Cazadores de Microbios — Paul Henry de Kruif / Two Years Before The Mast, The Story of King Arthur and His Knights, Microbe Hunters, The Friendly Persuasion by Paul Henry de Kruif

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Este fue el primer gran libro de divulgación de la ciencia en la década de los 20 del siglo pasado, traducido a más de 18 idiomas es su gran acierto, la manera didáctica en la cual está narrado es más que un acierto y al cual tengo aprecio.

Conoceremos a una gran figura de los Países Bajos de mediados a.XVII. Hace doscientos cincuenta años que un hombre humilde, llamado Leeuwenhoek, se asomó por vez primera a un mundo nuevo y misterioso poblado por millares de diferentes especies de seres diminutos, algunos muy feroces y mortíferos, otros útiles y benéficos, e, incluso, muchos cuyo hallazgo ha sido más importantísimo para la Humanidad que el descubrimiento de cualquier continente o archipiélago.
Ahora, la vida de Leeuwenhoek es casi tan desconocida como lo eran en su tiempo los fantásticamente diminutos animales y plantas que él descubrió. Esta es la vida del primer cazador de microbios. Es la historia de la audacia y la tenacidad que le caracterizaron a él, y que son atributos de aquellos que movidos por una infatigable curiosidad exploran y penetran un mundo nuevo y maravilloso.
Estos cazadores, en su lucha por registrar este microcosmos no vacilan en jugarse la vida.

Spallanzani tenía ideas vehementes acerca de la generación espontánea de la vida; ante la realidad de los hechos, estimaba absurdo que los animales, aun los diminutos bichejos de Leeuwenhoek, pudieran provenir de un modo caprichoso, de cualquier cosa vieja o de cualquier revoltijo sucio. «Una ley y un orden debían predecir su nacimiento; no podían surgir al azar». ¿Pero cómo demostrarlo?
Y una noche, en la soledad de su estudio, tropezó con un librito sencillo e inocente, que le demostró un nuevo procedimiento de atacar la cuestión del origen de la vida. El autor del libro no argumentaba con palabras sino con experimentos que, a los ojos de Spallanzani, demostraba los hechos con toda claridad.

Pasteur realizó curiosos experimentos que tardaron tres años en llegar a término; llenó parcialmente varios matraces, unos con leche, otros con orina, los calentó en agua hirviendo, fundió al soplete los cuellos para dejarlos bien cerrados, y en esta forma los conservó años enteros. Llegando el día fijado, los abrió para demostrar que la leche y la orina estaban en perfecto estado de conservación y que el aire contenido en los matraces conservaba casi todo su oxígeno; no habiendo microbios, no se
echaba a perder la leche. De otra parte, dejó que otros gérmenes se multiplicaran en silenciosos enjambres en matraces con orina y leche, que no habían sido hervidos, y cuando buscó en ellos el oxígeno, encontró que todo él había sido consumido, lo habían gastado los microbios en quemarse y destruir las substancias que les habían servido de alimento. Entonces Pasteur, como un gran pájaro agorero, extendió las alas de la fantasía y se lanzó a terribles elucubraciones: trazó la imagen de un mundo fantástico sin microbios, un mundo cuya atmósfera contuviera oxígeno en abundancia, oxígeno que no serviría para destruir las plantas y los animales muertos por falta de microbios que llevasen a cabo la oxidación. Los que le escuchaban vislumbraron, como en una pesadilla, enormes montones de cadáveres obstruyendo las calles desiertas y sin vida. ¡Sin microbios sería imposible la vida!
Pasteur, lo mismo que Spallanzani, no podía admitir que los microbios procediesen de la materia inerte de la leche, o de la manteca. ¡Era seguro que los microbios debían tener progenitores!.
Pasteur se dio cuenta entonces de que los globulitos causantes de la pebrina procedían de fuera de los gusanos, no nacían en su interior, y emprendió largas peregrinaciones para enseñar a los campesinos la manera de preservar a los gusanos sanos de toda contaminación por las hojas manchadas por gusanos enfermos.
En aquellos días sufrió un ataque de hemorragia cerebral que le puso a las puertas de la muerte: pero al enterarse de que habían sido suspendidas las obras de su nuevo laboratorio, cesó de espera la muerte, se puso furioso y decidió seguir viviendo.

Robert Koch mostró al mundo el primer paso dado hacia el cumplimiento de la profecía de Pasteur, aquella profecía que había parecido una alucinación, y finalmente, como sí sus experimentos hubieran dejado ya enteramente convencidos a sus oyentes, les dijo:
—Los tejidos de animales muertos de carbunco, bien estén frescos, putrefactos, secos o tengan un año de antigüedad, sólo pueden producir el carbunco si contienen bacilos o esporas de éstos. Ante este hecho probado, hay que desechar toda duda de que no sean estos bacilos los causantes del carbunco.
Y terminó contando a su auditorio suspenso, cómo se podía combatir la terrible plaga, cómo sus experimentos le habían enseñado el modo de aniquilarla.
—Todos los animales que mueran de carbunco deben ser quemados inmediatamente después de morir, y sí esto no es posible, deben ser enterrados a bastante profundidad, donde la tierra esté tan fría que los bacilos no puedan convertirse en las esporas tan resistentes, de tan gran vitalidad…
Entonces Koch, de repente, se dio cuenta del espléndido experimento que le había obsequiado la naturaleza.
—Cada una de estas manchitas es un cultivo puro de un especie bien definida de microbios; es una colonia pura de una sola especie microbiana. ¡Qué cosa tan sencilla! Cuando caen los gérmenes del aire en los caldos de cultivo que venimos empleando, se entremezclan las diversas especies; pero cuando caen sobre la superficie sólida de una papa, cada uno tiene que permanecer en el lugar donde ha caído, se queda adherido y allí se multiplica, convirtiéndose en millones de microbios de la misma especie y absolutamente puros.
Todo lo que se sabía acerca de la tuberculosis era que se suponía causada por alguna especie de microbio, puesto que los hombres enfermos podían transmitirla a los animales sanos.
Un buen día se dio cuenta Koch, de repente, del motivo de sus fracasos.
Tengo que preparar un medio nutritivo que se asemeje todo lo más posible a la substancia de que está compuesto un ser vivo.
Y así fue como Koch inventó su famoso medio de cultivo: la gelatina de suero sanguíneo, para aquellos microbios que son demasiado remilgados para reproducirse en medios nutritivos corrientes. Las carnicerías le proveyeron del suero fresco, de color pajizo, procedente de la sangre coagulada de vacas sanas recién sacrificadas, y que calentó con todo cuidado para destruir los microbios extraños que pudieran haberle contaminado. Vertió el suero en una docena de tubos de ensayo largos y estrechos, colocándolos inclinados, para que presentaran una mayor superficie donde sembrar los tejidos procedentes de animales tuberculosos, y después, con gran ingenio, calentó cada tubo lo suficiente para que el suero solidificase, dando una gelatina transparente con la superficie libre de bisel.

Hacía fines del siglo XIX, cuando la caza romántica del microbio empezó a convertirse en una profesión normal a la que se dedicaban médicos jóvenes observantes de las leyes científicas y no meros profetas o atolondrados investigadores, empezaron a ser menos terribles para Metchnikoff los amargos encuentros con las gentes que no tenían fe en él, recibió medallas, premios en metálico, y hasta los alemanes le aplaudían y acogían con respeto cuando entraba majestuosamente en algún Congreso científico. Un millar de investigadores habían acechado a los fagocitos en el acto de engullir gérmenes maléficos, y aunque esto no explicaba en modo alguno por qué muere un hombre de pulmonía, mientras otro rompe a sudar y mejora, no cabe duda de que en algunas ocasiones los fagocitos se comen y hacen desaparecer a los microbios de la pulmonía. Así pues, Metchnikoff, descontando su asombrosa falta de lógica, su intolerancia, su terquedad, descubrió realmente un hecho que puede hacer llevadera la vida a la Humanidad doliente, porque algún día puede hacer su aparición un soñador, un genio de la experimentación, y resolver el enigma de por qué los fagocitos unas veces engullen microbios y otras no, y hasta, quién sabe, pudiera siempre tener apetito los fagocitos.

Theobald Smith se dispuso, en 1893, a contestar a todas las intrincadas cuestiones que puede transmitir una enfermedad. Exterminando ese insecto, bañando el ganado en soluciones antisépticas, para matar las garrapatas y manteniéndolo en campos limpios de estos bichos, desaparecerá de la tierra la fiebre de Tejas. Actualmente el ganado es bañado en soluciones antisépticas, y la fiebre de Tejas, que era una amenaza para los millones de cabezas de ganado vacuno de Norteamérica, no es ya una cuestión que preocupe.

El tripanosoma causante de la enfermedad, ¿era un nuevo animal salido del vientre de la Naturaleza, o era simplemente el parásito conocido como nagana, descubierto por Bruce que se dedicaba ahora a matar hombres?
Bruce se propuso esclarecer la cuestión; un alemán del África oriental portuguesa había dicho:
—Este tripanosoma es una especie nueva de bicho.
A lo que Bruce contestó:
—Nada de eso; es simplemente el microbio de la nagana, que ha pasado de las vacas a los hombres.
Entonces, aquel alemán, apellidado Taute, extrajo sangre a un animal a punto de morir de nagana, y se inyectó a si mismo cinco centímetros cúbicos de esta sangre, que contenía millones de tripanosomas, sólo con el fin de comprobar su afirmación y demostrar que el parásito de la nagana no mata al hombre, y no contento con esto, se dejó picar por una docena de moscas tsetsé cuyos intestinos y glándulas salivales estaban plagadas del microbio.
¿Y creen ustedes que Bruce se inmutó por ello?, escuchemos sus observaciones:
—Ha sido una lástima, desde el punto de vista científico, que estos experimentos no hayan tenido resultado positivo, aun con todos los respetos para nuestro valeroso y atrevido colega, porque entonces hubiera quedado contestada la pregunta. Tal como han sucedido las cosas, estos experimentos negativos no han probado nada, pues pudiera suceder que sólo un hombre entre mil fuera susceptible a la infección de esta manera.
Nyassalandia fue el último campo donde Bruce dio la batalla a la enfermedad del sueño y aquél en el que estuvo más desesperanzado, porque allí fue donde encontró que la «Glossina sorsitans» (que tal es el nombre científico de la mosca portadora del parásito de la enfermedad del sueño) no sólo vive en las orillas de los lagos y de los ríos, sino que zumba y pica de un extremo a otro de Nyassalandia, y no hay manera de escapar de ella; no hay posibilidad de trasladar naciones enteras huyendo de su mordedura. Bruce siguió dedicado al problema, y pasó años enteros midiendo la longitud de los tripanosomas y tratando de encontrar si la nagana y la nueva enfermedad eran una misma y sola cosa. Terminó por no saberlo, y sus palabras finales fueron éstas:
—En el momento actual no es posible realizar experimentos que decidan la cuestión en uno o en otro sentido. Los experimentos a que se refería era inyectar tripanosomas de la nagana, no en uno ni en cien, sino en un millar de seres humanos.

—Hay que aprender a matar microbios con balas mágicas.
Esta frase provocaba la risa de la gente, y sus enemigos le pusieron el mote de «Doctor Fantasio».
¡Pero logró fabricar una bala mágica! Como alquimista que era, hizo algo más insólito aún, pues transmuto una droga, veneno favorito de los asesinos, en medicamento salvador; a base de arsénico elaboró un menjurje para librarnos del pálido microbio en forma de sacacorchos; microbio cuyo ataque es la recompensa del pecado, cuya mordedura es la causa de la sífilis, la enfermedad del nombre aborrecible.
La imaginación de Pablo Ehrlich era de los más fantástica, disparatada y anticientífica.
El triunfo de Ehrlich fue al mismo tiempo la última refutación de sus teorías, tan a menudo equivocadas. «El compuesto seiscientos seis se combina químicamente con el cuerpo humano, y, portante, no puede causar daño alguno». Ésta había sido su teoría…

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It was the first great book of popularization of science in the decade of the 20 of the last century, translated into more than 18 languages ​​is its great success, the didactic way in which it is narrated is more than a success and to which I have appreciation .

We will meet a great figure of the Netherlands from the mid-17th century. Two hundred and fifty years ago a humble man, named Leeuwenhoek, first appeared in a new and mysterious world populated by thousands of different species of tiny beings, some very fierce and deadly, others useful and beneficial, and even many whose The discovery has been more important for Humanity than the discovery of any continent or archipelago.
Now, Leeuwenhoek’s life is almost as unknown as the fantastically tiny animals and plants he discovered were in his time. This is the life of the first microbial hunter. It is the story of the audacity and tenacity that characterized him, and that are attributes of those who, moved by an indefatigable curiosity, explore and penetrate a new and wonderful world.
These hunters, in their struggle to register this microcosm, do not hesitate to risk their lives.

Spallanzani had vehement ideas about the spontaneous generation of life; Faced with the reality of the facts, he considered it absurd that the animals, even the tiny bugs of Leeuwenhoek, could come from a capricious way, from any old thing or from any messy mess. «A law and order had to predict his birth; they could not arise at random ». But how to prove it?
And one night, in the solitude of his study, he stumbled upon a simple and innocent book, which showed him a new procedure of attacking the question of the origin of life. The author of the book did not argue with words but with experiments that, in Spallanzani’s eyes, demonstrated the facts with all clarity.

Pasteur made curious experiments that took three years to complete; He partially filled several flasks, some with milk, others with urine, heated them in boiling water, melted the necks to the torch to keep them tightly closed, and in this way he kept them whole years. Arriving on the set day, he opened them to show that the milk and urine were in perfect condition and that the air contained in the flasks conserved almost all of his oxygen; there are no microbes,
It spoiled the milk. On the other hand, he let other germs multiply in silent swarms in flasks with urine and milk, which had not been boiled, and when he looked for oxygen in them, he found that all of it had been consumed, the microbes had spent on burning and destroy the substances that had served as food. Then Pasteur, like a great phantom bird, spread the wings of fantasy and launched into terrible speculations: he drew the image of a fantastic world without microbes, a world whose atmosphere contained oxygen in abundance, oxygen that would not destroy plants and the animals killed for lack of microbes that carried out the oxidation. Those who listened to him glimpsed, as in a nightmare, huge piles of corpses clogging the deserted and lifeless streets. Without microbes, life would be impossible!
Pasteur, like Spallanzani, could not admit that the microbes came from the inert matter of milk, or butter. It was sure that the microbes should have parents!
Pasteur realized then that the globulites causing the pebrine came from outside the worms, were not born inside, and undertook long pilgrimages to teach the peasants how to preserve healthy worms from all contamination by the stained leaves for sick worms.
In those days he suffered an attack of cerebral hemorrhage that put him on death’s door: but when he learned that the work of his new laboratory had been suspended, he stopped waiting for death, became furious and decided to continue living.

Robert Koch showed the world the first step taken towards the fulfillment of the prophecy of Pasteur, that prophecy that had seemed a hallucination, and finally, as if his experiments had already completely convinced his listeners, he told them:
-The tissues of dead anthrax animals, whether fresh, rotten, dry or one year old, can only produce anthrax if they contain bacilli or spores of these. Given this proven fact, we must discard any doubt that these bacilli are not the cause of anthrax.
And he ended up telling his audience suspense, how the terrible plague could be fought, how his experiments had taught him how to annihilate it.
-All animals that die of anthrax should be burned immediately after dying, and if this is not possible, they should be buried at a sufficient depth, where the soil is so cold that the bacilli can not become the resistant spores, so great vitality …
Then Koch, suddenly, realized the splendid experiment that nature had given him.
-Each one of these spots is a pure culture of a well-defined species of microbes; It is a pure colony of a single microbial species. What a simple thing! When the germs of the air fall in the culture broths that we have been using, the various species intermingle; but when they fall on the solid surface of a potato, each one has to remain in the place where it has fallen, it remains stuck and there it multiplies, becoming millions of microbes of the same species and absolutely pure.
All that was known about tuberculosis was that it was supposed to be caused by some kind of microbe, since diseased men could transmit it to healthy animals.
One day Koch suddenly realized the reason for his failures.
I have to prepare a nutritious medium that resembles as much as possible the substance of which a living being is composed.
And that’s how Koch invented his famous culture medium: blood serum gelatin, for those microbes that are too primed to reproduce in ordinary nutritive media. The butchers provided him with fresh, straw-colored whey from the coagulated blood of healthy cows freshly slaughtered, and warmed him carefully to destroy the strange microbes that might have contaminated him. He poured the serum into a dozen long, narrow test tubes, placing them slanted, so that they would have a larger surface where to plant the tissues from tuberculous animals, and then, with great ingenuity, heated each tube enough for the serum to solidify, giving a transparent gelatin with the free surface of bevel.

Towards the end of the nineteenth century, when the romantic hunt for the microbe began to become a normal profession to which young doctors, observant of scientific laws, and not mere prophets or reckless investigators, became less bitter for Metchnikoff, the bitter encounters with the people who had no faith in him received medals, cash prizes, and even the Germans applauded and welcomed him with respect when he entered majestically in a scientific Congress. A thousand researchers had stalked the phagocytes in the act of swallowing malefic germs, and although this did not explain in any way why a man dies of pneumonia, while another breaks to sweat and improves, there is no doubt that sometimes Phagocytes are eaten and make the pneumonia microbes disappear. So, Metchnikoff, discounting his amazing lack of logic, his intolerance, his stubbornness, really discovered a fact that can make life bearable to suffering Humanity, because someday a dreamer, a genius of experimentation, can make his appearance; solve the puzzle of why phagocytes sometimes gobble microbes and sometimes not, and even, who knows, phagocytes could always have an appetite.

Theobald Smith set out, in 1893, to answer all the intricate questions that an illness can transmit. Exterminating that insect, bathing the cattle in antiseptic solutions, to kill the ticks and keeping it in clean fields of these bugs, the fever of Texas will disappear from the earth. Currently cattle are bathed in antiseptic solutions, and Texas fever, which was a threat to the millions of cattle heads in North America, is no longer a matter of concern.

The trypanosome that caused the disease, was it a new animal from the womb of Nature, or was it simply the parasite known as nagana, discovered by Bruce, who was now killing men?
Bruce set out to clarify the question; a German from East African Portuguese had said:
-This trypanosome is a new species of bug.
To which Bruce replied:
-Nothing of that; it is simply the microbe of the nagana, which has gone from cows to men.
Then, that German, surnamed Taute, drew blood from an animal about to die of nagana, and injected himself with five cubic centimeters of this blood, which contained millions of trypanosomes, only in order to prove his claim and prove that the parasite of the nagana does not kill the man, and not happy with this, he was left to itch by a dozen tsetse flies whose intestines and salivary glands were plagued by the microbe.
And do you think that Bruce was moved by this?, Let’s listen to his observations:
– It has been a pity, from the scientific point of view, that these experiments have not had a positive result, even with all the respect for our courageous and daring colleague, because then the question would have been answered. As things have happened, these negative experiments have not proved anything, because it could happen that only one man in a thousand would be susceptible to infection in this way.
Nyassaland was the last field where Bruce gave the battle to the sleeping sickness and the one in which he was more hopeless, because that’s where he found that the «Glossina sorsitans» (that is the scientific name of the fly carrying the parasite of the sleeping sickness) not only lives on the banks of lakes and rivers, but buzzes and bites from one end of Nyassaland to another, and there is no way to escape from it; there is no possibility of moving entire nations away from their bite. Bruce remained dedicated to the problem, and spent years measuring the length of the trypanosomes and trying to find out if the nagana and the new disease were one and the same thing. He ended up not knowing, and his final words were these:
– At the present time it is not possible to carry out experiments that decide the question in one or the other way. The experiments he referred to were to inject trypanosomes from the nagana, not into one or into a hundred, but into a thousand human beings.

-We must learn to kill microbes with magic bullets.
This phrase provoked the laughter of the people, and his enemies called him «Doctor Fantasio».
But he managed to make a magic bullet! As an alchemist he was, he did something even more unusual, since he transmuted a drug, the favorite poison of the murderers, into saving medicine; Arsenic-based elaborated a menjurje to rid us of the pale microbe in the shape of a corkscrew; a germ whose attack is the reward of sin, whose bite is the cause of syphilis, the disease of the abhorrent name.
Pablo Ehrlich’s imagination was one of the most fantastic, absurd and anti-scientific.
The triumph of Ehrlich was at the same time the last refutation of his theories, so often mistaken. «Compound six hundred and six is ​​chemically combined with the human body, and, bearing, can not cause any harm.» This had been his theory …

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