Regreso al país de las sombras largas — Hans Ruesch

Siguiendo la temática comenzada por los Inuits, nos sigue contando claves de esa sociedad tan desconocida y es adictiva. Bienvenidos a la narración del hombre (Papik) con la madre naturaleza.

El oso blanco es superior al hombre por diversos motivos: sabe caminar a dos patas como el hombre pero también a cuatro, cosa que el hombre no puede hacer; es más fuerte y resistente que él; soporta el frío polar y la tormenta de nieve aun careciendo de cobijo; puede nadar en aguas gélidas. Y trepar a las masas de hielo resbaladizo. El hombre tiene una sola ventaja importante sobre el oso y no es su inteligencia: son los diez dedos de sus manos.
Ni siquiera golpeándolo con la lanza a través de la pared cuando el oso llama a la puerta de la casa del hombre, éste puede estar seguro de abatirlo, ya que el animal no siempre le hace el juego: a veces no se coloca en el punto justo y si se siente herido puede enfurecerse y destruir el iglú emprendiéndola a zarpazos y patadas.

Para los hombres blancos representaba un severísimo tabú el consumo de la carne putrefacta. Quizás era por eso, conjeturaba Papik, por lo que estaban siempre enojados. También a él se le habrían pasado las ganas de reír si le hubiesen negado para toda la vida esa golosina. Durante el viaje los exploradores habían probado los alimentos de los hombres y aprendido a apreciarlos, evitando sólo las carnes corrompidas. Hasta que el más animoso de ellos se había decidido a desafiar a los propios espíritus e infringir el antiguo tabú. Había hecho una mueca al probar el primer bocado de foca, tierna y aromada a causa del reblandecimiento, y después siguió masticando impertérrito hasta consumir una buena porción.
Lo que más impresionó a Papik fue la velocidad con que actuaron los espíritus blancos. El pecador todavía estaba hurgándose los dientes con las uñas, cuando su cara se volvió verde y tuvo que oprimirse el estómago. Pero los espíritus no lo despacharon en seguida: lo hicieron sufrir durante dos giros del sol, mientras sus compañeros hacían diversos conjuros, afanosamente, derramándole líquidos mágicos en la garganta e introduciéndole en el recto misteriosos sólidos.

Los iceberg son potables por ser hijos de los heleros, nacidos de nieve que con el tiempo se solidifica; pero los que Papik vio aprisionados en el Océano Glacial estaban demasiado distantes. Por otra parte, también la costra marina pierde su condición salobre y se vuelve potable cuando permanece largamente helada, ya que la sal retenida por los cristales con el tiempo se precipita. Papik ignoraba todo esto pero sabía diferenciar el hielo dulce, oscuro y transparente, del salado que es blanco y opaco.
Los hombres blancos, por otra parte, les reprochaban a los esquimales la falta de todo sentido de la economía; no comprendían por qué ellos no se preocupaban, ante todo, de cancelar sus deudas en la proveeduría y se apresuraban, en cambio, a gastar el salario en cerveza para emborracharse.
Una de las razones por las cuales los esquimales se embriagaban era porque encontraban incomprensibles los tabúes de trabajo de los hombres blancos. Y no era que la borrachera los volviese más comprensibles: sólo les ayudaba a no pensar en ello. Uno de los tabúes de los hombres blancos prohibía a los esquimales realizar ciertos trabajos bien remunerados, aun cuando los supieran hacer mejor que los hombres blancos. Estos debían pertenecer a un sindicato, es decir, habían tenido que someterse antes a ciertas iniciaciones para estar autorizados a cumplirlos. A los esquimales sólo les eran permitidas ciertas tareas simples como trasladar cajas pesadas o alcanzar los utensilios a los asalariados blancos. Los esquimales aprendían con sorprendente facilidad cualquier trabajo, sobre todo si se trataba de mecánica, gracias a su sentido práctico y a la velocidad mental de la raza; pero esos singulares tabúes de trabajo no permitían a la Compañía emplearlos en labores más responsables y entretenidas.
Los esquimales no siempre conseguían ocultar lo que pensaban de los forasteros, como cuando descubrieron que aun cumpliendo las mismas tareas que un esquimal, el hombre que llegaba del exterior recibía un salario mayor sólo por ser blanco. Esa vez algunos debieron taparse rápidamente la boca para no reírse en la cara de Aquel Que Paga.

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