Memorias — Albert Speer / Inside The Third Reich Memoirs by Albert Speer

Magnífico libro de este arquitecto que convivió con Hitler, es un testimonio excepcional. Leer a Albert Speer no es sólo entender al arquitecto refinado y al altamente eficiente y métodico ministro de armamentos, si no que es entender la catástrofe de la Alemania de entreguerras, y posteriormente la Alemania de la II Guerra Mundial, a través de las memorias de lo que fue una amistad intensa y magnética al principio, así como desengañada y patética al final, con el individuo que sumió su país y a europa en lo fuegos del infierno.
Este relato, riguroso y detallado, da una visión minuciosa de como Albert Speer, el afable arquitecto del Führer, vivió su vida en el seno de la esquizofrenia del Tercer Reich y como pagó la providencia histórica de su ser, con 20 años en la prisión de Spandau, mientras el viejo continente resurgía de sus cenizas, y él escribía estas memorias de incalculable valor histórico.
Imprescindible para estudiosos y/o amantes de la historia, así como para todos aquellos que quieran desarrollar una visión algo más crítica de un régimen no tan diferente de los actuales.

Todo aquel que dispone de poder, tanto si dirige una empresa como un Gobierno —o una dictadura—, se encuentra ante un conflicto permanente. El deseo de obtener sus favores puede hacer que los que están a sus órdenes se degraden para conseguirlos. Sin embargo, los que lo rodean no corren sólo el riesgo de corromperse hasta convertirse en cortesanos, sino se hallan también expuestos a la tentación de degradar a su vez al poderoso mostrándole de forma manifiesta su sumisión.
La valía del poderoso se refleja entonces en su forma de reaccionar ante esta permanente influencia. Puedo dar fe de la conducta de una serie de industriales y militares que supieron librarse de la tentación que aquella supone. Cuando se ha ejercido el poder durante generaciones, no es raro encontrar incluso una cierta incorruptibilidad hereditaria. En el entorno de Hitler sólo unos pocos, como Fritz Todt, lograron resistirse a las tentaciones cortesanas. El propio Hitler, en cambio, no ofrecía ninguna resistencia apreciable ante ellas.
Sobre todo a partir de 1937, las limitaciones que comportaba su modo de ejercer el mando llevaron a Hitler a un aislamiento cada vez mayor. A esto había que añadir su incapacidad para establecer contactos personales.

Hitler no tenía sentido del humor. Dejaba que fueran otros los que dijeran las agudezas, mientras él se reía a más no poder; llegaba a retorcerse literalmente de risa; a veces tenía que enjugarse las lágrimas que le brotaban a causa de tales estallidos de hilaridad. Le gustaba reír, pero en el fondo siempre a costa de los demás.
Goebbels tenía una refinada habilidad para entretener con sus chistes a Hitler y menoscabar al mismo tiempo a los que rivalizaban con él por el poder.
Hitler se sintió atraído magnéticamente, por así decirlo, por una parte del proyecto urbanístico: la futura sede central del Reich, que debía atestiguar durante cientos de años el poder alcanzado en su época. Al igual que la residencia de los soberanos franceses cierra urbanísticamente los Campos Elíseos, en el punto de mira de la gran avenida debían agruparse todos los edificios que Hitler deseaba tener cerca, como expresión de su quehacer político: la Cancillería del Reich para la dirección del Estado; el Alto Mando de la Wehrmacht, con jurisdicción sobre los tres Ejércitos, y tres cancillerías más: una para el Partido (Bormann), otra para el protocolo (Meissner) y otra para sus asuntos personales (Bouhler). El hecho de que también el edificio del Reichstag estuviera en el centro del Reich no significaba que se hubiera previsto que el Parlamento ejerciera un papel importante en el futuro; simplemente, daba la casualidad de que ya se encontraba allí.
Desde el principio de mi trabajo como ministro fui encontrando un fallo tras otro. Hoy suena extraño que durante la guerra Hitler observara a menudo que la perderían «quienes cometieran los mayores errores». Él mismo, con una cadena de decisiones equivocadas en todos los campos, contribuyó a acelerar el fin de una guerra que de todos modos estaba perdida, a juzgar por nuestra capacidad productiva: por ejemplo, con su confusa planificación de la guerra aérea contra Inglaterra, con la falta de submarinos al comenzar la guerra y, sobre todo, por no desarrollar un plan estratégico general. Tienen razón las numerosas observaciones que, en los libros de memorias alemanes, señalan los decisivos errores de Hitler; sin embargo, eso no significa necesariamente que sin ellos pudiera haberse ganado la guerra.

El diletantismo era una de las peculiaridades características de Hitler. No tenía profesión y, en el fondo, siempre fue por libre. Como muchos autodidactas, no era capaz de comprender lo que significaba ser experto en algo y por tanto, sin hacerse cargo de las dificultades que entraña cualquier cometido de cierta importancia, acaparaba sin cesar nuevas funciones. A veces, al carecer del lastre de ideas preconcebidas, su rapidez de comprensión lo llevaba a arriesgarse a adoptar medidas inusitadas que jamás se le habrían ocurrido a un especialista. Los éxitos estratégicos de los primeros años de la guerra pueden atribuirse perfectamente a su incapacidad para aprender las reglas del juego y al ingenuo placer que le proporcionaba tomar decisiones. Como el contrario se atenía a unas reglas que Hitler, en su prepotencia autodidacta, desconocía o no empleaba, se produjeron efectos sorpresa que, unidos a la superioridad militar, fueron la base de sus éxitos. Pero, como suele sucederles a los inexpertos, naufragó tan pronto se produjeron los primeros reveses. Entonces su desconocimiento de las reglas del juego se convirtió en un defecto y su tendencia a la improvisación dejó de ser una ventaja. Cuanto mayores eran los fracasos, con más fuerza y rabia salía a flote su incorregible diletantismo. Durante mucho tiempo, su propensión a tomar decisiones sorprendentes e inesperadas había sido su fuerte; pero ahora aceleraba su derrota.
Los antiguos colaboradores de Hitler coincidían con sus asistentes en que éste había sufrido un cambio durante el último año. Eso no podía sorprender a nadie, pues durante aquel período vivió la catástrofe de Stalingrado, vio impotente cómo más de 250 000 soldados capitulaban en Túnez y presenció la destrucción de ciudades alemanas sin poder ofrecer apenas resistencia; al mismo tiempo, tuvo que renunciar a una de sus mayores esperanzas bélicas y aceptar la decisión de la Marina de retirar los submarinos del Atlántico. No hay duda de que Hitler se daba cuenta del giro que estaban tomando los acontecimientos, ni de que reaccionó ante ellos como un ser humano: sintiéndose desengañado y abatido; su optimismo era cada vez más forzado. Puede que hoy en día Hitler se haya convertido en un objeto de frío estudio para el historiador; pero para mí sigue siendo una persona, sigue estando físicamente presente.
Entre la primavera de 1942 y el verano de 1943 se mostró deprimido algunas veces, pero después pareció producirse en él una extraña transformación. Incluso en las situaciones desesperadas solía mostrar plena confianza en la victoria. Apenas recuerdo una palabra suya sobre nuestra catastrófica situación en los últimos tiempos, aunque yo la esperaba. ¿Se había autosugestionado hasta tal punto sobre la victoria que creía ciegamente en ella? En todo caso, se mostraba más firme y convencido de la infalibilidad de sus decisiones cuanto más inevitable parecía la catástrofe.
Su entorno más íntimo veía con preocupación su creciente reserva. Adoptaba sus decisiones en un aislamiento consciente. También se fue volviendo menos flexible y apenas se interesaba por las novedades. En cierto modo, avanzaba por un camino trazado de antemano y no encontraba fuerzas para apartarse de él.

Una de las causas del cambio que experimentó Hitler fue, en mi opinión, la incesante sobrecarga a que lo sometía una forma de trabajar a la que no estaba acostumbrado. Desde que comenzó la campaña de Rusia, su antigua manera de solucionar los asuntos, consistente en despacharlo todo de golpe y después intercalar fases de ocio, fue sustituida por una larga jornada de trabajo que se repetía diariamente. Si antes había sabido conseguir, con gran habilidad, que otros trabajaran por él, cuando los problemas crecieron se ocupó cada vez más de los detalles. Quiso convertirse en un trabajador disciplinado, pero eso no respondía a su manera de ser y no mejoró su capacidad de tomar decisiones.
Es verdad que antes de la guerra Hitler ya había sufrido estados de agotamiento que se reflejaban en un chocante horror a tomar decisiones, en fases de ausencia o en su inclinación a pronunciar enrevesados monólogos. Entonces se quedaba sin palabras o respondía a su interlocutor con un simple «sí» o «no», y no había forma de saber si seguía prestando atención o se había sumido en cavilaciones muy alejadas del tema que se estaba tratando. Sin embargo, en aquel tiempo solía recuperarse pronto. Después de pasar unas semanas en el Obersalzberg se lo veía más despierto, la vida volvía a sus ojos, aumentaba su capacidad de reacción y recobraba las ganas de decidir. En 1943, su entorno insistía para que se tomara unas vacaciones.

El Plan Morgenthau ofreció a Hitler y al Partido la oportunidad de hacer saber a la población que la posible derrota sellaría definitivamente el destino de todos los alemanes. Amplios sectores se dejaron influir por esta amenaza. Nosotros, sin embargo, hacía tiempo que teníamos otra idea de lo que iba a ser el desarrollo futuro. Hitler y sus políticos de confianza en los territorios ocupados habían perseguido alcanzar en estos unas metas muy similares a las que definía el Plan Morgenthau, aunque de forma mucho más dura y rigurosa. Sin embargo, la, experiencia demostraba que tanto en Checoslovaquia como en Polonia, en Noruega como en Francia, las industrias se habían recuperado incluso en contra del propósito de Alemania, ya que, a la postre, el estímulo de reactivarlas para fines propios había resultado mucho más fuerte que las aberraciones de unos ideólogos amargados, y, si se empezaban a reactivar las industrias, también había que mantener ciertas condiciones socioeconómicas, alimentar y vestir a la población y pagar salarios. Así había ocurrido, por lo menos, en los territorios ocupados.

Durante las últimas semanas de su vida Hitler se liberó de la rigidez en la que había caído durante los años anteriores. Volvía a mostrarse asequible y a veces incluso estaba dispuesto a discutir sus decisiones. En el mismo invierno de 1944 habría sido inconcebible que se aviniera a hablar conmigo sobre las perspectivas de la guerra. También su transigencia respecto a la orden de «tierra quemada» habría sido inimaginable entonces, así como la muda corrección de mi discurso radiofónico. Volvía a estar abierto a unos argumentos que sólo un año antes no habría estado dispuesto a escuchar. Con todo, no se trataba de un relajamiento interno, sino que más bien daba la impresión de ser alguien cuya obra vital había quedado destruida y que sólo se mantenía en movimiento por la inercia de los años anteriores, a pesar de que en realidad lo ha abandonado todo y se ha resignado.
Casi parecía carecer de esencia, aunque quizá en esto fue siempre el mismo. Al mirar hacia atrás, a veces me pregunto si aquella intangibilidad, aquella falta de esencia, no era una característica que lo acompañó desde su juventud hasta su muerte violenta. De este modo, las actitudes coléricas podían apoderarse de él con gran vehemencia, ya que no eran contrarrestadas por ninguna emoción humana. Nadie podía aproximarse a su ser precisamente porque estaba muerto y vacío. Ahora se trataba también de la falta de esencia de un anciano.

Usted y Schacht están entre los encausados en el proceso de Nuremberg!
Traté de conservar la serenidad, pero la noticia me afectó mucho. A pesar de que mis principios me hacían estar convencido de que, como antiguo dirigente del régimen, debía responder de sus culpas, al principio me costó hacerme a la idea de que así iba a suceder en realidad. No sin preocupación había visto en el periódico algunas fotografías del interior de la cárcel de Nuremberg, y semanas antes había leído que varios altos cargos del Gobierno habían sido conducidos allí. Pero mientras que Schacht, el otro encausado, tuvo que sustituir muy pronto nuestro relativamente confortable campamento por la cárcel de Nuremberg, aún debían transcurrir varias semanas antes de que fueran a buscarme a mí.
Aunque podía concluirse que sobre mí pesaba una acusación grave, no se produjo ningún cambio en el comportamiento del personal de guardia. Los americanos decían para consolarme:
—Pronto lo absolverán y podrá olvidarse de todo.
Junto con el pliego de cargos se nos hizo entrega de una larga lista de nombres de abogados alemanes entre los cuales podíamos elegir a nuestro defensor, salvo que quisiéramos proponer alguno por nuestra cuenta. Por más que me esforcé, no pude recordar a ningún abogado, y los nombres de aquella lista me eran completamente desconocidos. Así pues, pedí al tribunal que eligiera por mí. Unos días después fui conducido a la planta baja del Palacio de Justicia. Un hombre flaco y de baja estatura se levantó de una mesa; usaba gruesas lentes y hablaba en voz baja.
—Si está usted conforme, voy a ser su abogado. Soy Hans Flächsner, de Berlín.
Tenía la mirada amable y no se daba importancia. Cuando empezamos a discutir algunos detalles de la acusación, me expresó su simpatía de forma nada teatral, lo cual me agradó. Finalmente me entregó un formulario:
—Llévese esto y piense si quiere que sea su defensor.
Yo firmé en aquel mismo momento y nunca me he arrepentido. Durante todo el proceso, Flächsner demostró ser un abogado considerado y sensible. Y, lo que fue más importante para mí, de su simpatía y comprensión surgió entre nosotros, a lo largo de los diez meses del proceso, un afecto auténtico que aún perdura.
Mientras se instruía el caso, la acusación había impedido que los presos estuviéramos en contacto. Ahora se aligeró un poco esta norma, de manera que no sólo coincidíamos a menudo en el patio de la prisión, sino que podíamos cambiar impresiones libremente. El proceso, el pliego de cargos, la ilegitimidad del tribunal internacional y la profunda indignación ante aquella afrenta: durante los paseos tenía que escuchar una y otra vez los mismos temas y argumentos. Entre los veintiún acusados, sólo encontré a uno que estuviera de acuerdo conmigo: Fritzsche.

Aquellos nueve meses nos marcaron profundamente. Incluso Göring, que había iniciado el proceso con un agresivo propósito de justificarse, habló en su última intervención de los graves crímenes que se habían descubierto y condenó los terribles asesinatos en masa, a su juicio incomprensibles. Keitel aseguró que escogería la muerte antes de dejarse involucrar en tales atrocidades. Frank habló de la culpa que Hitler y el pueblo alemán habían cargado sobre sí. Previno a los recalcitrantes contra «el camino de la necedad política que forzosamente lleva a la degeneración y a la muerte». Aunque su discurso sonó algo exaltado, coincidía con mi punto de vista. Incluso Streicher condenó el «genocidio de los judíos» que Hitler había llevado a cabo, Funk habló de horribles crímenes que lo llenaban de profunda vergüenza, Schacht estaba «consternado por las atrocidades sin nombre que él había tratado de evitar», Sauckel se mostraba «conmocionado en lo más profundo de su alma por los crímenes que habían sido revelados durante el proceso», Von Papen declaró que «las fuerzas del mal habían resultado ser más poderosas que las del bien», Seyss-Inquart habló de «terribles excesos», Fritzsche manifestó que «el asesinato de cinco millones de criaturas constituía una horrible advertencia para el futuro». Sin embargo, todos negaron haber participado en estos acontecimientos.

El tribunal se retiró por tiempo indefinido para deliberar sobre la sentencia. Esperamos cuatro largas semanas. Durante aquel tiempo de tensión casi insoportable, exhausto tras los ocho meses de tortura mental del proceso, estuve leyendo precisamente la novela de Dickens sobre la Revolución Francesa Historia de dos ciudades. En ella se relata cómo los prisioneros aguardaban en la Bastilla su incierto destino con serenidad e incluso con alegría. Yo, por mi parte, era incapaz de sentir aquella libertad interior. El representante soviético de la acusación había pedido para mí la pena de muerte.
El 30 de septiembre de 1946, vestidos con nuestros trajes recién planchados, nos sentamos por última vez en el banquillo de los acusados. El tribunal había decidido evitarnos la presencia de los reporteros gráficos y operadores de cine durante la lectura de los considerandos. Los grandes focos que hasta entonces habían iluminado la sala para que se pudieran grabar todos nuestros movimientos estaban apagados.
Ninguno de los acusados, ni siquiera los que no podían esperar más que una sentencia de muerte, perdió la serenidad durante aquella lectura. Escuchaban en silencio, sin ningún signo perceptible de excitación. Aún hoy me parece inconcebible que pudiera resistir aquel proceso sin desmoronarme y que lograra atender a la lectura de los considerandos, aunque presa del miedo, conservando cierta capacidad de resistencia y de autocontrol. Flächsner se sentía demasiado optimista:
—¡Con semejantes considerandos, quizá sólo le impongan cuatro o cinco años!
Al día siguiente, antes de que se dictaran las sentencias, los acusados nos vimos por última vez. Nos encontramos en el sótano del Palacio de Justicia. Uno a uno iban entrando en un pequeño ascensor y ya no volvían. Arriba se dictaban las sentencias.
—Albert Speer, condenado a veinte años de prisión.
Varios días después firmé la sentencia. Renuncié a formular una petición de clemencia a las cuatro potencias. Cualquier pena resultaba insignificante comparada con la catástrofe que habíamos provocado en el mundo. «Porque hay cosas —escribí en mi diario varias semanas después— de las que uno es culpable incluso aunque pueda disculparse, sencillamente porque la enormidad del crimen es tan desmesurada que anula cualquier disculpa humana».
Hoy, un cuarto de siglo después de aquellos acontecimientos, no sólo pesan sobre mi conciencia unos delitos determinados, por graves que fueran. Mi fracaso moral apenas puede concretarse en detalles concretos; siempre quedará la colaboración en el acontecer general. No sólo tomé parte en una guerra sobre cuyo objetivo de dominar el mundo nunca pudimos dudar en nuestro reducido círculo de dirigentes, sino que, con mi esfuerzo y habilidad, la prolongué durante muchos meses. (la prisión de Spandau será su morada).

Magnificent book of this architect who lived with Hitler, is an exceptional testimony. To read Albert Speer is not only to understand the refined architect and the highly efficient and methodical minister of armaments, but also to understand the catastrophe of Germany between the wars, and later the Germany of World War II, through the memoirs of what was an intense and magnetic friendship at the beginning, as well as disappointed and pathetic at the end, with the individual who plunged his country and Europe into the fires of hell.
This story, rigorous and detailed, gives a detailed view of how Albert Speer, the affluent architect of the Führer, lived his life in the heart of the schizophrenia of the Third Reich and how he paid the historical providence of his being, with 20 years in prison of Spandau, while the old continent resurfaced from its ashes, and he wrote these memories of incalculable historical value.
Essential for scholars and / or history lovers, as well as for all those who want to develop a more critical vision of a regime not so different from the current ones.

Everyone who has power, whether he runs a company or a government – or a dictatorship – is in a permanent conflict. The desire to obtain their favors can make those who are at their orders degrade to get them. However, those around him are not only at risk of becoming corrupted until they become courtiers, but they are also exposed to the temptation to degrade the powerful in turn by manifestly showing their submission.
The value of the powerful is then reflected in his way of reacting to this permanent influence. I can attest to the behavior of a series of industrialists and soldiers who knew how to get rid of the temptation that this entails. When power has been exercised for generations, it is not uncommon to find even a certain hereditary incorruptibility. In Hitler’s environment only a few, like Fritz Todt, managed to resist the temptations of the court. Hitler himself, on the other hand, offered no appreciable resistance to them.
Especially after 1937, the limitations of his way of exercising command led Hitler to greater and greater isolation. To this must be added his inability to establish personal contacts.

Hitler had no sense of humor. He let others tell the witticisms, while he laughed more than he could; he literally writhed with laughter; sometimes he had to wipe away the tears that came from such bursts of hilarity. He liked to laugh, but basically always at the expense of others.
Goebbels had a refined ability to entertain Hitler with his jokes and at the same time to undermine those who rivaled him for power.
Hitler was magnetically attracted, so to speak, by a part of the urban project: the future headquarters of the Reich, which had to witness for hundreds of years the power achieved in his time. Just as the residence of the French sovereigns closes the Champs-Elysées urbanistically, in the point of view of the great avenue all the buildings that Hitler wanted to have near, as an expression of his political activity, should be grouped together: the Reich Chancellery for the direction of the State; the High Command of the Wehrmacht, with jurisdiction over the three Armies, and three more chancelleries: one for the Party (Bormann), another for protocol (Meissner) and another for his personal affairs (Bouhler). The fact that the Reichstag building was also in the center of the Reich did not mean that Parliament was expected to play an important role in the future; it just happened that he was already there.
From the beginning of my work as a minister, I found one flaw after another. Today it seems strange that during the war Hitler often observed that “those who made the biggest mistakes” would lose it. He himself, with a chain of wrong decisions in all fields, helped to accelerate the end of a war that was lost anyway, judging by our productive capacity: for example, with his confused planning of the air war against England, with the lack of submarines at the beginning of the war and, above all, for not developing a general strategic plan. They are right the numerous observations that, in the German memoirs, point to the decisive errors of Hitler; however, that does not necessarily mean that without them the war could have been won.

Dilettantism was one of the characteristic characteristics of Hitler. He had no profession and, deep down, he was always free. Like many autodidacts, he was not able to understand what it meant to be an expert in something and therefore, without taking charge of the difficulties involved in any task of a certain importance, constantly monopolized new functions. Sometimes, lacking the ballast of preconceptions, his rapid comprehension led him to take unusual measures that would never have occurred to a specialist. The strategic successes of the early years of the war can be attributed perfectly to his inability to learn the rules of the game and the naïve pleasure of making decisions. As the opponent adhered to some rules that Hitler, in his self-taught arrogance, ignored or did not use, there were surprise effects that, together with military superiority, were the basis of his successes. But, as is often the case with the inexperienced, it sank as soon as the first setbacks occurred. Then his ignorance of the rules of the game became a defect and his tendency to improvisation ceased to be an advantage. The greater the failures, the more forceful and angry his incorrigible dilettantism floated. For a long time, his propensity to make surprising and unexpected decisions had been his strength; but now it accelerated his defeat.
Hitler’s former collaborators agreed with his assistants that Hitler had undergone a change during the last year. That could not surprise anyone, because during that period he experienced the catastrophe of Stalingrad, he saw how impotent more than 250,000 soldiers capitulated in Tunisia and witnessed the destruction of German cities without hardly offering resistance; at the same time, he had to give up one of his greatest war hopes and accept the Navy’s decision to withdraw the submarines from the Atlantic. There is no doubt that Hitler was aware of the turn events were taking, nor that he reacted to them like a human being: feeling disappointed and dejected; his optimism was increasingly forced. Today, Hitler may have become an object of cold study for the historian; but for me it is still a person, it is still physically present.
Between the spring of 1942 and the summer of 1943 he was depressed at times, but afterwards a strange transformation seemed to take place in him. Even in desperate situations he used to show full confidence in victory. I hardly remember a word from you about our catastrophic situation in recent times, although I expected it. Had she self-managed so much on the victory that she believed blindly in her? In any case, he was more firm and convinced of the infallibility of his decisions, the more inevitable the catastrophe seemed.
His most intimate surroundings saw with concern his growing reserve. He adopted his decisions in a conscious isolation. It also became less flexible and hardly interested in novelties. In a way, he was advancing along a path that had been mapped in advance and he could not find the strength to turn away from him.

One of the causes of the change experienced by Hitler was, in my opinion, the incessant overload to which he subjected a form of work to which he was not accustomed. Since the Russian campaign began, its old way of solving issues, consisting of dispatching everything at once and then interspersing phases of leisure, was replaced by a long day of work that was repeated daily. If before he had managed to achieve, with great skill, that others worked for him, when the problems grew he was more and more occupied with the details. He wanted to become a disciplined worker, but that did not respond to his way of being and did not improve his ability to make decisions.
It is true that before the war Hitler had already suffered states of exhaustion that were reflected in a shocking horror of making decisions, in phases of absence or in his inclination to pronounce convoluted monologues. Then he would run out of words or respond to his interlocutor with a simple “yes” or “no”, and there was no way to know if he was still paying attention or had become absorbed in thoughts far removed from the topic being discussed. However, at that time he used to recover soon. After spending a few weeks in the Obersalzberg he was more awake, life returned to his eyes, he increased his capacity for reaction and regained the will to decide. In 1943, his environment insisted that he take a vacation.

The Morgenthau Plan offered Hitler and the Party the opportunity to let the population know that the possible defeat would definitively seal the fate of all Germans. Large sectors were influenced by this threat. We, however, had long had another idea of ​​what future development would be. Hitler and his trusted politicians in the occupied territories had sought to achieve in these goals very similar to those defined by the Morgenthau Plan, although in a much harder and more rigorous. However, the experience showed that in Czechoslovakia as well as in Poland, Norway and France, industries had recovered even against Germany’s purpose, since, in the end, the incentive to reactivate them for their own purposes had resulted much stronger than the aberrations of bitter ideologues, and, if they started to reactivate the industries, they also had to maintain certain socioeconomic conditions, feed and clothe the population and pay salaries. This had happened, at least, in the occupied territories.

During the last weeks of his life Hitler freed himself from the rigidity he had fallen into during the previous years. He was again accessible and sometimes even willing to discuss his decisions. In the same winter of 1944 it would have been inconceivable that he agreed to talk to me about the prospects of the war. Also his compromise with respect to the order of “scorched earth” would have been unimaginable then, as well as the silent correction of my radio address. He was open again to arguments that only a year ago he would not have been willing to listen to. However, it was not an internal relaxation, but rather gave the impression of being someone whose life’s work had been destroyed and who was only kept in motion by the inertia of previous years, although in reality it has abandoned everything and has resigned.
It almost seemed to lack essence, although perhaps in this it was always the same. Looking back, I sometimes wonder if that intangibility, that lack of essence, was not a characteristic that accompanied him from his youth until his violent death. In this way, angry attitudes could seize him with great vehemence, since they were not counteracted by any human emotion. No one could approach his being precisely because he was dead and empty. Now it was also the lack of essence of an old man.

You and Schacht are among the defendants in the Nuremberg process!
I tried to keep calm, but the news affected me a lot. Despite the fact that my principles made me convinced that, as a former leader of the regime, I had to answer for their faults, at first I had a hard time thinking that this was really going to happen. Not without concern, I had seen in the newspaper some pictures of the interior of the Nuremberg prison, and weeks before I had read that several senior government officials had been taken there. But while Schacht, the other defendant, had to replace our relatively comfortable camp in the Nuremberg prison very soon, it still had to be several weeks before they came looking for me.
Although it could be concluded that a serious accusation was weighing on me, there was no change in the behavior of the guard staff. The Americans said to console me:
– They will soon absolve him and he will be able to forget everything.
Together with the statement of objections, we were given a long list of names of German lawyers among whom we could choose our defense counsel, unless we wanted to propose one of our own. No matter how hard I tried, I could not remember any lawyer, and the names on that list were completely unknown to me. So, I asked the court to choose for me. A few days later I was taken to the ground floor of the Palace of Justice. A skinny, short man rose from a table; He wore thick glasses and spoke in a low voice.
-If you are satisfied, I will be your lawyer. I’m Hans Flächsner, from Berlin.
He had the kind look and did not care. When we started discussing some details of the accusation, he expressed his sympathy in a non-theatrical way, which pleased me. Finally he gave me a form:
– Take this and think if you want him to be your defender.
I signed at that moment and I have never repented. Throughout the process, Flächsner proved to be a considerate and sensitive lawyer. And, what was most important to me, from his sympathy and understanding emerged among us, throughout the ten months of the process, a genuine affection that still lasts.
While the case was being instructed, the accusation had prevented the prisoners from being in contact. Now this rule has been relaxed a bit, so that we not only often met in the prison yard, but we could change impressions freely. The process, the statement of charges, the illegitimacy of the international tribunal and the deep indignation at that affront: during the walks I had to listen again and again to the same subjects and arguments. Among the twenty-one defendants, I only found one who agreed with me: Fritzsche.

Those nine months marked us deeply. Even Göring, who had started the process with an aggressive purpose of justifying himself, spoke in his last intervention of the serious crimes that had been discovered and condemned the terrible mass murders, in his opinion incomprehensible. Keitel said he would choose death before allowing himself to be involved in such atrocities. Frank spoke of the guilt that Hitler and the German people had placed on themselves. He warned the recalcitrant against “the path of political nonsense that necessarily leads to degeneration and death.” Although his speech sounded somewhat exalted, it coincided with my point of view. Even Streicher condemned the “genocide of the Jews” that Hitler had carried out, Funk spoke of horrible crimes that filled him with deep shame, Schacht was “dismayed by the nameless atrocities he had tried to avoid”, Sauckel showed ” shocked in the depths of his soul by the crimes that had been revealed during the trial », Von Papen declared that« the forces of evil had turned out to be more powerful than those of the good », Seyss-Inquart spoke of« terrible excesses », Fritzsche said that “the murder of five million creatures was a horrible warning for the future.” However, all denied having participated in these events.

The court withdrew indefinitely to deliberate on the sentence. We wait four long weeks. During that time of almost unbearable tension, exhausted after the eight months of mental torture of the process, I was reading precisely Dickens’s novel about the French Revolution, History of Two Cities. It tells how the prisoners awaited their uncertain fate in the Bastille with serenity and even with joy. I, for my part, was unable to feel that inner freedom. The Soviet representative of the prosecution had asked for the death penalty.
On September 30, 1946, dressed in our freshly laundered suits, we sat for the last time in the dock. The court had decided to avoid the presence of graphic reporters and film operators during the reading of the recitals. The big spotlights that until then had illuminated the room so that all our movements could be recorded were extinguished.
None of the accused, not even those who could not wait for more than a death sentence, lost serenity during that reading. They listened in silence, without any noticeable sign of excitement. Even today it seems inconceivable to me that I could resist that process without falling apart and that I managed to attend to the reading of the recitals, although prey of fear, retaining some capacity for resistance and self-control. Flächsner felt too optimistic:
– With similar recitals, perhaps only four or five years will be imposed!
The next day, before the sentences were passed, the defendants saw each other for the last time. We are in the basement of the Palace of Justice. One by one they entered a small elevator and they did not come back. The sentences were dictated above.
-Albert Speer, sentenced to twenty years in prison.
Several days later I signed the sentence. I resigned to formulate a petition of clemency to the four powers. Any penalty was insignificant compared to the catastrophe we had caused in the world. “Because there are things – I wrote in my diary several weeks later – of which one is guilty even though he can apologize, simply because the enormity of the crime is so excessive that it annuls any human apology.”
Today, a quarter of a century after those events, not only certain crimes weigh on my conscience, however serious they may be. My moral failure can hardly be concretized in concrete details; there will always be collaboration in the general event. Not only did I take part in a war whose objective of dominating the world we could never doubt in our small circle of leaders, but, with my effort and ability, I prolonged it for many months. (Spandau prison will be his home).

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