El Nazi Perfecto — Martin Davidson / The Perfect Nazi: Uncovering My Grandfather’s Secret Past by Martin Davidson

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Decir sobre este libro que me parece magnífico, a través de este escocés, nieto de un dentista alemán, nos meteremos de pleno en el nazismo. Fantástica la narración,la documentación y la forma de relatarlo.Es como una autentica novela solamente que es real y eso le confiere mucha importancia a la hora de valorar los acontecimientos, dura, cruel, bienvenidos a los horrores…
La insignia de oro no era su única condecoración nazi. Más adelante le habían otorgado un sello aún más siniestro de la aprobación del Tercer Reich, esta vez en un dominio exclusivo de los oficiales de las SS. Era el denominado Totenkopfring o anillo de la calavera, que estaba decorado con una calavera esculpida y otros emblemas rúnicos. Ningún artilugio, aparte de la daga personal de las SS de Himmler o la Luger de Heydrich, despierta el mismo grado de codicia y deseo entre los que acumulan por internet parafernalia nazi. Era una distinción concedida personalmente por Himmler, el jefe de las SS.
Con todo, la información más importante quedó reservada para el final: la identidad de la división de las SS en la que Bruno había servido. Sería un elemento crucial en todas nuestras pesquisas futuras y decisivo para ayudarnos a hacernos una idea de quién había sido. Las SS no eran un monolito, sino una organización que abarcaba una sorprendente diversidad de actividades, algunas militares y otras no. Incluía en su seno a un amplio repertorio de hombres, desde los que dirigían los campos de concentración hasta aquellos cuyo único interés en vestir el uniforme era ingresar en su división de caballería montada y disfrutar de su amor por la equitación. La preferencia de Bruno, sin embargo, resultó ser una muy específica: ni campamento ni regimiento de caballería, sino el SD-Hauptamt; la sede central del SD, el llamado Sicherheitsdienst o Servicio de Seguridad.

Los judíos de ser capitalistas y a la vez comunistas, porque tanto el sistema bancario mundial como su (aparente) opuesto del comunismo no eran sino el disfraz que ocultaba lo que los judíos eran realmente —y aquí pronunciaban el tercer y último mantra de la paranoia antisemita—, una conspiración planetaria encaminada a controlar las economías del mundo y dictar su política a escondidas; en suma, el perfecto chivo expiatorio de todos los males de Alemania. La consecuencia fue una aterradora erupción de la fantasía paranoica que veía toda la historia de la humanidad como poco más que la obra de una secreta cábala judía, de los masones y de otros illuminati empeñados en meter al mundo en cintura. Era el más profundo y arcano secreto del universo y, según el posterior dogma nazi, para sacarlo a la luz hacían falta las mentes más sagaces y sutiles de la tierra.
Los nazis crearían el «problema judío» a partir de esta trilogía de calumnias antisemitas: que los judíos eran predadores financieros, revolucionarios izquierdistas y, ante todo, conspiradores mundiales. Era el burdo axioma que el nacionalsocialismo.

Las SS justificaron las esperanzas que Hitler y Goebbels habían depositado en ellas. Ninguna otra organización nazi igualó siquiera el formidable papel que desempeñaron para estampar el sello de Hitler en toda la faz de la República de Weimar. Hacia 1933, el ejército callejero de Bruno era el indicio más visible de que la barbarie había suplantado a la democracia en Alemania.
Las SS no sólo eran fanáticamente leales al Führer, sino que creían que actuaban como una especie de apoderado para satisfacer sus deseos inexpresados. Comprendían los objetivos de Hitler, aun cuando éste no pudiera o no quisiera formularlos. Las SA y el ejército no poseían esta mentalidad. A medida que se agravaban con los años las atrocidades nazis, el sistema consistía en que lo inexpresable siguiera siendo indecible, aunque al mismo tiempo era inequívocamente claro para los que se ocupaban de que sucediera. El resultado era lo que un historiador memorablemente describió como «trabajar hacia el Führer», un sistema de delegación y docilidad en que los nazis con ambiciones se excedían en la letra de las instrucciones, por deferencia a su espíritu, incluso a falta de consignas específicas. Con una eficacia clínica, Himmler hizo que las SS fueran indispensables para Hitler, halagando su megalomanía sin desatar su paranoia.

Bruno y el SD nuevos objetivos, a saber: la guerra de venganza contra las superpotencias occidentales que habían «ganado» la Primera Guerra Mundial sólo porque la traición y la sedición habían minado el frente nacional alemán, y la lucha étnica contra el pueblo que Hitler estaba convencido de que era el enemigo racial más amenazador: los judíos. El ejército alemán, la Wehrmacht, libraría la primera. Las SS emprenderían la segunda. Bruno intervendría en ambas.

A mediados de los años sesenta, la familia se vio dividida por un nuevo escándalo. Después de treinta años de matrimonio, a los sesenta años, Bruno, de repente y sin previo aviso, abandonó a Thusnelda; y lo que es peor, inició relaciones con otra mujer y, lo peor de todo, esa mujer era la mejor amiga de su esposa, Gisela (la bailarina rítmica de las Olimpíadas de Berlín de 1936).
Bruno murió unas semanas después. Su cuerpo fue enterrado en una tumba anónima, sin ningún funeral, por expreso deseo suyo. Ni siquiera pusieron una lápida. Tenía treinta y nueve años al acabar la guerra, había vivido otros cuarenta y siete. Dos años después murió también Gisela de una diabetes crónica. Era la única que quedaba. Thusnelda había muerto de cáncer de estómago en 1982, sin haberse resignado nunca a la pérdida de Bruno, del que estuvo enamorada toda su vida. Friedrich había fallecido mucho antes, tras una larga enfermedad exacerbada por las heridas que había sufrido en París y de las que nunca se recuperó completamente. Ewald había desaparecido en algún lugar del oeste de Alemania, proscrito como la oveja negra de la familia, tras una vida de fracasos y decepciones que coronó dejando embarazada a una de las sirvientas de Ida. Murió en algún momento de los años setenta. Ida alcanzó la longevidad y tenía noventa años largos cuando finalmente murió en 1984. La última de los Langbehn mayores se había extinguido. Y con ella el último vínculo con la era nazi.

Por más mentiras y excusas que escribiera en los impresos de desnazificación o se dijera a sí mismo, la verdad última sobre Bruno es categórica y horripilante. Había trabajado toda su vida adulta para dejar a sus hijas y a los hijos de sus hijas un mundo sin democracia y sin Untermenschen, y, ante todo, un mundo sin judíos. Una Europa sin judíos iba a ser la mayor dádiva del nazismo a la posteridad. Se suponía que las generaciones posteriores expresarían su gratitud no sólo por las satisfacciones de la utopía de la unicidad aria, sino por el hecho de que les hubiesen ahorrado la desagradable tarea de tener que hacerlo ellos mismos. Si el plan hubiera salido como estaba previsto, quizá las generaciones siguientes nunca habrían sabido lo ocurrido. Lo habrían aceptado como un simple fait accompli. Una dichosa ignorancia habría sido el último privilegio con el que sus padres tenían tan cargada la conciencia; habría sido la «página gloriosa de nuestra historia de la que no hay que hablar nunca», como dijo Himmler en 1943 a los jefes de las SS en Posen. Si los nazis hubieran podido completar su obra, habría sido el logro supremo del nazismo.
La ascensión del nazismo había dependido de hombres como Bruno en mayor medida de lo que yo pensaba.

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Saying about this book that I think is magnificent, through this Scot, grandson of a German dentist, we will fully engage in Nazism. Fantastic storytelling, documentation and how to relate it. It’s like a real novel only that is real and that gives great importance when evaluating events, hard, cruel, welcome to the horrors …
The gold badge was not his only Nazi decoration. Later he had been granted an even more sinister seal of approval by the Third Reich, this time in an exclusive domain of the SS officers. It was the so-called Totenkopfring or skull ring, which was decorated with a sculpted skull and other runic emblems. No contraption, apart from the personal dagger of the SS of Himmler or the Luger of Heydrich, arouses the same degree of greed and desire among those who accumulate Nazi paraphernalia online. It was a distinction personally granted by Himmler, the head of the SS.
However, the most important information was reserved for the end: the identity of the division of the SS in which Bruno had served. It would be a crucial element in all our future and decisive research to help us get an idea of ​​who it was. The SS were not a monolith, but an organization that encompassed a surprising diversity of activities, some military and some not. It included a wide repertoire of men, from those who ran the concentration camps to those whose only interest in wearing the uniform was to enter their mounted cavalry division and enjoy their love of riding. Bruno’s preference, however, turned out to be a very specific one: no camp or cavalry regiment, but SD-Hauptamt; the headquarters of the SD, the so-called Sicherheitsdienst or Security Service.

Jews being both capitalist and communist, because both the world banking system and its (apparent) opposite of communism were nothing but the disguise that concealed what the Jews really were-and here they pronounced the third and last mantra of anti-Semitic paranoia – a planetary conspiracy aimed at controlling the economies of the world and secretly dictating its policy; in short, the perfect scapegoat for all the ills of Germany. The consequence was a terrifying eruption of the paranoid fantasy that saw the whole history of humanity as little more than the work of a secret Jewish cabal, of the freemasons and other Illuminati bent on bringing the world to the waist. It was the deepest and secret secret of the universe and, according to the later Nazi dogma, to bring it to light the most subtle and subtle minds of the earth were needed.
The Nazis would create the «Jewish problem» from this trilogy of anti-Semitic slander: that the Jews were financial predators, leftist revolutionaries and, above all, world conspirators. It was the crude axiom that National Socialism.

The SS justified the hopes that Hitler and Goebbels had placed in them. No other Nazi organization equaled even the formidable role they played in stamping Hitler’s seal across the face of the Weimar Republic. By 1933, Bruno’s street army was the most visible sign that barbarism had supplanted democracy in Germany.
The SS were not only fanatically loyal to the Führer, but believed that they acted as a kind of proxy to satisfy their unspoken desires. They understood Hitler’s goals, even if he could not or would not formulate them. The SA and the army did not have this mentality. As the Nazi atrocities worsened over the years, the system consisted of the unspeakable being unspeakable, although at the same time it was unequivocally clear to those who were concerned that it would happen. The result was what one historian memorably described as «working towards the Führer,» a system of delegation and docility in which Nazis with ambitions exceeded the letter of instructions, out of deference to their spirit, even in the absence of specific slogans. . With clinical efficacy, Himmler made the SS indispensable for Hitler, flattering his megalomania without unleashing his paranoia.

Bruno and the SD new objectives, namely: the war of revenge against the Western superpowers who had «won» the First World War only because treason and sedition had undermined the German national front, and the ethnic struggle against the people that Hitler he was convinced that he was the most threatening racial enemy: the Jews. The German army, the Wehrmacht, would wage the first. The SS would undertake the second. Bruno would intervene in both.

In the mid-sixties, the family was divided by a new scandal. After thirty years of marriage, at sixty, Bruno, suddenly and without warning, left Thusnelda; and what’s worse, he started relationships with another woman and, worst of all, that woman was his wife’s best friend, Gisela (the rhythmic dancer of the Berlin Olympics in 1936).
Bruno died a few weeks later. His body was buried in an anonymous grave, without any funeral, by his express wish. They did not even put a tombstone. He was thirty-nine years old at the end of the war, he had lived another forty-seven. Two years later, Gisela died of chronic diabetes. It was the only one left. Thusnelda had died of stomach cancer in 1982, without ever having resigned herself to the loss of Bruno, of whom she had been in love all her life. Friedrich had died much earlier, after a long illness exacerbated by the injuries he had suffered in Paris and from which he never fully recovered. Ewald had disappeared somewhere in western Germany, outlawed as the family’s black sheep, after a life of failure and disappointment that he crowned by making one of Ida’s maids pregnant. He died sometime in the seventies. Ida reached longevity and was ninety years long when she finally died in 1984. The last of the older Langbehn had become extinct. And with it the last link with the Nazi era.

No matter how many lies and excuses he wrote in the denazification forms or told himself, the ultimate truth about Bruno is categorical and horrifying. He had worked all his adult life to leave his daughters and sons of his daughters a world without democracy and Untermenschen, and, above all, a world without Jews. A Europe without Jews was going to be the greatest gift of Nazism to posterity. It was assumed that later generations would express their gratitude not only for the satisfactions of the utopia of Aryan oneness, but for the fact that they had been spared the unpleasant task of having to do it themselves. If the plan had gone as planned, perhaps the following generations would never have known what happened. They would have accepted it as a simple fait accompli. A blissful ignorance would have been the last privilege with which his parents had so charged their conscience; it would have been the «glorious page of our history that we should never talk about,» as Himmler said in 1943 to the SS chiefs in Posen. If the Nazis could have completed their work, it would have been the supreme achievement of Nazism.
The rise of Nazism had depended on men like Bruno more than I thought.

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