El País De Las Sombras Largas — Hans Ruesch / Top Of The World by Hans Ruesch

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Sin duda este breve libro, gran éxito mundial, nos habla de una cultura totalmente desconocida por el hombre blanco, a través de aventuras como las de Anarvik y Enernek. Toda una exposición hacia las luces y sombras de una cultura diferente donde la caza del gran oso blanco es una lucha de poder, el coquetear ante las mujeres como gran guerrero…

La expulsión de la comunidad era la única pena conocida por esa gente que ignoraba la existencia de autoridades, códigos y prisiones; pero una pena temida, tanto como se teme la muerte, por quien considera la compañía humana como el más precioso de los bienes; y Ernenek se maravillaba de que un simple asesinato se castigara con tanto rigor, puesto que él mismo no veía en el acto de dar muerte a un hombre ningún mal. Después de todo, era precisamente lo que hacían los machos jóvenes de las focas cuando mataban a sus compañeros más viejos por la posesión de la hembra.

Al llegar el invierno, levantaban sus minúsculos iglúes en el océano petrificado que, gracias a las aguas de abajo, era más caliente que la tierra helada; En primavera salían del letargo, se quitaban las ropas, raspaban la suciedad del cuerpo y se la comían, se acoplaban con la mayor promiscuidad, cambiándose las mujeres, bailaban y festejaban el día naciente, cazaban la toca y el oso blanco o emigraban hacia el sur en busca de manadas de morsas y de los preciosos restos de madera que el océano deshelado arrojaba a las costas.
Su principal problema era el modo de llenarse el vientre, y resolverlo demandaba todo su empeño. Cuando apartaban provisiones de comida que se hacían útiles en períodos de carestía —desecaban la carne al sol o la sepultaban en hoyos abiertos en el hielo— no lo hacían con miras al mañana sino porque aun con la mejor voluntad no podían consumir todo cuanto cazaban. No se preocupaban ni del futuro ni del pasado, sino tan sólo del eterno presente. Y como donde aparecían los hombres la caza no tardaba en desaparecer, se veían siempre obligados a emigrar, a cambiar continuamente de territorio de caza y a huir de lo que más les gustaba que eran las relaciones con los humanos de su especie.

Sin duda las relaciones con el hombre blanco más que problemática, donde solo ven negocio, dinero…
La foca siempre tiene mucha sed, puesto que vive en el agua salada; ahora el espíritu de esta foca referirá a las otras el buen tratamiento que le dimos y hará que las demás vengan a este agujero para recibir a su vez un poco de agua dulce.
Chupó la sangre negra y oleosa de la herida humeante, luego desolló el animal, dio de comer a los perros algunos trozos de piel y extrajo el estómago lleno de moluscos y crustáceos aún vivos, que hasta el extranjero gustó, condimentados con los agrios jugos gástricos; el hombre blanco aceptó también parte del hígado y del corazón.
El hombre blanco no tenía ni pies ni cabeza.
Y, además de sus leyes y de sus mercaderías el hombre blanco había introducido también sus enfermedades. Las infecciones venéreas, la gripe, la tuberculosis, y sobre todo el sarampión, hacían estragos en organismos que desde tiempos inmemoriales habían ignorado toda enfermedad y no estaban acostumbrados a defenderse. De manera que hombres aguerridos en las batallas contra el oso blanco e incólumes a la intemperie, sucumbían en masa frente al enemigo escondido en la sangre, y en tal medida que en algunas comunidades, con la llegada de los hombres blancos, las epidemias habían destruido ocho habitantes sobre diez en el curso de pocas semanas.
Empero, si no todas las cosas del hombre blanco eran justas, agradables o comprensibles, todas eran sin duda fascinantes; tenían la fascinación de los abismos; y también los angmagssalik, también los netilingmiut, los kinipitu, también los unalaska, también los atka, también los ita, también los nechillik, habían caído víctimas de su arcana fascinación: no podían vivir sin los cuchillos de los blancos, sin sus fogones, sin su aguardiente, sin sus armas de fuego, sin sus golosinas, sin sus cintas de colores, sin sus espejos…

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Undoubtedly this short book, a great worldwide success, tells us about a culture totally unknown to white men, through adventures such as those of Anarvik and Enernek. A whole exhibition towards the lights and shadows of a different culture where the hunting of the great white bear is a power struggle, flirting with women as a great warrior …

Expulsion from the community was the only punishment known to those people who were unaware of the existence of authorities, codes and prisons; but a dreaded grief, as much as death is feared, by those who consider human company as the most precious of goods; and Ernenek marveled that a simple murder was punished with such rigor, since he himself did not see in the act of killing a man no evil. After all, it was precisely what the young seal males did when they killed their older companions for the possession of the female.

When winter came, they raised their tiny igloos in the petrified ocean, which, thanks to the waters below, was hotter than the frozen earth; In the spring they came out of their lethargy, took off their clothes, scraped the dirt from their bodies and ate it, joined in with the greatest promiscuity, changing the women, dancing and celebrating the rising day, hunting the toque and the white bear or emigrating to the south in search of herds of walruses and the precious remains of wood that the thawed ocean threw to the coasts.
His main problem was the way to fill his belly, and solve it demanded all his efforts. When they set aside provisions of food that became useful during periods of scarcity-they would dry the meat in the sun or bury it in open holes in the ice-they did not do so with a view to tomorrow but because even with the best will they could not consume everything they hunted. They did not worry about the future or the past, but only about the eternal present. And as where they appeared the men the hunting did not take in disappearing, they were always forced to emigrate, to change continuously of territory of hunting and to flee from what they liked more than they were the relations with the humans of their species.

Undoubtedly relations with the white man more than problematic, where they only see business, money …
The seal is always very thirsty, since it lives in salt water; Now the spirit of this seal will refer to the others the good treatment we gave him and will cause the others to come to this hole to receive a bit of fresh water.
He sucked the black and oily blood from the smoking wound, then skinned the animal, fed the dogs some pieces of skin and extracted the stomach full of molluscs and crustaceans still alive, that even the foreigner liked, seasoned with the citrus juices ; the white man also accepted part of the liver and heart.
The white man had neither feet nor head.
And, in addition to their laws and their merchandise, the white man had also introduced his diseases. Venereal infections, the flu, tuberculosis, and above all measles, wreaked havoc on organisms that since time immemorial had ignored all disease and were not accustomed to defending themselves. So men who were brave in the battles against the white bear and unharmed in the open, succumbed en masse to the enemy hidden in the blood, and to such an extent that in some communities, with the arrival of the white men, the epidemics had destroyed eight inhabitants over ten in the course of a few weeks.
However, if not all the white man’s things were fair, pleasant, or comprehensible, they were all fascinating; they had the fascination of the abysses; and also the angmagssalik, also the netilingmiut, the kinipitu, also the unalaska, also the atka, also the ita, also the nechillik, had fallen victim to their arcane fascination: they could not live without the knives of the whites, without their stoves, without their brandy, without their firearms, without their sweets, without their colorful ribbons, without their mirrors …

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