Filosofía para Inconformes — Óscar de la Borbolla / Philosophy For Hipster by Óscar de la Borbolla (spanish book edition)

66D0FA9A-B0C2-4473-94B5-6BAC53A6BBF7
Este breve libro de este mexicano es un magnífico libro con un compendio de sátira, humor negro y corrosivo que nos hará más que reflexionar.

Bastaría conque en la historia hubiese habido una sola guerra, conque una sola vez se hubiera usado la razón como estrategia de exterminio, para que la humanidad completa mereciera el desprecio, para que el género humano, sin excepciones, estuviera bajo sospecha, provocara náuseas y para que desconfiáramos de todos, incluso de nosotros mismos. Una sola vez: un único contubernio de la razón con la violencia sería suficiente para probar la degeneración de la esencia del hombre.
La historia humana está bañada de sangre: no hay metro cuadrado de la superficie de la Tierra donde no se haya cometido algún asesinato fruto del cálculo, de la lógica, de la capacidad de discernir. La lectura de la historia universal muestra que pensar y matar son la misma cosa, y que no hay pueblo ni época en la que la razón resulte inofensiva.
Todo ha servido y sirve de pretexto para que la podrida naturaleza humana se manifieste: no hay asunto, idea, valor u objeto por el que no se haya matado: la historia es una cantina de pendencieros en la que cualquier cosa es motivo para desencadenar la violencia: los seres humanos se han matado igual por las posesiones materiales que por las espirituales: por el oro y por las creencias, por los ideales y por las vilezas, por las teorías científicas y por las religiones; se han matado hasta por la paz.
El odio también está en nosotros: no es tan sólo lo esencial del alma ajena: está en nuestra propia naturaleza que conspira, que mes a mes nos apaga el entusiasmo, que año tras año nos despoja de la fuerza y que, cuando triunfamos, en esas escasas y mediocres ocasiones, hace que los primeros indignos de lo conquistado seamos nosotros, pues lo logrado, sea lo que fuere, siempre se alcanza muy a pesar nuestro: sin que terminemos de entender cómo se tejieron las causas y cómo se pudieron superar nuestros errores. Nadie jamás estará a la altura de su triunfo, por vano o por grande que sea. Nunca lo alcanzado corresponde con los sueños.

Respecto a la muerte no es cruel: les permito olvidarme; soy práctica: me vuelvo invisible para que ustedes se instalen a sus anchas en la vida, se distraigan y se reproduzcan para mí. Crueles son la Enfermedad y la Vejez que, cuando llegan, se les prenden día y noche para recordarles, con el dolor y la impotencia, la «dicha» de estar vivos y, con todo, la enfermedad, aparatosa y canalla, es menos cruel que la vejez, paulatina e irreversible, pues la enfermedad contiene, siquiera, la esperanza: esa ilusión de huir de mí. Yo los dejo respirar para que mi presencia no se abarate, para que cada muerte parezca la primera, pues, por definición soy enemiga de la costumbre: yo soy, la única costumbre que siempre sorprende.
Y, aunque ustedes no lo crean, soy puntual: los tengo tan a la mano que materialmente es imposible que me retrase ni un segundo y, por ello, me repugnan los suicidas que fallan…

Existen varias formas de guardar silencio además de apretar los labios. Una es hacerse cómplice; otra, fingirse distraído y, la más frecuente, gritar a viva voz dentro de un coro. En todos los casos en los que la palabra no marca una diferencia, no propone un matiz, no objeta algo, el hombre calla. Por eso la humanidad a pesar de su estridencia es silenciosa.
La risa es la única respuesta congruente con la gran incongruencia que es la vida consciente.

La infancia es el primer manicomio que los seres humanos conocen. Imagínese —pero en serio— un sitio en el que los demás, los adultos, cualesquiera que sean, siempre tengan la razón y uno jamás: eso es la infancia.
Es tranquilizador saber que uno puede estar loco, si está tan loco como los demás. Pero también es angustiante descubrir que lo irreductible de la individualidad, nuestro aspecto más propio y exclusivo, es insania.
Nuevamente, pero ahora con disfraz científico, emerge la cachiporra que persigue al diferente: el diferente es el enemigo. Todos contra la minoría. Heráclito se mantiene perfectamente vivo: los perros siguen ladrando a lo que no conocen. La más feroz de las locuras es la locura de los psiquiatras.

Que el dolor exista es incompatible con la idea de un dios creador colmado de bondad y, también, con la creencia atea de que el mundo está ahí sin ningún propósito. El dolor tiene una razón de ser tan evidente: existe para que suframos, que su presencia delata un plan malévolo, un propósito ruin. Este plan no puede adjudicarse a Dios —sin convertirlo en un ser perverso— ni a la Naturaleza, porque en una versión estrictamente laica la Naturaleza carece de propósitos.
Metafísicamente, pues, me resulta incomprensible la razón de ser del dolor, y menos la entiendo cuando paso la vista por el mundo y descubro su obscena omnipresencia, porque no sufren unos y otros no, sino que todos sufren en algún momento y, a veces, casi en todo momento.
El dolor y su correlato, el sufrimiento, hacen del ser humano un ser en el que no se puede confiar: es posible que nuestro prójimo está demasiado partido, demasiado doblado: sería imprudente creer que sus actos son libremente adoptados. Los actos humanos verdaderamente importantes son la bastarda consecuencia de la coacción del dolor. El dolor hace del hombre no una sufriente especie digna de compasión, sino una especie taimada digna del más cauto de los recelos.
El ser humano a causa del dolor es lumpen ontológico, animal predispuesto a obedecer y a lanzarse contra lo que le ordenen.

Los seres humanos somos, por la radical desilusión, esencialmente ilusos o, mejor aún, como la realidad es repugnante, no nos ha quedado más remedio que convertirnos en desertores metafísicos; ciudadanos de utopías o de ucronías, lectores, teleadictos, vampiros de un recuerdo o profesionales de los sueños diurnos. ¿Quién vive aquí, realmente? Para que se efectúe una deserción en masa del género humano, no hace falta que se popularice la droga cibernética de la realidad virtual; esa deserción ya ha sucedido: es la historia humana.

El siglo XX, caracterizado por el mitocidio, también cava la tumba de una de las creencias a las que más fielmente se mantuvo en su primera mitad: el mito de que la tecnología era una panacea. Hoy ralean los aplausos al progreso, ya no es unánime la consideración de que Prometeo sea nuestro benefactor y el proyecto de la modernidad soñado por Francis Bacon: ampliar gracias a los inventos el reinado del hombre sobre el cosmos, ha llegado a su fin. Estamos despertando a un mundo hecho pedazos, a un muladar donde miles de especies —que ni siquiera alcanzaron la clasificación de los zoólogos, los botánicos o los entomólogos— han desaparecido. El cielo azul —azul de ozono— se pica por aquí y por allá como una cubeta de lámina corriente. Testereamos el eje magnético de la Tierra con una bomba de neutrones y la temperatura va en aumento: dentro de poco, los llamados hielos eternos de los polos serán simples icebergs a la deriva, islas flotantes que desaparecerán como un suspiro en los mares tropicales que, a su vez, engullirán las costas.
Lo único bueno, en medio de esta devastación, es que también desaparecen los fanáticos del progreso, aquellos que hace todavía unas décadas tachaban, con repudio estridente, de meros reaccionarios y de pesimistas a quienes se atrevían a disentir de la fe ciega en el mañana: hoy ya es tangible la idea de que el futuro no será de nadie.

El que ríe al último es un pobre vengativo que se amarga esperando su oportunidad; es mejor reír desde el principio, porque quien ríe primero, ríe dos veces y porque lo reído nadie nos lo quita.

MANIFIESTO INCONFORME.
Contra Quien Corresponda:
Sofocados por el absoluto control que mantiene descerebrada a nuestra sociedad; hartos de la andanada de mentiras con las que el poder se maquilla en los medios de comunicación; alarmados por las prácticas homicidas con las que se aplasta cualquier forma de disidencia, por más cauta y moderada que sea, e indignados por el actual estado de injusticia que hunde en la indigencia al 99.99 por ciento de la población, mientras que el 0.01 por ciento se ceba en las delicias de la opulencia, hacemos un llamado a todos aquellos que aún posean un poco de dignidad, de moral y de sentido de justicia, para emprender la transformación que la más insignificante dosis de conciencia está reclamando.
Sabemos que nuestro grito tronará en el desierto, que se han envilecido los ideales, que el poder —para garantizar su inmunda pervivencia— ha socavado los valores haciendo que las banderas de las mejores causas se conviertan en trapeadores que ondean en el fango del relativismo. Sabemos que, a fuerza de vivir en la opresión de este odioso sistema, se ha terminado por admitir lo inadmisible como la cosa más natural del mundo y que son unos cuantos quienes perciben hoy la diferencia que hay entre vivir de pie y vivir de rodillas. Sabemos que es inútil y suicida todo intento de rebelión, pero nos mueve una certeza: la seguridad de que la razón nos asiste, de que la justicia está de nuestro lado y de que nuestro triunfo se podrá aplazar pero llegará inevitablemente, pues hacia nuestra meta se orientan el sentido mismo de la historia y los más auténticos anhelos del pueblo.
No habrá poder capaz de sostener indefinidamente esta tiranía: ni la colosal fuerza pública que se cierne sobre nosotros y que se arroja sobre cualquier asomo de inconformidad, ni esa moderna fuerza de la tecnología bélica que las espurias potencias extranjeras han ofrecido para sometemos, ni siquiera esa campaña sistemática para persuadirnos de que nuestra sociedad va a componerse, nada: ni la indiferencia hipnótica de las masas ni la muerte podrán impedir la marcha hacia nuestros ideales de justicia y libertad. Algún día, así tenga que salir a flote como una burbuja en un mar de sangre, llegará el mundo que soñamos. No importa que la sociedad esté adormecida. No importa el número de los traidores a la causa. No importa la magnitud del exterminio de que podamos ser objeto. Hay algo que es insobornable: la pujanza de una vanguardia convencida de que el futuro habrá de ser distinto, de que el futuro tarde o temprano será nuestro.

Quizás seamos ontófobos…

This short book by this Mexican is a magnificent book with a compendium of satire, black and corrosive humor that will make us more than reflect.

It would be enough if there had been only one war in history, once reason had been used as a strategy of extermination, so that the entire humanity deserved contempt, so that the human race, without exception, was under suspicion, provoked nausea and so that we distrust everyone, including ourselves. Only once: a single conspiracy of reason with violence would be enough to prove the degeneration of the essence of man.
Human history is bathed in blood: there is no square meter of the surface of the Earth where no murder has been committed as a result of calculation, of logic, of the ability to discern. The reading of universal history shows that thinking and killing are the same thing, and that there is no town or time in which reason is harmless.
Everything has served and serves as a pretext for the rotten human nature to be manifested: there is no issue, idea, value or object for which it has not been killed: the story is a quarrel of quarrelsome in which anything is reason to unleash the violence: human beings have been killed equally for material possessions that for spiritual possessions: for gold and for beliefs, for ideals and for vileness, for scientific theories and for religions; they have killed themselves for peace.
Hate is also in us: it is not only the essence of the alien soul: it is in our own nature that it conspires, that month after month the enthusiasm quenches us, that year after year strips us of strength and that, when we triumph, in those few and mediocre occasions, makes the first unworthy of the conquered we are, because what has been achieved, whatever it may be, is always achieved in spite of us: without we finish understanding how the causes were woven and how our mistakes. No one will ever be equal to his triumph, however vain or great. Never what has been achieved corresponds with dreams.

Regarding death is not cruel: I allow you to forget me; I am practical: I become invisible so that you can settle down at your ease in life, become distracted and reproduce for me. Cruel are the Disease and the Oldness that, when they arrive, are lit day and night to remind them, with pain and impotence, the «happiness» of being alive and, nevertheless, the disease, spectacular and rogue, is less cruel that the old age, gradual and irreversible, because the disease contains, even, the hope: that illusion of running away from me. I let them breathe so that my presence does not become lower, so that each death seems the first, because, by definition, I am the enemy of custom: I am the only custom that always surprises.
And, although you do not believe it, I am punctual: I have them so close at hand that materially it is impossible for me to be delayed for a second and, therefore, I dislike the suicidal ones who fail …

There are several ways to keep quiet as well as tighten your lips. One is to become an accomplice; another, to pretend distracted and, the most frequent, shout loudly inside a choir. In all cases where the word does not make a difference, it does not propose a nuance, it does not object, the man is silent. That is why humanity, despite its stridency, is silent.
Laughter is the only answer consistent with the great incongruity that is conscious life.

Childhood is the first insane asylum that human beings know. Imagine – but seriously – a place where others, adults, whatever they are, are always right and one is never: that is childhood.
It is reassuring to know that one can be crazy, if one is as crazy as others. But it is also distressing to discover that the irreducibility of individuality, our most exclusive aspect, is insanity.
Again, but now with scientific disguise, the blackjack that pursues the different one emerges: the different one is the enemy. All against the minority. Heraclitus is perfectly alive: the dogs keep barking at what they do not know. The fiercest of madness is the madness of psychiatrists.

That pain exists is incompatible with the idea of ​​a creator god filled with goodness and, also, with the atheist belief that the world is there without any purpose. Pain has a reason to be so obvious: it exists for us to suffer, that its presence betrays a malicious plan, a mean purpose. This plan can not be attributed to God -without making him a perverse being- nor to Nature, because in a strictly secular version Nature has no purpose.
Metaphysically, then, the rationale for pain is incomprehensible, and less I understand it when I look around the world and discover its obscene omnipresence, because not everyone does not suffer, but everyone suffers at some point and sometimes , almost at all times.
Pain and its correlate, suffering, make the human being a being that can not be trusted: it is possible that our neighbor is too divided, too doubled: it would be unwise to believe that his actions are freely adopted. The truly important human acts are the bastard consequence of the coercion of pain. Pain makes man not a suffering species worthy of compassion, but a taimada species worthy of the most cautious of misgivings.
The human being because of the pain is lumpen ontological, animal predisposed to obey and to throw itself against what they order.

Human beings are, by radical disillusionment, essentially deluded or, better yet, as reality is repugnant, we have no choice but to become metaphysical defectors; citizens of utopias or uchronies, readers, couch potatoes, vampires of a memory or professionals of daydreams. Who lives here, really? For a mass desertion of the human race, it is not necessary to popularize the cybernetic drug of virtual reality; That defection has already happened: it’s human history.

The twentieth century, characterized by the myth, also digs the tomb of one of the beliefs to which it most faithfully remained in its first half: the myth that technology was a panacea. Today the applause to progress is less than unanimous, the consideration that Prometheus is our benefactor and the project of modernity dreamed by Francis Bacon: to extend thanks to inventions the reign of man over the cosmos, has come to an end. We are awakening to a world in pieces, to a dunghill where thousands of species -which have not even reached the classification of zoologists, botanists or entomologists- have disappeared. The blue sky – blue ozone – is itched here and there like a bucket with an ordinary sheet. We test the magnetic axis of the Earth with a neutron bomb and the temperature is increasing: soon, the so-called eternal ice of the poles will be simple drifting icebergs, floating islands that will disappear like a sigh in the tropical seas that, in turn, they will engulf the coasts.
The only good thing, in the midst of this devastation, is that the fanatics of progress also disappear, those who a few decades ago crossed out, with shrill repudiation, mere reactionaries and pessimists who dared to disagree with the blind faith in the future. : Today the idea that the future will belong to no one is already tangible.

The one who laughs at the last is a poor vengeful who gets bitter waiting for his chance; it is better to laugh from the beginning, because who laughs first, laughs twice and because we laughed, no one takes it from us.

UNHAPPY MANIFEST
Against Who It Corresponds:
Stifled by the absolute control that keeps our society brainless; fed up with the barrage of lies with which the power puts on makeup in the media; alarmed by the murderous practices with which any form of dissent is crushed, no matter how cautious and moderate, and outraged by the current state of injustice that plunges into destitution 99.99 percent of the population, while 0.01 percent is fattened on the delights of opulence, we appeal to all those who still possess a little dignity, morality and a sense of justice, to undertake the transformation that the most insignificant dose of conscience is claiming.
We know that our cry will thunder in the desert, that the ideals have been debased, that the power – to guarantee its filthy survival – has undermined the values ​​making the flags of the best causes become moppers that wave in the mire of relativism. We know that, by dint of living in the oppression of this odious system, it has ended by admitting the inadmissible as the most natural thing in the world and that there are a few who today perceive the difference between living and standing on their knees. We know that any attempt at rebellion is useless and suicidal, but it moves us a certainty: the assurance that reason is present for us, that justice is on our side and that our triumph can be postponed but will inevitably arrive, because towards our goal the very meaning of history and the most authentic wishes of the people are oriented.
There will be no power capable of sustaining this tyranny indefinitely: neither the colossal public force that looms over us and that throws itself on any hint of discontent, nor that modern force of war technology that the spurious foreign powers have offered to subdue, not even that systematic campaign to persuade us that our society is going to be composed, nothing: neither the hypnotic indifference of the masses nor the death will be able to impede the march toward our ideals of justice and freedom. Someday, even if it has to float like a bubble in a sea of ​​blood, the world we dream will arrive. It does not matter that society is numbed. No matter the number of traitors to the cause. No matter the magnitude of the extermination of which we can be object. There is something that is incorruptible: the strength of a vanguard convinced that the future will be different, that the future sooner or later will be ours.

Maybe we’re ontophobes …

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.