Los cheyenes — John H. Moore / The Cheyenne by John H. Moore

Este es otro magnífico libro sobre esa tribu de indios norteamericanos, los «orígenes de los cheyenes» necesitamos determinar quiénes fueron los antepasados de los cheyenes, y dónde vivieron, tan atrás en la historia y prehistoria como nos permitan las pruebas. Actualmente los métodos más fiables son proporcionados por los campos de la lingüística, la arqueología, y la biología humana. Sin embargo, los métodos de estos tres campos se basan en premisas que están abiertas a la crítica y producen resultados que, hasta cierto punto, deben considerarse inciertos. Pero la convergencia de las pruebas indica que los cheyenes están entre los pueblos algonquinos de Norteamérica, y que tuvieron su origen en el subártico.

Cuando se menciona por primera vez a los cheyenes en documentos históricos, en el siglo XVII, se dice que vivían justo al oeste del río Mississippi en Minnesota, en el área entre Mille Lacs y el río. Sin embargo, trazar su migración desde la localización en las Grandes Llanuras es muy difícil debido a dos tipos de problemas que todos los etnohistoriadores deben afrontar. El primero de ellos, que las tribus, naciones y etnias con frecuencia cambian sus nombres para reflejar una nueva orientación geográfica, o cambio cultural, o condición política. Esto es universalmente cierto. Por ejemplo, los colonos británicos en Norteamérica se convirtieron en «americanos» en el siglo XVII y luego en «canadienses» o «yanquis», mientras que los ciudadanos del país de origen algunas veces dudaban entre ser ingleses, británicos o escoceses, dependiendo de la ascendencia y el contexto social. El segundo problema es que frecuentemente una nación es conocida con diferentes nombres por sus diferentes vecinos. Por ejemplo, el pueblo que los anglófonos llaman «Germans» los franceses lo llaman «allemand», los holandeses «duitser», y los polacos «niemiecki», mientras que los propios alemanes se llaman a sí mismos «Deutsch». En el caso de los cheyenes, el nombre con el que se denominan a sí mismos, a menudo escrito «tsistsistas», no aparece en forma escrita hasta 1884, doscientos años después de que se los mencionase en documentos históricos.
“Cheyén» es una transcripción aproximada del término que los dakotas (a los que frecuentemente se menciona por su despectivo nombre Chippewa de «siux», que quiere decir «serpiente») aplicaban a las naciones que hablaban una lengua extranjera pero a las que no se consideraba enemigas. Así, a aquellas tribus cuya lengua entendían las llamaban «hablantes blancos», y a las que no entendían las llamaban «hablantes rojos».

Los cheyenes se distinguían por tener tipis «blancos como el lino» debido a que el proceso de curtido utilizado producía pieles de bisonte blancas. Esta blancura se realzaba con la aplicación de arcilla blanca o de selenita cocida, un tipo de yeso. Cuando se utilizaba selenita, los tipis no sólo eran blancos sino que realmente centelleaban al sol. Después de unos pocos meses de uso invernal, las casas se oscurecían alrededor de los agujeros para el humo, pero aun entonces, la impresión prevaleciente de un campamento cheyén era que los tipis eran blancos. Después de que empezasen a utilizar la lona, los cheyenes todavía conservaron la tradición de los tipis blancos, aunque algunas de las otras tribus teñían las lonas de colores brillantes.
Otra característica de los campamentos cheyenes era que entre los tipis blancos había unos pocos que estaban pintados de forma espléndida y colorida con motivos geométricos, símbolos naturales y escenas de guerra.
Cuando los cheyenes iban a la guerra contra otras tribus, como los kiowas o los crows, a los guerreros les llevaba mucho tiempo prepararse. Primero tenían que comprobar su caballo de guerra y asegurarse de que estaba en buena forma, preparado para correr, y que sus cascos estuviesen limpios y arreglados. Si era un caballo medicina, tenían que cantarle, y quizás cepillarlo con un ala de águila o con salvia, o aplicar pintura o algún tipo de medicina. Los guerreros tenían que comprobar su propio paquete medicinal, para asegurarse de que todo estaba allí y que tenían suficiente pintura. Quizás tuviesen que ayunar o abstenerse de mujeres durante un tiempo antes de marcharse, como parte de su medicina. Tenían que comprobar y reparar sus armas, sus sillas de montar, y su equipo. Si tenían una lanza o escudo medicina tenían que extenderlo en el suelo y fumar, o quizás cantar algunas canciones.
Una minoría de guerreros cheyenes llevaban látigos en la batalla. Los había de dos tipos: el tipo corto y rígido para palmear el costado del caballo que se estaba cabalgando, y los largos «látigos toro» de entre dos metros y medio y tres metros de longitud. Los látigos cortos, que algunos hombres llevaban para acelerar sus caballos, se utilizaban meramente para contar golpes sobre un enemigo al palmearle en el brazo o en el cuerpo. Los látigos toro se usaban principalmente para enrollarlos alrededor del cuello, brazo o torso del enemigo y tirarlo del caballo. Sin embargo el peligro de dicha táctica era que el enemigo podía agarrar el látigo y tirar al guerrero cheyén de su propio caballo. Para evitarlo, el látigo de guerra no tenía correa para la muñeca.

Los nombres habituales atribuidos a las sociedades cheyenes, junto con algunos de sus atributos culturales, son los siguientes:
— Guerreros Cuerda de Arco: arcos lanza, el oso como tótem, tocados de guerra, camisas de guerra.
— Guerreros Lobo: el lobo como tótem, lanzas rectas con plumas de águila, danza del fuego, danza de la lanza.
— Perros Locos: versión de los Cuerda de Arco de los cheyenes del norte, danza loca.
— Escudos Rojos: tocados de pluma de cuervo, porras dentadas, maracas en forma de rosco, cuerdas de perro.
— Guerreros Zorro: sílex, pieles de zorro sagradas.
— Guerreros Alce: cascabeles en los cascos de los caballos, raspadores de cuerno de alce, lanzas en gancho, juegos de aros.

Dos fuerzas demográficas opuestas empezaron a operar en la población cheyén después de que irrumpieran en las praderas en los siglos XVII y XVIII. Por un lado, la gran cantidad de alimentos y el nivel más elevado de proteínas obtenido de un mayor suministro de carne de bisonte crearon, por lo general, una mejor nutrición y menos enfermedades, y, por lo tanto, una tasa de fertilidad más elevada para la población. Aunque los cheyenes, como otros pueblos indios, conocían varios métodos de control de la natalidad, en su nuevo medio ambiente no existían razones de peso para el control de la tasa de natalidad: cuantos más hijos, mejor. Había abundancia de comida y de trabajos por hacer. Por otro lado, y actuando sobre la población en dirección opuesta, estaban las nuevas enfermedades europeas que se iban extendiendo por todo el continente en epidemias recurrentes, enfermedades para las cuales los sistemas inmunitarios de los indígenas americanos no estaban totalmente preparados, y para los que no poseían una respuesta cultural estándar.
Entre los cheyenes, los nombres tradicionales se consideran propiedad personal, y una persona que desea renunciar a un nombre debe recibir un regalo del destinatario. Algunas personas tienen más de un nombre, y los nombres pueden cogerse prestados para propósitos especiales. Especialmente el nombre Mujer Rayo se le presta a las chicas jóvenes si están enfermas, retomando el nombre al propietario, normalmente un abuelo o persona medicina, cuando la chica está mejor.
Los cheyenes a veces dan nombres obscenos e insultantes a la gente que no les gusta, tales como funcionarios de la Oficina de Asuntos Indios (OAI), misioneros…

Los relatos cheyenes se presentan a menudo como si fuesen transparentes o se explicasen por sí mismos, sin que necesiten un contexto cultural o un marco histórico para entendérselos con claridad. Y realmente es cierto que dichos relatos poseen un misterio y encanto inherentes que no dependen de que el oyente conozca demasiado sobre los cheyenes. Poseen un cierto valor literario simplemente en base a las inteligentes caracterizaciones de los relatos y a los maravillosos logros de los héroes.
Pero argumentaría que los relatos tiene más significado si uno conoce la sociedad e historia cheyén, y especialmente los valores morales, éticos, religiosos y estéticos que han sido importantes para los cheyenes. Sucede lo mismo con las tradiciones angloamericanas.
Entre los cheyenes, al hablar sobre los ancianos, no existen demasiadas referencias sobre las incapacidades físicas de la vejez. En su lugar, les gusta decir lo sanos y fuertes que son sus ancianos y el buen aspecto que tienen. Los achaques y las enfermedades, se atribuyen a otros factores, y no se consideran una parte inevitable del envejecimiento. En los relatos cheyenes, por lo tanto, uno espera que los personajes ancianos sean entendidos y tratados con respeto, y que se trate a los jóvenes de forma despreocupada. Sorprende cuando se da el caso contrario.
Los cheyenes utilizan la palabra inglesa medicine (medicina) no sólo para designar una hierba o amuleto, sino todo el cuerpo de conocimientos que éste simboliza. Las tareas normales y cotidianas que tocos saben cómo realizar —cocinar, vestirse, limpiar la casa, arreglar una herramienta— no requieren un conocimiento especial, pero existan muchas habilidades que necesitan de una persona entendida, normalmente un anciano, que la enseñe. Para las mujeres, esto incluye tareas tales como la artesanía con cuentas, la confección de tipis y la partería. Para los hombres, las tareas son principalmente religiosas y ceremoniales, pero también incluyen la creación de medicinas de guerra, la confección de pipas y el adiestramiento de caballos.

Quizás el libro más popular que supuestamente era sobre religión cheyén sea Seven Arrows [Las siete flechas] de Hyemeyohsts Storm, que todavía se edita y se encuentra dispuesto de forma destacada en las librerías. Inmediatamente después de su publicación, en 1972, los sacerdotes y jefes cheyenes hicieron una gran protesta pública, forzando al autor y al editor a revisar el texto y a anunciar sus reivindicaciones.
Ofrecido al principio como una descripción de creencias y prácticas esotéricas cheyenes, el libro contenía muy poco que fuese familiar a los sacerdotes cheyenes.
Sin duda para gente este libro es un fraude…
Un escritor destacado sobre religión cheyén es el padre Peter Powell, que ciertamente no es fraudulento ni embustero, que ha dedicado muchos años al bienestar de los indios a través de su ministerio en el Centro de San Agustín en Chicago. El problema aquí está en que el padre Powell es un convencido y practicante sacerdote anglicano, y tiende a tener, en mi opinión, una perspectiva sobre la religión cheyén que está distorsionada por sus propias convicciones cristianas.

El episodio que más contribuyó a la destrucción de la cultura y sociedad cheyén a finales del siglo XIX, más que la masacre de Sand Creek, más que cualquier cosa hecha por el general Custer, fue la parcelación en propiedad. Tal como se subraya en el Acta Dawes, aprobada por el Congreso en 1888, la parcelación en propiedad fue un plan para distribuir pequeñas porciones de tierra, parcelas, a cada individuo indio, y vender el resto de la reserva, el «excedente» de tierra, a los blancos. Para los cheyenes del sur y los arapahoes, el «excedente» de tierra ascendía a seis séptimos de la reserva, unos doce mil kilómetros cuadrados. La parcelación en propiedad fue apoyada en el Congreso estadounidense por una extraña alianza de intereses. Por un lado, los intereses agrarios y los verdaderos especuladores inmobiliarios estaban ansiosos de poner la tierra a subasta en beneficio propio, mientras que los congresistas progresistas se engañaron a sí mismos pensando que si los individuos indios tuviesen tan sólo un poco de tierra propia, rápidamente se parecerían a los blancos, cultivarían con arados, aprenderían inglés, construirían casas, abandonarían sus familias extensas para formar familias nucleares, y se harían cristianos.

Los intercambios de regalos son necesarios en la cultura cheyén para reconocer muchos tipos de acontecimientos: la elección como jefe o funcionario tribal, un funeral, un aniversario, la graduación del instituto o de la escuela universitaria, la elección para una sociedad de guerreros, o recibir un nombre, sólo por mencionar los acontecimientos más comunes. En cada caso, los destinatarios de un regalo simbolizan la legitimidad del honor, demostrando por lo demás su solidaridad con el donante, simplemente asistiendo al intercambio de regalos y aceptándolos. Normalmente, el intercambio de regalos está precedido por un «dar de comer»; una comida que proporcionan los patrocinadores a todos los que vienen. Existe una gran libertad sobre cuándo puede celebrarse un intercambio de regalos para reconocer un acontecimiento significativo.
Otra forma de homenajear a una persona, aparte del intercambio de regalos, es patrocinar un «especial» durante un pow-wow. Para un especial, se les pide a los cantantes que canten una canción apropiada, y la persona homenajeada se pone un chal o manta y se alinea con los patrocinadores en la primera fila de un grupo de danzarines. Cuando empieza la canción, la familia y los que apoyan al homenajeado se mueven lentamente en el sentido de las agujas del reloj alrededor del tambor, mientras que los demás asistentes colocan dinero en un sombrero que se ha puesto delante y luego se unen al desfile. El homenajeado no se queda con el dinero, naturalmente, sino que normalmente se lo da a los cantantes, a un anciano, a alguna princesa vestida con ropas tradicionales, o a un soldado de uniforme que asista al pow-wow.

Una mujer mencionó que cada vez que seguía una de esas pequeñas reglas de vida que le enseñaron sus mayores, le hacía sentir más india, más cheyén. Algunas de las reglas de vida que escribió para mí durante las siguientes semanas son como siguen:
1. No lulu (ulular) a menos que retorne un soldado.
2. No enterrar a tu familia con plumas; la plumas pertenecen al cielo.
3. Cuando un niño pequeño mira entre sus piernas, está buscando a su hermano/a no nacido.
4. No barrer la casa después de que haya oscurecido; podrías barrer por error a un espíritu que pertenezca a alguien de la casa.
5. Coge a un bebé que llora. Si creen que no son deseados, pueden morir y volver al mundo de los espíritus.
6. No camines a través de pequeños remolinos de polvo; son espíritus perdidos.
7. No lleves la ropa de nadie que no sea de la familia; podrías perder tu propia personalidad y llegar a ser como ellos.
8. No imites a gente lisiada, o la imitación se hará permanente.
9. No llores a menos que lo sientas, o se te dará algo real para que llores.
10. Si te zumba el oído derecho tendrás buenas noticias; si lo hace el izquierdo serán malas.
11. Cuando llames a tus hijos, utiliza siempre los nombres cheyenes, para asegurarte de que todos sus espíritus están reunidos.
12. No te sientes fuera después de oscurecer; un espíritu podría torcerte la boca.
13. Trata a los perros con amabilidad, pues en el pasado a menudo hacían sonar la alarma y salvaban a los cheyenes.
Y lo más importante,
14. No bromees con tus hermanos y hermanas.
15. Deja que hablen los hombres.
16. Obedece a tus abuelos.
17. Mala suerte:
Tu tipi se cae
Molestar el hogar de un pájaro o de un animal
Oír a un búho
Un pájaro que entre en tu casa
18. Buena suerte:
Un caballo blanco pastando que te mira
Una estrella fugaz en una noche oscura
Un águila volando a tu lado mientras conduces el coche.

This is another magnificent book about that tribe of American Indians, the «origins of the Cheyenne» we need to determine who were the ancestors of the Cheyenne, and where they lived, as far back in history and prehistory as the trials allow us. Currently the most reliable methods are provided by the fields of linguistics, archeology, and human biology. However, the methods of these three fields are based on premises that are open to criticism and produce results that, to a certain extent, should be considered uncertain. But the convergence of the evidence indicates that the Cheyennes are among the Algonquin peoples of North America, and that they originated in the subarctic.

When Cheyenne is first mentioned in historical documents, in the seventeenth century, it is said that they lived just west of the Mississippi River in Minnesota, in the area between Mille Lacs and the river. However, trace their migration from the location in the Great Plains is very difficult due to two types of problems that all ethnohistorians must face. The first of them, that tribes, nations and ethnic groups often change their names to reflect a new geographical orientation, or cultural change, or political condition. This is universally true. For example, British settlers in North America became «Americans» in the seventeenth century and then «Canadians» or «Yankees,» while the citizens of the country of origin sometimes hesitated between being English, British or Scottish, depending on whether they were British or British. descent and social context. The second problem is that often a nation is known by different names by its different neighbors. For example, the people that the Anglophones call «Germans» the French call «allemand», the Dutch «duitser», and the Poles «niemiecki», while the Germans themselves call themselves «Deutsch». In the case of the Cheyenne, the name by which they call themselves, often written «tsists», does not appear in written form until 1884, two hundred years after they were mentioned in historical documents.
«Cheyenne» is an approximate transcription of the term that the Dakotas (often referred to by their contemptuous name Chippewa of «Sioux», which means «serpent») applied to nations that spoke a foreign language but did not They considered themselves enemies, so those tribes whose language they understood were called «white speakers», and those they did not understand they called «red speakers».

The Cheyenne were distinguished by having «white as linen» teepees because the tanning process used produced white bison skins. This whiteness was enhanced by the application of white clay or cooked selenite, a type of plaster. When selenite was used, the tipis were not only white but actually sparkled in the sun. After a few months of winter use, the houses darkened around the holes for the smoke, but even then, the prevailing impression of a Cheyenne camp was that the teepees were white. After they began to use the canvas, the Cheyenne still retained the tradition of white tepees, although some of the other tribes dyed brightly colored canvases.
Another characteristic of the Cheyenne camps was that among the white teepees there were a few that were painted splendidly and colorful with geometric motifs, natural symbols and scenes of war.
When the Cheyenne went to war against other tribes, like the Kiowas or the Crows, the warriors took a long time to prepare. First they had to check their war horse and make sure he was in good shape, ready to run, and that his helmets were clean and tidy. If it was a medicine horse, they had to sing it, and perhaps brush it with an eagle wing or sage, or apply paint or some kind of medicine. The warriors had to check their own medicine package, to make sure everything was there and that they had enough paint. Maybe they had to fast or abstain from women for a while before they left, as part of their medicine. They had to check and repair their weapons, their saddles, and their equipment. If they had a medicine spear or shield they had to spread it on the ground and smoke, or maybe sing some songs.
A minority of Cheyenne warriors carried whips in battle. There were two types: the short, rigid type to clap the side of the horse that was riding, and the long «bull whips» between two meters and a half and three meters in length. The short whips, which some men carried to accelerate their horses, were used merely to count blows on an enemy by patting him on the arm or body. The bull whips were used mainly to roll them around the neck, arm or torso of the enemy and to throw it of the horse. However, the danger of such a tactic was that the enemy could grab the whip and throw the Cheyenne warrior from his own horse. To avoid this, the war whip had no wrist strap.

The usual names attributed to Cheyenne societies, along with some of their cultural attributes, are the following:
– Warriors Rope of Arc: arches spear, the bear as a totem, war headdresses, war shirts.
– Wolf warriors: the wolf as a totem, straight spears with eagle feathers, dance of fire, dance of the spear.
– Dogs Locos: version of the Bow of the cheyenne of the north, crazy dance.
– Red Shields: crow feather headdresses, jagged clubs, maracas in the shape of a rosco, dog ropes.
– Fox warriors: flint, sacred fox skins.
– Elk warriors: bells on horses’ hooves, elk horn scrapers, hook spears, ring games.

Two opposing demographic forces began operating in the Cheyenne population after they broke into the prairies in the 17th and 18th centuries. On the one hand, the large amount of food and the higher level of protein obtained from a greater supply of bison meat generally created better nutrition and fewer diseases, and, therefore, a higher fertility rate for the population. Although the Cheyennes, like other Indian peoples, knew several methods of birth control, in their new environment there were no compelling reasons for controlling the birth rate: the more children, the better. There was an abundance of food and work to be done. On the other hand, and acting on the population in the opposite direction, were the new European diseases that were spreading throughout the continent in recurrent epidemics, diseases for which the immune systems of the Native Americans were not fully prepared, and for which they did not have a standard cultural response.
Among cheyennes, traditional names are considered personal property, and a person who wishes to renounce a name must receive a gift from the recipient. Some people have more than one name, and names can be borrowed for special purposes. Especially the name Lightning Woman is given to young girls if they are sick, taking the name back from the owner, usually a grandparent or medicine person, when the girl is better.
Cheyennes sometimes give obscene and insulting names to people they do not like, such as officials from the Office of Indian Affairs (OAI), missionaries …

Cheyenne stories are often presented as if they were transparent or self-explanatory, without needing a cultural context or a historical framework to understand them clearly. And it is really true that these stories have an inherent mystery and charm that does not depend on the listener knowing too much about the Cheyenne. They have a certain literary value simply based on the intelligent characterizations of the stories and the wonderful achievements of the heroes.
But I would argue that the stories have more meaning if one knows Cheyenne society and history, and especially the moral, ethical, religious and aesthetic values ​​that have been important to the Cheyenne. The same thing happens with the Anglo-American traditions.
Among the Cheyenne, when talking about the elderly, there are not many references to the physical disabilities of old age. Instead, they like to say how healthy and strong their elders are and how good they look. Ailments and diseases are attributed to other factors, and are not considered an inevitable part of aging. In the Cheyenne stories, therefore, one expects the elderly characters to be understood and treated with respect, and to treat the young people carelessly. It is surprising when the opposite occurs.
The cheyennes use the English word medicine (medicine) not only to designate an herb or amulet, but the whole body of knowledge that it symbolizes. The normal and daily tasks that play know how to perform-cooking, dressing, cleaning the house, fixing a tool-do not require special knowledge, but there are many skills that need an understanding person, usually an elder, to teach. For women, this includes tasks such as beaded crafts, making tepees and midwifery. For men, the tasks are mainly religious and ceremonial, but they also include the creation of war medicines, the making of pipes and the training of horses.

Perhaps the most popular book that supposedly was about Cheyenne religion is Seven Arrows, which is still published and is prominently displayed in bookstores. Immediately after its publication, in 1972, the Cheyenne priests and chiefs made a great public protest, forcing the author and editor to review the text and announce their claims.
Originally offered as a description of Cheyenne esoteric beliefs and practices, the book contained very little that was familiar to the Cheyenne priests.
No doubt for people this book is a fraud …
A prominent writer on Cheyenne religion is Father Peter Powell, who is certainly not fraudulent or deceitful, who has devoted many years to the well-being of Indians through his ministry at the St. Augustine Center in Chicago. The problem here is that Father Powell is a convinced and practicing Anglican priest, and tends to have, in my opinion, a perspective on Cheyenne religion that is distorted by his own Christian convictions.

The episode that most contributed to the destruction of Cheyenne culture and society in the late nineteenth century, more than the Sand Creek massacre, more than anything made by General Custer, was ownership parcelling. As underlined in the Dawes Act, passed by Congress in 1888, the parceling into property was a plan to distribute small portions of land, parcels, to each Indian individual, and sell the rest of the reserve, the «surplus» of land, to whites. For the South Cheyenne and the Arapaho, the «surplus» of land amounted to six sevenths of the reserve, some twelve thousand square kilometers. The parcelling in property was supported in the US Congress by a strange alliance of interests. On the one hand, the agrarian interests and the real estate speculators were eager to put the land on auction for their own benefit, while the progressive congressmen deceived themselves thinking that if the Indian individuals had only a little land of their own, quickly they would resemble whites, cultivate with plows, learn English, build houses, abandon their extended families to form nuclear families, and become Christians.

Exchanges of gifts are necessary in the Cheyenne culture to recognize many types of events: the election as chief or tribal official, a funeral, an anniversary, the graduation of the institute or the university school, the election for a society of warriors, or receive a name, just to mention the most common events. In each case, the recipients of a gift symbolize the legitimacy of the honor, demonstrating for the rest their solidarity with the donor, simply by attending the exchange of gifts and accepting them. Normally, the exchange of gifts is preceded by a «feeding»; a meal that the sponsors provide to all who come. There is great freedom over when a gift exchange can be held to recognize a significant event.
Another way to honor a person, apart from the exchange of gifts, is to sponsor a «special» during a pow-wow. For a special, the singers are asked to sing an appropriate song, and the honored person puts on a shawl or blanket and lines up with the sponsors in the front row of a group of dancers. When the song begins, the family and those supporting the honoree move slowly in a clockwise direction around the drum, while the other attendees place money in a hat that has been placed in front and then join the parade. The honoree does not keep the money, naturally, but usually gives it to singers, an old man, a princess dressed in traditional clothes, or a soldier in uniform who attends pow-wow.

One woman mentioned that each time she followed one of those little rules of life that her elders taught her, it made her feel more Indian, more cheyenne. Some of the rules of life that he wrote for me during the following weeks are as follows:
1. No lulu (hoot) unless a soldier returns.
2. Do not bury your family with feathers; the feathers belong to heaven.
3. When a small child looks between his legs, he is looking for his unborn brother.
4. Do not sweep the house after it has darkened; You could mistakenly sweep away a spirit that belongs to someone in the house.
5. Take a crying baby. If they believe they are unwanted, they can die and return to the spirit world.
6. Do not walk through small swirls of dust; they are lost spirits.
7. Do not wear the clothes of anyone other than the family; You could lose your own personality and become like them.
8. Do not imitate crippled people, or imitation will become permanent.
9. Do not cry unless you feel it, or you will be given something real to cry on.
10. If your right ear buzzes you will have good news; if he does the left one they will be bad.
11. When you call your children, always use the Cheyenne names, to make sure that all your spirits are gathered.
12. Do not sit outside after dark; a spirit could twist your mouth.
13. Treat dogs with kindness, as in the past they often sounded the alarm and saved the Cheyenne.
And the most important,
14. Do not joke with your brothers and sisters.
15. Let the men talk.
16. Obey your grandparents.
17. Bad luck:
Your tipi falls
Disturb the home of a bird or an animal
Hear an owl
A bird that enters your house
18. Good luck:
A white horse grazing that looks at you
A shooting star in a dark night
An eagle flying beside you as you drive the car.

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