Heydrich. El verdugo de Hitler — Robert Gerwarth / Hitler’s Hangman: The Life of Heydrich by Robert Gerwarth

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Magnífico libro de uno de los criminales nazis más despiadados de la historia y clave en la «tercera vía «. Reinhard Heydrich, uno de los actores clave en el genocidio más criminal de la historia.
Reinhard Heydrich es sobradamente conocido como uno de los malvados simbólicos del siglo XX, una figura aterradora incluso dentro del contexto de la élite nazi. Innumerables documentales de televisión, estimulados por la fascinación por el mal, han ofrecido opiniones populares sobre su intrigante vida, y no faltan tampoco relatos sensacionalistas sobre su asesinato en 1942 y la ola de violencia vengativa nazi sin precedentes que culminó con la destrucción de la localidad bohemia de Lidice. Quizás la operación de servicios secretos más espectacular de toda la Segunda Guerra Mundial, la historia de la Operación Antropoide y sus violentas secuelas, ha alimentado la imaginación popular desde 1942.
Heydrich se convirtió, probablemente, en la figura más radical dentro de los mandos nazis. Se argumentará que al menos una de las razones de su posterior radicalismo se encuentra en su falta de credenciales nazis anteriores. Los años de juventud de Heydrich contienen algunas deficiencias, en especial los persistentes rumores acerca de sus antepasados judíos que provocaron en 1932 una humillante investigación dentro del partido, y también su conversión relativamente tardía al nazismo. A fin de ocultar estas imperfecciones e impresionar a su superior, Heinrich Himmler, Heydrich se transformó en un nazi modelo, adoptando y radicalizando aún más algunos principios clave de la cosmovisión de Himmler y los ideales de las SS sobre masculinidad, habilidades deportivas y porte militar. Heydrich manipuló incluso la historia de su vida anterior para apuntalar sus credenciales nazis. Después de la Gran Guerra, combatió presuntamente en los Freikorps, las unidades de la derecha radical, pero su implicación en la actividad paramilitar posterior a 1918 fue, en el mejor de los casos, mínima. Tampoco existen documentos que demuestren que fue miembro de los diversos grupos antisemitas que había en Halle a los que posteriormente declaró haber pertenecido.
A mediados de la década de los años treinta, Heydrich había conseguido reinventarse como uno de los defensores más radicales de la ideología nazi y la puesta en práctica de la misma por medio de duras políticas de persecución cada vez más amplias.

La «solución de la cuestión judía», sobre la que Heydrich tuvo una responsabilidad directa desde finales de los años treinta fue, sin embargo, solo una parte de un plan de tiempos de guerra mucho más amplio para crear un nuevo carácter étnico de Europa mediante un gigantesco proyecto de expulsión, reasentamiento y asesinato de millones de personas en Europa oriental después de la victoria de la Wehrmacht sobre la Unión Soviética. Mientras fue Protector del Reich de Bohemia y Moravia —un cargo que ostentó entre septiembre de 1941 y su muerte violenta en junio de 1942— Heydrich subrayó su compromiso fundamental con estos planes iniciando un programa extraordinariamente ambicioso de clasificación racial e imperialismo cultural en el Protectorado.
A pesar de su impulso a la germanización de Europa central y oriental, Heydrich era plenamente consciente de que su completa realización debía aguardar hasta la victoria de la Wehrmacht sobre el Ejército Rojo. Desde un punto de vista logístico, era sencillamente imposible expulsar, reasentar y asesinar a unos treinta millones de eslavos en el este de la Europa conquistada mientras, a la vez, en los campos de batalla se estaba librando una guerra contra una alianza de enemigos superior en número. La destrucción de los judíos europeos, una comunidad mucho más pequeña y más fácilmente identificable, planteaba muchos menos problemas logísticos.

(Praga 1942) Los planes secretos para asesinar a Reinhard Heydrich habían surgido en Londres hacía más de medio año, a finales de septiembre de 1941. Los orígenes del plan han sido fuente de controversia hasta el día de hoy y han dado lugar a toda suerte de teorías conspirativas, en gran medida porque las partes implicadas —la Dirección de Operaciones Especiales (SOE) británica y el gobierno checoslovaco en el exilio presidido por Edvard Beneš— negaron oficialmente haber tenido cualquier responsabilidad en el asesinato después de 1945. Ninguno de ellos quiso ser acusado de tolerar el asesinato político como herramienta bélica, especialmente porque siempre había quedado muy claro que los alemanes responderían al asesinato de un prominente líder nazi con las represalias más brutales contra la población civil.
El asesinato de Heydrich —cuyo nombre clave era Operación Antropoide— subrayaría tanto la capacidad de la SOE para propinar un duro golpe contra el aparato de seguridad nazi como la determinación de la resistencia checa para hacer frente a los opresores alemanes.

La actitud de Heydrich respecto a la Abwehr, y hacia el turbio mundo del espionaje extranjero de manera más general, estuvo marcada de manera decisiva por la lectura que hizo de Geheime Mächte [Poderes secretos], el libro de Walter Nicolai publicado por primera vez en 1921. En su estudio comparativo de las operaciones de inteligencia durante la Gran Guerra, Nicolai, como jefe del servicio de inteligencia militar de la Alemania imperial, culpaba principalmente de la derrota del Reich a la falta de una agencia de inteligencia capaz de competir con instituciones similares de Francia y Gran Bretaña. A diferencia de sus enemigos, Alemania no había desarrollado servicios de inteligencia coordinados contra enemigos en tiempos de guerra. La inteligencia militar, que operaba de manera independiente, carecía de una guía procedente del liderazgo político, que no comprendía sus necesidades ni lo apoyaba. Lo que necesitaba Alemania eran estadistas con la determinación necesaria para perseguir los intereses nacionales, y un servicio de espionaje central, dirigido por políticos, que apoyase esas ideas. Nicolai subrayaba que las minorías, sobre todo los judíos y las iglesias con ramificaciones internacionales, representaban una amenaza para la seguridad nacional, una opinión que Heydrich compartía de manera entusiasta.
La tarea del SD, insistía Heydrich, no era únicamente analizar retrospectivamente los crímenes políticos, sino prevenir su repetición en el futuro. La creciente importancia atribuida por Heydrich al SD se reflejó en su tamaño cada vez mayor: solo entre 1935 y 1940, el número de empleados a tiempo completo en el SD pasó de mil cien a cuatro mil trescientos.

A diferencia de Himmler, que visitó con regularidad los campos de concentración, rara vez se vio a Heydrich por allí. Por ejemplo, la única visita documentada de Heydrich a Dachau tuvo lugar al final del verano de 1938, cuando se reunió con otro alto oficial de las SS, el futuro SS-Obergruppenführer y general de Policía Hans-Adolf Prützmann, para cenar en el campo. La rareza de las visitas de Heydrich a los campos de concentración se debió, al menos en parte, al hecho de que su poder terminaba en las puertas de los campos. Aunque podía decidir quién debía ser internado y quién puesto en libertad, en 1934 Himmler había confiado la supervisión de la vida en los campos de todo el Reich a Theodor Eicke, con quien Heydrich no hacía buenas migas. Esta división del trabajo no solo fue una parte esencial del estilo de dirección de Himmler —su decisión consciente de repartir responsabilidades entre varios oficiales de las SS de su confianza—, sino también un factor de radicalización en la escalada de las políticas de persecución nazis. Lógicamente, Heydrich, Eicke y otros altos oficiales de las SS buscaban complacer tanto a Himmler como a Hitler.
Para Heydrich, el estallido de la Segunda Guerra Mundial representaba una oportunidad sin precedentes. Había pasado los seis primeros años del Tercer Reich como principal lugarteniente de Himmler, desarrollando una maquinaria de policía política cada vez mayor que estaba inextricablemente ligada a las SS. Ahora, con el trasfondo de la guerra, surgían nuevas posibilidades embriagadoras. Ni Heydrich ni nadie dentro de la cúpula dirigente nazi tenía un proyecto claro para el futuro de Europa oriental, pero lo que quedó claro desde el primer momento fue que Polonia —a diferencia de Austria, una aliada racial; y los protectorados de Bohemia y Moravia, vitales desde el punto de vista económico— se convertiría en una especie de laboratorio para los experimentos nazis en los campos del imperialismo racial y la ingeniería genética. El tipo de utopía que Hitler, Himmler y Heydrich pretendían poner en marcha en aquellos territorios que aún deberían ocupar seguía estando borrosa y poco definida. Lo que estaba claro era que su puesta en práctica no estaría limitada por el mismo tipo de «restricción» impuesta a las SS durante las campañas militares de 1938. El ataque alemán contra Polonia, lanzado a primera hora de la mañana del 1 de septiembre, iba a convertirse en el momento decisivo para la guerra de aniquilación del Tercer Reich contra las «razas inferiores» del este.
La decisión de poner a la cúpula de las SS a cargo del desmembramiento étnico de los territorios conquistados fue tan sorprendente como trascendental. Por razones ideológicas, desde hacía tiempo Himmler y Heydrich habían mostrado interés por la llamada Volksdeutsche, la población de origen alemán que vivía fuera de las fronteras del Reich, a menudo como resultado del nuevo dibujo de los mapas de Europa después de la Primera Guerra Mundial. Pero, hasta 1939, las SS no habían tenido experiencias en trabajos prácticos de asentamiento. Igual que en 1933-34, cuando los dos hombres asumieron el control sobre la policía política en los estados alemanes sin contar con experiencia previa en labores policiales, Himmler y Heydrich tuvieron que improvisar. Lo que aseguró a Himmler su nombramiento como RKFDV fue, en primer lugar, su fiabilidad ideológica, que parecía garantizar una rápida puesta en práctica de los deseos de Hitler.
Los asesinatos, expulsiones y detenciones que llevaron a cabo los hombres de Heydrich tanto en Alemania como en los territorios recién conquistados durante los primeros meses de la Segunda Guerra Mundial dan testimonio del impacto radicalizador de la guerra sobre las políticas de persecución de los nazis. Para Heydrich y sus colaboradores más cercanos, la creciente brutalidad con la que fueron reprimidos, expulsados y a menudo asesinados, los enemigos del Reich, era necesaria y estaba justificada por la histórica batalla contra los enemigos interiores y exteriores de Alemania en la que se acababan de embarcar los nazis. A pesar de que los asesinatos en masa sistemáticos continuaron siendo la excepción, más que la regla, en el trato que Heydrich daba a los enemigos políticos y étnicos a finales de 1939 y principios de 1940, tanto él como los principales mandatarios nazis ya habían cruzado una línea importante en el resbaladizo sendero que conducía al genocidio.

La alusión de Heydrich al trabajo de esclavos en el este ha generado un debate considerable entre los historiadores del Holocausto. Basándose en la declaración de Eichmann durante su juicio en Jerusalén, algunos estudiosos han sostenido que el lenguaje codificado empleado en la Conferencia de Wannsee ocultaba en última instancia un plan coherente para asesinar sistemáticamente a todos los judíos en la esfera de influencia alemana. Otros, sin embargo, han sugerido que el programa de trabajos forzosos de Heydrich no era puro camuflaje, sino, más bien, uno de los muchos elementos que constituían su plan para la solución final. Puesto que la construcción de los campos de exterminio en el Warthegau y en el Gobierno General avanzaba lentamente, y dado que el trabajo forzado judío tenía un gran significado para la economía de guerra alemana, este último argumento parece más plausible.
Alemania y el Protectorado, dijo Heydrich, serían los primeros en quedar limpios de judíos. Solo entonces se peinaría Europa de oeste a este. Los judíos serían llevados a «guetos de tránsito» y posteriormente enviados aún más al este, aunque admitió que los judíos no serían apartados de empresas esenciales para la economía de guerra.

De los numerosos territorios ocupados y administrados por la Alemania nazi en el transcurso de la Segunda Guerra Mundial, el Protectorado de Bohemia y Moravia fue uno de los más curiosos. Con una extensión de unos 49 000 kilómetros cuadrados y una población total de siete millones y medio de habitantes (de los cuales, doscientos cuarenta y cinco mil eran de etnia alemana), el Protectorado no era, en absoluto, el mayor de los territorios ocupados por los nazis. Sin embargo, representó un papel especial en la Europa ocupada, tanto porque los nazis consideraban Bohemia y Moravia como una parte integral del futuro Gran Reich alemán, como por su crucial emplazamiento geoestratégico y su importancia económica para el esfuerzo bélico alemán.
Fundado el 16 de marzo de 1939, el día después de la ocupación alemana de la parte occidental de Checoslovaquia, el Protectorado iba a convertirse en una colonia alemana presidida por un Protector del Reich designado, un virrey directamente responsable ante Hitler. Sin embargo, aunque la retórica colonial empleada por la dirección nazi para describir el futuro del Protectorado resultaba llamativa, ocultaba más de lo que enseñaba: la nueva estructura constitucional impuesta sobre el país era únicamente una solución para tiempos de guerra que, al final, daría paso a la completa integración política, económica y racial de Bohemia y Moravia dentro del Gran Reich alemán. Después de la victoria de Alemania en la Segunda Guerra Mundial, los checos se convertirían en alemanes o tendrían que desaparecer de una forma u otra.
No obstante, los habitantes checos del Protectorado conservaron por el momento su propio gobierno autónomo (al menos en teoría), mientras que a los alemanes de los Sudetes se les garantizó la ciudadanía plena dentro del Reich.
Si la realización del proyecto de germanización de los nazis se basaba en un programa de inventario de existencias raciales, robos, expulsiones y asesinatos que carecía de precedentes históricos, la germanización, tal como la entendía Heydrich, significaba mucho más que exámenes raciales y exterminio. El asesinato y el reasentamiento fueron únicamente las condiciones previas para la creación de una utopía «purificada» desde el punto de vista racial, un imperio alemán que dominaría la nueva Europa durante los siguientes mil años. Tal como señalaba Heydrich a mediados de diciembre de 1941: «Mientras, bajo los golpes de Alemania y sus aliados, un mundo degenerado está siendo aplastado y perece en el caos que ha creado, está apareciendo un nuevo orden tras los frentes de nuestros soldados, un orden cuyas estructuras ya son claramente visibles».

Cuando visitó a Heydrich en Praga en diciembre de 1941, Albert Speer quedó sorprendido por la falta de interés de Heydrich por su seguridad personal: «Heydrich, cuya casa en Berlín estaba totalmente comunicada con timbres de alarma (incluso en el baño) con las comisarías de policía más cercanas» y cuyos coches estaban «equipados con matrículas de sustitución, con pistolas enfrente de cada asiento y metralletas delante de los que iban en los asientos traseros —ese mismo Heydrich viajaba contraviniendo las regulaciones que él mismo había impuesto para la protección de las principales personalidades del estado y el partido—». Como Protector del Reich, Heydrich consideraba que su seguridad personal era un asunto policial. Rechazó categóricamente una escolta argumentando que dañaría el prestigio alemán y crearía la sensación de que temía a los checos. Mientras conservara la iniciativa psicológica, no le atacarían —un error de cálculo fatal, como se demostró—. La mañana del 27 de mayo de 1942, Heydrich emprendió viaje para visitar a Hitler. Nunca llegaría más allá de la curva cerrada en Liběn donde ya le aguardaban sus asesinos.

Himmler, en su discurso funerario del 9 de junio, marcó la pauta sobre cómo sería recordado Heydrich: como un mártir nazi y como un impecable hombre de las SS, «un ideal a emular siempre, pero que quizás nunca más se alcance». Con su «estilo de vida sano, sencillo y disciplinado», su «espíritu inquebrantable» y su carácter «noble» y «decente», Heydrich era un modelo a seguir que «inspiraría a generaciones futuras». Como hombre de «capacidades irremplazables, únicas, combinadas con un carácter de la más escasa pureza y una mente de penetrante lógica y claridad», había sido, con razón…
Hitler visiblemente afectado y sumó su autoridad a la celebración de una vida nazi ejemplar: «Él fue uno de los mejores nacionalsocialistas, uno de los más fuertes defensores del Reich alemán, uno de los mayores oponentes de todos los enemigos del imperio. Ha muerto como un mártir por la preservación y la protección del Reich». A continuación, Hitler concedió póstumamente a Heydrich «la más alta condecoración, la dignidad superior de la Orden Teutónica», un honor creado especialmente para aquellos que habían prestado un servicio excepcional al partido y a la patria.

Heydrich fue mucho más que un criminal de escritorio orientado a su carrera profesional dentro de la dictadura nazi. Desempeñó un papel decisivo en el desarrollo y la promoción de la idea de un conglomerado imaginario de enemigos políticos y raciales que solo podrían ser derrotados mediante una maquinaria de terror cada vez más amplia que no estuviera limitada por ninguna ley. Como ejecutor de las políticas de terror nazis y de la solución final hasta 1942, estuvo íntimamente implicado en todo el proceso de toma de decisiones cruciales que llevaron a la destrucción de la judería europea y al asesinato de cientos de miles de polacos, ucranianos, rusos, checos y alemanes considerados política o racialmente peligrosos. El papel protagonista de Heydrich en la concepción de estas políticas, y su grado de «éxito» a la hora de hacerlas realidad, lo convierten en una de las figuras claves del Tercer Reich y de sus criminales políticas de persecución. Solo esto exige un esfuerzo para comprender los acontecimientos y las fuerzas que dieron forma a su vida, desde sus orígenes en una familia burguesa estable y de elevado nivel cultural hasta su violento final como uno de los momentos más oscuros de la historia de Europa.

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Magnificent book of one of the most ruthless Nazi criminals in history and key in the «third way». Reinhard Heydrich, one of the key actors in the most criminal genocide in history.
Reinhard Heydrich is well known as one of the symbolic evils of the 20th century, a terrifying figure even within the context of the Nazi elite. Innumerable television documentaries, stimulated by the fascination for evil, have offered popular opinions about his intriguing life, and there are also sensational stories about his murder in 1942 and the wave of unprecedented Nazi vengeful violence that culminated in the destruction of the town. bohemia of Lidice. Perhaps the most spectacular secret service operation of the entire Second World War, the history of Operation Anthropoid and its violent aftermath, has fueled the popular imagination since 1942.
Heydrich probably became the most radical figure within the Nazi leadership. It will be argued that at least one of the reasons for his subsequent radicalism lies in his lack of earlier Nazi credentials. Heydrich’s early years contain some shortcomings, especially the persistent rumors about his Jewish ancestors that led to a humiliating in-game investigation in 1932, and also his relatively late conversion to Nazism. In order to hide these imperfections and impress his superior, Heinrich Himmler, Heydrich became a model Nazi, adopting and radicalizing even more some key principles of Himmler’s worldview and the ideals of the SS on masculinity, sports skills and military bearing. . Heydrich even manipulated the history of his previous life to shore up his Nazi credentials. After the Great War, he fought allegedly in the Freikorps, the units of the radical right, but his involvement in paramilitary activity after 1918 was, in the best of cases, minimal. Nor are there any documents proving that he was a member of the various anti-Semitic groups in Halle that he later claimed to have belonged to.
In the mid-1930s, Heydrich had managed to reinvent himself as one of the most radical defenders of Nazi ideology and the implementation of it through increasingly harsh policies of persecution.

The «solution of the Jewish question», on which Heydrich had a direct responsibility since the late 1930s, was, however, only part of a much broader war-time plan to create a new ethnic character of Europe through a gigantic project of expulsion, resettlement and murder of millions of people in Eastern Europe after the victory of the Wehrmacht over the Soviet Union. While Protector of the Reich of Bohemia and Moravia – a position he held between September 1941 and his violent death in June 1942 – Heydrich stressed his fundamental commitment to these plans by initiating an extraordinarily ambitious program of racial classification and cultural imperialism in the Protectorate.
Despite his drive to Germanize Central and Eastern Europe, Heydrich was fully aware that his full realization had to wait until the Wehrmacht’s victory over the Red Army. From a logistical point of view, it was simply impossible to expel, resettle and murder some thirty million Slavs in the east of conquered Europe while, at the same time, on the battlefield a war was waged against a superior alliance of enemies. in number. The destruction of European Jews, a much smaller and more easily identifiable community, posed far fewer logistical problems.

The «solution of the Jewish question», on which Heydrich had a direct responsibility since the late 1930s, was, however, only part of a much broader war-time plan to create a new ethnic character of Europe through a gigantic project of expulsion, resettlement and murder of millions of people in Eastern Europe after the victory of the Wehrmacht over the Soviet Union. While Protector of the Reich of Bohemia and Moravia – a position he held between September 1941 and his violent death in June 1942 – Heydrich stressed his fundamental commitment to these plans by initiating an extraordinarily ambitious program of racial classification and cultural imperialism in the Protectorate.
Despite his drive to Germanize Central and Eastern Europe, Heydrich was fully aware that his full realization had to wait until the Wehrmacht’s victory over the Red Army. From a logistical point of view, it was simply impossible to expel, resettle and murder some thirty million Slavs in the east of conquered Europe while, at the same time, on the battlefield a war was waged against a superior alliance of enemies. in number. The destruction of European Jews, a much smaller and more easily identifiable community, posed far fewer logistical problems.

(Prague 1942) The secret plans to assassinate Reinhard Heydrich had emerged in London more than half a year ago, at the end of September 1941. The origins of the plan have been a source of controversy to this day and have led to any luck of conspiracy theories, largely because the parties involved – the British Special Operations Directorate (SOE) and the exiled Czechoslovak government headed by Edvard Beneš – officially denied having any responsibility in the assassination after 1945. None of them wanted being accused of tolerating political murder as a tool of war, especially since it had always been very clear that the Germans would respond to the murder of a prominent Nazi leader with the most brutal reprisals against the civilian population.
The assassination of Heydrich – whose code name was Operation Anthropoid – would underline both the SOE’s ability to strike a blow against the Nazi security apparatus and the determination of the Czech resistance to confront the German oppressors.

Heydrich’s attitude towards the Abwehr, and towards the murky world of foreign espionage more generally, was marked decisively by his reading of Geheime Mächte [Secret Powers], the book by Walter Nicolai published for the first time in 1921. In his comparative study of intelligence operations during the Great War, Nicolai, as head of the military intelligence service of imperial Germany, mainly blamed the defeat of the Reich on the lack of an intelligence agency capable of competing with institutions similar from France and Great Britain. Unlike its enemies, Germany had not developed intelligence services coordinated against enemies in times of war. Military intelligence, which operated independently, lacked guidance from the political leadership, which did not understand or support its needs. What Germany needed were statesmen with the determination necessary to pursue national interests, and a central espionage service, led by politicians, to support those ideas. Nicolai stressed that minorities, especially Jews and churches with international ramifications, posed a threat to national security, an opinion that Heydrich enthusiastically shared.
The task of the SD, Heydrich insisted, was not only to analyze political crimes retrospectively, but to prevent their repetition in the future. The growing importance attributed by Heydrich to the SD was reflected in its growing size: only between 1935 and 1940, the number of full-time employees in the SD went from 1,100 to 4,300.

Unlike Himmler, who regularly visited the concentration camps, Heydrich was rarely seen there. For example, Heydrich’s only documented visit to Dachau took place at the end of the summer of 1938, when he met another senior SS officer, the future SS-Obergruppenführer and Police General Hans-Adolf Prützmann, for dinner in the country . The rarity of Heydrich’s visits to the concentration camps was due, at least in part, to the fact that his power ended at the gates of the camps. Although he could decide who should be interned and who was released, in 1934 Himmler had entrusted the supervision of life in the camps throughout the Reich to Theodor Eicke, with whom Heydrich did not make good friends. This division of labor was not only an essential part of Himmler’s leadership style – his conscious decision to share responsibilities among several SS officers he trusted – but also a radicalizing factor in the escalation of Nazi persecution policies. Logically, Heydrich, Eicke and other senior SS officers sought to please both Himmler and Hitler.
For Heydrich, the outbreak of World War II represented an unprecedented opportunity. He had spent the first six years of the Third Reich as Himmler’s chief lieutenant, developing a growing political police machine that was inextricably linked to the SS. Now, with the background of the war, new intoxicating possibilities arose. Neither Heydrich nor anyone within the Nazi leadership had a clear project for the future of Eastern Europe, but what was clear from the start was that Poland – unlike Austria, a racial ally; and the protectorates of Bohemia and Moravia, vital from the economic point of view, would become a kind of laboratory for Nazi experiments in the fields of racial imperialism and genetic engineering. The kind of utopia that Hitler, Himmler and Heydrich wanted to set in motion in those territories they still had to occupy was still blurred and unclear. What was clear was that its implementation would not be limited by the same kind of «restriction» imposed on the SS during the military campaigns of 1938. The German attack on Poland, launched early in the morning of September 1, It was to become the decisive moment for the war of annihilation of the Third Reich against the «inferior races» of the East.
The decision to put the SS leadership in charge of the ethnic dismemberment of the conquered territories was as surprising as it was momentous. For ideological reasons, Himmler and Heydrich had long shown interest in the so-called Volksdeutsche, the German-born population living outside the borders of the Reich, often as a result of the new drawing of maps of Europe after the First World War. . But, until 1939, the SS had no experience in practical settlement work. As in 1933-34, when the two men assumed control over the political police in the German states without having previous experience in police work, Himmler and Heydrich had to improvise. What assured Himmler of his appointment as RKFDV was, in the first place, his ideological reliability, which seemed to guarantee a quick implementation of Hitler’s wishes.
The murders, expulsions and detentions carried out by Heydrich’s men both in Germany and in the newly conquered territories during the first months of the Second World War bear witness to the radicalizing impact of the war on the Nazis’ persecution policies. For Heydrich and his closest collaborators, the increasing brutality with which they were repressed, expelled and often murdered, the enemies of the Reich, was necessary and justified by the historic battle against the internal and external enemies of Germany in which they had just died. embark the Nazis. Although systematic mass murders continued to be the exception, rather than the rule, in Heydrich’s treatment of political and ethnic enemies in late 1939 and early 1940, both he and the main Nazi rulers had already crossed over. an important line on the slippery path that led to genocide.

Heydrich’s allusion to slave labor in the East has generated considerable debate among Holocaust historians. Based on Eichmann’s statement during his trial in Jerusalem, some scholars have argued that the codified language used in the Wannsee Conference concealed in the end a coherent plan to systematically assassinate all Jews in the German sphere of influence. Others, however, have suggested that Heydrich’s forced labor program was not pure camouflage, but, rather, one of the many elements that constituted his plan for the final solution. Since the construction of the extermination camps in the Warthegau and in the General Government was proceeding slowly, and since forced Jewish labor had great significance for the German war economy, this latter argument seems more plausible.
Germany and the Protectorate, said Heydrich, would be the first to be clean of Jews. Only then would Europe comb from west to east. The Jews would be taken to «transit ghettos» and later sent even further east, although he admitted that the Jews would not be cut off from companies essential to the war economy.

Of the numerous territories occupied and administered by Nazi Germany during the Second World War, the Protectorate of Bohemia and Moravia was one of the most curious. With an area of ​​about 49,000 square kilometers and a total population of seven and a half million inhabitants (of which, two hundred and forty-five thousand were ethnic Germans), the Protectorate was not at all the largest of the occupied territories by the Nazis. However, it played a special role in occupied Europe, both because the Nazis considered Bohemia and Moravia an integral part of the future Great German Reich, and because of its crucial geostrategic location and its economic importance for the German war effort.
Founded on March 16, 1939, the day after the German occupation of the western part of Czechoslovakia, the Protectorate was to become a German colony presided over by a designated Reich Protector, a viceroy directly responsible to Hitler. However, although the colonial rhetoric employed by the Nazi leadership to describe the future of the Protectorate was striking, it concealed more than it taught: the new constitutional structure imposed on the country was only a wartime solution that, in the end, would give step to the complete political, economic and racial integration of Bohemia and Moravia within the Great German Reich. After the victory of Germany in World War II, the Czechs would become Germans or they would have to disappear in one way or another.
However, the Czech inhabitants of the Protectorate retained their own autonomous government for the time being (at least in theory), while the Germans of the Sudetenland were guaranteed full citizenship within the Reich.
If the implementation of the Nazi Germanization project was based on a program of inventory of racial stocks, robberies, expulsions and assassinations that had no historical precedent, Germanisation, as Heydrich understood it, meant much more than racial examinations and extermination. Murder and resettlement were only the preconditions for the creation of a racially ‘purified’ utopia, a German empire that would dominate the new Europe for the next thousand years. As Heydrich pointed out in mid-December 1941: «While, under the blows of Germany and its allies, a degenerate world is being crushed and perishing in the chaos it has created, a new order is appearing behind the fronts of our soldiers, an order whose structures are already clearly visible ».

When he visited Heydrich in Prague in December 1941, Albert Speer was surprised by Heydrich’s lack of interest in his personal safety: «Heydrich, whose house in Berlin was completely connected to alarm bells (even in the bathroom) with police stations police officers «and whose cars were» equipped with replacement license plates, with pistols in front of each seat and submachine guns in front of those in the back seats-that same Heydrich was traveling contrary to the regulations that he himself had imposed for the protection of the main personalities of the state and the party- ». As Protector of the Reich, Heydrich considered his personal safety a police matter. He categorically refused an escort, arguing that it would damage German prestige and create the feeling that he feared the Czechs. As long as he retained the psychological initiative, they would not attack him-a fatal miscalculation, as was shown. On the morning of May 27, 1942, Heydrich undertook a trip to visit Hitler. He would never reach beyond the closed bend in Liběn where his assassins were already waiting for him.

Himmler, in his funeral speech on June 9, set the tone for how Heydrich would be remembered: as a Nazi martyr and as an impeccable SS man, «an ideal to emulate always, but perhaps never reach again.» With his «healthy, simple and disciplined lifestyle», his «unwavering spirit» and his «noble» and «decent» character, Heydrich was a role model that would «inspire future generations.» As a man of «irreplaceable, unique abilities, combined with a character of the slightest purity and a mind of penetrating logic and clarity,» it had been, with good reason …
Hitler visibly affected and added his authority to the celebration of an exemplary Nazi life: «He was one of the best National Socialists, one of the strongest defenders of the German Reich, one of the greatest opponents of all enemies of the empire. He died as a martyr for the preservation and protection of the Reich. » Next, Hitler posthumously conceded to Heydrich «the highest decoration, the superior dignity of the Teutonic Order,» an honor created especially for those who had rendered exceptional service to the party and the fatherland.

Heydrich was much more than a desktop criminal oriented to his professional career within the Nazi dictatorship. He played a decisive role in the development and promotion of the idea of ​​an imaginary conglomerate of political and racial enemies that could only be defeated by an ever-expanding terror machine that was not bound by any law. As the executor of Nazi terror policies and the final solution until 1942, he was intimately involved in the entire process of crucial decision making that led to the destruction of European Jewry and the murder of hundreds of thousands of Poles, Ukrainians, Russians , Czechs and Germans considered politically or racially dangerous. The leading role of Heydrich in the conception of these policies, and their degree of «success» at the time of making them a reality, make him one of the key figures of the Third Reich and its criminal persecution policies. This alone requires an effort to understand the events and forces that shaped his life, from its origins in a stable bourgeois family of high cultural level to its violent end as one of the darkest moments in the history of Europe.

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