra atender a la lectura de los considerandos, aunque presa del miedo, conservando cierta capacidad de resistencia y de autocontrol. Flächsner se sentía demasiado optimista:
—¡Con semejantes considerandos, quizá sólo le impongan cuatro o cinco años!
Al día siguiente, antes de que se dictaran las sentencias, los acusados nos vimos por última vez. Nos encontramos en el sótano del Palacio de Justicia. Uno a uno iban entrando en un pequeño ascensor y ya no volvían. Arriba se dictaban las sentencias.
—Albert Speer, condenado a veinte años de prisión.
Varios días después firmé la sentencia. Renuncié a formular una petición de clemencia a las cuatro potencias. Cualquier pena resultaba insignificante comparada con la catástrofe que habíamos provocado en el mundo. «Porque hay cosas —escribí en mi diario varias semanas después— de las que uno es culpable incluso aunque pueda disculparse, sencillamente porque la enormidad del crimen es tan desmesurada que anula cualquier disculpa humana».
Hoy, un cuarto de siglo después de aquellos acontecimientos, no sólo pesan sobre mi conciencia unos delitos determinados, por graves que fueran. Mi fracaso moral apenas puede concretarse en detalles concretos; siempre quedará la colaboración en el acontecer general. No sólo tomé parte en una guerra sobre cuyo objetivo de dominar el mundo nunca pudimos dudar en nuestro reducido círculo de dirigentes, sino que, con mi esfuerzo y habilidad, la prolongué durante muchos meses. (la prisión de Spandau será su morada).

Con este libro pretende no sólo exponer el pasado, sino también formular una advertencia para el futuro. Ya durante los primeros meses de cautiverio, estando todavía en Nuremberg, escribió mucho, impulsado por la necesidad de desahogar el espíritu de la presión que los acontecimientos ejercían sobre él.

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