Viaje a la libertad económica: Por qué el gasto esclaviza y la austeridad libera — Daniel Lacalle

Este es un libro del autor donde nos cuenta que en su casa tuvo diferentes concepciones políticas por el abuelo y su padre y nos habla de su fascinación por las estrellas de rock aplicadas al negocio. Este libro es enormemente interesante, aunque adolece de un exceso de ideología. Basta saber que los personajes considerados ejemplares, por Daniel Lacalle, sean Reagan y Margaret Tatcher. Como los países nórdicos son ejemplo de bienestar y competitividad, contradiciendo las propuestas liberales, ya que tienen una fiscalidad que da al Estado alta capacidad de intervención, Lacalle se centra en Suecia diciendo que la ciudadanía se hartó de esa intervención y votó al partido conservador, sin saber que, después de publicado el libro, han vuelto a votar por la socialdemocracia. De Finlandia tiene la excusa de que los finlandeses tienen una gran capacidad de iniciativa, pero no dice nada de Dinamarca, el país con menos desempleo y más altas cotas de fiscalidad (60% del PIB), y en el que cuando algún líder habló de bajar impuesto, hubo una movilización general en contra de esa bajada, ya que se temía un recorte en servicios de bienestar.

Hoy estamos creando una Unión Europea que obedece a principios muy similares a los de los satélites soviéticos: la planificación centralizada, un politburó todopoderoso que decide por todos dónde, cómo y cuándo se debe invertir, que no responde ante sus errores y reduce todas las singularidades y fortalezas de cada país a un mínimo común denominador que no es el principio de libertad y comercio que inspiró la Comunidad Económica Europea. Es una copia aterradora del modelo francés de economía dirigida, centralizada y planificada por una élite que sí disfruta de los privilegios de la libertad mientras llena la propaganda oficial con mensajes de «política social», «ciudadanía» y «colectivo ». Una élite que se ha servido, como la de la RDA, de recursos financieros casi ilimitados, y cuando tras décadas de despilfarro y mala inversión éstos se reducen, aprovecha la ocasión para culpar a su tercer brazo, la banca, y ponerles a ustedes, como solución, menos libertad, más intervención. Si esta comparación les parece exagerada, analicen la estructura de la Comisión Europea, el aparato de Bruselas y su estructura, y verán las similitudes entre la Unión Europea que se está creando y el politburó soviético.

John Maynard Keynes decía que el momento de aplicar la austeridad es cuando la economía está en auge, no en recesión. Defendía que el gobierno invierta en la economía cuando el sector privado no lo hace; pero también recomendaba que en procesos de recesión, el gobierno baje impuestos para estimular la economía, y también aconsejaba que los Estados ahorren durante las épocas de bonanza. Sin embargo, de sus teorías, los gobiernos ignoran, como si arrancaran las páginas, la parte de bajar impuestos y ahorrar. Acostumbrados a unos ingresos fiscales excepcionales, en bonanza siempre gastan más, y cuando la economía se ralentiza, gastan más también, y suben impuestos. Sólo leen a Keynes para sacar la chequera. Keynesianismo selectivo.

El presidente de la Reserva Federal es nombrado por el presidente. Y por mucho que nos quieran convencer de la independencia de los bancos centrales, la prueba del algodón de la falta de la misma es que no encontrarán desde hace décadas que hayan tomado una sola decisión que no sirviese a la política del gobierno.
El mayor legado de la Dama de Hierro es que hoy, en este país, casi nadie, sea laborista, liberal, conservador o independiente, defiende el intervencionismo que asolaba el país en los setenta. Porque los votantes saben que no funciona. Porque nadie quiere volver a aquella Inglaterra desolada. Los principios de libertad económica, de apertura y de mercado son ya parte del ADN de un país que hace pocas décadas era un erial estatista.
Hoy vivimos una época en la que los principios y valores se diluyen en llamadas a consensuar, acordar y dejar todo en manos de comités eternos. La firmeza y la claridad no se estilan. Sin embargo, ante tanta llamada al consenso, merece la pena recordar la frase de Margaret Thatcher: «El consenso es el proceso de abandonar todas las creencias, principios, valores y políticas en búsqueda de algo en lo que nadie cree pero que nadie objeta. ¿Qué gran causa se ha defendido jamás bajo el lema “estoy por el consenso”?.

Es verdad en España hay más asesores de confianza que cargos públicos, mientras que en la Unión Europea hay una limitación. Por ley, en París hay un tope de 40 asesores y ni siquiera lo alcanzan, igual que en Downing Street (Reino Unido).
Para preservar el Estado de bienestar, hay que atacar el gasto inútil, porque a medio plazo, ante una reestructuración de deuda, una quita o un rescate con condiciones severas, se pierde tanto el gasto útil y la inversión como el inútil.
Todos estos gastos no son el «chocolate del loro», no ocurren en todos los países y no son aceptables. Además, es tirar el dinero de unos impuestos que cuestan muchísimo esfuerzo a empresas y familias, genera una deuda que es exponencial, en cada una de las regiones y el Estado central. Cada año, 70.000 millones que se suman a la bola de nieve. Y parte de la falacia del dispendio público es, precisamente, esa manía de asignar todos los gastos al PIB en vez de a los ingresos. Nos dicen: «Sólo es un cero coma equis del PIB». Y ya nos han dejado otro agujero de cientos de millones.

— En la Unión Europea, entre un 10 % y hasta un 20 % del monto total de los contratos públicos se pierde en corrupción.
— El 5 % del presupuesto anual de la Unión Europea no se justifica.
— Tres de cada cuatro ciudadanos europeos perciben que la corrupción se ha disparado en los últimos cuatro años.
Demasiado gobierno, demasiado poder, demasiada corrupción. Por ello, como parte de la solución, hace falta transparencia absoluta, liderazgo, anteponer los principios a cualquier consenso, y cercenar el acceso desproporcionado del Estado a la caja. Precisamente porque ésa es la única manera de garantizar los servicios esenciales que la gente valora. Si no, con la quiebra se hundirá todo, lo superfluo y lo necesario.

Sus conclusiones, bien es verdad. Los unicornios, las soluciones mágicas, no existen. Las medidas «trampa» de efecto placebo, como comentábamos en los primeros capítulos, son como echar chocolate sobre un pimiento picante. Pica igual. Pero, sobre todo, lo peor de las frases que más se oyen sobre la crisis es que tienen graves consecuencias en términos de pérdida de libertad, de agrandar ese agujero en el que hemos caído al pensar que en manos del Estado vamos a estar protegidos, que el dolor que nos causan los errores de política económica se solucionan dando aún más poder y recursos a los gobiernos.
¿Y por qué pensamos que va a ser más fácil? Porque la propia estructura burocrática nos dice que «hay que hacer algo». Nos han convencido de que la iniciativa individual es inútil, que no hay otra posibilidad que «más Estado» y que debemos olvidar las ineficiencias y los despilfarros en aras del «futuro» entregando más poder. Y cuando falla, repetir.
Además, los errores del sector privado deben penalizarse con el arma de la responsabilidad crediticia y la quiebra. Limpiar el sistema es esencial.

Cerraremos con el decálogo William Boetcker.
William John Henry Boetcker (1873-1962) fue un gran orador estadounidense. Nació en Hamburgo, Alemania, y emigró a los Estados Unidos. Es autor de un documento titulado Los Diez Imposibles (Los diez «No puede» o «Ten Cannots») en el que enfatiza la libertad y responsabilidad del individuo sobre sí mismo. Fue publicado originalmente en 1916, y se atribuye a veces erróneamente a Abraham Lincoln.
 
-Es imposible generar prosperidad desincentivando el ahorro.
-Es imposible fortalecer al débil debilitando al fuerte.
-Es imposible ayudar al pequeño derrumbando al grande.
-Es imposible ayudar a los empleados vilipendiando a los empleadores.
-Es imposible ayudar al pobre destruyendo al rico.
-Es imposible crear estabilidad a base de dinero prestado.
-Es imposible crear fraternidad entre las personas incitando al odio de clases.
-Es imposible mantenerse alejado de los problemas gastando más de lo que tienes.
-Es imposible que las personas se forjen un carácter y sean audaces destruyendo la iniciativa e independencia humana.
-Y es imposible ayudar los hombres de forma permanente haciendo por ellos lo que ellos pueden y deberían hacer por sí mismos.
(Por W. J. H. Boetcker)

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